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Mostrando las entradas etiquetadas como Ilustraciones

La esposa que no tenía libertad

Vivía en una jaula de oro. Tenía de todo, incluso joyas valiosas, vestidos de marca, bolsos buenos. Tenía de todo y vivía en una jaula de oro. La casa en la que vivía era bonita. Tenía una gran cristalera que daba al patio al estilo de las casas del interior de Cádiz. La calle era una de esas que forman parte del centro y en las que hay vida siempre. Podía haber sido muy feliz. Él era educado, con buena planta y muy amable con todos. Cuando estaba de buen humor salían a pasear o a visitar a la familia de ella. En los veranos pasaban temporadas con la familia de él, que era de un pueblo de Castilla. Eran veranos aburridos pero ella los sobrellevaba, había cosas peores. Sus hermanas pensaban que había hecho una buena boda y que era una suerte haber dado con ese hombre, tan educado, que hablaba tan bien, sabía tantas cosas y ganaba buen dinero. Cuando se enteraron que la mantenía encerrada en la casa cada vez que él salía, cuando se enteraron de otras cosas, cuando se enteraron de todo, e...

La casada que tenía un amante

 /Ilustración de Isabelle Arsenault/ Los niños oían cosas que no entendían. En susurros, en voz muy baja. Pero las mujeres de la calle lo sabían todo. Eran las entendidas en secretos. No se enteraban por casualidad sino que tenían un radar siempre a punto. Una casada que sale a deshora y que enfila la calle sola, sin su hijo pequeño, sin su marido ¿adónde va? En el caso de Ana María todos estaban en el ajo. Desde hacía años se veía con un mozo de almacén que era más joven que ella, aunque no mucho, y que vivía en la plazoleta, dos calles más arriba. No se sabía dónde se encontraban, porque él también estaba casado y tenía chiquillos. Una mujer muy fea, es verdad, pero tampoco él era un adonis. No logramos averiguar la historia completa, cómo se conocieron y todo eso. Las madres ocultaban las noticias y los detalles. Pero, pasados los años, después de que muchas de ellas quedaran viudas, otras separadas, y otras desengañadas, los amantes seguían juntos, seguían clandestinamente...

La tendera con vestidos de flores

 /Kaoru Yamada/ La familia había llegado a la gran ciudad portuaria desde un pueblo agrícola del interior. Eran un padre, una madre y un hijo mocito. Buena gente. Muy trabajadora y muy dispuestas a todo. El padre y el hijo llevaban la tienda de ultramarinos. El hijo era muy simpático y el padre muy callado. De modo que las vecinas quedaban encantadas con la charla y los chistes. Imitaba a José Luis López Vázquez y no había forma de dejar de reír. Las señoras se acodaban en la esquina del mostrador mientras esperaban que la atendieran. Algunas impacientes, aunque en realidad no tenían nada mejor que hacer, gritaban en voz alta "despachar, despachar". Las había que compraban muy poco, al granel, lo justo para el día. Otras pagaban al fiado. Y todas sabían de qué pie cojeaban las demás. Pero se querían en realidad, se ayudaban en los partos, y atendían a los niños de las otras. Si un chaval hacía una trastada, cualquiera era bueno para reñirle. Eso era una buena señal. Los niños...

Aquellas niñas

Dedicado a Paqui Luna Mendoza, que escribe poesías " Hace ya algunos años existió una resplandeciente calle, llena de alegría, sol y buenas vibraciones. Era una calle muy, muy larga, una calle en la que todas las cosas podían ocurrir. Las casas se parecían mucho entre sí pero un buen observador era capaz de distinguir sus diferencias. Lo mismo ocurría con los habitantes de estas casas, gente trabajadora y normal, pero que encerraba un mundo de sorpresas, de genialidades. Había de todo y todo merecía la pena de ser visto y conocido. La calle era muy larga, con varios tramos que cruzaban otras calles, definiendo así espacios distintos, poblados por gente que tenía nombres, diminutivos, apodos o, simplemente, rostros. Era una calle especial que cruzaba la zona más antigua de la ciudad, la que poseía el secreto de sus mejores sones y cantes, la calle del Carnaval, la calle del Flamenco, la calle de los artistas. En esas calles vivían personas mayores, desde luego, los padres y ...

Las niñas pobres no llegan a nada, pero adoran los libros

 /Ilustración de Juliana Vido / Se pierde mucho talento cada día, se pierde mucha inteligencia. La verdadera brecha no está entre hombres y mujeres, ni entre razas, ni entre países. La verdadera brecha es la de los ricos y los pobres. Ha existido siempre, siempre existirá. No hay forma de que cambie. Y esto indica otra cosa. Si naces en una familia con medios económicos entonces podrás llegar lejos, tendrás amistades que te defiendan y ayuden. Si, por el contrario, naces en un hogar pobre, no hace falta que sea desestructurado o marginado, basta conque sea de clase media baja , entonces te verás solo. Sola. Es así. Por muy inteligente que seas, incluso aunque estudies mucho y tengas títulos. Nadie te ayudará, no llegarás a nada, a pesar de que adores los libros. 

Las chicas también lloran

  /Ilustraciones de Sara Herranz/  Tuve unas botas amarillas y las amigas quisieron copiarlas y también las alumnas. Me las ponía con un vestido corto de punto de color naranja y así iba a las fiestas de la facultad, a los festivales de cine de la Alameda, a los paseos bajo la puesta de sol. Era una verdadera disfrutadora de la vida. No dormía ni comía, solo vivía con todo la luz de frente. En aquellos años yo parecía una muchacha de Sara Herranz, con los labios rojos y las pestañas largas. Con los Jerseys largos y las faldas cortas. Con el paso ligero y la sonrisa presta. Era la verdadera vida, la que hay lejos de la casa familiar, la que se escribe con colegas, con chicos, muchos chicos, todos los chicos tenían algo bueno, todos decían cosas bonitas, era una chica que recorría los ojos de todos. Pero las chicas así también lloran. Mientras riegan las plantas, o viendo una película rodeada de chocolate y palomitas.