domingo, 31 de marzo de 2019

"Un capítulo de mi vida" de Barbara Honigmann


Los libros se superponen los unos a los otros como si fueran piedras que arrastra la marea en la pleamar. Se acercan a la orilla y, cuando el agua se retira para seguir su ciclo de ida y vuelta, entonces las piedras se incrustan en la arena y se quedan ahí, como testigos de un movimiento único que no tiene retorno ni paradas. Asimismo hay historias, o, al menos, retazos, que siguen un mismo patrón, que responden a una misma necesidad, y que aparecen en un tiempo cercano. En este caso hablo del recuerdo de las madres asomado a la literatura porque así lo han querido las hijas. No es la primera vez que en este blog hablo de ello y esto sucede porque la lectura de algunos libros vuelve a traerme el pensamiento fresco y necesario de qué fueron nuestras madres, por qué las quisimos y qué les pedíamos a voz en grito sin que ellas, a veces, nos oyeran. 

Rosamond Lehmann, Mary Karr, Angelika Schrobsdorff, Edna O´Brien, Irène Némirovsky, Vivian Gornick, entre otras muchas, han escrito sobre su madre, han ponderado aquello que admiraban y han sacado a la luz sus contradicciones. La madre como telón de fondo. La madre como resultado de unas circunstancias previas no siempre favorables. La madre como crisol de la infancia. La madre como expectativa y como desilusión. La madre como abrazo. La madre como ausencia. La madre como causante de la angustia del presente. La madre como historia. Eso mismo hace en este libro Barbara Honigmann. En esas madres anteriores hay todo tipo de personas, desde las que brillaban en los salones hasta las que ordeñaban vacas en la verde paciencia del condado de Clare. Desde las que entendían lo que las hijas ofrecían como un regalo sin razones hasta las que desdeñaron sus lágrimas y se convirtieron en extrañas. Desde las que comparten cama de hospital a las que atraviesan las ciudades atisbando la luz en los rascacielos. Madres de toda condición y de todo sentimiento. 

La madre de Honigmann fue espía y tuvo tres maridos y tres divorcios. Se trata de una de esas madres contradictorias cuya ideología era capaz de contener Chanel número 5 y El capital de Marx. Una vida peligrosa pero articulada y ordenada como si se tratara de un ama de casa de escasas pretensiones. Alice Kohlmann, que era su nombre, fue más conocida como Litzy Friedmann y puede considerarse como la madre caleidoscópica que tenía tantos nombres como rostros y como misiones que cumplir. Una madre a la vez heroína y ausente. 

Barbara Honigmann (Berlín Este, 1949) es una renombrada escritora que vivió en Londres con sus padres (judíos) en los tiempos del nazismo pero que luego regresó con ellos a Alemania tras la segunda guerra mundial. Nacida del segundo matrimonio de su madre, su padre fue director de periódico y le transmitió la pasión por la escritura y el reportaje. Desde 1984 ella reside en Francia. Ha recibido numerosos premios literarios y su obra ha sido traducida a muchos idiomas. 

Un capítulo de mi vida. Barbara Honingmann. Traducción del alemán, epílogo y notas de Ibon Zubiaur. Editorial Errata Naturae, colección El Pasaje de los Panoramas. Marzo de 2019. 

sábado, 30 de marzo de 2019

Ama como un hombre, lucha como una mujer...


Mi voz suena casi inaudible en la lejanía:
Dime algo bonito…
Aunque sea mentira…

La tuya tiene un temblor inusitado:
No sé qué haría sin ti…
¿Dónde has estado el resto de mi vida?…

Mientes… Una mentira puede encubrir una verdad mayor ante la que no podemos escondernos. A veces esa mentira es la única forma de decir “te quiero”. Puedes escribir “te quiero, jajajajaja” y parecerá que el sentimiento es de cartón piedra, que es un decorado. Puedes añadirle un emoticón y dará la impresión de que tienes un buen día. “Qué estas pensando” te preguntará la sagaz máquina. “Pienso que el amor es una batalla, aunque se acompañe con música de acordes suaves”. Pero, de pronto, se rompe el hechizo. Volvemos a la realidad. A lo que somos. A lo que ocultamos. A lo que no sentimos. A las cosas que nunca te dije. A lo que está prohibido. A lo que anhelamos. A lo que tememos. A lo que deseamos más que a nada en el mundo. A esa fuerza única que me obliga a no poder apartar los ojos de ti. 

Mírame…No soy Vienna, ni regento un salón en un ignoto territorio desértico. No llevo ropas masculinas, ni tengo los ojos ocultos por un dolor sin nombre. No soy rotunda, ni fuerte, ni brusca, ni estoy a punto de perderlo todo otra vez como hace cinco años.

Y tú…Tú no sabes tocar la guitarra, ni tienes los ojos indecisos, ni una sonrisa triste que parece no hallar donde posarse como si fuera una paloma que ha dejado de volar…No eres un hombre al que persigue un recuerdo, no eres un perdedor.

Escúchame…Estoy aquí, sentada delante de la pantalla mientras contemplo el rojo sobre rojo, el blanco sobre rojo, el negro sobre negro. La tormenta de arena y el galope de la furia… Ellos, los personajes, están al otro lado. Como si fuera una función de teatro y yo la única espectadora. Los colores me inundan. El blanco del vestido, el negro del vestido, el rojo del vestido. Y luego, una canción, una melodía que llevo grabada desde que la escuché por vez primera. Podría cantarla para ti y sería la verdad… si pudiera hacerlo mirándote a los ojos. “Frío por fuera, cálido por dentro”… “Siempre estuve loca por ti”… “Si eres cruel, sé que puedes ser amable”… “Nunca hubo un hombre como tú”…”Te vayas o te quedes, te quiero”… Y, al final, “Tócala otra vez”, como si fuera una película en blanco y negro y se llamara “Casablanca”. “Tócala otra vez, Johnny…”

Déjame…Por una vez voy a decirte lo que pienso. “Si el hombre pudiera decir lo que ama”. Por una vez voy a dejar de ocultarme. “Si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo”. Tantos años es mucho tiempo. No soy Joan Crawford, ni tú eres Sterling Hayden. Esto que vivimos no es una película. No somos sino gente corriente. No hay detrás una roulotte ni una limusina. Nadie grita “Acción”, nadie dice “Se rueda”. Ninguna amable chica con cola de caballo me retocará el maquillaje y, si lloro, el surco de las lágrimas quedará en mis mejillas sin que pueda evitarlo. No tenemos guionistas. Nadie discutirá la autoría del guión. Nadie nos incluirá en una lista negra. 

Hombres… El pistolero lleva una guitarra. El salón está lleno de lámparas barrocas. Las mujeres luchan entre sí, en un mundo de hombres. El héroe se desnuda: “No hay nada mejor que un cigarrillo y una taza de café”. ¿Qué necesita un hombre de verdad? No una mujer sino, en todo caso, muchas mujeres, quizá todas las mujeres, whisky, cabezas de ganado, dinero y tierras. “No hay nada mejor que un cigarrillo y una taza de café”. El pistolero lo ha perdido todo y por eso no ansía nada. Hace cinco años quiso seguir siendo un pájaro en libertad y esa libertad lo ha convertido en un hombre enjaulado. “Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien, cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío”…

Mujeres… Emma galopa con rotundidad, tanta que cae al suelo su tocado de luto. Negro sobre el aire dorado del albero… La atmósfera se llena del polvo que levantan los cascos del caballo. Sobre el animal, ella aparece triunfante, pero es un espejismo como esos que se suceden en los desiertos. Porque su rostro tiene la dureza de las vírgenes y le falta la tersura amable que ofrece el conocimiento del amor… o de sus sucedáneos. Mejor un sucedáneo que nada. Un cuerpo que te abraza, unas manos que te acarician, una boca que te besa… aunque sea mentira. Puedes reparar en su mirada de odio. Observa a Vienna como si quisiera destrozarla. Es una mujer resentida, implacable. No conoce el fuego de la pasión, no entiende cómo el amor cambia a las personas. El odio entre esas mujeres indica que la tragedia está a punto de estallar. En el desierto, el sol es rojo y lleva una pátina inevitable de pérdida. Algo va a desaparecer para siempre. Y la inocencia, hace cinco años se quedó varada en una habitación del Hotel Aurora, como un barco encallado frente a la costa de una isla desierta…

Miénteme. Dime que todos estos años me has esperado…

Si. Miénteme. Y abrázame hasta el fondo. Lo hacen Johnny y Vienna, los ojos en los ojos. Miénteme. Escribe nuestra historia, esta historia de amor en el terreno árido de una tierra hecha para la muerte. Llena nuestra mentira de abrazos que sean nuevos. No guardes la pasión en el desván, al lado de los rifles o junto a los sentimientos olvidados. Miénteme y deja atrás la culpa. El pasado pasó y no puede borrarse. Y no puede escribirse. No quiero que me cuentes. No quiero saber nada. Nada de tantos hombres ni de tantas mujeres. Nada de otros abrazos, nada de otras caricias, nada de otras miradas…No hay nada que perder, ¿no lo comprendes? Lo hemos perdido todo. 

Recuérdalo… Es inevitable. En esta caligrafía de emociones el coro anuncia el fin de la tragedia. Muerte o victoria se escriben de igual forma. Vienna y Johnny están condenados a quererse y necesitan un milagro. Como nosotros, sienten que, al verse, les recorre la espina dorsal ese escalofrío previo al deseo. Notan el ardor de la sangre, la pasión que los invade y que no pueden dominar. Como nosotros, saben que el tiempo del amor está tasado y que las horas perdidas no vuelven nunca. Pero puedes conjurar el paso del tiempo, puedes olvidar el dolor, recobrar el sentido si amanece el abrazo, si el abrazo anochece y así el plano es único, un plano en el que caben los dos, en el que estamos los dos, no un plano/contraplano, no un diálogo lleno de repeticiones cansadas y de silencios fríos, no una discusión que nos arranque del pasado, no, un abrazo, un simple, ansiado, intenso, necesario abrazo. 

Y un reconocimiento: “Te he buscado en todos los hombres que he conocido. !Cómo te he esperado!…¿Por qué has tardado tanto?”… “Nada de eso es real. Solo tú y yo”…

 “Si no te conozco, no he vivido”. “Si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido”. 


Sinopsis

Johnny Logan, antes pistolero y ahora simplemente un hombre desengañado, vuelve a encontrarse con Vienna, su gran amor al que abandonó hace cinco años, en el negocio, un salón de juego, que ella tiene en un lugar abandonado del oeste, que se ve amenazado por la gente del pueblo, tras el crimen cometido por una banda de forajidos. 

Algunos detalles de interés

“Johnny Guitar” se rodó en 1954 y fue dirigida por Nicholas Ray. El guión de Philip Yordan se basa en una novela de Roy Chanslor. La música, extraordinaria, se debe a Víctor Young y Peggy Lee, que interpreta la canción mítica que es el centro de la banda sonora. 

Los principales intérpretes son Joan Crawford, Sterling Hayden, Mercedes McCambridge y Scott Brady. En papeles destacables aunque cortos dos actores de peso, Ernest Borgnine y John Carradine. La crítica considera que los papeles femeninos de Vienna y Emma, respectivamente, son las cumbres interpretativas de las carreras de ambas actrices. 

Un pequeño estudio (Republic Pictures), una actriz casi despedida por la MGM (Joan Crawford), un actor duro que esconde un secreto (Sterling Hayden), un guión cambiante (¿Ben Maddow o Philip Yordan?) y un director insobornable (Nicholas Ray), son los ingredientes de este ¿western?, de esta extraña película de culto, que es imposible olvidar. 

El estudio psicológico de los personajes, sus problemas emocionales, el ambiente opresivo del entorno físico y la relación entre Vienna y Johnny, son las piedras angulares de esta obra. La dirección de actores es considerada modélica, dentro de la historia del cine. 

Los años de la “caza de brujas” dieron memorables frutos cinematográficos, sorteando las censuras y recibiendo el aplauso incondicional del público casi de inmediato, como si hubiera que exorcizar la falta de libertades que América vivía entonces. 

El amor entre Johnny y Vienna parece ser un trasunto del que había existido, tres años antes del rodaje, entre Nicholas Ray y la propia Joan Crawford. Incluso el aire físico del director es semejante al del pistolero convertido en músico. 

Esta fue la primera película en color de Nicholas Ray y utilizó todos los recursos posibles, incluido vestuario, decorados, objetos… para lograr una atmósfera cerrada, intensa, con un hálito especial, plagada de sentimientos encontrados que traspasan la pantalla y se instalan en el espectador. El empleo del claroscuro casi pictórico acentúa la sensación de tragedia. 

El duelo interpretativo entre las dos mujeres, Emma y Vienna, traspasó el celuloide. Sus peleas durante el rodaje se hicieron famosas. En la pantalla, ambas son magníficos ejemplos de mujeres combativas y apasionadas, la cara y la cruz de una misma moneda, en realidad. Mujeres que actúan como hombres y aman como mujeres. 


viernes, 29 de marzo de 2019

Un flamenco en La Regenta

El secreto de este libro está en su capacidad para abrirnos la puerta, cerrada a cal y canto, de una sociedad que se sostiene en un ámbito geográfico muy reducido pero cuyo núcleo vital acumula tantos sentimientos, deseos, odios, miedos y pasiones que traspasa los límites de su propia espacialidad. 

La ciudad, Vetusta, Oviedo, más aún, ese estrecho conjunto de calles y rincones que tienen como eco central la catedral, es el protagonista que refleja como un espejo el devenir de estos otros personajes con formas y nombres propios. Aún hoy es Oviedo, en concreto la zona urbana antes citada, la red que envuelve un determinado estilo de vida: la misma grisura de sus cielos, siempre cubiertos, y la misma presencia majestuosa de sus contornos montañosos. Los personajes de Clarín se sienten unidos y casi atados a la ciudad, marcados en su relación por la mezcla de amor y odio inherente a los conflictos humanos. 

Entre esos personajes hay uno que ha despertado mi interés. Joaquín Orgaz, Joaquinito, a quien el propio autor define como “un flamenco”. Este calificativo viene motivado por una doble vertiente del personaje: por un lado, su propio carácter y por otro sus aptitudes artísticas: 

“Se llamaba Joaquín Orgaz…había acabado la carrera aquel año y su propósito era casarse cuanto antes con una muchacha rica. Ella aportaría la dote y él su figura, el título de médico y sus habilidades flamencas”

Por lo visto “empezaba entonces el llamado género flamenco a ser de buen tono en ciertos barrios del arte y algunas sociedades”. Quiero esto decir que salía el flamenco de esa marginalidad que en otras épocas había hecho protestar a la “buena sociedad” cuando se incluía en los programas de los teatros. La presencia del flamenco en estos escenarios fue muy pronta e incluso investigadores recientes la sitúan en tiempos anteriores a los cafés cantantes. Así tuvo que ser en el norte de España si nos guiamos de las opiniones de Clarín. 

Se explica así cómo un personaje de la burguesía de Oviedo demuestra su gusto por este arte llegando al extremo de ofrecer ante sus amigos una demostración de cante por diversos estilos. No solamente en estos talentos basa el autor el apodo que le adjudica a Orgaz, sin embargo. También está en función de ciertas actitudes del personaje que rayan en la chulería, en el gesto audaz y el desplante. Quizá de este concepto en el uso del vocablo descienda el dicho que entiende por “ponerse flamenco” el adoptar posturas especialmente atrevidas y envalentonadas. Algo que, curiosamente, también se califica como “ponerse farruco”. Y la farruca es un cante emparentado en su origen con ciertas formas del folklore asturiano. 

Todo esto que decimos está muy en la línea de la consideración que el flamenco tenía en las mentalidades norteñas, zonas en las que no existía ni existe el vínculo vivencial con esta música. Ese desconocimiento no impidió ni impide en la actualidad la existencia de esa especial atracción que los no andaluces sienten por esta manifestación. 

Ya relataba Baroja que las coplas de los coros del Carnaval de Cádiz fueron muy conocidas y cantadas en el norte, considerándolas el escritor como una de las primeras incursiones del flamenquismo en el norte de España. No andaba descaminado Don Pío en su aseveración pues es hecho sabido la relación que existe entre la música flamenca y la música del carnaval. Desde entonces esa atracción ha seguido patente, aunque no haya dado lugar a un acercamiento profundo al tema, sino que, como suele ser lógico en estos casos, el sonido que se incrusta y acepta suele ser el más llevadero y simple. Véase si no el enorme éxito de las sevillanas en todos los lugares de España, aunque sea pagando el tributo de su pérdida de pureza. 

Resulta cuando menos interesante observar en el universo de “La Regenta” las apariciones de este personaje, Joaquín Orgaz, con su psicología especial que se convierte en un espejo de lo que pensaba la intelectualidad acerca de algunas formas de arte que les resultan difícilmente inteligibles. Pensamiento que, por otra parte, no ha experimentado la necesaria evolución que propicia la puesta en su lugar de las ideas acerca de nuestro arte. El exotismo y a veces hasta el snobismo siguen primado en muchas actitudes. También es verdad que en los andaluces, depositarios de esa inmensa cultura musical, faltan y fallan las formas de transmisión de lo auténtico. Demasiadas veces la bulla externa nos aleja de lo que reconocemos como esencia y verdad. 

La Regenta es la primera novela de Leopoldo Alas “Clarín” (1852-1901). Fue escrita entre los años 1884 y 1885. 

jueves, 28 de marzo de 2019

Mil maneras de perder el sombrero


¿Qué ocurre cuando los hermanos Coen (no confundir con los Marx o los Warner) hacen un “loosely based” de una novela de Hammett titulada La llave de cristal? Muy sencillo. Se filma Muerte entre las flores. Así como Cosecha roja dio pie, entre otros, a un Kurosawa, un Eastwood y un Willis, en el caso de La llave de cristal hay algunos elementos distintivos que hacen inconfundible la fuente de inspiración.

Para empezar, todos son malvados. No hay detectives buenos con gabardinas. Los malvados llevan abrigos de lana, camisas oscuras y sombreros. La señal inequívoca de que uno está vivo es mantener el sombrero sobre la cabeza. Si pierdes el sombrero estás perdido, porque “no hay nada más ridículo que un hombre corriendo tras su sombrero”.

Estamos en Nueva Orleáns y en los primeros años de la Ley Seca. Aún los italianos no se han convertido en los dueños del cotarro. Los irlandeses, esos tipos duros que beben todo el tiempo y que no aman la ópera, controlan el crimen organizado con el permiso de políticos y policías. Es un paraíso de asesinos y timadores que lo mismo amañan un combate que se cargan a un tío en un garito inmundo. La ética de los malvados tiene en la bebida su lazo de unión. Beber hace que formes parte de este selecto club. Lo mismo da que seas un bandido filósofo como Eddie el Danés; un pícaro mediocre y teatrero como Bernie; un chivo expiatorio como Mink o un jefecillo con sobrepeso como Johnny Caspar. 

La violencia mafiosa siempre baila al compás de la ópera. Pero aquí aún no se había inventado la mafia, Chicago no conocía las andanzas de Elliot Ness y sus Intocables y lo más que encontramos a nivel criminal es el Irish Mob, así que tendremos que conformarnos con estilizadas y dolientes canciones populares. La música precede a las matanzas, anuncia los desenlaces y abre la puerta al lenguaje de las ametralladoras. A su ritmo, las balas se incrustan en los cuerpos, las armas cortas componen su propia sinfonía, las lujosas arañas de cristal tallado se hacen añicos. Y el fuego termina de purificar las escenas en las que solamente sobreviven algunos afortunados. Entre ellos, Leo, que, aun estando a las puertas de la vejez “sigue siendo un artista con una Thompson”. En los Coen, ya lo sabemos, la música nunca es “de fondo”, sino que cincela la superficie, modula los silencios. 

En este damero de intereses no puede faltar un elemento crucial. Cherchez la femme, dirían los franceses. Ella es Verna, amante por interés del jefe del crimen organizado, Leo, y amante por amor de su hombre de confianza, Tom. La escena del lavabo de señoras en el Shenandoah Club lo expresa todo. Un beso, una bofetada y una conversación definitiva: “Siempre buscas el camino más largo para obtener lo que quieres. ¿Te costaba pedirlo?” (Verna a Tom, tras el beso). “Y ¿qué es lo que quiero?” (arguye Tom, sabiendo de antemano la respuesta). “A mí” (Verna en estado puro).

“La amistad es un estado mental” ¿Qué duele más a Leo, la traición de la mujer que ama o la del amigo? Esta es la gran pregunta que nos haríamos si esto fuera una Caza del Tesoro. “Nunca tienes bastantes amigos” es el lema de Bernie. Y el pugilato entre el amor y la amistad está en el centro mismo de la narración, junto a la evidencia de que todos tenemos un precio. Entre pillos anda el juego. Juegos de guerra. Tugurios y chanchullos en los que pululan toda clase de gente sin nombre, alineados en un sistema piramidal: el que está arriba lo está porque los de abajo así lo aceptan. Los canallas están individualizados, rostros y caras diferentes, expresiones distintas. A veces la violencia se oculta y entonces son esos rostros los únicos que nos delatan lo que está ocurriendo. Es el modo Fritz Lang, que deviene en elipsis. 

La imagen más violenta, no obstante, tiene un curioso protagonista. Un niño y su perrito. Un niño de la calle. No un niño gordo, hijo de un gerifalte del crimen, masticando caramelos caros sino un niño que se mueve en el lumpen y que divisa, en un callejón, el cadáver sentado y grotesco de un hombre con peluquín. Un trofeo demasiado llamativo como para respetarlo.

Dentro del crimen organizado hay hombres de honor y otros que son escoria. Gente que respeta algunos códigos y reptiles mediocres, alimañas que sobreviven a base de engaños. El ejemplo más claro de esta ralea es Bernie. El Bernie sarcástico, el Bernie de vida irregular, el Bernie irredento, el hermanito Bernie, el Bernie final, como ese payaso que se quita la careta. Frialdad, rencor, odio, venganza. Bernie no soporta que Tom le haya perdonado la vida…¿quién lo soportaría? Por eso quiere verlo “sudar”. “Mira tu corazón” es la penúltima petición engañosa de Bernie. “¿Qué corazón?” es la respuesta fría de Tom. Bang, bang. 

La música anticipa la maldad. El sonido se cuela por los bosques, sacude las ramas de los árboles altos, abre al cielo plomizo las miradas cruzadas, las frases huidizas, los cuerpos en escorzo. Escenas en las que vuelan los sombreros, en las que se ajustan al cuerpo los enormes abrigos. Todo semeja un western: la épica de la muerte. La trama esconde sorpresas, está bien cosida y al final todo encaja, al estilo de esas muñecas rusas, las matrioskas, unas dentro de otras. 

Leo es un malvado desconcertante. Un sentimental al fin y al cabo. Y, por ello, un hombre necesitado de un amigo. El amigo es Tom, el mejor Gabriel Byrne, un canalla hecho de gestos amables. Cortante. Duro. Persistente. “Si quiere verme es fácil, no soy transparente”. Pero la mirada lo traiciona. Aire azul, ojos tiernos. Y su leve sonrisa. Es un Bogart con dilemas morales. Un malo fiel a la amistad mucho más que al amor. Un malo con principios. En el país de los malvados, Tom es el rey. 

Así llega el último gesto, la imagen final, el resumen, la tesis. La amistad es la clave. Dos hombres, que se separan a pesar de quererse, se ajustan con cuidado sus sombreros. 

Sinopsis:

Leo O´Bannon es un irlandés que controla el crimen organizado en Nueva Orleáns. Combates de boxeo amañados, garitos, clubs, apuestas para carreras de caballos. Todo está bajo su órbita. Su mano derecha y amigo es Tom Reagan. Entre ambos se interpone una mujer, Verna Bernbaum creándose una situación peligrosa para todos y dando lugar a un enfrentamiento entre dos bandas y a una escalada de violencia imparable. 

Algunos detalles de interés: 

“Muerte entre las flores” es una película de la 20th Century Fox y Circle Films, de título original “Miller´s Crossing” que fue estrenada en 1990. Su director es Joel Coen, la mitad de los hermanos Coen (la otra mitad es Ethan), que firman el guión.

El equipo técnico realizó un trabajo excepcional. La fotografía es de Barry Sonnenfield, que también había fotografiado “Sangre fácil” y “Arizona baby”. El diseño de vestuario corre a cargo de Richard Hornung. 

La música, de Cartell Burwell, es de una delicadeza casi incompatible con el contenido de la película y uno de sus grandes aciertos. Evocadora, plena de sensibilidad, sugerente, tierna y, al tiempo, potente y expresiva. 

El reparto fue uno de los aciertos de la película. Gabriel Byrne, en su mejor interpretación hasta la fecha (Tom Reagan), Marcia Gay Harden (Verna), Albert Finney (Leo O´Bannon), Jon Polito (Johnny Caspar), J. E. Freeman (Eddie el Danés), John Turturro (Bernie), Steve Buscemi (Mink). 

Hay una aparición episódica, en el papel de la secretaria del alcalde, de Frances McDormand, la esposa de Joel Coen y maravillosa Marge Gunderson en la genial “Fargo” de los mismos Coen. 

La película obtuvo el premio al mejor director en el Festival de San Sebastián. 

Considerada una joya cinematográfica, se trata de un film en el que el tono poético se combina acertadamente con la dureza de las imágenes y en el que todos los elementos técnicos y artísticos están al servicio de una narración llena de suspense y emoción. 

Aunque la violencia es el telón de fondo, el tema central es la amistad. Es la amistad el hilo conductor de las acciones del protagonista y también de su renuncia final. Dejar de ser amigo para no engañar al amigo. 


¿Qué ha sido del periodismo?



Si ya en 1952 pasaban cosas como esta es que la herida del periodismo es antigua. Y el peligro de pérdida de las cabeceras cuando los fundadores fallecen, mucho más. Del periodismo de la convicción al periodismo del negocio, este podría ser un buen resumen de lo que aquí se cuenta. Y la historia completa la conocemos muy bien los lectores de periódicos de hoy, porque la vivimos día a día. 

Tres líneas argumentales se entrecruzan en la película, sin que ninguna de ellas chirríe, porque resultan complementarias y coherentes: la lucha del periódico The Day por sobrevivir a una venta que lo haría desaparecer; la investigación por la muerte de una muchacha que ha aparecido desnuda con un abrigo de visón y la vida personal, desastrosa, del director del periódico, Ed Hutcheson, un hombre entregado a su trabajo y que, aunque está enamorado de Nora, no es capaz de hacerla feliz. 

Los herederos de John Garrison, el visionario fundador del periódico, dos hijas y una esposa, están divididos a la hora de la venta. La señora Garrison decide no vender y las hijas quieren dinero fácil. No querían a su padre ni tampoco al periódico. Contra eso se manifiesta el director, Hutcheson que contrapone la necesidad de que el periódico siga respondiendo a la confianza de sus 290.000 lectores diarios, al trabajo de sus 500 empleados y a la necesidad ética de terminar un caso abierto: el de la intervención del hombre de negocios (sucios) Rienzi en la muerte de la chica, Sally, y en otro montón de ilegalidades. 

La película nos muestra la abismal distancia entre los postulados del director y de la redacción a la hora de defender no solo su trabajo, sino su vocación de servicio a la verdad, y la legión de abogados, herederos, accionistas, gente práctica que no entiende qué puede importar un periódico más o menos. Es esta zanja la que separa al periodismo clásico de la impostura. Y también anda por ahí el periodismo sensacionalista, el de las fotos escabrosas y las investigaciones domesticadas, el Standard, el futuro dueño de la cabecera díscola. Entonces ya se veía claro que había muchas formas de entender la profesión y que el futuro iba a resultar difícil para los que querían seguir siendo puros. 

Un magnífico guión, unos absorbentes diálogos, con ingenio, humor y cierto tono épico, sustentan la película, que dura apenas una hora y media que se hace corta. El ambiente de la redacción está extraordinariamente conseguido, no solo en las personas, sino en los elementos técnicos, las rotativas, los teletipos, los teléfonos sonando, las órdenes y contraórdenes. Un periodismo que ha barrido lo digital y que aquí se presenta en toda su esencia, casi una llamada a la nostalgia. El romance eterno de Hutcheson con Nora tiene pocos momentos pero inciden en la fuerza de la vocación de él, lo que ha terminado logrando que se divorcien dos veces. Pero siempre vuelve a buscarla cuando las cosas se ponen feas: “¿Adónde si no, puedo ir cuando estoy en apuros?” le pregunta él tras una noche de borrachera celebrando, irónicamente, un funeral por el cierre del periódico. 

Hay diálogos memorables, como los que sostiene Hutcheson con Rienzi o con el futuro esposo de Nora, un jefe de publicidad de curriculum intachable. O la escena de complicidad entre la señora Garrison y el director, ambos convencidos de que su batalla está perdida. “Una prensa libre lo mismo que una vida libre es siempre arriesgada”. “Si una lucha vale realmente la pena no importa quién la gane: al final se sacará provecho de ella”. 

Una de las escenas épicas es el alegato que Hutcheson realiza en el tribunal que decide la posible venta del periódico. El juez, que se confiesa lector del periódico y antes repartidor, lo deja hablar y entonces él da una lección de “qué es un periódico”. Es toda una loa a la libertad de prensa y al papel de la prensa libre e independiente en una democracia. La otra escena culminante es el momento en que la madre de la chica asesinada, la señora Smith, una emigrante que llegó hace más de treinta años al país, le entrega a Hutcheson el diario de su hija y el dinero que ésta le guardó al mafioso. La frase de la madre para justificar su confianza en el periodista es antológica: “No conozco a la policía pero sí conozco a este periódico. Aprendí a leer y escribir con él “

El final es el clásico en el género: las rotativas funcionan a toda máquina sacando la última edición del periódico con los titulares que revelan la solución del caso. Es ese el momento en el que crees, con cierta ingenuidad, que la libertad y la independencia son posibles. 

Sinopsis:

El periódico The Day va a salir a subasta después de 47 años, tras la muerte de su fundador. Su director, Ed Hutcheson, periodista ácido, avezado y vocacional, tiene que lidiar con los últimos días del periódico, con su azarosa vida sentimental y con la investigación sobre un asunto relacionado con el asesinato de una joven y un hombre de negocios sospechoso de tener asuntos turbios entre manos. 

Algunos detalles de interés:

Kim Hunter (1922-2002), que aquí interpreta a Nora, es Stella, la joven esposa de Marlon Brando en “Un tranvía llamado deseo”. Era una actriz del método, que se había formado en el Actor`s Studio. Estuvo en la década de los cincuenta en la “lista negra” del senador McCarthy. En la época de la televisión en blanco y negro participó en series de éxito, como Colombo, Bonanza o Ironside. 

Richard Brooks (1912-1992) es un director de larga trayectoria y muy interesante. Era periodista en sus inicios y un extraordinario guionista, responsable, entre otros, del guión de “Cayo Largo” de John Huston (1948). Fue también marine en la II Guerra Mundial. Entre sus películas hay algunas de especial calidad, como “Semilla de maldad” de 1955, que descubrió a Sidney Poitier, “La última vez que vi París” una adaptación de un libro de F. S. Fitzgerald o “A sangre fría”, sobre el non novel fiction de Truman Capote (1967). Especialmente destacado fue su trabajo sobre libros de Tennessee Williams, de los que dirigió, ambos con Paul Newman, “La gata sobre el tejado de zinc” de 1958 y “Dulce pájaro de juventud” de 1962. En la década de los setenta rodó una película de culto “Buscando al señor Goddbar” que descubrió a la actriz Diane Keaton (1977). 
Aunque estuvo nominado como guionista y director varias veces al Oscar, solo obtuvo uno, al mejor guión adaptado, por “Elmer Gantry” en 1960.

La pericia de Brooks como director de actores se le nota en la película. Además de un Humphrey Bogart absolutamente metido en el papel, tanto a nivel de apostura física como de gestualidad y diálogos, hay otros intérpretes que bordan su trabajo, entre ellos la gran Ethel Barrymore, como la señora Garrison y Ed Bingley, como el redactor jefe de The Day. 

miércoles, 27 de marzo de 2019

Clarice Lispector. La razón del silencio


Clarice era Chaya cuando vivía en Ucrania y antes de cambiarse el nombre, como hizo toda su familia. Hace poco conocí a una niña ucraniana a quien habían evacuado de allí por motivos bélicos. Todavía hay motivos bélicos para salir de Ucrania. La niña ucraniana es muy rubia y no habla. No le interesa lo que decimos ni quiere contarnos su vida. Todo se lo guarda para ella sola. Quizá Lispector era así al principio de todo, callada y con razón. 

Como ocurre con muchos escritores ha llegado el momento en que todos los críticos alaban su obra, recomiendan su narrativa y ha obtenido un reconocimiento más allá de lo que ella misma esperaba. En realidad desconocemos si esperaba algo, algo más que vivir y que expresarse del modo en que sabía: plasmando en palabras emociones, sensaciones, sentimientos. Sus cuentos y sus novelas tienen un aura sensorial aplastante. Las frases cortas no se andan con rodeos. Pero no se queda en la superficie a pesar de que es fácil reconocer detalles concretos que han supuesto un aldabonazo, un aviso. Va más allá y por eso son historias en la que los argumentos tienen un papel secundario, son el telón de fondo de lo que los personajes han sentido y ellos parecen representar a la escritora, más allá de sí misma, siempre. 

La editorial Siruela, que ha publicado diversas obras de la autora, ha recogido todos sus cuentos y estos son, seguramente, la mejor expresión de su escritura. Los cuentos, esa literatura considerada menor en ocasiones, llevan viniendo a mí desde hace algún tiempo y convirtiéndose en la mejor forma de adentrarme en el territorio de algunos escritores. En el caso de Clarice Lispector son una ola que avisa, un movimiento pendular, una exhalación, como si no pudieran detenerse porque quisieran recorrer un espacio mucho mayor de lo que aparentan. Escribía desde siempre, desde que era una adolescente que estudiaba en Brasil, después de esa peregrinación familiar y después de la pérdida temprana de su madre. Esos escritos primeros no ofrecen rasgos de inocencia o juventud sino que tienen ya muestras de lo que será su estilo: concisión, introspección, búsqueda del yo, expresión de lo hondo de los seres humanos, conflicto, duda. 

"Todos los cuentos" tiene ocho partes con un número variable de cuentos cada una, comenzando por los más antiguos, antecedidas de un prólogo a cargo de Benjamín Moser (Glamur y gramática) y seguidas de un apéndice (La explicación inútil) y una importante referencia bibliográfica. Se trata de una obra que permite conocer a fondo la narrativa de Lispector, su evolución como escritora y su pensamiento personal, plasmado en sus propias palabras. Una evolución que resulta muy original, aunque sus influencias, variadas, pueden observarse y han sido señaladas por los críticos. Prima sobre todo ello la propia luz que desprendía Lispector en todo lo que hacía y sus frases se consideran, en cierta medida, una especie de guía filosófica para quienes la siguen y la aprecian. ¿Qué somos las mujeres? parece preguntarse. Cada una de nosotras hallará una respuesta a su propia interrogante. 

Clarice Lispector tuvo una vida agitada, movida, con viajes y estancias en diversos países. Sus trabajos giraban en torno a la escritura, el periodismo, la narrativa. Se casó y tuvo hijos. Sufrió algunas circunstancias que la obligaron a mirar hacia dentro y quiso volver a sus orígenes para reconocerse, algo normal en alguien que tiene que abandonar su tierra y hasta su nombre. No es fácil ser toda la vida otra persona distinta a la que eres. Desde Ucrania a Brasil hay varios continentes y océanos.

Todos los cuentos. Clarice Lispector. Editorial Siruela. Traducciones del portugués de Cristina Peri Rossi, Elena Losada, Juan García Gayó, Marcelo Cohen y Mario Morales. Primera edición 2019. 

martes, 26 de marzo de 2019

La construcción del relato en la ruptura amorosa


(Los amantes. Pablo Picasso)

Aunque  pasar por un proceso de ruptura amorosa es algo que ocurre a la inmensa mayoría de las personas a lo largo de su vida no hay un manual de actuación y lo que suele hacerse es más por intuición, por necesidad o por simple desesperación. De la forma en que se encare una ruptura dependerá en gran medida la manera en que la persona afectada continúe afrontando el reto de la existencia. Y en muchas ocasiones un mal afrontamiento determinará secuelas que pueden perdurar más allá de lo necesario y de lo deseable. 

Esto es particularmente cierto en el caso de los jóvenes pero no son ellos los únicos que ante una situación parecida se encuentran perdidos, con ese aire de expectación desconcentrada, como si en un combate de boxeo a uno de los púgiles le hubieran dado un golpe certero que a punto ha estado de mandarlo al K.O. Incluso cuando las relaciones vienen presididas por la confrontación, cuando se adivina desde tiempo atrás que algo no encaja, la sorpresa del que se ve abandonado es la primera sensación desagradable que se instala en su cabeza. Sin embargo, no es únicamente el rechazado el sujeto del problema, sino que también el que ha tomado la decisión necesita explicar y explicarse. 

Construir un relato es la base de la recuperación. Porque un desengaño amoroso, una ruptura, conlleva siempre pérdida, búsqueda de un nuevo proyecto, desconcierto y desamparo. Tanto si eres joven como si eres adulto, tu cabeza tiene que ser capaz de crear un hilo conductor de los hechos que termine en una explicación convincente. Tienes que saber contestar a los porqués y tienes que lograr que esas respuestas sean lo más ajustadas posible a la realidad. 

Resulta un asombroso milagro el hecho de que dos personas, cada una de ellas distinta a la otra, procedentes de entornos diferentes, de familias distintas, incluso de mundos apartados, de continentes lejanos, dos personas, en suma, alejadas entre sí y con su mochila de circunstancias a cuestas, coincidan en un punto del espacio y del tiempo para establecer un lazo. La durabilidad de ese lazo en ocasiones no depende de ellos. Se habla mucho de “luchar” por las relaciones; de “trabajar” el vínculo. Sin embargo, hay algo mucho más sutil, mucho más sencillo y, a la vez, más difícil. La fluidez que emana del contacto entre dos seres, contacto espiritual, personal, físico, es una cualidad que a veces no tiene explicación y que, por ello, no se puede forzar ni convertir en realidad si no existe. Puedes tomarle cariño a alguien con el roce, puedes establecer una sólida amistad a fuerza de que el tiempo y la vida te ponga cerca de otra persona, pero si no existe la fluidez inicial, el milagro, no habrá amor, será otra cosa. 

El problema de la ruptura es, por lo tanto, que toca un punto muy sensible de la persona. Su amor propio, su autoestima. No solo te genera tristeza por la pérdida, no solo te causa desesperación por no haber sido capaz de mantener algo que te merecía la pena, sino que te genera dudas, dudas acerca de ti mismo. En la mayoría de los casos el amante desdeñado comienza por echarse la culpa. Si hubiera actuado de otra forma, si yo fuera distinto, si en esta ocasión me hubiera callado. Los “hubieras” abundan y abunda así la desesperación de saberse culpable. La sensación de culpabilidad es terrible, agota a las personas, las cansa, porque ya no hay remedio y no se puede volver atrás por mucho que se quieran borrar las consecuencias. El amante desdeñado quizá ha dedicado demasiado tiempo a pedir perdón. Hay personas que siempre piden perdón por todo y otras que nunca lo piden. El encuentro entre estos dos especímenes es dramático. No siempre es tan sencillo dilucidar la culpa o, mejor aún, la responsabilidad. Y hay algo que cuesta mucho aceptar cuando se pierde la partida: que, seguramente, esa era la persona equivocada. 

Encontrarte con la persona equivocada y persistir en ello es otro motivo de frustración. No lograrás cambiarla, y, por mucho que lo pretendas con la mejor de las voluntades y el mayor esfuerzo (como si esto fuera un combate de boxeo) tampoco lograrás cambiarte a ti en lo esencial, eso que, decía Saint-Exupèry, es “invisible a los ojos”. Lo más que puedes hacer si te topas con la persona equivocada es reconocerlo y volver tus pies hacia otro sendero o resignarte toda la vida a ser alguien sufriente. Hay quien dice que a las personas les gusta sufrir pero eso son excepciones. El sufrimiento termina por cansar, porque no es creativo, ni estimulante, más bien te aliena y te paraliza. 

Puestos a romper, puestos a que esa persona te ha dejado, con más o menos explicaciones, con más o menos tino, con más o menos cobardía (la cobardía es un ingrediente fundamental en las rupturas), tendrás que construirte un relato que te sirva de guía y de sujeción en tu nueva vida. Porque, no te engañes, tu vida será otra. La pérdida trae otra vida, que no tiene por qué ser peor, pero será distinta. Ese refrán español, tan nuestro “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer” se basa precisamente en que preferimos aceptar que nuestra existencia es mediocre y tiene malos momentos junto a alguien que nos da una de cal y otra de arena, antes que salvarnos y buscar otro camino, que se presenta dudoso, sí, pero que, al menos, encierra una posibilidad. 

El relato sirve para explicarnos a nosotros mismos qué ha pasado, cómo hemos actuado y qué ha llevado hasta el final. Sin ese relato muchas personas son incapaces de cerrar el capítulo. Lo mantienen abierto permanentemente con toda clase de interrogaciones en su cabeza, con preguntas constantes, con dudas que atormentan y que establecen un pugilato interior que te deprime o te infantiliza. A veces el relato presenta tales rasgos de dureza que es preferible no saber con exactitud qué ha sucedido, pero en ese caso nunca podremos  avanzar en conocernos a nosotros mismos, lo que debería ser nuestra prioridad. 

Quizá el primer aprendizaje que se desprende de una ruptura amorosa es que podemos andar solos. Sí, ya sé que no es fácil y que la dependencia emocional es un fenómeno que nos atañe a todos alguna vez, pero, si lo miras con la frente despejada y el corazón limpio, verás que en la balanza de lo bueno y lo malo esa dependencia te hace perder algunas cosas que no deberías dejar atrás ni siquiera por una felicidad aparente: la dignidad, la fuerza de voluntad, la libertad de elegir y de ser. Si alguien te dice que por amor hay que dejar atrás todo eso, te está engañando, te está obligando a vivir de una forma tan insana, tan alejada de las expectativas del ser humano en cuanto a su autoconcepto, que todo terminará estallando tarde o temprano. 

Construir ese relato es algo que los psicólogos siempre recomiendan. Las personas que van a los psicólogos quieren, en realidad, alguien que les escuche, porque verbalizar supone poner negro sobre blanco lo sucedido y oírse contando una realidad que, de otra forma, no vería la luz en forma de palabras. Hay quien escribe su historia esperando hallar así el relato que ansía para reconstruirse. 

Y hay quien tiene la enorme, inmensa, extraordinaria fortuna, de tener a alguien que escuche. Esa escucha activa ante quien ha sufrido una pérdida, una ruptura amorosa, un desengaño, es un bálsamo pocas veces reconocido en lo que vale. La conversación como instrumento de redención, como salvación ante conflictos emocionales que se enquistan y que, si se guardan dentro, terminan pudriendo el alma de quien los soporta en soledad. No somos conscientes de lo importante que es sentarse a escuchar con paciencia, sin reproches, sin consejos y sin preguntas, a esa persona que tiene algo que decir, que tiene que explicar para explicarse, que tiene que entender para entenderse, que vuelve una y otra vez sobre lo mismo hasta que halla la luz. Puede resultarnos pesado, podemos tener la tentación de decirle, desde la claridad externa que nos ilumina a los que no estamos sufriendo, déjalo ya, es inútil, olvídalo. Pero cometeríamos un error, porque el olvido tiene su tiempo y el relato tiene que construirse inevitablemente. 

Todos, en algún momento, vamos a necesitar de ese alter ego que haga el papel de escuchante. Como las vecinas de las casas antiguas que desgranaban sus desdichas ante el auditorio comprensivo de las demás. Por eso deberíamos saber que ese quid pro quo no es otra cosa que el gran lazo que une a los seres humanos en la aflicción, una red, un salvavidas, algo que, lo dijo D. H. Lawrence, constituye una fuerza que es imposible de desatar. 

Sigue libre tu camino


Buscaba yo la forma de contar algo y en esa búsqueda me surge una frase en forma de amiga que está ahí aunque no se vea. Y es la frase la que da lugar al título y es el resumen, la glosa, todo. Sigue libre tu camino. Puede parecerte una exageración pero tienes que construirte un relato del fracaso. No puedes fracasar sin explicarte, sin explicarlo. Las interrogaciones tienen que cerrarse y convertirse en alguna clase de certeza, no demasiada, pero alguna, ligera, liviana, abierta, dulce. Una certeza sobre ti y lo que te rodea. Por qué me dejé engañar. Por qué permití que me utilizara. Por qué creí sus mentiras. Por qué pensé que yo era la culpable. Todos los porqués se condensan en una única pregunta que tienes desesperadamente que responder. Por qué a mí. 

Así, primero llegará la decepción y luego el desengaño, un escalón más. Luego las preguntas que abren las heridas. Después el llanto inmenso. Te hundirás en una ciénaga de sentimientos informes y tu cuerpo dejará de ser para convertirse en un peso que arrastras como puedes. Te cercarán la fealdad y la incertidumbre. La risa huirá de tus labios, la sonrisa será una simple mueca que arrancarás de ti para no contaminarla. Llegará sin dudarlo el desconcierto, las dudas, la huida, la rabia y el miedo. Si logra que el miedo se instale en ti habrá vencido. Pero, si tienes suerte, si tus pensamientos logran salir a la superficie y conducir el escandaloso vehículo de tus emociones equivocadas; si aciertas con la mirada y dejas de ver el puro teatro que representa para abrir paso a una verdad intuida, entonces tendrás, como yo, la suerte de renacer y de perder la atadura mortal que antes creíste imposible de conjurar. 


Sencillamente le volverás la espalda. Te marcharás y no querrás ya ninguna respuesta porque no van a servirte de nada. Dejarás las interrogantes y sonreirás sin darte cuenta. Verás su verdadero rostro: su malvado, terrible, gentil rostro impregnado de malicia. Un rostro viejo que se destruirá en cuanto soples. Una expresión absurda que la vela de cera disimulará y convertirá en una arruga sin remedio. Le volverás la espalda y entonces serás otra. No te importará la ausencia de miradas, la ausencia de deseos, la falta de abrazos o de besos firmes. No querrás sino que tu espalda deje atrás lo que fuiste, en ese intervalo exacto de tiempo en que fuiste otra sin quererlo. Y aquí la venganza tendrá una razón de ser que alguien te sugiere y que afirmas: Sigue libre tu camino. Barrido el odio por la lluvia, limpios tus pasos, libre. 


Saul Leiter, fotógrafo y pintor, autor de las fotografías que ilustran esta entrada, nació el 3 de diciembre de 1923 en Pittsburgh, Pensilvania, USA y murió el 26 de noviembre de 2013 en Nueva York. Fue uno de los pioneros de la fotografía en color.

En Santa Rosa nunca pasa nada


Es la indecisa hora del anochecer en el tranquilo pueblo de Santa Rosa, en un lugar de California. Charlie, una chica guapa y dulce, sale de su casa corriendo y, sin mirar, cruza la calle antes de que el guardia le permita el paso. El guardia se enfada, desde luego, y Charlie tiene que esperar pacientemente a que la autoridad, después de recriminarle su gesto, la deje, por fin, continuar su camino. Todos los corazones laten al unísono. No se sabe si llegará a tiempo. Charlie no acude presurosa a una cita de amor, ni a un encuentro con amigas, no va de compras, ni al cine…Charlie sale de su casa y emprende una veloz carrera para acceder a la biblioteca pública. Porque Santa Rosa tiene biblioteca pública y, dentro de ella, una hemeroteca que Charlie quiere consultar a toda costa. 

Esa biblioteca a punto de cerrar es el lugar en el que Charlie culminará el círculo de la duda. El sitio en el que perderá su inocencia. El motivo por el que, nunca, nunca, volverá a ser la misma ni a sentir igual. Charlie dejará de ser una muchacha alegre, risueña y soñadora en el momento en que, hojeando uno de aquellos periódicos, hallará la noticia que confirmará sus dudas. Dudas que se han iniciado poco a poco, con pequeños detalles que, unidos, forman un curioso caleidoscopio de indicios, de sospechas. 

La duda es el eje central de esta película, cuyo título es traducción exacta del original. “Shadow of a doubt“ es “La sombra de una duda“ y en esa película está la biblioteca en la que Charlie repasa nerviosa un periódico en esa noche cálida de cualquier día de verano en el tranquilo pueblo de Santa Rosa, un pueblo californiano en el que nunca pasa nada. 

Pero Charlie es, también, el tío de la chica. Charlie and Charlie. Charlie, el tío, es un tipo elegante, sofisticado, inteligente y culto. Un tipo que gusta a las mujeres, que las atrae, quizá fatalmente. Para la sobrina es algo más que un pariente, es un icono, un dios. Y ese dios tiene los pies tan de barro que simplemente una página de un periódico hará caer al suelo su estatua. La chica es Teresa Wrigth y el tío es Joseph Cotten, que aquí no es un tipo bueno, amable y astuto como en “Luz que agoniza“ cuando acude solícito a ayudar a una pobre Ingrid Bergman, a punto de enloquecer en manos de ese Charles Boyer de aire siniestro. No. Aquí no es un policía escrupuloso sino un calculador, despiadado y frío personaje.


Dicen que, para su director, Alfred Hitchcock, esta película de 1943 era su favorita. Una de las razones que se aducen para ello, a posteriori, es que el guionista era uno de sus escritores admirados, Thorton Wilder, quien, sin embargo, se alistó en el ejército en un momento dado y dejó el guión sin terminar. Fueron Alma Reville, la esposa del director y Sally Benson, las encargadas de finalizarlo. Alma Reville, la mujer en la sombra, quizá más poderosa de lo que puede pensarse teniendo en cuenta cómo transcurrió la biografía del genio. 

Pero, conociendo como conocemos a Hitchcock, sabiendo sus gustos, no solamente en relación con esas lánguidas rubias por las que sentía pasión, podemos suponer que esa dualidad entre el bien y el mal que en la película representan dos personas con el mismo nombre, tío y sobrina, es uno de esos temas psicológicos que a él le interesaban sobremanera. Probablemente sea el tema estrella de su obra, la manera en la que el bien y el mal se entrecruzan y se unen de las formas más diversas. Los paralelismos entre Charlie y Charlie terminan cuando se manifiesta el alma criminal de uno de ellos, pero, hasta entonces, como si fueran gotas de agua que se van fundiendo con el calor del sol, las imágenes, las sonrisas, los gustos, la vida, parecen unirlos irremediablemente. 

El bien y el mal no solamente surgen aquí en estas personas de carne y hueso. Otras imágenes dan cuenta de esa presencia dual desde el principio y hasta el final, por ejemplo, en la densa humareda negra que acoge el tren en el que llega el tío. Por ejemplo, con esa claridad final que lo despide, también en la estación. Las estaciones, lugares de paso en los que puede ocurrir de todo, incluso en Santa Rosa, el pueblo en el que nunca pasa nada. 

Como en las novelas de Agatha Christie, la cuestión reside en que el mal no vive en un sofisticado balneario, ni en un antro de los bajos fondos, ni en el piso 130 de un rascacielos lleno de oscuridad, sino en un pequeño, tranquilo, encantador pueblo, en el que sus habitantes, todos buenas personas, buena gente, gente sin aristas, gente sin disfraz, juegan, precisamente, a cometer el crimen perfecto. Pero el crimen no es un juego. Y el crimen perfecto no existe, como pudo comprobar, de nuevo, Charles Boyer, ese tenista jubilado que no pretendía de Grace Kelly su belleza sino su dinero. Porque, conviviendo en ese paraíso de familia de clase media, en una casa con jardín y vecinos agradables, un verdadero asesino, un psicópata quizá, alguien que no respeta la vida humana, aparece y los atrae como si fueran mariposas estrellándose contra un cristal. Y, entonces, la duda, la duda… como una nube negra y espesa que encoge el corazón y borra los afectos…


Sinopsis
Una familia de Santa Rosa, en California, formada por el matrimonio y tres hijos, recibe un día la visita del hermano de la esposa, el tío Charlie, que viene desde Filadelfia. La sobrina mayor, llamada también Charlie, que adora a su tío, comenzará a sospechar que este es un asesino en serie de viudas que la policía viene persiguiendo desde hace tiempo. 

Algunos detalles de interés 
La historia original era de Gordon McDonell. La fotografía, magnífica, es de Joseph Valentine, el montaje, que aquí tiene importancia capital, es de Milton Carruth y la partitura musical de Dimitri Tiomkin que enlaza en momentos con el “Vals de la viuda alegre“ introduciendo un elemento de tensión psicológica constante al recordar los crímenes del supuesto asesino. Los principales intérpretes son Teresa Wright como la sobrina Charlie, Joseph Cotten como el tío Charlie, Macdonald Carey como el detective Jack Graham, Henry Travers como Joseph Newton, Patricia Collinge como Emma Newton y Hume Cronyn como Herbi Hawkins. El detective Graham y su relación sentimental con Charlie, la sobrina, serán los elementos que removerán el edificio de silencio que existe en torno al tío. Por su parte, la figura de Herbi, que juega con Henry a imaginar un crimen perfecto, crea el contrapunto humorístico de la historia. 


lunes, 25 de marzo de 2019

"Golpéate el corazón" de Amélie Nothomb

Acaba de salir la última novela de Amélie Nothomb (Bruselas, 1967), publicada como las anteriores por la editorial Anagrama en su colección Panorama de narrativas. Se trata de una escritora inquietante, correosa a veces, limpia en muchas ocasiones, diversa, curiosa, extraña, quieta, certera. He leído algunos de sus libros y penetrado un poco en su mundo literario pero siempre hay sorpresas y este libro es una de ellas. 

El tema central es la relación entre madres e hijas. He de decir que es una cuestión tan difícil de analizar sin caer en la mentira o en la ocultación que cada una de nosotras, las lectoras de este blog, podríamos escribir nuestra pequeña historia personal. Las madres y las hijas habitan en un mismo espacio pero tienen diferentes sentimientos, ven las cosas de distinta forma y son, en suma, seres opuestos que pueden o no llegar a encontrarse alguna vez.

Conozco muchos casos de madres e hijas que se odian, otras que se adoran, otras que se soportan, algunas que se admiran, bastante que se ignoran. En esa identificación de la niña con su madre hay mucho de misterio y mucho de rivalidad sin entrar en lenguajes psicológicos, algo que sí hace, de algún modo, Amélie Nothomb en esta novela. La psicología ha puesto nombre a los complejos, a los apegos, a la interacción entre estas dos personas que están condenadas a entenderse y también a separarse. La madre marca la vida de las hijas y las hijas, llegado el caso, podrán vengarse del abandono, del amor escaso, de la inatención o agradecer el apoyo o desear la rectificación. En la mayoría de los casos hay asignaturas pendientes que nunca logran aprobarse.

Quién no ha pensado alguna vez lo equivocada que estuvo al tomar esta o aquella decisión, al juzgar a su madre de determinada manera, al exigir tal cosa...La rectificación casi nunca es posible y solo cuando nuestra madre deja de ser la mujer fuerte que domina el hogar y se convierte en alguien débil, cansado, enfermo o dependiente, nuestra mente es capaz de reconstruir la vida en común viendo esos elementos, pequeños destellos, que se olvidaron en la efervescencia de la juventud y que significan, sin duda, algo más de lo que habíamos pensado. 


La hija, Diane, es una de esas niñas inesperadas, indeseadas y poco queridas. Eso marcará su infancia y su vida toda. No hallará en Marie, la madre, hermosa, joven y popular, lo que todo ser humano desea: amparo, cariño, protección, mimos. Todo eso intentará buscarlo en Olivia, una profesora, en esa actitud de suplantación de los afectos que suele realizarse en ocasiones y que no da buenos resultados, quizá porque no es natural y porque termina saltando las costuras de las relaciones humanas. Por eso esta es una historia en la que lo humano está muy presente y en la que las emociones y los sentimientos se entrelazan para desconcertarnos y, quizá, para hacernos más inteligible lo que somos nosotros mismos.

Esta es la novela número 25 de Amélie Nothomb y la disección de los personajes, paralela a la trama, es la forma en la que el relato avanza hacia todas las direcciones posibles, su manera de narrar, ya conocida y muy admirada por los lectores que ven en ella esa extraña cualidad de la sinceridad intelectual y de la verdad no impostada.

El hilo dorado


("Tristeza", Ramón Casas)

Miró hacia atrás y no halló nada. Tenía sesenta y seis años, nueve hijos y acababa de quedarse viuda. Miró a su alrededor y no halló nada. La casa tenía un aire espectral, el mismo que adquirió cuando todos supieron que él iba a morirse. Nadie advirtió los síntomas, nadie supo que algo le pasaba, salvo por una leve tristeza y un cansancio nuevo. Ni ella lo supo y era la mujer con la que había convivido más de cuarenta años. La enfermedad cayó como una losa porque ese hombre generaba a su alrededor todas las unanimidades, era la fuerza que hacía brotar los días y el aire que movía las hojas. Las hijas lloraban a escondidas, los hijos se asustaron. Eran los más jóvenes y tenían poca experiencia de la vida. Un parasol de dicha los había cubierto hasta entonces. Ella supo que todo se acababa un día que encontró al hombre desnudo, sin poderse mover, mientras dos de sus hijas lo aseaban. Aquello le rompió el corazón. Siempre había sido tan pudoroso que ni en la playa se despojaba de su pantalón fino y su camisa de manga larga. Esa visión convirtió el final de los días en una pendiente que quería recorrer cuanto antes. Perder su intimidad era ya demasiado para él y ella lo sabía. 

Murió silenciosamente. Se quedó dormido y solo un color amarillento en su rostro, como el de un pergamino, y las líneas azules que se dibujaban en sus pies, pudo decirles que el final había llegado en una madrugada de noviembre. Ella estaba a su lado, en un sillón, con la cabeza caída a uno de los lados, cansada, con los ojos cerrados. Dormida. En el instante en que él se marchó ella dormía. El sueño la venció y no pudo evitarlo. Pero esta idea la atormentó aún más que la pérdida. Y luego hubo una frase. Una frase dicha en los últimos días, cuando todo parecía perdido y él no podía moverse de la cama. Ella, en el sillón, con la espalda recta y los ojos abiertos, punzantes, doloridos, lo miraba marcharse en una neblina insoportable. 

Entonces, en un momento claro, él alzó la cara suavemente y la miró a su vez. Te quiero mucho, le dijo. Y ella le creyó. Era la única vez que esta frase salía de su boca. Más de cuarenta años juntos y era la única vez. A los pocos días, cuando llegó la muerte, ella solo podía recordar esas palabras y así fue el resto de los días, en el duelo, cuando llegaron los hombres de negro, en el funeral, en la iglesia, entre flores. Te quiero mucho, esa era la frase que retumbaba en su cabeza. La frase que oía en sueños una y otra vez. A pesar de que no estuvo despierta a la hora de morirse, él la había amado. Y ella no lo supo hasta entonces. Siempre creyó que no la quería o que no la quería lo suficiente o que quería mucho más a sus hijos que a ella. Pero él había guardado la frase hasta el momento crucial, como una joya dentro de un cofre. Y la frase salió en ese instante en que no se miente, en que ya da igual la apariencia o la conformidad. Te quiero mucho. Él, el hombre al que había adorado desde los quince años, la quería. La había querido siempre. 

Así que el lazo se cerró en torno a su corazón, la aprisionó y nunca más pudo desatarse. 

domingo, 24 de marzo de 2019

Rosalía


Otra vez. De nuevo. ¿Qué es esto? ¿Flamenco? 

La historia del flamenco está llena de estas preguntas, de estos momentos que tambalean, aunque sea en apariencia, sus cimientos. El flamenco es una música (por encima de todo, una música) que lleva más de doscientos años curada de espantos. Los flamencos llevan el mismo tiempo haciendo “cositas” que espantan a unos y enardecen a otros. De modo que estamos otra vez ante el rito del desconcierto, de la división de opiniones y de las cátedras que se tambalean. 

Primera conclusión: lo de Rosalía no es nada nuevo. Es otra vez algo nuevo, cosa muy distinta. ¿Qué significa nuevo? ¿Hay algo nuevo en el arte a estas alturas? ¿Van de nuevas los arquitectos que hacen gigantescas torres circulares u ovaladas queriendo tocar el cielo, cubiertas de ventanas, forradas de aluminio? Lo nuevo y lo viejo. Lo bello y lo feo. Lo sublime y lo falso. Y para más inri: el flamenco y lo aflamencado. O, aún peor, el flamenquito. Pamplinas de la Plaza Mina. 

Con Rosalía han surgido (otra vez) las dos preguntas más antiguas que el flamenco lleva contestando siglos: ¿Es esto flamenco? y ¿Por qué le gusta tanto a la gente lo que hace? Y, aunque parezcan dos preguntas, son una sola pregunta en dos partes. Es más, hay quien confiesa que no le gusta el flamenco y le gusta Rosalía. ¿Es esto posible? ¿No es una contradicción en sus propios términos? 

Otra cosa: la juventud se abraza a la música de Rosalía como si estuvieran huérfanos de un estandarte que les permitiera tener alguna razón para seguir imbricados en estos sones que en ella suenan tan nuevos. ¿Lo son? ¿Por qué los jóvenes escuchan con devoción a Rosalía y la siguen a muerte?

Muchas más preguntas que respuestas, lo sé. Pero para tener respuestas hay que empezar haciéndose preguntas y las preguntas son el sendero cierto por el que circular cuando hay ¿contradicciones? ¿mixtificación? ¿engaño? ¿superchería?

Rosalía se ha levantado de la silla, ha dejado en un rincón la falda larga, se ha puesto un chandal de purpurina, o un tutú con medias blancas, se ha pintado las uñas de un color imposible y se ha colocado encima setecientos anillos comprados en una tienda de chinos. El caso es que todo esto no va de celebrar un cumpleaños en casa de una amiga sino de subirse a un escenario. Sara Baras dejó de lado la tiesura de las telas de popelín y se cargó de sedas y antes María Pagés usó túnicas y faldas tableadas sin volantes y hasta Canales se quitó el pantalón y su puso un vestido. Mucho antes todavía, Camarón se soltó el pelo y las barbas y Tomatito hizo lo mismo. Hasta Lola Flores lanzó el escote ajustado por las galaxias y dejó los lunares guardados un ratito. 

Rosalía sale al escenario y con ella una troupe de bailarinas/bailaoras que parecen animadoras de un equipo de beisbol americano. Antes de ella Caracol montó una Zambra con argumento y llenó el escenario de mujeres llorosas, de mujeres rientes. Y antes de ella el “atrás” dejó de ser un cuadro de palmeros y dos vocalistas para convertirse en un mar de voces con Miguel Poveda, en una orquesta sinfónica con Carmen Linares. 


Rosalía mete por bulerías algunas cositas y otras las mete por Cádiz y entremete estribillos y lanza un vocabulario que solo conocemos en el sur, anda quillo, estás mu malamente, y tó por un queré…y se salta el diccionario para entrar en el universo de la copla. Antes de eso Mara Barros y Joaquín Sabina mezclan “Y sin embargo te quiero” con el “Y sin embargo” y se montan un dúo coplero/cupletista. Antes de eso, Marchena coge sones americanos y les engancha rápido una guitarra y eso ya se convierte en otra cosa y la gente lo entiende. Menos ayyyyyyy y más mensaje. Malamente. 

Y las Niñas de Utrera, la Fernanda y la Bernarda, cantan por bulerías la guía de los teléfonos. Y Rosalía, pone a Dani a tocar el Aleluya, dicho por Leonard Cohen, que también tenía su alma mater en un guitarrista particular que andaba por esos mundos de Dios a ver si alguien quería comprender lo que tocaba. Y Paco de Lucía se inventa el remonte de la mano y vuelve loco a cualquiera, después de que las críticas chorreen y lo acusen de todo y luego resulta que todos los de ahora, sin excepción, se estudian a Paco antes de ir a la escuela infantil a leer “Pinocho”. 

Y Pastora…Mejor que lo explique Kiko Veneno, que de esto sabe un rato “La Niña de los Peines era como Rosalía cuando empezó. Estableció unos cánones y unos clichés que ahora se asumen como sagrados pero que en aquel tiempo fueron algo nuevo” Malamente. Lo sabe Niña Pastori (otra camaronera) mientras canta con ella “Cuando te beso”. La niña de Pastora lo sabe desde siempre. 

Imposible sería hacer la lista de los cambios, de lo viejo, lo nuevo, lo de ahora y lo de antes. Si el flamenco se hubiera quedado en sus orígenes, en los instrumentos musicales que acompañaban a los verdiales o en el cante sin guitarra, por poner dos extremos, entonces sería como la jota (con permiso) y lo cantarían y bailarían en las bodas muy tradicionales a modo de Coros y Danzas de la música patria. 

Pero resulta, y aquí viene lo bueno, que el flamenco siempre se ha puesto el mundo por montera, la música por montera y se ha hecho a base de “cositas”, algunas más buenas que otras, pero todas mezcladas en el guiso. Y esto era así y no llamaba nada la atención hasta que unos señores dirigidos por un artista con nombramiento universitario, llamado Don Antonio y de apellido Mairena, se empeñó en decir que esto era así y que lo otro era mentira. Y le siguieron algunos con pluma en plaza. Y todos sentados muy serios y a cantar “por derecho”. Que está muy bien, pero no solo.  Y ahí se montó la bulla y la traca y se lió todo. Porque antes de eso nadie hablaba de puros y de impuros, de mestizos o de limpieza de sangre. Que la limpieza de sangre no tiene nada que ver con el flamenco, aunque somos muy limpios. Que de esto ya se dieron cuenta en el 22, allá en Granada, cuando quisieron buscar la fuente de lo jondo y la fuente tenía menos agua que la Laguna Seca en el estío. 


¿Qué hace Rosalía que no haya hecho ya otro artista de ruptura? Solo adaptarse a los tiempos, como es su obligación. Usar las redes, grabar vídeos, llevar una coreografía que haga saltar de la silla, conectar con los más jóvenes, interpelar al público (Plaza Mayor, Madrid, 31 de octubre de 2018: Así si, Así si), dominar el escenario porque tiene talento, atreverse, lanzarse, poco más. 

La música flamenca (el flamenco es música ante todo) es mestiza, ecléctica y abierta. Recibe lo que le llega de mil amores y lo devuelve al mundo remozado, limpio y perfumado. Por eso cantan así Alborán, Pablo López, Alejandro Sanz o Manuel Carrasco. Porque lo saben y beben de ahí con ansia. Solo el mairenismo quiso encerrarla en una cápsula, con un prurito de secta que nunca había existido antes y que, afortunadamente, el genio de Camarón (gloria al de La Isla por haber entendido que no se pueden poner puertas al arte) y el talento de Paco, sacaron del corsé y lo regalaron sin medida. Y desde entonces, todos libres de nuevo. 

El flamenco necesita voces de refresco. Lo fue Poveda y su cante y su copla, por poner un ejemplo que está en absoluta vigencia. Por eso este arte permanece como la música más influyente de todas desde hace más de dos siglos, la más permeable, la que más lluvia fina causa sobre las otras. La tendencia, el hilo, la huella. Nada de lo antiguo se pierde, todo se cuaja, se transforma, se mantiene, se mima y se actualiza. Por eso perdura. 

La música flamenca, que es más que el flamenco a secas, necesita a gente como Rosalía. Qué más da que nos hagamos preguntas…Después de ella vendrán más y más y por eso, te pongas como te pongas, el flamenco vive.