Una cuestión de rosas

 


Era una especie de jardín inglés, abierto y lleno de recovecos extraños. Nada de cuadrículas, ni de setos ordenados, más bien una clase de jungla urbana, en el patio de la casa, una extensión grande que se dividía en zonas. La del jardín solo era una de ellas y allí el verde reinaba. Lo mismo sucedía en los arriates que lo envolvían, marcando las distancias, impidiendo que el agua de la lluvia lo anegara en su momento. La lluvia no tenía control a veces y, en otras ocasiones, escaseaba. Los tiempos de sequía eran tan numerosos como los tiempos húmedos y el jardín tenía la extraña virtud de sobrevivir a todo. 

Estaban las rosas. Rosas amarillas, blancas, rojas y rosas. Las rosas rosas son redundantes, algo cursis, romanticonas y también traicioneras. Alguien puede regalarte un gran ramo de rosas rosas y no querer decir nada. A ella le sucedió en una ocasión. El chico le trajo en autobús un ramo de rosas muy grande y entonces ella pensó que todo estaba hecho, que ya era definitivo, porque hasta entonces se habían limitado a abrazarse en las cabinas de teléfono, o a sentarse en el cine mano sobre mano, o a buscarse en la biblioteca de la facultad y a escribirse tarjetas, postales, cartas, incluso un telegrama una vez que llegaba a visitarla de improviso. El telegrama decía "tengo ganas de verte, me largo para allá", en su lenguaje propio e impulsivo. Pero la impulsividad no hizo que le hablara con la claridad que ella necesitaba y así era su eterno pretendiente, su eterno no sabía qué. ¿Tienes novio? le preguntaban en su casa. No lo sé, pensaba ella, aunque no contestaba nada. No supo si tenía novio. Y recibió ese enorme ramo de rosas rosas llena de interrogaciones. 

La postal de navidad en la que él le decía: "Lo de la Filo se ha ido al cuerno. Queda la otra, la de siempre" nunca tuvo una mayor explicación. La Filo era una amiga que parecía iba a convertirse en novia, pero ya no. Y la otra, quién era, se preguntaba. No supo quién era la otra, no supo si la otra era ella, no supo si ella era la de siempre, no supo nada, él no habló con claridad nunca, él era muy tímido, pero tanta timidez lo desbarató todo, destrozó el amor, destrozó el futuro, lo acabó todo. Y, sin embargo, al poco tiempo tenía otra novia y se casó con ella. Qué clase de timidez era, se pregunta a veces todavía. Las rosas no perduraron, el amor tampoco. 

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