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Mostrando las entradas etiquetadas como Escritos

La clase de francés

  Soñábamos con recorrer el sur de Francia. Teníamos en la cabeza los nombres de los pueblos, las carreteras, los accidentes geográficos, los hoteles y las pensiones, las rutas de tren, los lugares donde comer y descansar. Lo soñábamos desde el primer día en que nos conocimos en una clase de francés. Él era muy alto, llevaba el pelo largo y tenía los ojos intensamente azules. Sabía de casi todo, leía mucho, era inteligente e ingenioso, las dos cosas a la vez, contaba chistes, tenía sentido del humor, le gustaban el cine y la política. Y me quería.  Hacíamos trampas. La clase de francés y la profesora eran las grandes engañadas de esta historia. Buscábamos la forma de salir del paso y de tener tiempo para nosotros, para nuestras bromas, para hallar el anticipo de la risa porque la risa venía después, en la alameda Apodaca, en el parque Genovés, en la calle Ancha o en la calle Rosario o en José del Toro, en la Caleta o en la playa de Cortadura. Dependía del tiempo que hiciera, d...

"La memoria es una larga noche interrumpida"

Hay un aire burgués y señorial que se respira a través del manto de jacarandás que rodean la plaza. El Cádiz americano, su mayor perfil, se observa detrás de las ramas y de las fuentes. Agua clara y sombrillas. Edificios azules, malvas, ocres y blancos, todo el caserío dispuesto para acompañar esa amable conjunción de momentos que se guardan en ese rincón de la memoria indisoluble, incompatible con el paso del tiempo. Eran años de libros, eran voces jóvenes, eran vestidos cosidos en la máquina de coser de la casa, eran ojos azules, eran muchachos que perseguían la vida. ¿Recuerdas las eternas noches al calor de los besos? ¿Tienes noticia aún de aquellas rosas? ¿Has escrito sonidos como si fueran ecos? ¿Qué clase de mirada era la suya? Hay un aire de ciudad cuajada de pleamares, como si tantos años no tuvieran recuerdo.   /Título: Graham Greene (Una especie de vida, 1971). Fotografía, cortesía de Purificación García Díaz/

Como si fuera el mar

 /Foto: Jean-Claude Deutsch/ Desconozco el momento en que ocurrió, el momento en que el libro dejó de ser objeto y se convirtió en vida. Fue muy pronto, lo sé, pero no hallo razones, no respondo a preguntas, no alcanzo las respuestas. Ni siquiera recuerdo aquellos libros, los primeros, los que me alejaron del juego del elástico, los que me acercaron a la esquina de la azotea, o al hueco mínimo de la casapuerta, o al rincón del sofá, tan codiciado. De una forma o de otra esos primeros libros se adueñaron de casi todo el espacio, se adueñaron de ti y, quién lo sabe, no se han marchado nunca. Aparecen sus rostros en todos los recodos del tiempo que se fue, en los aspavientos de la memoria, en la risa de las fotos, en la actitud callada delante de las fuentes. Son los libros, eran ellos los que, como si un hada los hubiera convertido en secreto, deambulaban a tu lado por la calle empedrada, se sentaban contigo, nunca te abandonaron. Como si fuera el mar, que siempre deja huella al albu...

El exilio de la sonrisa

  La niña tiene la sonrisa que llevará toda la vida. No solo se ríe con la boca, también con los ojos. Es una sonrisa completa, única, indiscutible. El día que desaparezca esa sonrisa, el día en que no haya motivos para sonreír, entonces dejará de ser ella. Cambió sin darse cuenta de lo importante que era eso, el agua del océano por la del río y el ritmo del levante por el viento sur que golpea los cristales de la terraza. Dejó su casa vieja por un piso de alquiler, por varios pisos de alquiler hasta que, por fin, apareció otra casa que ya es su casa. El exilio fue menos en esa casa, siempre presidida por cierta clase de  alegría, sin dolores ni muertos. Vino de un tiempo vacío de compromisos y lleno de preguntas. Se asomó a una vida que quizá no era para ella y no supo darle la vuelta a la situación, se acomodó sin preguntarse nada. Lo suyo es que pase un día y luego que pase otro y otro sin más. Mientras, el exilio de la sonrisa sigue siendo un milagro. 

La mujer miró de un modo intenso al crepúsculo

 /Foto: M. Litrán/ Todo el día se está resolviendo en lluvia. El sol es una alternativa que viene y va. Parece que va a entrar el otoño, pero este pensamiento lo he tenido otras veces, hay muchas primaveras otoñales. El tiempo parece haberse estudiado el libro de geografía y se agarra sin lógica a la definición de clima mediterráneo, lluvias intensas en primavera y otoño. Todas las amigas tienen alergia, se quejan de ella y andan tomando antihistamínicos y estornudando pese a todo. Pero hay fotografías que detienen el tiempo, que sacan a relucir la mirada y el fondo de parque sin especificar, esos lugares de los viajes, de los encuentros, de las tardes soleadas. Da igual que la lluvia caiga. La fotografía muestra imperturbable un mundo de posibilidades, de cosas que eran todas posibles aunque la vida destrozara muchas de ellas. O nosotros, quién sabe. (Título: una frase de un cuento de D. H. Lawrence)

Un café en Turín

No hay que negarse a la aventura. Esa vez estabas muy cansada. Habías recorrido la ciudad entera y necesitabas sentarte, quitarte las zapatillas, tirarlas a la basura y dejar los pies descalzos todo el tiempo posible, todo el tiempo necesario para sentir el frío de las baldosas, para notar la sensación de alivio en los pies tan cansados. No hubo necesidad. Aquel chico, más o menos tu edad, llegó con aire suficiente porque era amigo del dueño del café y vivía dos casas más arriba. Te invitó a subir a su casa y a descansar allí. Te fiaste completamente de su palabra ¿y por qué no? Tanto tiempo recorriendo el mundo te enseña a decidir en quien confiar y pocas veces te equivocas. El chico se llamaba Carlo y era músico. En su casa, un piso grande en el que todo era una única habitación excepto el baño, había una guitarra, un violín y un piano de cola. Era músico por vocación y su familia entera estaba llena de músicos. Te contó su historia mientras tú te sentabas en el sofá y ponías los...

Amable transparencia

 /Fotografías de Uta Barth/ Entra un rayo de sol. Cruza la calle. Se sube al árbol más cercano y trepa. Se detiene en un banco. Un niño se levanta, se marcha, se lleva la pelota, se despide de otro, se aleja, su madre está esperando en una esquina. El sol no ha pedido permiso. El sol se mueve sin que nadie lo pare. No hay sonido, no hay voces, no hay ecos, no hay montañas. Todo es tranquilidad, todo es silencio, todo es bruma, todo es el sol naciente. Un leve impresionismo atraviesa la plaza, la convierte en plató, puro teatro, gestos de actor de Shakespeare, diálogos y monólogos, expresiones, la palabra, muchas palabras, todas caen en el borde de una papelera azul, colocada en la orilla de la plaza, vacía, sin el recuerdo de los niños y sus bolsas de papel pintadas de dinosaurios. Hay cuatro naranjos que desgranan azahar. Han perdido las naranjas amargas. Los operarios llegaron una mañana y las sacudieron con sus enormes ganchos y las naranjas volaron por el suelo, recubriero...

Asomada al verde de Hockney

Se había imaginado alguna vez cómo sería dejar la ciudad y vivir rodeada de árboles, de avenidas con árboles, en una casa con árboles, con plantas, con riego automático y con sillas de plástico en el patio. Una casa con porches, con terrazas, con una escalera interior de mármol y suelo de tarima en el resto de la casa. Muy grande, muy de película, muy llena de novedades. Se lo había imaginado alguna vez pero no así, no regada por llantos, no llena de adioses, no dolorida ni dolorosa, no así, así nunca. Cuando volvió a vivir a la ciudad echó de menos la casa y todo lo que parecía contener, su rayo de esperanza insatisfecho y su luz. No sabía entonces que hay dolores que siempre permanecen. 

Azules lirios

 /Ilustración de Carl Erickson, 1891-1958/ La casa de Pedro y Marie estaba en medio del campo. Veías flores por todas partes, lilas, lavandas, aloe, y también unas inopinadas margaritas y algunas amapolas. Era una casa muy francesa, pero Pedro quería convertirla en algo más suyo, de su lejano país al otro lado del océano y a veces lo lograba con la música y con algún cuadro que colgaba en el pasillo. Marie era maestra de parvulitos y Pedro tenía una tienda de casi todo en la ciudad. Ambos iban a trabajar todos los días y volvían al atardecer, recorriendo esa incesante carretera sombreada de árboles que a mí me llamaba la atención. El sur de Francia es siempre un hallazgo, aunque lleves ya algunos años allí. Siempre sorprende. Pedro y Marie nos acogieron en su casa durante unos días en aquel viaje de bodas que hicimos por el país donde nos habíamos conocido. Teníamos muchos amigos que visitar, tantos que no hubo ocasión de hoteles, salvo en la Costa Azul, Allí paramos en un hotel bl...

Un desamor salado

Portadas de Christian Bérard para Vogue El verano lo revolucionaba todo. Los amores bullían. Había bailes, verbenas, reuniones en las casas de los amigos, excursiones a los pueblos cercanos y días de playa sin límite. Mi madre me hizo aquel verano cuatro vestidos. Estuve persiguiéndola varios meses hasta que los dejó terminados, colgados en mi armario, listos para ese brillo de los ojos en los quince años. Uno era malva y tenía una falda amplia, un escote amplio y unos tirantes a modo de trencitas. Había otro de rayas blancas y celestes, con un cuello halter de piqué blanco, parecía francés. Luego estaba uno de fondo blanco con unos cuadritos azules y un escote redondo. Y estaba el estampado en tonos naranja, con la manga japonesa y una tela que crujía al bailar. Mi madre y yo diseñábamos los vestidos, íbamos a por la tela y ella se sentaba a la máquina y yo la ayudaba haciendo dobladillos o sobrehilado. La única tarea que me gustaba de todas las de la casa era ir a la compra, pero ali...

La conferencia

/William Eggleston, fotografía/  Él estaba al otro lado del atril, en alto, como si fuera un predicador. Pero no lo era. La conferencia tenía un tema encantador: Aves y flores en la literatura medieval. ¿A quién podría habérsele ocurrido algo así? Seguramente a algún afanoso organizador, una de esas personas originales e insensatas que pueblan los círculos culturales. Algún amante de la Edad Media o quizá un novelero sin remedio. Él estaba allí arriba, vestido de una forma muy peculiar, colocando los folios, mientras el público esperaba.  Era el despertar del verano, casi las nueve de la noche y él parecía haber salido de “Muerte en Venecia”. Iba vestido de beige y marrón, un marrón espeso, demasiado para la hora y la temperatura. Pero le quedaba bien. Conjugaba con cierta forma ceremoniosa de mover las manos y, sobre todo, con los ojos, de un grisáceo muy raro. En realidad, no podía asegurar que tuviera los ojos grises, solo lo parecía con la iluminación del atril, pero, en t...

Vestir la tristeza

  /Pintura. Jack Vettriano/ En las tardes largas del invierno ella me contaba historias que inventaba sobre la marcha. Casi todas hablaban de mujeres tristes. Ella misma era una mujer triste, que ocultaba la tristeza con una capa poderosa de risa y de ingenio. Todas las personas tristes intentan convertirse en lo que no son porque la tristeza cansa. Agota. En esas tardes, conversábamos sobre la vida de las mujeres que conocíamos y de otras cuya existencia solo había llegado hasta mí a través de sus relatos. Eran cuentos que nada tenían que ver con finales felices. Eran realidades que se tamizaban con su baño de ironía, su sonrisa complaciente y esa forma generosa de mover las manos. Parecía una representación teatral con su telón y todo. El telón tenía dibujadas unas rosas. Eran rosas de Francia, esas pequeñitas, de intenso olor, como las que cruzaban nuestros arriates, cuando todavía la casa conservaba su jardín. El día en que ese jardín se perdió, cuando amanecimos sin la fresca ...

Gomas de borrar

 Tenía una jirafa azul hecha de una tela gruesa con lunares y había que meterle por dentro un palito para que la jirafa no doblara el cuello. Eso fue hace muchos años pero el recuerdo de aquella jirafa permanece, como suele pasar con la memoria, que siempre busca lo significativo, lo bueno, lo magnífico. En los trabajos manuales se hacían cosas absurdas pero la jirafa tuvo su encanto, desde luego. Y ahora esta jirafa que contiene las gomas y el sacapuntas tiene un aire a la jirafita aquella y su aire despampanante, como si viviera de verdad en la selva o donde sea. Y las gomas, de colores, verdes, beiges, azules, las Milan y el sacapuntas con depósito, qué gran invento. Todo lo que se usa para escribir a mano, mucho más bonito que teclear, tac, tac, tac. Así que ha quedado a salvo el recuerdo, la memoria, la nostalgia, casi todo. 

Trapos al sol

 En la azotea había dos tendederos hechos de cordel de plástico y, en una esquina, la cesta de los alfileres de la ropa. Era una cesta de color rojo con un asa flotante, un poco estropeada del uso. Pero en esa casa todo se aprovechaba al máximo de resultas que se encariñaban hasta de los más nimios objetos. Las hijas debían turnarse para tender la ropa, pero al final era la madre la que siempre se encargaba de esta tarea y de todas las demás. Cómo era posible que pudiera atenderlo todo era un milagro. Esa cosa de las madres de querer hacer la vida agradable a la familia a costa de su propio esfuerzo. Ella tenía que sacar minutos al día y a la noche para poder leer, que era algo que tanto le gustaba, algo que necesitaba hacer aunque no lo sabía. Esas historias compensaban su vida de trabajo continuo y su imposibilidad de hacer las cosas sencillas que otras mujeres hacían: ir al cine con su marido, estrenar un vestido, dar un paseo con amigas, presumir. Así que todo era un torbellino...

Asombrosa primavera

  /Foto de Nick Knight, Londres 1958/ La ventana muestra un jardín cansado. El calor convierte las macetas en un oasis dentro del desierto. Hay margaritas que se esconden detrás de un arriate donde las cintas ocupan el espacio y se niegan a compartirlo. Las plantas tienen su propio lenguaje y el agua las convierte en guerreras de una batalla sin fin. Esta primavera hay un hastío que se traduce en ese reguero de pétalos que cubre el suelo, sin que haya un verso que los anime, sin que haya una razón para elevarse por encima del polvo. Tenemos una asombrosa primavera, un estallido imposible que no admite pausas y nos paseamos por entre los jardincillos, con las corrientes de agua a flor de piel, con el jazminero que se asoma por la verja exterior y con un olor cargado de esencias en el huerto donde el arrayán, el aloe vera, la hierbabuena y el romero se han aliado, sin permiso, para convertir en desatada armonía todo el paisaje. 

Paseo con Jane Austen por Greenwich Village

A Jane Austen le gustaría Greenwich Village. Como a mí. Las dos somos contraculturales. Aunque quizá a simple vista no lo parezca en su caso. En el mío es evidente. Sobre todo ahora, cuando la cultura dominante es un auténtico mamarracho, una pelmada de aúpa. Pero también antes, cualquiera se daría cuenta si se fijara. Jane y yo paseamos por el Village, como nos gusta llamarlo. Y allí nos paramos delante de las casas de colores con escaleras, jardincitos, ventanas en buhardilla y árboles torcidos. En un montón de sitios alguien ha dejado una bicicleta y permanece a la espera sin que ningún caco venga a llevársela. Eso es una gran suerte. La pizarra en algunas tejados nos lleva hasta Francia y las ramas de los árboles se balancean con el viento de verano o el de invierno. Da lo mismo. Me gusta el Village y a Jane también.  Es un sueño esa avenida con árboles, árboles que se encuentran entre sí de un lado a otro de la calle y que parecen saludarte. Alguien bajará rápidamente de la ca...

Asombro y soledad

  /Richard Burlet/ Aprendí sola el arte de la observación. Tenía un extenso muestrario delante de mí: mi calle era un paraíso de personalidades, tipos y caracteres. Me acostumbré a mirarlo todo y a enterarme de todo, aunque había temas vedados a los niños. En realidad, no creo que a los niños les interesara nada de lo que allí sucedía, ni a la mayoría de las niñas. Pero yo era una niña distinta, una niña rara, porque escribía y escribir significa observar. Desarrollé de este modo el arte de la observación y lo practiqué a conciencia de tal modo que aún hoy, pasados los años, sigo teniendo una absoluta claridad sobre aquella gente, sobre sus acciones y su forma de ser, sus relaciones, sus amistades, sus encuentros, sus problemas. Era un laboratorio y en mi cabeza sigue siéndolo. Aunque soy consciente de que yo también formaba parte del muestrario. También era observada por los demás.  /Raphael del Orme/ Mi principal interés estaba en las mujeres y los hombres. Los niños no me i...

Letras, palabras, historias

  Yo no sabría decir desde cuando los libros llegaron a mi vida. Pero desde que tengo memoria siempre han estado ahí. En la librería blanca que me compró mi madre para poner los libros que yo iba coleccionando, aunque al final terminó siendo de todos y, más tarde aún, de ella misma y sus novelas de misterio y sus thrillers de juicios. A veces hace frío. A veces la vida está escondida detrás de algún dolor y entonces hay que volver la mirada a algún sitio cálido y los libros, no se puede negar, son cálidos, amables, tienen siempre un momento para ti, un sitio donde encontrarse contigo. Apenas puedo creer ahora en la gente, hace demasiado tiempo que soy una total descreída, pero los libros son otra cosa, son otra forma de cercarte, de estar a tu alrededor. Heredé de mi padre la facilidad para preocuparme por todo y por todos. Todo eso te impide estar feliz, estar sereno, estar en paz. Preocupación tras preocupación, reales o presentidas, la anticipación del problema, la conciencia de...

El sosiego

En silencio. Sin que nadie interrumpa. Sin ruido, sin sonidos extraños, sin visitas, sin invitaciones, sin rémoras, sin luchas. La paz. El sosiego. Pensar sin que se nuble el pensamiento. Sentir sin que el sentimiento se vea invadido. Junto al árbol, en el bosque, en el campo, junto al verde, junto al amarillo de las hojas, junto al rosa de los resplandores. En paz. 

La música de los árboles rosas

  He recorrido la senda de los árboles rosas sin cansarme nunca. Los he visto todos, los he hallado y sentido. De esa manera, he logrado conquistar la paz del corazón y perdonar los empujones, las traiciones y la ira. Una vez encontré un paisaje tranquilo y diferente, una ciudad con una almohada blanca, que era capaz de acariciarte al dormir. Así, de esa manera, estuve varios días pensando en que la dicha era posible. Pese a todo, pese a la muerte, pese a la ausencia y el abandono, pese al vacío. Recorrí la ciudad, sus senderos, sus árboles rosas, sus avenidas, sus edificios oscuros, sus calles blanquecinas, sus tiendas, sus bares, sus restaurantes, sus cines y teatros, lo recorrí todo de tu mano, y no te conocía antes de eso, eras el desconocido de la historia, el hombre abstracto, el que nunca se enfadaba y el que siempre sonreía. Así fue todo, la historia que tuvimos, lo rosa, los rosales del Retiro, nosotros, un amanecer claro en rosas convertido.