Esa etapa del duelo en la que los que te rodean quieren que pases página. Están deseando que dejes de llorar si es que lloras. Están deseando que salgas a la calle, que te peines, que vayas a la peluquería, que te cortes el pelo, que te pintes los labios. Te piden que te compres ropa, porque la de antes no te vale, has adelgazado sin darte cuenta. Quieren que te entretengas, que veas películas, que leas libros (no demasiado serios, eso sí), que entres en las redes sociales. Quieren que hagas ejercicio, que salgas a dar un paseo, que vayas al supermercado, que cocines, que ordenes los cajones de la ropa, que hagas cosas, mil cosas, cuántas más mejor.
No entienden el sosiego. No entienden el ir despacio. No te miran realmente. No sabes lo que sientes. No sabes que necesitas pararte, que no es malo llorar, que ojalá las lágrimas acudieran, que prefieres estar en tu casa, en tu rincón, que los libros no te suponen nada, que no los comprendes, que la música te sobra porque te entristece, la música te pone triste, no entienden que estás detenida y que quieres quedarte ahí, no sabes por cuánto tiempo, pero detenida, como una estrella en el firmamento que apaga su luz y nadie adivina cuándo volverá a lucir.
En esa etapa del duelo en que se supone que ya debes andar espabilada, que ya está bien, que vale, que no sirve de nada seguir llorando, que te muevas, que la vida es así, que disfrutes, que salgas, venga ya, que dejes de estar en la penumbra, en esa etapa del duelo la gente quiere que aligeres su carga, porque ellos también la llevan y están cansados de escucharte, de verte con mala cara, de que el plato se quede sin tocar, de que tengas insomnio o no logres esbozar una sonrisa.
Tú sabes, como tantos otros que pasan por lo mismo, que las cosas no son de esas manera. Que necesitas tiempo y que tienes que recomponer todos y cada uno de los trozos partidos que se han ido derramando por el suelo, que se han ido perdiendo, escondiendo no se sabe dónde, que se han ido agostando, que se han ido diluyendo no cualquier vaso de agua, que se han ido doblando junto a tu cuerpo dolorido, que se han ido transformando en restos sin remedio. Que necesitas tiempo, tiempo para entenderte y entender lo que pasa, lo que ahora eres, lejos de lo que fuiste, sin nada que recuerde lo que querías ser. Tiempo para buscar un hilo de esperanza, un hilo solamente, algo que te amarre al planeta Tierra, a las constelaciones, al sueño, a cierta clase de vida que es la que ahora te espera.
(Foto: Caty León. El último ramo de flores)
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