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Mostrando las entradas etiquetadas como Arte

Un paseo entre amapolas

  Charles Courtney Curran   La casa de Pedro y Marie estaba rodeada de verdor. Parecía una casita de cuento, a un lado de la carretera, con su propia verja y sus contraventanas azules. Cuando estaban entornadas, la luz entraba tamizada al interior y no hacían falta cortinas. La casa de Pedro y Marie no tenía cortinas y sí unos anchos sofás claros que servían de acogida a los amigos que los visitaban. Era una casa de fin de semana. De ordinario vivían en la ciudad, ella trabajaba en una guardería y él tenía un negocio de objetos de regalo. Pedro era mexicano y Marie francesa. Ambos eran nuestros amigos entonces, ahora ya no sé por dónde andan ni qué ha sido de ellos. Existen amigos circunstanciales, amigos de pareja que, cuando la pareja se rompe, desaparecen a la vez o se ponen del lado de uno de los dos. Así ocurrió con Pedro y Marie, pero recuerdo de vez en cuando su hospitalidad, su sentido del humor y lo bien que sabía el queso de frijoles que hacía Pedro, harta como yo es...

El flamenco y las Artes

El Flamenco es música. El Flamenco es poesía. Pero es también, por qué no, el gesto, el espacio, el paisaje, los rostros… todo aquello que se encierra en una imagen. La imagen del Flamenco no la han creado los artistas del cante, el baile o el toque, sino los otros. Los   pintores y escultores, los creadores de figurines y decorados, los fotógrafos… El Flamenco ha llamado a la puerta de las otras artes y éstas, abriendo la cancela, han hecho entrar en su universo las visiones del Flamenco, que se perciben no sólo con los ojos, sino con el corazón, porque lo esencial, ya lo sabemos, es invisible a los ojos. Y el Flamenco tiene mucho de esencia, aunque también de arquitectura, de gran rompecabezas que se encaja tiempo a tiempo por aquellos que lo han construido. La mirada que al Flamenco dedican las otras artes tiene mucho que ver con el Flamenco mismo, y, sobre todo, con las definiciones individuales y los sentimientos colectivos de generaciones, escuelas y estilos. No es,...

Mujeres en una isla de papel

/Antonia Ferreras/  Y no solo escritoras, sino también pintoras, en este caso todas españolas. Ahí están Laura Albéniz (1890-1944), Aurelia Moreno Navarro (1882-1968), Luisa Vidal (1876-1918), Julia Alcayde Montoya (1855-1939), Fernanda Francés Arribas (1862-1939), María Luisa Pérez Herrero (1898-1934), María Luisa Puiggener (1867-1921), Adela Ginés y Ortiz (1847-1923), Elena Brockmann (1865-1946), Antonia Ferreras (1873-1953), Marcelina Poncela Hontoria (1864 o 67-1917). Todas ellas vivieron a caballo entre el siglo XIX y el XX. Su obra es hoy casi desconocida, pues las que obtuvieron notoriedad en su tiempo ya la perdieron. Y otras ni siquiera eso. Los condicionamientos familiares, las dificultades inherentes a la proyección pública de las mujeres o la propia dinámica de la profesión artística ha dado lugar a ese desconocimiento y a esas dificultades para brillar en sus tareas. Sin embargo, muchas de ellas tuvieron la suerte y el talento para lograrlo pese a todo. Veamos algunas ...

Hombre de blanco, mujer de azul

(Ignacio Zuloaga. Retrato del vizconde de Villamarciel) Al entrar en la gran sala azul y blanca pienso cuán distinta es la realidad de lo que aparece en los libros. Aquí están los cuadros con toda su presencia, con todas sus imperfecciones y sus secretos; los libros, en cambio, muestran una imagen apagada, ocultando la fuerza que el pintor les puso y que viene hacia nosotros cuando nos acercamos a ellos. Por eso solo abriré las páginas del recién comprado catálogo cuando pasen unos días y el frescor de la pintura se apague en mi retina. La sala se mueve a uno y otro lado. Dos grupos se balancean como si fueran olas del mar. Uno tiene por guía a un muchacho italiano, que se disculpa por hablar mal el idioma y que, de vez en cuando, comete un error gramatical que todos perdonamos y que él rubrica con una sonrisa. El otro grupo se mueve en torno a una chica española que dice, en voz muy alta, acercaos que no me como a nadie. En los grupos hay de todo: mayores, jóvenes con sho...

Asombro y soledad

  /Richard Burlet/ Aprendí sola el arte de la observación. Tenía un extenso muestrario delante de mí: mi calle era un paraíso de personalidades, tipos y caracteres. Me acostumbré a mirarlo todo y a enterarme de todo, aunque había temas vedados a los niños. En realidad, no creo que a los niños les interesara nada de lo que allí sucedía, ni a la mayoría de las niñas. Pero yo era una niña distinta, una niña rara, porque escribía y escribir significa observar. Desarrollé de este modo el arte de la observación y lo practiqué a conciencia de tal modo que aún hoy, pasados los años, sigo teniendo una absoluta claridad sobre aquella gente, sobre sus acciones y su forma de ser, sus relaciones, sus amistades, sus encuentros, sus problemas. Era un laboratorio y en mi cabeza sigue siéndolo. Aunque soy consciente de que yo también formaba parte del muestrario. También era observada por los demás.  /Raphael del Orme/ Mi principal interés estaba en las mujeres y los hombres. Los niños no me i...

Sin lágrimas

 /Cuadro de Gustav Klimt fotografiado por Inge Prader/ Desaparecieron las lágrimas. Todas se unieron entre sí y formaron una nube oscura, que se elevó y se confundió entre otras nubes, allá en el más lejano horizonte de la galaxia. Habían estado rondando durante días, semanas y meses pero, llegado el momento de estallar, se confundieron con el aire, con el humo y con la distancia, y desaparecieron las lágrimas para siempre. De ese modo, el sentimiento era un poderoso arcón donde las palabras se mezclaban unas con otras y donde no había manera alguna de entenderse. Una torre de Babel infinita, que días se escondía y días se mostraba sin llegar a construir ningún pensamiento. Una inmensa nube oscura plagada de imposibles. Las imágenes dejaron de tener sentido, los abrazos desaparecieron, las venganzas eran solo un punto del pasado, los amigos huyeron y los miedos se aposentaron. Ni una sola lágrima aliviaba esos momentos, ni una sola aparecía en el horizonte y el horizonte no tenía e...

La conversación

Vanessa Bell. Interior con Clive Bell y Duncan Grant bebiendo vino. 1918-19. Birberck, Universidad de Londres ¡Qué apacible resulta, a simple vista, esta charla entre el marido de Vanessa Bell y su amante! El matrimonio tuvo una relación abierta que duró hasta la muerte de Vanessa en 1961. Pero además vivieron en una especie de comuna, con varios amigos y en una granja, desde la Primera Guerra Mundial. Las guerras fueron para el matrimonio algo letal. Su hijo Julian murió en 1937 en la guerra civil española. Aquí están Clive Bell y Duncan Grant, el pintor, charlando tranquilamente mientras beben vino. Seguro que, por la fecha, todo transcurría en la granja Charleston, donde compartían la vida. Los rostros son inexpresivos, como solía hacer Vanessa en sus obras, pero hay muchos detalles que nos dan idea del ambiente y nos contextualizan la charla. Es una conversación tranquila y nada opresiva. Clive tiene un libro sobre las piernas, lo que indica que estaba leyendo cuando se ha iniciado...

La cita

/ Andy Wharhol / Había dudado en aceptar pero quiso pensar que no sería un problema, que las cosas irían razonablemente bien, como las últimas veces. Dudó también porque el final, las despedidas, siempre le costaban, siempre pensaba que el tiempo transcurría demasiado de prisa y que debería dejar de verlo, a saber hasta cuándo.  No encontró argumentos para decir que no a pesar de todo. Y se aplicó a su arreglo para estar lo mejor posible. No para él, que no se solía fijar en ella nunca salvo para verle defectos, sino para ella misma, para sentirse segura y digna en la cita. Que no era una cita, que era solo un rato de compartir un plato de comida, en el lugar que él siempre frecuentaba, junto a su propia casa para que le fuera más cómodo y que no suponía buscar un restaurante, acordar una hora, recogerla en un taxi…Nada de eso. Tomaría el autobús como hacía siempre y luego volvería andando. Él ni siquiera caería en la cuenta de que las cosas podrían hacerse de otra forma.  Est...

Leyendo a Alberti, con un cuadro de Sisley

  (Las orillas del Oise. 1878. Alfred Sisley) Pero un aroma oculto se desliza, resbala,  me quema un desvelado olor a oscura orilla.  Alguien está prendiendo por la yerba un murmullo.  Es que siempre en la noche del amor pasa un río. (Rafael Alberti)  Los impresionistas nos caían bien. Habían tenido agallas. Lejos de echarse atrás, lejos de considerarse excluidos, habían logrado el auténtico milagro del arte: que lo bueno y lo nuevo se aliaran para convertirse en academia. Hoy los impresionistas son esos señores que pintan cuadros que a todos nos gustan. Y que quisiéramos tener en nuestros salones. Ellos, los primeros, y los subsiguientes, los que tomaron alguna pauta, alguna guía, los que transformaron la idea de la pintura estática en pintura dinámica. Aunque quizá ya en Villa Médicis Velázquez supo mucho de esto. El arte es una rueda que siempre gira y gira, que nunca deja atrás nada sino que lo transforma, a modo de energía, como el volante de un...

Una calle que mira al sur

  (Pintura: Paul Cornoyer) Hermosa y larga, mi calle miraba al sur y se escondía de los malos vientos. Del calor del levante en el verano y del brumoso poniente en cualquier fecha. Así escribía su historia día a día, poco a poco, como si la vida no fuera otra cosa que las puntadas en un mantel de hilo. Puntada tras puntada, muy despacio, haciendo que el reloj no tuviera sitio para el aburrimiento. Las azoteas templadas del mediodía, las noches junto al cine de verano, las tardes de charla en las casapuertas, las mañanas junto a la taza de café en la cocina... La calle tenía un curioso resplandor que la convertía en escenario de cuentos. Los disfraces y las fiestas, la hora del cante, las miradas ruidosas, la gente que iba y venía, pisando sus piedras, sus aceras, logrando así el milagro de una convivencia más antillana que otra cosa. Todos los mares se apostaban a su alrededor para lograr el milagro de la risa y había quien no podía comprender cómo la escasez se convertía en chiste...

Las niñas de la calle Carraca

  /Todas las imágenes de esta entrada son de pinturas de Mary Cassat, que nació en el estado de Pensilvania, EEUU en 1844 y murió en Francia en 1926. Perteneció al movimiento impresionista y pintó numerosas obras con madres y niños en escenas cotidianas/ Si no conocéis San Fernando entonces no podréis saber nada de la calle Carraca. Yo la conozco bien porque viví en ella veinte años y porque es el paisaje levítico de la infancia y la adolescencia, ese que imprime carácter. La calle Carraca partía de la plazoleta de las Vacas y llegaba entonces a la carretera que conducía a la estación. Hoy la cosa es diferente y no me pararé a comentar cierto absurdo vallado que la ha convertido en un cauce cegado. Pero en aquellos años cruzaba por su entorno toda la algarabía de un barrio antiguo, el más antiguo de la ciudad, con sus peculiaridades y sus historias.  Algunas de esas historias no se han escrito nunca y no pueden contarse en alta voz, pero nuestras madres bien que las conocían, ...

La casa

/Roy Lichtenstein, arte pop americano/ Él se había empeñado en comprar aquella casa y ella accedió porque antes el sacrificio de vivir en la ciudad había estado de parte de él. Era una casa muy grande y alegre, una casa bien construida, con espacios amplios, con mucha luz, con habitaciones claras y un aire transparente que le daba un tono especial a los muebles, al suelo. Estaba rodeada de jardín, de césped por un lado, de arriates por otro, de macetas vidriadas con plantas, de un pequeño grupo de árboles, de una piscina situada en la esquina más soleada. La piscina era una cinta de plata, alargada y con una escalera de color azul y blanca que disponía de un lugar para sentarse a leer. Así lo dispuso él para ella como todo lo que hacía y pensaba. Ella era siempre la destinataria de todos sus desvelos. Compró la casa sin decírselo y cuando la llevó a verla a ella le gustó pero sintió una aprensión indescifrable, pues se imaginó viviendo allí, solo con sonidos de pájaros y rugir de ramas...

Jane Austen y la gentry inglesa

 /Retrato de David Lyon. Thomas Lawrence, 1825. Museo Nacional Thyssen-Bornemisza. Madrid/ Una de las muchas cuestiones a las que se suele aludir al hablar de Jane Austen es la de su pertenencia a determinada clase social, la gentry inglesa. Desde 1540 se denomina así a un grupo social en el que se incluían caballeros, hombres libres, escuderos y baronets, todos ellos al frente de una hacienda como terratenientes, teniendo la obligación de transmitirla en su integridad a sus herederos. Sabemos por las novelas de Jane que no siempre ese heredero era de la familia directa, porque no heredaban las hijas y porque faltaban herederos varones en muchos casos.  La vida social de la gentry en esos años que ella describe estaba orientada a crear buenos contactos para que, llegado el momento, se pudiera asegurar a los jóvenes un futuro acomodado a través de un buen matrimonio. Las familias se implicaban activamente en ello. Y lo hacían de forma directa, aprobando o desaprobando las posib...