Para Meli, en La Carolina, tan hermosa
Había un sol de justicia, había un secreto que a todas nos unía y un vestido blanco con margaritas. Había gente muy joven y algunos mayores que no estaban demasiado de acuerdo, pero los jóvenes sentían que aquello no tendría importancia alguna después de pasar los años y tuvieron razón. En el tiempo de los descubrimientos, la elegante ciudad de Sierra Morena concentraba anhelos y amores, todos ellos incrustados en corazones ardientes, deseosos de vivir la vida a tope. En los bares y en las cafeterías, en los paseos, en los restaurantes, se alternaba con los amigos y con la esperanza de descubrir el mayor de los afectos. Había un hotel en el que los novios aguardaban el sí quiero. Y había también una alberca, una enorme alberca floreciente, que daba a la casa la categoría de espectáculo. Lanzarse a la alberca recién levantadas era un milagro. Un bikini verde, una riña intempestiva, estas niñas hacen lo que quieren. En medio de todo esto, la vida no anticipaba sino dichas. Y, a pesar de todo, a pesar de que cada una de ellas llevó su cruz llegado el momento, el paso de los años convirtió aquello en un balneario donde la felicidad era seguro. Nadie sabía lo que el devenir depararía pero en aquellos corazones, por unos instantes, la promesa de un futuro dichoso pervivió. La vida estaba vestida de telas suaves, de muselinas, de rasos y lazos, de transparencias, de minifaldas y de espaldas al aire. Vestidos azules, vestidos negros, vestidos rojos, vestidos blancos y unos zapatos altos de tacón para celebrar que solo una vez se tienen veinte años.
/Ilustración de Kelly Smith/
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