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Mostrando las entradas etiquetadas como Henri Matisse

Ni siquiera los libros significan ya nada

  /Mujer leyendo. Matisse/ Tengo mi biblioteca repartida en dos casas y hoy he hecho una mudanza de libros. El chico que ha desalojado dos estanterías de mi casa del campo y ha traído los libros en cajas a mi casa de la ciudad se ha quedado sorprendido de ver tantos libros. Ni yo misma pensaba que cabían tantos libros en una estantería. Los libros han llegado en cajas y he podido tocarlos poco porque, aunque vienen de estar acristalados, basta el polvo del viaje para que mis ojos empiecen a quejarse. Pero ya he sentido lo que no pensé sentir nunca con respecto a mis libros. Un desapego, una indiferencia. Me he puesto a pensar en mi biblioteca, amplísima, todos los libros que he ido atesorando durante mi vida, muchísimos, y de pronto he tenido la sensación cierta de que no me importaban, de que los libros están en mi cabeza, que leerlos es eso, que se te queden dentro, y si no se te quedan entonces es que no era para ti. Y he seguido pensando mientras caía el agua de la ducha sobre ...

Me regaló un libro de Matisse

  Tenía flores y pájaros, franjas de color, recortables, como si alguien hubiera cogido unas tijeras y trazado los límites. Estaban también sus mujeres, algunas con cintas en el pelo, con rayas verdes en el pelo, con blusas de odaliscas, con extrañas flores en las mesas y en las estanterías. Todo era color en ese libro, que lleva una dedicatoria y que evoca otros tiempos, otros años, la mesa de al lado, el libro de Francés, las hojas sueltas en la mochila, las tardes en la biblioteca, las paradas del autobús que nunca llegaba, las frondosas ramas de la alameda, del parque, la blancura de la pared del aula, el patio rodeado de naranjos, el tono amarillo de las puertas, el salón de actos tan incómodo, el profesor de música y sus carillones. Todo. Lo evoca todo y todo está reflejado en las palabras de la dedicatoria y era un tiempo en el que el recuerdo tenía aún mucho sentido. Después de la vivencia tiene la memoria su sitio. Y cuando ya esa memoria no interesa, entonces podemos preg...

En cualquier parte crecen rosas

(Rosas de Raoul Dufy) La ventana tiene postigos rojos. Refulgen a la caída de la tarde. Los tiradores de latón están limpios y en ellos se refleja el sol poniente. Al otro lado del valle se adivinan las potentes montañas que ahora no tienen nieve, sino un manto tibio de verdor salado. La casa se mantiene en silencio, a la espera de que el trasiego de la noche lleve a la cocina la agitación del momento de la cena. Todas las ventanas anuncian que el crepúsculo ha terminado de mezclarse con la bruma de la oscuridad nocturna. Todos los ojos están puestos en ese final del día colmado de sonidos propios. Un leve chisporroteo, la canción que sale de la radio, el ladrido discreto de un perro a lo lejos. Es la hora breve del tránsito. La calle está desierta. Las pocas casas que se abren a cada lado, tienen puertas cerradas, postigos entreabiertos y un sospechoso aire de calma sobrevenida. Este paréntesis tiene a todos inmersos en un tiempo de paso, que dará pronto sitio al jolgorio de l...

Cármenes

  Manuel de Falla, el músico gaditano, vivió un tiempo en un carmen de Granada. Quietud y olor a jazmín en una casa que dibujó con detalle Hermenegildo Lanz cuando el músico se marchó a cierta clase de exilio. En La Isla, la Virgen del Carmen procesiona entre esteros, con el fondo azul de la bahía y sones de banda de música. Las bandas de música tenían todas un aire militar y había una especie de rumor de fondo que se componía de marchas y que daba un aire solemne al paseo. Hay una pequeña pedanía entre olivos, Monte Lope Álvarez, que tiene por patrona a esta Virgen. No tienen mar, ni océano, a no ser que consideremos un océano ese mar de olivos sin final. Allí la gente parece entregada a otros afanes distintos a los nuestros, quizá porque el campo conoce lo esencial desde siempre. Cuando llegué a Triana, mi primera amiga se llamaba Carmen y tenía mucha gracia. Poseía un punto de vista original sobre todas las cosas y frases y palabras propias, de esas que nadie más usaba. Dejamos ...

El perdón

  /Pintura de Henri Matisse/ Es una especie de club barato, un sitio de carretera donde la gente para a tomarse una hamburguesa y beber una cocacola. Las campañas de los candidatos a la carrera presidencial en los Estados Unidos pueden pasar horas en sitios así. De viaje en viaje. Hay una suave tranquilidad en este espacio que contrasta con la prisa de los viajes. Hace mucho que no viajo. Soy una persona anclada en un lugar que mira por la ventana para apreciar el exterior. Pero imagino un viaje llegando a esos lugares, cruzando un gran país que tiene tanto arbolado como agua, ríos, montañas, puertos y paraísos. Viajando en una compañía tranquila, con alguien silencioso, que solo está contigo como si fuera un paraguas que te proteja del miedo a cruzar la calle o de entrar en la noche después de los crepúsculos. Si ese viaje tuviera lugar, si un aire sereno atravesara sus momentos, entonces el perdón sería posible. Y acabaría la ira y el resentimiento. Nadie tiene la culpa de ser fe...

El regreso

(Mujer con paraguas. Henri Matisse) Fíjate. El agua ha llenado los árboles de pequeños cristales trasparentes y el viento ha arrastrado las hojas hasta el final de la calle, allí donde se cruza con la gran avenida, salpicada de coches, llena de sonidos que te sobresaltan si vas pensando en otra cosa. Una arteria que se llena, cada mañana, de niños con mochilas, de mujeres con maletines de ejecutivas y de tiendas que abren la persiana con un ruido apreciable que vuelve a llenarte de sobresaltos. La calle está muy animada. A pesar de la lluvia y del viento se ven pocos paragüas, porque está especie de tormenta imperfecta ha cogido de sorpresa a casi todos. No es tu caso. Llevas un paragüas azul celeste y rojo que, al salir de casa, has cogido del paragüero de la entrada en un gesto espontáneo y sin pensar. (Henri Matisse. Pintura)  Nada de esto parece interesarte. Ni el tiempo, tan confuso. Ni la gente, ni el cielo, ni el color de las nubes, ni los coches, ni l...

Ahí empezó todo

En la calle, bulliciosa de por sí, se formó un jaleo de campeonato. La puerta del número 39 se había abierto estrepitosamente y dos de los hijos de la familia aparecieron en ella, con cara de pocos amigos, portando a rastras unas cajas de gastada madera que no tenían cubierta.  Nadie podía ver lo que contenían, porque los espectadores espontáneos que llegaban atraídos por el ruido, no tenían suficiente ángulo de visión. Pero la niña de la casa de enfrente saltó por encima de los pies de los otros y se plantó delante y asomó la cabeza y metió la nariz y descubrió los libros.  ¡Son libros, son libros! gritó. Y el grupo de mirones se fue dispersando. A buenas horas iban a pararse en libros a la hora de la siesta porque a aquellos imberbes se les hubiera ocurrido hacer limpieza de buhardillas…. Pero la niña entonces se sentó en medio de la calzada, que era de piedra, dura, gris y a veces transparente cuando la lluvia la regaba, y empezó a rebuscar con cierto gesto c...