Mi pueblo, Chiclana de la Frontera, es, en realidad y ahora mismo, una gran ciudad de noventa mil habitantes. Que se dice pronto. Y es una ciudad afortunada en todo: clima bondadoso, campo, playa, zonas urbanas, comunicaciones. Ha crecido tanto que cuesta trabajo recordarla cuando La Barrosa era un pinar e iban allí los novios en los coches a "hablar" de amores. Siempre ha sido un paraíso y su gente muy especial, con ese sonido propio a la hora de hablar, un acento reconocible y que da gusto escuchar. Ese aire campestre que destila, ese olor a vino dulce en las casapuertas, esa ventana al río, esas huertas, todo en ella indica belleza y verdad. Y algunos de sus edificios presentan un perfil noble, elegante y burgués, al mejor estilo de las construcciones y del arte. Es un lugar increíble. Allí nací, en la calle Fierro. Allí jugué en sus azoteas y visité sus tiendas de ultramarinos y subí sus cuestas. Allí comencé a trabajar de maestra en el colegio de Santa Ana y allí me eché...
Desde 2009, leyendo y escribiendo El blog de Caty León