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Mostrando las entradas etiquetadas como Vivencias

De incógnito en La Gran Vía

 Cuando yo era chica, a La Gran Vía había que acudir de incógnito. Los padres no nos dejaban a las niñas. Solo los chavales tenían permiso para estar de pie en cualquier esquina y tomarse una cañita. Yo, desde luego, me escapaba, como hacía con tantas prohibiciones, pero más de una vez estuve a punto de que mi padre me pillara pasando por allí con el coche. Recuerdo la esquina redondeada de la barra y nosotros, los amigos del momento, charlando distraídamente. Eso era felicidad y no lo sabíamos. Alguien debería advertir a los jóvenes y repetirles el carpe diem. Carpe diem a todas horas. Nosotros no lo sabíamos y no aprendimos a ser felices. Sin embargo, en esos días de verano, de vacaciones, en los que dejábamos atrás los libros, el trabajo y la universidad, entonces nos sentíamos los reyes del mundo. Siempre había algún affair amoroso con un chico y muchas veces ese mismo chico no te hacía ningún caso. Sufríamos muchísimo, llorábamos por las noches, escribíamos un diario, hablábam...

Parque Genovés

 Salíamos de la escuela de Magisterio que estaba en Duque de Nájera y dejábamos atrás el hotel Atlántico y el colegio mayor Beato Diego de Cádiz . Allí cerca, a un lado, nos esperaba majestuoso el Parque Genovés . Hay que tener mucha suerte para estudiar en sus entornos, para disfrutar cada día de sus paseos, sus bancos, sus fuentes, sus estatuas, su silencio y su aclamada soledad. Ibamos allí después de los exámenes, tras las aventuras amorosas y cuando nos metíamos en un lío, algunos de ellos importantes, como cuando asaltamos la oficina donde se preparaban determinados exámenes. Dejemos eso, que ahora somos gente respetable. Lo mejor de aquellos días eran las horas mediadas, cuando no había clase, o las tardes en las que se prolongaba el día, y nosotros dos, inseparables, nos sentábamos a la sombra para reírnos sin tasa, abrazarnos sin recato y besarnos frente a los árboles, frente al mundo, frente a la vida. Oh, cuánto de belleza tenía aquello, qué crepúsculos vivimos, qué ...

Ni siquiera los libros significan ya nada

  /Mujer leyendo. Matisse/ Tengo mi biblioteca repartida en dos casas y hoy he hecho una mudanza de libros. El chico que ha desalojado dos estanterías de mi casa del campo y ha traído los libros en cajas a mi casa de la ciudad se ha quedado sorprendido de ver tantos libros. Ni yo misma pensaba que cabían tantos libros en una estantería. Los libros han llegado en cajas y he podido tocarlos poco porque, aunque vienen de estar acristalados, basta el polvo del viaje para que mis ojos empiecen a quejarse. Pero ya he sentido lo que no pensé sentir nunca con respecto a mis libros. Un desapego, una indiferencia. Me he puesto a pensar en mi biblioteca, amplísima, todos los libros que he ido atesorando durante mi vida, muchísimos, y de pronto he tenido la sensación cierta de que no me importaban, de que los libros están en mi cabeza, que leerlos es eso, que se te queden dentro, y si no se te quedan entonces es que no era para ti. Y he seguido pensando mientras caía el agua de la ducha sobre ...

Una visita a la imprenta Cervantes

  De entre todos los ritos de la infancia quizá el que mejor recuerdo y el que más me gustaba consistía en ir a la imprenta (así llamábamos a la librería-papelería que nos surtía a la familia y que se llamaba Cervantes, así, por todo lo alto) para comprar lo que llamábamos con todo esplendor "los avíos del colegio". Aunque los Reyes Magos siempre tenían un recuerdo al respecto, eran los primeros días de septiembre, los que contemplaban el rosario de visitas a la imprenta, con las listas de los libros en la mano y con los útiles apuntados en una esquina de la lista. Éramos, como decía siempre mi madre, una familia de muchos hijos y con todos en el colegio. Colegio, instituto, universidad, de muchas formas podía llamarse a los lugares donde estudiábamos en cada ocasión pero el rito indelegable de la compra de lápices, bolígrafos, plumas para los exquisitos, cuadernos de hojas lisas, cuadriculadas o rayadas, libros de texto, libros de lectura obligatoria, carpetas azules, carpet...

Aquellas niñas

Dedicado a Paqui Luna Mendoza, que escribe poesías " Hace ya algunos años existió una resplandeciente calle, llena de alegría, sol y buenas vibraciones. Era una calle muy, muy larga, una calle en la que todas las cosas podían ocurrir. Las casas se parecían mucho entre sí pero un buen observador era capaz de distinguir sus diferencias. Lo mismo ocurría con los habitantes de estas casas, gente trabajadora y normal, pero que encerraba un mundo de sorpresas, de genialidades. Había de todo y todo merecía la pena de ser visto y conocido. La calle era muy larga, con varios tramos que cruzaban otras calles, definiendo así espacios distintos, poblados por gente que tenía nombres, diminutivos, apodos o, simplemente, rostros. Era una calle especial que cruzaba la zona más antigua de la ciudad, la que poseía el secreto de sus mejores sones y cantes, la calle del Carnaval, la calle del Flamenco, la calle de los artistas. En esas calles vivían personas mayores, desde luego, los padres y ...

Ocultación

(Erwin Blumenfeld. Fotografía.) En ese mundo de mujeres, las había afortunadas. Gente sencilla pero que parecía estar tocada por la varita mágica de la suerte. Gente apacible, respetada, que convivía con tranquilidad y que no se despertaba de noche en medio del susto y la desesperación. Pero también existía lo otro. Lo otro se ocultaba, nadie podía saberlo. Las primeras interesadas en ocultarlo fueron ellas, las mujeres que tenían una trastienda emocional llena de objetos viejos y punzantes. Esas mujeres agachaban los ojos cuando iban por la calle. Les parecía que ellas mismas eran las culpables de lo que les pasaba. No tenían capacidad para entender que nadie merecía aquello. No. Ellas sentían que la vida era un castigo y que ese castigo tenía que tener una motivación. Nadie podía sufrir así sin causa alguna.  Se equivocaban. Equivocaban sus silencios, que atravesaban las frágiles paredes de las casas y atronaban las calles. Equivoca...

Agatha y las estaciones de tren

  (Fotografía de la autora del blog) Las estaciones de tren son lugares mágicos. Allí se suceden los reencuentros , las despedidas y las mil y una historias relacionadas con la aventura de viajar. Actualmente han perdido mucha magia. La mala gestión de los políticos las han convertido en ratoneras y eso no nos gusta porque su encanto tenía mucho de literario. Siempre he vivido en una ciudad con estación. Era muy importante aquella de mi infancia y adolescencia porque iban y venían militares y gente de la mar que tenían allí una singladura importante. Era un edificio antiguo y sin valor arquitectónico pero con mucho valor sentimental. Las despedidas multitudinarias de los soldados y marineros , por ejemplo. Todo lo que estaba alrededor de la estación llevaba su nombre: la calle de la estación, el bar de la estación, el puesto de churros de la estación, la parada de taxis de la estación. Todo.  Hay muchas otras estaciones. En el siglo XIX en Inglaterra era muy común encont...

El abuelo Antonio

 Se dice que no hay nadie imprescindible, pero yo no lo creo. Hay personas que tienen un aura especial y que hacen imposible cubrir su ausencia con nada que no sea un velo de dolor. Por eso desde que él se fue, se murió dicho claramente, ya no somos los mismos, nuestra vida es otra y no tenemos la vivacidad de antes, la alegría íntima de antes, de cuando éramos una familia que se abrazaba con todo el amor. Aún lloramos a escondidas.  Cuando la niña Eugenia nació pensé en su abuelo, que no la conocería y pensé en que ella no tendría ocasión de conocerlo a él. No quiero apelar a la rabia, porque eso es lo que se siente cuando te paras a reflexionar sobre estas cosas. Las razones no existen, no hay explicación, no hay nada sino que una niña no va a conocer a su abuelo y un hombre bueno no va a conocer a su nieta. La vida de los dos habría cambiado de ser eso posible y también la nuestra.  ¿Qué cosas aprendería Eugenia de su abuelo Antonio ? Antonio era, a la vez, un hombre ...

Nochebuena en La Isla

 La cosa empezaba días antes con las compras y con el canto de villancicos . Cual si se tratara de una orquesta, la madre y los hijos se sentaban por las tardes con sus panderetas y se ponían a cantar como locos todo el repertorio de la navidad , incluso en varias voces, no faltaba de nada en plan de música. Al tiempo, se iban comiendo de las bandejas los polvorones , los mantecados , las figuritas de mazapán , las almendras rellenas y el turrón . Había de todo en eso de comer, algunos muy glotones y otros muy delicados, a los que nada les gustaba. Pero el bullicio en la casa era manifiesto. Incluso se había adornado con anterioridad, con un estilo peculiar y muy propio de la familia, con árbol, belén , guirnaldas , adornos por todas partes y botes de esos de nieve para las ventanas . Era una locura. El portón de la casa siempre estaba abierto y la gente iba y venía, saludaba, cogía un polvorón o un delicatessen, y las más de confianza un vaso de café, ese café en vaso largo como...

Ahora sí que ha entrado el otoño

 Hay un diálogo entre la naturaleza y el individuo. De vez en cuando se hace áspero, otras veces es amable y siempre tiene interés. El cielo se mueve entre el blanco y el azul, las pérgolas florecen y los árboles dudan . La duda está en ese quehacer flamante de las hojas caducas. Cuando me acerco para hacer estas fotos el viento ha comenzado a dar señales de vida. Se asoma aunque no está seguro. Hemos pasado el ecuador del día y la hora del café está próxima. Tiempo de lasitud y de charlas . Y las flores de las pérgolas comienzan a lanzarse al suelo suavemente, al mismo compás del aire que las mueve. La naturaleza siempre me emociona.  ( Fotos Caty León )

Travesía con vestido violeta

Hace ¿mil años?             El mar era una balsa oscura, que apenas se movía. La noche era muy fría, a pesar de que estábamos en mayo o en junio, qué sé yo. El barco se llenó de risas juveniles, de gente que corría, de piernas que saltaban, de brazos desnudos en busca de mantas porque la noche es traicionera en alta mar. El barco había partido de Alicante y allí se despidió de la península al son del carnaval, con las coplas que habíamos aprendido años antes y que se habían escrito para nosotros, para gente como nosotros, los estudiantes de Magisterio que marchábamos, por una vez, a pesar de las reválidas y del poco dinero, a cruzar el mar en busca de aventuras.               El frío del viaje en la cubierta se templó por unas horas con aquellas mantas escondidas que sacamos de no recuerdo dónde. Pero, ay, en un momento desaparecieron y los fieles marineros ob...

Otro otoño

 /Para Antonio Mesa Ruiz. En su memoria/ Te gustaban los coches. Pero nunca pudiste tener el coche de tus sueños. ¿Soñabas? Más bien parecía que la realidad era una condición inalienable, una condición tuya más allá de la vida cotidiana. No eras hombre de sueños, sino de realidades y por eso no sufrías porque el coche con el que andabas era un coche normal, corriente, de segunda mano.  Te gustaba la vida. Pasear por el campo. Limpiabas una vara que te servía para ir moviendo las estacas de olivos o marcando el paso, al modo en que tu padre lo hizo antes que tú. El mar de olivos era tu telón de fondo, el espacio en el que viviste hasta que la vida te envió a la ciudad y la ciudad se convirtió en tu escenario. Pero eras campo a pesar de todo.  Te gustaba la gente. No de una forma explosiva, ni expansiva, ni predispuesta, ni demasiado nítida. No. A tu modo. Internamente dispuesto a comprender defectos y a destacar virtudes. Sin alharacas ni eufemismos, con el tono discreto c...

Todo lo que existió estaba en sus manos

(Jeanne Hebuterne. Amedeo Modigliani) Un día el sol quemaba y, al día siguiente, las nubes habían arrebatado el aire y ya no existía sino un frío polar, un viento desapacible, un anuncio cierto de tiempos más oscuros.  En la mecedora, el balanceo de su cuerpo era imperceptible. Las fuerzas se concentraban solamente en sus manos. Manos aladas, manos llenas de dolor, manos ancladas en el paso de las horas. Las manos se movían cada vez menos y eso era el final. Todos lo sabían.  También ella lo supo. Amaneció con la esperanza de un milagro. Pero los milagros no existen. Y, si existen, son milagros piadosos que recortan el eco de sufrir y no se convierten en minutos de vida, sino en duelo sin remedio.  Lo supo y anduvo despacio, sin hacer ruido, cuidando de que la escasa sonrisa se mantuviera al menos. No hablaban de la muerte, esperaban la vida. No se dijeron cosas. No ajustaron las cuentas. Todo quedó en el limbo de lo que no se dice, de lo ...

Claro sol de octubre

  (Uta Barth, fotografía) Había un sol. Un sol de octubre, avaricioso y espléndido. Y era la calle. La intersección de tres calles dejaba el horizonte despejado. Yo, en la calle. Yo, de niña, saltando charcos, subiendo y bajando la calle. La calle, mi reino. La calle, el espacio sideral, virgen, imposible, impredecible. Un hueco entre las espadañas, las azoteas, los balcones y los tejados se abría paso para que la luz cruzara sin tasa. En esa intersección de los caminos, en ese cruce, estaba yo y llevaba unos zapatos de color rosa y unos vaqueros grises y una gabardina, fina y etérea, malva, del color de las lilas aún no nacidas. Era la resurrección. Volaba.  Era mediodía, era viernes, las clases habían terminado por esa semana, ya no había nada que hacer salvo, quizá, sentarse a disfrutar de ese rayo de sol, pasear por la calle con los zapatos rosas, moverse de un lado a otro, hablar, hablar, reírse. Por vez primera en años fui feliz, no tuve miedo, ni dolor, mis pies se moví...

La tintorería

En medio de la calle, inopinadamente, se alzaba la tintorería. El paso del tiempo ha borrado de mi mente su imagen. Además, ahora nos cuesta entender su presencia contaminante dentro de una calle habitada. Porque no era una tintorería como las actuales, modernas, eficaces, pulcras, sin olores. No era un establecimiento con grandes máquinas y un cómodo mostrador, no era solamente un lugar para limpiar en seco o para planchar los trajes, de fiesta, de novia, de comunión o de madrina...La tintorería tenía como principal función la de teñir. Se teñían de azul marino las ropas de color estropeadas que había que reutilizar y darle nuevo lustre, se teñían de negro las ropas para el luto, se limpiaban al seco y se planchaban al vapor los trajes de militares y las túnicas para la Semana Santa... La gran sala interior parecía un laboratorio y estaba llena de barreños y calderas colmadas de tinte, que despedían un olor intenso, fortísimo, que daba dolor de cabeza. En un almacén perma...

Rizos y un mapa de España

(Fotograma de "Sentido y Sensibilidad" de Ang Lee)  Es la música, en primer lugar, lo que hace de esta versión de Ang Lee del libro de Jane Austen "Sentido y Sensibilidad" una pequeña maravilla. Un tributo eficaz, diáfano, exacto, al genio de la escritora, a su creación de personajes y ambientes, a su estilo, a su ingenio e inteligencia. La música crea el tono especial que la distingue y, entre todos los libros de Austen, en los que la música siempre tiene un importante papel, es aquí donde expresa el dolor y la alegría con mayor lucidez. Lo mismo ocurre con los versos, las palabras, los poemas que se recitan, el consuelo de la lírica en los momentos difíciles. Shakespeare y sus sonetos que invitan al amor, aunque sea, como sabes, un amor aureolado de triste cobardía.  Entre todas las imágenes hay una evocadora, imposible de pasar por alto, una imagen en la que me detengo y en la que observo cosas que quizá otros no ven. Al fin nuestros ojos siempre vue...

Todo es azul en Portimao

 Ese horizonte se confunde con el mar. Y el agua del mar parece caer en la piscina. La gente parece absorta en sus cosas, las parejas se miran, al son de una música tenue bailan cuando cae la madrugada. Alguien te ofrece una copa y sonríes. Estáis esperando el milagro. O eso parece. Hay una especie de tiempo nuevo cuando llegas aquí, una prórroga de la vida cotidiana. Terminan los agobios y acaban las tareas. Todo se va en soñar y en sentarte en una de esas hamacas dispuestas hacia el agua. El agua es el gran milagro. Lo que no falta en Portimao.  La playa es otra cosa. Desde todos los tonos de azul se pasa a todos los tonos del verde. Las enormes piedra rocosas sombrean toda la costa del Algarve, también aquí, y la gente parece perderse, son diminutos muñecos en un horizonte más amplio. Las sombrillas lucen sus colores y las olas apenas rompen en una extensión mínima de tierra. No hay bajamar, todo es altura. Nuestros días en Portugal fueron esplendorosos. No sabíamos qué nos...

Un recipiente con una cinta azul

(Fotografía de Lillian Bassman para Harper`s Bazaar, 1951) Había un pequeño mueble lacado en rojo inglés. Parecía de anticuario pero no lo era, sino caro y muy moderno. Se encaprichó de él y quiso tenerlo porque tener cosas es fácil y él siempre la complacía. Le regaló el escritorio y lo colocó cerca de la ventana, un ventanal inmenso, por el que entraba una luz cómplice que nunca quería marcharse y que se filtraba desde que amanecía. El escritorio rojo tenía algunos cajones, a modo de secretos. Entonces recordó que también se le llama secreter y no es nada extraño. En ellos colocó algunos recuerdos, pequeñas tonterías. Servilletas de bares, en las que escribía el inicio de historias que nunca se completaban. También objetos adquiridos en sitios inverosímiles. Una sortija con una piedra verde, una pulsera que tenía una rosa incrustada, un lazo amarillo con la palabra amor que rodeaba una caja de perfume...Del mismo modo que los niños coleccionan estampas, piedras, muñecos, ella...

Duelo

Pintura de Odilon Redon No sé cuánto duran los duelos. El mío va para doce años. No pensé que fuera a durar tanto. Activo, quiero decir, como los volcanes que arrojan lava lenta y corrosiva sin parar. Creo que lo empecé durante su enfermedad, dos años enteros en los que me iba despidiendo internamente de las cosas que, estaba segura, iban a desaparecer con su muerte. Sí, debió ser así. La vida cotidiana y sus ritos tienen un ritmo que se iba cortando poco a poco. Todas esas despedidas parciales anticipan el duelo y yo derramé tantas lágrimas que me había quedado sin ellas cuando murió. No pude llorar entonces y, asumiendo que debía hacerme cargo de todo y que nadie haría ese trabajo por mí, puesto que él ya no estaba, me sumergí en papeles, decisiones, oficinas bancarias, sucursales de hacienda, más papeles, portátiles y llamadas de teléfono. Pero esa, entonces, ya no era yo. El último yo desapareció el día en que una mala noticia avisó de lo que podía suceder y entendí que sucedería a...

Las niñas de la calle Carraca

  /Todas las imágenes de esta entrada son de pinturas de Mary Cassat, que nació en el estado de Pensilvania, EEUU en 1844 y murió en Francia en 1926. Perteneció al movimiento impresionista y pintó numerosas obras con madres y niños en escenas cotidianas/ Si no conocéis San Fernando entonces no podréis saber nada de la calle Carraca. Yo la conozco bien porque viví en ella veinte años y porque es el paisaje levítico de la infancia y la adolescencia, ese que imprime carácter. La calle Carraca partía de la plazoleta de las Vacas y llegaba entonces a la carretera que conducía a la estación. Hoy la cosa es diferente y no me pararé a comentar cierto absurdo vallado que la ha convertido en un cauce cegado. Pero en aquellos años cruzaba por su entorno toda la algarabía de un barrio antiguo, el más antiguo de la ciudad, con sus peculiaridades y sus historias.  Algunas de esas historias no se han escrito nunca y no pueden contarse en alta voz, pero nuestras madres bien que las conocían, ...