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Mostrando las entradas etiquetadas como Escritos

Poetas en el café

 /Foto Mario Testino/ Teníamos veinte años. Aquel muchacho era poeta, o eso decía él mismo. Llegaba al café todas las tardes cargado de libretas de hojas lisas y de una pluma Lamy en color rojo oscuro. Se sentaba siempre en la misma mesa, cercana a una ventana, como si quisiera que la luz del atardecer formara parte de su telón de fondo, del cuadro que él mismo dibujaba en sus papeles. Tella, Estrella, mi amiga del alma de esos años (las amigas del alma cambian tanto como cambia el alma) se fijaba mucho en él y lo observaba descaradamente porque ella era así, descarada y deseosa de entablar conversación con cualquiera. La conversación era su medio ambiente, el espacio en el que más cómoda se sentía porque odiaba el silencio y sus consecuencias. Lo peor es el silencio, decía siempre. El otro territorio en el que navegaba, un poco al estilo de los barcos que desde allí éramos capaces de oír si afinabas el oído, era el del amor, y, si podía ser un amor tumultuoso, una espera imposible...

Hombres solos, hombres solitarios

Presumes que eres la ciencia y yo no lo entiendo así porque siendo tú la ciencia no me has comprendido a mí. (Soleares. Juanito Mojama) ✿✿ En los tiempos del Oeste americano, que tanta literatura ha creado y, sobre todo, tanto cine, los hombres cargaban sobre sus hombres el peso de la valentía. Ser cobarde era un oprobio. Ningún cobarde podía sacar adelante a su familia, ni mantener sus tierras, ni vivir con dignidad. Pareciera que la valentía era la moneda de curso legal. Y, sin embargo, el cine nos cuenta que los valientes o los dignos eran la excepción. Más bien hombres solos, a veces también solitarios, que, llegada la hora de la verdad, se encontraban en la más estricta y descarnada soledad. Los guionistas de los westerns eran, como se ve, grandes conocedores de la naturaleza humana, bastante más que la propia señorita Marple que decía siempre, comparando a la gente que conocía con la de su pueblo natal Saint Mary Mead, que "es la misma en todas partes...

La esposa que no tenía libertad

Vivía en una jaula de oro. Tenía de todo, incluso joyas valiosas, vestidos de marca, bolsos buenos. Tenía de todo y vivía en una jaula de oro. La casa en la que vivía era bonita. Tenía una gran cristalera que daba al patio al estilo de las casas del interior de Cádiz. La calle era una de esas que forman parte del centro y en las que hay vida siempre. Podía haber sido muy feliz. Él era educado, con buena planta y muy amable con todos. Cuando estaba de buen humor salían a pasear o a visitar a la familia de ella. En los veranos pasaban temporadas con la familia de él, que era de un pueblo de Castilla. Eran veranos aburridos pero ella los sobrellevaba, había cosas peores. Sus hermanas pensaban que había hecho una buena boda y que era una suerte haber dado con ese hombre, tan educado, que hablaba tan bien, sabía tantas cosas y ganaba buen dinero. Cuando se enteraron que la mantenía encerrada en la casa cada vez que él salía, cuando se enteraron de otras cosas, cuando se enteraron de todo, e...

La casada que tenía un amante

 /Ilustración de Isabelle Arsenault/ Los niños oían cosas que no entendían. En susurros, en voz muy baja. Pero las mujeres de la calle lo sabían todo. Eran las entendidas en secretos. No se enteraban por casualidad sino que tenían un radar siempre a punto. Una casada que sale a deshora y que enfila la calle sola, sin su hijo pequeño, sin su marido ¿adónde va? En el caso de Ana María todos estaban en el ajo. Desde hacía años se veía con un mozo de almacén que era más joven que ella, aunque no mucho, y que vivía en la plazoleta, dos calles más arriba. No se sabía dónde se encontraban, porque él también estaba casado y tenía chiquillos. Una mujer muy fea, es verdad, pero tampoco él era un adonis. No logramos averiguar la historia completa, cómo se conocieron y todo eso. Las madres ocultaban las noticias y los detalles. Pero, pasados los años, después de que muchas de ellas quedaran viudas, otras separadas, y otras desengañadas, los amantes seguían juntos, seguían clandestinamente...

La tendera con vestidos de flores

 /Kaoru Yamada/ La familia había llegado a la gran ciudad portuaria desde un pueblo agrícola del interior. Eran un padre, una madre y un hijo mocito. Buena gente. Muy trabajadora y muy dispuestas a todo. El padre y el hijo llevaban la tienda de ultramarinos. El hijo era muy simpático y el padre muy callado. De modo que las vecinas quedaban encantadas con la charla y los chistes. Imitaba a José Luis López Vázquez y no había forma de dejar de reír. Las señoras se acodaban en la esquina del mostrador mientras esperaban que la atendieran. Algunas impacientes, aunque en realidad no tenían nada mejor que hacer, gritaban en voz alta "despachar, despachar". Las había que compraban muy poco, al granel, lo justo para el día. Otras pagaban al fiado. Y todas sabían de qué pie cojeaban las demás. Pero se querían en realidad, se ayudaban en los partos, y atendían a los niños de las otras. Si un chaval hacía una trastada, cualquiera era bueno para reñirle. Eso era una buena señal. Los niños...

La niña que no contaba nada

  /Pintura, Edie Seberg/ En la casa había siempre mucha gente, entraban y salían vecinas a charlar, amigos de hermanos, novios, amigas a hacer confidencias, gente que venía a vender, pobres que pedían su limosna semanal, el señor que llevaba los periódicos el domingo, el de la fruta, la señora de la leche... Había un trasiego singular todos los días. Solo a partir de la caída de la tarde, ese ir y venir se tranquilizaba y entonces no se oía el pesado y lento abrirse de la puerta de entrada, un portón grande y oscuro con una mano de latón brillante para llamar, ni el de la puerta interior, la que cercaba la casapuerta, que era de cristal y de hierro, formando casetones, con una mirilla en una esquina que dejó de usarse. En realidad, era una casa de puertas abiertas. La niña cumplía su papel en el reparto de tareas, charlaba con los vecinos de nimiedades, contestaba preguntas, jugaba a las palabras cruzadas y a las canciones inventada por ellos. Pero nunca hablaba de sí misma, nunca ...

El club

 El club era un lugar feliz, un sitio en el que todo el tiempo hablabas, hablabas, jugabas al ping-pong, te reías con los amigos, te tomabas un refresco y te fijabas, con todo detalle, en el chico que te gustaba, el chico de turno, el chico de ese verano, el chico de ese curso.    El club era un lugar feliz y ella hizo muy bien en apuntarse muy pronto, con solo catorce años, la más pequeña de todos porque había gente con veintitantos. Era un grupo muy heterogéneo. Estudiantes de bachillerato, chicas que hacían peluquería o estética, universitarios, hombres que ya trabajaban y tenían coche. Los universitarios se cotizaban más si estudiaban en  Madrid porque de allí traían historias fantásticas, leyendas que se contaban en voz alta y las chicas reían y reían al oírlas.      Ella fue la única hija de la casa que se apuntó al club, como se apuntaba a todo, a todo, todo, con tal de vivir, con tal de cruzar la casapuerta y salir a la calle, el paraíso de las...

Editoriales

  Henriette Browne  Albert Edelfelt Durante los años de la pandemia me dediqué a repasar, reescribir y revisar libros que tenía ya prácticamente acabados y que no había tenido ni tiempo ni ocasión de publicar. Recurrí después al conocido sistema de enviar los textos a editoriales y tengo un repertorio gigantesco de respuestas y actitudes que bien podrían engrosar un libro que sería hasta sabroso. Los hay que te piden que compres no sé cuántos libros de entrada; otros, que lo disfrazan pero llega a ser lo mismo; los más nunca te contestan; algunos tienen un mensaje que envían a todos, una cosa estándar. Pero hay dos casos llamativos por su propia naturaleza. Una editorial me aceptó y ponderó un manuscrito que le había gustado mucho al editor. Me tuvo entretenida unos cuantos meses, cambió el editor, llegó otro que se extrañó de que no se hubiera publicado ya el libro, porque les encantaba, blablabla, no se llegó a firmar el contrato, aunque el segundo editor volvió a ...

Me regaló un libro de Matisse

  Tenía flores y pájaros, franjas de color, recortables, como si alguien hubiera cogido unas tijeras y trazado los límites. Estaban también sus mujeres, algunas con cintas en el pelo, con rayas verdes en el pelo, con blusas de odaliscas, con extrañas flores en las mesas y en las estanterías. Todo era color en ese libro, que lleva una dedicatoria y que evoca otros tiempos, otros años, la mesa de al lado, el libro de Francés, las hojas sueltas en la mochila, las tardes en la biblioteca, las paradas del autobús que nunca llegaba, las frondosas ramas de la alameda, del parque, la blancura de la pared del aula, el patio rodeado de naranjos, el tono amarillo de las puertas, el salón de actos tan incómodo, el profesor de música y sus carillones. Todo. Lo evoca todo y todo está reflejado en las palabras de la dedicatoria y era un tiempo en el que el recuerdo tenía aún mucho sentido. Después de la vivencia tiene la memoria su sitio. Y cuando ya esa memoria no interesa, entonces podemos preg...

Pizzarelli y una casa

  Si estás escuchando a John Pizzarelli en cualquiera de sus conciertos y has tenido la suerte de verlo en directo, como yo en el Lope de Vega de Sevilla, entonces alumbrará tu escritura como casi nada puede hacerlo. Y para acompañar su sonido nada mejor que las imágenes de John Baeder , el fotorrealista más mágico de los que todavía cuelgan sus cuadros en las galerías y los museos. Es así, en esa conjunción de sonido e imagen, como se puede escribir sobre las casas, sobre la casa, sobre tu casa.  El otro día visité en Google la vieja casa de mi abuela, aquella en la que nacimos algunos de los primos, una casa mágica para los recuerdos, una casa encantada. Tenía, tiene, dos plantas y una enorme azotea, de esas llenas de pequeños muros fáciles de saltar que te llevan de un lado a otro. En la planta baja estaba el pozo que nos surtía de agua, un patio gigantesco y dos viviendas ocupadas por dos vecinas de esas de toda la vida, Juana y Dolores, los nombres míticos, dos mujeres q...

Un recipiente con una cinta azul

(Fotografía de Lillian Bassman para Harper`s Bazaar, 1951) Había un pequeño mueble lacado en rojo inglés. Parecía de anticuario pero no lo era, sino caro y muy moderno. Se encaprichó de él y quiso tenerlo porque tener cosas es fácil y él siempre la complacía. Le regaló el escritorio y lo colocó cerca de la ventana, un ventanal inmenso, por el que entraba una luz cómplice que nunca quería marcharse y que se filtraba desde que amanecía. El escritorio rojo tenía algunos cajones, a modo de secretos. Entonces recordó que también se le llama secreter y no es nada extraño. En ellos colocó algunos recuerdos, pequeñas tonterías. Servilletas de bares, en las que escribía el inicio de historias que nunca se completaban. También objetos adquiridos en sitios inverosímiles. Una sortija con una piedra verde, una pulsera que tenía una rosa incrustada, un lazo amarillo con la palabra amor que rodeaba una caja de perfume...Del mismo modo que los niños coleccionan estampas, piedras, muñecos, ella...

Cuentos para Francine van Hove: ¿Dónde estás?

Una vez recorría yo la calle de un punto a otro de una ciudad desierta. Era un verano abrasador, en la hora más tórrida del día. Mi corazón saltaba. Llevaba un vestido de gasa azul celeste, suave al tacto, con un encaje muy tierno en el escote que tenía forma de pico, pronunciado, hondo. El vestido flotaba sobre el aire caliente del mediodía y yo andaba sobre unas sandalias blancas que me hacían un poco de daño. Eran nuevas, solo para ocasiones especiales. Llevaba un sombrero del color del vestido.  En ese momento sonreía sola. Miraba al frente, con los ojos cubiertos por mis gafas de sol, oscuras, impenetrables, pero la sonrisa se traslucía de inmediato, a pesar de que era una sonrisa interior. La sonrisa de la plenitud, quizá. La sonrisa de la nostalgia anticipada. La de la sorpresa o la duda. Venía de hacer el amor con un hombre que me amaba profundamente y al que yo abandonaría sin remedio unos días después. Nos separaban quince años, una esposa, dos hijos y mucha ince...

La amargura es un pájaro con las alas quebradas

Si comparto contigo lo que siento hallaré sin duda un tiempo de descanso en el estío. Me mirarás con gesto de entenderme y sabré que tú sola has llegado a la misma conclusión: de nada sirve asomarse a una puerta cerrada. Nos sentaremos al abrigo del sol, de frente hacia la brisa que inunda lo que somos y así las dos firmaremos la paz con nuestras vidas. Somos esto y ya nadie tendrá capacidad de hacernos otras. La belleza no es nada, no hace falta ser listas, tan solo conocer el efecto que causa el agua cuando transcurre lenta y cuando es un torrente.  Me contarás historias. Algunas tendrán el tibio sabor de la derrota. No aprobaré nunca esa asignatura, me dirás con gesto distendido. Porque ya no te duele saber que has suspendido aquello que buscaste y que nunca fue tuyo. Por mucho que golpee con ese llamador de estilo antiguo una puerta entornada, no habrá paso, ni hueco, no podré asomarme a contemplar el resto, solo vislumbraré una luz y esa luz será otoño casi siem...

Llanto

Lo único que recuerdo de aquellos días es el llanto. Fueron muchos meses, todos ellos cargados de una penetrante ausencia que se manifestaba en cada cosa. Pero es el llanto lo único que recuerdo. Una sensación de desamparo y las constantes lágrimas que acudían sin permiso. Recorría despacio el camino que me separaba del trabajo y lloraba. Volvía a casa después de intentar hacer algo, casi sin conseguirlo, y lloraba. Me sentaba delante de la televisión y lloraba. Cogía un libro y lloraba. Tomaba mi bolígrafo y mi cuaderno, para acabar llorando. Así, no recuerdo otra sensación ni otro sentimiento. Solo el llanto firme, fluido, capaz, poderoso, se ha mantenido en mí como una memoria infinita. No puedo saber qué comía ni cuándo, ni qué hablaba ni con quién, ni qué pensaba ni adónde miraba, ni cómo me sentía. Solo el llanto es el reflejo de la presencia ausente. Solo el llanto era un compañero eficaz y diario. Solo podía llorar a cada instante. Es el llanto el recuerdo más nítido, el ú...

Ni en rosas las huidas

Deberíamos empezar a escribir las historias por los momentos felices. Esos días dorados en los que el corazón se arrebata y solo existe una palabra: tú. Él es ese tú que te convierte en la persona que soñaste ser. Él está ahí para hacer que todo encaje. Los antiguos dolores se matizan, como si un niño pasara sus dedos por la mancha roja que deja la cera en un papel.  Eso sería lo lógico. Escribir los instantes únicos que no deberíamos olvidar. Ese latir del cuerpo al compás de la dicha. O las miradas. Un repertorio de miradas que nadie más que él sabrá interpretar. Y luego, las señales. En el nivel más alto de la complicidad te encierras en un mundo que los dos habéis diseñado a medida. Cuando te despides, por enésima vez y sin querer dejarlo, le susurras: Amor mío. Y ese es el comienzo de todo.  Pero no es así. No es la algarabía del amor correspondido, del bienestar, lo que te hace sentarte en tarde festiva, cuando todos disfrutan de una emoción que a ti te ...

En una esquina de la azotea

Cómo sería el vicio de la lectura en esa niña que se escondía en algún recodo de la azotea para leer. La azotea era el marco ideal para cualquier aventura. Desde allí se veía la pantalla del cine de verano, porque solo una huerta lo separaba de la casa. Desde allí se oían los avisos de los barcos que circulaban por la bahía y también la algarabía de los niños volando barriletes. Leer en la azotea te convertía en invisible para el resto de la casa. Nadie podía adivinar que estabas sentada, al resguardo del viento, en una de las esquinas que la azotea formaba en su diseño. Una azotea tan grande, tan llena de pequeñas escaramuzas, tan difícil de limpiar a fondo, tan fácil de disfrutar a tope. Una azotea para soñar en que algún príncipe de cuento trepaba por las almenas imaginadas de la tapia y llegaba hasta allí, armado de sonrisas y de buenos presagios. Una azotea para guardar confidencias, para tomarte un bocadillo, para estirar las piernas, para tender la ropa sin prisa y sin agobios, ...

Amistades peligrosas

 Era muy joven y muy entusiasta de la amistad. Tenía amigos de todas las edades y, a veces, los anteponía a la familia. Quería que fueran felices, compartía lecturas, hacia regalos, creía en ellos. Un amigo de la época, al que he dejado de ver aunque no de querer hace años, me dijo un día que me equivocaba. Que amigos se contaban con los dedos de una mano y que pensar de otra forma llevaba directa al precipicio de la decepción. No le creí entonces pero ahora sé que tiene razón. Hablamos con demasiada ligereza de la amistad y pensamos que todos ven la cosa como nosotros. Todos los regalos que he hecho, la escucha a tantos problemas, la preocupación por las vidas de los otros, la entrega ... todo eso está en la papelera, en la basura y ahí seguirá. Puede ser que haya algunos amigos de verdad, o que esa verdad sea una simpleza y no algo grandioso. En todo caso, como en tantas cosas, me equivoqué también en esto. Y ya no hay marcha atrás. Las horas que no pasé con mis padres por estar ...

La calle de plata

/Caty desde el hotel Ribera de Triana/ El río es una cinta de playa. A uno y otro lado, la ciudad se estremece. Triana y Los Remedios, en su privilegiada situación al otro lado de los puentes. Sevilla, observando siempre. No hay mayor belleza que la de esta calle acuática, sembrada a veces de juventud en forma de remeros, siempre atenta al calor y a la caída de la noche, siempre en estado de perpetua solicitud a los que, en sus orillas, viven atónitos su belleza.  

El hombre de la camisa blanca

  Siempre que llega el verano pienso en los días de playa en que mi padre nos llevaba en el coche a pasar unas horas paseando por las orillas. Nunca nos sentábamos, salvo el día señalado del verano en que toda la familia arribaba a cabo Roche, cargados con cestas de comida, sombrillas, juegos de palas y toda clase de artilugios de entretenimiento. Fueron años repitiendo ese rito y ahora quisiera guardar en un rincón seguro de la memoria esa sensación del mar compitiendo con la brisa, los pies en el agua y las seguras instrucciones de mi padre, dirigiendo siempre el cotarro. Su camisa blanca de manga larga, eterna, lo acompañaba también en estas aventuras, era su santo y seña. Pero los días entre semana íbamos a Cortadura y más tarde a Camposoto, dos playas únicas que no las hay en otras latitudes, limpias de construcciones, saturadas de blanquísima arena, sin estruendos ni bullas, un verdadero paraíso ambas. Ese rato de playa te dejaba el cuerpo saturado de sal y de sol para t...

Un amor de verano

  /Niza. Costa Azul. Francia/ El verano es el tiempo del amor. Francia es el país del amor. El sur de Francia es el sitio del verano. El verano es amor, es Francia, es el sur. Hace años de aquello, pero conserva el olor de lo nuevo, el de las manzanas en el armario de buena madera; el del perfume en los albornoces blancos como si fueran de hotel de lujo; el de la mesa brillante y roja de la cocina; el de la quiche y el croque monsieur. No hubo nada preparado, todo surgió sin más, como sucede con las cosas auténticas llamadas a perdurar. La memoria distingue muy bien, con el paso de los años, lo que existió y lo que se inventó. Y aquí no hubo invención, aunque era un paraíso de artistas, un lugar en el que lo más fácil era tener un caballete bien dispuesto, pintura, pinceles e ideas para pintar. Era el pueblo en el que se habían inspirado otros antes que él, pero en ese verano él, Pierre, estaba allí, y tenía el cabello precioso atado en una coleta, una camisa blanca grande y a...