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Mostrando entradas de agosto, 2021

Aguas termales

  En el mes de mayo de 1799 Jane Austen estuvo en Bath con su hermano Edward y su esposa. Allí permaneció el grupo durante unas seis semanas, en una casa alquilada en Queen Square. Jane tiene por Bath una especie de sentimiento de amor-odio. No deja de aparecer en sus novelas, aunque siempre con una crítica soterrada al ambiente frívolo y superficial que allí se disfrutaba. También en su vida, porque, tras la jubilación de su padre, la familia se instala allí. Solamente forman parte de ese núcleo familiar los padres y las dos hijas, Cassandra y Jane , por lo que se abre una etapa diferente a la rural que hasta entonces y durante veinticinco años de su vida, había tenido. La etapa de Bath abre interrogantes en su forma de ver el mundo y en su obra. Es una especie de frontera. Ha dejado de ser una jovencita y tiene que pensar con seriedad en qué hará con su vida. En realidad, la vida de todas las mujeres estaba predeterminada, sobre todo en su clase social, que no tenía ni dinero n...

Historias de familia

  Anna Sophia Alexander Robertson. Pintura de James Peale, 1816.  El bloqueo francés del Reino Unido provocó cambios importantes en el Hampshire rural en que vivía Jane Austen. Ella tenía trece años al estallar la Revolución Francesa y vio como el país se mantuvo en guerra contra Francia hasta sus treinta y nueve, es decir, el espacio cronológico que ocupa entre 1789 y 1815. El precio de los cereales se elevó, aumentó la presión a los terratenientes para que llevaran a cabo el cercado de los campos y para que fertilizaran el suelo e impidieran el paso a las personas y animales que antes cruzaban por ellos libremente. Esos crecimientos supusieron una modificación de la vida rural. No era tan solo levantar una valla, sino que también afectaba a la condición legal de la tierra y a los antiguos derechos a pastos o a explotación. Todas estas novedades económicas y sociales las conoció Jane Auste n directamente porque su vida transcurría en un entorno rural. A la familia, el comie...

Una curiosa historia

  El 31 de diciembre de 1797, día de la boda entre la prima Eliza y Henry Austen, ya solo quedaban solteras en la familia Cassandra y Jane. George tampoco se casaría nunca, pero no contaba debido a su enfermedad. Ellas tenían en ese momento veinticuatro y veintidós años respectivamente. Dado que a los diecisiete las chicas ya estaban en edad de casarse, puede decirse que el reloj avanzaba peligrosamente para ellas. Esto indicaba que los padres tenían que seguir proveyendo sus gastos, lo que puede considerarse como una carga a esas alturas. Cassandra disponía de recursos propios, con la renta anual que le proporcionaban las mil libras que le dejó su prometido Tom Fowles, muerto en alta mar por unas fiebres cuando navegaba como capellán con la Royal Navy. Pero Jane no tenía ingreso alguno. La vida en Steventon, muy bien organizada y sin escasez, suponía una serie de gastos a los que se añadían los personales de cada una de las hermanas (ropa o viajes por ejemplo). Y el señor Austen e...

Susan y Eliza

    Hay quien sostiene que el personaje de Lady Susan Vernon está inspirado en la prima hermana Eliza, hija de una hermana del señor Austen, Philadelphia.  Philadelphia se casó con Tyson Hancock y de esta unión nació Eliza , el 22 de diciembre de 1761, en Calcuta. Sin embargo, siempre corrieron rumores de que, en realidad, el padre de Eliza era el gobernador general de Bengala, señor Warren Hastings. Estos rumores se veían confirmados con el detalle de que Eliza llamó Hastings a su hijo y también con el fideicomiso de diez mil libras que le asignó el propio gobernador a Eliza.    Eliza se casó en 1781 con Jean-François Capot de Feuillide, que decía tener el título de conde, con el que tuvo a su único hijo. El matrimonio acabó trágicamente porque Capot fue guillotinado en 1794. Por su parte, Lady Susan Vernon es una viuda muy atractiva, con gran poder de seducción y notable inteligencia, madre de una adolescente a la que trata fatal. Lady Susan está mal de...

Derramaré mis sueños

(Pintura: Mary Jane Ansell) Si no llega esa tarde en que la dicha traspase mis sentidos, en que arrebatada en un temblor reconocible hallaré tus respuestas, tendré que recoger los pedazos dispersos de mi vida y convertirla en eco oculto, algo que nadie reproduzca ni interprete. Si al fin encuentro que todo es un deseo sin fondo, una quimera escrita que a nada me conduce, entonces derramaré mis sueños y no estarás en ellos. Te marcharás de igual manera que llegaste. En silencio y sin que invoque para nada tu nombre. Como una presencia única, inmarchitable y fértil, pero ajena a mi voz y a mis sentidos. No buscaré otra prórroga ni intentaré engañarte ni engañarme. No lloraré cuánto de inútil es quererte. Solo tendré memoria para el tiempo en que mis ojos y tus manos estuvieron a punto de encontrarse. Nada de ti, seré. Al fin, ya nada soy.  (Título: Verso de "Si tú no estás", Rosana)

Al otro lado de la calle

  Un septiembre cualquiera. Los septiembres son los meses que abren las puertas del amor. No pueden hacer otra cosa. Significan el comienzo y el final. Hay cosas que terminan y otras que nacen nuevas. Es el mes de la indefinición. Nos confunde. El septiembre cualquiera estaba la plaza casi vacía y estaba casi vacío el café y había un aire de misterio en todo, de forma que, si posabas la mano sobre el sillón de mimbre, la electricidad te convertía en ave. Volabas. Al otro lado de la calle estaba él. Venía andando a buen paso, pero con elegancia, como si toda la vida se hubiera preparado para ese único momento. Cruzar la calle, pararse en el semáforo, sortear un seto apagado y llegar delante de ti, sonreír un poco, no demasiado, hablar con voz muy baja, sentarse y esperar.  ¿Tú qué sabías de él? dices ahora. Nada. Es la respuesta. No sabías nada, salvo que tenía un andar caballeroso, salvo que hacía calor, salvo que era septiembre, salvo que era la primera cita. Una primera cita...

Yo tuve una estrella de mar

(William Merrit Chase)  Las tardes del verano eran siempre la antesala de una noche llena de sorpresas. Recogíamos los bártulos de enseñar nuestras funciones de teatro caseras y luego nos sentábamos al abrigo del sol, esperando la caricia fresca del viento de la tarde, para poder comentar las historias del día. Esa palabra nos rondaba siempre: "historias". Había historias para todos. Historias de vecinos, de amores, de amigos, del colegio, de los juegos, de la tele, de los libros...Inventábamos historias cuando no existían en realidad. Escribíamos historias, dando un paso más, haciendo de aquello un juego permanente. Luego he sabido que existían otras familias como la mía, ancladas en torno a la palabra, los libros y las historias, pero entonces aquello era muy exótico pues ninguno de mis amigos tenía esa vocación de teatro ambulante que nosotros poseíamos. Por eso se colocaba de lado a lado del patio, amarrados fuertemente a los barrotes de hierro de dos ventanas, una tela d...

Seis días de junio

(Fotografía Vivian Maier. Nueva York, 1957) Cada trece de junio se marchita una rosa. La rosa de tu nombre, tu presencia. Rosas rojas, rosas amarillas, las rosas rosas, rosas. No las rosas del último día, no las rosas gastadas, no las rosas azules ni los lirios, las rosas. Las rosas de los parques junto al río, las rosas de las fervientes orillas. Las rosas del jardín de la casa, las rosas del camino y los bosques. Se marchita una rosa cada trece de junio desde que ya no estás ni puedes levantarte entre felicidades y regalos que tienen, todos, un secreto escondido. Son seis junios pasados y resultan tan largos, tan demasiado largos, tan absurdos, tan llenos de vacío, tan parcos de silencio, tan oscuros y hambrientos, tan tibiamente ausentes. Son seis y estoy buscando en el aire un recuerdo que permanezca firme, que permanezca claro, que permanezca entero, que permanezca todo. Ahí están. Las risas en las cenas. Las huellas de las manos. Los besos en la orilla. Las esperanzas ll...

La mujer del carrito

Ella tiene treinta y tantos años. Su piel morena, con ese tono dorado de los países del Caribe, luce esplendorosa. Lleva siempre los labios pintados de rojo, el pelo muy largo y de color caoba, los ojos grandes y reidores. Se alza sobre sus altos tacones, con sus vaqueros ajustados, camisetas con letreros y cazadoras rockeras. Cualquiera que la vea puede pensar que es una persona feliz, con una vida holgada y sin preocupaciones.  Pero la mujer no va sola cuando pasea por las calles del pueblo, de este pueblo cercano a la capital, lleno de nuevas urbanizaciones, de edificios nuevos, de amplias carreteras por donde la gente hace footing. La mujer nunca va sola. Lleva, con movimiento airoso y decidido, un carrito. No un carrito de bebé. Un carrito de niño. Un carrito diferente, rojo intenso. En el carrito va su hijo. Tiene ocho años y la piel más oscura, rizos, una cara risueña casi siempre. Tiene parálisis cerebral. No anda, seguramente nunca andará. Apenas habla. Oye mal....

"Recado original" de María Sanz

  María Sanz (Sevilla, 1956) acaba de publicar un nuevo libro de poemas. Viene de la mano de Lastura Ediciones, que ha cuidado el envoltorio tanto como María ha cuidado el contenido. Una preciosa portada y su correspondiente marcapáginas, son la carta de presentación de un libro que ha sido trabajado delicadamente y que incluye poemas memorables. Para leer en noviembre, el mes de la poesía, el de las ausencias, las melancolías, las búsquedas.  Los libros de poesía se leen rápidamente y también muy despacio. Después de esa primera lectura transversal que pone sobre la mesa los asuntos, entra el deseo de ahondar, de sentir el ritmo tal y como se ha expresado, de conocer la música de los poemas, de adentrarse en los primeros versos, tan definitivos y en los últimos versos, tan ciertos. Así la intención está en la cita que abre el libro, Machado, sobriedad y lejanía de lo leve. Y en el primero de los poemas, numerados, sin títulos, está ya el verso que anuncia el conjunto: "Ahora ...

Una historia de poetas

Cuando era muy niña, estando en el instituto, fui testigo de una cosa que hoy llamaríamos "acoso". Recuerdo que me rebelé, hablé, elevé la voz, dije lo que tenía que decir y me castigaron por ello. El castigo fue importante pero tuve la suerte de que, al llegar a mi casa y contarlo, mi madre me dijo que había hecho muy bien, que nunca había que volver la cara a la injusticia y que somos más humanos cuando estamos al lado de la gente que sufre de algún modo.  Pasaron los años y viví una situación parecida en la persona de un eminente anciano a quien algunos jerifaltes sin corazón pretendieron ningunear y tratar sin respeto alguno. Como en los tiempos de instituto volví a elevar la voz, volvía a denunciarlo públicamente y volví, claro que sí, a ganarme mi castigo. Un castigo disimulado, en forma de ostracismo que, realmente, no me hizo dudar de la bondad de lo que había hecho.  En ese mismo tiempo me entrevistaron en la radio y el "periodista" se refirió ...

La excavación

  (Fotograma de "La excavación", con Ralph Fiennes y Carey Mulligan) En este tiempo de no-cine las películas y las series están en alza. Desde las casas particulares cada uno de nosotros intenta distraer el tiempo con historias que borren el presente y que proporcionen la impresión de soñar durante algunas horas. Los libros, el cine, están siendo los mejores antídotos contra la depresión, la soledad, el aislamiento y el miedo. Nunca podremos agradecer lo suficiente sus efectos, su maravilloso papel en la lucha por la supervivencia emocional que ahora libramos.  De vez en cuando el boca a boca de las redes sugiere un título y todo el mundo se apresta a comprobar por sí mismo si esa fama es merecida, si se confirman las previsiones y si ese producto del que nos han hablado puede responder a nuestros gustos. Hay una extraña comunidad de críticos espontáneos que ofrece una peculiar reseña de lo que ve o lo que lee. Compartimos nuestros gustos y regalamos a los demás nuestras impr...

"Emma, 2020": Invisible Austen

  Demasiados criados. En las novelas de Austen los criados no aparecen, sencillamente porque ese mundo no le interesaba a la autora y porque sus tramas no están relacionadas con ellos. Solo Hill, el ama de llaves de la señora Bennet y confidente suya, tiene alguna intervención. Y, por supuesto, la señorita Taylor, la institutriz de Emma. Pero aquí hay criados por doquier, que están en todo momento y en todas partes. Demasiados criados.  Emma no se ríe nunca. Su padre no es hipocondríaco, sino maniático y desagradable. Aunque Bill Nighy tiene una forma física envidiable. El señor Knightley, a quien considero educado y sensato, aparece desnudo vistiéndose, supongo que para darle un poco de salsa al guiso, lo que es una tarea inútil: el actor que lo representa no nos recuerda al señor K. en ningún momento. Es insulso, demasiado bajo de estatura y sin carisma ninguno. Seguimos.  La señorita Bates grita sin parar, da igual donde esté, grita y grita, supuestamente porque su mad...

Las salas oscuras

  (Fotograma de "Laura"  de Otto Preminger, con Gene Tierney y Dana Andrews, 1944) La sorpresa llega cuando se apaga la luz. Al revés que en las fiestas de cumpleaños, donde la explosión luminosa es el leit motiv, aquí la oscuridad es la forma de obrar el milagro. Lo mismo en una sala pequeña, en una grande o al aire libre. Eso es el cine, la sorpresa que nos espera con la luz apagada.  Hay un cosquilleo muy especial al sentarse a ver una película en un recinto lleno (o medio lleno, o casi vacío) de personas que no se conocen de nada y que, sin embargo, van a compartir el mismo rito. El recinto está a la vez plagado de oscuridad y de claridades. La luz está en la pantalla, mientras el resto aparece lleno de rostros atónitos y expectantes, a la espera de que la ceremonia se realice. Es un artilugio perfecto que comienza con los títulos de crédito.  Entonces surgen las historias que actúan sobre nosotros como un elixir. Es una lluvia de imágenes y sonidos que pulsan, u...

Cosas de Lydia

Cuando Lidia Bennet vuelve a casa después de su escapatoria con Wickham lo hace convertida en una mujer casada. Ya sabemos que para que la boda se celebrase, el señor Darcy tuvo que pagar cierta cantidad de dinero y buscarle, además, un empleo militar en el norte. Pero como Lidia es una muchacha sin sentido común, descerebrada y frívola, no repara en que su situación no es nada envidiable. Al contrario, presume de ella ante sus hermanas y adopta una actitud parecida a la de quien ha hecho una gran boda. La manera en que se presenta ante su familia y su comportamiento los días que el matrimonio pasa en Longbourn dan fe de ello.  Pero, además, cuando llegan las despedidas y, muy a su pesar, ha de subir al carruaje que la conducirá lejos, no deja de recomendar a sus hermanas que le escriban. Mandadme cartas, les dice, escribidme, ya que vosotras, como sois solteras, no tenéis otra cosa que hacer y yo estaré muy ocupada, porque las mujeres casadas no tenemos tiempo de nada. Esta fil...