Comida rápida


 La ciudad entera es un universo blanco. La nieve cae y se posa sobre el suelo, los coches, los árboles. Todo desaparece. La vida parece ralentizarse y, detrás de las ventanas, los hombres y mujeres de la gran urbe contemplan con curiosidad este fenómeno. Todos los inviernos Nueva York se hiela. Así lo plasma en esta portada una revista en la que todos queremos escribir, siquiera sea por compartir espacio con algunos nombres venerables. Escribir en una revista tiene algo de mágico, mucho de bello. He escrito en muchas de ellas y hoy todavía considero a mi blog una revista, una revista digital que tiene bonitas imágenes y emocionantes textos. O eso quisiera yo pensar. 

 Los riders, sin embargo, son imprescindibles. Las oficinas están llenas de empleados que no tienen tiempo de volver a casa para comer o que no pueden arriesgarse a cruzar el talud de nieve para ir a la tienda de enfrente, al restaurante de lujo o al garito de barrio. Cómo serán allí los bares de tapas, me pregunto. Y en las casas, quizá haya gente solitaria o parejas que no saben cocinar, que no quieren cocinar y que prefieren esa comida que tiene mucho de internacional, mucho más que la italiana o la china. La comida rápida nos hermana a todos. Tenemos una urgencia y es la comida rápida la que nos salva. Un tributo a esa comida es este texto, una forma de agradecer que, en ocasiones, muchas más de las que nos pueda parecer, la comida rápida nos salva. Pequeñas hamburguesas de enfrente del hospital de Cádiz, patatas fritas con salsa para ver una película de dibujos animados en familia, grandes pizzas para divertirnos con amigos y los magníficos vip clubs de los días amorosos, en los que el aire se agita, el tiempo se enfada y nosotros, seres humanos deseosos de abrazos, usamos nuestros artilugios para asegurarnos que algo llegará, un dulce, un sandwich, un lo que sea y entonces masticaremos con la energía de quien sabe que los riders cruzan la ciudad y lo desafían todo por poco dinero. 

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