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Mostrando las entradas etiquetadas como Escritos

En una esquina de la azotea

Cómo sería el vicio de la lectura en esa niña que se escondía en algún recodo de la azotea para leer. La azotea era el marco ideal para cualquier aventura. Desde allí se veía la pantalla del cine de verano, porque solo una huerta lo separaba de la casa. Desde allí se oían los avisos de los barcos que circulaban por la bahía y también la algarabía de los niños volando barriletes. Leer en la azotea te convertía en invisible para el resto de la casa. Nadie podía adivinar que estabas sentada, al resguardo del viento, en una de las esquinas que la azotea formaba en su diseño. Una azotea tan grande, tan llena de pequeñas escaramuzas, tan difícil de limpiar a fondo, tan fácil de disfrutar a tope. Una azotea para soñar en que algún príncipe de cuento trepaba por las almenas imaginadas de la tapia y llegaba hasta allí, armado de sonrisas y de buenos presagios. Una azotea para guardar confidencias, para tomarte un bocadillo, para estirar las piernas, para tender la ropa sin prisa y sin agobios, ...

Amistades peligrosas

 Era muy joven y muy entusiasta de la amistad. Tenía amigos de todas las edades y, a veces, los anteponía a la familia. Quería que fueran felices, compartía lecturas, hacia regalos, creía en ellos. Un amigo de la época, al que he dejado de ver aunque no de querer hace años, me dijo un día que me equivocaba. Que amigos se contaban con los dedos de una mano y que pensar de otra forma llevaba directa al precipicio de la decepción. No le creí entonces pero ahora sé que tiene razón. Hablamos con demasiada ligereza de la amistad y pensamos que todos ven la cosa como nosotros. Todos los regalos que he hecho, la escucha a tantos problemas, la preocupación por las vidas de los otros, la entrega ... todo eso está en la papelera, en la basura y ahí seguirá. Puede ser que haya algunos amigos de verdad, o que esa verdad sea una simpleza y no algo grandioso. En todo caso, como en tantas cosas, me equivoqué también en esto. Y ya no hay marcha atrás. Las horas que no pasé con mis padres por estar ...

La calle de plata

/Caty desde el hotel Ribera de Triana/ El río es una cinta de playa. A uno y otro lado, la ciudad se estremece. Triana y Los Remedios, en su privilegiada situación al otro lado de los puentes. Sevilla, observando siempre. No hay mayor belleza que la de esta calle acuática, sembrada a veces de juventud en forma de remeros, siempre atenta al calor y a la caída de la noche, siempre en estado de perpetua solicitud a los que, en sus orillas, viven atónitos su belleza.  

El hombre de la camisa blanca

  Siempre que llega el verano pienso en los días de playa en que mi padre nos llevaba en el coche a pasar unas horas paseando por las orillas. Nunca nos sentábamos, salvo el día señalado del verano en que toda la familia arribaba a cabo Roche, cargados con cestas de comida, sombrillas, juegos de palas y toda clase de artilugios de entretenimiento. Fueron años repitiendo ese rito y ahora quisiera guardar en un rincón seguro de la memoria esa sensación del mar compitiendo con la brisa, los pies en el agua y las seguras instrucciones de mi padre, dirigiendo siempre el cotarro. Su camisa blanca de manga larga, eterna, lo acompañaba también en estas aventuras, era su santo y seña. Pero los días entre semana íbamos a Cortadura y más tarde a Camposoto, dos playas únicas que no las hay en otras latitudes, limpias de construcciones, saturadas de blanquísima arena, sin estruendos ni bullas, un verdadero paraíso ambas. Ese rato de playa te dejaba el cuerpo saturado de sal y de sol para t...

Un amor de verano

  /Niza. Costa Azul. Francia/ El verano es el tiempo del amor. Francia es el país del amor. El sur de Francia es el sitio del verano. El verano es amor, es Francia, es el sur. Hace años de aquello, pero conserva el olor de lo nuevo, el de las manzanas en el armario de buena madera; el del perfume en los albornoces blancos como si fueran de hotel de lujo; el de la mesa brillante y roja de la cocina; el de la quiche y el croque monsieur. No hubo nada preparado, todo surgió sin más, como sucede con las cosas auténticas llamadas a perdurar. La memoria distingue muy bien, con el paso de los años, lo que existió y lo que se inventó. Y aquí no hubo invención, aunque era un paraíso de artistas, un lugar en el que lo más fácil era tener un caballete bien dispuesto, pintura, pinceles e ideas para pintar. Era el pueblo en el que se habían inspirado otros antes que él, pero en ese verano él, Pierre, estaba allí, y tenía el cabello precioso atado en una coleta, una camisa blanca grande y a...

Todo es azul en Portimao

 Ese horizonte se confunde con el mar. Y el agua del mar parece caer en la piscina. La gente parece absorta en sus cosas, las parejas se miran, al son de una música tenue bailan cuando cae la madrugada. Alguien te ofrece una copa y sonríes. Estáis esperando el milagro. O eso parece. Hay una especie de tiempo nuevo cuando llegas aquí, una prórroga de la vida cotidiana. Terminan los agobios y acaban las tareas. Todo se va en soñar y en sentarte en una de esas hamacas dispuestas hacia el agua. El agua es el gran milagro. Lo que no falta en Portimao.  La playa es otra cosa. Desde todos los tonos de azul se pasa a todos los tonos del verde. Las enormes piedra rocosas sombrean toda la costa del Algarve, también aquí, y la gente parece perderse, son diminutos muñecos en un horizonte más amplio. Las sombrillas lucen sus colores y las olas apenas rompen en una extensión mínima de tierra. No hay bajamar, todo es altura. Nuestros días en Portugal fueron esplendorosos. No sabíamos qué nos...

Ni siquiera los libros significan ya nada

  /Mujer leyendo. Matisse/ Tengo mi biblioteca repartida en dos casas y hoy he hecho una mudanza de libros. El chico que ha desalojado dos estanterías de mi casa del campo y ha traído los libros en cajas a mi casa de la ciudad se ha quedado sorprendido de ver tantos libros. Ni yo misma pensaba que cabían tantos libros en una estantería. Los libros han llegado en cajas y he podido tocarlos poco porque, aunque vienen de estar acristalados, basta el polvo del viaje para que mis ojos empiecen a quejarse. Pero ya he sentido lo que no pensé sentir nunca con respecto a mis libros. Un desapego, una indiferencia. Me he puesto a pensar en mi biblioteca, amplísima, todos los libros que he ido atesorando durante mi vida, muchísimos, y de pronto he tenido la sensación cierta de que no me importaban, de que los libros están en mi cabeza, que leerlos es eso, que se te queden dentro, y si no se te quedan entonces es que no era para ti. Y he seguido pensando mientras caía el agua de la ducha sobre ...

Historias de paraguas

  Pierre-Auguste Renoir   (1841-1919) Los paraguas , 1881-1886 Óleo sobre lienzo, 180,3 x 114,9 cm National Gallery, Londres Podría contar un montón de historias de paraguas. La del paraguas de rayas azul y blanco que llevaba en un autobús camino del trabajo y terminé regalando a una mujer que iba a mojarse de cabeza a pies con su pequeño hijo. Al final fui yo la que me mojé y la mujer la que me decepcionó: prometió devolvérmelo en el trabajo pero no lo hizo.  Hubo también un paraguas rojo y ese siempre lo llevaba con una trenka que tenía un forro interior de cuadros escoceses . Ese paraguas lo presté, cómo no, a una compañera y luego negó que se lo hubiera prestado. No la veía mucho pero, después de aquello, no quise volver a verla. Era ladrona y mentirosa. Hay gente así. En una ocasión me compré un bonito paraguas en tonos verdes , estampado, verde hoja oscura , con un aire precioso. Lo dejé sin estrenar, porque al final no llovió, en el asiento de uno de los cercaní...

Rizos y un mapa de España

(Fotograma de "Sentido y Sensibilidad" de Ang Lee)  Es la música, en primer lugar, lo que hace de esta versión de Ang Lee del libro de Jane Austen "Sentido y Sensibilidad" una pequeña maravilla. Un tributo eficaz, diáfano, exacto, al genio de la escritora, a su creación de personajes y ambientes, a su estilo, a su ingenio e inteligencia. La música crea el tono especial que la distingue y, entre todos los libros de Austen, en los que la música siempre tiene un importante papel, es aquí donde expresa el dolor y la alegría con mayor lucidez. Lo mismo ocurre con los versos, las palabras, los poemas que se recitan, el consuelo de la lírica en los momentos difíciles. Shakespeare y sus sonetos que invitan al amor, aunque sea, como sabes, un amor aureolado de triste cobardía.  Entre todas las imágenes hay una evocadora, imposible de pasar por alto, una imagen en la que me detengo y en la que observo cosas que quizá otros no ven. Al fin nuestros ojos siempre vue...

El tiempo de vaciar los armarios

  /Retrato de una joven dama, 1920. Archibald Gl Barnes, 1887-1972) Las redes sociales tienen muy mala prensa. No dudo de que sean dañinas en cierto modo, sobre todo si no se sabe cómo usarlas, si no gestionas mínimamente ciertas claves necesarias. He visto peleas absurdas, diatribas innecesarias, envidias puestas de manifiesto, robos descarados de ideas y de textos, engaños, un poco de todo. Lo bueno y lo malo de los seres humanos, como en la vida real. Porque son una parte de la vida real, inseparable ya de nosotros.  Sin embargo, hay ocasiones en que ejercen una influencia benéfica sobre nosotros. Pondré tan solo un par de ejemplos. Cuando quedé viuda no tuve ni consuelo ni consejo por parte de nadie. Puede resultar duro decirlo pero es así. Esporádicas visitas de algunos amigos, que cesaron rápidamente porque "ver y oír a un triste enfada" como dice el poeta; desinterés y horas de soledad. Ni familia, ni amigos dieron un paso adelante, ese empujón que necesitas. Ni para m...

Asombro y soledad

  /Richard Burlet/ Aprendí sola el arte de la observación. Tenía un extenso muestrario delante de mí: mi calle era un paraíso de personalidades, tipos y caracteres. Me acostumbré a mirarlo todo y a enterarme de todo, aunque había temas vedados a los niños. En realidad, no creo que a los niños les interesara nada de lo que allí sucedía, ni a la mayoría de las niñas. Pero yo era una niña distinta, una niña rara, porque escribía y escribir significa observar. Desarrollé de este modo el arte de la observación y lo practiqué a conciencia de tal modo que aún hoy, pasados los años, sigo teniendo una absoluta claridad sobre aquella gente, sobre sus acciones y su forma de ser, sus relaciones, sus amistades, sus encuentros, sus problemas. Era un laboratorio y en mi cabeza sigue siéndolo. Aunque soy consciente de que yo también formaba parte del muestrario. También era observada por los demás.  /Raphael del Orme/ Mi principal interés estaba en las mujeres y los hombres. Los niños no me i...

Quieres hablar de él

Esa etapa del duelo en la que los que te rodean quieren que pases página. Están deseando que dejes de llorar si es que lloras. Están deseando que salgas a la calle, que te peines, que vayas a la peluquería, que te cortes el pelo, que te pintes los labios. Te piden que te compres ropa, porque la de antes no te vale, has adelgazado sin darte cuenta. Quieren que te entretengas, que veas películas, que leas libros (no demasiado serios, eso sí), que entres en las redes sociales. Quieren que hagas ejercicio, que salgas a dar un paseo, que vayas al supermercado, que cocines, que ordenes los cajones de la ropa, que hagas cosas, mil cosas, cuántas más mejor.  No entienden el sosiego. No entienden el ir despacio. No te miran realmente. No sabes lo que sientes. No sabes que necesitas pararte, que no es malo llorar, que ojalá las lágrimas acudieran, que prefieres estar en tu casa, en tu rincón, que los libros no te suponen nada, que no los comprendes, que la música te sobra porque te entristec...

Sin lágrimas

 /Cuadro de Gustav Klimt fotografiado por Inge Prader/ Desaparecieron las lágrimas. Todas se unieron entre sí y formaron una nube oscura, que se elevó y se confundió entre otras nubes, allá en el más lejano horizonte de la galaxia. Habían estado rondando durante días, semanas y meses pero, llegado el momento de estallar, se confundieron con el aire, con el humo y con la distancia, y desaparecieron las lágrimas para siempre. De ese modo, el sentimiento era un poderoso arcón donde las palabras se mezclaban unas con otras y donde no había manera alguna de entenderse. Una torre de Babel infinita, que días se escondía y días se mostraba sin llegar a construir ningún pensamiento. Una inmensa nube oscura plagada de imposibles. Las imágenes dejaron de tener sentido, los abrazos desaparecieron, las venganzas eran solo un punto del pasado, los amigos huyeron y los miedos se aposentaron. Ni una sola lágrima aliviaba esos momentos, ni una sola aparecía en el horizonte y el horizonte no tenía e...

Avignon, tout le temps

  Cenamos en Le Violette y luego recorrimos las calles. Brillaban. Se oía un sonido tenue de alguna fiesta en algún sitio. Pero nada molesto, nada que hiciera interferencia con el amor y el eco de los ojos. Nos miramos. Hacía calor pero a quién le importaba. No a nosotros, tan jóvenes. No a nosotros, tan llenos. No a nosotros, tan enamorados. La ciudad se revolvía sobre sí misma. La plaza del carrusel siempre estaba llena y, durante el día, teníamos la ocasión precisa para recorrer librerías, comprar regalos y regalarnos a nosotros mismos, dos amantes sin indecisiones, completamente seguros, libros y convertidos en fuego y bruma.  Nous avons dîné au restaurant Le Violette, puis nous nous sommes promenés dans les rues. Elles brillaient. Il y avait un léger bruit de fête quelque part. Mais rien de gênant, rien qui ne puisse perturber l'amour et l'écho des yeux. Nous nous sommes regardés. Il faisait chaud, mais qui s'en souciait ? Pas nous, si jeunes. Pas à nous, si pleins. Pa...

Cualquier cosa que me digas

  La chica de la foto mira a Nina Leen , que es la fotógrafa, y sonríe. Se ha quitado las gafas en un infalible gesto de coquetería. Gesto suena igual que beso. La ventana está tendida hacia los árboles, desconocidos árboles cuya esencia no conocemos, porque a la fotógrafa le interesa más acercarse a la chica, con sus shorts y su camiseta de escote Bardot , aunque quién sabe si Bardot existía en esos años o no. Seguramente no. Brigitte no se quitaba la edad pero Nina Leen nos ocultó el año de su nacimiento y todo lo que ha dejado son elucubraciones. De todos modos, a quién le importa cuándo nació si tenemos sus fotografías, transparentes, inauditas, valientes para la época. Como le sucede a la chica, yo también solía usar poca ropa y mi padre tenía una frase para la situación: ¿no había más tela en la tienda? La tienda era Jisol y estaba en la calle Real y mi madre compraba los retales y me hacía los vestidos en un instante, porque a mis hermanas la moda no les interes...

Memoria del encuentro

 /Fotografía de Gonzalo Juanes, 1923-2014/ Había un paraíso en el encuentro. Las calles con sus miles de colores, sus atributos, la forma especial en que se presentaba a nuestros ojos, tenían toda clase de sorpresas y nosotros bullíamos en ellas, sin sospechar que un día no lejano iban a convertirse en enemigas, en cotos cerrados, en alambrada de espinos. Un tiempo hubo en que la calle era nuestro refugio, el que te hacía huir de la monotonía diaria, el que te aliviaba del trabajo, el que reseteaba tus sentidos y el que te traía el hallazgo de los encuentros. Todos unidos en ese momento del saludo, en ese adiós de las despedidas. Hace tiempo de esto y aún se recuerda esa fibra brillante de la vida enlazada. Hace unos años todo cambió y, para muchos, terminó. Nunca más recuperar la agilidad de las miradas, el abrazo, el  beso, la bulla ingenua, el temblor de los escaparates. Nunca más sentirse libre y a salvo de todo en ese espacio irrecuperable que ya no es nuestro, no es nues...

Voces blancas

/David Hockney, in memoriam/  Un hombre vestido de blanco descendió el avión y entonces se elevaron al cielo muchas voces blancas, niños y niñas, jóvenes, adolescentes, que cantaron canciones, cantos, cánticos y también hubo cantes en el aire y esto fue una especie de aviso de que todo el mundo se había dado por enterado de la visita del hombre de blanco al viejo país, gastado, cansado y sin esperanzas, que quiso convertir las voces de los niños en telegrama, carta, correo electrónico o mensaje de móvil para decir a ese hombre que querían que las cosas fueran distintas y la gente tuviera un poco más de ilusión, no solo los que llegaron de fuera sino la gran mayoría de todos, hoy dispersos, perdidos, agotados, envueltos en noticias alarmantes, angustiados porque faltan muchas cosas. Madres que velan por sus hijos, hijos que tienen que ayudar a los padres, muchachos que no saben dónde estará su futuro, árboles sin vida, luces apagadas, historias sin escribir. Todo eso se elevó al cie...

Tarde de lectura

 /Mis fotos. Patio del Aljarafe/ Las tardes frescas del verano, ese momento en que el aire atlántico se atreve a cruzar el espacio y llegar hasta la pequeña fuente, el arriate, el banco de madera, el escalón, la casapuerta, ese momento. La puerta de la casa está entornada, no hay nadie por la calle, los niños tienen prohibido pisarla hasta que acabe la hora de la siesta. Alguno se escapa siempre. Y se sienta en una esquina en silencio, en el banco, en el suelo, en el escalón, en un felpudo viejo. Y saca de alguna parte un libro, el libro de esas horas y esos días, el libro de los instantes silenciosos, el libro que contiene una aventura insalvable, que cubrirá de agua de mar los sueños, de una valle por pintar a la que se saca negocio, de una lucha incansable entre los cruzados o, quién sabe, de princesas también, siempre alguna princesa. 

La tela de araña

 Suena la música y se apaga el teléfono. No hay nada que pueda traerte ese sonido, ninguna ilusión, ninguna buena noticia, ningún estremecimiento. La canción se eleva por encima del aire y cubre la habitación como si fuera una cúpula, un lugar extraño, nacido para eso, para entenderse en los peores momentos y en los buenos instantes. Suena la música y no queda otra cosa que esperar, entender y sentir los latidos de las voces, inflamadas del misterio que atrae, desde siempre, a la gente que se ama. Falta el amor y el amor se aloja en cualquier sitio, fuera de tu alcance, fuera de ti misma, fuera de todo, tan lejos. No en un país exótico, no a miles de kilómetros, a solo diez minutos la inmensa realidad de sus mentiras. Así que deja ahora la música sonar, que la música guarda un secreto que nadie más conoce y no olvides que, ante todo, si te has vuelto a engañar no ha sido cosa tuya. Es que, seguramente, hay cosas imposibles que te nublan la vista y logran que te envuelvas en la tela...

Lo que nunca existió

 /Foto: Patrick Demarchelier/ Lo difícil no es inventarte una historia sino escribir una historia basada en hechos reales. Los hechos reales casi nunca son bonitos, la mayoría de las veces tienen una parte de sordidez y nueve de agua, de levísimo interés, de aburrimiento pleno. A nadie le interesa leer cosas rutinarias y pararse en un escaparate cotidiano que no presenta nada de extraordinario ni de sublime. La vida real siempre te desengaña, siempre te hace caer en la decepción. Esperas más de casi todo y de casi todos. Por eso la gente que inventa historias tira la casa por la ventana. No es raro que a los niños les guste tanto la fantasía y que sean capaces de creerse que hay gentecilla tan pequeña como Pulgarcito y que el sastrecillo valiente se cargó él solo a siete gigantes, que quizá fueran moscas, pero, como es fantasía, uno puede convertirlo en lo que le dé la gana. Pensándolo bien, inventar compensa. Y no tienes atadura alguna a fechas ni a datos. Si no coinciden, es lo n...