/Foto Mario Testino/ Teníamos veinte años. Aquel muchacho era poeta, o eso decía él mismo. Llegaba al café todas las tardes cargado de libretas de hojas lisas y de una pluma Lamy en color rojo oscuro. Se sentaba siempre en la misma mesa, cercana a una ventana, como si quisiera que la luz del atardecer formara parte de su telón de fondo, del cuadro que él mismo dibujaba en sus papeles. Tella, Estrella, mi amiga del alma de esos años (las amigas del alma cambian tanto como cambia el alma) se fijaba mucho en él y lo observaba descaradamente porque ella era así, descarada y deseosa de entablar conversación con cualquiera. La conversación era su medio ambiente, el espacio en el que más cómoda se sentía porque odiaba el silencio y sus consecuencias. Lo peor es el silencio, decía siempre. El otro territorio en el que navegaba, un poco al estilo de los barcos que desde allí éramos capaces de oír si afinabas el oído, era el del amor, y, si podía ser un amor tumultuoso, una espera imposible...
El blog de Caty León