Historias de paraguas
Pierre-Auguste Renoir (1841-1919)
Los paraguas, 1881-1886
Óleo sobre lienzo, 180,3 x 114,9 cm
Podría contar un montón de historias de paraguas. La del paraguas de rayas azul y blanco que llevaba en un autobús camino del trabajo y terminé regalando a una mujer que iba a mojarse de cabeza a pies con su pequeño hijo. Al final fui yo la que me mojé y la mujer la que me decepcionó: prometió devolvérmelo en el trabajo pero no lo hizo.
Hubo también un paraguas rojo y ese siempre lo llevaba con una trenka que tenía un forro interior de cuadros escoceses. Ese paraguas lo presté, cómo no, a una compañera y luego negó que se lo hubiera prestado. No la veía mucho pero, después de aquello, no quise volver a verla. Era ladrona y mentirosa. Hay gente así. En una ocasión me compré un bonito paraguas en tonos verdes, estampado, verde hoja oscura, con un aire precioso. Lo dejé sin estrenar, porque al final no llovió, en el asiento de uno de los cercanías que yo a veces cogía para ir a trabajar. Cuando acudí a la oficina de la estación todos negaron haber visto algo parecido y eso que era muy especial, con su mango verde brillante y unas motas doradas que se repartían por la base. Nunca más lo vi. Tuve un paraguas naranja con unas letras rojas que eran muy graciosas, como si se tratara de una camiseta con inscripciones. Terminé regalándoselo a una colega porque siempre me lo pedía y me temí que sucedería lo de siempre: perderlo sin más.
Pero la más bonita historia de paraguas es la de uno blanco, con corazones rosas, como si fuera un diseño de Agatha Ruiz de la Prada, y quizás lo fuera, que me regaló una persona especial, en un día muy especial. No existen demasiadas personas especiales en la vida, o, al menos, estadísticamente, una no se encuentra con tantos. Esta lo era de verdad. No se dejaba llevar por las opiniones de otros, tenía fe en sí mismo, no era superficial ni era plasta, sabía mucho y nunca hacía ostentación de su conocimiento, era una verdadera persona única, de las que apenas existen y existió. Me regaló mucho más que ese paraguas. No perdí el paraguas esta vez. Lo perdí, porque la vida es una mierda en ocasiones, a él.

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