La aristocracia del amor
No sabía cómo titular esta entrada. Y han saltado solas las dos palabras: amor y aristocracia. En todo caso, escribo de algo que no existe. O quizá sí. Quizá no se destruye nada que haya sido perfecto y verdadero. Cada mueble, cada flor, cada tapicería, conserva una historia, una historia que puede reproducirse y que puede crear sensaciones. La memoria funciona así, así se convierte en nostalgia y la nostalgia conduce siempre a la pena. Todo lo que echamos de menos nos duele. No solo lo amargo, también, y sobre todo, lo dichoso.
Colocamos con nuestras manos todas las cosas y convertimos un envoltorio en una casa. Y la casa se hizo hogar con mil detalles y con mil momentos. De esos momentos muchos fueron terribles, quizá por eso se destruyó ese universo cuando todo acabó. Pero entonces, cuando había claridad, todo parecía nuevo, firme y casi perfecto. Aunque, ahora que lo pienso, todo el tiempo fue dolor y se incubó y se vivió el dolor y los espejos lo mostraron, y los muebles tenían la pátina del sufrimiento y de la rabia, del porqué.
La fotografía es eso que convierte en un recuerdo lo que la memoria no sabe cómo llamar. Ilumina la memoria y también te cubre de una pátina de tristeza absoluta, incluso cuando tu memoria se niega a recobrar los momentos dolorosos, la innegable y apabullante manera en que la vida te arrasa, te convierte en un juguete en sus manos. Quisimos que floreciera el jardín, quisimos que lucieran las paredes, quisimos que brillaran los espejos, quisimos soñar con una esperanza que nunca se cumplió, abrazamos el tiempo que sobraba, el poco tiempo que hubo, la poca fuerza que había, la lentitud, la llana sensación de que no éramos nadie, de que no somos nada. Qué hermosura en las fotos, qué tristeza en la vida.
(Foto Caty León)




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