jueves, 18 de julio de 2019

El retrato de Jane Austen


Parece que el boceto que Cassandra Austen hizo de su hermana Jane se dibujó en unas vacaciones en el mar, concretamente en la localidad de Lyme Regis. Esta es una de las ciudades que la escritora trasladó a su obra, en la que hay pueblos inventados pero también otras localidades que son reales, como el propio Londres o la ciudad romana de Bath, la de los balnearios. Lyme Regis es uno de los telones de fondo de "Persuasión" y por eso forma parte del itinerario geográfico de Austen. En el boceto, mucho más simple de lo que la imagen que ilustra esta entrada pueda sugerir, aparece la escritora de espaldas, o mejor, de lado, con su vestido y su abrigo de corte imperio, además de con su cofia, que tiene, a modo de curiosidad, las cintas desatadas, como si viviera un momento de plena libertad. Seguramente estaba mirando al mar, que se observaba con facilidad desde muchos puntos de la naturaleza que rodea la población. 

Lyme Regis está junto al Canal de la Mancha, al oeste de la región de Dorset. El espigón del puerto, conocido como The Cobb, aparece tanto en "Persuasión" (es el lugar en el que tropieza Louisa Musgrove), como en la película protagonizada por Meryl Streep "La mujer del teniente francés". Era el sitio al que ella volvía una y otra vez esperando el regreso del marino del que estaba enamorada. Es un lugar, por lo tanto, que inspira a los artistas y que constituye una especie de lugar de peregrinación para los lectores de Austen. Ella pasó allí varias semanas durante los años 1803 y 1804. Parece que el mar le gustaba y ejercía sobre ella una curiosa atracción, del estilo de la que sentía Emma Woodhouse que se muestra espléndidamente sorprendida cuando lo ve por primera vez. 


(Lyme Regis Cobb, fotografía de Neil Barnes)

No hablamos de playas, naturalmente, sino de mar abierto, en este caso rodeado de imponentes acantilados que hacían peligroso pasear cerca de él en invierno, por el viento y el romper de las olas en las piedras enormes. Es un mar embravecido y que se visitaba en noviembre, cuando el clima de las ciudades de interior era más desagradable y aquí todavía se conservaba cierta bonanza por la cercanía a la costa. El concepto del mar de aquellos años distaba mucho del que tenemos ahora, cuando lo consideramos sujeto de nuestras travesías en barco o  nuestros paseos por la playa, atestada en verano y llena de edificaciones o elementos que trasladan el bienestar de la ciudad a las orillas. El mar era para los ingleses, además, el punto de unión, o de separación, según se mire, con el continente, ya que, no lo olvidemos, el Reino Unido es una isla. El mar dio sus mayores glorias al Imperio y de allí vinieron las mayores desgracias en forma de guerras con la subsiguiente pérdida de hombres. En "Persuasión" Jane Austen retrata algunos personajes masculinos que son marinos, como el propio protagonista, el capitán Frederick Wentworth, cosa poco corriente en su obra, pues las únicas alusiones a la tropa están en "Orgullo y prejuicio" pero presentando a los destacamentos en reposo, con más afición al baile que a la lucha.

La esposa de James Edward Austen Leigh, el sobrino que escribe un libro sobre su tía, llamada Emma, escribe y publica un libro sobre Jane Austen y Lymes Regis, que, lamentablemente, es poco conocido entre los lectores.

Emma Austen Leigh nació en 1801 y murió en 1876. Salvo que se casara muy joven, no llegaría a conocer a la tía Jane pero la información sobre ella estaba muy a la mano en ese momento. Tuvo dos hijos, William y Chomley. La sola escritura del libro demuestra la relación que Jane Austen tuvo con el pueblo (muy pequeño, hoy, en los meses que no tiene turismo, alcanza apenas los cinco mil habitantes), en el que pasó algunas temporadas.

La escena en la que Frederick Wentworth pasea en grupo por el espigón y se produce la caída de Louisa y su consiguiente intervención para salvarla, es una de las más intensas de la narración y la que da pie al malentendido que angustia a Ann Taylor.

Es evidente que situar el argumento en ese lugar indicaba que para Jane Austen había supuesto una especie de bálsamo espiritual después del estresante mundo social que se vivía en Bath, localidad que nunca le gustó ni sirvió para inspirarla, lo que puede observarse cuando la utiliza en sus libros como un lugar en el que va la gente a buscar pareja sin mayor interés. Sin embargo, Lyme Regis es para ella lo que indudablemente era también para Ann Taylor que, como Jane, tuvo que dejar su casa de Kellynch Hall, por motivos económicos, para marcharse de alquiler a Bath, ciudad que también odiaba.

El boceto que hace Cassandra de su hermana Jane es una de las escasísimas imágenes que tenemos de ella. La otra es, también, fruto de Cassandra. Esa ausencia de imágenes ha dado lugar a que se repitan continuamente las que hay. Sí existen descripciones de su aspecto físico que se recogen en escritos contemporáneos y que su sobrino ya citado recoge en su obra sobre la tía. Todos los que hablan de ella, en este sentido, aluden a su mirada ingeniosa, la corrección de sus rasgos y la alegría que iluminaba su rostro. Ninguna de las protagonistas de Austen, salvo Emma, es una "belleza". Pero el ingenio, la inteligencia y la capacidad de observación están presentes en todas ellas. Es cierto que algunas, como Fanny Price, la menos Austen de todas, tiene una alarmante tendencia al sacrificio, pero siempre he pensado que Mansfield Park es un cabo suelto en el conjunto de una obra hermosamente armada. 

miércoles, 17 de julio de 2019

La ciudad desnuda


Nueva York es la ciudad más fotogénica del mundo. La que despliega una belleza oscura y penetrante en tantas películas románticas, negras o dramáticas. Cualquier género se retrata mejor en sus puentes, sus islas, sus calles, sus edificios, sus tiendas, sus semáforos. En "La ciudad desnuda" parece que Vivian Maier ha trasplantado al cine sus propias fotografías. Esa mirada que sobrevuela la fealdad, buscando el pequeño matiz que haga de la escena un paisaje tierno que provoque una sonrisa entre el calor y el frío.  Pensaríamos que se trata de ella, si no fuera porque sabemos que es imposible, porque su trabajo de niñera ocultó tantos años su obra y porque conocemos que el director de fotografía fue el excelente William H. Daniels, a quien bastaría este trabajo para ser reconocido como un genio del blanco y negro. 

Esta es una película extraordinaria. La voz en off que la conduce hace un curioso papel de coprotagonista, porque no solo narra los acontecimientos sino que interpela a los personajes y nos adelanta datos que solo ella (la voz) conoce. Un caso de complicidad con el espectador que no he visto en otra película. Por su parte, la ciudad de Nueva York es una protagonista llena de matices, que se muestra sin ocultar nada y que recorre la trama en todas y cada una de sus partes. Algo ocurre en la ciudad de Nueva York y toda la ciudad se estremece. Un guión no escrito mueve los hijos, todos parecen tener un papel que representar y los objetos se transforman en causa y en efecto. Los altísimos rascacielos son también seres vivos y sus habitantes están poseídos de una rara cualidad de transparencia que no logra ocultar el latido del asfalto. Ocurren cosas y todas ellas tienen su espejo en el perfil de la ciudad. 


Lo que sucede aquí, en realidad, es que se investiga la muerte de una joven modelo de alta costura, la señorita Dexter. Jean Dexter ha sido descubierta muerta en su apartamento. Una asustada asistenta la ha hallado al protagonizar el único gran acontecimiento de su vida, que queda aquí plasmado para siempre: Marta Swanson, 42 años, dice la voz en off, encuentra a Jean Dexter muerta al llegar a su casa por la mañana. De igual modo que en "Doce hombres sin piedad" el viejo que creyó oír el crimen se arrastró hasta el estrado para contar su visión de una experiencia que nunca antes podría haber soñado, así Marta es la primera persona que se nos presenta en la historia.

El crimen provoca que el teniente Daniel Muldoon, de Homicidios, y su compañero, el novato pero perspicaz detective Jimmy Halloran, tengan que ponerse manos a la obra y tratar de atar los cabos sueltos, muchísimos, que van surgiendo mientras avanza la investigación. De esa forma, aparecerán en escena gente como Frank Niles, un pícaro de altos vuelos y de buena familia que juega a todas las barajas posibles; o su prometida, Ruth Morrison, también modelo, aunque luce en su dedo anular un anillo robado; o el enigmático y ausente Philip Henderson, un tercer hombre sin Welles sin Cotten, que no se sabe dónde está, ni siquiera si existe; o ese extraño y sádico luchador-acróbata que toca la armónica y cruza los semáforos a gran velocidad; o un psiquiatra de renombre, con perfil griego y una angustiada enfermera de recepción que lo observa incrédula...

Los acontecimientos se van sucediendo al mismo tiempo que la ciudad va viviendo las luces y las sombras, los días y las noches. No se detiene nunca ese plácido y terrible devenir. Las peluquerías acogen a sus clientas, que sufren el calor atroz de los secadores para asistir, quién lo sabe, a alguna fiesta nocturna; las colas de las calles anuncian el interés por los sucesos; los niños juegan con el agua para combatir el calor; las niñas se suben a los columpios y saltan a la comba...El drama, mientras tanto, sigue latiendo en la frase de la madre de la víctima: "Dios mío...¿por qué no hiciste que naciera fea?". La belleza como castigo, la belleza como destino atroz.

La voz en off no pierde la ocasión de poner su acento irónico, discordante, extraño y mordaz, a lo largo de la película, rodada en un asombroso y especialísimo blanco y negro, con una música hiriente que no deja de machacarnos durante todo el metraje. Las imágenes, la voz y la música, son las columnas esenciales del relato, los testigos de los hechos y de las elucubraciones, una especie de diario que todo lo anota y que todo lo saca a la luz, sin excusas ni pudor. 


El detective novato acertará en su intuición. Tiene una casa agradable, un hijo que apunta maneras y una mujer preciosa que aparece vestida como para una sesión de fotos con Nina Leen. El detective recorrerá la ciudad embutido en su elegante traje para seguir una pista que, al final, se revelará cierta. Su jefe, el teniente, es un tipo irlandés, feo, bajito y sin atractivo, que sonríe mucho con una mueca desganada y que tararea una canción irlandesa desde la mañana a la noche. El teniente no es un policía al uso, de esos que gritan continuamente y sueltan palabras gruesas. Todo lo contrario. Hay una especie de sutil delicadeza que contrasta con su aspecto físico. Es un Cyrano en el momento final.  Así lo entienden sus policías. Sabe que es exigente, pero no reconocen altivez en su gesto, ni despotismo, sino una clarísima actitud de que las cosas terminen bien. "Aquí nunca dejamos un caso sin resolver". 

El asesino terminará siendo el final de una larga serie de mentirosos y de ladrones. Son los eslabones perdidos de la sociedad. Se esconden en las cloacas de Nueva York, muchas de ellas, a la luz del día. Son la última fase de la cuerda. Pero no la única. Las piezas se encajan como corresponde a un policíaco de raza y terminan por resultar convincentes. Es una película ingenua que no quiere dejar que los malos triunfen. Por eso, todo está en su sitio. Y por eso el último protagonista de la película es el puente de Brooklyn, sus estructuras de hierro, sus claroscuros, sus ranuras, sus piezas envolventes, su entramado... La arquitectura como símbolo de lucha y también de fracaso. Se cierra un capítulo y lo hacen los hombres buenos. Quizá, en cualquier otro lugar de Nueva York, justo en el momento en que se cierra este caso, se abre otro cuyos datos no vamos a conocer, al menos en esta película. 


La ciudad desnuda. Dirigida por Jules Dassin, 1948. Interpretada por Barry Fitzgerald, Don Taylor, Howard Duff. La música es de Miklós Rózsa y Frank Skinner. La fotografía es de William H. Daniels. El guión es de Albert Maltz y Marvin Wald. 

martes, 16 de julio de 2019

¿Por qué hay que leer a Edna O´Brien?


Edna O´Brien (1930, Tuamgraney, condado de Clare, Irlanda) es la autora viva más imprescindible de leer en estos momentos. Su obra publicada en castellano constituye un conjunto de libros que, bien organizados en su itinerario lógico, suponen no solo una fuente de placer lector, sino también un modo de comprender la evolución de las mujeres en entornos claustrofóbicos de costumbres y relaciones, así como una mirada única e irrepetible acerca del universo femenino, sin fronteras de tiempos, edades y clases. Por eso es la autora que más y mejor puede ponernos en contacto con la realidad de una sociedad que ha ido modificando su conducta general desde los años cincuenta del siglo XX hasta ahora. Edna O´Brien es, también, la prueba palpable de cómo la literatura puede salvar al individuo. Una salvación que abarca múltiples aspectos. Desde conocerse a sí misma y saber qué se desea y cómo puede lograrse, hasta saltar por encima de convenciones ampliamente asumidas, superar el rechazo familiar o luchar por defender el talento que, en este caso, era el de la escritura. No resulta fácil, y menos aún resultaba sencillo en los años cincuenta, negarse a seguir un itinerario preestablecido de antemano que abocaba a la subsistencia y a la mera repetición de los roles que el ambiente definía. No resultaba fácil huir del peso de las tradiciones, las creencias o las costumbres. Ni de la omnipresencia de elementos familiares que podían hacerte sentir una traidora a los tuyos. Edna O´Brien no solo sorteó a modo personal todos estos escollos sino que hizo que sus protagonistas, sobre todo los de su rompedora trilogía "Las chicas de campo", dieran también el mismo salto mortal para caer en un vacío elegido libremente. La contrapartida entre libertad o falsa seguridad está presente en toda su obra. Y la necesidad de elegir comporta, como no puede ser de otro modo, la asunción de responsabilidades sobre una misma y su destino. 

La literatura irlandesa es un riquísimo vivero lleno de ejemplos maravillosos. Dentro de ese conjunto Edna O´Brien tiene su propia luz, su propio sentido, su propia manera de ver y de representar, por medio de la palabra, los universos propios y extraños. En su obra hay que seguir un cierto orden lector, porque ello puede aportarnos más claves y más conocimiento: "Las chicas de campo", "La chica de ojos verdes", "Chicas felizmente casadas", son su trilogía inicial (publicada por Errata Naturae), la que comienza a publicar y a escribir en los años cincuenta. Transgresoras, duras, difíciles, tiernas, complejas, entregadas, generosas, trágicas a veces, cómicas también, sus protagonistas Caitleen y Baba tienen toda la fuerza de la autora y son, cada una de ellas, complementaria a la otra, como dos caras de una misma moneda. La dura reacción con la que fue recibida su obra en su tierra natal, con quema de ejemplares incluida, nos da buena cuenta de la dificultad de publicar acerca de lo que se tiene tan a mano y que te provoca unas reacciones tan adversas. Esa forma de espantar sus visiones más terribles de la mano de la literatura es la prueba directa de la unión, de la mezcla, de los lazos que, en Edna O´Brien, unen su vida y su obra. 

Porque no se trata de convertir en literatura la historia de su tiempo sino de ver cómo el telón de fondo influía en la vida de las personas, en concreto, en la vida de unas muchachas que, como ella, solo buscaban cierta clase de felicidad que se antojaba imposible y llena de aristas. 

Los cuentos incluidos en "Objeto de amor" (editorial Lumen) una preciosísima recopilación de historias cortas, cada una de ellas llena de sentido y de belleza, son el siguiente paso para la comprensión literaria de Edna O´Brien. Sus múltiples temas convergen en una forma de narrar directa, concisa pero, a la vez, detallista en lo emocional y llenan de imágenes que evocan  lo que no pudo ser y lo que nunca será. Imaginación pegada a la verdad, como suele ocurrir con las grandes obras literarias. Estos cuentos son menos conocidos pero su lectura resulta crucial para hacerse cargo de algunos aspectos de su vida y su obra que se manifiestan aquí a modo de juego, como si hubiera otra forma de expresarlo. Además de los cuentos aquí incluidos, hay otra edición de dos relatos largos, "Noche" y "Agosto es un mes diabólico" (ediciones DeBolsillo) en los que la sexualidad, la fuerza de la intuición y de los instintos nos traen reminiscencias de D. H. Lawrence. 

Después de eso hay un par de libros que, con temáticas diferentes, mantienen siempre la llama de la reivindicación de la libertad frente a las imposiciones ajenas. De un modo o de otro esto ocurre en ambos, "Un lugar pagano", reminiscencias de su propio origen, y "Las sillitas rojas", donde vuelve la vista a una historia que contiene todos los elementos mágicos de su propia tierra. Ambos libros han sido publicados, al igual que su trilogía, por la editorial Errata Naturae. 

Por último, no te puedes perder sus Memorias, tituladas así "Chica de campo" a la que llegas ya con un cierto bagaje si has leído sus libros y que te explican y recuerdan, a modo de mosaico completo, todo lo que has podido encajar en sus lecturas. Resulta una narración vibrante, entretenida, llena de fuerza, porque la vida de Edna O´Brien no desmerece lo que cuenta en su ficción, antes al contrario. Son Memorias en las que verás aparecer a personajes que no esperabas y que mantienen un suspense muy especial por la forma en la que ella narra los acontecimientos, sin excusas y sin esconderse. Y no es fácil, en el recuento de una vida, ser capaz de asumirlo todo.  Su publicación también corresponde a Errata Naturae. 

A Edna O´Brien hay que conocerla por muchas razones. Estas son algunas de ellas: Porque no es posible entender la evolución de las mujeres desde la mitad del siglo XX sin conocer su obra y sus connotaciones. Porque su forma de narrar es un toque de atención para que miremos en cierta dirección que, quizá, se nos había escapado. Porque la belleza de su estilo, es conmovedor y, al tiempo, potente. Porque Irlanda y sus contradicciones son un telón de fondo que no se puede dejar se conocer. Porque nos vamos a identificar con los sentimientos intemporales de sus protagonistas, todas ellas mujeres que pretenden encontrar algo que ni siquiera saben si existe. Porque es la vida misma. 

(Los múltiples enlaces del texto conducen a entradas de este blog dedicadas a Edna O´Brien)

lunes, 15 de julio de 2019

Llanto


Lo único que recuerdo de aquellos días es el llanto. Fueron muchos meses, todos ellos cargados de una penetrante ausencia que se manifestaba en cada cosa. Pero es el llanto lo único que recuerdo. Una sensación de desamparo y las constantes lágrimas que acudían sin permiso. Recorría despacio el camino que me separaba del trabajo y lloraba. Volvía a casa después de intentar hacer algo, casi sin conseguirlo, y lloraba. Me sentaba delante de la televisión y lloraba. Cogía un libro y lloraba. Tomaba mi bolígrafo y mi cuaderno, para acabar llorando. Así, no recuerdo otra sensación ni otro sentimiento. Solo el llanto firme, fluido, capaz, poderoso, se ha mantenido en mí como una memoria infinita. No puedo saber qué comía ni cuándo, ni qué hablaba ni con quién, ni qué pensaba ni adónde miraba, ni cómo me sentía. Solo el llanto es el reflejo de la presencia ausente. Solo el llanto era un compañero eficaz y diario. Solo podía llorar a cada instante. Es el llanto el recuerdo más nítido, el único, el recuerdo total. 

¿Dónde estaban las rosas? Yacían sin tino en un rincón del jardín y nadie las cuidaba. Perdieron el color y la forma, desaparecieron en un vacío continuo en el que nada era cierto. Las veía deshojarse y no podía parar su deterioro. Sola el llanto las regaba sin intención. Solo el llanto se movía en torno a ellas como una noria imparable. Era el llanto el espejo en que solía mirarme aquellos días, los meses, el tiempo de la oscuridad sin fin. 


(Pinturas de Francine van Hove)

domingo, 14 de julio de 2019

La señora Dalloway y yo misma


(Foto: Nina Leen)

"La señora Dalloway decidió que ella misma compraría las flores. Sí, ya que Lucy tendría trabajo más que suficiente. Había que desmontar las puertas; acudirían los operarios de Rumpelmayer. Y luego !qué mañana! pensó Clarissa Dalloway: tan fresca como para regalarla a los niños en una playa. ¡Qué placer! ¡Qué zambullida! "

El despertar de Clarissa Dalloway es una buena nueva. Antes de saltar de la cama ya tiene en la cabeza algunos encargos, algunos detalles, todos ellos para la fiesta que tiene previsto celebrar. Las reuniones son para Clarissa la columbra vertebral de su vida, aunque a veces nota cierto cansancio. Puede haber visitas inesperadas que sean complicadas de manejar y a ella le gusta tenerlo todo controlado. Incluso lo que otros puedan pensar o decir. Incluso lo que otros puedan sentir. Pero, antes de eso, puede echar un vistazo al día, a su horizonte, y sentirse satisfecha. Salir a la calle en busca de los adornos que van a complementar su precioso salón o su terraza es una forma de afirmarse en ella misma y de entenderse, a pesar de todo. 

Así que este es otro día. El día amanece sin disculpas. Hay un cielo azul estallante que no recuerda en nada a la tormenta de los días pasados. Parecería que ha logrado arrastrarlo todo y convertir el verano en otra cosa. No hay nubes, todas se han desplazado sobre el mar y ahora la ciudad aparece como si acabara de lavarse la cara. El sol tiene cierta timidez, no quiere avasallarnos, nos da una tregua, porque sabe que, en cualquier momento, su presencia nos va a condicionar y a convertirnos en seres sin elegancia, que transitan despacio, debajo de los soportales. 

"Había multitud de flores: espuelas de caballero, guisantes de olor, ramilletes de lilas, y claveles, montones de claveles. Había rosas; había lirios..."

Había rosas, desde luego. Eran pequeñas y de tallo corto. Rosadas y también amarillas, formando un contraste inusual. Las rodeaban pequeños copos de azahar, como si hubieran caído en una nevada imprevista. El azahar era el verdadero protagonista del día. Todo se organizaba en función del azar, de su significado, de su presencia allí. También era rosa, como las rosas, mi vestido, que llevaba una gran lazada verde, al estilo de los trajes de los años veinte. Ambos, el vestido y el lazo, eran de piel de ángel. Tenía forma de túnica y se rizaba en los hombros, dejando al descubierto los brazos, unos brazos preciosos, dorados, firmes, tersos, de veinteañera esperanzada. 

"Era entre las seis y las siete cuando todas las flores-las rosas, los claveles, los lirios, las lilas-resplandecían; blancas, violetas, rojas, naranja intenso..."

Los lirios eran de tallo largo, azules pero no demasiado, casi violetas pero sin llegar a serlo. Llevaban un lazo gris que colgaba hasta el suelo, llegando al borde del vestido en un tono celeste mar antiguo, como si fuera una estampa inglesa. En esta ocasión, la boda era al lado de la playa y se notaba el son del mar, las olas que rompían y también la ausencia. Era una boda ausente, hecha por amor al que se había marchado. Un chal de tonos azules y grises me envolvía y el viento hacía que se moviera sin recato. Era una especie de levante luchando contra el sur, una pelea desigual que siempre acaba ganando el viento del este. 

"Como una monja que vuelve a su retiro o como un niño que explora una torre, subió las escaleras, se detuvo junto a la ventana y entró en el baño. Allí estaba el linóleo verde y un grifo goteando. Un vacío en el corazón de la vida"

El sol se ha detenido en la terraza, no tiene permiso para adentrarse en la casa, no ahora, en el verano, cuando está seguro de que nunca sería bien recibido. Es el sol el único que se asoma y que se retira, que se marcha, sin querer molestar el silencio  que solo se interrumpe por el goteo de las manos sobre el ordenador. Apenas un ruido leve. El corazón siente el vacío de todas las ausencias. Como si la vida pasara de largo o se detuviera solo el tiempo justo, el tiempo preciso para hacerse notar. Espectadora de tiempos que nada significan, sabiendo cierto que, detrás de estas horas, el resto de las horas tienen la misma mansedumbre vacía. 

(Textos entrecomillados de "La señora Dalloway" de Virginia Wolf)

sábado, 13 de julio de 2019

Como una isla


(Fotografía de Nina Leen)

Has guardado los lápices de colores, los cuadernos, la goma de borrar y el bocadillo. Lo has colocado todo a buen recaudo, en una de esas bolsas transparentes, cuajadas de bolitas, que recuerdan otros tiempos, otras modas, otros usos. Has recorrido un espacio indeterminado, un camino inhóspito, un mundo que antes no existía y allí has esperado que el tiempo pase, que los días se acorten y las noches amanezcan a las seis de la tarde. Eres una isla de silencio y no quieres que estorbe tu serena inquietud nada que sea, otra vez, peligroso o inexacto. No tienes nada que decir, ni preguntas que hacer, ni huella que seguir. Evitas todo lo que suponga volver a ilusionar cualquier segundo, volver a cruzar la ciudad o el pueblo con la cabeza erguida en busca de una voz que suena hueca. Así, en tu isla, has vuelto la cabeza a todo lo que era un dramático sueño convertido en ironía sin nombre. Has encontrado una postura cómoda: nada que comprender, nada que odiar, nada que perseguir. Y ahí, sin otra cosa que palabras que nada significan, agotas el tiempo del reloj y ves pasar las olas. Olas firmes, olas de soledad, olas de agua de lluvia, olas de no estar en las cosas, olas de color imposible. Al menos, no volverá la seca, enorme, brusca, noticia de esa negativa perpetua. Que marche dondequiera, pero que no refleje ninguna sensación que pueda oírse. 

viernes, 12 de julio de 2019

Dos hombres y una partida de póker


Una cosa es ser un timador de poca monta, simpático y tal, y otra muy distinta un gángster que va asesinando gente y abusando de los pobres incautos. Esta diferencia fundamental es la que marca el punto de partida de “El Golpe”, la película de 1973 en la que la pareja Redford-Newman decide hacerle la competencia en química masculina a Walter Matthau y Jack Lemmon. Ya me diréis cuál de las dos os parece digna del cetro. 

En Illinois la cosa funciona, en estos años treinta del siglo XX, a base de policías que miran para otro lado, de malvados con posibles y de enclenques vividores de todo a cien. Hay otro subgénero, el de los estafadores retirados, maestros del buen vivir y consejeros áulicos de los nuevos aspirantes a delincuentes. De Joliet a Chicago, durante unos meses del año 36, se va a poner en marcha una detallada, inteligente y sistemática venganza de los marginados contra el todopoderoso Doyle Lonnegan, que, en la película, tiene toda la pinta de ser Robert Shaw. 


Si eres Lonnegan y te cargas a un tipo sencillo y ladrón llamado Luther Coleman, que resulta ser amigo de Johnny Hooker, impulsivo, nervioso y con ganas de bronca, entonces puedes meterte en un lío descomunal. Debiste pensarlo antes, Lonnegan. Porque la muerte de Luther abrirá la espita de la amistad y entre los timadores y estafadores de esta parte del mundo la amistad es algo sagrado. Tendrías que saberlo. 

El contrapunto del ansioso y demasiado joven Hooker no es otro que Henry Gandorff, cuarentón y gurú del timo, que imparte lecciones prácticas de cómo vivir sin doblarla, desde su dorado retiro. Comparado con Hooker, Gandorff es el hombre tranquilo. Y eso que no es irlandés, no ama a Maureen O´Hara ni se llama John. Ambos, el joven y el menos joven, se conocían desde antes. Sin ir más lejos, se parecen sospechosamente a Redford y Newman en la película “Dos hombres y un destino”, dirigida también por George Roy Hill. Cosas del cine. 

Concebir un plan para darle su merecido a Lonnegan precisa casi tanto ingenio como escribir el guión de esta película, pero, que se sepa, el autor de la historia y de los chispeantes diálogos, es decir, David S. Ward, no era aficionado a las carreras de caballos, ni a las apuestas, ni en su historial se conoce timo alguno, salvo, quizá, la argucia de quedarse con el respetable a la hora de escribir el desenlace de la película, un final sorpresa que, cuando ya las has visto, se convierte en un final esperado ante el que pones la misma cara boba que un enamorado cuando la chica de sus sueños aparece en la cita vestida de rojo cereza. 


Más de treinta secundarios se mueven al compás de los actores principales, Redford y Newman en su mejor estado de forma. La música, que Marvin Hamlisch dirigió tomando algunos temas de Scott Joplin y añadiendo composiciones originales entre las que no falta el clásico toque de piano sincopado de la segunda mitad del siglo XX, es uno de los ingredientes que contribuye a crear ese estado de gracia permanente en la que la acción transcurre. Una coreografía perfectamente engrasada, montada con talento y disciplina y con una dirección artística que huye del estereotipo y se fija en los detalles. Ni que decir tiene que una parte fundamental de toda esta precisa ambientación es el diseño de vestuario que firma la grande, grandísima, Edith Head. Cualquier película con la Head al mando de la costura es un tiempo aprovechado. 

Interiores de los Estudios Universal y exteriores de Los Ángeles, Pasadena, Santa Mónica y Chicago, se mezclan en un montaje modélico, de manera que los aspectos técnicos están organizados con la sabia eficacia de quien se considera un artesano y no un artista de la exquisitez.

Con algunas escenas memorables que todos los que la han visto recuerdan y que dejan admirados a aquellos que, por primera vez, se acercan a este film, el desarrollo argumental hace delicados equilibrios entre un plan estructurado y una constante sorpresa. Evidencia y asombro son los ejes en los que el guión se columpia y que, en el momento final, ocasionan esa abierta sonrisa que los espectadores dibujan en su cara, señal inequívoca de que se han divertido, de que han disfrutado. Y eso es todo, amigos. 

Sinopsis: 

Joliet (Illinois) 1936. Johnny Hooker (Robert Redford), guapo, joven y demasiado impetuoso para ser un malvado, engaña, con el auxilio de su colega de andanzas timadorescas Luther Coleman (Robert Earl Jones) a un esbirro de segunda fila del gánster de primera fila Doyle Lonnegan (Robert Shaw). Cuando Luther muere, Hooker se lanza a la búsqueda de un experto en casi todo, Henry Gandorff (Paul Newman) y juntos traman una sutil venganza digna de la puesta en escena de una ópera burlesca en cualquier teatro de Viena. 

Algunos detalles de interés:

La película “El Golpe”, de título original “The Sting”, rodada en 1973, está basada en hechos reales que se recogieron en la obra “The Big Con: The Story of The Confidence Man”, de 1940, cuyo autor fue David W. Maurer. Se estrenó simultáneamente en Nueva York y en Los Ángeles el día de Navidad de 1973. 

George Roy Hill dirige la película, que contó con un presupuesto de cinco millones y medio de dólares, con el concurso de David S. Ward (guión), Marvin Hamlisch (banda sonora), Robert Surtees (fotografía), Edith Head (diseño de vestuario).

El reparto estaba encabezado, como ya hemos escrito, por Robert Redford y Paul Newman. Los secundarios son Robert Shaw, Charles Durning, Ray Walston, Eileen Brennan, Harold Gould, Dana Elcar, John Heffernan, Charles Dierkop, Dimitra Arliss, Robert Earl Jones, Lee Paul, Avon Long. 

La película fue nominada a diez especialidades en los Oscar. De ellos, consiguió siete estatuillas. Seguramente la mejor noticia fue, sin embargo, la inmediata y generosa acogida de un público que la sigue considerando una de las mejores películas de la historia del cine y que la vuelve a ver sin cansancio y sin apreciar indicios de envejecimiento, algo tan difícil en las películas de los años setenta. 

Las lecturas que pueden hacerse de “El Golpe” son, indudablemente, muchas, como ocurre con todo el cine de calidad. Pero no pueden soslayarse emociones y sentimientos como la amistad, la lealtad, la ayuda mutua, el sentido del humor y la venganza que, a modo de David y Goliath, emprenden los pequeños timadores contra los malvados gigantes. En este sentido, la película es un cuento, un cuento tan real como la vida misma. O tan irreal. Porque a todos nos gustan los finales sorpresa. 

jueves, 11 de julio de 2019

Conversaciones


Éramos un montón de chicas y siempre había algo de lo que hablar. No solamente de vestidos, zapatos, adornos para el pelo o rebajas. También manteníamos sesudas charlas sobre el futuro, los amores contrariados, los pensamientos lúgubres y nuestras madres. Todas teníamos madres con mucha personalidad, de esas que nunca se callan si llega el momento, de las que te dicen a la cara lo que piensan de esa ropa que te has puesto: "No entiendo cómo piensas salir así a la calle". O reparan en el maquillaje que llevas: "¿De verdad te ves guapa con ese aspecto de actriz en alfombra roja?". Así eran nuestras madres. Veloces a la hora de reñir, perspicaces para adivinar que esa falda antes no era "tan corta". Dispuestas a saltarse las normas si era preciso para lograr enterarse de nuestras conversaciones. Animosas en los momentos más difíciles. 

La única forma que teníamos de entendernos a nosotras mismas en ese tiempo tan difícil de la adolescencia era la charla. Conversamos a todas horas. Los días de colegio había que esperar a tener un hueco en la agenda. Por eso la época triunfal era el verano. Ahí no nos detenía nada. Las palabras sonaban con su runrún continuo, de una casa a otra, de una acera a la de enfrente, por las azoteas y en la esquina de la calle, en ese lugar en el que había un par de bancos de hierro enfrentados y que tomamos como nuestro. Era el territorio de las confidencias y nadie iba a echarnos de allí.


Lo mejor eran las noches, a la luz de una luna que nunca se mostraba remisa a escucharnos y sin que hubiera oídos de mayores que nos pudieran detener en nuestras pesquisas. Indagábamos acerca de casi todo y no había acontecimiento que no supiéramos descifrar. Detectives en busca de respuestas, filósofas avezadas, cotillas irremediables, todo eso éramos. Nunca había prisa por acostarse y siempre quedaba un misterio por aclarar que amanecía con nosotras a la mañana siguiente. Nuestra calle era un lugar lleno de aventura, de historias que exigían un comienzo, un planteamiento, un final. Era un espacio único, soleado, enorme y cubierto de ese tono húmedo de las islas, ese aire callado del mar cuando está en silencio, esa espesa sinceridad de los abrazos.


Celina y yo vivíamos tan cerca que era posible hablarnos a través de las ventanas. Nos sentábamos mientras compartíamos la última de nuestras desventuras. Todos nuestros amores eran fallidos. A los chicos del club les parecíamos unas niñas y se fijaban sobre todo en las más mayores, las que iban ya con tacones y unos escotes importantes. Nosotras teníamos demasiadas ganas de crecer pero esto hacía que el tiempo pasara mucho más despacio, así que todo se nos iba en quejarnos, aunque de manera elegante. No éramos románticas, sino guerreras. No nos gustaba sufrir en silencio, sino ejercitar el arte de intercambiar poemas, de prestarnos la ropa para tener así la excusa de hablar y, sobre todo, de explicar con todas las palabras del mundo lo que sentíamos por este o por aquel.


Las mañanas del verano tenían sus momentos de playa. Nos tumbábamos al sol, antes de lavarnos el pelo con cerveza para que brillara más, y sentíamos los rayos que nos iban a convertir en unos rosados melocotones o en unas morenas con aire caribeño. La playa era también paseos, risas, bocadillos, toallas confundidas, cremas pegajosas y arena que se levantaba sin permiso cuando comenzaba a soplar el levante. Algunas veces llovía en la playa y salíamos corriendo para cubrirnos con las toallas y, allí debajo de la sombrilla, seguía la conversación sin pausa. Nuestros corazones necesitaban abrirse y las frases se construían solas. Todas nos quitábamos las palabras de la boca y todas queríamos tener la ocurrencia más exacta para que el desamor, la pasión o las dudas, se hicieran más llevaderas.

Celina, Jimena, Lucy, Estrella, Ana Gema, Lola, Bea, Luz María y Carmen Rocío. Todas tenían la misma forma de prestar su atención a aquello que nos hacía infelices. Todas escribían palabras de consuelo en postales que se abrían dentro de sobres encarnados. Todas lloraban a la vez si alguna perdía algo irremplazable. Y guardaban, no sé donde, la misma esperanza de que, pasado el tiempo, cada una de nosotras tuviera cerca a alguien que escuchara sin cansarse la música de fondo de esa tristeza de cada día.


(Fotos: Nina Leen)

domingo, 7 de julio de 2019

"La tienda vintage de Astor Place" de Stephanie Lehmann


El libro tiene cuarenta y tres capítulos. Los pares corresponden a la historia de Olive Westcott y transcurre a principios del siglo XX. Los impares son de Amanda Rosenbloom y tienen lugar un siglo después. Si te gustan las tiendas vintages, la ropa vintage, los complementos, adornos y detalles vintage, este libro también tiene su encanto. Los libros que hablan de moda mantienen su aroma aunque la ropa haya dejado de llevarse. Y es que, en realidad, las modas vuelven y, sobre todo, la moda no es solo moda, es una forma de vivir, de presentarse al mundo, de intentar sortear las dificultades de la vida. Tú misma lo notas. Si no tienes ganas de estrenar ese atuendo que cuelga de tu armario hace algún tiempo es que las cosas no marchan como debieran. En cambio, ya sabes que la ilusión se combina a veces con la búsqueda de una prenda especial, de un broche que te atrae especialmente, de un sombrero de paja para el verano, de un foulard o un adorno para el pelo. El mundo femenino está en el libro y está en tu vida. Ambas cosas tienen que combinarse para que resulten frescas y muy atrayentes. 

El argumento se desarrolla en Manhattan. Todos tenemos en nuestra cabeza una idea de Manhattan que puede ser real o no, aunque eso no importa. Te la imaginas con ojos de mujer ejecutiva que lleva en el bolso los zapatos de tacón mientras cruza los puentes con zapatillas. O con el aire indeciso de quien va a buscar su primer empleo. O de las modelos fotográficas que se prueban vestidos sin parar. O de las limusinas que trasladan a los altos mandamases de cada uno de los enormes rascacielos. Un despacho en el piso 50 de Manhattan significa que has triunfado en algo, lo que sea. La protagonista del libro, Amanda, tiene una tienda vintage en Manhattan y disfruta con su trabajo, pero, como nada en la vida es perfecto, sobre todo si ambicionas ser feliz, hay huecos que no ha conseguido llenar. Así que es providencial que encuentre en la casa de Jane Kelly un baúl que contiene el diario personal de Olive Westcott. No hay tiempo cuando hablamos de emociones, deseos y amoríos. No lo hay ante las dificultades de la vida. Un libro, un diario, un testimonio, por muchos años que tenga, enlaza contigo y con tu corazón. Ese es el secreto de la amistad entre las personas. Hallarse y descubrirse. 

La tienda vintage de Astor Place. Stephanie Lehmann. Ediciones Maeva. Colección de bolsillo. Traducción de Jofre Homedes Beutnagel. Título original Astor Place Vintage. Publicación del original 2013. Publicación de esta traducción 2015. 

sábado, 6 de julio de 2019

Cucarachas


(Fotografía de Bruce Davidson)

Una vez tuve una cita la mar de interesante. Tenía todos los condimentos para resultar uno de esos encuentros sobre los que una escribe en su diario, con letras cursivas y con muchas exclamaciones. Muchos oh, ah y guauuuu. Era bastante lejos pero me tomé mi tiempo y mi tren. Me puse un vestido rojo que solamente llevo en ocasiones especiales (esta lo era) e incluso unas sandalias muy altas. Tuve la tentación de guardar las sandalias en una mochila y ponérmelas al llegar, pero me pareció horroroso, porque no encajaban mi vestido elegante y mi cluch color champán con una mochila de Adidas. Así que aguanté todo el tiempo las sandalias, que eran de una de esas marcas que se anuncian en Internet con unas chicas de pies perfectos que parecen volar. Cuando te las colocas, observas que el dedo gordo empieza a quejarse y cuando te las quitas todos los dedos cantan al unísono una canción que no podrás olvidar: Ay, ay, ay, quítame esto de encima para siempre...O algo así. 

El caso es que yo iba bastante animosa. Y eso que era verano y hacía un calor horrible. De esos días de calor en los que el cielo está gris, porque hay una calma pegajosa como la que se ve en las películas. Creo que yo misma pensé que estaba dentro de una película y que alguien iba a aparecer para decir "!!!Corten!!!" en el momento más inoportuno. Una película con Sidney Poitier, en plan policía de esos que van súper bien vestidos, con trajes de marca. O con un intocable como Kevin Costner, buenísimo en todos los aspectos. Pero el andén estaba vacío y las calles vacías, así que las cámaras debían ser como las de Supervivientes, en plan oculto a ver si pillo a la Pantoja en un momento celestial. Nadie se atrevió a coger ese tren en ese sitio y me imagino que nadie andaría por la calle con esa temperatura. Solamente yo, mi vestido rojo, mi cluch color champán, mis imposibles sandalias y un libro para distraerme. El libro era de una de las escritoras inglesas que suelo leer y resultaba bastante refrescante porque trataba de suaves amaneceres en campiñas inglesas libres de turistas y también de confortables salones con sofás de flores y tazas de té muy frío. Cuando comparaba la situación de la protagonista con la mía me dio la impresión de que quizá no había escogido el libro adecuado. Hubiera sido más propio elegir "El conde de Montecristo" o "Los miserables" por ir en la misma onda de situaciones climáticas desfavorables. Pero pesaban mucho y, además, yo soy muy optimista. 

Llegar a la ciudad de la cita fue emocionante. Seguía el calor pero, como era un sitio de playa, aquí estaba acompañado por el viento. No era un viento tipo "suave brisa que mece tus cabellos" sino un viento infernal, uno de esos vendavales que más bien deberían llamarse "ventoleras". Dudé de mi peinado y de si no habría debido usar laca (lo cual es problemático porque no tengo laca en casa y no creo siquiera que eso se venda todavía) pero la perspectiva del encuentro sirvió para que todo esto fuera papel mojado. Nada iba a detenerme en mi ansia de romanticismo a la carta. Así que llegué al local donde había quedado con mi desconocido, mi amigo virtual o como queráis llamarlo, y resultó ser una coqueta terraza, cerca del mar, con unos farolillos japoneses colgados de cañas pintadas de blanco, a modo de iluminación, apagados porque era solo por la tarde, desde luego, y unas camareras muy enjutas, de esas del tipo "soy una rubia cañón y a ver qué pasa con eso". Nada que decir, queridas. 

Mi citante se retrasó una media hora. Si yo fuera una persona de autoestima alta me habría enfadado al ver qué pocos modales se gastaba. Incluso hubiera llegado a pensar que debería haber ido a recogerme a la estación. Hay hombres que son así de atentos. Pero como tengo una inseguridad bastante acentuada, me conformé con que llegara y con que no me preguntara cómo había sido el viaje, ni qué quería tomar, ni cómo estaba, ni siquiera con que no soltara ni un leve piropo, con su poquito de falsedad incluida. Nada. El individuo (ahora le llamo así, una vez comprobado que de príncipe azul solo tenía el color de la camisa), una vez hubo llegado a la mesa y antes de sentarse, vio, con ojo de lince, a pesar de que tenía unas horribles gafas de miope (no se parecía en nada a la foto de perfil, tendría que haberle pedido la hoja de reclamaciones) que en torno al suelo de la mesa había una elegante cucaracha, de notables proporciones, acompañada de otras amigas de menor tamaño pero con las mismas intenciones de no marcharse de allí ni con TNT. ¿ O era DDT?. El caso es que resopló, juró, perjuró, soltó unas cuántas interjecciones peligrosamente juntas, se tiró del pelo en gesto de cabreo, movió la mesa con cierta dosis de rabia y posó (es un decir) una de las patas de la misma sobre uno de mis pies. Aclaro que todo esto lo hizo el individuo, no la cucaracha. Ni que decir tiene que mi interés en ser una señorita de provincias cuajada de modales palaciegos se vio tristemente mermado por este ataque intempestivo. Lancé un "!!!Joder, qué coño haces...!!!" que todavía sigue sonando en mi cabeza. El tipo se alejó por dónde había venido y yo, ahora sí, esperé al siguiente tren con la tranquilidad del deber cumplido. 


(Fotografía de Fred Herzog) 

viernes, 5 de julio de 2019

"La analfabeta" de Agota Kristof


Treinta páginas escasas forman el relato autobiográfico de Agota Kristof que se recoge en este libro, de título expresivo "La analfabeta". Once capítulos y un prólogo explicativo que nos sirven para atisbar siquiera la peripecia vital y literaria de alguien que tuvo una infancia feliz y que pasó a convertirse en una refugiada por los avatares políticos de un tiempo convulso. 

El tiempo en el que vives condiciona al extremo tu vida, es una de las consecuencias del libro. La lengua es el elemento que te une a la gente que tiene tus mismos orígenes. Si pierdes el don de entenderte, entonces te conviertes en un exiliado de ti mismo. Hay tantos exilios como momentos de soledad, como lazos que se rompen, como amigos que se pierden, como familia que se aleja, como paisajes que se olvidan. 

Agota Kristof nació en el año 1935 en Hungría y cuando los soviéticos invadieron su país tuvo que huir. Corría el año de 1956. Tenía veintiún años, un esposo y una niñita. Su llegada a Suiza supuso, a la vez, la tranquilidad de una vida sin sobresaltos policiales y, por otro lado, el desarraigo, el abandono de todos los referentes en los que su vida se había anclado hasta ese momento. 

Entre esos referentes, el principal, el idioma, la lengua, la capacidad de comunicarse y hasta de pensar. De ahí el título del libro. Agota Kristof que había escrito desde siempre en su tierra natal, se encuentra incapacitada para seguir escribiendo en el idioma de acogida, el francés. Tuvo que empezar, por tanto, de cero, como si acabara de nacer.

Así, tiene que comenzar su aprendizaje, para hablarlo, leerlo y escribirlo, los tres elementos básicos del dominio de una lengua. 

Como hacen los alumnos al enfrentarse a una lengua extranjera, a marchas forzadas, con cursos nocturnos, atrapando al vuelo lo que se decía en la fábrica en la que trabajaba, Kristof recupera poco a poco la facultad de expresarse y así comienza a desarrollar su carrera literaria en lengua francesa. En esa carrera hay poemas, ensayo y novelas. La primera de sus novelas fue "El gran cuaderno" y la publicó cuando  contaba con 52 años, en 1987. El éxito de sus obras ha hecho que se traduzcan a más de treinta idiomas, lo que quiere decir que, al fin y al cabo, la lengua se convirtió en lenguas y los lectores que piensan, hablan y escriben en otros idiomas han tenido acceso a las historias de esta mujer desarraigada, a ella misma. Cuando murió, en 2011, era ya una autora reconocida. 

La editorial Alpha Decay ha tenido el acierto, en su colección Héroes Modernos, de traducir y acercar al público este librito, que recoge aspectos cruciales para poder entenderla, escritos de una forma tan sencilla, cercana y directa que no rezuman odio ni venganza, sino simple y llanamente, la exposición de unos hechos irrefutables. La importancia de la lengua como elemento de comunicación entre los hombres y como forma artística de expresión para los escritores es un aspecto que aquí aparece tratado de forma cotidiana.

Lo entendemos porque nos ponemos en la piel de la escritora, en su día a día, en su manera de afrontar la vida que tuvo que construirse lejos de su país. Demasiadas veces olvidamos ponernos en la piel del trasterrado, pero, en este caso, el argumento es contundente. El hilo de oro que une a los hombres que piensan igual porque hablan el mismo idioma es tan débil que, si se rompe, puede llegar a destruir todo lo que eres. 


Reseña bibliográfica: 

"La analfabeta" Relato autobiográfico
Autora: Agota Kristof
Traducción: Juli Peradejordi
Prólogo: Josep María Nadal Suau
Editorial: Alpha Decay
Colección: Héroes modernos

jueves, 4 de julio de 2019

Verde Irlanda, rojos cabellos


Esos personajes que, después de llevar una vida de conflictos y violencia, vuelven a sus lugares de origen y se convierten en mansos corderillos me resultan muy atractivos. Ya conocéis el tipo: gente que ha sido marine, policía, ranger, pistolero o asesino a su sueldo. Gente que un día decide abominar de su pasado y recoger sus trozos para encontrarle un nuevo sentido a la vida en un paisaje idílico, en su ciudad levítica o en su pueblo familiar. Hombres tranquilos que guardan las armas y se convierten en paradigmas de la no violencia. Incluso cuando les provocan, ellos se contienen y ofrecen la otra mejilla, todo con tal de no volver a sentirse presos del ardor violento que, en su otra vida, han practicado con enorme convicción. 

A veces, estos hombres recalan en parajes líricos, lugares bellos donde puede esperarles alguna sorpresa. Hay sorpresas de largos cabellos rojos, de ojos verdes y cuerpos briosos. Entonces el estallido está asegurado, no el violento, que ese se encuentra a buen recaudo, sino el otro, el sensual, el emotivo, el amoroso. En uno de esos encuentros se hallan Maureen O´Hara y John Wayne y ya tenemos una película de John Ford. Como esta, “El hombre tranquilo”, de 1952, un clásico de la mejor especie. Una mezcla de drama, comedia, aventura y transparente poesía. 


Sean Thornton, el exboxeador yanqui que llega a Innisfree, en la suave costa irlandesa, verde y misteriosa, colmada de leyendas y de tragedias sin escribir, es un hombre herido. Sus heridas no se ven, aunque se intuyen. Y las conocerá primero el espectador, en una suerte de complicidad afectuosa que el director trama para que nadie se sienta defraudado. Mary Kate Danaher es una temperamental pelirroja, una mujer que acepta las tradiciones que dirigen la vida del pueblo, pero que lo hace con una pizca de orgullo, con independencia y con criterio propio. No es una feminista, pero tampoco es una sumisa chica casadera que espera su oportunidad. El tercero en cuestión es el bravucón “Red” Will, el hermano de ella, un tipo escasamente cultivado y tan apegado a la tierra como los propios caballos que surcan la playa en esa carrera que revive cada verano Sanlúcar de Barrameda en el paraíso atlántico al que vuelvo sin remedio. 

Un hombre honesto que guarda un secreto se enamorará de una mujer respetable y seductora. Es una historia de amor la que se aparece en el trasfondo de la película, pero también es un crisol en el que se mezclan con desigual suerte las costumbres antiguas, las carabinas que acompañan a las parejas, las dotes que han de llevar las novias, la pretendida obediencia femenina a los designios de sus parientes masculinos y, en fin, todo aquello que conforma la escritura pequeña y cotidiana de un pueblo anclado en tiempos pretéritos. 

Sin embargo, no hablaríamos de “El hombre tranquilo” si no aludimos también a la tolerancia, la solidaridad, la amistad, la sinceridad y el respeto que trasmina la obra. Como si fuera posible que en el fondo todos los seres humanos pudiéramos sentirnos inmersos en la misma aventura vital, católicos y protestantes simbolizarán un encuentro pretendido, un ansia de comunión más allá de las diferencias. Y, al fondo de todo, la silueta imponente del hombre que guarda en sus puños el doloroso eco del pasado que no debe volver por mucho que otros o todos se empeñen. La recompensa está en esa danza delicada que entona Mary Kate cuando, al fin, recupera sus muebles, el símbolo exacto de que es una mujer de una pieza. 


Sinopsis: 

Innisfree, Irlanda, 1933. A su pueblo natal vuelve Sean Thornton, después de llevar una vida complicada en EEUU, como boxeador. Allí conoce a la bella Mary Kate Danaher, de la que se enamora. La complicación surge tanto en la rivalidad de Thornton con el hermano de ella, como en el choque que se produce entre el exboxeador y las costumbres y ritos del pueblo. 

Algunos detalles de interés: 

“The Quiet Man” de 1952 es una película estadounidense dirigida por John Ford. El guión es del propio Ford y de Frank S. Nugent, sobre un relato corto de Maurice Walsh, titulado “Green Rushes” publicado en 1933 en el “Saturday Evening Post”. Los productores, independientes, fueron Merien C. Cooper, G. B. Forbes y John Fordo. La productora fue Republic Pictures. 

La música es de Víctor Young y  Richard Farrell. Es una partitura original con aires celtas y románticos. Incluye canciones populares como “Turalye Anne”, “Galway Bay” y “The Isle of Innisfree”. La fotografía, que plasma magníficamente la belleza rotunda y natural del paisaje irlandés, de su campiña y de su costa, es de Winton C. Hoch and Archie Stout. 

En el reparto John Wayne, Maureen O'Hara, Barry Fitzgerald, Ward Bond, Victor McLaglen, Jack MacGowran, Arthur Shields, Mildred Natwick. 


martes, 2 de julio de 2019

El profesor


Tenía un elegante aire inglés pero, a la vez, parecía trasplantado a la Provenza. Debían rodearlo siempre lavandas y flores silvestres porque brillaba todo cuando entraba en la clase. Era una de esas personas que tienen luz, que nunca dejan mal sabor de boca, que todo lo transforman en una ardiente alegría. Era el profesor y todas lo queríamos. No diré su nombre, ni diré sus apellidos, aunque los tengo presentes como si todavía me sentara en la primera fila de sus clases. Pero anda por ahí, en los setenta, y hay cosas que han de conservarse guardadas, alfombradas de nostalgia en un papel o aquí, en las ondas volátiles de la red. 

Yo era su alumna favorita. Todo el mundo lo sabía. Y esa sensación era única, gloriosa, impresionante, divina, fortísima, especial. Leía los textos cuando me lo indicaba y ponía un cuidado lleno de seguridad, porque nunca reñía ni hablaba de más, ni interrumpía la lectura. Yo era su alumna favorita porque era la adolescente que siempre leía los textos que había que comentar, porque siempre me enviaba a buscar algún libro que olvidaba en la biblioteca y porque daba la impresión de que, al explicar la asignatura, solo se dirigía a mí. 


No era Colin Firth pero se le parecía. Vestía muy bien y sonreía siempre. Usaba camisas con gemelos y unos preciosos zapatos grises de piel que nadie más llevaba. Sus relatos de la historia eran tan potentes que parecía recitar a Shakespeare a cada paso. La voz, rotunda pero delicada, nos hacía pensar en películas de amor y en férreos abogados ganando todos los casos. Bajaba las enormes escaleras y llenaba el espacio. Todas sabíamos que era alguien muy difícil de sustituir en nuestras vidas. 

Una vez nos reencontramos en el paseo marítimo. Me reconoció de inmediato. No has cambiado nada, dijo. Y yo a él, claro está. Tampoco había cambiado. Los mismos ojos grises, el mismo pelo echado hacia atrás y un poco rizado, un poco largo. La sonrisa resplandeciendo. La forma de colocar la mano en la barbilla. Era él y nos sentamos a tomar un café y a recordar viejos tiempos. Me dijo que aquel año fue el mejor de su vida académica. Me dijo que éramos un grupo estupendo. Me dijo: "Aún guardo tus exámenes". A mí me pareció una grandiosa declaración de amor. 

domingo, 30 de junio de 2019

Siempre a mi lado


(Life Magazine. Trafalgar Square. Nina Leen)

¿Sabes esas veces en las que todo se aleja? Las palabras se esconden en la lámpara de Aladino y el genio ha huido. Los sonidos de las palabras se oscurecen, no hay tictac de relojes que anuncien nada, tampoco el tiempo significa alborozo. Se suceden las horas como si fueran una fila de hormigas andando encima de un trozo de papel blanco y liso. Días sin alharacas, vacuos, sin esa sonoridad de la alegría. Amaneceres dudosos en los que el sueño se termina para lanzarnos a un precipicio cuya altura desconocemos. Noches en las que no existe sino una penumbra indistinguible de las sombras. 

Cuando eso ocurre y ocurre muchas veces, porque la vida está llena de golpes, algunos de los cuáles llegan directamente al corazón, es el momento de tener a mano una pócima. Si fuéramos Harry Potter, una simple varita de sauce nos serviría para conjurar el dolor. Si fuéramos Aladino tocaríamos la lámpara y de allí saldría triunfante el genio, con su aspecto retozón y funambulista. 

Pero no somos nadie. O quizá, alguien anónimo, silencioso, perdido. En esos casos, en esos tiempos, en esos años, en esas horas, y, en estos días…ella estaba ahí, está ahí, la reina del crimen, la dama, ella, que con sus novelas te salvó, te hizo sumergirte en un pasadizo secreto que conducía nada menos que al olvido de esa ola negruzca e informe que te aprisiona el corazón sin remedio. Ella, la dama, Ágatha, estaba ahí. Aún lo está. Aún la necesito. 

He leído mil veces todas sus novelas, las que firmó con el nombre de su primer marido, el coronel Christie y las que firmó como Mary Wesmacott. Todas sus novelas, su autobiografía, el libro dedicado a sus cuadernos, todo lo que de ella se ha escrito. Es una vieja amiga. Me la encontraba en las estaciones de tren o de autobús, cuando iba a emprender un viaje. Hallar una de sus novelas, sobre todo si no la había leído antes, era un golpe de suerte, un buen augurio. La he hallado también en mi peregrinaje por las librerías, en esas tardes sólidas de calor, cuando las horas parecen estar detenidas, cuando los trece años se hacen eternos, cuando nada pasa. Esa vez que el chico al que querías sacó a bailar a tu mejor amiga; esa vez que leíste algo que no te gustó; esas veces en las que la preocupación te bañaba en sudor; esas veces en las que no sonaba el teléfono o no llegaban cartas o no silbaban mensajes. Siempre en la retaguardia, sin anunciarse, evitando ser la protagonista, pero siempre ahí. Ella, Dame Ágatha, querida Ágatha Christie, mi amiga. 

Las casas solariegas del sur de Inglaterra se llenaban de crímenes. En todos ellos latía el interés. El dinero como trasfondo, a veces la venganza, o los celos. El detective llegaba y ponía en marcha sus células grises y transformaba el escenario del crimen en una clase de baile. Todos tenían papel en esa partitura y, al final, milagrosamente, encajaba el puzzle y veías la pieza completa. Es este, esta otra, aquel, ella…quién cometió el crimen…la gran pregunta. Pero no solo eso. Sus palabras te traían el olor del té recién hecho, de las pastas doradas y crujientes, del pudding de Navidad, de la carne fría sobre el aparador…No es solamente eso. Sus descripciones te acercaban a la costa de Torquay, a los paisajes verdes de la costa, a los acantilados, a los jardines plagados de plantas de extraños nombres, a los ritos de la tarde y de las celebraciones. Tanto leerla has llegado a pensar que conocías de cerca a todos esos personajes que se mueven en sus libros y que, a pesar de que los años pasan, siguen ahí, cerca de ti, esperando que los abras, que te acerques, que los necesites. Y aún los necesito. 

Si pudiera, te escribiría una carta llena de cursivas y palabras subrayadas y te la haría llegar. Te contaría cuántas veces uno de tus libros me salvó del frío, de la soledad y del miedo. Cuántas veces tus libros me siguen abriendo las puertas de un territorio único que reconozco como mío. Un territorio que no es extraño, ni diferente, ni lejano. Tantas veces se guarda uno las emociones, se guarda uno los sentimientos, los deseos, los aprecios…Si existen amigos que te abrazan cuando necesitas el calor del otro, entonces tendré que concluir con que tengo una amiga, inglesa, escritora y excéntrica que responde a ese nombre. Ágatha Christie. 

sábado, 29 de junio de 2019

No todos podemos ser héroes



¿Otra vez hablando de “Casablanca“? No, por favor, otra vez no.

Una enorme plaza muy concurrida con ese aire abigarrado del Oriente, un lugar cualquiera del norte de África, un sitio de paso. Carreras, gritos, disparos, uniformes, alguien que es perseguido…alguien que cae, policía, ajetreo…¿El hombre que sabía demasiado? Sí. 

Y “Casablanca“…Allí estaba Doris Day cantando “Qué será“ y aquí está Sam con “El tiempo pasará“…

El avión que va a Lisboa sobrevuela la ciudad. La gente alza los ojos al cielo, lo ven pasar, saben que se les escapa una parte de su esperanza. Otra parte sobrevive, intacta, al igual que ellos, con rotos y descosidos en el corazón, pero a la espera…Gente herida sin que se vean los esparadrapos, sin que notemos las cicatrices. La gente herida que no es de ningún bando, o sí, de aquel que les convenga en cada ocasión. Oportunismo, supervivencia… Eso es lo que traen las guerras, ya lo sabemos. 

“La Francia no ocupada les da la bienvenida a Casablanca“. En el local de Rick el tiempo parece haberse detenido en un pasado confortable. La ruleta, la bebida y los vestidos impolutos de los clientes, el atuendo brillante de las chicas…humo, música, mujeres, conspiraciones, gente que espera, mercado negro, miradas ocultas, desconfianza, individuos extraños, babel de lenguas y de intenciones…

“El señor Rick se cree muy especial“ ¿Lo es? Firma un cheque con mano segura y contesta a las preguntas que se le hacen con otras preguntas. ¿Es un hombre seguro? ¿De verdad? Juega contra sí mismo una partida de ajedrez y esa soledad quizá no esconda únicamente una forma de pasar el tiempo…

“¿Dónde estuviste anoche?“ Ivonne tiene un gesto agrio…“No tengo la menor idea“, dice él con displicencia, pero también con cierta compasión disimulada. “¿Dónde estarás esta noche?“ insiste la chica, que no ha aprendido nada todavía de cómo funciona la mente de este hombre…“No hago planes por anticipado“, es la fría respuesta. 


Y es cierto, Rick no hace planes, ni se juega el cuello por nadie, lo que representa, sin duda, “una sabia política exterior“…según la opinión del prefecto, “un oficial corrupto, pero pobre“. No obstante, parece que no es oro todo lo que reluce, o que el oro no brilla y está escondido debajo del acero. “Bajo su apariencia de hombre cínico es usted un sentimental“. Y el prefecto sabe mucho de eso, sobre todo de cinismo o, quizá, es otra forma de sobrevivir, de amanecer al día siguiente. “Usted enfatiza lo del III Reich, ¿es que espera otro?“ “Personalmente me adaptaré a lo que venga“. Sin duda. Así ha de actuar alguien que intenta mantenerse en un precario equilibrio justo en este lugar mientras los servicios de espionaje y contraespionaje de las potencias en conflicto se dedican a hacer juegos malabares antes de que estalle el polvorín. 

Aparte de un sentimental con aire de cínico, Rick es también un “borracho“ y un hombre descreído, porque el amor que una vez tuvo en sus manos, siquiera por instantes, la mujer a la que esperó bajo la lluvia hasta que el aguacero hizo imposible que viera más allá de sus zapatos, esa mujer única, se fue y, cuando reaparece, no es ya la chica vestida de azul que emergía entre soldados grises, sino la esposa vestida de blanco de un héroe contra el que es muy difícil luchar. Porque los héroes, esta es la realidad, son necesarios en momentos de zozobra y es muy difícil enfrentarse a ellos sin quedar mal ante todo el mundo. Como si se tratara de una especie en peligro de extinción todos saben que Víctor Laszlo debe salvarse. Y que su salvación implica que Rick Blaine pierda la partida, esa que parecía jugar en solitario pero en la que, a última hora, ha surgido un contrincante. Así que, Ilsa Lund, ese es tu papel. Continuar al lado de tu marido, ese héroe. Aunque pienses que tu renuncia va a significar olvidarte del amor. Al fin y al cabo, Rick es, de nuevo según el prefecto, “un hombre del que yo me enamoraría si fuera mujer“. Pero eso, en este tiempo, no significa nada. Hablamos de renuncias. 

En “Casablanca“ brillan esas horas tiernas en las que Rick rememora a su amada, en las que se derrumba sobre la mesa y en las que sus ojos parecen titubear por un segundo, inseguros, al vislumbrar un definitivo futuro en soledad. Ese hombre es el que nos atraviesa con la mayor emoción, con la dulzura a flor de piel, con el escalofrío, y quizá nos arrebata pensar que, una caricia, solamente una caricia, le devolvería, a él sí, la esperanza. En esas horas tiernas podemos ver la otra cara del hombre que nunca dejaría, por ningún otro motivo, que vieras su interior. Un hombre, como existen algunos, que no explica lo que le pasa, que no verbaliza su realidad para que no exista, que no se confiesa con nadie, que prefiere pasar por duro antes que reconocer que su corazón está roto en mil pedazos. No es esa dureza de pedernal lo que te atrae de Rick sino el destello apasionado que adivinas en su rictus amargo, el destello simple y pequeño de otra personalidad que aparece velada, que se escapa. “Y aquí tienes a un hombre que te ama“, Robert Browning a Elizabeth Barrett. 


Un hombre enamorado. Esto era todo. Sencillamente amor, aunque parezca ira, aunque parezca rabia, aunque parezca miedo, aunque parezca fuego. Amor, sencillamente. Con los ojos nublados por la lluvia o quizá por las lágrimas. ¿De qué le sirve la admiración de todos si él va a estar siempre vacío? “Ella va a venir, yo sé que va a venir“ “De todos los cafés y locales del mundo aparece en el mío“

…En realidad entre Ilsa Lund y Rick Blaine solamente existe un impulso, un lazo atávico, una química inexplicable. Como todos los amantes del mundo, sus corazones tienden hacia el otro. Una fatal llamada que no pueden oír, que quieren ignorar, incluso ahora, en esa penumbra buscada del café, cuando suenan las notas de una canción perdida. Como todos los amantes del mundo tienen una canción que les pertenece y que no son capaces de acallar ni las bombas que no entienden de vida. El tiempo inoportuno de su encuentro tiene escritas las frases que guardan la historia de su amor. El tren, la cita, una lluvia que no cesa, la voz anunciando que es el último tren para Marsella, la carta que se llena de agua y se borra, el fiel Sam que tira de Rick para que suba al tren…Hablamos de emociones. 

En ese reencuentro inesperado en un terreno neutral para casi todo, menos para el amor, ella aparece vestida de blanco en medio de la noche, en medio de dos hombres. Aparece en la espera. En el sueño, tantas veces sentido entre las horas firmes de la madrugada y los atardeceres incompletos. Dos hombres. El idealista, comprometido, luchador por la libertad. El escéptico, vividor, negociante, cínico. La única seña de coincidencia entre ellos es que los dos están enamorados de la misma mujer. Y cada uno de esos dos hombres reaccionará de forma diferente a esa tensión latente que están viviendo. Laszlo, que para eso es el héroe, entonará “La Marsellesa“, el himno de la Europa libre. Levantará así los corazones de los otros, otra vez la emoción, de los sin patria, de los que añoran volver a no se sabe dónde. Rick, por su lado, se convertirá “en su mejor cliente“…

En el desenlace final Rick mentirá. Engañará a Ilsa cuando afirme que la única causa por la que lucha es la suya propia. La engañará cuando le prometa que van a seguir juntos. Así que, en su trance más comprometido, Rick será el héroe que renuncie al amor y Laszlo el héroe que debe seguir pregonando la causa de la libertad. Dos héroes son demasiados para ocupar el mismo espacio. Y este tampoco es el momento del amor. ¿Quién piensa en el amor si vivimos la guerra?…

Escena final. Una renuncia. Dos hombres solos en medio en la niebla. El principio de una hermosa amistad. ¿Y aquellos otros dos hombres que aparecen justo antes del The End para descubrir que nadie es perfecto? ¿Con faldas y a lo loco?…

No. Esto es “Casablanca“.


Sinopsis

Casablanca, durante la Segunda Guerra Mundial, es un lugar de paso para aquellos que quieren huir del nazismo. Allí se encuentra Rick Blaine, regentando un café que lleva su nombre, por el que pasan todas las personas que son algo en aquel enclave. También Víctor Laszlo, un héroe de la Resistencia, y su esposa Ilsa, recalan en la ciudad dando lugar a una situación complicada cuyo desenlace no es el esperado por sus propios protagonistas. 

Algunos detalles de interés

La película se basa en una obra de teatro que nunca se estrenó, cuyo título era “Todos vienen al café de Rick“, en el original “Everybody comes to Rick´s“. Se rodó en un espacio de tiempo muy corto, desde el 25 de mayo al 3 de agosto, ambos de 1942. La filmación se hizo toda en estudios, salvo la escena del aeropuerto. Según los expertos en el filme, el productor de la Warner, Hal B. Wallis, era la cabeza pensante del equipo creativo. 

Michael Curtiz, el director, trabajó sobre un guión de Julius J. Epstein, Philip G. Epstein y Howard Koch. Probablemente los diálogos y la música de Max Steiner son los puntos fuertes de la película. La fotografía es de Arthur Edeson  y la dirección artística, también muy estimable, de Carl Jules Weyl. 

Los intérpretes principales son Humphrey Bogart, Ingrid Bergman, Paul Henreid, Claude Rains, Conrad Veidt y Arthur Dooley Wilson, que hace el papel de Sam, el pianista. Bogart compuso un papel lleno de matices, a medio camino entre el hombre solitario y cínico y el amante desesperado. El personaje del prefecto de policía, Claude Rains, es el contrapunto del protagonista. 

Obtuvo ocho nominaciones a los Óscar y se llevó tres. Aunque se rodó como una película más entre las decenas que se hacían en esos estudios, ahora mismo y desde hace años se considera un clásico y una película de culto. 

Un momento especialmente emocionante es el canto de “La Marsellesa“ en el café de Rick. Por mucho tiempo que pase este himno será siempre el de la lucha contra el totalitarismo nazi. El himno de la Europa libre, en realidad.