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Mostrando las entradas etiquetadas como Pintura

La conversación

Vanessa Bell. Interior con Clive Bell y Duncan Grant bebiendo vino. 1918-19. Birberck, Universidad de Londres ¡Qué apacible resulta, a simple vista, esta charla entre el marido de Vanessa Bell y su amante! El matrimonio tuvo una relación abierta que duró hasta la muerte de Vanessa en 1961. Pero además vivieron en una especie de comuna, con varios amigos y en una granja, desde la Primera Guerra Mundial. Las guerras fueron para el matrimonio algo letal. Su hijo Julian murió en 1937 en la guerra civil española. Aquí están Clive Bell y Duncan Grant, el pintor, charlando tranquilamente mientras beben vino. Seguro que, por la fecha, todo transcurría en la granja Charleston, donde compartían la vida. Los rostros son inexpresivos, como solía hacer Vanessa en sus obras, pero hay muchos detalles que nos dan idea del ambiente y nos contextualizan la charla. Es una conversación tranquila y nada opresiva. Clive tiene un libro sobre las piernas, lo que indica que estaba leyendo cuando se ha iniciado...

Asombro y soledad

  /Richard Burlet/ Aprendí sola el arte de la observación. Tenía un extenso muestrario delante de mí: mi calle era un paraíso de personalidades, tipos y caracteres. Me acostumbré a mirarlo todo y a enterarme de todo, aunque había temas vedados a los niños. En realidad, no creo que a los niños les interesara nada de lo que allí sucedía, ni a la mayoría de las niñas. Pero yo era una niña distinta, una niña rara, porque escribía y escribir significa observar. Desarrollé de este modo el arte de la observación y lo practiqué a conciencia de tal modo que aún hoy, pasados los años, sigo teniendo una absoluta claridad sobre aquella gente, sobre sus acciones y su forma de ser, sus relaciones, sus amistades, sus encuentros, sus problemas. Era un laboratorio y en mi cabeza sigue siéndolo. Aunque soy consciente de que yo también formaba parte del muestrario. También era observada por los demás.  /Raphael del Orme/ Mi principal interés estaba en las mujeres y los hombres. Los niños no me i...

Seis escritoras y una pintora que son lo más

🎨Aurelia Navarro (1887-1968) Seis mujeres que escriben sin las cuales mis lecturas y mi vida no serían las mismas:  Jane Austen (1775-1817), Edith Wharton (1862-1937), Virginia Woolf (1882-1941), Agatha Christie (1890-1976), Irène Némirovsky (1903-1942), Edna O'Brien (1930-2024).  Jane Austen es la maestra de la novela moderna. La experta en emociones, la que oculta un enorme caudal de toda clase de sentimientos bajo una apariencia sencilla. Edith Wharton es la mujer acomodada que lucha contra las convenciones por medio de su escritura. Virginia Woolf pone su inteligencia y su intuición únicas al servicio de la literatura. De ella son muchos de los ensayos literarios que hoy nos presentan más cerca a las demás, sobre todo a Austen , cuya visión sobre ella está llena de ingenio y comprensión. Agatha Christie es la responsable de los días felices de la infancia y la adolescencia, por medio de sus novelas, sus misterios, sus entrañables personajes, para siempre nuestros. Irè...

Historias de paraguas

  Pierre-Auguste Renoir   (1841-1919) Los paraguas , 1881-1886 Óleo sobre lienzo, 180,3 x 114,9 cm National Gallery, Londres Podría contar un montón de historias de paraguas. La del paraguas de rayas azul y blanco que llevaba en un autobús camino del trabajo y terminé regalando a una mujer que iba a mojarse de cabeza a pies con su pequeño hijo. Al final fui yo la que me mojé y la mujer la que me decepcionó: prometió devolvérmelo en el trabajo pero no lo hizo.  Hubo también un paraguas rojo y ese siempre lo llevaba con una trenka que tenía un forro interior de cuadros escoceses . Ese paraguas lo presté, cómo no, a una compañera y luego negó que se lo hubiera prestado. No la veía mucho pero, después de aquello, no quise volver a verla. Era ladrona y mentirosa. Hay gente así. En una ocasión me compré un bonito paraguas en tonos verdes , estampado, verde hoja oscura , con un aire precioso. Lo dejé sin estrenar, porque al final no llovió, en el asiento de uno de los cercaní...

La cita

/ Andy Wharhol / Había dudado en aceptar pero quiso pensar que no sería un problema, que las cosas irían razonablemente bien, como las últimas veces. Dudó también porque el final, las despedidas, siempre le costaban, siempre pensaba que el tiempo transcurría demasiado de prisa y que debería dejar de verlo, a saber hasta cuándo.  No encontró argumentos para decir que no a pesar de todo. Y se aplicó a su arreglo para estar lo mejor posible. No para él, que no se solía fijar en ella nunca salvo para verle defectos, sino para ella misma, para sentirse segura y digna en la cita. Que no era una cita, que era solo un rato de compartir un plato de comida, en el lugar que él siempre frecuentaba, junto a su propia casa para que le fuera más cómodo y que no suponía buscar un restaurante, acordar una hora, recogerla en un taxi…Nada de eso. Tomaría el autobús como hacía siempre y luego volvería andando. Él ni siquiera caería en la cuenta de que las cosas podrían hacerse de otra forma.  Est...

Aburridas e insatisfechas

🎨Aurelia Navarro (1887-1968) En 2025 se han cumplido cien años de la publicación de "La señora Dalloway" , la novela de Virginia Wolf que mejor retrata el sentimiento esencial de las mujeres de su época: la insatisfacción. Clarissa Dalloway , que va a celebrar una fiesta en su casa, nos va a conducir, con el pretexto de ir a buscar ella misma las flores para adornar el evento, por la vida cotidiana de una mujer casada, acomodada y muy aburrida, o muy deseosa de que algo suceda. Esa insatisfacción era el signo de los tiempos en esos años veinte del siglo XX en los que las personas literalmente no sabían a qué atenerse. La Gran Guerra (1914-1918) había generado tantas pérdidas y tantas heridas en los supervivientes, que pocos años después la huella de ese miedo colectivo seguía latente. Esa misma sensación de impotencia, de saberse inerme y sin recursos ante algo superior en fuerza a los seres humanos, puede compararse a la que sentimos nosotros durante la pandemia del Covid-...

Violetas

/El jardín en Bougival. Berthe Morisot/ A lo lejos, sin que el tiempo las nuble, apenas sin motivo, quizá por inercia, sin amor desde luego, sin pasión, que eso sería pedirle demasiado a la vida, en forma de palabras, en forma de frases sencillas que no hablan de emociones sino solo de hechos...En la distancia, a través del aire y el teclado, en forma de voz tenue que saluda y repite la última palabra, en el recóndito espacio de un tiempo que no tiene principio y que acabará sin duda un día, tal vez no muy lejano...En un verso cualquiera, en un texto, en el fragmento de película que aparece en un cine de verano, en un artículo de prensa, en una imagen presentida, allí, en el aire, donde se oculta todo...De modo que aparezca cuando el día está más gris o ella está más cansada; de modo que recomponga apenas las piezas rotas de esa porcelana que un día cruzó su tiempo más exacto; de modo que parezca que la vida no ha terminado entera: solamente un espejismo pero cubierto de oloroso consue...

Una calle que mira al sur

  (Pintura: Paul Cornoyer) Hermosa y larga, mi calle miraba al sur y se escondía de los malos vientos. Del calor del levante en el verano y del brumoso poniente en cualquier fecha. Así escribía su historia día a día, poco a poco, como si la vida no fuera otra cosa que las puntadas en un mantel de hilo. Puntada tras puntada, muy despacio, haciendo que el reloj no tuviera sitio para el aburrimiento. Las azoteas templadas del mediodía, las noches junto al cine de verano, las tardes de charla en las casapuertas, las mañanas junto a la taza de café en la cocina... La calle tenía un curioso resplandor que la convertía en escenario de cuentos. Los disfraces y las fiestas, la hora del cante, las miradas ruidosas, la gente que iba y venía, pisando sus piedras, sus aceras, logrando así el milagro de una convivencia más antillana que otra cosa. Todos los mares se apostaban a su alrededor para lograr el milagro de la risa y había quien no podía comprender cómo la escasez se convertía en chiste...

Las niñas de la calle Carraca

  /Todas las imágenes de esta entrada son de pinturas de Mary Cassat, que nació en el estado de Pensilvania, EEUU en 1844 y murió en Francia en 1926. Perteneció al movimiento impresionista y pintó numerosas obras con madres y niños en escenas cotidianas/ Si no conocéis San Fernando entonces no podréis saber nada de la calle Carraca. Yo la conozco bien porque viví en ella veinte años y porque es el paisaje levítico de la infancia y la adolescencia, ese que imprime carácter. La calle Carraca partía de la plazoleta de las Vacas y llegaba entonces a la carretera que conducía a la estación. Hoy la cosa es diferente y no me pararé a comentar cierto absurdo vallado que la ha convertido en un cauce cegado. Pero en aquellos años cruzaba por su entorno toda la algarabía de un barrio antiguo, el más antiguo de la ciudad, con sus peculiaridades y sus historias.  Algunas de esas historias no se han escrito nunca y no pueden contarse en alta voz, pero nuestras madres bien que las conocían, ...

Ciudadana no adscrita

  /Arte pop. Keith Haring. Acrílico/ Quizá lo más adecuado es ser de algo. La naturaleza humana pide cierto gregarismo, siquiera consentido y por placer. Tu equipo de fútbol, tu estilo de cine, tu bar favorito, tu hermandad, tu barrio, tu ciudad, tu tenista, tu periódico de cabecera, tu partido político. Tu ideología. Tu ideal. Tu algo. A eso lo llamamos sentido de pertenencia y es algo muy arraigado en los seres humanos. A los bebés los apuntan a algo enseguida. Antes de crecer ya están colocados en un lugar, a favor de algo y también en contra de otros algos. Algunas veces ganarán los tuyos. Otras veces tendrás el derecho de protestar porque han ganado los otros. En todos los aspectos, en todas las cuestiones de la vida, en todo. Eres de algo, formas parte de todo, de un todo que organiza, divide y sitúa. Y define, soy de esto, de esto, de lo otro. Etcétera. El etcétera aquí es muy importante.  Ser una ciudadana no adscrita es molesto, es solitario, es increíble, es desolado...

Yo enseñé a leer a aquellos niños

  /Pintura, Roy Lichtenstein/ Al principio de mi carrera fui maestra. Si lo hubiera pensado bien y alguien me lo hubiera aconsejado, debería haber seguido siéndolo. No hay en la carrera docente ningún otro trabajo mejor que ese. Siendo maestra, en dos colegios distintos, tuve la suerte de enseñar a leer a dos promociones de alumnos. Qué milagros se iban sucediendo con toda aquella feliz parafernalia de las tarjetas, la estantería de las frases, los cuadernos de rayas, los lápices y los bolígrafos, las cartillas, los libros de lectura. Cuando empecé a ser maestra era muy joven, tanto que llevaba calcetines. Pasaba por la calle y las niñas me señalaban, ahí va esa señorita. Y algunas todavía están en mi agenda, en mi WhatsApp, son, en algunos casos, profesoras. Entonces eran niñas que no sabían leer, niños que estaban esperando el milagro de la alfabetización. Había un primer trimestre en el que todo para ellos era oscuro. Las sílabas, las frases, se iban sucediendo y cada día se arr...

Doce hombres

(Lady Elizabeth Conyngham) Se piensa con razón que los libros de Jane Austen son “femeninos”. Nunca he entendido muy bien qué significa esto. Es verdad que están escritos por una mujer, seguidos  y leídos por las mujeres y llenos de mujeres. Pero, si los hombres no los leen algo falla, y me temo que la educación sentimental de “ellos” tiene muchos huecos que rellenar si se apartan de su lectura. Quizá son los hombres los que más y mejor pueden aprovecharla.  Aunque se pone el acento en los retratos femeninos que Austen traza, menos se suele reparar en el desfile de hombres que por ellos aparece, pero a poco que te fijes puedes apreciar una galería de tipos que merece la pena descifrar. Fijémonos en sus tres obras mayores, “Sense and Sensibility”, “Pride and Prejudice” y “Emma”. Hasta doce personajes masculinos he extraído de ellos para colocarlos en este punto de mira. Doce de tres libros no es poca cosa. No quiere decir que no existan más, desde luego, pero est...

Rocío y el Rocío

  /Romería del Rocío. Salvador Viniegra y Lasso de la Vega. Cádiz, 1862. Madrid, 1915. Museo del Prado. Madrid/ Cuando llegué desde San Fernando (Cádiz) a trabajar a La Puebla del Río (Sevilla) en el entorno de las marismas del Guadalquivir, conocí de cerca el fenómeno del Rocío. Allí todo el mundo es rociero, o casi, y hay una afición especial a la música y a las sevillanas. De allí son, entre otros, los Romeros de la Puebla, emblemático grupo que ha creado un buen número de sevillanas que están en la historia de este estilo. Y otros muchos artistas. Los alumnos conocían aquello como la palma de la mano, hacían el camino con sus familias, montados en carretas, charrés, carriolas o a caballo, que de todas formas se podía ir al Rocío. Un ambiente genuino y único que conocí de cerca.  Poco tiempo después conocí a mi amiga Rocío León en la facultad, donde ambos coincidimos estudiando y antes de eso ya nos habíamos tratado en el flamenco, en el seminario de flamenco que se creó en...

La casa

/Roy Lichtenstein, arte pop americano/ Él se había empeñado en comprar aquella casa y ella accedió porque antes el sacrificio de vivir en la ciudad había estado de parte de él. Era una casa muy grande y alegre, una casa bien construida, con espacios amplios, con mucha luz, con habitaciones claras y un aire transparente que le daba un tono especial a los muebles, al suelo. Estaba rodeada de jardín, de césped por un lado, de arriates por otro, de macetas vidriadas con plantas, de un pequeño grupo de árboles, de una piscina situada en la esquina más soleada. La piscina era una cinta de plata, alargada y con una escalera de color azul y blanca que disponía de un lugar para sentarse a leer. Así lo dispuso él para ella como todo lo que hacía y pensaba. Ella era siempre la destinataria de todos sus desvelos. Compró la casa sin decírselo y cuando la llevó a verla a ella le gustó pero sintió una aprensión indescifrable, pues se imaginó viviendo allí, solo con sonidos de pájaros y rugir de ramas...

Aviva la tormenta

/W. Turner/ Es posible que la tormenta haya activado algo que hasta ahora no tenía claro el resorte. Una especie de lucha inmensa e  interior, de meteorito salvaje que estalla. Una llamada íntima, un desasosiego que nada tiene que ver con el nerviosismo de los quehaceres, ni de las búsquedas. Es una emoción basada en la rabia, en la ira, en la sensación de injusticia, en la impotencia de la pérdida, en la evidencia de que las salidas están cerradas y alguien ha tirado las llaves al mar. Por eso, porque la tarde ha caído entre rayos y truenos; porque el agua tan deseada no ha llegado y eso hace el día más oscuro y tétrico; porque si cae la noche y no he sido capaz de hallar alguna respuesta; por eso, por todo eso y por algunas cuestiones más que no puedo explicar, es por lo que me siento aquí, en esta esquina del salón que podría llamar mi reino, y deambulo con la cabeza por los hechos del día y de los días pasados, para hallar alguna explicación que me convenza o que, al menos, no ...

Un libro hace hogar

  /Charles Edward Perugini. Mujer leyendo/ Un libro es mucho más que una patria, es un hogar. Ese lugar al que quieres volver. El lugar que te recibe. El que recuerda cómo eres. El que te acoge en los malos momentos y en los momentos buenos. El que te conoce, sabe de tus defectos y no le importan. Como Darcy, te quiere como eres. Y siempre trae cosas nuevas, porque el libro cambia cada cierto tiempo, es otra cosa y te habla de otra forma, porque tú misma eres distinta. Un libro hace hogar, es un hogar. En los tiempos desolados, el libro te recuerda una frase y te deslumbra. Qué haríamos sin vosotros, estáticos pero no aburridos; quietos, pero no cansados; firmes, pero no exhaustos; solitarios pero libres. Libros que nos tienen dichas tantas cosas. 

Vida en familia

(Retrato de Theresa Parker) Unas pocas familias y un entorno rural es lo que se necesita para una novela. Esta máxima la aplicó fielmente Jane Austen en sus libros y luego, también, salvo excepciones exóticas, Agatha Christie , que convirtió el crimen doméstico en un hallazgo literario, quitándole  el morbo y la sangre y haciendo del asesinato un arte detallista y finísimo. Los mejores libros de Christie se desarrollan en una mansión campestre, en un pequeño pueblo o en una habitación, incluso.  Jane Austen tenía un alto sentido de la familia y de su importancia. Fue la séptima de ocho hijos, de los cuales solamente dos eran chicas, ella y su hermana Cassandra , con la que formaría un tándem que sólo se disolvió con su temprana muerte, a los cuarenta y un años, cuando estaba en plena madurez creativa. En su biografía pueden apreciarse su preocupación y su dedicación al bienestar de su familia. Seguir las apetencias de sus padres le costó diez años de silenci...

Bradley, Schopenhauer y tú misma

La canción podía llamarse "Hacia dentro" o "Desde dentro". Hacia, desde, casi lo mismo. No exactamente. Más o menos igual. Todo lo que soy está en mí. Nada de lo ajeno soy yo, salvo si lo interpreto, lo respondo, lo cuento, lo adquiero, lo amo. De esa manera, con otras palabras, lo contaba el filósofo y era consciente de que estaba enhebrando una aguja para la costura de ideas que antes no se habían expresado. Al fin, a eso se reduce todo. A contar las cosas de otra forma. A verlas de un modo diferente. A ser originales, no como una moda pasajera, sino como una actitud. Criterio. Pensar. Demasiadas veces el cartón de la copia se superpone a la originalidad de las mentes libres. Ser libres pero estar juntos. Ser libres, en todo caso.  La canción tiene muchos nombres pero la imagen de ese hombre con pelo largo y barba descuidada está sobre el escenario sugiriendo que no han pasado para ti los días gloriosos del abrazo más cierto. A pesar de todo. A pesar de lo...

El silencio y un cuadro de Hopper

El silencio para mí es escucharte. La inmovilidad, una forma de verte sin aristas. La fijeza, ese brillo que encierra tu nombre ante mis ojos. Soy, contigo, la mujer sin sombra y sin reflejo que toca sin tocar la taza de café.  A veces vivo en un cuadro de Hopper. Cruzo los brazos de ajustado rojo y sueño el horizonte que no tiene más luz que la del aire. O me apoyo en la barra de un bar junto a ese hombre que no me mira apenas (por qué no se desprende del sombrero, pregunto sin palabras).  Me siento en una cama apenas libre de un ligero ropaje, las piernas rectas y la mirada ausente, absorta en el papel que parecen traerme tus anuncios, quizá una despedida o un reproche.  Me asomo a una mansión deshabitada, observo con desgana la escalera, vuelan telas al aire, transparentes, con un sombrero claro y una búsqueda. No te diré el motivo por el cual no hago nada. En alguna ocasión mi alma se ha sosegado, sentada, fría y oscura, en un vagón de tren,...