/David Hockney, Early Morning/ Desde que los veranos no tienen mar ni océano, echo de menos sus luces de colores, sus variadas formas, su olor, la brisa que levanta el viento de poniente, el viento sur que azuza las persianas, el levante que cansa a la hora de la siesta. Desde que no hay mar cerca, un mar donde mirarse, un mar donde buscar alguna razón que nos explique algo, recuerdo más su silueta imposible, al borde de la playa, junto al faro, enfrente de un largo malecón de sueños. Eran las horas de los días felices, en los que no sabía que terminarían pronto y sin remedio. Hay una casa cercada por las olas, que se ha quedado atrás sin aspavientos y que contiene todo lo que en verano tenía algún sentido en sí mismo. Las sillas de la playa, la sombrilla, las esterillas de color amarillo, cuántas elles, la nevera portátil, la mesita que se doblaba con el mínimo esfuerzo, las sombrillas pequeñas, amarillas también, las chanclas, los pareos de todos los colores, las toallas de prop...