domingo, 28 de octubre de 2018

"Wonder Weele" de Woody Allen


Nunca leo las críticas antes de ver las películas. Por varias razones. La primera es que la crítica, cualquier crítica, me inspira poca confianza. He tenido mil ocasiones de constatar que los entresijos y los intereses mueven las apreciaciones muchas veces. La segunda es que me muevo por mi propio criterio. Lo que sí hago es leerlas cuando ya he visto la película. Y eso me ratifica en lo anterior. También en que hay cegueras que no tienen remedio, filias y fobias, prejuicios de todo tipo, a la hora de hacer una crítica. No pasa solo con el cine sino con todas las artes y con la literatura. 


La suerte de escribir en un blog personal, sin que nadie te dicte, sin que nadie te pague y sin que nadie te exija, es poder deslizar tus propias opiniones y tus pensamientos, también tus sentimientos, con total libertad. Es impensable que esa libertad se vea mermada o condicionada por algo. Si ocurre así nada de lo que digas tendría valor alguno. En esa salvaguarda de uno mismo, de sus ideas y emociones, entra también la defensa del pensamiento propio frente a la tribu, frente a las políticas que arrasan con su ideología y convierten cualquier acto en un reflejo de lo que otros deciden que hay que hacer. En el mundo de hoy, donde lo políticamente correcto es una plaga, la lucha por la libertad individual es más necesaria que nunca. 


Si las cosas no cambian esta "Wonder Weele" será la última película de Woody Allen que podremos ver. La última que ha rodado A Rainy Day in New York no parece que vaya a distribuirse por los Estudios Amazon, aunque ha pagado su producción. Los problemas que acechan al cineasta, y que son conocidos de todos, pueden acabar con su brillante carrera, una carrera que ha constituido un referente sólido de miles de cinéfilos de todo el mundo. En estos momentos el director norteamericano se encuentra sin financiación para sus trabajos. Y los actores y actrices, que antes eran capaces de trabajar con él cobrando una milésima parte de sus sueldos, ahora donan lo ganado a organizaciones benéficas, asustados de que participar en sus películas sea una letra escarlata para ellos, algo que los coloque en el ostracismo. 


En "Wonder Weele" Woody Allen ha contado la historia de una mujer sin esperanzas. Es muy peligroso dejar de esperar algo porque ese vacío convierte a los seres humanos en gente sin alma, sin recursos para salir adelante, sin emociones sanas. Ginny está casada con un tipo que no sabe nada de lo que ella desea en realidad, tiene un hijo que hace hogueras en cualquier sitio buscando que lo quieran y se enamora de un tipo más joven que ella, con una impresionante capacidad para destrozar corazones y hacerlo en nombre de la sinceridad. La llegada de la hija de su marido a la casa, huyendo de un marido mafioso que la busca por medio de sus esbirros, será el detonante de la historia. Pero la historia comienza mucho antes, desde el momento en que Ginny renuncia a sus sueños de ser actriz y tiene que conformarse con hacer de camarera en un bar y de criada de todos en su casa. Las migrañas que padece diariamente no son distintas a las de muchas mujeres condenadas a olvidar sus sueños. Por eso la mirada compasiva del director sobre ella, por eso la luz que la fotografía y su director, el gran, grandísimo, Storaro, vierten sobre la actriz, que hace, sin dudarlo, el mejor papel de su vida. 


Es peligroso buscar la redención en el amor, nos dicen. Es imposible salir del circulo de pobreza y miseria en el que has entrado, nos recuerdan. Es destructivo querer salvarse a costa de los otros, pensamos. La historia entera aborda el desencanto, la pérdida de las ilusiones, la huida hacia dentro de aquellos que, como muchos de nosotros, esperan algo más de la vida. Por eso es una película auténtica, perfumada del mejor sabor a realidad y que es capaz de, por eso mismo, arañarnos con una persistente insistencia. Eso que cuenta ocurre y a cualquiera puede acontecerle por poco que reflexione sobre su propia vida. Sin mafiosos, quizá, pero con los peligros, las decepciones, los desengaños, que Ginny siente como una sombra que la cubre. 


Wonder Weele. Dirigida por Woody Allen. 2017. Producida por Gravier producciones y Amazon Studios. Guión del propio Woody Allen. Fotografía de Vittorio Storaro. Protagonizada por Kate Winslet, Justin Timberlake, James Belushi y Juno Temple. 

viernes, 26 de octubre de 2018

Perfecta geografía

         

(Retrato de Lady Hamilton como Circé, 1782, George Romney, Londres, Tate Gallery)

 En diciembre de 2015 se publicó "Emma", en tres tomos, como era habitual. Desde entonces muchos lectores han tenido en sus manos la oportunidad de adentrarse en el universo Austen a través de la historia de Emma Woodhouse.

Emma es una muchacha joven, bonita, rica e inteligente. Es la mujer perfecta. Como la vida va siempre buscando dificultades a quien no las tiene, Emma es huérfana de madre desde muy niña, pero este cometido lo ha suplido, casi a la perfección, la señorita Taylor, que ha ejercido la labor de institutriz de Emma y de su hermana Isabella. Esta tiene unos años más que Emma y cuando la novela comienza ya está casada, precisamente con el hermano del señor Knightley, el hombre que enamorará a Emma.

El libro transcurre, pues, entre bodas, entre la de Isabella, ya pasada, y la de Emma, por venir. En medio suceden otras cuantas, porque las bodas eran los hitos, el modo en que Jane Austen contaba el tiempo. Nada mejor que una boda para asentar un momento de la vida de cualquiera, nada mejor que una boda para desgranar alrededor todo un enjambre de sentimientos y de posibilidades. El problema de “Emma”, el libro, está en que no parece fácil que las bodas cuajen si la intervención de Emma, la muchacha, se cristaliza. No consigue que Harriet Smith se case con Elton, ni consigue que se case con Churchill. Ni logra que olvide al señor Martin. Su único triunfo es inicial: haber pensado que la señorita Taylor y el viudo señor Weston hacen buena pareja. De este pensamiento y del matrimonio de ambos extrae Emma la noción de que ella es una persona intuitiva y certera en lo que al emparejamiento se refiere. Vano deseo, vana idea.

Los acontecimientos se suceden como en una novela de intriga. Hay un misterio en torno a la señorita Jane Fairfax, tan perfecta (otra vez la palabra) que resulta irritante. Sobre todo para Emma, que quiere ser la protagonista absoluta de cuanto sucede en su casa, en su parroquia y en su pueblo. La perfecta geografía que traza Austen en torno a un espacio reducido, con dos o tres familias importantes, un pequeño enclave rural y tierras que permiten recorrerlas a pie buscando fresas, es el escenario idóneo para que fluyan los sentimientos y se alboroten los corazones.

El misterio de Jane está en íntima relación (quién lo hubiera dicho) con la actitud del joven Frank Churchill, el hijo del señor Weston, que va y viene, a modo itinerante, haciéndose querer y dejando un poso de frivolidad entusiasta que no pasa desapercibido para el hombre inteligente y cauto que es el señor Knightley. Alrededor de Frank se teje una romántica intención de convertirse en un hijo adorable, después de tanto tiempo, pero nada coincide con su verdadera actitud y, al fin, la ocultación y el engaño serán su santo y seña, mucho más que su hombría, su afabilidad o su belleza.

Es un misterio también cómo el señor Elton aspira primero a Emma y luego se marcha a Bath a buscar acomodo y matrimonio entre las miles de chicas casaderas que hay en el balneario. Un misterio cómo consigue la mano de Augusta, habida cuenta de las pretensiones de ella en el ámbito social y de que tiene, al menos, una renta de cinco mil libras al año. Augusta Elton será la antítesis de Emma, la mujer que pretende ser lo que no es, la que pretende gustar y la que quiere disputarle el cetro de reina de los juegos de cartas en las noches de invierno. Pero no será una cuestión fácil y he aquí que la batalla se libra en desigual terreno.

Resulta complicado entender cómo una chica tan anodina, insulsa y falta de ingenio como Harriet Smith, hija natural de quién sabe quién, anclada por su padre en un pensionado de segunda fila, se convierte en el centro de la trama, simplemente porque debe casarse y, a ser posible, y a juicio de Emma, con un caballero que permita que sigan siendo amigas. Robert Martin, el granjero, su primer pretendiente, queda descartado precisamente por eso, porque es un honrado granjero que trabaja la tierra con sus manos. Y luego ya, perdido el norte completamente, la búsqueda de un tipo adecuado, que se case con Harriet y la convierta en señora de la casa, llega a ser una empresa casi imposible. Hasta que se topa con el señor K. y se levantan las iras de Emma. Porque él es su señor K. para siempre.

Si Emma hubiera sido consciente desde el principio que su corazón latía por él y él no se callara tantas cosas durante tanto tiempo, no entiendo por qué, la trama del libro se hubiera terminado a las dos páginas. Por eso Austen, inteligentemente, nos lleva por caminos enrevesados, nos lanza el engaño, nos pierde en recovecos, para que, en una perfecta geografía de la simulación, conozcamos situaciones, personas y momentos, que convierten la historia en una odisea de la relación social, en un laberinto de sentimientos y emociones que, sin duda, están llenas de lo que llamamos “vida” en realidad.

“Emma” es una novela perfecta. La novela perfecta de una escritora sublime. Su estructura, su estilo, su lenguaje, su inicio, su planteamiento y su final. Una perfecta estructura que encaja sin que existan fisuras en su conjunto. Personajes que tiene haz y envés. Historias que discurren con naturalidad, pero no exentas de la complejidad propia de los seres humanos. Es una novela perfecta con una heroína llena de imperfecciones. Pero es así como la vida, de nuevo esta palabra, se nos aparece a cada paso.

Jane Austen escribió en “Emma” la historia de lo mejor y lo peor del sentimiento humano. Y así, su perfección radica en que nos muestra tal y como somos. Te quiero, tal y como eres, dirá casi dos siglos después Mark Darcy a Bridget Jones al pie de la escalera. Y es así como lo narra Austen. Tal y como somos.

jueves, 25 de octubre de 2018

Austen versus Brontë


       Leí "Cumbres Borrascosas", la única novela de Emily Brontë cuando era una niña. Recuerdo la impresión que me causó. Allá, en la azul claridad de mi azotea, el paraíso de las lecturas, de los recitados en voz alta y, sobre todo, de los sueños hechos con héroes de libros y películas. La novela retrata certeramente una agobiante atmósfera en la que se confunden realidad y fantasía. Los personajes son intensos y transmiten emociones al límite. Tengo en la memoria la visión de los páramos y de las extrañas relaciones entre aquellas personas. Catherine, Heathcliff, Hareton, nombres que no se olvidan con el paso del tiempo. Las adaptaciones cinematográficas no han logrado captar ese aire fatal, esa premonición de que nada tiene remedio y de que todo lo malo es posible.

      En cambio, "Jane Eyre", la novela que escribió Charlotte Brontë nunca me gustó. Los sufrimientos y la vida de una institutriz que lo pasa francamente mal no me conmovieron ni tengo sensaciones asociadas a su lectura. De Charlotte ha quedado la espléndida biografía que hizo de ella Elizabeth Gaskell, algo que no todos los escritores poseen. El caso de Anne Brontë es muy diferente. La he leído recientemente y no esperaba encontrarme con algo así. Ciertas prevenciones me habían impedido acercarme a ella, temiéndome otra sobredosis de espíritus y de romanticismo exagerado. Pero "La inquilina de Wildfell Hall" es un libro espléndido, muy adelantado a su tiempo, en el que la historia tiene un peso específico que te atrapa y que revela una mentalidad muy bien formada y llena de aristas interesantes. 


Desconozco la razón por la que mi confesado austenismo parece tener que ir unido a una pasión por las Brontë que no siento. Eso suele pensar la gente que me habla de libros. Me llama la atención, eso sí, la vida de esas muchachas casi enclaustradas en una familia y un entorno opresivos, con esa tendencia manifiesta a la infelicidad, y esa endogamia tan acusada, pero nada más. No recito sus frases, ni tengo en la cabeza a sus personajes ni me han ayudado en las noches frías. Todo lo contrario que Jane Austen, cuya literatura, siendo anterior, es para mí más avanzada en sus planteamientos, más llena de encanto, de viveza, de ingenio y de naturalidad que la de ellas. Cuya vida, aparentemente sencilla, tiene la tibieza de lo cotidiano, sin necesidad de alharacas ni de fantasmales huidas. Más cercana, más nuestra, más exacta. 

(Pinturas de Sir Lawrence Alma-Tadema, 1836-1912)

martes, 23 de octubre de 2018

Verdes rosas de otoño


(Foto: Carmela N. )

Como si fuera a danzar en un salón de baile del siglo XIX para que algún eterno escritor la convirtiera en musa, ella eligió un vestido rosa, todos los tonos rosas, rosa pastel, rosa caramelo, rosa ensueño, rosa corazón, para casarse. La boda fue al final del verano y las dudas quedaron enterradas con la música, el vals y el mambo, el movimiento de las copas al chocar y la huella de los besos. Mejor no pensar que la vida, a veces, escribe su historia en meandros y en desembocaduras ajenas. Así que los rosas se mezclaron en el aliento vivo de la tarde y la noche y solo al día siguiente descubrió, como una revelación inopinada, que eso que aquello era real y no tenía remedio.

El rosa fue rutina tan demasiado pronto que ni hubo siquiera lugar para lamentos. La espera es mala consejera y la juventud tiene unos ritmos que nadie más entiende. Aburrirse es peor que llorar por amor y el vacío hace más daño que la soledad. Por eso el transcurso de las horas tenía ese aire ajeno, esa mirada turbia, esas preguntas sin respuesta. ¿Es esto lo que hay, esto lo que me queda, esto lo que seré a partir de ahora?

Rosa azulado, azul rosado, verdemar rosa, lazos rosas en las estanterías, rosas en los jarrones, de rosa los zapatos y con rosa el albero teñido algunos años de soñar imposibles. Hasta que un estallido del más profundo azul, en lirios alargados, le hizo ver que las rosas confunden con su olor y que existe remedio cuando el río te presenta, sin avisar, el eco presentido de una sonrisa nueva.

lunes, 22 de octubre de 2018

Secretos de escritorio

En el verano de 1813 Jane Austen tenía 37 años. Fue, en ese momento, cuando comenzó a pensar en escribir “Emma”. Es, pues, una obra de madurez. En realidad, y usando un término más ajustado, de plenitud. Austen tenía ya la independencia económica que le proporcionaban las ganancias, aunque no astrales por supuesto, de sus anteriores libros. Eso significaba tranquilidad. Asimismo, su oficio estaba asentado y su creatividad en alza.

Aunque sotto voce todo su entorno conocía su faceta de escritora, no era menos cierto que ninguno de sus libros iba firmado con su nombre. A ella no le gustaba frecuentar los cenáculos literarios, en los que no se hubiera sentido nada cómoda. En este sentido, era una escritora de interior, una escritora sin proyección pública. Esto no quiere decir, ni mucho menos, que no tuviera plena conciencia de lo que hacía y de que esto requería tiempo, dedicación y esfuerzo. Hay en ella una rara mezcla de compromiso personal y de desinterés social por la literatura.

Se cuenta, incluso, que estuvo a punto de conocer en persona a Madame de Staël, a la sazón de visita en Londres, pero Austen no quiso. No sabemos si esa negativa fue la que llevó a la francesa a opinar que sus novelas no tenían brillantez, que eran, más que nada, la expresión de la vulgaridad de un entorno social muy restringido. La única concesión, es cierto, a la vida de sociedad que Austen hacía era asistir al teatro en Londres con sus hermanos o sobrinas. La escena le permitía disfrutar con una actividad muy de su agrado. Los bailes, en cambio, que antes tanto la motivaban, terminaron para ella en Kent, en el castillo de Chilham, cuando ya contaba 38 años.

Aparte de las salidas esporádicas a Londres y a Kent, su estancia en Chawton en estos años es la que permite que se siente a escribir. Esa necesaria tranquilidad, esa placidez que puede servir de acomodo al esfuerzo de pensar y trasladar al papel esos pensamientos, se producen allí, en la que fue su última casa y que, junto a su casa de la infancia en Steventon, fue su territorio más querido y en el que más segura se sentía. Sabemos ya que la inseguridad y los vaivenes no convenían a su escritura, de ahí el silencio de los años de Bath.

En estos años Jane Austen dedicaba mucho tiempo a sus sobrinas, Fanny y Anna. Sus consejos la semejan con la señora Weston de “Emma”, siempre dispuesta a iluminar la mente de la protagonista. Les decía que no se casaran sin amor y también que nunca existiría el pretendiente perfecto. Ambos consejos arrojan luz sobre su carácter, sensible pero práctico, nada romántico. De esas fechas es su famoso comentario acerca de la tarea de escribir: “Ahora te deleitas reuniendo a tus personajes, poniéndolos exactamente en el sitio que corresponde..., eso que constituye las delicias de mi vida; con lo que hay que trabajar es con tres o cuatro familias de una aldea rural”. Si habéis leído alguna de las novelas de Agatha Christie no podéis dejar de observar el paralelismo entre ambas a la hora de elegir escenario y personajes. Salvando las distancias, ese es también el universo literario de la dama del crimen. Unas pocas familias en un entorno rural y conocido. Si en Christie la sorpresa deviene de la existencia de focos de maldad en una ambiente aparentemente apacible, en Austen surge por la enorme variedad de sentimientos, emociones e ideas que pueden extraerse de esa aparente simplicidad.

Dos acontecimientos muy dispares distrajeron la atención de Jane Austen durante el período de redacción de “Emma”, en concreto, en 1814. Como en la vida suele ocurrir, uno era bueno y el otro malo. Empecemos por el malo. La casa en la que vivía era propiedad de su hermano Edward y este tuvo que afrontar un pleito por la misma debido a la pretensión de la familia Hinton de tener mejor derecho sobre ella.

El acontecimiento feliz fue una boda. Anna, una de las sobrinas, se casó con Benjamin Leroy y la boda tuvo lugar en Steventon, el paraíso de la infancia de los Austen. Noviembre es un mes triste y el día amaneció gris y nublado. En el desayuno nupcial hubo varias clases de pan, bollos calientes, tostadas con mantequilla, lengua o jamón, y huevos. Como manjares especiales, chocolate y el inevitable pastel de bodas. Los pasteles de boda aparecen con frecuencia en las novelas de Agatha Christie. En una de ellas se narra que alguien conservó debajo de la almohada un trozo del referido pastel. En la boda de Steventon los criados tomaron, por la noche, pastel y ponche, lo que hace pensar que era de tamaño considerable y, desde luego, el rey de la celebración.

La boda de Anna tuvo escasa brillantez, casi tan escasa como la de la propia Emma con el señor Knightley, cuya crítica conocemos por la burla expresada por la señora Elton cuando dice “Muy poquito satén blanco, muy pocos velos de blonda, un asunto de lo más lamentable”. La riqueza de una boda en aquella época estaba, por lo tanto, en las telas que componían los trajes de la novia y de las invitadas. La muselina y el algodón eran muestra de bajo nivel y de escaso gusto.

Si nos pudiéramos detener en las amistades y relaciones que cultivaba Austen nos daríamos cuenta de todo lo que debe a su imaginación el ámbito social en el que se desenvuelve “Emma”. Los anodinos amigos y vecinos de la vida real se transformaron en personajes apetecibles desde el punto de vista literario. Eso es fácil de constatar si uno lee la novela. Es un acto de creación pura y dura. En un lugar de Surrey inexistente en los mapas, surgido de su cabeza, está Emma, rica, lista, guapa y muy joven. Su padre, una especie de hipocondríaco impenitente. Su hermana, poco espabilada pero lo suficiente como para casarse con un abogado que ejerce en la capital. El hermano del abogado y, a la vez, protagonista masculino, un terrateniente ilustrado, firme pero tierno. La antigua institutriz luego casada con otro miembro de la gentry. La chica pobre del orfanato. La chica pobre pero muy guapa. El hijo pródigo. El clérigo presuntuoso y su presuntuosa esposa. Las mujeres inocentes y llenas de deudas. La rectora del orfanato. Los granjeros Martin.

Todos ellos anduvieron en la cabeza de Austen y, desde su pluma, llegaron al papel y formaron la novela de la que hablamos, que se terminó el 29 de marzo de 1815, justo cuando Napoleón se escapaba de Elba, se dirigía a reunir a sus tropas en el norte y volvía a París a recuperar el poder perdido.

jueves, 18 de octubre de 2018

Pretendientes

Las fuentes consultadas hablan de hasta siete hombres en la vida de Jane Austen (Steventon, 1775- Winchester, 1817). 

Bien es verdad que no todas afinan tanto. Por ejemplo, el libro que escribió su sobrino James Edward Austen-Leigh pasa por encima del tema y solo reconoce a dos de ellos, destacando a Thomas Lefroy, que llegó a ser presidente del Tribunal Supremo de Irlanda y que no se pudo casar con Jane porque ella no disponía de fortuna y él estaba obligado a hacer un buen matrimonio. 

Pero la suma de datos que se obtienen tanto de su biógrafa principal en castellano, Claire Tomalin, como de Lucy Worsley, la historiadora que firmó su biografía de la vida cotidiana que tituló "Jane Austen en la intimidad". Ambos libros son de enorme utilidad para el conocimiento de la escritora ya que, por otro lado, no tuvo en su época a nadie que se interesara lo suficiente por ella como para guardar datos fidedignos y su familia ha sido siempre muy reticente a ofrecerlos, tanto es así que se quemaron cartas personales que su hermana Cassandra poseía. 

El hecho de que fuera, según todos los indicios, una chica alta, guapa y con ingenio, amante de los bailes y de las diversiones, la puso en circulación en cuanto tuvo edad para ello, como ocurría con las jóvenes de la época. Su propia hermana Cassandra, tres años mayor, tuvo un noviazgo que terminó trágicamente con la muerte de él en el extranjero. Se trataba de un antiguo alumno de su padre, llamado Tom Fowle, que era también pastor. Cassandra tenía veintidós años cuando se prometieron y su muerte la convirtió, prácticamente, en un viuda. 

En el caso de Jane hemos rastreado hasta siete nombres, no todos con la misma importancia en su biografía: Charles Powlett, Thomas Lefroy, Samuel Blackall, Harris Bigg-Wither, Edward Bridges, Robert Holt-Leigh y William Seymour. 

Además de la imposibilidad de que Tom Lefroy se le declarara por motivos económicos, sabemos que Samuel Blackall, a quien conoció un verano, murió antes de poder sellar algún compromiso. Y, después de eso, llega el episodio de la petición de mano por parte de un amigo de la familia, Harris Big-Wither, a quien Jane acepta en una primera instancia, pero de lo que se arrepiente a las pocas horas, lo que la lleva a cambiar su decisión, con el consiguiente disgusto de todo. Esta circunstancia, pocas veces ponderada, tiene su importancia. 

Pocas mujeres en su posición y con su edad hubieran rechazado un marido porque no le consideraran suficientemente adecuado desde el punto de vista personal o intelectual. Harris tuvo, además, un importante ascenso social y llevó una buena vida con la esposa que eligió, además de un montón de hijos. Pero Jane estaba decidida, como sus mujeres literarias, a casarse por amor. En este sentido es una adelantada a su tiempo y una rebelde social. Las revoluciones no son únicamente las que se hacen a través de contundentes acciones colectivas sino también los pequeños cambios individuales contribuyen a que las cosas sean diferentes. Los matrimonios de conveniencia eran una forma de coartar la libertad de las personas y, sobre todo, una discriminación absoluta. Tenían un sentido en la sociedad de la época pero no contribuían al bienestar de las personas.

Las mujeres de sus novelas nos dan pistas de su pensamiento a este respecto. En una conversación que mantienen en su habitación, las hermanas mayores de los Bennet, Jane y Elizabeth ("Orgullo y prejuicio") se confían una a la otra su deseo de casarse por amor. La ironía de Elizabeth llega a su punto máximo cuando reconoce que Jane lo tendrá mucho más fácil por ser más hermosa y que ella se conformará con cuidar de sus sobrinos. Lo mismo dice Emma Woodhouse a Harriet Smith cuando esta le pregunta por qué no se ha casado ("Emma"). La muchacha le contesta que no tiene intención de hacerlo salvo que conozca a alguien "muy superior en todos los aspectos" y que no es una mala perspectiva cuidar de los hijos de su hermana Isabella. Elinor Dashwood se enamora de Edward Ferrars, a pesar de que no es una buena boda a priori. Lo mismo hace su hermana Marianne, para quien el desamor es una catástrofe.

Sin embargo, no seríamos honestos a la hora de juzgar a estas muchachas si no añadimos que, salvo la locura transitoria de Marianne (única heroína austeniana que parece estar todavía en tiempos de la novela gótica), todas las demás se toman su soltería con una divertida tranquilidad. No hacen un drama de no casarse y tampoco mitifican el matrimonio. Elizabeth Bennet se permite rechazar al mejor candidato posible, el señor Darcy y no lo aceptará hasta que no tenga pruebas sobradas de su buen corazón y de su propio sentimiento. Se trata de no perder la cabeza y de no considerar que la única salida es el matrimonio. Esto sigue siendo novedoso e interesante. 


Referencias: 

"Jane Austen" de Claire Tomalin. Circe. Traducción de Beatriz López-Buisán. Primera edición marzo de 1999. Primera reimpresión noviembre de 2007. 

"Recuerdos de Jane Austen" de James Edward Austen-Leigh. Alba Clásica. Traducción de Marta Salís. Primera edición febrero de 2012. 

"Jane Austen en la intimidad" de Lucy Worsley. Indicios. Traducción de Victoria Simó. Primera edición octubre de 2017. 


miércoles, 17 de octubre de 2018

"Cita con la muerte" de Agatha Christie


(Peter Ustinov fue Hercules Poirot en la versión cinematográfica de 1988)

(Edición a cargo de RBA con traducción de José Mallorquí Figuerola, tercera edición febrero de 2010)
Título original: Appointment with Death
Publicación original de 1937, 1938
Dedicatoria: A Richard y Myra Mallock, como recuerdo de su viaje a Petra

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Los Boynton están de viaje por primera vez en mucho tiempo. Son una hermética familia cuya jefa es la madre, la señora Boynton, viuda de Elmer Boynton y ex celadora de una cárcel en la que él fue alcaide. Entre los hijos hay hijastros e hijos biológicos pero todos ellos parecen andar al mismo paso, el que marca la señora Boynton. Su exótico recorrido, que les lleva a lugares diferentes de Oriente, los pone en contacto con personas ajenas, como Sarah King, una joven doctora o Annabel Pierce, una antigua institutriz e incluso con gente importante como Lady Westholme, miembro del Parlamento Inglés. También conocen al famoso detective belga Hercules Poirot que será el encargado de descifrar el misterio cuando ocurra la tragedia. 

La historia comienza con una inquietante pregunta: “¿No ves que es necesario matarla?” y prosigue con entradas y salidas de hoteles, visitas, barcos, viajes y excavaciones arqueológicas. Tiene un falso aire cosmopolita porque, en realidad, todo se reduce a un núcleo muy pequeño de personas. Es una historia asfixiante, endogámica, aunque el hecho de que transcurra fuera de una mansión rural de Inglaterra puede engañarnos. Los conocimientos que tenía la autora del norte de África, de Egipto o del Oriente Medio salen a la luz en esta clase de novelas pero el fondo sigue respondiendo a su técnica narrativa. Un pequeño grupo de personas, con lazos entre sí, que se desenvuelven con la misma naturalidad que si estuvieran tomando el té en la salita de recibir de una casa inglesa. Y ese aire turbador del gesto cotidiano: todos sabemos que algo va a pasar pero no sabemos qué ni por qué. 

Sarah King es un personaje de luz enmedio de una turbulenta estructura familiar. Su aparición entre el grupo desata situaciones no deseadas ni controladas como suele ocurrir cuando un extraño se intercala en un paisaje familiar hermético. La figura de la madre, la imponente señora Boynton, cruel, cínica, descarada, extraña, aparece como representante de la opresión, de la manipulación que pueden ejercer sobre los hijos aquellos que tienen en sus manos la llave de la bolsa. Es, seguramente, la madre más repulsiva de las que Christie describe. Entre los hijos, los hombres se llevan la peor parte, son más débiles, más ineptos, más dependientes. Ni siquiera el amor es capaz de hacerlos reaccionar y eso genera decepción en sí mismos y en los otros. Las mujeres, como en otras de sus historias, tienen más poder, son más luchadoras, aunque también más malvadas. Esta es una historia en la que las mujeres son protagonistas incluso cuando no lo esperamos. Es una historia de extremos, de caracteres llevados al límite. Los aspectos psicológicos que a Christie le gustaban, tienen aquí un papel especial, aunque no es necesario ser un experto para entenderlos.

Otro elemento fundamental del relato es el paisaje externo, los lugares en los que se desarrolla. No sería posible un nudo argumental de este tipo sin las ruinas de Petra, esas cuevas excavadas en la roca que destellan al sol inclemente de los días y por las que los turistas andan desconcertados. Los nativos, tanto los guías como los trabajadores de la zona, tienen un mismo aspecto, de manera que las confusiones son muy posibles. Una de esas confusiones tendrá un lugar preponderante en el argumento. Y también la suplantación y el pasado, un pasado que está presente en los actos de algunas de las personas más importantes de la narración. 

Hercules Poirot hace de las suyas. Despliega sus encantos en la conversación para escuchar lo ajeno, algo que, para él, no tiene nada de mala educación sino que es natural y necesario en su trabajo. La primera noche ya llega a sus oídos la pregunta crucial con la que el libro se inicia. Observa y va atando cabos de una forma sutil. Toma partido por unos o por otros pero, en ningún caso, se desvía un milímetro de la recta justicia. Y así, entre piedras calizas rojas, entre restos arqueológicos, hoteles exóticos, trenes que ronronean atravesando desiertos, la historia tiene a la vez ecos domésticos y ecos viajeros. 


(La acción comienza en un hotel de Jerusalem)

El desenlace es muy ingenioso y lógico. En las novelas de Agatha Christie los finales son razonables, sensatos y, si lo miras con detalle, evidentes. Lo que pasa es que esa evidencia no siempre se puede notar antes del final porque los cabos se suelen atar en las cabezas de sus detectives, de sus investigadores aficionados, de sus protagonistas. En este caso es Poirot el que se llevará la gloria de adivinar lo sucedido. Las historias ambientadas en el extranjero son coto cerrado de Poirot y no nos imaginamos a la frágil señorita Marple alejada de Inglaterra, ni siquiera muchos kilómetros más allá de Saint Mary Mead, su pueblo, ese lugar en el que la naturaleza humana se manifiesta en todo su esplendor. 

De todas las novelas de Agatha Christie esta es una de las más inquietantes. Describe situaciones que resultan molestas para el lector, desagradables, porque mezcla la iniquidad con el afecto familiar.  El mal sobrevuela todo el tiempo, aunque no seamos capaces de detectar exactamente donde se encuentra más allá de lo que la escritora quiere contarnos. El hecho de que un grupo de jóvenes adultos esté sometido a la tiranía de una anciana impedida resulta aún más chocante, si no fuera porque todos tenemos claro que el poder de la mente va más allá del poder físico. Y que la manipulación es una acción que domina a quienes la sufren de una manera atroz. En este sentido, la personalidad de la señora Boynton es el verdadero leit motiv de la trama. Ella y sus actuaciones del pasado, ella y su vida, ella y su psicología, son las explicaciones de todo lo que ocurre. Nada hay externo salvo, quizá, el deseo de supervivencia y de conservación del status que, al final, desencadenará el crimen. Porque existe el crimen y en Agatha Christie esto es tan natural como cambiar las cortinas del salón. 


(La ciudad rosada de Petra, con sus cuevas excavadas en las rocas, son el escenario fundamental de la historia)

Otras entradas de este blog dedicadas a Agatha Christie: 


martes, 16 de octubre de 2018

La buena vecindad


En el universo de mi infancia los vecinos forman un mosaico irrepetible, pleno, único. La calle en la que viví se me antoja, en la distancia física y temporal de ahora, como una especie de paraíso cruzado de nostalgia. Habitan en él personajes de toda condición, especímenes diversos, buena y mala gente, conocidos, amigos y extraños. Todos se colocan en esa foto como si fueran conscientes de que una imagen puede situarlos en la inmortalidad. Los momentos compartidos, las celebraciones, las fiestas en las que la mezcla era posible, todo ello forma parte de los ritos de encuentro, de las costumbres sociales, de los entretenimientos, de las diversiones. Las visitas eran un modo de compartir noticias, porque, como en todos los micromundos, había frecuentes y sabrosas informaciones. Podía decirse que éstas volaban de un lado a otro de la calle, larga y con tres tramos bien diferenciados, de suerte que, al cabo del día, podían llegar, si estábamos de suerte, al menos dos o tres temas curiosos a las casas que eran los centros de reunión, la mía entre ellas. Y allí yo, ávida por conocer cuánto ocurría detrás de las paredes blancas rematadas del azul añil de las azoteas y espadañas de las casas de mi calle.


Emma Woodhouse, que vive en los años iniciales del siglo XIX, la época georgiana, en el sur de Inglaterra, en un enclave rural llamado Highbury y en una finca de nombre Hartfield, mantiene las costumbres sociales propias de su época y, entre ellas, la relación con los vecinos ocupa un sitio primordial. Para su desgracia, el vecindaje no ofrece demasiadas ocasiones de disfrute intelectual y así ha de conformarse con el cotilleo, el chisme o la broma. Menos mal que Emma, como las personas inteligentes, tienen una fuente de placer en su propia mente, por lo que discurre, piensa, adjudica, inventa y fabula a su antojo.

En el principio de la novela sus vecinos más queridos son los Weston, ya que la flamante señora Weston es, nada más y nada menos, que su propia institutriz, la querida señorita Taylor, su madre postiza, ya que se quedó huérfana siendo una niña de seis años. Randall, la casa de los Weston, está a una distancia muy corta de Hartfield, de modo que pueden ir y venir de visita todos los días, incluso en el caso del señor Woodhouse, tan delicado de salud y tan poco propicio a renunciar a las comodidades de su propia casa. Además, en el mismo Highbury están las Bates. Madre e hija, las Bates pueden ser un excelente entretenimiento una mañana, después de misa, aunque solo por un ratito. Porque, cómo soportar la hueca verborrea de la señorita Bates y el silencio inexpresivo y permanente de su madre...Esto es más de lo que una chica como Emma, con toda su buena educación, puede sobrellevar. Sobre todo porque, a menos que se despiste, siempre habrá motivos para que le lean, a traición, una carta recibida de la perfecta, inimitable y única Jane Fairfax, la sobrina de las Bates.

Como las desgracias nunca vienen solas, al hecho de que el señor Elton desairara tan gravemente a su amiga Harriet Smith, a quien Emma había ya imaginado ya casada con el clérigo, se une el que Elton se haya casado, con la señora más insoportable que pueda uno pensar. Por supuesto, viene de Bath, esa ciudad balneario en la que Jane Austen pasó unos años y de la que tan malos recuerdos tenía, no en vano coloca ahí sus tramas menos agradables. Augusta Elton es presumida, creída, vulgar y nada inteligente. Sus parloteos llenan el aire, pero no entran en la cabeza de nadie medianamente sensato. Y, por supuesto, desde el primer momento, a Emma no le gusta. Hay que decir que la cosa es recíproca. Tampoco la señora Elton aguanta a Emma, con sus aires de señorita malcriada, que hace siempre su santa voluntad. Por eso, seguramente, le sienta tan mal cuando se entera que, nada menos que el señor Knightley, a quien ella llama Knightley sin más, aunque lo ha acabado de conocer, vaya a casarse con ella. Por Dios, qué bajo ha caído, piensa Augusta Elton sin dudarlo...

Las visitas de Emma al colegio de la señora Goddard, un pensionado de mediana calidad situado en el pueblo, darán como resultado un hecho feliz, su encuentro con la Harriet Smith, la interna de
padres desconocidos que acompañará a Emma en sus salidas por el pueblo evitando así que la murmuración la defina como atrevida y moderna al andar sola.

Escasas relaciones sociales, pues, las que Emma Woodhouse mantiene. A ellas se añade únicamente su propia hermana, Isabella, que vive en Londres con sus cinco hijos y con su marido, el señor John Knightley. Pero las visitas a Londres son una rara avis en su vida, pues acompañar a su padre y cuidarlo forma parte de sus desvelos y de sus ocupaciones diarias. Esta faceta de amante hija de Emma no ha sido suficientemente valorada y tendremos, quizá, que volver a ella en algún momento.

Sin duda el vecino de mayor interés de Emma, su amigo más seguro y fiel, las visitas que recibe con mayor alegría, la compañía que le sirve para pasar las horas con felicidad y con optimismo, son las del propio George Knigthley, el señor Knigthley, como ella lo llama, siempre, incluso cuando ya están comprometidos. 

Un precioso diálogo alude a ello en la obra:

-“Señor Knightley” me llamabas siempre, “señor Knightley”, y a fuerza de costumbre ha dejado de sonarme formal. Incluso cuando es formal. Me gustaría que me llamases de otro modo, pero no sé cómo.

-Recuerdo que una vez lo llamé “George”, en uno de mis adorables contraataques hará unos diez años. Lo hice porque pensaba que le ofendería, pero como no puso objeción alguna, nunca volví a hacerlo.
-¿Y no me podrías llamar “George” ahora?
-¡Imposible¡ Nunca podré llamarlo más que señor Knightley. Ni siquiera podría prometer que fuera capaz de igualar el laconismo de la señora Elton al llamarlo señor K. Pero prometo- añadió enseguida riéndose y ruborizándose-, llamarlo en alguna ocasión por su nombre propio.”

¿Es, o no es, delicioso este cruce de frases entre dos enamorados? ¿Quién necesita sexo explícito después de esto?

domingo, 14 de octubre de 2018

Cuatro mujeres solas


Cuatro mujeres solas se van a vivir en la primavera de 1809 a una casita campestre en Chawton. La casa es propiedad del hijo y hermano de tres de ellas. Se llama Edward y acaba de quedarse viudo. En la comitiva de esas cuatro mujeres están Cassandra Leigh, sus hijas Cassandra y Jane Austen, así como Martha Lloyd, amiga íntima que, unos años después, en 1928, se casará con otro hijo de la familia, Francis, también viudo. Las cuatro mujeres representan con fidelidad la situación que refleja la vida de las mujeres en la Inglaterra de principios del siglo XIX. La mayoría de ellas dependían de sus parientes varones para subsistir. Dependían primero de sus padres, luego de sus maridos y, si no existían estos, de sus hermanos. Un sistema de relaciones que no podía asegurar ni el cariño filial ni el matrimonial. La necesidad manda. 

No era inusual el hecho de que las mujeres se agrupaban entre sí para fortalecerse las unas a las otras y para compartir casa y forma de vida. Esto las hacía más seguras y menos vulnerables. Se aseguraban la asistencia mutua, la compañía y la necesaria conversación. Sus vidas eran, desde luego, sencillas, modestas, porque no olvidaban que la casa se la debían a sus parientes y que tenían que estar agradecidas y proporcionar las menores molestias posibles. Esa vida tranquila no deja de resultar un marco extraordinario para que una de ellas, Jane, escribiera algunas de las obras maestras de la literatura universal. Y ello en un corto período de tiempo, por eso mismo muy fructífero, en el espacio que va de 1809 a 1817. 

Los vecinos cercanos formaban parte de esa red de relaciones que alegraban la vida y que estaban disponibles para cualquier emergencia. Una mente despierta como la de Jane tenía en la vida cotidiana y vecinal una fuente de inspiración que se unía a su imaginación desbordante. Su propio carácter contribuía a ello. "Su extraordinaria agudeza para captar lo ridículo la incitaba a bromear sobre las situaciones más comunes de la vida diaria, ya se refirieran a personas o cosas; pero nunca se tomaba a risa deberes ni responsabilidades, ni ridiculizaba a nadie" 

Esa observación de la naturaleza humana es una de las cualidades más certeras que observan en su obra los críticos o escritores que de ella han hablado. Así lo dice el poeta romántico, muy cercano a W. Wordsworth y a S. T. Coleridge, Robert Southey (1774-1843) contemporáneo de la escritora: "Habla usted de la señorita Austen. Sus novelas son más fieles a la naturaleza humana y contienen, lo que suscita mi simpatía, pasajes con sentimientos más nobles que las de cualquier autor de la época. Es una persona de la que he oído hablar tan bien y a la que admiro tanto que lamento no haber tenido la oportunidad de manifestarle el respeto que sentía por ella"

Seguramente la escasa aceptación de sus novelas, el tardío reconocimiento a su obra, tuvo que ver con que sus ideas y, por tanto, su escritura, era demasiado moderna para la época. El gusto de los lectores de entonces se basaba en heroínas sufrientes, castillos encantados, caballeros sacrificados, antihéroes malvados y otros tópicos de la novela gótica. Todas estas historias que se desarrollaban en fastuosos escenarios, no tenían nada que ver con la sencilla domesticidad de las suyas. Ni tampoco la actitud de sus heroínas era nada parecida a la de las lánguidas muchachas de la literatura contemporánea. Ese minimalista escenario escondía, no obstante, multitud de detalles que es preciso atender con mirada profunda y que se escapa a una primera lectura superficial. Todo lo contrario de lo que en aquellos años estaba en boga. La escritura de Jane Austen aparece emparedada entre dos estéticas: las heroínas de vida intachable y sentimientos convulsos envueltos en lenguaje elegante de su tiempo y las heroínas de vida convulsa y sentimientos torrenciales de los escritores, sobre todo escritoras, posteriores. Imposible hallar entre sus personajes a ninguna Catherine Earnshaw, a ningún Heathcliff. El sentido común se impone sobre la locura y la única que saca un poco los pies del plato es Marianne Dashwood, de "Sentido y sensibilidad", la primera novela que escribió. 

La rareza de su obra tiene que ver con la rareza de su vida, alejada de todo contacto con los círculos literarios, que no le interesaban en absoluto. Puede decirse que, al contrario que muchos de sus coetáneos y posteriores, ella no tuvo "padrinos" en esto de la publicación, y quizá por eso su independencia se mantuvo a rajatabla, a pesar de presiones confesadas y comprobadas. Esa circunstancia, cuatro mujeres solas viviendo en una casa prestada, da buena cuenta de un estilo de vida en el que no existían pretensiones ni había otra cosa que sencillez. Esa misma que su obra trasluce. Lejos del sentir de los románticos, con sus pasiones turbulentas y sus amores contrariados, ella ofrece un retrato certero de la sociedad que le tocó vivir. El mayorazgo, por ejemplo, esa institución que convertía a tantas mujeres en víctimas de la miseria y de la dependencia de los varones, es un elemento que aparece continuamente en su obra. La vinculación de las herencias a los parientes masculinos, una variante de lo anterior, es, asimismo, un motivo principal. Sin embargo, aunque a veces hay resabios de amargura, su carácter impedía convertir sus novelas en una pesada tesis doctoral o en una reivindicación abusiva. Es más bien el transcurrir de la vida como era lo que hace que nos sintamos cerca de ella.

Defendió la razón por encima de las emociones que maltratan el cuerpo y el espíritu. La razón que se expresa en el sentido del humor, la inteligencia, el ingenio y la cordialidad de mente. Por eso quizá, cuando estas cuatro mujeres solas emprendieron el camino de Chawton quedó desterrado el sentimentalismo, quedó atrás la nostalgia y florecieron la alegría y la aceptación, no como castigo, sino como forma de entender de la vida lo que la vida ofrece con el mejor entendimiento. 


(Pinturas de William Armfield Hobday, 1771-1831)

(Textos entrecomillados del libro "Recuerdos de Jane Austen" escrito por James Edward Austen-Leigh) 

Hadas, duendes y reyes


Todo está a punto para la función. El patio del colegio a rebosar de gente indica que el teatro ha creado una expectación inusitada en el barrio. Padres y abuelos, hermanos, amigos, chicos que quisieran ser protagonistas, músicos frustrados, visitantes, vecinos, todos se apiñan en las sillas de tijera que una empresa ha colocado en filas exactas. Las sillas son incómodas y obligan a tener la espalda en una rectitud que solo los más pequeños pueden soportar sin fastidiarse. Pero merece la pena, en esta noche de San Juan, que los faunos y hadas ocupen el escenario, que aparezcan los rostros con focos de luz artificial que el ayuntamiento ha montado y que toda la música se expanda por los muros del colegio y aledaños. 


Aquello es un jardín cercado de naranjos. Tiene las paredes blancas y encaladas, salvo la zona del escenario, un armazón de madera bien sujeto, blindado con cortinas azules y moradas, a salvo de miradas indiscretas el backstage. Las madres han cosido las ropas en tardes de tertulia y conversación en voz baja, a salvo de los oídos de los niños, centradas en su mundo compuesto de emociones y vida cotidiana. Hay rasos, tules, lienzos de popelin, capas floreadas y adornos en el pelo; hay piel, trompetas y toda clase de instrumentos musicales, una gran orquesta de sonidos dispersos. Mientras la gente se acomoda en las sillas, la música sigue de fondo y obliga a mover los pies aunque nadie diría que esta danza ha sido ensayada. 


El nerviosismo de la maestra se contagia a los niños. Ella es la gran hacedora, la inventora de la magia, la sacerdotisa de este ritual. Durante meses ha movido las manos al tiempo que recitaba los diálogos para que los más pequeños los aprendan de oído. Durante meses ha dedicado horas de su ocio a que las niñas mayores aprendieran los gestos, los movimientos y las frases. Ha instruido a las madres en la costura y dado instrucciones al ayuntamiento. Ella es el alma del teatro y del colegio. Todos lo saben y por eso la miran con respeto y una extraña reverencia por su juventud y su empuje. Es un hada entre libros, como las de la función de teatro que está a punto de representarse. 


Pack, Oberón, Titania, Hipólita, Teseo, Hermia, Lisandro, Demetrio, Helena, Egeo, Filostrato y la legión de duendes y las hermosas hadas y los extraños árboles, los sauces, las hojas tibias, las flautas y los susurros de la noche entera. Los niños andan de puntillas sobre el escenario. A un lado, la naturaleza tiene también forma humana. Los más silenciosos mueven las alas cual mariposas frescas. La niña que hace de Hipólita tiene una voz cristalina y llena de ecos exóticos. Hernia se ríe sin poderlo evitar. Los duendes se doblan sobre el suelo como gimnastas en un entrenamiento. Todos se mueven al compás de la música y los ecos. Las palabras, escogidas, resuenan en la noche. Los padres lloran. Las abuelas se mecen en el aire tierno de los nietos que bailan en escena. 


Por un momento se ha parado el aire. Una niña muy tímida ha olvidado su parlamento. Se ha quedado en medio del escenario, sin saber qué decir, con su corona de flores en la cabeza y sus pies descalzos. La maestra, desde un rincón de atrás, le susurra la frase. La niña mira a todos lados, quiere saber cuántos han percibido ese olvido fatal. Y dice la frase entre sonrisas y estalla un aplauso, otro más, y todos parecen disfrutar mucho más después de ese instante de miedo que les ha devuelto a la realidad de lo que son, los niños del colegio, la maestra. 


Cuando todo termina, cien manos invisibles retiran las sillas de tijera y las apilan a un lado. Colocan súbito unas mesas alargadas, manteles de papel, botellas de refresco y la comida que los padres han traído para el ágape final. Los niños salen desde el escenario riendo y saltando, como si aquello fuera una prolongación del bosque. Llevan todavía las caras pintadas, los trajes puestos y el personaje dentro de sí mismos. Las madres se ríen y los padres tienen ese aire de timidez de los hombres cuando se encuentran fuera del trabajo, cuando la vida cotidiana los alcanza. La maestra recibe besos y felicitaciones. Para ella es una función de teatro más, para los niños es la hora de la gloria. 

jueves, 11 de octubre de 2018

"Washington Square" de Henry James


(Catherine y Morris pasean en la versión de 1997 de "Washington Square")

En un tiempo en que las mujeres de la buena sociedad se sentían presionadas por la necesidad de hacer un buen matrimonio, de tener éxito social, Catherine Sloper no es una víctima de su falta de atractivos físicos o de su escasa brillantez de ingenio. Lo que Henry James describe es aún más doloroso, más difícil de superar y más definitivo: la historia de una niña que nunca recibe amor del padre, que es el único progenitor que le queda después de que su madre muriera en el parto. El doctor Sloper castiga a su hija con una especie de odio soterrado, de desprecio mal disimulado, porque la considera la causa de la muerte de su mujer a la que adoraba. Ese es el peor castigo que puede recibir un niño. Huérfano de madre y huérfana de padre, o peor aún, con un padre exigente, poco comprensivo, nada cariñoso. Este y no otro es el problema de Catherine, lo que la convierta en una mujer vulnerable. No tengo malicia, dice. Claro que no. Pero esto no es una virtud en esos momentos a juicio de las personas que la rodean, sino la muestra de su estupidez. Las palabras del doctor Sloper son una daga constante en el corazón de la chica. 


(Montgomery Clift y Olivia de Havilland en "La heredera" de 1949)

Pocas protagonistas de la literatura tienen tras de sí una vida familiar más decepcionante. La riqueza no es nada si no se acompaña del aprecio y, si no el amor, el respeto paternal. La torpeza de Catherine se acentúa con esa actitud y nunca entenderá que merece ser amada. El bisturí incesante de Henry James se muestra aquí con toda su crudeza. Una muchacha que se considera indigna de todo aprecio aunque ni siquiera sabe por qué. Una sociedad que exige a las muchachas casaderas la perfección. Un padre que se avergüenza de su hija. Una madre ausente, lo que no era nada infrecuente porque los partos se convertía en una odisea. Un pretendiente ambiguo, que necesita desesperadamente agarrarse a la posibilidad de un ascenso social de alguna forma. 


(Catherine Morland y el doctor Morland, 1997) 

La historia de Catherine Sloper y de Morris Towsend ha sido llevada al cine en dos ocasiones, con cincuenta años de diferencia entre ambas versiones. La primera, de 1949, lleva el toque genial de William Wyler y es una epopeya de los sentimientos. Olivia de Havilland y Montgomery Clift forman la pareja protagonista. La sencillez de ella y la belleza de él. Tiene un final de esos que nunca se olvidan, de esos que te sugieren ganas de aplaudir. Una especie de renacer de la dignidad, de necesaria venganza. La segunda versión, de 1997, la dirige Agnieszka Holland, y aquí, al triángulo formado por la protagonista, su pretendiente y su padre, se le da relevancia a su tía, Maggie Smith, una especie de ser equidistante entre todos. En esta ocasión los protagonistas son Jennifer Jason Leigh, Ben Chaplin y Albert Finney

¿Por qué el doctor Sloper se muestra tan reacio a comprender que haya alguien que pueda estar enamorado de su hija, o, al menos, lo suficientemente enamorado como para casarse? Porque él mismo no ha sentido nunca ningún sentimiento amoroso por ella, porque la desprecia por su inutilidad aparente y porque la odia porque ella quedó viva y su madre murió. 

Resulta hiriente para el lector observar hasta qué punto esa herida sin cerrar renace una y otra vez en forma de pullas, de desprecios y de desencuentros con su hija. Nada importa la belleza ni el talento sino la falta de amor, de aprecio, por parte de los suyos. Ese es el gran secreto del libro. Un matiz psicológico que a James le era muy necesario para ahondar en sus personajes, odiosos algunos, candorosos otros, perfectamente vivos todos. 

Hoy hablaríamos de "autoestima". Hablaríamos de un problema de falta de cariño en la infancia. Hablaríamos de un apego inexistente entre padre e hija. Parece aún más terrible observar que, mientras que el doctor desprecia a su hija y la quiere proteger del modo equivocado, yendo contra su única posibilidad de felicidad, ella manifiesta con toda inocencia que nunca podría contradecirle y que le importa mucho su opinión. En realidad, lo que hace la muchacha todo el tiempo es buscar la aprobación paterna. Es intentar que la mirada de su padre se cambie, se trastoque de alguna forma en algo más tierno, más cómplice, más cercano. Inútilmente. 

Esta historia me ha traído siempre a la memoria la imagen de unas mujeres que vivían cerca de mi casa, en la calle de mi infancia, el paraíso del sol y el aire suave de levante. Eran tres hermanas. La mayor se casó con un librero y las otras dos salían los fines de semana sin faltar ni uno a la hora del paseo vespertino. Impecablemente vestidas, maquilladas y con la mejor disposición de ánimo para buscar alguna oportunidad. No podían casarse por cualquiera, estaban en buena posición. Pero ni su inteligencia ni su belleza ni sus posibles eran tantos como para optar a un nivel demasiado superior. Así continuaron sus paseos año tras año. Las dejé de igual modo cuando me fui de allí. No he vuelto a verlas. Y a veces las recuerdo. Me pregunto si habrán decidido renunciar a esa espera. 

domingo, 7 de octubre de 2018

"El placer de vivir sola" de Marjorie Hillis

Para quienes piensen que este es un libro más de esos de autoayuda que nos tienen cercados hace tiempo basta fijarse en el año de su publicación original, 1936. Marjorie Hillis (1889-1971) es una pionera en todos los sentidos. Su trabajo en la revista Vogue la puso en contacto con mujeres que, como ella, llevaban las riendas de su vida.

La publicación del libro obtuvo un enorme éxito. Es verdad que ella terminó saliendo del círculo de solteras independientes a las que iba dedicado: se casó en 1939. Pero eso no significa nada, salvo que esperó a casarse el momento en que encontró al hombre adecuado. Este resultó ser Thomas Henry Roulston, viudo y propietario de algunas tiendas en Brooklyn. El matrimonio duró diez años pues su marido murió en 1949. 

Hillis, que llegó a ser editora asistente de Vogue, era hija de un pastor congregacional y estudió en un colegio para señoritas en New Jersey. Después del éxito de este libro escribió otro dedicado a los negocios que podía emprender una mujer en aquel tiempo. La aparente frivolidad de sus opiniones y el tono ligero que da al libro hace que no aparezca en el listado de feministas recuperadas por la literatura actual. Pero, en realidad, la independencia económica que ella preconiza es uno de los pilares de la emancipación de la mujer. No obstante, el libro hay que contextualizarlo en el momento que se escribe, la década de los treinta del siglo pasado, con lo que puede resultarnos exótico el contenido y, sobre todo, la forma de tratarlo. Sin embargo, salvando todas esas distancias, el mensaje no deja de ser actual: una mujer no es menos porque esté sin pareja y puede ser feliz sin ellas. 


El libro tiene doce capítulos cuyos títulos avanzan elegantemente el contenido. Cada uno de ellos aborda una cuestión referida al status de mujer sola y a las ventajas que ofrece. Hay una mezcla de conceptos psicológicos, de ideas para el saber estar, de consejos para las más frustradas y de cuestionario del buen vivir. Empieza dirigiéndose a una mujer normal para convertirla en alguien que practica "la sofisticación solitaria" y termina siendo "más etiqueta para una mujer extraordinaria".

El inicio del libro avisa de su estilo: "Este libro no es una manifiesto a favor de vivir sola" La errata en "una" no es mía, es del libro, algo que me molesta muchísimo y que, supongo, molestará aún más a la editorial. Es como ponerse un vestido precioso y de marca con unos zapatos de mercadillo, horribles y estropeados. Fastidia el conjunto. Salvando esto, la autora continúa: "Cinco de cada diez personas que lo hacen no pueden remediarlo y al menos otras tres son irritantemente egoístas. Pero puede ocurrir que, en algún momento de tu vida, quizá entre matrimonios, vuelvas a vivir sola"

Seguimos: "Quizá lo hagas por elección. Muchas personas lo hacen más y más cada año. La mayoría de ellas lo ven como una suerte de fino gesto de modernidad, pero al llegar al segundo mes se arrepienten de haberlo hecho"

La lectura de estos fragmentos nos deja claro que el libro nunca se hubiera podido publicar en España en aquellos años y que va dirigido a una mujer concreta: la americana media, que ha decidido trabajar y se apunta al divorcio. Ese era el público de Vogue y es el público que adora los libros de Marjorie Hillis. Eso nos hace dudar un poco de sus intenciones, algo que todavía se hace más patente cuando leemos el libro. Porque quizá lo que pretende es enseñar a las mujeres que se puede vivir sola y disfrutar...siempre que ese estado no signifique falta de relaciones sociales, dejar de salir o prolongar la soledad mucho tiempo. Algo de trampa hay, por tanto, en el libro. Pero eso no significa que no sea encantadora la forma en que propone soluciones a esos pequeños contratiempos de la vida cotidiana de las mujeres solas. 

Vivir bien es la máxima que inspira su escritura y la forma de vida de la propia Hillis. Una buena vida es aquella en la que se puede elegir lo que se hace y cómo se hace. La independencia es aquí el seguro para liberarse, ese concepto de liberación que, desde que comenzó a abrirse paso, no ha terminado de sustanciarse, quizá porque sus posibilidades son infinitas. Lo bueno de la vida, para Hillis, es aprovecharla según lo que cada una (mujeres, que es a quienes se dirigen sus consejos) necesite o quiera. Mejor aún. La desaparición de las convenciones no se produce tanto por ruptura sino por desapego. Estar segura de sí misma y desear lo que nos conviene es otro de los objetivos. Sin elección no hay libertad, viene a decirnos.

Resulta muy interesante observar que la cualidad más apreciada por Hillis y la que hace que sus "mujeres" vivan más o menos felices es la inteligencia. Es una inteligencia muy práctica, que te hace entender cuáles son tus posibilidades, cómo debes usarlas y que te inclina a elegir bien las amistades, la ropa, la casa y la propia vida en general. Para contarnos cómo todo eso es posible ella usa el método del caso. Así, nos presenta casos de diferentes señoritas, a las que nombra con una letra, por eso de conservar su anonimato.

"Veinte años atrás, la señorita R, era una joven desgarbada que vivía en un pequeño pueblo del sureste y que leía revistas de moda a escondidas. Cuando su familia se retiraba para recibir un bien merecido descanso, podía vérsela sosteniendo una página de la revista con una mano, mientras tapaba con el cobertor del diván la línea que describía la imagen de la página. En cierto momento decidió no sólo ser inteligente, sino en qué tipo de mujer inteligente quería convertirse"

Aquí reside exactamente la clave de esa felicidad que las mujeres Hillis pueden alcanzar y consiguen si aplican su cabeza y sus recursos a tener claro el objetivo: vivir bien, ellas mismas, solas, con sus propios recursos y medias. Solas, que no aisladas. Solas, que no tristes. Solas, que no fuera de la sociedad. La importancia de la imagen como forma de presentación al mundo lleva consigo sacrificios y estos se reflejan en las historias de estas mujeres. Pero esos sacrificios se orientan disciplinadamente a un fin superior. Estar contentas con ellas mismas, ser adecuadas, felices en suma.



"Esta, la de la señorita J, es una historia triste de una mujer joven que se ve a sí misma como una mártir y que nunca ha notado que, por más atractivo que pueda resultarle actuar ese papel, es terriblemente aburrido para los demás"

No es este un comentario frívolo, sino la prueba inequívoca de una verdad. "Yo sé que ver y oír a un triste enfada/ cuando se viene y va de la alegría" escribe Miguel Hernández. Versos profundos y palabras ciertas. La tristeza, cuando se convierte en el traje que vistes, aburre hasta a las ovejas y no ayuda en nada al triste. No es chic ni simpática ni atractiva. Es una pesadez. De esta manera, Marjorie Hillis se aparta del canon de las heroínas románticas para entrar de lleno en la necesidad de la mujer moderna de sentirse bien consigo misma sin dependencias exteriores. Y no es poca cosa afirmar esto en los años treinta. Ni ahora, tengo que añadir.

El caso de la señorita W es especial. Después de trabajar durante años como granjera, a los sesenta y dos años se retiró del trabajo y comenzó a dedicarse a ella misma. "Toma el desayuno en la cama, tarde, ociosa y cómodamente. No permite que nada interrumpa sus citas semanales con el champú, un tratamiento para el pelo, un facial y una manicura. Pasa dos mañanas a la semana en el spa, donde se ejercita, se sienta en el gabinete de baño o se acuesta bajo la lámpara solar para su mayor alegría. Y en las noches en las que está verdaderamente cansada recibe un largo y relajante masaje. El invierno pasado, la señorita de W. fue a Palm Beach y se tostó bajo el sol. Este año planea volver a Palm Springs con el mismo objetivo...La señorita de W. está usando su tiempo con gracia"

Todo este cuidado personal se traslada al cuidado del entorno en que estas mujeres viven. La casa ha de ser un espacio "tan encantador, cómodo y chic como sea posible, y esto es mucho más´cierto para una mujer sola que para cualquier otra". El orden de prioridad es el inverso, primero lo chic, luego lo cómodo y luego lo encantador. "El desorden está ahora tan pasado de modo como la modestia"


Lo que el libro viene a resumir es la idea de que las cosas bonitas, agradables y amables están a disposición de todas y que acceder a ellas es más cuestión de gusto y de empeño que de dinero o de situación social. Sus consejos van en la línea de que las mujeres sin pareja entiendan que no son la mitad de nada y que se puede y se debe disfrutar de la vida a tope en cualquier situación. Disfrutar es, en este sentido, tener una casa agradable, apreciar el arte y la cultura, sentir la naturaleza como parte de la vida cotidiana, darse caprichos y cuidarse. El cuidado de la casa y de los objetos que la forman tiene la misión de hacer más agradable el estar en ella. El cuidado personal, ofrecer una imagen al mundo llena de detalles y esmero, pero, sobre todo, sentirse satisfecha con una misma. Aunque no lo parezca, los conceptos de Hillis, que pueden ser considerados incluso egoístas, son una revolución. 

"La señorita E tiene sesenta y pico y es una viuda con cinco hijos adultos y un pequeño ingreso. Todos sus hijos han invitado a la señorita E a vivir con ellos; sin embargo, ella reconoce la voz del deber en sus palabras y por eso no le ve ningún atractivo...Así que ha remodelado lo que alguna vez fue la cabaña del jardinero hasta convertirlo en su más satisfactoria creación, y la ha amueblado con lo que considera es la mejor parte de las posesiones adquiridas durante cuarenta años de matrimonio...Tiene un jardín en el que disfruta mucho y goza también con las visitas constantes de su familia y a amigos, y a su vez ella los frecuenta tan pocas veces que sus visitas son todo un acontecimiento"

Como vemos, no hay límite de edad para esta revolución cotidiana. La mujer, en cualquier momento de su vida, situación y edad, puede pararse y pensar qué es lo que quiere en realidad, cómo quiere vivir y en qué cosas puede emplear su tiempo para que le produzca el mayor placer. La señorita E lo hace sin tener que depender de otros. Este sentido de la independencia es uno de los mayores éxitos de las mujeres Hillis.


Nada de esto sería posible escribirlo sin un sentido del humor muy acusado. Como cuando habla de las camas. "Toda mujer debería desarrollar su propio ritual especial para ir a la cama y realizarlo religiosamente cada noche...En las noches, cuando estés en casa y no estés tan cansada, date a ti misma los demás cuidados personales que necesites. Esto es especialmente aconsejable si no quieres seguir yendo a la cama sola el resto de tu vida, pero aun si esa es tu intención, hazlo de todos modos"

Y, desde luego, "nada te levanta más la moral que ir a dormir perfumada con agua de colonia y vistiendo un delicioso camisón rosa satinado, bien cortado y con buena caída"

La mujer y los amoríos, la mujer y su fama, la mujer y sus vestidos, la mujer y sus maquillajes, todos los aspectos que, en aquellos años, se consideraba que formaban parte de la vida cotidiana femenina aparecen en el libro tratados desde el punto de vista irónico, a veces cínico, adorable en todo caso, de Marjorie Hillis. Aunque no lo parezca, algunas de las cosas que cuenta todavía nos sirven. Bastantes cosas, quizá. En todo caso, leerlo te parecerá tan divertido como exótico.

El placer de vivir sola. Marjorie Hillis. Traducción Florencia Molino. Los libros del lince, S. L. 
Primera edición septiembre de 2018. Ilustraciones de Cipé Pineles. 

Título original Live Alone And Like It, publicado por Marjorie Hillis en 1936.