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Mostrando las entradas etiquetadas como Francia

Un amor de verano

  /Niza. Costa Azul. Francia/ El verano es el tiempo del amor. Francia es el país del amor. El sur de Francia es el sitio del verano. El verano es amor, es Francia, es el sur. Hace años de aquello, pero conserva el olor de lo nuevo, el de las manzanas en el armario de buena madera; el del perfume en los albornoces blancos como si fueran de hotel de lujo; el de la mesa brillante y roja de la cocina; el de la quiche y el croque monsieur. No hubo nada preparado, todo surgió sin más, como sucede con las cosas auténticas llamadas a perdurar. La memoria distingue muy bien, con el paso de los años, lo que existió y lo que se inventó. Y aquí no hubo invención, aunque era un paraíso de artistas, un lugar en el que lo más fácil era tener un caballete bien dispuesto, pintura, pinceles e ideas para pintar. Era el pueblo en el que se habían inspirado otros antes que él, pero en ese verano él, Pierre, estaba allí, y tenía el cabello precioso atado en una coleta, una camisa blanca grande y a...

Avignon, tout le temps

  Cenamos en Le Violette y luego recorrimos las calles. Brillaban. Se oía un sonido tenue de alguna fiesta en algún sitio. Pero nada molesto, nada que hiciera interferencia con el amor y el eco de los ojos. Nos miramos. Hacía calor pero a quién le importaba. No a nosotros, tan jóvenes. No a nosotros, tan llenos. No a nosotros, tan enamorados. La ciudad se revolvía sobre sí misma. La plaza del carrusel siempre estaba llena y, durante el día, teníamos la ocasión precisa para recorrer librerías, comprar regalos y regalarnos a nosotros mismos, dos amantes sin indecisiones, completamente seguros, libros y convertidos en fuego y bruma.  Nous avons dîné au restaurant Le Violette, puis nous nous sommes promenés dans les rues. Elles brillaient. Il y avait un léger bruit de fête quelque part. Mais rien de gênant, rien qui ne puisse perturber l'amour et l'écho des yeux. Nous nous sommes regardés. Il faisait chaud, mais qui s'en souciait ? Pas nous, si jeunes. Pas à nous, si pleins. Pa...

En una bicicleta con cesta y cintas de colores

 Era la Provenza, era verano, y eran mis tiempos del sur de Francia y mi bicicleta. Tenía una cesta de mimbre acoplada, de su tranquilo color azul y cintas en los manillares y tenía también un sonido curioso al tocar el timbre y funcionaba muy bien a pesar de que era viaje. En ella recorría aquel pueblo rodeado de plantaciones de lavandas y con una leve cuesta que llegaba hasta el mar. Por allí estaba siempre aquel muchacho, tan parecido a Theo James pero sin Sanditon y comíamos unos cuántos en una especie de bar improvisado donde Pedro y Marie habían creado el ecosistema plurinacional más complicado del mundo. Desde la quiche al cuscús. Si supiéramos qué llegarían a ser estas cosas al cabo de los años, seguramente no habría quejas por una picadura de mosquito ni porque el agua con gas no lo llevara. Más bien gastaríamos el tiempo en mirarnos a los ojos y en rebasar todos los límites de la decencia con aquel Theo James, tan exquisito. 

La Provenza y unas violetas

Si algún día fuera posible que tú y yo recorriéramos el mundo, la primera parada sería Uzés, el pueblo de la Provenza en el que viví algunas de esas horas que se guardan en un arca secreta de la memoria. El olor a violetas cruzaba sus calles y los campos de lavanda las rodeaban imprecisos. En las horas tórridas de la primavera, todo se convertía en una sinfonía de lilas imposibles de apartar de la imaginación. Y en septiembre, la uva y sus tonos dorados eran un reclamo seguro para la vista. Todos los aromas se concitan en la Provenza para acuciar nuestros sentidos. El pueblo se estiraba como si fuera un viejo animal ronroneante que buscara el amparo de alguien que le pusiera suavemente la mano sobre el lomo. Las gigantescas puertas que cercaban algunos de los arcos de sus murallas eran como enormes manos que quisieran proteger el interior. En los soportales de la plaza cuadrada estaban los artesanos con sus madejas de hilo de colores, sus lanas teñidas manualmente y un sinfín de c...

L'amour parle toujours français

Una de mis tías (guapísima y muy fan) me regaló en mi adolescencia una foto de Alain Delon. Tengo que decir que era una postal en la que el actor francés vestía de azul cielo a juego con sus ojos azul cielo. La postal está guardada en una de esas cajas de lata de colores que tengo por aquí y que reviso de vez en cuando porque las cosas que contiene son todas de un delicioso que abruma. Y, desde aquel regalo, Alain Delon pasó a formar parte de mi olimpo. Solo podría recordar de él un par de películas pero eso da lo mismo. Era mucho más que un actor de cine. Era el chico con el que cualquiera de mis amigas pasearía por la calle Real para que las demás nos muriéramos de envidia.  Años después descubrí Francia. En ese descubrimiento había otros galanes estilo Delon, aunque ninguno como él. Y había bastantes más cosas de las previsibles. Paisajes que se vestían de malva o de naranja. Casas de piedra, con hornacinas dedicadas a las vírgenes. Helados caseros en casas de amigos ex...