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Todo es azul en Portimao

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 Ese horizonte se confunde con el mar. Y el agua del mar parece caer en la piscina. La gente parece absorta en sus cosas, las parejas se miran, al son de una música tenue bailan cuando cae la madrugada. Alguien te ofrece una copa y sonríes. Estáis esperando el milagro. O eso parece. Hay una especie de tiempo nuevo cuando llegas aquí, una prórroga de la vida cotidiana. Terminan los agobios y acaban las tareas. Todo se va en soñar y en sentarte en una de esas hamacas dispuestas hacia el agua. El agua es el gran milagro. Lo que no falta en Portimao.  La playa es otra cosa. Desde todos los tonos de azul se pasa a todos los tonos del verde. Las enormes piedra rocosas sombrean toda la costa del Algarve, también aquí, y la gente parece perderse, son diminutos muñecos en un horizonte más amplio. Las sombrillas lucen sus colores y las olas apenas rompen en una extensión mínima de tierra. No hay bajamar, todo es altura. Nuestros días en Portugal fueron esplendorosos. No sabíamos qué nos...

En la librería

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/Librería Ler Devagar, Lisboa, Portugal/ Como sueles hacer, te pierdes en la librería a la hora de comer y se te olvida la comida. En las estanterías hay muchos libros en inglés y te pones a buscar la sección de jardinería porque, dices, los ingleses son muy amantes de los jardines. El chico que te atiende tiene la paciencia de un santo. Porque eres un cliente difícil, que siempre tiene tendencia a irse a lo más raro y porque hay que sacarte las palabras con sacacorchos. El chico de la librería no tiene por qué estar pendiente de ti, te digo. Y te sonríes. Y me desarmas. Te he dejado con tus libros en inglés y con portadas de flores y me he ido a buscar cosas de Lidia Jorge o de Peixoto, o también de Eça de Queirós y de Pessoa. Encuentro una edición de El primo Basilio que es un primor, con una cubierta blanca y rosada, muy original y bonita. Y luego me llevo dos libros más cuyos autores desconozco pero también tienen unas cubiertas preciosas. Entonces tú te das cuenta y me dices: ...

Con música de fado

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Volamos. A través de las ventanillas del coche (de un azul oscuro, casi noche), veíamos los olivos del Aljarafe que se quedaban atrás, cruzamos la frontera, entramos cerca de la costa, visitamos Tavira, comimos en Praia Verde y, a la caída de la tarde, llegamos a nuestro destino, confiados, felices, juntos. La visita al mercado por la mañana trajo la primera pelea (qué sería de aquellas horas sin nuestras discusiones por todas y cada una de las tonterías del mundo) y luego comimos langosta y cenamos en Faro y compramos cosas que para nada servían, salvo para mirarlas ahora y recordarte. Los años felices nunca deberían convertirse en vacío sino rellenar para siempre cada hueco de tu vida. En eso tú eras un maestro. Al otro lado de la foto, ahí estabas entonces. Me gustaría verte. De qué forma me mirabas al captar la instantánea. Pero ya no es posible. Aunque te quiero.  (Foto: Antonio Mesa. Armaçao da Pera. Algarve. Portugal)