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¿Técnica o sentimiento?


En una entrevista concedida el mes de junio de 2008 al Diario ABC de Sevilla la bailaora Eva Yerbabuena ponía el dedo en la llaga en esa famosa duplicidad que impregna la discusión flamenca desde hace años. No es esta la única polémica en la que este arte se halla envuelto, revitalizándose con discusiones entre aficionados o entre expertos. Más bien, el flamenco tiene la virtud de saberse retroalimentar con cíclicos enfrentamientos que posicionan en lugares opuestos a sus seguidores. El más antiguo de ellos es el que se refiere a su origen pero también tiene un papel relevante en los debates todo lo que atañe a la vieja discusión entre profesionalidad y amateurismo (que tuvo su auge en el Concurso del año 22), o lo referido a la distinción entre Cante chico y Cante grande. En este último caso, aunque nos pueda parecer superada esta clasificación, la disputa todavía reverdece con motivo de experimentos y espectáculos de cierta novedad. 

Unido a lo anterior, cómo no, la gran línea que separa, por los siglos de los siglos, la pureza de la mezcla; lo auténtico de lo mestizo. Una polémica que suele englobar a muchas de las anteriores. La gran polémica, se podría denominar. 

En lo que respecta a la preponderancia de la técnica o el sentimiento en la ejecución del arte flamenco Eva Yerbabuena resume muy gráficamente y de forma clara lo esencial de la situación: para bailar tengo que conocer muy bien lo que hago, cómo lo hago y por qué (lo que equivale a un conocimiento claro de los procedimientos y las destrezas), pero, continúa diciendo, si me falta “lo otro”, el espectáculo no está completo. Eso “otro” a lo que Yerbabuena se refiere no es sino el sentimiento, lo que llamaba Mairena el duende y Caracol el alma. 

Aunque en el cante, que es la manifestación del arte flamenco que históricamente ha ocupado el lugar central, esta doble circunstancia es patente, lo es mucho más en el baile y, si me apuran, en la guitarra, porque son más evidentes en estos casos la necesidad de una tecnología, un utillaje, una “manera de hacer” que requiere destreza y dominio técnico. La palabra técnica tiene una connotación negativa. Se dice de tal o cual guitarrista o bailaor que tiene “mucha técnica, pero…” En ese “pero” está la evidencia que Eva Yerbabuena señala en la entrevista que citamos. Cabeza sin corazón; conocimiento sin emoción; sentido sin sensibilidad. 

Una reflexión mínimamente pausada de este tema tiene que hacernos llegar por fuerza a la conclusión de que ambos, técnica y sentimiento, son indisolubles o, al menos, deben serlo. Y que la una antecede al otro no en jerarquía, sino en aprendizaje. Es claro que el sentimiento no se aprende, ni se aprenden las emociones, ni los deseos, ni los dictados del corazón. Pero también lo es que sin que haya una canalización intelectual de todo ello la manifestación artística no existe, lo que hay es un desahogo más o menos estructurado que no aporta sino confusión. Es precisamente el conocimiento técnico el que hace posible que el artista pueda expresar de forma ordenada, clara, específica, su sentimiento. En este sentido, el sentimiento es inherente al ser humano, pero la necesidad de expresarlo y convertirlo en arte es patrimonio de unos pocos. El artista, a partir de sus vivencias, sus ideas, sus emociones, elabora una estructura antes desordenada que únicamente por medio del código artístico puede expresarse. Ese código artístico varía de unos a otros. Hay quiénes se expresan con la fotografía, con la danza, con la literatura, con el dibujo, con la construcción de edificios, con la poesía, con la interpretación, con la música, con todas y cada una de las formas expresivas que llamamos arte.

Cuando el artista crea su producto, la obra de arte, se libera a sí mismo de una tensión interna que se produce cuando pugna por expresar algo que debe ser trasladado fuera de sí. Esta tensión artística sólo la pueden entender, realmente, aquellos que la sienten como suya. Es un desafío inexplicable y una necesidad. Por ello, el verdadero artista siente la mayor satisfacción cuando ha terminado de crear su obra independientemente de que sea aceptada o no por los otros. Pero además, cuando esa obra sale al exterior deja de pertenecerle y entonces el artista hace una curiosa pirueta según la cual eso que ha creado ya no lo siente como suyo, ya lo percibe como algo ajeno, algo que ha cobrado vida propia y es de los otros más que de él mismo. 

En ese momento empieza la segunda parte de la creación artística, que no termina con la obra acabada, como sabemos, sino que tiene una fase de asimilación, contemplación, asunción por parte de quiénes la conocen. En los espectadores o receptores de ese arte habrá muchas respuestas diferentes. Cada uno verá lo que quiere ver, entenderá lo que quiere entender y sentirá lo que es capaz de sentir en función de sí mismo. Las palabras no tienen igual significado para todos los lectores, ni tampoco la música llega de la misma forma y con intensidad parecida en todos. Porque el receptor, el público, aporta entonces su historia, sus sentimientos, su situación personal, su vida entera, de forma que, a lo que el artista ha realizado, se añaden elementos con los que no contaba. Sin duda, quien sea capaz de hacer sentir, al que recibe la obra artística, un mayor grado de identificación sentimental estará más cerca de gozar del favor del público. 

El dominio de la técnica, sea cual sea, y en el flamenco se trata de técnicas complejas que no se entienden por sí solas sino que beben de fuentes diversas y de muy distinto origen, ayuda sobremanera a hacer entender el mensaje. Pero sin mensaje que transmitir la técnica nace muerta, nace baldía. Ambas cosas, pues, tienen un papel inseparable en el conocimiento del legado flamenco. Ambas se ponen sobre el escenario cuando el artista interpreta su propia recreación de la música ya existente o de aquella que se ha creado ex profeso. 

La técnica posibilita los mayores recursos para expresarse. Sin ella no existe la expresión artística que se queda en un mero intento sin cuajar. Pero, de igual modo, debajo del conocimiento claro de los procedimientos y las destrezas está el latido de la pasión, la fuerza vital de quien tiene algo que decir y ha de decirlo sin remedio. El artista lo es porque no puede ser otra cosa. La expresión artística ha de salir, ha de brotar pues, de otra manera, ahogaría el sentimiento de quien la posee. La técnica es el camino, la emoción es el origen y el fin. 

Siendo tan diferentes, pues, no debe haber diatribas. Discutir sobre cosas tan dispares y con tan distinto papel conduce al equívoco. Por eso, Eva Yerbabuena, que equilibra formidablemente en su trabajo ambas cosas, expresa sin contradicción que no es posible otra forma de entender el flamenco. 

(Foto: Eva Yerbabuena. Novaciencia)

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