sábado, 30 de diciembre de 2017

Rendición


Tal vez una certeza hubiera bastado. Una pequeña y clásica certeza. La llamada del sentido común, un buen consejo. Quizá la madre, sentada en un sofá de piel oscura, podría contar lo que sabe del caso y concluir que nada es sencillo y que el amor es una masa llena de aristas. Una amiga, muy experimentada, tendría que asegurar que, en su experiencia, todo lo que se dice son mentiras y que nada pervive y que los ojos tiemblan porque saben de sobra que se va a terminar antes de tiempo.

Las horas de las dudas son las que germinan en palabras transidas de dolores perfectos. Alguien contó en un rato de asueto en el trabajo, que las dudas son cosa de filósofos, que la gente normal no puede permitírselas, que si dudas, entonces estás muerto, lo habrás perdido todo en cosa de un instante. Puede que una película, un argumento vano de esos que alguien escribe en un trasnoche, te dé razón y seña de las causas, de los motivos y abone la ilusión de que nadie es perfecto, pero que nada es tan difícil como para perder los nervios en un día sin cascadas y sin ritos.

Te acostumbraste a ser parte del decorado. Una parte pequeña, sin demasiado sitio, ni importancia. Una esquina, tal vez. Un trozo de brocado del que pende una borla. Un hueco que se esconde sin que nadie lo vea. El atrezzo que adorna al actor principal. Una mínima estrella bordada en un vestido. Un lazo que anuda el zapato de moda. Cualquier cosa de la que nadie entiende, con la que nadie cuenta, a la que nadie admira. Te acostumbraste a serlo y ahora, que te arrepientes, te encuentras con que es tarde. No se puede pedir que te tomen en serio cuando tú te conviertes en un payaso triste.


Mujeres que escriben


El descubrimiento de las mujeres escritoras es, para mí, el fenómeno de estos tiempos. Y se lo debo a las pequeñas editoriales, a las editoriales menos comerciales, a las llamadas editoriales independientes. Cada vez he ido siendo más consciente de la cantidad de mujeres que no conocía y que escribían y que, en muchos casos, no habían publicado o no se había publicado su obra en castellano. Así que los descubrimientos se han ido amontonando. 

Es verdad que ya había iniciado un camino con esas mujeres que, desde hace años, ocupan una parte central de la literatura, aunque tengo que decir que con un reconocimiento muy variado. Jane Austen, por ejemplo, reivindicada de una y mil formas aunque, a mi parecer, mal entendida muchas veces, frivolizada y comercializada sin criterio y sin gracia. Agatha Christie, genial y la persona que más me ha hecho feliz en la infancia con sus libros. Luego, sin dudarlo, dos escritoras, Edith Wharton e Irene Nemirovsky, descubiertas en tiempos diferentes pero las dos sabias y contundentes. 


Hoy puedo decir que me han producido una enorme felicidad, ratos de placer, risa y evasión. También me han hecho pensar y descifrar algunas claves acerca de la vida y de las relaciones humanas. No he hallado un patrón común a todas ellas, como tampoco lo hay entre los hombres que escriben, pero su raíz está en esa visionaria de la novela que se llamó Jane Austen y que no me cansaré de reivindicar. Ella puso las bases y, no solo las bases, concluyó un edificio sólido y lleno de posibilidades. Todo lo demás vino después y constituye un universo amplio, variado y lleno de elegancia, sensatez, misterio y talento. 

De las que he descubierto recientemente, hace solo unos años, hay fortalezas enormes como Elizabeth Gaskell, Elizabeth Taylor, Elizabeth Strout (un trío de Elizabeths), así como la gran, grandísima Edna O´Brien. 


Bienvenida sea la tendencia actual, de estos últimos meses, a visibilizar escritoras o a sacarlas del anonimato. En esto, algunas lectoras empedernidas como yo, ya dimos con la clave hace tiempo. Y esto no es presunción, es realidad, basta leer las entradas antiguas de este blog donde aparecían nombres que hoy ya son de culto. Por ejemplo, Penelope Fitzgerald, cuyo libro La librería, se ha puesto de moda con eso de la película dirigida por Isabel Coixet que, a mi juicio, plasma solo un poquito de lo que es el gran espíritu de la novela. 



Si alguien me pregunta qué diferencias encuentro entre un libro escrito por una mujer o por un hombre no sabría qué decir. Lo importante no es hallar diferencias ni semejanzas, sino que cualquier persona, sea hombre o mujer, que tenga talento y una obra que merezca la pena, pueda salir a la luz y ser conocida y leída por la gente. No es justo que esas voces estén acalladas u ocultas. Y, además siempre me ha llamado la atención lo poco que conocían a las mujeres los autores de tres de las grandes novelas sobre la mujer: Anna Karenina, La Regenta y Madame Bovary. Menudos entendidos estaban hechos Tolstoi, Clarín y el amigo Flaubert. 



El hecho de que ahora las mujeres estén asomando sus cabezas es porque antes estuvieron en cualquier desván lo que significa ni más ni menos que no se les había prestado la debida atención. Como en tantas otras cuestiones de la vida se trata de igualdad de oportunidades. Lo que debe destacarse es el talento, la capacidad, el ingenio, la buena escritura. Lo demás, sea de quien sea, es literatura. 




Aquí están ellas, las que he leído o releído este año, aunque hay muchas más: Jane Austen, Penelope Fitzgerald, Ellen Glasgow, Elizabeth Taylor, Edna O´Brien, Joyce Carol Oates, Margaret Atwood, Rachel Cusk, Sophie Kinsella, Elizabeth Gaskell, Stella Gibbons, Irene Nemirovsky, Laura Kasischke, Barbara Trapido, Angelika Schrorbsdoff, Siri Hustved, Laurie Collins, Lucia Berlin, Helen Fielding, Elena Ferrante, Stephanie Lemann, Lauren Groff, Concita de Gregorio, Diane Brasseur, Rosamond Lehman, Agatha Christie, Karolina Ramqvist, Josephine Tey, Sarah Paretsky, Sofia Petrovna, Bernice Rubens. 


Y las que he leído en e-book y por eso en las fotografías no aparecen sus libros (en esos momentos echo de menos tener el libro en papel): Sylvia Townsend Warner, Christine Angot, Beryl Bainbridge, Lena Andersson, Barbara Pym, Rachel Abbot, Susan Beale, Delphine Devigan, Pauline Dreyfuss, Daphne du Maurier, Natalia Ginzburg, Jenny Offill, Elizabeth Strout. 



jueves, 28 de diciembre de 2017

Donde nacen las olas


(Nadadora. Joaquín Sorolla. 1915) 

A veces la vida se transforma en un mar. Y el mar no es siempre azul, a veces amarillo. El agua es lodo, albero, barro incluso, no es agua. A veces nado sin poderlo evitar en ese lodo azul con toques de verano. Es una sensación que no puedo evitar. Tú tampoco. Si observas, cada uno de nosotros lleva un nadador dentro. Levantas la cabeza. Luego mueves las manos. Balanceas los pies. La espalda rígida. El cuerpo convertido en sirena y la traición en fuerza que derramas. Así es el tiempo en la vida juega a ser mar sin serlo. A veces, únicamente a veces. 

Solamente los ojos parecen atisbar algo a lo lejos. Algún remedio o balsa o casa abandonada. Solamente los ojos y es curioso. Porque el mar es inmenso y aunque escudriñes se impondrá su enorme vastedad y te dejará exánime. 

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Una flor de papel preside el aire



Yo era oscura. Era una sombra oscura. Una silueta oscura. Un hilo oscuro de ferviente anhelo. Una llama. Una razón oscura. Yo era oscura y la ciudad brillaba de nostalgias. El suelo era un manto impermeable, la lluvia una promesa que no pudo cumplirse. Cayó la noche y yo seguía en la oscuridad más densa y no tenía otra cosa que ofrecer que este silencio digno. Los pasos que me siguen no conocen. Las horas no pasaban, advertían, avisaban de que el tiempo es más leve, que las horas son arcos menos firmes y que tenía que andar si no quería perderme, perderme en mí, en la niebla, en la confusión lenta de una niebla imprevista. 

Pero una primavera anticipada desplegó sin aviso sus páginas alertas. Fui sueño entonces, pura melodía, una franja de azul en el montón de nieve. Paréntesis de luz imaginada. Y, desde entonces, sin saber el motivo, una flor de papel preside el aire. 


(Título: un verso de José Angel Valente. Fotografía: cedida por Teresa Merino)  

martes, 26 de diciembre de 2017

"La ciudad blanca" de Karolina Ramqvist

Aunque puede parecer un thriller sosegado, en realidad este libro La ciudad blanca, de Karolina Ramqvist (Gotemburgo, 1976) es una novela psicológica. La fuerza de la narración, su empuje, incide en sus personajes, sobre todo en los dos personajes principales, una mujer Karin, y su hijita de meses, Dream

Podríamos preguntarnos cómo una niña de meses puede ser protagonista de un libro así, con tanta carga física, con tanta insinuación poderosa, con descripciones pormenorizadas de asuntos que para nada son infantiles, pero es cierto. Porque Karin, desde que John, su pareja y padre de la niña, ha desaparecido, no es solo ella misma. Es ella y ese bebé, al que amamanta, limpia, cuida, entiende y sobrelleva. Ella, con sus problemas con la subida de la leche, con la falta de dinero, con las secuelas de la mala vida que ha llevado con John (una mala-buena vida de película), es la que tiene que convertirse en la persona que intente sobrevivir junto con la niña. 

Resulta extraño tanto detalle en actos aparentemente triviales, cotidianos, familiares. Pero es precisamente ese detallismo el que sirve como contrapunto al horror. Una vida de mierda, hecha al margen de la ley, tiene también, eso viene a decirnos la autora, muchos momentos de aparente normalidad, de sencillos gestos como los tenemos todos. Aunque Karin guarde en su casa armas, aunque aproveche que un chaval le lleva pizzas para acostarse con él, aunque mendigue ayuda de gente como Therese que parecen haber olvidado su antigua amistad, aunque lidie con los agentes de asuntos económicos, siempre, en todo caso, Karin es una madre que lleva consigo a su hija, en su carrito, en sus brazos, en la silla del coche que conduce entre las carreteras nevadas. Y nosotros, los lectores, estamos asistiendo a esos gestos continuos esperando que pase algo. Sabemos que algo va a pasar porque el cielo amenaza con romperse y porque Karin está siempre en la antesala del hundimiento. Esa sensación de lo por venir cierne el contenido del libro hasta el extremo. Es el miedo a lo desconocido, a lo que puede pasar incluso llevando a una niña en los brazos. 

Mientras la madre intenta sobrevivir, la niña sigue su desarrollo, casi ajena a todo lo que está ocurriendo en su entorno. El relato de los avances de la niña aparece escrito con ternura, con mucha atención, a pesar de que los acontecimientos no favorecen el disfrute del descubrimiento de la vida:

"Se oyó un ruido de algo que se arrastraba, se volvió y vio a Dream en el suelo: avanzaba reptando sobre el parquet tal y como acababa de aprender, se impulsaba con los codos y dejaba que las piernas se deslizaran detrás..."

"Tenía algo blanco en la boquita. Le metió el dedo y tanteó un poco. Le había salido un diente. Allí estaba, como una aguja clavada en aquella base húmeda y blanda"

"Dream jugaba con el cable blanco y ella estaba inclinada sobre la isla de la cocina hojeando la revista para madres o mirando por la ventana"

"Cuando alcanzó el sofá, logró ponerse de pie y dar unos pasos junto a la mesa sujetándose con las dos manos. Entonces soltó la mesa, se echó a reír y se dejó caer sobre el trasero. Se levantó y repitió la operación una y otra vez, hasta que se fijó de nuevo en el cargador y empezó a gatear hacia él"

Hay momentos en que la descripción es tan asombrosa que estamos viendo cómo la pequeña está a punto de caerse o, incluso, se cae en uno de los cajones grandes de la cocina, o cómo Karin resbala cuando va a casa de Therese, porque el suelo está lleno de hielo cuajado y los botines tienen un tacón muy fino, o cómo contempla los paisajes helados que rodean la casa soñada en la que ha vivido con John hasta que él ha desaparecido. Es una descripción cinematográfica. Son escenas de una película que vemos con nitidez. 

Y luego están las sensaciones tan femeninas después del parto. El frío de su propia persona y el calor que desprende su hija. Una constante, esa alternativa entre frío y calor que se sucede durante todo el libro. La madre despide calor para cuidar a Dream, la niña refleja ese calor. Pero la madre es, también, una mujer que ha perdido a un hombre, una mujer que lo ha perdido casi todo, y esa sensación es fría como el hielo que rodea la casa, aislada y desde la que se observa el baile de los ciervos.

La pérdida de la figura tras la maternidad, la flaccidez del pecho que debe criar al bebé, las estrías, el dolor íntimo e intenso cuando la niña chupa y convierte su alimento en una cruz para su madre ("Dream parecía disfrutar de la leche tibia de un modo como ella no creía haber disfrutado nunca de nada"), la depresión de no saber si vas a ser capaz de salir adelante sola.

La soledad es otro aditamento. Karin está ahora sola del todo porque John no está (¿qué ha sido de John, ha muerto, se ha marchado, dónde está John?) y porque los supuestos amigos que antes habían adorado su presencia han decidido que no vale la pena y que ella no importa nada. Todos, casi todos. Soledad, maternidad, ausencia del ser querido, lucha por subsistir, burocracia. También submundo, drogas, mala vida, desconcierto, suciedad, pérdida en todo caso. 

No puedo decir que el libro termine esperanzado sino que acaba de la única forma posible. No queda otra.

La ciudad blanca. Karolina Ramqvist. Título original: Den vita staden. Norsteds. Estocolmo, 2015. 
Primera edición en Editorial Anagrama: noviembre 2017
Traducción Carmen Montes Cano
Diseño de la colección Panorama de narrativas en Anagrama: Julio Vivas y Estudio A
Ilustración de portada: Untitled. Gregory Crewdson. 
188 páginas

Karolina Ramqvist. Ha publicado relatos, ensayos y cuatro novelas. Como periodista destaca su trabajo como editora jefe de la revista Arena y sus colaboraciones como columnista del diario Dagens Nyheter. También ha ejercido la crítica literaria y ha escrito sobre política. Está considerada una de las escritoras suecas más influyentes de su generación. La ciudad blanca, su consagración internacional, se traducirá a ocho idiomas. (Nota de la editorial) 


lunes, 25 de diciembre de 2017

"Con el traje de los domingos" de Bernice Rubens

La cuestión está en que no puedo contaros demasiado de este libro porque, casi todo lo que cuente puede convertirse en spoiler. Y, creedme, aquí el spoiler es el fin de la historia. Eso sí, sabemos algunas cosas de George Verrey Smith, el protagonista, pero solo porque él nos las cuenta desde el principio. También sabemos que va a jugar con nosotros, que durante toda la narración va a convertirse en nuestro guía a través de su vida, que es, en realidad, su historia. 

Luego está Joy Verrey Smith, su esposa, con la que lleva casado diecisiete años. Ninguna esposa de las que conozco viviría un matrimonio como el de Joy y George Verrey Smith. Quizá ocurra lo mismo con vosotros. Tampoco conocéis un matrimonio similar. Sin embargo, ellos llevan mucho tiempo y no descartéis que puedan seguir juntos, aunque eso volvería a ser spoiler. 

El trabajo de George Verrey Smith (repito mucho su nombre porque él lo hace así y porque su nombre tiene un enorme significado en la historia) es muy sencillo, según se mire. Es maestro en un colegio privado, cuyo director es un pastor con muy mal carácter, pagado de sí mismo, que quiere controlar a todo y a todos. Pero no podrá. No le será posible adentrarse en la historia de Verrey Smith, maestro, ni tampoco en la historia del matrimonio. Sin que esto suponga contaros demasiado del argumento hay que decir que en el libro hay un par de muertes y hay también cosas poco correctas desde el punto de vista de la moral y, asimismo, muchos cambios de ropa, aunque eso ya lo dice el título. Realmente empiezas a leerlo, y esta es su principal virtud, y no sospechas ni por asomo que la cosa vaya a ir por los terrenos que luego pisas. Pero eso sí, empiezas a leerlo y ya no podrás dejar de hacerlo hasta el final. Esta es la segunda gran virtud del libro, la adicción a la historia de George, a qué hace y por qué lo hace George, a cómo influyen las cosas que hace en la vida de los otros y a sus soliloquios, esa forma de narrar las cosas con la que George nos hace partícipes de lo que cuenta. 

Porque, según está contado, los lectores somos los cómplices de George, en su vida y en la vida de la señorita Emily Price, o señora mejor dicho, porque es viuda y las viudas son señoras. Incluso hay un personaje que no aparece pero que está por aquí porque George quiere que aparezca continuamente para crearnos cierta confusión. Ese es su padre. Bueno, también aparece su madre pero más que nada por carta. Y algunos chicos del colegio que no son demasiado edificantes en su comportamiento. Y Parsons. No os diré nada de Parsons ahora pero es el que lo lía todo. 

No importa que no conozcas a Bernice Rubens, yo tampoco la conocía hasta ahora. No importa que este libro no sea un best-seller de esos que ves en las listas de ventas o amontonados en las entradas de las librerías (dicho sea de paso, esos libros amontonados tienes que comprarlos, más que nada, cuando no sabes nada de libros). No importa que tengas escasas referencias. Créeme, lee este libro. Vas a descubrir a una escritora que te dejará atónito. O atónita. Alguien de quien no puedo imaginar cómo logró poner en pie una historia cómo está que parece ser de costureras y termina siendo un thriller en toda regla. No me extraña que hayan hecho una película de otro de sus libros. Este libro debería ser una película y me imagino a Matt Damon de protagonista. Aunque quizá tenga la barba demasiado cerrada. Entonces, mejor Ewan McGregor, sí, eso es. 

Con el traje de los domingos
Editorial: Alba
Colección: Rara avis   
Número colección: 35 
Traducción: Íñigo F. Lomana 
Encuadernación: Rústica
ISBN: 97884-90653456 
Páginas: 192

Reseña de la autora (editorial Alba):
Bernice Rubens nació en Cardiff (Gales) en 1923, en una familia de inmigrantes judíos de origen lituano y alemán. Mientras sus tres hermanos se dedicaban a la música, ella se licenció en letras por la Universidad de Cardiff y en 1950 empezó su vida profesional. Trabajó cinco años como profesora en una escuela de Birmingham y luego inició una corta carrera como directora de documentales cinematográficos. En 1947 contrajo matrimonio con el comerciante de vinos y novelista Rudi Nassauer, que, veintitrés años más tarde, la abandonaría por otra mujer. Rubens publicó su primera novela, Set on Edge, en 1960. La segunda, Madame Sousatzka (1962) sería llevada al cine en 1988 por John Schlesinger, con Shirley MacLaine. En 1970 se convertiría en la primera mujer ganadora del Man Booker Prize con The Elected Member. Fue finalista del mismo premio en 1978 con A Five Year Sentence. Su última novela, The Sergeant’s Tale, se publicó en 2003, un año antes de su muerte en Londres.

domingo, 24 de diciembre de 2017

"La serpiente de Essex" de Sarah Perry



La literatura gótica vuelve. Y no solamente en las reminiscencias que podemos observar en la literatura juvenil, esas sagas llenas de seres extraños, paisajes tenebrosos, héroes formidables y muchachas en peligro. También vuelve en la literatura de adultos y este libro es una muestra de ello. El neogótico literario tiene en Sarah Perry una representante y la editorial Siruela ha apostado publicando este libro que tiene todos los ingredientes para ser una lectura apasionante y entretenida. 

La protagonista de la historia es Cora Seaborne, que se ha quedado viuda de un hombre que nunca la hizo feliz y que, junto con su hijo Francis (un niño "extraño" al que hay que entender) abandona la ciudad de Londres para instalarse en un lugar del que espera paz: Essex. Esa vuelta a los paisajes rurales, a lugares en los que la ciencia se esconde y brilla la leyenda y la superstición, es un elemento sustancial de la novela. En la parroquia de Aldwinter se cuenta que una criatura monstruosa ha vuelto después de poblar durante años el estuario y de llevarse muchas vidas por delante. Esto supondrá un reto para Cora, que se lanza a investigar qué hay de verdad en ello. Aparece entonces un antagonista, el representante de la iglesia, el vicario, William Ransome, que tiene que velar porque sus feligreses no se extravíen. Ambos mantendrán un equilibrio muy difícil en sus relaciones, un equilibrio por momentos alterado y que puede terminar en un final que no imaginamos. 

Sarah Perry nació en el mismo Essex en 1979 y con esta su segunda novela consiguió en 2016 el British Word Award. La crítica la ha saludado con gran interés y ha tenido una importante aceptación en el público. El libro comienza en Nochevieja y se desarrolla en cuatro capítulos cada uno de los cuales abarca diferentes meses del año. Así, el primer capítulo Extrañas nuevas hay en Essex, ocupará enero, febrero y marzo. El segundo, Ponga él todo su empeño, abril y mayo. El tercero, Velad, pues, en todo tiempo, trata de junio, julio y agosto. Para cerrar el libro, el cuarto capítulo, Estos últimos tiempos de rebelión, sucede en septiembre y noviembre. Si nos fijamos en la sucesión de meses, solamente faltan dos meses octubre y diciembre. 

La autora combina un estilo narrativo sencillo y sin caer en la pormenorización exagerada, con luna descripción de lugares y personas hecha en forma muy sensorial, de manera que se pueden percibir los ambientes, las reacciones y sentimientos dando un aire de verosimilitud a lo que no es sino una fantasía extraordinaria. Por otro lado, mantiene en la escritura una personal interpretación de la escritura gótica, de esas novelas de finales del siglo XVIII en las que se inspira, tanto en la construcción de las frases como en el empleo de figuras literarias y vocabulario. 

El conflicto entre ciencia y religión aparece en todo su amplio contenido. Sin embargo, no se trata de una contienda cerrada ni de un enfoque maximalista, pues ambas posturas se irán acercando y separando paulatinamente en función del flujo de relaciones entre las dos personas que las representan y al hilo también de los acontecimientos. El comienzo del libro, Nochevieja, en el que se narra la peripecia de un joven que ha bebido durante horas y se acerca al río Blackwater para hallar una temible aparición, es genial, pone la narración en su momento exacto y te sumerge en la novela con muchas ganas de saber quién ganará esta singular batalla. 

La dedicatoria del libro es tan inimitable que no puedo dejar de reproducirla aquí y tiene mucho que ver con el desenlace. Es del libro de Michel de Montaigne, De los afectos, y dice así: Si me apuran para que diga por qué le amaba, siento que es algo que no puedo expresar, salvo contestando: "Porque él era él; y porque yo era yo". 

La serpiente de Essex. Sarah Perry. Editorial Siruela. Colección Nuevos tiempos. 
Traducción de Carlos Jiménez Arribas
408 páginas
GANADORA DEL BRITISH BOOK AWARD 2016 
Señalada como libro del año por la cadena de librerías Waterstones y número uno en la lista de libros más vendidos del Sunday Times, La serpiente de Essex también fue finalista del Costa Award 2016 y seleccionada para los premios Wellcome Book y el Baileys 2017.

viernes, 22 de diciembre de 2017

Solsticio de invierno

Nada mejor que un verdadero acontecimiento astral para señalar el límite de una pasión no compartida. El solsticio de invierno marca la noche más larga y el comienzo de una estación llena de frío, nieve, lluvia y viento desapacible. A su fin, la primavera volverá a entrar en los jardines y eso será una nueva señal, un hito. 

Las pasiones terminan por inanición. Ni uno solo de los sentimientos se mantiene sin agua, sin sol, sin luz, sin calor. Todos podemos llegar a albergarlos pero mantenerlos es cosa de héroes y la heroicidad acaba cuando se impone la foto fija de la realidad. Hay fotos oscuras y maltrechas, en las que la imagen está desenfocada, pero hay otras nítidas que te revelan lo que no has sabido ver o no has querido aceptar. 

En las novelas románticas, de las que hablo en este blog con frecuencia, los amantes suelen salir casi indemnes de estas travesías solitarias, sobre todo porque al final todo parece encajar como en un bendito puzzle lleno de figuras de color. Pero en la vida, hay que saber distinguir la realidad del deseo y, por mucho Neruda que hayas leído, por mucho Hernández que corra por tus venas, por mucho tiempo que dediques a cultivar dentro de ti lo que otros no entienden, los números cantan y la poesía no tiene nada que hacer ante los datos. 

Suma las noches en las que tus ojos se quebraron, suma los llantos, las decepciones, los cuentos de hadas inventados, suma las sorpresas que no trajeron nada nuevo, suma las presencias indeseadas, suma las mentiras, suma las equivocaciones, suma los instantes de soledad, suma las penas que no pudiste compartir, suma los hechos que no encajan, suma los noes, suma los desprecios, suma los rechazos, súmalo todo y halla el resultado que, antes o después, arroja como balance la voz oscura del solsticio. 

Confía en que, como el invierno, también ese estado de impalpable oscuridad termine en unos meses, justo cuando la primavera vuelva a hacer de las suyas. Confía pero no bajes la guardia. Hay personas como tú, tan vulnerables, tan escasamente curtidas en la simulación y en la rareza, que caen sin remedio en un pozo que nada bueno aventura. Y mírate al espejo para verte cómo eres y no cómo te han visto esos ojos que nada bueno pretendían. Mírate con la claridad del alba, no con las sombras de la noche. 


Sagas juveniles y novela fantástica. El nuevo romanticismo.


Ñ

Tendríamos que estar atentos al resurgir de la novela romántica y de la novela gótica. El primero es más evidente pues hay escritores (sobre todo escritoras) que se declaran abiertamente romanticistas, siguiendo la gloriosa estela que dejaron los escritores anteriores, a partir del siglo XIX. Este neorromanticismo literario, no confundir con la novela rosa, tiene algunos elementos que merece la pena destacar como su versión joven, dirigida a los chicos adolescentes y menores de veinte años, que han encontrado aquí una forma de acercarse a la literatura que resulta muy eficaz. Por supuesto, en estas historias para jóvenes no faltan los ingredientes básicos de cualquier novela romántica: la idealización de la naturaleza, la muerte y el amor como elementos fundamentales, la fuerte presencia del yo subjetivo, las notas de color local, el lenguaje poético y, sobre todo, el romance como conductor de la acción.


La novela gótica tiene, por su parte, un origen anterior, último tercio del siglo XVIII y está localizada sobre todo en Inglaterra, poniendo precisamente los cimientos del romanticismo que llegará más tarde. En el género gótico aparecen los elementos mágicos, los fantasmas, el terror, los personajes imaginarios, unas localizaciones especiales para crear congoja al lector, la aparición de lo sobrenatural, el mundo onírico y algunos estereotipos en los personajes: el malvado, el héroe, la bella muchacha.
Lo que está sucediendo ahora mismo en la literatura juvenil es que se están fundiendo ambos géneros y se ha creado una suerte de nuevo género mixto gótico-romántico, que aporta todos los elementos y que tiene a los lectores de estas edades subyugados con las diversas sagas que siguen con enorme atención. Es la fantasía el leit motiv de estas historias, la creación de un universo diferente al real, en el que conviven personajes irreales, nacidos de la imaginación del autor y cuyas historias no tienen cortapisas racionales: todo puede ocurrir. En este sentido, la saga Harry Potter es un ejemplo claro de esta nueva literatura aún no suficientemente estudiada.


Resulta muy curioso que el romanticismo de estas sagas y novelas no tenga nada que ver con el que destilan las obras de novela romántica destinadas a adultos, pues estas reúnen una lucha de sexos bien latente. En las novelas de jóvenes el amor romántico sigue existiendo como fuste esencial de la historia y, en la mayoría de ellas, ese amor ha de sufrir mil contrariedades para que pueda realizarse. Sin embargo, las novelas románticas para adultos (quizá habría que decir para adultas) tienen un poso de realismo bien asentado, no tratan de contarnos historias dulces sino, más bien, poner de manifiesto que el amor es una especie de entelequia y que las mujeres (pues tienen un marcado acento feminista) son capaces de vivir sin amor y de solucionar sus problemas por sí solas.


Esta visión es, sin embargo, solo aparente. En realidad tanto la historia como el desenlace generan un prototipo de mujer que sigue siendo fiel a la expectativa del amor tradicional. Las novelas románticas han de acabar bien para que las lectoras terminen con un buen sabor de boca y para que se haga posible el dicho de que el amor todo lo puede, incluso salvar dificultades de clase y educación (algo ya clásico en los novelones del XIX) y también las nuevas trabas que impone la vida moderna (la infidelidad, las relaciones virtuales, las diferencias de edad o la independencia femenina frente al poder masculino).


Quizá las autoras de estas novelas románticas actuales no se conozcan herederas de Corín Tellado y prefieran remontarse a referentes más reconocidos y lejanos pero, puestos a ser justos, no se pueden obviar esas historias, condensadas en novelitas pequeñas de uso rápido y de venta fácil, que alimentaron la imaginación de miles de mujeres en los años pasados del siglo XX.
  

lunes, 18 de diciembre de 2017

Mis libros de 2017


En ese recorrido mental que hago sobre las lecturas de este año me detengo en primer lugar en esta novela negra del alter ego de John Banville, Las sombras de Quirke y que me supuso encontrarme con un aspecto del forense más humano y tierno: está enamorado y ha pasado una enfermedad importante. Aparece la familia de Quirke, la mujer de quién está enamorado, su faceta humana, esa preocupación por su trabajo, porque alguien le quitará el puesto si se descuida y todo ello mientras se desarrolla la investigación del suceso en concreto que le da razón de ser a la historia. Creo que esta entrega de Quirke es la mejor que ha escrito Banville-Black. 


En 2017 he leído un libro espléndido El libro de la almohada de la dama Sei Shônagon, que me dejó impactada por su delicadeza, su contenido tan especial y su forma de expresión. Es una especie de dietario en el que se recogen costumbres, acontecimientos y emociones por parte de la dama Sei, con gran delicadeza y expresividad. Otro que no pude evitar leer con enorme aprensión y en ascuas fue La mancha humana, de Philip Roth, que no se ha publicado en 2017 pero que ha llegado a mis manos este año. Escalofriante y, como todo lo de Roth, tan bien escrito que da miedo, que horroriza. El desenlace es brutal, de esos que te dejan pensativa y que te impactan. Roth es un enorme escritor, un mago de las palabras y un especialista en encogerte el corazón, a veces con personajes repulsivos y con hechos que te causan resquemor y aspereza, pero siempre con un lenguaje brillante y único. 


Lo ligero, alegre, superficial, tan necesario, ha estado este año para mí representado por varios libros deliciosos: Yo también soy una chica lista, de Lucía Lijtmaer, por ejemplo, un encantador tratado de costumbres que entretiene y eleva la moral. Estos libros sencillos vienen muy bien en determinados momentos de la vida. Te generan buenas vibraciones y te ayudan a sobrellevar el desencanto. O el estallante Un bolso y un destino, de Leigh Himes, lleno de sueños que se hacen realidad y que contrastan con la vida. Precisamente por eso me gusta leerlos. Son los cuentos de hadas de la actualidad. Cuentos de hadas hechos para gente adulta y que te hacen volver la vista a la adolescencia, cuando todo era posible, cuando lo esperabas todo. 


La última palabra, de Hanif Kureishi me ha supuesto una verdadera revelación, un narrador prodigioso, potente, una historia que te desarma. Los personajes son excepcionales y tiene un ritmo en el que los acontecimientos se suceden como si fueran portazos en una puerta de cristal. Lo mismo que Amy e Isabelle de mi admirada Elizabeth Strout de quien todo lo que leo es relevante y llega al corazón. Descubrí a esta escritora con Yo soy Lucy Barton y he seguido leyéndola con interés. En este libro, Amy e Isabelle, la madre y la hija se trasmutan en víctimas la una de la otra y a veces en antagonistas, de una forma pulcra y sosegada no exenta de una virulencia emocional que nos genera sentimientos encontrados.


La descripción de la vida privada de Jane Austen en el libro Jane Austen en la intimidad, escrito por Lucy Worsley es un hallazgo. Interesante, bien escrito y lleno de detalles que me han servido para conocer mejor a mi escritora favorita. No esperaba encontrar tanto detallismo confrontado con la época histórica de forma que resulta muy creíble todo lo que narra, aunque la autora ha tenido que hacer un considerable esfuerzo de reconstrucción pues ya sabemos que Cassandra Austen destruyó buena parte de la correspondencia privada de su hermana Jane. Sin embargo, quedan muchos restos que aquí se han utilizado. Una cosa buena del libro es que pone en tela de juicio la bonachona pero inexacta visión de Austen que tenían sus familiares y que han transmitido en algunos libros. 


Muy fuerte y dramático el libro de Concita de Gregorio, Parece que fuera es primavera, basado en un hecho real. Dramático y escalofriante, pero también humano y lleno de verdad. Los libros basados en hechos reales tienen un plus de sensaciones que son siempre excitantes, fuertes, llenas de vida. En este caso, es un drama humano teñido de investigación policíaca y lo he encontrado verosímil y potente. He leído cosas de literatura japonesa actual, entre ellas el que más me ha gustado ha sido La chica de Kyushu, de Seicho Matsumoto, un thriller lleno de interés y muy bien llevado. La literatura japonesa se está abriendo paso en mi biblioteca y eso me resulta explicativo de que hay fronteras que deberíamos traspasar. La historia que aquí se narra, basada en un inocente que muere en la cárcel y en la investigación que su hermana quiere que se realice a toda costa, muestra una cara de la justicia y de las relaciones humanas que no dista mucho de lo que podríamos encontrar en occidente. Otra novela misteriosa y profunda es Lo que dijo Harriet de Beryl Bainbridge, inteligente y llena de fuerza. Un halo de misterio, de cosa escondida difícil de clasificar, hace de este libro algo desasosegante. 


Soy muy de Laurie Colwin. Con ella las cosas no son lo que parecen. En este libro, Felicidad familiar, se ponen en tela de juicio situaciones cotidianas que, en realidad, nos perturban mucho más de lo que pensamos. Esta es una escritora muy interesante que, desgraciadamente, murió de forma prematura en 1992. También he leído de ella Tantos días felices. Aquí, en Felicidad familiar, una perfecta ama de casa hija de otra perfecta ama de casa se enamora de un bohemio y pone en tela de juicio toda su existencia perfecta. 




Un buen tipo, de Susan Beale, es un libro curioso. Comienza con un aire intrascendente pero vamos descubriendo que no es exactamente así y que detrás de la vida cotidiana, de la fachada normal de cualquier persona, se esconde un secreto, una sorpresa. Esa vuelta de tuerca lo convierte en especial, más allá de que parece que es sencillo y sin demasiadas pretensiones. 


domingo, 17 de diciembre de 2017

Cuento de navidad: Recuerda por qué brilla ese árbol


La casa estaba encendida. Como otros años, como todos los años anteriores, como muchos años de otros tiempos, la casa estaba cubierta de la pátina del dorado y el rojo. El muérdago aparecía sobre la puerta, como si esta fuera una casa inglesa. Las ventanas tenían figuras imaginadas de renos y viejos con barba blanca. En las esquinas de la entrada, dos maceteros con flores blancas y plateadas saludaban con cierta desgana a los visitantes. 

Al fondo del salón, en el sitio de honor que se había logrado despejando hacia un lado la enorme pantalla de la televisión, allí estaba el árbol, un pino natural, porque aquí en estos sures los abetos son solamente de plástico, recogido de un vivero un día antes, plagado de bolitas de colores, cintas de espumillón, casitas de madera, muñecos, todos ellos vestigios de los niños de la casa cuando eran niños. No se trataba de una de esas decoraciones simétricas tomadas de una revista. No, era algo más natural, más íntimo, más cercano. 

La caja de los adornos de navidad reposaba todo el año en el trastero y, cuando se abría, todos eran capaces de reconocer en su contenido una pieza que les traía recuerdos. Eran recuerdos felices, porque el árbol significaba que la familia se reunía y cantaba. El cante era un santo y seña que no se podía dejar atrás. Se cantaba después del desayuno, a la hora de la merienda y, sobre todo, por la noche, cuando el árbol se encendía y su luz traspasaba el enorme salón, del que desaparecía el frío y se convertía en un espacio cálido y sin esquinas. 


Todos arremolinados allí reconocían el milagro de la Virgen que lavaba y saludaban con poca ceremonia a la borriquita y a los animales del belén. Eran de la familia. Este se situaba justo al otro extremo, en una mesa grande que se liberaba de marcos de fotos y de jarrones para asentar allí un poblado judío que estaba dispuesto a recibir al Mesías. El milagro era que un Niño naciera y allí, en esa casa donde había habido siempre tantos niños, no dejaba de resultar conmovedor este interés, este deseo compartido. 

Ninguno de ellos lo sabe pero este será el último año en que la Navidad rodee la casa con su manto protector. Será el último año que estén todos. Ninguno de ellos lo sabe porque la vida no avisa ni anuncia. No hay ningún boletín familiar que diga: alguien va a morir antes de la siguiente Navidad. Alguien a quien la Navidad le gustaba tanto que se convertía en un niño sin remedio. Ese alguien va a morir el mes anterior a que el mundo entero vibre con los colores del ensueño. Ninguno de ellos lo sabe y por eso ríen confiados y esperan que esta vida se prolongue mucho tiempo. 


Tampoco conocen que la Navidad será un recuerdo imposible para otro de ellos. Que no recordará qué significan esos adornos, ni esas luces, que perderá el eco de los villancicos y la facilidad para mover las manos y amasar las tortas. Esas manos que movieron el guiso, que aderezaron el pavo, que compraron los regalos para todos, esas manos apenas podrán tener movimiento porque olvidarán el sencillo mecanismo por el que el cerebro te dice que puedes moverlas. 

Y un poco más tarde, otro de los presentes se marchará sin que tenga tiempo suficiente para convertirse él mismo en anfitrión de las navidades. Demasiado joven, demasiado fresco, demasiado libre, demasiado limpio, demasiado hermoso. Se marchará y dejará un reguero de lágrimas que sustituirán a las bolas de los árboles, que convertirá el árbol en un campo nevado, con gruesas gotas blancas, duraderas y perennes, que helarán el corazón de todos y les impedirán reír como antes, vivir como antes. 


Después de todo esto, la casa se quedó vacía. Ahí la tenéis, sin nadie, oscura, con las puertas cerradas. No busquéis la navidad en ella, no existe, no la hay. Tiene las aldabillas cruzadas sobre las entradas y los postigos. Nadie se acerca a ver si huele a humedad o a tristeza. Todos se marcharon y ninguno de ellos volvió a encontrar el secreto que les hacía reír a compás, vivir al mismo tiempo, al unísono. Un solo corazón, una misma forma de batir las alas. 

miércoles, 13 de diciembre de 2017

"Geopolítica de las series o el triunfo global del miedo" de Dominique Moïsi


El impacto que las series de televisión están teniendo en la conformación del pensamiento e incluso del modo de vida actual es evidente. En el mundo occidental, el que disfruta de canales de televisión por cable, fibra óptica y de pago, las series han sustituido cualquier otro tipo de entretenimiento. La adicción que supone ha generado cambios en las costumbres familiares y sociales. El gusto por una u otra da lugar a interpretaciones psicológicas acerca de la personalidad de los espectadores. Las series retratan la vida pero dan un paso más: proponen una clase de vida a la que podíamos aspirar si estamos convencidos de ello.
Algunos de estos personajes, los que forman parte de las sagas más exitosas, tienen un papel en el imaginario general, son como de la familia, referentes, personas casi de carne y hueso que nos inspiran frases, ideas, formas de vestir e, incluso de ser. Revolucionan la vida cotidiana por el sencillo método de estar presentes en nuestras vidas. El último paso, logrado a través de las plataformas de pago, es verlas en nuestro dispositivo móvil, nuestra Tablet o nuestro ordenador. El elemento de visión colectiva que da el aparato de televisión desaparece. Cada uno de los miembros de la familia tiene su propia serie de referencia.
Por supuesto que el autor de este libro da un paso más: dada su condición profesional ha decidido ver la influencia que las series de televisión tienen como muestrario del mundo actual en su aspecto más público: la política.
Analizando determinadas series de éxito y poniendo como hechos referentes algunos acontecimientos fundamentales de este tiempo, logra encontrar aspectos clave que dan idea del papel de las series y de su relación con el entorno geopolítico en el que se enclavan o al que se dirigen, estableciendo diferencias de comportamiento en los distintos ámbitos culturales y sociopolíticos.
Comprender el mundo en que vivimos es, por lo tanto, también, entender los modelos de ocio, de representación y de cultura. Las series, en cuanto que participan de los tres elementos, sirven en este caso como paradigma de comportamiento, guía de ideas y muestrario de ideologías. El libro de Moïsi ahonda en todo esto.

Ficha del libro:
Autor/es: Dominique Moïsi
Traducción: Silvia Moreno Parrado
Fecha de publicación: 25/09/2017
Formato: 14 x 21,5
Páginas: 200
PVP: 18,50 €
ISBN: 978-84-16544-48-6

Reseña del autor (editorial Errata naturae):
Nacido en 1946, Dominique Moïsi es politólogo y una de las máximas figuras internacionales en el ámbito de la geopolítica. Nacido en Estrasburgo e hijo de un superviviente del campo de exterminio de Auschwitz, estudió Ciencias Políticas y Derecho en la Universidad de la Sorbona. Fue asistente de Raymond Aron, y ha impartido clase en algunas de las instituciones más importantes del mundo, como la Universidad de Harvard o el King’s College de Londres. Actualmente es catedrático de Geopolítica del Collège d’Europe y colaborador habitual de periódicos como El PaísThe Financial TimesThe New York TimesDie Welt o Les Echos. Entre sus últimos libros cabe destacar Un juif improbableLa Géopolitique de l’émotion o Le nouveau déséquilibre du monde.

lunes, 11 de diciembre de 2017

"Cuéntaselo a otra" de Isabel Keats

Daniel, el marido de Inés, la ha engañado con otra, una chica que trabaja con él. Eso ha sumido a Inés en un enorme desconcierto y, por supuesto, la mantiene casi un año comiendo chocolate y sin salir de su asombro. El dolor se une al afán de supervivencia y por eso traza un plan. Ese plan no ha de conocerlo nadie, excepto su querida mejor amiga Silvia. Ni su madre, ni su hermana Marisa, a las que, por otro lado, está tan unidas. 

De modo que aquí tenemos a Inés disfrazada de portera de finca en pleno barrio de Salamanca. El disfraz de Inés no es que digamos de la KGB pero sirve para el caso. ¿Cómo una economista brillante se acomoda a vivir en una portería mínima, oscura y sin comodidad? Ah, porque necesita cambiar de vida urgentemente. Y no se va a Nueva York, no, donde los pisos están carísimos, sino a esta zona de Madrid tan cool y tan chic. 

En el edificio de marras hay vecinos ciertamente raros, pero se llevan la palma el del cuarto B (a saber si no es un asesino descuartizador de tomo y lomo) y la del tercero B, una antigua súper vedette, estrellísima del cine, que conoce a todo el mundo y que guarda todavía esencias dispuestas a ser derramadas en cualquier producción cinematográfica. Además de ellos mira tú por donde en el sexto piso está el doctor Enrique Echevarría y su hija Blanca, deliciosa adolescente que no tiene nada que ver con las insoportables chicas de estas edades. Un amigo de Silvia, Fran, algo raro y con rastas a lo brasileño, forma el conjunto que la autora del libro mueve a su antojo para que la historia se construya. 

A partir de este damero podemos hacernos algunas interrogantes: ¿Conseguirá Inés olvidar a su exmarido? ¿Logrará escribir esa novela policíaca a la que dedica tiempo y desvelos? ¿Hallará Fran su media naranja? ¿Lo conseguirá Silvia? ¿Volverá al cine Sasha Montagut, la vecina del tercero? ¿Descubrirán todos el misterio del vecino del cuarto B? ¿Habrá amor, habrá sexo, habrá pasión....?

Entenderéis que no puedo hacer spoiler aunque algo os adelanto: las cosas acaban bien y, como en las novelas de Jane Austen hay más de una boda. Por supuesto que algunos malentendidos se aclaran y que no todo es como parece. El cuento de Cenicienta y de la portera que se transmutó una noche en guapísima mujer también se dilucida como debe ser. Y, como resumen, los buenos, que son casi todos, tienen su recompensa. A saber qué vida le espera al pobre Daniel, del que ya ni nos acordamos. 

Isabel Keats, que se define como escritora de novelas románticas, hace aquí un entretenido juego en el que hay momentos de risa y otros momentos de pasión bastante bien contada. Y eso que el sexo tiene mala prensa en las novelas, porque casi siempre se cuenta mal y se insinúa peor. Pero la noche maravillosa que pasan Enrique e Inés (oh, esto sí es spoiler) se narra con tino, acierto y su pizca de erotismo, que para eso estamos ante una novela de amor. 

Ya sé que las novelas de amor o románticas tienen mala prensa entre ciertos sectores. Parecería que un lector experimentado no podría reparar en ellas. Sin embargo, rompo aquí una lanza por este género. Me considero una lectora de las más lectoras que conozco (podéis repasar mi blog e intentar llevarme la contraria) y, además, una mujer demasiado trascendente e intensa para la mayoría de las cosas. Pero defiendo la novela ligera, limpia, liviana, sencilla, con encanto y con personajes adorables como esta. Bien escrita, por supuesto, porque en caso contrario no podía leerse. Pero sin pretensiones o con una pretensión bien excelsa: entretenernos, hacernos felices. Y hay tardes y horas de la vida en las que estas lecturas son maná caído del cielo, agua para las plantas y una gota de sol en el agua fría, como diría la mismísima Françoise Sagan

Recomendada. Seguiré leyendo a Isabel Keats. Y hablaré de ella con mis amigas lectoras. 

Reseña de la autora

Isabel Keats es el seudónimo tras el que se oculta una licenciada en Publicidad madrileña Belén Solesio López-Bosch, autora de novela romántica contemporánea, residente en Madrid, madre de tres hijos. Hace muy pocos años empezó a escribir sus propias historias y varios de sus relatos han sido publicados, tanto en papel como en digital. Escribir, hoy por hoy, es lo que más le divierte y espera poder seguir haciéndolo durante mucho tiempo.

Sitio web oficial: http://isabelkeats.blogspot.com.es

Premios: 

PREMIOS

2015

Te quiero, baby
Premio Dama Mejor Novela Romántica Contemporánea

2013

Empezar de Nuevo
Ganadora Premio digital HQÑ de Harlequin

Abraza mi oscuridad
Premios Rosa RomanTica's
Mejor Romance Paranormal Nacional

Abraza mi oscuridad
Premios Amor Fú
Mejor Novela Romántica de Suspense

Vacaciones al amor
Premios RNR
3ª Finalista Mejor Comedia Romántica

2012

Abraza mi oscuridad
Finalista III Certamen de Novela Romántica Vergara-RNR

2011

El protector
Finalista Primer Premio de Relato Corto Harlequin


domingo, 10 de diciembre de 2017

Mujeres que piensan


He seguido hasta hoy el consejo de mi madre: "Las amigas, mejor guapas y listas. Las feas y torpes te harán la vida imposible". Así lo he hecho y creo que solo ha habido una excepción. Una amiga bastante torpe y poco agraciada que, sin embargo, resultó ser leal y honesta, aunque no fue capaz nunca de aprender los pasos de baile. Pero, por lo general, mis verdaderas amigas, con más o menos asiduidad, responden a ese patrón: mujeres agradables, hermosas muchas de ellas, generosas e inteligentes. 


Así que la idea de este post me ha venido contemplando la obra del pintor post-impresionista Fernand Toussaint (1873-1956). Es una obra llena de mujeres pensantes. Algunas tienen libros o cartas en las manos; otras, hojean una revista; todas tienen un aire de profundidad en sus miradas que me indican que están con sus neuronas completamente activas. Incluso las que permanecen con los ojos lejanos y las manos posadas sobre el cuerpo, en apariencia inmóviles. Todas ellas son mujeres que piensan. Como mis amigas. 


Ser mujer es muy difícil. De toda la vida. Nuestras abuelas lo tenían difícil. Mis dos abuelas, por ejemplo, fueron mujeres con una vida muy dura. Una de ellas perdió a su hijo mayor en la flor de la vida y nunca se recuperó de ello, de modo que se aisló en una especie de burbuja en la que estaba solamente ella y el rostro amado de ese hijo. La otra contempló la muerte de su marido, muy joven, debido a sus ideas políticas. Antes había vivido la estancia de él en la cárcel. Un marido enamorado, dispuesto, íntegro, defensor de sus ideas y amante padre. Cuando se murió, ella continuó mirando al mundo de frente, cuidando de sus hijos y adorando su memoria. Dos mujeres, dos actitudes. A ninguna de las dos habría que reprocharles nada. 


También nuestras madres lo han tenido difícil. Mi madre era una mujer muy inteligente, con una gran expectativa vital que se vio truncada ante lo más sencillo. Su sentido del humor, su ironía finísima y su fuerza interior, la empujaron a continuar aunque era consciente de lo que le faltaba. En mi calle, había muchas mujeres como ella, quizá no tan leídas y tan ingeniosas, pero todas ellas muy especiales, llenas de energía, de visión, de objetivos. Sus maridos eran seres oscuros, perdidos en la niebla del trabajo diario, pero ellas animaban la existencia con sus conversaciones, risas, secretos y sueños. Se establecía así una red de relaciones que hacía más soportable las ausencias, las pérdidas, la desgana. 


¿Y nosotras? Mis amigas y yo tenemos claras algunas cosas pero nuestros interrogantes son aún mayores. Sabemos qué queremos pero somos conscientes de las dificultades, de los muros y de las batallas por librar. Todas ellas tienen una gran dosis de sentido común y de paciencia, pero esta se ve colmada algunas veces. Todas ellas tienen mucho que decir en esta sociedad pero no siempre disponen de los altavoces necesarios. Han sufrido situaciones difíciles y las han afrontado con elegancia, sin alharacas, con firmeza y resolución. Y piensan. No pueden dejar de pensar. No son geishas, son mujeres, con todo lo que eso significa. 


Por eso creemos en la terapia entre amigas. Esas conversaciones a dos o varias bandas en las que fluye todo con naturalidad. La lealtad entre las mujeres cuando la amistad es cierta no puede compararse con nada. Esa mala fama que nos adjudican acerca de que nos comportamos como brujas no es nada que se parezca a nosotras, mis amigas y yo no somos así, estamos lejos de esa absurda competencia inventada. De modo que las imágenes maravillosas de mujeres pensantes de Fernand Toussaint sirven para recordarnos que cualquier momento es bueno para la confidencia, la risa compartida y el cariño que nos salva de las peores zozobras.