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Mostrando las entradas etiquetadas como CadaFotoUnaHistoria

La música de los árboles rosas

  He recorrido la senda de los árboles rosas sin cansarme nunca. Los he visto todos, los he hallado y sentido. De esa manera, he logrado conquistar la paz del corazón y perdonar los empujones, las traiciones y la ira. Una vez encontré un paisaje tranquilo y diferente, una ciudad con una almohada blanca, que era capaz de acariciarte al dormir. Así, de esa manera, estuve varios días pensando en que la dicha era posible. Pese a todo, pese a la muerte, pese a la ausencia y el abandono, pese al vacío. Recorrí la ciudad, sus senderos, sus árboles rosas, sus avenidas, sus edificios oscuros, sus calles blanquecinas, sus tiendas, sus bares, sus restaurantes, sus cines y teatros, lo recorrí todo de tu mano, y no te conocía antes de eso, eras el desconocido de la historia, el hombre abstracto, el que nunca se enfadaba y el que siempre sonreía. Así fue todo, la historia que tuvimos, lo rosa, los rosales del Retiro, nosotros, un amanecer claro en rosas convertido. 

La sonrisa

    La sonrisa es el gesto más acogedor que una persona puede realizar. En un momento dado, se abren las puertas al exterior y, a través de la sonrisa, lo de fuera se funde con lo de dentro, lo que somos se une a lo que son los otros. No todo el mundo entiende el valor de la sonrisa. Hay gente que no sonríe casi nunca. Y hay veces en que sonreír cuesta muy caro. Veces en que la sonrisa supone un esfuerzo mucho más grande que las lágrimas. Alguien puede pensar que esto es exagerado, pero no, y por eso mismo voy a contaros una historia.    La historia comienza con una muerte. La muerte de alguien joven a quien no correspondía morir, una muerte sin piedad y sin épica. Una muerte dura para ese hombre y para todos los que lo rodeaban y querían. No eran tantos. La vida engaña, la muerte asegura sus deudos verdaderos. Desaparecerían todos como aves que vuelan a otros campos aunque eso todavía no lo sabíamos en los días primeros del luto. Amigos que habían dicho de serlo, co...

Aquel fugaz momento en que te amaba

  /Foto Manuel Litrán/ Nadie atiende a razones cuando se va la luz del mediodía. La tarde va cayendo como una masa informe sobre los sentimientos, el sol se marcha y con él la dicha suave de quienes enlazan sus manos a modo de promesa. Así estuviste tú en otro otoño, en otro invierno, en otra primavera. Así me convencí de que no todo ha de ser fuego, ha de guardar mentiras, de que todo no tiene que convertirse en pérdida, que aún queda esperanza, poca, eso sí, y durante un momento. El momento fugaz en que te amaba. Ya no sabría decirte cuándo fue, ni siquiera recuerdo nuestros nombres, ni la forma en que se unían los cuerpos, ni el sonido de las voces sumadas y mezcladas sin que otra solución diera paso a la dicha. Es difícil recordar que hubo un tiempo en que el atardecer no daba miedo, en que el anochecer no daba rabia, en que la madrugada era un suave latido, en que los dos, en un fugaz momento, amaneciamos juntos.  /Título, verso de Ángel González/

La aristocracia del amor

  No sabía cómo titular esta entrada. Y han saltado solas las dos palabras: amor y aristocracia. En todo caso, escribo de algo que no existe. O quizá sí. Quizá no se destruye nada que haya sido perfecto y verdadero. Cada mueble, cada flor, cada tapicería, conserva una historia, una historia que puede reproducirse y que puede crear sensaciones. La memoria funciona así, así se convierte en nostalgia y la nostalgia conduce siempre a la pena. Todo lo que echamos de menos nos duele. No solo lo amargo, también, y sobre todo, lo dichoso.  Colocamos con nuestras manos todas las cosas y convertimos un envoltorio en una casa. Y la casa se hizo hogar con mil detalles y con mil momentos. De esos momentos muchos fueron terribles, quizá por eso se destruyó ese universo cuando todo acabó. Pero entonces, cuando había claridad, todo parecía nuevo, firme y casi perfecto. Aunque, ahora que lo pienso, todo el tiempo fue dolor y se incubó y se vivió el dolor y los espejos lo mostraron, y los muebl...

Paseo a la luz de las horas

 ¡Qué atrevimiento! Pasear por una gran ciudad con una camisa de hombre por toda vestimenta. Bueno, y una gorra roja. Qué delicia de juventud, que puede hacerlo todo. Hay fotos que te parten el alma de nostalgia. 

El otro mar

  /Caty en el Mar Menor. Foto Antonio Mesa/ El océano Atlántico es verde y el Mediterráneo es azul. Hay otro mar distinto al que he conocido desde siempre. Mi mar es un océano abierto y llega hasta América. Es el mar de los esteros, los montones de sal, las casas salineras, las salinas, los restos napoleónicos, las batallas navales, la historia de los marinos, el Descubrimiento, la vuelta al mundo y el regreso. El Mediterráneo, en cambio, es el mar de Serrat, el de las noches en Sitges o en Lloret, el mar de los primos Munné, el del calor pegajoso, el de las madrugadas de flamenco, el de las búsquedas y los encuentros. De ese modo, una sabe que estar entre dos mares es sino y condición y que el reflejo del agua en las gafas oscuras tiene que ver con el ansiado oleaje de los tiempos de abrazos y la buena esperanza. 

Un aire del pasado

  (Foto: Manuel Amaya. San Fernando. Cádiz) Éramos un ejército sin pretensiones de batalla. Ese verano, el último de un tiempo que nos había hechizado, tuvimos que explorar todas las tempestades, cruzar todas las puertas, airear las ventanas. Mirábamos al futuro y cada uno guardaba dentro de sí el nombre de su esperanza. Teníamos la ambición de vivir, que no era poco. Y algunos, pensábamos cruzar la frontera del mar, dejar atrás los esteros y las noches en la Plaza del Rey, pasear por otros entornos y levantarnos sin dar explicaciones. Fuimos un grupo durante aquellos meses y convertimos en fotografía nuestros paisajes. Los vestidos, el pelo largo y liso, la blusa, con adornos amarillos, el azul, todo azul, de aquel nuestro horizonte. Teníamos la esperanza y no pensamos nunca que fuera a perderse en cualquier recodo de aquel porvenir. Esa es la sonrisa del adiós y la mirada de quien sabe que ya nunca nada se escribirá con las mismas palabras.  Aquel verano fue el último antes ...

Junto al puente

Durante algunos años viví muy cerca del puerto de los Remedios. Primero lo hice en la antigua calle Turia, en la misma esquina que daba a la fábrica de tabacos. Los Remedios es un barrio que me encanta porque aquellos años fueron fastuosos, cada día descubría cosas y gente nueva y tuve ocasión de contemplar historias asombrosas. Luego he seguido yendo y sintiéndome como en casa, incluida una etapa de primavera que terminó cuando todos los renacimientos se encerraron. Después, mi cercanía con el puente sucedió en Pagés del Corro, casi esquina con Génova, a un paso de la Plaza de Cuba. Y la Plaza de Cuba ha sido testigo de felices encuentros, de aventuras increíbles, de juegos amorosos, de vida. Allí las horas tenían explicación. Nuestra terraza de Pagés del Corro contemplaba la Giralda y en las noches de Reyes veía pasar la cabalgata del Ateneo. Desde hace mucho soy una ateneísta de a pie, sin cargo, sin encargos y en el anonimato. En esa foto, con un jersey que claro está conservo, est...

Quietud

  Eran días de asombro y novedad. A uno y otro lado del puente mis pasos recorrían una nueva realidad deslumbrante. Una ciudad herida de semáforos, anclada en la belleza. Atrás quedaron el aire ultramarino, el olor a salina, la brusquedad del viento de levante. La facultad, las galerías de arte, los bares y los pubs, la calle y la sombra ansiada de los árboles, el fuego del verano, la quietud del otoño, el teatro y la música. Y el río, que era un dorado mar donde mirarse.

Loquitas

 /Foto: Archivo personal/ Durante un tiempo anduve cerca de estas dos loquitas. La vida te lleva y te trae y el contacto con los hermanos siempre es muy variable. Pero hubo años en los que las dos loquitas y yo compartíamos cosas que merecen la pena. Por ejemplo, las noches de los Oscar, ataviadas con pijamas de primavera, mantitas de colores, mucha Coca Cola y chucherías para comer durante toda la noche. La cinefilia es una enfermedad que no tiene cura. Las dos tienen buenas manos para la escritura y sus historias y sus diarios tienen el encanto de la espontaneidad y de la gracia. Además, incluso son capaces de convertir un problema en una oportunidad y no les faltaban rizos para que la foto estuviera completa, unas navidades, un tiempo a la espera. 

Una casa en la montaña

El lazo era celeste y celeste el jersey y blanca la camisa. Y el pelo rizado, en una de las ocasiones en que el viento hacía de las suyas, y el flequillo se movía a su ritmo, sin nada que pudiera detenerlo. Y entonces surgía la sonrisa y el flash del fotógrafo se conmovía sin darse cuenta de que no era oro todo lo que reluce. Cuántos errores se cometen sin saber que luego no hay salida...Aquellos años estaban cubiertos por la pátina de la amistad. Los amigos nos recibían en sus casas, nos llamaban por teléfono, nos escribían alegres cartas, venían a vernos. Todos los amigos tenían cosas que contar, fotografías que enseñar y aventuras por relatar. Los escuchábamos y hacíamos que ellos entendieran que eso era parte de vivir entonces. Pero era él. Él obraba el milagro. Conocía exactamente la forma de perpetuar las relaciones, de hacerse imprescindible, de intercambiar la vida a sorbos. Sabía hacerlo y yo, en lugar de aprenderlo, huí en cuanto pude. No se p...

Dice tanto esa mirada...

  Lo primero que percibes cuando alguien se te muere es que ya no te verá. Lo que eras y veía ha desaparecido. Eres otra persona. La primera vez que te convertiste en otra persona fue cuando murió tu padre. Nadie lo notaba pero eras otra. Después de tres días de llanto ininterrumpido salió la mariposa a decir que todo se había transformado sin mediar procedimiento alguno, por el sencillo trámite de la pérdida. Ese hombre que tenía manos suaves de trabajador constante y que comía con delicadeza y que guardaba siempre todo para los otros, sin reparar nunca en sí mismo, sin pensar en que fue niño solitario, niño abandonado, niño pobre, niño sin ser niño.  Luego pasaste a ser un fantasma callado cuando murió tu madre y la fecha de su muerte no coincidía con la fecha de su adiós, es más, no existió adiós, solo desapego, olvido, el brutal alejamiento de quien no sabe quién es ni quién eres, ni percibe la fecha del día, ni nota el calor o el frío, ni desafía ya a los que mandan con s...

Descalza por el parque

No recuerdo quién me hizo la foto, pero sí el sitio, el Parque de María Luisa de Sevilla, mañana de verano, a punto de que estallara el calor y nos obligara a volvernos a casa. Quién sería, me pregunto. No me suena ningún amante a tiempo parcial, ningún enamorado a tiempo completo. No me suenan los nombres y tengo duda pero sé que ese día era feliz. La sonrisa es de ser feliz y los ojos entornados también. Solo cuando uno es feliz puede entornar los ojos de esa forma. Recuerdo con detalle el vestido. Era una tela de esas que llaman denim, aunque negra y no azul. Llevaba delante unos pequeños bordados, como puede verse. Y la parte de abajo hacía un volante discreto. Las zapatillas apenas se ven, pero las había comprado en Madrid, en la calle del Carmen, en una zapatería a la última moda, y se ataban con cintas. Fui la primera que llevó estas zapatillas a mi pueblo, a mi ciudad, más bien, y todas las amigas y las enemigas querían llevarlas. Y llevaba un pequeño collar al cue...

Aquellas escaleras ¿las recuerdas?

  (Foto: Esteve Munné. Barcelona) Durante algunos años recorrimos el mundo. El mundo que queríamos, la circunvalación de nuestros sueños, el perímetro del amor, un camino de Santiago vestido de nostalgias. Las dos, indiferentes al miedo de los padres, a la preocupación, al susto, viajamos solas y aprendimos sin ayuda de nadie que hay un tiempo para cada cosa y que el tiempo de la aventura lleva trenzas y un vestido de rayas.  De ese modo, asaltando la noche en los trenes de largo recorrido, visitando los parques de atracciones, disfrutando de alguna transgresión cuando era necesaria, supimos bebernos la juventud sin tasa, sin método, ni medios, ni mentiras, blanca esperanza solamente, luz blanca únicamente, nosotras, las dos, sin otra túnica que el apetito cierto de vivir.  Recuerdo el mediodía con el sol en lo alto, el vestido de rayas, la sonrisa cuajada de preguntas, nosotras, en una gran ciudad, rodeada de misterios, de encuentros fortuitos, de llamadas anónimas, de q...

Desayuno con algunos diamantes

 Un calor asfixiante rodeaba la subida a Cazorla. Sudaban las hojas de los árboles, sudaba el suelo, sudábamos. En una ocasión hubo que pararse, todo palpitaba al mismo tiempo que el sol caía sin ninguna piedad sobre nosotros. Así eran las excursiones y así era el tiempo del verano que vivíamos hasta la extenuación. En el pueblo no era distinto. Las charlas del mediodía, el camino a la casa desde el bar, la siesta, el sueño y el sopor que la rodeaban, solo podían compensarse con los baños a medianoche o al amanecer en la piscina. Esa clase de verano en que un vestido naranja podía convertirse en el camino más seguro a la feria. Los chicos tenían ingenio, inventaban tretas para que pudiéramos dejar la casa a una hora intempestiva y, sobre todo, para que el árbol que estaba delante del balcón nos convirtiera en julietas sin romeos, en anhelantes hadas, todo lo que los primeros amores traen consigo. El mío era más guapo y más joven, más moreno y de ojos más oscuros, más tierno y más a...

Catorce años

  Da una pena ver las grapas en la foto, parecen que van a arañarla. Sin embargo, así están en el original de papel. Alguien puso las grapas en la foto y se oxidaron y esa es la huella que queda en la cara de la niña. Y también los restos del sello del club, en el que entró con catorce años y esa es la edad de la niña de la foto. Catorce años y una cara que es imposible de descifrar. Siempre buscando algo, siempre en busca de algo inexistente. Algo que no sabe qué es ni dónde está. Algo inasible, inabarcable. Sigue así, no lo ha encontrado. Quizá no existe. La niña sigue así.

Inocencia

  No hay mayor inocencia de la que sostienes cuando todavía vistes una blusa que te ha cosido tu madre. Has mirado en la revista de modas, has ido a comprar un retal en la tienda de tejidos de siempre, has elegido un modelo y te has imaginado a ti misma en medio de todo, fulgurando a la luz de las estrellas, sembrando dicha bajo el sol. Recuerdas la sudadera rosa, recuerdas la cazadora blanca, recuerdas los pendientes de mercadillo, los recuerdas. Recordar es un lujo que la vida te ofrece. Y tu mirada…¿Qué miras? ¿Cuál es la gran pregunta? Hoy no sé lo que piensas. Se nota en la forma en que miras a un punto indeterminado, no se sabe a quién, no se puede descubrir el motivo de esos ojos, de esa especie de tristeza mínima, de esa sonrisa sin definir. Cuando la sonrisa falta, hay algo que parece perderse y quizá entonces ya adivinabas algo, ya sabías que las cosas no tenían futuro. En un fondo indeterminado, que no reconoces con el paso del tiempo, ella parece preguntarse todo y no h...

Los días más frívolos

A veces es difícil enhebrar las agujas. Se descose el vestido. Se hace largo y se pasa de moda. Por mucho que quieras adornarlo con puntillas, adornos y otro tinte, el tiempo lo ha convertido en pasado, y el pasado no vuelve. Entonces miras a lo lejos y esperas que las cosas se ajusten y que todo se convierta en un nuevo cauce, algo en lo que reparar sin ganas o sin vuelta. La mano pensativa. Los ojos ocultos tras las gafas. El pequeño reloj, que fue un regalo. El lugar lleno de gente y la tarde cayendo en la ciudad del mar y vacaciones. La piel tersa, la juventud completa, los pendientes de cristal, el pelo cayendo sin pensarlo siquiera. Esos días de Sanlúcar, esas tardes de helado y de conversaciones, esas noches de inocente locura, esos amaneceres. Sanlúcar en un sueño, en una espera, allá quedó, tan lejos, tan enorme y ansiado.  (Foto: Luis de la Rosa. Sanlúcar de Barrameda. Cádiz) 

Aquellos ojos verdes

No diré su nombre por prudencia y porque los nombres, al fin y al cabo, importan poco. La esencia, las horas, los sonidos y las voces, todas esas cosas que no admiten reserva, están depositadas allá donde la memoria no puede hallar batalla. Días gloriosos que tenían siempre una explicación. Los tiempos en los que el verano iba abriéndose paso entre el gozo y la duda, siempre ardiente, siempre insatisfecha, siempre en brazos del amor que no acababa nunca. Si la vida se viviera del revés hubiera sabido entonces que era él, él quien habría de llegar para quedarse. Pero la juventud tiene la mala costumbre de convertir una tontería en categoría, y un desliz en causa común. Ahí, en ese momento, sin embargo, falda de rayas celestes, camiseta a juego, sandalias de piel y ese bolso azul inseparable, ahí, en ese momento, todavía el sueño era posible, todavía aquellos ojos verdes convertían el objetivo de la cámara en una canción que hablaba de deseo, de enorme deseo satisfecho y por venir. E...

A tu orilla

El viento no era nuestro enemigo. Ninguno de ellos, ni el levante, ni el poniente, ni el sur, podía evitar que recorriéramos con ansia cualquiera de esos caminos que antes otros habían trillado pero que, para nosotros, eran nuevos. Las ciudades, los pueblos, las orillas de las playas, las plazas de las ciudades, las calles de los pueblos, los puertos, los atajos, las cordilleras, el monte, el campo. Siempre buscabas campo porque decías que aquí no había, que solo eran pequeños matojos, yerba, setos, nada de verdadero campo, el campo salvaje, virgen, de tu tierra. En tu pequeño pueblo, tan desconocido para todos, el campo era el punto y aparte de las cosas. Como si fueras irlandés y hubieras nacido en una granja. Entonces yo no lo sabía, pero serían los hombres de campo los que escribirían gran parte de mi historia. El viento no era nuestro enemigo y corríamos adonde podíamos amarnos sin reservas, sin testigos, sin vecinos ni voces. Aquellos días inmaculados, verd...