lunes, 31 de diciembre de 2018

La frágil realidad de sus mentiras


(Fotografía: Nina Leen, 1955)

Suena la música y se apaga el teléfono. No hay nada que pueda traerte ese sonido, ninguna ilusión, ninguna buena noticia, ningún estremecimiento. La canción se eleva por encima del aire y cubre la habitación como si fuera una cúpula, un lugar extraño, nacido para eso, para entenderse en los peores momentos y en los buenos instantes. Suena la música y no queda otra cosa que esperar, entender y sentir los latidos de las voces, inflamadas del misterio que atrae, desde siempre, a la gente que se ama. Falta el amor y el amor se aloja en cualquier sitio, fuera de tu alcance, fuera de ti misma, fuera de todo, tan lejos. No en un país exótico, no a miles de kilómetros, a solo diez minutos la inmensa realidad de sus mentiras. Así que deja ahora la música sonar, que la música guarda un secreto que nadie más conoce y no olvides que, ante todo, si te has vuelto a engañar no ha sido cosa tuya. Es que, seguramente, hay cosas imposibles que te nublan la vista y logran que te envuelvas en la tela de araña, la que nunca se desata aunque quisieras hacerlo por ti y por tus abrazos. Escucha la música y aléjate de todo lo que sea húmedo, sangriento, cansado y lloroso. Oye solo la música y alivia tu tibio corazón con esas notas. No creas nada de lo que dicen por ahí. No creas a nadie, salvo a ti misma. Ahora. En esta noche. La frágil realidad de sus mentiras acecha cada hora. No dejas que te llenen de dolor disfrazadas de una falsa ternura que tendría que abolirse cuanto antes.

(Título: un verso de Ángel González)

"La carne" de Rosa Montero


Soledad es de esas mujeres cuyo destino es amar. Y si no tienen amores parece que les falta algo. Entonces los buscan desesperadamente. Sufren, es cierto, pero parece que ese sufrimiento les sirve más que el vacío o que la ausencia. Cuando Mario la abandona (en realidad nunca lo tuvo, así que no puede hablarse de abandono sino del adiós a una aventura) ella decide buscarse a un chico de compañía para que ese hueco lo llene alguien, a ser posible guapo y a ser posible tierno. Lo primero está asegurado. Aunque cueste dinero. 

Adam es el gigoló que la agencia enviará a Soledad y que será su pareja de algún modo el tiempo que dura la novela. Que no sabemos si es mucho o si es poco, porque la cronología se interrumpe por otras voces que aparecen en el libro. Esas voces tienen que ver con el trabajo de Soledad, una comisaria de exposiciones que enfila lo que ella considera el último tramo laboral de su vida. Soledad está preparando un gran evento en la Biblioteca Nacional sobre escritores malditos y las historias de estos escritores salpican la narración, no de modo aleatorio, sino integrándose en ella, llenando de contenido algunas de las dudas y de las sinrazones de Soledad. 


Las vidas de Adam y de Soledad tienen, aunque no lo parezca, ciertos puntos en común, algunos de ellos muy curiosos. Quizá estaban condenados a encontrarse aunque sea en estas circunstancias. Las vidas de ambos han sido difíciles, aún lo son, y esa sensación de vivir en la cuerda floja siempre une a las personas. Es algo que todos hemos experimentado alguna vez y se llama afinidad, algo más fuerte incluso que el amor aunque no tanto como el odio. 

Los dos planos literarios en los que la historia transcurre se complementan: esos escritores malditos o "excéntricos" como alguien los llama en el transcurso de los hechos, tienen todos algunas características que Soledad entiende a la perfección. De todos ellos, solo uno es invención de la autora y no diré cuál para no perjudicar la trama, aunque cualquier entendido en la materia, cualquier lector avezado, puede descubrirlo. En todo caso, hay una conexión permanente entre los sentimientos de Soledad, su pasado, su presente y las vidas de aquellos otros que solo pudieron subsistir en un mar de problemas. Esa conexión es la escritura, la literatura. Soledad ansía escribir un libro porque sabe que esa forma de permanencia es la que más puede atarla a la tierra, la que más puede afirmar lo que es. En este sentido el libro reafirma algo que la propia Rosa Montero ha dejado claro muchas veces en entrevistas y que otros escritores refuerzan con su obra y su vida. El papel salvador de la literatura como forma de sobrevivir al dolor y al miedo, los dos elementos perturbadores de cualquier persona. 


Soledad es una mujer madura. Tiene sesenta años. No hay apenas novelas ni argumentos que hablen de las mujeres de sesenta años, de su sexualidad, de sus necesidades, de su día a día. Ella afirma, en un momento dado, que se siente como si tuviera dieciséis. Destaca con ello que el envejecimiento es inevitable pero también es una convención, una dicotomía entre la decrepitud del cuerpo y la pujanza de la mente, del corazón, de las emociones. Esa doble sensación es la que produce dolor en alguien como Soledad que no renuncia a sentir lo que sentía cuando era más joven o lo que debía haber sentido. De ahí ese arranque que surge en ella cuando ve a una vecina en apuros. Disfruta de lo que tienes ahora, quiere decirle, disfruta de ser joven, de tener veinticinco años, la vida pasa rápido y no recordarás lo que eras cuando envejezcas. 


De una forma colateral Rosa Montero introduce, a través de la profesión de Soledad y de su actividad como comisaria de exposiciones, algo de lo que es el mundo artístico, el de los elegidos, el mundo de los que dominan los ámbitos públicos. Habla de dos polos que se unen en uno solo, el mundo del arte y el del dinero. Excelente retrato de ambos en un acto al que ella acude a modo de outsider, de espectadora, de mujer ajena a todo ello, de persona hecha a sí misma y que no pertenece a ninguno de esos ambientes, llenos de primos que se casan entre sí, de lazos comunes, de apellidos dobles y de gente que mueve los hilos de la existencia de otros. Soledad hace así honor a su nombre y en su vida hay algunos secretos que no desvelaré pero que explican esa actitud retraída y llena de complejos. Se deslizan algunas de esas carencias, aunque sutilmente, como la de no tener hijos, la de ser considerada, por ello, una mujer incompleta, sin hijos, sin pareja, sin perros. 

A pesar de la contundencia del argumento este no es un libro triste, ni pesado, sino que el sentido del humor, la distancia grotesca que impone la autora al ritmo de la narración lo salvan de esa sensación molesta de estar oyendo una queja permanente. Desternillante la explicación de cómo la maleta de viaje de una mujer mayor es mil veces más complicada que la de una joven. Espléndida la idea de que Rosa Montero, la escritora, aparezca en la historia desparramando sus cosas por encima de la mesa de la cafetería, mientras se come las pastas que el camarero sirve y le cuenta a Soledad algunas cosas de una de sus investigaciones sobre mujeres. Encantadoras las alusiones a la música de la ópera que a Soledad le gusta y hace que vibre durante el acto del amor de una forma distinta. Triste la historia familiar de ambos. Estremecedoras algunas de las vidas de los escritores malditos. Crueles las artimañas de cierta arquitecta y cierto mecenas para orillar a Soledad y encumbrarse ellos. Simpática la petición de Rosa para que no se haga spoiler de ciertos aspectos del libro. 

"La carne" es un libro que se lee de un tirón. Tiene la virtud de que te hace entrar en el argumento enseguida y de  presentar situaciones y personajes que intuyes o que incluso puedes llegar a conocer. Es una reivindicación de que el amor no tiene edad y de que hay muchas clases de amor. También del poder salvador de la literatura, de la injusticia de la vida a la hora de repartir dones y placeres, de la lucha de algunas personas por tener una existencia plena, mientras que otros encuentran todas las facilidades. Es una historia que habla de la discriminación de la mujer madura a la hora de elegir pareja o de enamorarse, todo lo contrario de lo que ocurre a los hombres, que parecen no tener edad (aunque la tienen y resultan patéticos cuando lo olvidan, como recuerda la autora). Es, sobre todo, una historia entretenida, porque sin historia no hay novela y la falta de una historia consistente es el mal de la literatura española en estos años. 

En el trasfondo del libro está el sentimiento de la pérdida. Creo que Rosa Montero no se ha desprendido de él desde que murió su marido en 2009. Hay una escena entre ella y Soledad que ya he mencionado en la que Soledad le pregunta cuántos años pasaron juntos su marido y ella. Veintiuno, le contesta Rosa. Entonces Soledad no puede entender como alguien que ha tenido la enorme suerte de compartir un gran amor durante veintiún años logra ponerse en la piel de aquellos que no han conocido el amor. Cuando hace la pregunta a Rosa ella le contesta con la tesis principal del libro y de todos los libros del mundo: porque existe una cosa llamada Imaginación. Y esa Imaginación unidad a la Verdad (al sustrato cierto, casi autobiográfico, que todos los libros tienen) es lo que forma la argamasa que da pie a la literatura. Esa misma tesis es la que defendía Charlotte Brontë. La misma que se trasluce en la obra de Jane Austen. La única tesis posible que explica por qué no hace falta vivir en Nueva York para narrar la historia de amor entre una dependienta de Rodeo Drive y un ejecutivo de la Gran Manzana. 

La carne. Rosa Montero. Alfaguara. Narrativa Hispánica. Septiembre de 2016. 

Las fotografías de Nina Leen que ilustran esta entrada me han parecido las más adecuadas porque representan a las mujeres que, solas, son capaces de quererse a sí mismas. 

domingo, 30 de diciembre de 2018

"El arrecife" de Edith Wharton


Los libros de Edith Wharton (Nueva York, 1862- Pavillon Colombe, 1937) dan la impresión de haberse escrito después de observar, desde una atalaya privilegiada, la historia, los actos, los pensamientos y emociones de unos personajes que, lejos de ser de cartón piedra, tienen los defectos y las virtudes que asociamos a la gente normal. Los lectores sentimos que podemos asomarnos a una intimidad que, de otro modo, nos estaría vedada. Las historias transcurren como un río, con sus altibajos, sus meandros, su nacimiento tumultuoso, su desembocadura. Estas son virtudes que hacen de ella una escritora singular, a la vez llena de un estilo culto y depurado, a la vez convertida en una amable contadora de sucesos. Una dualidad que en este libro tiene su expresión máxima porque sus personajes, sobre todo los cuatro principales, obedecen a ambientes y motivaciones distintas y, sobre todo, ocultan algo. Ese juego de ocultaciones, de medias verdades, de mentiras que no deben sobrepasar el espacio físico de las casas, es otra de sus maneras de acercarse a la vida, que es, ante todo, el paraíso de sus narraciones.

Se trata de una escritora inteligente en el más amplio sentido que la palabra tiene. Disecciona, describe, explica, comenta, atribuye, lanza, apostilla, y hasta opina, dentro de un juego de palabras que tiene en la conversación uno de sus elementos básicos, porque en ella los hombres y las mujeres que están en sus libros se dejan llevar por la inocencia de los comentarios y son capaces de convertirse en meras transparencias, en espejos que devuelven imágenes no siempre agradables, pero sí fiables y certeras. Es, por tanto, un realismo comedido, una sentimentalidad envuelta en razones, un sentido común alterado por la percepción individualista de quienes deciden tomar un camino u otro en un momento dado de sus vidas. Son retratos parciales de la existencia que, juntos, componen un todo. Una visión completa de una sociedad que ella conoció bien y de unos ambientes que vivió a fondo y cuyo pálpito entendió al extremo. Wharton fue una privilegiada porque pudo acceder a lugares diversos y estar en situaciones diferentes. Pero su talento literario fue el principal beneficiario de esta observación in situ y, por tanto, somos sus lectores los que, al fin y al cabo, hemos recibido la principal aportación.

La postura de Wharton siempre es crítica con respecto a las convenciones sociales y también a los corsés que priman lo que debe ser en contraposición con los deseos y ambiciones personales. Los personajes de sus libros siempre tienen que librar una batalla para que no se oculte lo que son en el conjunto de las normas o costumbres imperantes. Por eso tienen algo de rebeldes y algo de subversivos. No todos, desde luego, pero sí aquellos que más simpatía nos inspiran cuando leemos sus libros. Y no todo es tan diáfano y claro sino que hay que escarbar un poco para poder llegar al fondo de lo que quiere decir, como si sus códigos tuvieran que entenderse a la luz de elementos particulares.

¿De dónde surge su inspiración, su inclinación literaria? ¿Cómo había comenzado y cómo se desarrolló dada su posición social y el papel que tenía destinado en la sociedad? Todo eso es el elemento central de su literatura. Escribir fue para ella la mayor de la rebeldías. Escribir no era lo que se esperaba de una dama de su alcurnia y, sobre todo, escribir novelas, ese género tan denostado y que iba dirigido no a las clases altas sino a la burguesía, a los sencillos lectores que querían conocer qué ocurría en otras vidas y con otras personas. Edith Wharton publicó su primera novela con más de cuarenta años y fue entrar en la vida de la escritora lo que la ayudó a divorciarse de su marido, a establecerse sola en París y a vivir según sus propias convicciones. Todo esto se refleja en sus libros.

La historia que cuenta en "El arrecife" bascula en torno a cuatro personajes. Anna Leath, una rica viuda que vivió antaño un romance con el diplomático George Darrow. La joven pobre, Sophy Viner, que tiene un affaire con Darrow y Owen, el hijastro de Anna. Una frase resume la filosofía de la protagonista, de Anna Leath, un pensamiento referido a Sophy: "Siempre había profesado una admiración romántica y casi humilde por toda mujer que, por su propia voluntad o por una combinación de circunstancias, hubiera tenido que enfrentarse a los conflictos de los que el destino la había excluido a ella una y otra vez"

Y la declaración de amor de Sophy, a pesar de que este es imposible: "Intenté olvidar tu rostro y, ahora, quiero recordarlo siempre. Intenté no oír tu voz y, ahora, no quiero oír ninguna otra. Yo ya he elegido, eso es todo: una vez te tuve y ahora quiero conservarte" Y las dudas de Anna y el miedo de Darrow y la desesperación enamorada de Owen. Y la traición, el engaño, la superchería, el abandono.

Y el sufrimiento de la mentira descubierta: "Había sufrido antes, de modo lúcido, reflexivo, elegíaco; ahora sufría como debe de sufrir un animal herido, ciego y furioso, y deseaba, también como un animal, que aquel terrible dolor cesara"

"El arrecife" y esto es spoiler, tiene un final amargo porque ninguno de sus personajes se hace ilusiones acerca de sí mismo y, al fin, consideran que las culpas han de expiarse y los destrozos sentimentales ya no tienen vuelta atrás. Las últimas páginas se escriben con alborotada intensidad, plagadas de encuentros en los que las emociones se llevan al extremo y las conversaciones apenas pueden tranquilizar los corazones después de arduas luchas por recobrar el sentido de la realidad y, sobre todo, la paz del espíritu. Aparecen renuncias que de nada sirven y que a nada conducen. Y aparece, sobre todo, la contradicción de los seres humanos, esa forma de proceder que mezcla orgullo con deseo y esperanza con desesperación. Por eso es una obra profundamente cercana, por eso los personajes nos resultan tan comprensibles y tan llenos de matices que podemos reconocer en nosotros mismos. Esta es la gran virtud de Edith Wharton, ser capaz de captar y de expresar emociones, pensamientos e ideas de forma que el paso del tiempo no los oscurezca, sino que sigan existiendo en toda su pulcritud y con todas sus estremecedoras decisiones erróneas.

El arrecife. Edith Wharton. Alba minus. Traducción de Juan Jesús Zaro. Título original: The Reef. 
Publicado el original en 1912. Publicado por primera vez en la editorial Alba Clásica en noviembre de 2002. Publicado en Alba minus en enero de 2018. 
La traducción, como se recoge en la nota preliminar al texto, se ha seguido la edición de Stephen Orgel, que se basa a su vez en la primera edición de la novela publicada en Nueva York por D. Appleton and Company. 

Sobre la autora: Edith Wharton, Newbold Jones de soltera, había nacido en Nueva York en 1962. Su familia pertenecía al grupo de la élite financiera de la ciudad y eso les dio la oportunidad de viajar por Europa. Su matrimonio con Edward Robbins Wharton de quien tomó su apellido, terminó en 1913, aunque antes ya se había manifestado el fracaso de la unión. Comenzó a publicar novelas en 1905. Se fue a vivir a París en 1910 y tuvo una destacada contribución a la lucha aliada durante la Primera Guerra Mundial. "La edad de la inocencia" publicada en 1920, recibió el Premio Pulitzer y ha sido llevada al cine.

En este blog se encuentran varias entradas dedicadas a esta autora:

Las hermanas Bunner
Estío
Un paseo con Edith Wharton
Edith Wharton y El Marne
La solterona
La renuncia

Así como alusiones en otras que tratan de Henry James, de quien se consideró siempre una discípula.

sábado, 29 de diciembre de 2018

Le he querido tanto...


Si fuera preciso os contaría el momento exacto en que le vi. Cómo iba vestido, en qué tonos, qué resplandor tenía su mirada. Contaría el movimiento de sus manos y la forma de andar y contaría casi todo sin olvidar un detalle, con la música de fondo de cualquier canción, incluso en silencio. Le he querido tanto...Era una luz, una risa, una esperanza, una huella sin mácula. Una vez llegaron unas flores blancas, con una vela redonda y ámbar, rodeada de hojas secas y de racimos de pequeñas uvas rojas. Era navidad. En otra ocasión fue un estallante cesto de claveles, rosas y lirios azules, colocados con primor en un recipiente de mimbre con un lazo azul claro en uno de los costados. Y hay libros por aquí que llevan su nombre. Y una taza amarilla con la imagen de Jane Austen. Y libretas de colores. Y una bandeja para poder leer sentada en el sofá. Esas cosas. Le he querido tanto...Me estremecía pensar que existía, que estaba en alguna parte, que había alguien como él. Nunca soñaba con que aparecía delante de mí para no sufrir la decepción de la ausencia. Pero, cuando íbamos a vernos, volaba dejando atrás mi cansancio, mi dolor de cabeza, corría por toda la ciudad, no era capaz siquiera de esperar al autobús o de coger un taxi, corría y corría porque así me sentía más libre para llegar antes, para estar a su lado, para verlo. Le he querido tanto...Me ocupaba el pensamiento cada día. Esperaba el sonido del teléfono como si fuera un regalo sin precio. Abría sus mensajes con la esperanza puesta en su palabra. Tenía los ojos siempre abiertos a su presencia y los oídos dispuestos a escuchar su voz en el teléfono desde cualquier sitio, en cualquier momento. Nada era igual si estaba cerca. Todo era distinto si desaparecía. La claridad era él, la oscuridad todas las palabras que no quise haber escuchado. Le he querido tanto...He llorado por las noches como si fuera una niña desamparada. He rezado porque me amara de alguna forma, un poco tal vez. He pedido que algo, una fuerza existente en algún sitio, hiciera surgir en su corazón un sentimiento que me convirtiera en el motivo de su felicidad. Le he querido tanto...Ahora no sé qué hacer con tanto amor. Tan cubierto de lágrimas. Tan bello, pese a todo.

(Fotografía: Irving Penn. Música: Bradley Cooper, Lady Gaga, Michael Bublé)

Institutrices


La única heroína austeniana que se educa con una institutriz es Emma Woodhouse. También es la única rica, la única que no depende de un buen matrimonio para vivir confortablemente. La señorita Taylor es la institutriz de Emma y de su hermana Isabella, desde la muerte de su madre. La relación entre las hermanas y la señorita Taylor es de respeto y cariño, las dos condiciones que el educador y el educando necesitan para que su labor sea fructífera y bien aprovechada. El resto de las mujeres Austen se educan sin institutrices. En el caso de las hermanas Dashwood su ambiente familiar acomodado hasta la muerte de su padre las puso en contacto con lecturas y música, aunque nada sabemos con detalle de todo ello, salvo la enorme afición al piano y a los sonetos de Shakespeare que tiene Marianne Dashwood y lo que le gustan los mapas a la pequeña Margaret. Por su parte, en la familia Bennet, si bien el padre es algo pusilánime y poco práctico, tiene una importante biblioteca en la que las hijas que lo desean pueden cultivarse. La más aficionado a los libros es Mary, la tercera, pero Elizabeth Bennet, la segunda y protagonista de la obra deja claro en una conversación con Lady Catherine de Bourgh, en su mansión con tantísimas ventanas (deliciosa esa frase de Elizabeth cuando el señor Collins le pregunta por su impresión de la casa: muy agradable y en modo alguno carente de ventanas) que ninguna de sus hermanas ha tenido institutriz y que cada cual ha podido aprender lo que ha deseado con total libertad. Quizá por todo esto las mujeres Austen no son muy aficionadas a la lectura, ni un dechado de "talentos", esas virtudes que todas debían poseer para hacer feliz a un hombre. Parece que Austen consideraba como la mayor de ellas el "sentido común", y eso es algo cuyo cultivo exige algo más que tener una institutriz. 

Como las novelas de Jane Austen transcurren en la época georgiana vamos a ver una sustancial diferencia con lo que ocurre en las novelas de las hermanas Brontë. Aunque los años de diferencia cronológica entre unas y otras no son muchos, sí lo suficientes como para que la época haya cambiado de manera sustancial. Es el cambio político lo que determinará los cambios sociales, los gustos y las costumbres. La era victoriana, marca por sí sola un extenso período en el que la vida inglesa en las zonas rurales se convirtió en algo mucho más rígido, aburrido y lleno de convenciones y en la que, además, la emigración a las ciudades fruto de la revolución industrial marca el paisaje personal y profesional de la gente. Los años georgianos son luminosos. Eso se observa en la arquitectura, por ejemplo, trasunto de lo clásico, blanca y abierta. Se observa en todo el arte y también en la literatura. Las historias se enredan, lo tétrico toma carta de naturaleza, el romanticismo lo llevo todo a los extremos. Jane Austen fue, por eso, una isla de sabiduría, de tranquilidad y de buenas maneras, entre lo gótico y lo romántico. Reivindicó el papel de la novela en tiempos en que la clase media emergente a raíz de la industrialización y el aumento de población en las ciudades, requería lecturas apacibles, porque ellos no sabían lenguas clásicas y preferían historias vivas con personajes reales.

Las institutrices que aparecen en las obras de las hermanas Brontë sufren horriblemente. Tanto Jane Eyre como Agnes Grey están llamadas a soportar un destino inhóspito, el reservado a las chicas de buena familia que no tenían recursos económicos y que se avergonzaban de trabajar fuera de casa. Todavía no había llegado el momento de la profesionalización y las institutrices eran tierra de nadie. Ni criadas ni señoras, un punto intermedio que marcaba un status de soledad difícilmente compatible con su juventud. Ese cabello estirado, las manos blancas y juntas con recato, los vestidos negros o marrones, sin vida, el único broche colocado en el escote, alto y sin que nada de carne apareciera para evitar que se desatara el deseo masculino, son una imagen dolorida de quienes vendían sus enseñanzas por necesidad. Tanto Charlotte como Anne fueron institutrices y lo pasaron muy mal en ese trabajo, tanto que lo volcaron ambas en sus obras principales. Fue una huella que solo se aliviaba cuando pasaba a ser literatura. No eran de nadie. Ni estaban a la altura de los señores ni podían relacionarse con los criados.

De la alegre, bella y amigable señorita Taylor, de "Emma", a las institutrices brontianas, hay diferencias tan notables como en las épocas que se escriben y en las autoras que las alumbran. De la luz a la sombra sin pasos intermedios. La señorita Taylor, además, se convertirá pronto, por obra y gracia de las artes casamenteras de Emma en la señora Weston y tendrá así su propia casa y no será una mujer sola. Como decía Charlotte Brontë lo malo no es ser una mujer soltera, sino una mujer sola. Pero Emma Woodhouse, años antes, había decidido que lo terrible no era ni la soltería ni la soledad sino la pobreza. Una mujer con dinero era una mujer acompañada y feliz, incluso sin compañía masculina. Sin embargo, las Brontë dibujaron el retrato de mujeres pobres que no tenían nada más que su deseo de encontrar algún camino. La fortuna que llega a manos de Jane Eyre de forma sorprendente no es sino uno de esos caminos, mucho más importante de lo que nos podamos imaginar en nuestro tiempo. Algo que ya adivinó Austen, por mucho que las Brontë criticaran sus relatos de mesa de camilla y de confortables meriendas cruzadas por susurros de mujeres cómplices.

(Pintura de Dorothy Johnstone)

"La historia secreta de Jane Eyre" por John Pfordresher


Para extraer de este libro todo lo que encierra no hay otra solución que haber leído antes otros textos que se vierten en él y que arrojan luz sobre lo que dice. No es un libro de iniciación sino de ilustración. Arroja luz a lo que ya sabemos o intuimos sobre la obra de Charlotte Brontë, que es lo mismo que decir, sobre ella misma, pues ambas, vida y obra, lo que denominaba la escritora como Verdad e Imaginación, se dan la mano y no se sueltan ni en el libro ni en su existencia. 

Es un libro profundo, en el sentido de que está bien documentado. Pero no sesudo, ni rígido, ni convencional, ni académico. Más bien se mueve con total libertad entre los dos parámetros que ha elegido el autor: la historia que se cuenta y la persona que cuenta la historia. Jane Eyre y Charlotte Brontë, sobre todo, aunque también otras heroínas de la propia Charlotte, en otras obras que se pueden considerar menores a la luz de la fama y el éxito de "Jane Eyre" pero que, de ningún modo, deberían dejarse de lado pues son las que anticipan su escritura y las que modelan, antes de ser definitivos, los personajes y la propia acción. 

Hay algunas otras obras traducidas y publicadas en España que sirven para contextualizar el relato que hace Pfordresher, por ejemplo, la biografía de urgencia, apenas dos años después de morir, que hace la gran escritora Elizabeth Gaskell en su "Vida de Charlotte Brontë", cuya mirada piadosa sobre la protagonista nos hace intuir la vigilancia cerca de su padre, que le encargó su escritura a Gaskell y la amistad que esta sentía, con todo lo que ello conlleva de piedad y de ternura, por la propia Charlotte. Por otro lado, es interesante conocer la biografía de Winifred Gérin sobre otra de las hermanas "Emily Brontë", cuya lectura aporta algo más al universo Brontë en el que todos los hermanos parecían partes indisolubles de una misma realidad. Gérin escribió también una biografía de Charlotte, que se considera de referencia, pero no está, de momento, traducida al castellano, así como otros estudios sobre los hermanos. 

Recientemente salió a la luz un libro de Deborah Lutz llamado "El gabinete de las hermanas Brontë. Nueve objetos que marcaron sus vidas", en el que pueden aprovecharse elementos de la vida cotidiana que hacen más comprensible el conjunto. Por último, es imposible seguir el hilo de lo que cuenta esta historia secreta si no se ha leído con atención tanto "Jane Eyre" como también la otra obra que recoge como personaje principal una institutriz, es decir "Agnes Grey", de Anne Brontë. 

El profesor Pfordesher deja clara desde el principio su teoría: la explicación de que Charlotte Brontë fuera capaz de plasmar en su obra literaria sentimientos, emociones, hechos, que nunca vivió en la vida real tiene una ineludible razón en que, primero, esta afirmación inicial no es del todo cierta, y, segundo, que su imaginación actuó de modo compensatorio con respecto a sus vivencias. Dicho de otro modo: la mujer real, Charlotte, vivió todo aquello que se recoge en su literatura (razón por la cual no quiso nunca firmar con su nombre) y le añadió todo aquello que quisiera haber vivido (sobre todo el éxito amoroso, el llegar a conseguir la felicidad que la vida le negaba). Su temperamento apacible escondía un tormentoso sentido de la lealtad, la pasión amorosa e, incluso, la sexualidad. Su imaginación creativa convertía lo que podían ser frustraciones en hallazgos únicos, devolviendo a la autora una especie de compensación que nada más podría proporcionarle. Es un genial ejercicio de ida y de vuelta, una espectacular y gigantesca ola que entra y sale del océano. 

Para lograr explicar esta tesis el autor de este libro, experto en literatura victoriana y profesor en Georgetown (donde enseña "Jane Eyre" desde hace cuarenta años) va y viene de la ficción a la realidad. Tomando como base los datos que se tienen sobre la vida privada y pública de Charlotte, se aproxima a su obra, sobre todo a la citada como base del estudio, para demostrar de dónde salen esos personajes, de dónde sus actos, de dónde su simbolismo, y cómo su desenlace es lo único que la autora añade de su propia imaginación. Entrelaza los diferentes períodos de su vida, sus amistades y familia, su carácter y aspecto físico, con lo que ofrecen en sus libros esos personajes a los que ella añade elementos propios de su talento literario. El estilo es creación, pero hay una base preexistente que ella aprovecha de una forma ardua y sin tregua. Tanto es así que hubo quien se sintió ofendido al observar ese aprovechamiento y al verse reflejado en las obras con tanta claridad. 

Es un ejercicio fascinante el que este libro realiza. Incluso para aquellos lectores que no son específicamente brontianos supone escalar unas cimas que no se pueden subir sin la ayuda de esas consideraciones que ponen en contacto todo un mundo de conexiones perfectas. Desde el colegio primero en el que murieron sus hermanas mayores, con las profesores crueles y sin alma; hasta el segundo, en el que se permitió aprender con sosiego; pasando por su vida familiar, tan proclive al drama por un lado y por otro a la paz y a los ritos sencillos que los hermanos incluían en sus vidas de una forma natural; incluso todo lo referente a su estancia en Bruselas, tan desconocida por muchos, con el encuentro con el hombre del que se enamoró por primera vez y de la forma más apasionada posible; añadiendo los detalles de su boda, algo también inesperado en los profanos en la materia. 

Sobre todo, es el tejido literario con que arma sus libros lo que resulta más apasionante. Cómo cada uno de los capítulos de "Jane Eyre" tiene un significado más allá de lo que cuenta. Cómo sus novelas, sus aportaciones al universo Angria, sus poemas y dibujos, forman parte de una concepción del mundo que tiene en la literatura y en el arte en general una manera de redimirse de lo feo y lo desagradable. Cómo se embellece Charlotte al tiempo que embellece a la pequeña, delgada y poco agraciada Jane Eyre. Cómo la venganza de la escritora se torna en justicia cuando pone en su sitio a las personas malas que la despreciaron. Cómo la literatura toma de la vida la Verdad y cómo el talento le añade la Imaginación. Un cóctel que impresiona y enternece a la vez.

La historia secreta de Jane Eyre. Cómo escribió Charlotte Brontë su obra maestra. John Pfordresher. Editorial Alba, colección Trayectos. Primera edición octubre de 2018. 

martes, 25 de diciembre de 2018

Esa geometría del desprecio


Acuno soledades y, alguna vez, preguntas. Las certezas no existen, salvo para negarme, para negarlo todo. Avanzo entre las piedras, el suelo tiene la dureza de las tardes oscuras, esas en las que nadie más pisa las calles, esas en las que corro sin sonidos. En uno de los rincones que suelo atravesar está su imagen. Le he perdonado todo, casi todo. Desde el vacío, desde el sueño imposible, hasta la mentira piadosa y la mentira cruel. Todo. Le he perdonado todo. Por eso hoy ya no tengo palabras que ofrecerle y por eso las mezclo con las fotos de un espacio perdido en un país tan lejano como él. 

Durante mucho tiempo reuní en pequeños fardos de ignorancia todas las dudas de un tiempo ya caduco y las puse delante de sus ojos porque creía en él. Creía en sus respuestas y en sus vacilaciones. Tan grandes era mi miedo que tuve que creerme que era cierto aquello que decía sin convicción. Mentía. Todo era falso. Era falso y mentía. Eran mentiras llenas de espejismos, de personas sin rostro, de conversaciones inexistentes, de tardes escritas que contenían los abrazos de otras, de otras los besos, de otras las mañanas, de otras las comisuras de los labios, las miradas de otras, otras voces, el hueco de otras manos. Eran otras. 


No debí hacerle caso. Día tras día se movían en el aire motivos para huir sin preguntar siquiera. Dardos de dolor que acaso se tornaban en heridas. No debí hacerle caso porque era falso todo. Incluso la mirada era falsa y tan turbia. Incluso las huellas de los pies, la ligereza falsa de los pasos. Incluso el movimiento de las manos, las manos blancas, flojas, manos que no acarician sino tiemblan, eran falsas, las manos eran falsas. La falsedad era su santo y seña, su manera de estar, su vida, todo su yo era falso y yo me lo creí porque no había motivo para mentir salvo que el aire turbio le estorbaba y yo era una ventana que se abría al viento sur, el que lleva la lluvia que lo salpica todo. 

Ya no soy. Ya no escribo su nombre, ni recuerdo su nombre, ni me tiembla su nombre. Nunca fui. Inventó una palabra para designarme pero no era yo, yo no existía, me inventó y no era nada. Me ocultó a los ojos de todos los que estaban antes que yo en el mismo lugar vacío, desconectado y lleno de mentiras que se estaban guardando en una soledad que nadie antes que yo había presentido. Entendí las mentiras antes de conocerlas, entendí los silencios antes de que llegaran, entendí que me usaba antes de estar segura. Lo entendí todo, pero callé por miedo y porque el miedo es también una parte de mí que se escribe en el son que le pertenecía. 


No miento si le digo que lo he guardado todo en un lugar remoto donde nunca las cosas tendrán otro sentido. No miento si le digo que lo tirado todo. Que todo se ha escondido y nunca más la luz, nunca más la nostalgia, nunca más la piedad, nunca más el deseo. No engaño si le advierto que ya sé de qué forma ha pisado mis pies y ha doblado mis manos. No engaño si le explico que ya no soy la misma, que no tengo las alas que me adornaban mientras esas mentiras florecían. Lo que está dentro y no se marcha y no se advierte, no se descubre, no se pierde, pero existe, es el convencimiento del dolor que me causa pensar en tantos años de absurdo conformismo, de absurdas esperanzas, de absurdas ilusiones, de absurdos todos, mezclados con batido de fresa, con tocino de cielo, con queso parmentier, con ausencias de besos, con ausencias de todo, con nada, con lo falso, todo lo suyo, él. 


(Título tomado de una frase del libro de Rosa Montero "La carne". Fotografías de William Eggleston) 

"Cara de pan" de Sara Mesa

Una extraña intuición me ha alejado hasta ahora de los libros de Sara Mesa (Madrid, 1976). No entiendo el motivo salvo que los títulos de sus libros me producen rechazo y que sus argumentos no me llaman la atención. La autora tiene una obra larga a pesar de su juventud, es siempre bien tratada y, a mi juicio (ahora más que nunca lo creo) está sobrevalorada. Acapara muchos premios y buenas críticas. Pero, por razones de intuición y de piel, no he leído nada de ella hasta ahora. La insistencia de muchas críticas en la calidad y la reiteración de los comentarios positivos en los suplementos culturales acerca de "Cara de pan" me han llevado a su lectura. Así puedo concretar mi opinión, sin quedarme en la de otros. Así puedo hablar por mí misma. Tener criterio, digan lo que digan los demás (como cantaba Raphael en una canción mítica). 

El argumento de "Cara de pan" es conocido, porque del libro se ha hablado continuamente desde que se publicó: Una niña muy joven, catorce años, "Casi", se escapa de clase, deja de ir al instituto cada día y se encuentra en un parque con un hombre muy mayor, el "Viejo", con el que inicia una extraña amistad y la prolonga a través de charlas sobre los temas que a ambos les interesan. Podríamos considerarlo un argumento transgresor aunque, en realidad, a estas alturas ya hemos leído muchas historias en las que la diferencia de edad es notorio y en la que las relaciones son ambiguas, con toques sexuales, con connotaciones de rebeldía o de búsqueda de nuevos horizontes por parte de los protagonistas. La naturaleza es el lugar en el que se encuentran y eso hace que aparezcan separados del mundo que los rodea, sin otros aditamentos que ellos mismos y todo ese bagaje previo que arrastran a una relación desigual en determinados aspectos aunque con una clara afinidad en otros. En realidad, nunca sabes qué hay detrás de las personas que aparecen en tu vida ni existen reglas claras para relacionarte o entenderte. 

Lo que no me gusta del libro son los tópicos, los lugares comunes que utiliza para definir, por ejemplo, la personalidad de la chica y el mundo en que se mueve. Me parece tramposa la forma en que se aborda, en que se desarrolla la historia. Parece un libro original, pero está manido. Parece rebelde pero es políticamente correcto. La crítica soterrada pero evidente al sistema educativo, personalizado en esa orientadora que no sabe escuchar y que mete la pata a la hora de valorar qué le pasa a la muchacha. Ese ambiente opresivo, casi ridículo, fuera de contexto, que utiliza para definir al centro educativo. La absurdez de las normas y del tratamiento que se da a la chica, visto todo ello desde fuera, recoge toda la literatura contraria a la educación de la que se viene nutriendo cierta progresía que desconoce absolutamente una realidad mucho más compleja de lo que aparente, despreciando el trabajo de los profesionales y convirtiendo a los personajes en estereotipos. Esto último es el principal pecado del libro. El viejo es un estereotipo de viejo y la muchacha es una muchacha-tipo, que en nada puede compararse con la riqueza de caracteres, de formas de vida, de conductas, que tienen las niñas de esa edad. 

Kureishi y Roth hubieran cogido este argumento y lo podrían haber llevado a la cima de una obra maestra. No se quedarían en juegos florales ni dejarían al lector sin emociones. Pero ellos no son maniqueístas ni tienen la pretensión de resultar más transgresores que nadie. Por eso el libro me dio la impresión de un intento fallido. Porque no traspasa, ni llega, ni emociona, ni enfada siquiera. Y por eso la obra de Sara Mesa sigue sin interesarme en absoluto.

lunes, 24 de diciembre de 2018

"Nada de nada" de Hanif Kureishi


Este es el tercer libro que leo de Hanif Kureishi. Los anteriores fueron "Intimidad" y "La última palabra", ambos con reseña propia en este blog. La escritura de Kureishi es muy reconocible y presiento que despierta pasión o rechazo. No hay medias tintas. Sus personajes están al límite de la vida y de ellos mismos. Son desagradables, potentes, inestables, duros, terribles, incomprendidos. Son reales, aunque están en una realidad desmesurada, que no es posible comprender con sencillez y que no forma parte de las vidas cotidianas tal y como las entendemos. Hablemos claro: a nadie le gustaría encontrarse con ellos en ninguna circunstancia. Son la trastienda, la casa de atrás, la que no todo el mundo tiene ocasión de conocer.

Los libros de Kureishi, sobre todo esos potentes personajes masculinos que los llenan completamente, me recuerdan a Philip Roth y sus animales moribundos. Repelen y atraen. Gente desasistida de sí misma, ayuna de afectos, siempre dependiendo de que los otros, que parecen más débiles, estén a su alrededor para darles vida de alguna forma. Son vampiros emocionales que cruzan un aire divisible. Creemos, quizá, al leer estos libros, que no existen, que no hay gente mayor, ancianos, que se niegan a serlo y que utilizan su poder, su inteligencia, su dinero, su fama, para encontrar carne fresca, para encontrar algún sentido a su decrepitud. Pero los hay, porque la naturaleza humana, como ya se ha escrito tantas veces, es la misma en todas partes. 

"Nada de nada" es una historia crepuscular. Un final para alguien que está en las últimas y que, aún así, pretende ejercer su control sobre lo que posee. Entre esas posesiones está su mujer, la mujer a la que, según él, ama más que ha amado a nadie con anterioridad. Esa forma de amar, que diríamos, una forma de amar que tiene que ver con el ansia de no morirse demasiado. La ancianidad enferma, la decrepitud, el fin de la fortaleza, el inicio del telón que cae, todo eso es el trasfondo inicial de la novela. Pero no solo. Como ocurre en sus libros anteriores, los personajes principales tienen un contrapunto no menos difícil de aceptar. En este caso, la mujer de Waldo (el protagonista, un cineasta famoso, prestigioso e inválido), es Zee, alguien veinte años más joven, como suele pasar en este mundo de los artistas, que vagabundea entre el deber y la necesidad de sentir que es algo más que una enfermera. Zee lo ha abandonado todo por él pero tiene, por eso mismo, que cobrarse la deuda. Entre el asco, el rechazo y la ternura; entre la rebeldía ante una actitud tirana y la conmiseración, ahí se mueve ella, intentando no caerse en un pozo demasiado profundo. Luego están Anita, la bella actriz en un crepúsculo aún reconocible, que parece tener todavía en sus manos cierta posibilidad de entenderse y Eddie, el trepa, el individuo que intenta conseguir lo que tienen otros pero que no posee ni la maña ni la maldad suficientes. 

El libro se lee de un tirón. El poso que deja es de tristeza, pero no puede ser de otro modo, no únicamente por el desenlace, que no adelanto aquí, sino por el tono, por el descreimiento, por la sensación de que el paso del tiempo, cuando no se considera una dicha sino un peso indescriptible, termina abocando a la desdicha. La inmovilidad de Waldo, sus problemas físicos, su dependencia de otros, ese envejecimiento plagado de carencias, no es una buena noticia. A pesar de todo, como en todas las obras de Kureishi, hay cierto atisbo de ironía, de humor negro, de risa contenida, de perplejidad jocosa, en los artilugios y artimañas que utiliza el protagonista para vigilar a su mujer y estar al tanto de lo que se trae entre manos con el extraño amigo que ha asaltado sus vidas. Un juego que, como todos, suele traer luces y sombras. Y las sombras son permanentes, mientras que las luces se apagan cuando la noche cae sin avisar. 

Reseña sobre el autor de la editorial Anagrama:

Hanif Kureishi, de origen pakistaní, nació en Inglate­rra en 1954. Estudió Filosofía en el King’s College de Londres, y allí empezó a escribir para el teatro; ganó el George Devine Award con Outskirts. En Anagrama se han publicado sus guiones de las películas Mi her­mosa lavandería, Sammy y Rosie se lo montan Lon­dres me mata (esta última dirigida por él mismo), sus novelas El buda de los suburbios (Premio Whitbread y adaptada a serie televisiva por la BBC), El álbum negro, Intimidad (adaptada al cine en 2001), El regalo de Gabriel, Mi oído en su corazón, Algo que contarte La última palabra, y dos libros de relatos, Amor en tiempos tristes Siempre es medianoche, así como El cuerpo, una novela acompañada de varios relatos, y el libro de textos autobiográficos Soñar y contar: «Kureishi es un escritor joven, capaz de reconocer algo del desasosiego de Kerouac y reciclarlo en un libro de colores y olores inconfundiblemente británi­cos y capaz de hablar de Sam Shepard, de los Rolling Stones, David Bowie, Scorsese, los Doors, Nick Lowe, Elvis Costello, los Sex Pistols o Ian Dury con propie­dad, con un estilo sencillo y un sentido del humor brillante, pero no frío, que lo cuestiona todo, incluido el propio autor, con asombrosa sinceridad» (Ray Lo­riga).


(Hanif Kureishi es un escritor muy cercano al mundo del cine. Aquí en el festival de Cannes con Robin Wright) 

Hermosa geometría


(Mi Belén de las rosas)

Quizá estás solo o te sientes así. Quizá perdiste a alguien y su ausencia te impide disfrutar de las cosas. Quizá alguien a quien quisiste se fue sin decir nada y te dejó en silencio. Quizá esperaste lo imposible y nunca llegó, aunque no sabes el motivo. Quizá hubo quien parecía una cosa y su contraria, para, al final, ser nada. Quizá no te gusta el ruido, no tienes qué celebrar, no sabes cómo hacerlo y tienes miedo. 

Aún así, piensa que hay muchos como tú y no lo dicen, no se atreven a explicarlo, no se dan cuenta, no quieren compartir su soledad y se muestran ariscos con ella. Déjala fluir suavemente, te servirá de consuelo. Olvídate de que desaparezca, es terca y no se moverá de tu lado. Convive con ella y piensa en que tú mismo eres todo lo que tienes, aunque saberlo te conmueva. Quiere a quien te quiere y te lo dice y deja de lado a aquellos que aparecen solo cuando el tiempo es propicio y no tienen otra cosa que hacer. 

A pesar de que quizá no lo creas hay tanta gente como tú que se llenaría un mundo. Y todos necesitan un abrazo. 

viernes, 21 de diciembre de 2018

Cuento de Navidad


Cuando era niña vivía una Navidad llena de ritos, significados, música y adornos. Mi padre llenaba la casa de lazos, de guirnaldas, de muñecos y de regalos. Parecía una casa americana, de las que salen en las películas, toda llena de verde y de rojo, de musgo, de poinsetias, de caminitos, puentes y norias. El árbol y el nacimiento, los dos sin discusión alguna, cada uno en su sitio y en su papel. Y mi madre se encargaba de que los Reyes Magos llegaran cargados de juguetes. Buscaba desde meses antes aquello que a cada uno nos iba a gustar más. Preguntaba, indagaba, era una detective de los monarcas y, llegado un momento, también de Santa Claus. Una emisaria perfecta. Libros, juegos, mochilas, música, ropa, chucherías...¿cómo llamábamos a los caramelos, los bombones, las monedas de chocolate, los cigarrillos de mentira, los reyes que se comían? Ah, sí, la rebujina. La rebujina estaba junto a los juguetes y los juguetes llenaban todo el salón. Te despertabas y allí estaba la magia. Cómo era posible que los Reyes o Santa supieran que ese jersey era, precisamente, el que andabas buscando????

Todo comenzaba semanas antes con mi madre preparando las tortas. Eran unas tortas únicas, de esas que se hacen en Cádiz y en ningún sitio más. Se amasaban, se estiraban, se cortaban finitas, se freían, se les echaba miel y a veces bolitas de colores que ahora no recuerdo cómo se llaman. Se colocaban en barreños, en unos cacharros grandes y se tapaban con unos paños para que no se estropearan. Luego iban a las bandejas, una vez la miel chorreaba por encima. Las hacía enmeladas y sin enmelar, para todos los gustos. Las vecinas entraban y salían de la casa probándolas. Nunca han vuelto a existir esas tortas desde que ella dejó de hacerlas. Ya no hay tortas de nochebuena. Es una tristeza, una pérdida. Es como si el paladar se trasladara al pasado y no quisiera moverse de allí. El sabor de esas tortas lo impregna todo este día, porque la memoria está llena de sabores, olores y silencios. El silencio suena tanto como la música. 

Después de adornar la casa, de preparar las tortas, era mi padre el que se ocupaba de la gran compra, de lograr que no faltara de nada. Eso era algo que le gustaba especialmente. Llegaban las cajas cargadas de viandas y todos los niños acudíamos a ver qué contenían. Mantecados, polvorones, amarguillos, pan de Cádiz, turrones, hojaldrinas, mazapanes, frutos secos, granadas, y luego el pavo para la noche de nochebuena, y también el jamón, el queso, los mariscos, el caldo. La comida era un elemento fundamental y la despensa se llenaba hasta arriba y también el frigorífico. Había peladillas, piñones, almendras, castañas y fruta escarchada. Era una fiesta del estómago y del dolor de estómago para los que se pasaban de rosca. 

Otro rito fundamental era la música. Desde muchos días antes nos poníamos por las tardes "a cantar la navidad". Cada una con su pandereta, con sus lazos de colores, entonábamos, y bien, los villancicos populares y hasta escribíamos letras especiales dedicadas a nosotros mismos. Una familia con once miembros no necesita más gente para inspirarse. Las letras eran graciosas y llenas de doble sentido y cada uno reconocía algo suyo en ellas, como si las composiciones tuvieran el cometido de las coplas de carnaval: contar cómo había sido el año y cuáles eran nuestros errores. Una autocrítica en toda regla. La calle era un jolgorio, un paraíso. Todas las puertas abiertas de las casas permanecían abiertas y las niñas se movían cantando la navidad mientras los niños correteaban de un lado a otro y los mayores se reían y se bebían su copita de anís o de coñac. Y luego los disfraces, disfraces en nochebuena y a todas horas. Porque eso está en el ADN de Cádiz, convertirse en algo que no somos, parecer que somos otra cosa. Una alegría inmensa. La dicha con mayúsculas. 

El rito de las uvas era sagrado. Los mayores salíamos un rato después con los amigos pero era mucho más divertido estar en casa y reírse, reírse hasta el infinito, lanzar las risas al aire, que no acaben, que sigan. Y, en los Reyes, en esa madrugada en la que todos nos levantábamos al alba, allí estaban los juguetes, los libros, las muñecas, la ropa, los adornos, todo aquello que habíamos escrito en una carta pulcra que se había echado al correo. Bendita Navidad. Ellos, nosotros, la vida. Ahora, que el tiempo ha pasado y tantos de aquellos han desaparecido, me parece atisbar en el horizonte del solsticio de invierno algo de esa luz presentida, una especie de homenaje secreto. Un sueño.

lunes, 17 de diciembre de 2018

Aute, siempre de paso

Yo era una de esas estudiantes primerizas que no había logrado superar el asombro ante la gran ciudad. La recorría palmo a palmo. La calle era mi casa. En aquel tiempo tuve un novio cabrón, de esos que te abandonan todos los fines de semana contándote una milonga;  y una amiga acogedora que se hacía cargo de mí en los naufragios. Los dos han desaparecido de mi vida porque yo soy de esas que no conserva nada salvo la memoria y la palabra. Una de las noches de mágica primavera en que dejaba en un rincón los libros y me lanzaba al mundo buscando no sé qué (seguramente a ti aunque no lo sabía) topé con un concierto de Aute en la plaza de San Francisco. Yo iba sola, como me gustaba hacer en mis merodeos urbanos. Sola, pero tan viva, sola pero con tanta luz que no necesitaba sino el andar de mis zapatos tímidos sobre ese feroz asfalto que no dejaba de ofrecer cosas nuevas. La plaza de San Francisco estaba llena como en un mitin de Felipe en sus mejores tiempos o como si fuera a pasar la procesión del Corpus. Pero sin sillas. Delante del ayuntamiento estaba el escenario y todo era un gentío en el que no pude reconocer a nadie. Tampoco lo quería. Había ido a verle a él, a Aute, porque estaba enamorada de su música y de él mismo, de su desaliño y de sus letras. Cada una de esas canciones eran mías. Las escribía para mí y las cantaba para mí. Yo lo sabía y guardaba el secreto en lo más hondo. No recuerdo siquiera cómo iba vestido, ni qué color ni qué perfume usaba yo. Recuerdo, sí, que cayó la noche sobre la plaza mientras la música sonaba y su voz iba y venía y yo entonces pensé en marcharme de allí, de esa ciudad, y buscar el lugar en el que pudiera verlo cerca a cada paso y dejar los estudios y los libros y el porvenir y no ser seria, ni responsable, ni dispuesta, sino aventurera, lanzada, convencida de que en el vagabundeo estaba el secreto de una felicidad futura que nada más iba a garantizarme. Quise ser una grouppie de esas que siguen a los cantantes y van con ellos a los camerinos y lo saben todo de su vida e imaginé, como la mayor de las dichas, que Aute escribía una canción con mi nombre, y mi nombre iba de boca en boca, porque la canción era tan hermosa que todos la cantaban y se hacía tan famosa que todos la conocían. Eso pensé esa noche, eso mientras sonaba su voz y luego, al final de todo, hice cola entre un montón de muchachas como yo, con libros en la mano como yo, con melena larga como yo, con ojos soñadores como yo, con sonrisa abierta como yo y como yo deseosas de ser la musa de aquel hombre que nos miraba a todas y se paraba un instante a firmar un autógrafo. El mío lo conservo. El papelito tiene una frase que no voy a contaros. Es una frase mía y la conservo porque no solo tiene la letra de Aute sino el secreto de lo que yo entonces era y he dejado de ser. Tampoco me marché, aquí sigo. Me he equivocado en todo. 

(Fotografía: Cecilio Lobato) 

sábado, 15 de diciembre de 2018

El vestido


Tendrías que fijarte mucho y aún así te costaría encontrarlo. Está, o estaba, al final de las perchas, casi escondido, en el fondo del armario, en un lateral de difícil acceso. Nuevo, sin estrenar. Envuelto en una funda de plástico azul, muy tiesa y brillante. Con la etiqueta todavía colgando del cuello y esa tersura de las cosas sin tocar. Ningún piano que no haya sido machacado por las manos del hombre merece la pena, dice Eleanor Parker a un orgulloso Charlon Heston en "Cuando ruge la marabunta". La pureza es un estorbo porque significa, sobre todo, soledad, territorio no amado, no acariciado. El vestido se mantiene perfecto, huele bien, tiene la tela suavemente dispuesta dentro de la funda, el largo elegante, la forma adecuada. Es un vestido que merecería la pena usar si ello fuera posible. 


Un día recibió una carta de él en la que le decía que pronto habría una cita. Una cena romántica junto al río. Él iría vestido de azul, el color que mejor le sienta, un azul plomo que casa muy bien con las luces del río, en esos veranos ansiosos en los que el calor traza una línea entre el bienestar y el desasosiego. Él iría vestido de azul, sería un hombre de azul, como los que caminan entre las arenas del desierto, pero sin cubrirse la cara con la tela áspera y llena de pliegues, más bien, al descubierto. Solo estaría guardado, en un lugar inaccesible, el corazón, si es que lo tiene, si es que es algo más que un órgano para seguir viviendo. 


Después de leer la carta ella se compró el vestido. En la carta no había fechas, ni días, ni horas, ni seguridades, pero ella creyó que así sería y que vendría, de sorpresa, una cita en la noche más especial de ese tiempo. Y compró el vestido y lo colocó, con cuidado, en el armario, esperando que la tela se movería suavemente con la brisa del río y que él la viera hermosa. Qué guapa estás, diría al verla, con su vestido nuevo. Qué bien te sienta, qué bonito es, qué color tan dulce tiene ese vestido. Y la noche se calmaría en su congoja y la serenidad sería el mejor capítulo del libro que un día escribiría al pensar en ese hombre de azul, azul eterno. 


Esta mañana ha cogido el vestido y lo ha sacado de su funda. Lo ha doblado y, después de meterlo en una caja de cartón usada, lo ha depositado sobre un contenedor, no sabe si de vidrio, de plástico o cartón. No estaba la mañana para reciclaje. El vestido se ha quedado ahí y algunas manos tomarán la caja y hallarán el vestido. Manos invisibles, de las que rebuscan cada día en la basura. El vestido ha dejado un hueco en el armario. Pero por poco tiempo. Un viejo jersey de renos amarillos aparece ahora en el lugar exacto. 

(Fotografías de René Groebli, Zurich, 1927) (Música de Norah Jones)

viernes, 14 de diciembre de 2018

Balada de las niñas que sueñan


(A la Paqui)

Las niñas junto al mar, en el brillante corredor de las salinas. La sal volando en piedras de colores. Los fuertes, convertidos en castillos. Los príncipes que llegan sin avisar y se adornan con el tono pardo de la tarde de invierno o el dorado del verano festivo. Las horas en la calle se pasan lentas y tienen todas el mismo movimiento: una historia que contar, una vida que repetir, un cuento que lanzar al aire, sin saber si la noche en el cine volverá a traer a los héroes, los convertirá en seres de carne y hueso, en elegantes caballeros que viajan en limusina. 

Así sueñan las niñas y tienen todas nombres de hadas en espera. Las miras y las reconoces en seguida. Andan a saltos por la calle, tienen las rodillas lastimadas y el vestido lleno de manchas de rotulador. Miran a todos lados en busca de respuestas, alzan los ojos, allá en los balcones, en las casas oscuras, en los atardeceres, en la sorpresa, en la auténtica batalla de la felicidad que se adivina al fondo de las horas. 

Estas niñas, las niñas, me miran desde entonces y no se escapan nunca. Se quedaron allí, en la calle, en la ciudad, el barrio. Solo yo me escapé y no volví y ellas siguen allí y allí sonríen. Cargan con el peso de no haberse movido y tienen la misma luz que entonces pero el pelo más rubio. Y todas, todas, escriben en WhatsApp que se han cansado, que el tiempo parece detenido, que quizá debieron ahondar en la aventura, que yo acerté y ellas se equivocaron. 

Lo repiten a veces pero yo no las creo. 


(Fotografía: Vivian Maier)

miércoles, 12 de diciembre de 2018

Escribir de una misma


Hay escritores que abominan de lo que ahora se llama autoficción. Dicen que eso no es literatura, o que es una literatura menor, porque no hay invención, ni creación de personajes, ni tramas imaginativas. Hay, simple y llanamente, vida en directo, vida en diferido, pero vida al fin y al cabo. Siempre creí que en todos los libros había ramalazos de su autor en mayor o en menor medida pero es cierto, ahí tiene razón Marías, que en la autoficción todo es una misma. Y eso lo distingue de otros géneros. Los psicólogos consideran que la escritura tiene una función terapéutica pero solamente algunas personas logran convertir esa especie de desahogo en literatura. No basta con escribir lo que sientes o te ocurre, sino que has de escribir bien, has de establecer un camino que vaya directo al lector y un puente que te acerque a él. En caso contrario, solo estaríamos ante un prospecto medicinal, una forma de echar fuera lo malo. Escribe tu historia con él y luego quémala, diría un terapeuta a una mujer ante una pena de desamor. Pero no es esto solo. Escribir de una misma es algo más. A veces es hallar la explicación, el hilo conductor de las cosas. En ocasiones, es mostrar esa visión del mundo que te pertenece y que ha de ver la luz de alguna forma. También existen narraciones que parten de lo vivido para llegar a lo imaginado. Y luego están las memorias, la forma más alta de autoficción que existe, sobre todo si tienen el mínimo añadido de perdón, de disculpa y de disimulo.

Escribir sobre uno mismo establece un diálogo interno en el que nada puede obviarse. La explicación de las emociones no es siempre llana, más bien es una sucesión de accidentes geográficos, de cataratas, valles, montañas y depresiones. Es una forma de interrogarse que no siempre encuentra respuesta y es también una asignatura pendiente. Es imposible pasar página si antes no has terminado de escribir la anterior, si antes no la has pasado a limpio, no has comprendido la raíz del problema o, al menos, lo has intentado.

Es, también, una manera de perdonarte. Las personas que dan vueltas a su cabeza buscando explicaciones a los hechos tienen una tendencia muy marcada a pedirse cuentas a ellos mismos, de una manera excesiva, brusca, impertinente. Esa tendencia hace sufrir casi más que los propios hechos que quieres aclarar. El autoengaño es muy común en quienes necesitan alguna disculpa para sus equivocaciones o en quienes han sufrido tanto que no les es posible un sufrimiento mayor y precisan una simple motivación que sea, incluso, la fantasía mayor que imaginarse puedan. Por eso, por todo esto, no puede despreciarse aquello que nace de lo más íntimo que cada uno posee. Por eso, esos libros que nos encontramos por ahí y que nos conmueven porque podían haber sido escritos por nosotros mismos tienen el valor añadido de la fe en que el lector hallará una forma de entendimiento que ni siquiera el autor ha encontrado.

(fotografía: imposible adivinar el autor)

lunes, 10 de diciembre de 2018

Tiembla la noche


La luna en cuarto creciente y esos versos, esas palabras dichas en inglés, la música, las manos volando sobre las teclas blancas, un espacio breve en el silencio, la noche tiembla, espera, nada. No hables, cállate, mejor así. 

Hay flores que se escriben en un beso. Una vez intenté que el carmín se disparara sobre aquella mejilla. Pero huyó, no quiso saber nada. La nada es esa espera, pensé. El rosa de los labios no tiene vocación de posarse en su cara. Pensé, nada es nada. 

Así suenan los versos en la música y está todo en inglés y me pregunto si acaso yo no he visto antes de ahora esta misma y volátil sensación de verano en medio del invierno. La luna crece y crecen las palabras, en un compás que las lleva a posarse en el río. Es el río prometido, me digo, fue la nada. Nada. Una barcaza azul y una camisa. Todo azul. Mentiras en azul. Azul falso, azul nada, los azules. 

Cómo perder el tiempo en trenzar soledades si aquello fue una basura tierna, pero basura al fin y al cabo, un reciclaje del corazón perdido, una voz engañada al fondo de otras voces. Me digo que me miento y así lo hago, porque quiero volver a conquistarme y a no dejar que cruces el umbral, ahora no, ahora es nada, quédate donde estás, no golpees esa puerta, todo es nada. 


(Título tomado de un verso de Eloy Sánchez Rosillo. Fotografías de Nick Knight. Música de Norah Jones)

sábado, 8 de diciembre de 2018

Libros para la navidad de 2018

En navidad nos gusta comprar libros y regalar libros. También tenemos más tiempo para leer. Así que aquí tenéis una  selección de quince libros de narrativa entre los que más me han gustado de todos los que he leído y se han publicado durante el año 2018. Si os sirve para comprar y regalar o para leerlos sería estupendo. 
  • "Ordesa" de Manuel Vilas. Alfaguara. A medio camino entre la autobiografía y la novela. Pura prosa poética. Sentimientos a flor de piel. Preciosas descripciones de vida y de personas que la convirtieron en una existencia llena de subidas y bajadas. Me ha emocionado tanto que me he convertido en una fiel seguidora de Vilas para siempre. Es un escritor exquisito, que canta las cosas más que contarlas. Una belleza inusual. 
  • "Chica de campo. Memorias" de Edna O`Brien. Errata naturae. Para mí, la escritora viva con más inteligencia, más acierto y mejor prosa. Su vida, narrada a modo de aventura, escogiendo cuidadosamente lo que quiere contar y callar, me ha acercadlo mucho más a sus novelas, a sus cuentos y a su trayectoria en general. No puede una dejar de conocer a alguien así. Te entrarán ganas de leer todos sus libros y, si los has leído, entonces la entenderás mucho mejor, sabrás el motivo de muchas cosas. 
  • "Una noche en el paraíso" Cuentos. Lucia Berlin. Alfaguara. Si te gustó su anterior libro "Manual para mujeres de la limpieza", este es mejor. Los cuentos me resultan más encantadores y su estilo, cercano, más limpio. El prólogo de su hijo, esclarecedor al máximo. Y este conjunto de cuentos presenta una faceta más humana, más llena de verdad que la anterior, que era, quizá, más excéntrica. Lucia Berlin es mucho más que una alcohólica que se dedicaba a trabajos inferiores. Era una mujer llena de vida y de ganas de luchar. 
  • "El placer de vivir sola" de Marjorie Hillis. Lince ediciones. Una rareza bonita, una excentricidad elegante, un encanto, un libro que te hará reír, soñar y disfrutar de cosas que ya no existen pero que deberían existir. Te dirá cómo atender a un chico que te gusta, cómo debes arreglarte, cómo no hay que perder la esperanza de ser feliz...aunque todo ello se escribió en 1930 así que tiene un aroma irresistible, como si vieras una película clásica. 
  • "Un alma cándida" de Elizabeth Taylor. Gatopardo Ediciones. Qué preciosidad de historia...qué personaje tan extraño...qué fuera en la narración...qué detalles. No puedes dejar de conocer a esta escritora que tiene un nombre tan conocido aunque es ella misma tan escasamente popular a pesar de merecer todo el éxito. Es la historia de una mujer que no es lo que parece, esas personas que entran en tu vida y lo distorsionan todo bajo una apariencia bondadosa. Muy peligrosas. 
  • "La sociedad literaria del pastel de piel de patata de Guernsey" de Mary Ann Shaffer y Annie Barrows. Salamandra. Este es un libro delicioso, que cuenta una historia de libros y lectores con la que cualquiera que sea amante de la lectura se sentiría identificado. Se ha estrenado hace poco una película basada en el libro. Te ayuda a recordar acontecimientos históricos y a entender como en los conflictos, incluso los más graves, se establece un lazo de unión entre las personas que aman la cultura. No es nada sesudo, al contrario, muy cotidiano e incluso divertido. 
  • "Pensamientos desde mi cabaña" de Kamo No Chomei. Errata naturae. Reflexiones y pensamientos orientales que nos hacen llegar a conclusiones inesperadas. Un relato apasionante de la interioridad del ser humano cuando está desposeído de todo. Un clásico para meditar. Te hace sentarte delante de ti misma y observarte. Entender que la posesión de cosas materiales no es suficiente. Preguntarte acerca de qué haces y por qué. Para las personas que necesitan respuestas o que tienen muchas preguntas dentro de sí. 
  • "El corazón de las nueve estancias" de Janice Pariat. Siruela. Precioso libro, poético, abierto, libre y lleno de misteriosas alusiones a personajes que representan sentimientos y emociones diversos. Muy estimulante para estos tiempos de velocidad y de irreflexión. Está lleno de símbolos, cada uno de los cuales te remite a un estado de ánimo y te ayuda a discurrir por él de una forma sencilla pero cuajada de una poesía natural y plena de naturaleza y de vida. Es un libro tranquilo pero estimulante. 
  • "El asesinato de mi tía" de Richard Hull. Editorial Alba. Descacharrante, gracioso, lleno de ingenio, misterioso, increíble. Un desenlace inesperado y unos personajes inolvidables, tan bien contado y escrito que no puedes dejar de reír todo el tiempo. Nunca pude imaginar que el libro transcurriría así. Si tienes tías no deberías dejar de leerlo por lo que pueda pasar. Y si eres un vividor que no quieres dedicarte nada más que a la vida contemplativa, también. Estupendo para pasar un buen rato. 
  • "Objeto de amor" de Edna O´Brien. Lumen. Los cuentos de Edna son casi mejores que sus novelas. Los temas son diversos pero todos tienen algunos ejes comunes, una clase de visión de la vida, una forma de entender el mundo. Hay amargura, pero también sonrisas; hay decepciones pero también esperanzas. Depurado estilo. Belleza. Algunos cuentos son tan maravillosos que he escrito entradas dedicados a ellos por separado. Y podría seguir escribiendo porque te estimulan, te inspiran. Toda ella es una inspiración. 
  • "Un debut en la vida" de Anita Brookner. Libros del Asteroide. Magistral escritora que desembarca en la realidad de una forma tan sutil que no parece apreciarse, con personajes de carne y hueso, llenos de virtudes, defectos y miedos. Como somos todos. Hay mucho desistimiento, mucho desengaño quizá, también situaciones absurdas pero eso es la vida y hay tanta vida en Brookner...
  • "Quédate conmigo" de Ayóbami Adébayó. Gatopardo Ediciones. La maternidad deseada y que no llega. El hombre que parece quererte y te maltrata. Otra sociedad, otras costumbres, otros sentimientos, pero siempre llegando al corazón. Tuvimos un grupo de lectura en Twitter sobre el libro y le hicimos preguntas a la autora, una muchacha joven y prometedora, con una gran capacidad de comprensión del mundo en que ha nacido y con la plena conciencia de cuánto camino queda por recorrer en algunas latitudes. 
  • "En un lugar sin nombre" de Katherena Vermette. Lumen. Un gran descubrimiento, una joven autora que es capaz de trasladarte a un mundo lleno de aristas y de personajes atormentados. Una novela negra que arrastra desde que empieza, que te engancha y que no eres capaz de soltar. El inicio es excepcional, el ambiente que retrata está magistralmente trazado y todo el desarrollo se ajusta como un reloj, de forma que no quedan cabos sueltos. 
  • "Apegos feroces" de Vivian Gornick. Sexto Piso. Casi unas memorias, casi una autobiografía, la relación difícil de una madre y una hija, las vivencias y las culpabilidades. Una autora de relevancia llena de interés. Sin embargo, es de esas escritoras de extremos, o la adoras o no te gusta nada. No resulta sencillo entrar en un mundo tan complejo y que ella pone delante de nuestros ojos sin pudor. 
  • "Agua verde, cielo verde" de Mavis Gallant. Impedimenta. Una gran escritora tanto en esta historia larga como en sus cuentos. Una prosa personal, un punto de vista único, una forma de escribir que no te dejará indiferente. Si te gusta, siempre puedes seguir leyéndola en sus cuentos, pequeñas y magistrales narraciones que abren puertas que nunca cerrarás. También de ellos hay por aquí reseñas separadas. 

! Felices lecturas con la fotografía de Nick Knight!