martes, 20 de agosto de 2019

La escritora que inspiró a Jane Austen


Retrato de la escritora Frances Burney

(Remember: if to pride and prejudice you owe your miseries, so wonderfully is good and evil balanced, that to pride and prejudice you will also owe their termination)

Esta frase, extraída del libro "Camilla" de Frances Burney, dio origen al título del libro "Pride and Prejudice" originariamente titulado "First Impressions". Frances Burney fue contemporánea de Jane Austen, aunque nació más de veinte años antes y murió más de veinte años después. Austen conocía bien sus novelas, como también las de otros escritores de la generación inmediatamente anterior porque en casa de los Austen se leía mucha novela. Defoe, Fielding, Richardson, Swift y Sterne andaban por la biblioteca de Steventon, la rectoría donde la autora nació y vivió sus primeros veinticinco años. Y también estarían en esos anaqueles las menos conocidas Elizabeth Fowler, Hannah More, María Egerton y por supuesto, Burney. ¿Quizá la primera escritora profesional inglesa, Aphra Behn (1640-1689) podía encontrarse allí? 

La vida de Frances Burney, Fanny llamada, bien pudo inspirar una novela o una obra de teatro llena de acción. Tiene todos los ingredientes para ello. Es el contrapunto de la existencia de Jane Austen, no porque la de esta fuera plácida (ninguna vida es plácida si nos fijamos) sino porque la de Fanny Burney fue excepcionalmente movida. Huérfana de madre a los diez años tuvo que soportar a su madrastra, pues su padre se volvió a casar con una viuda poco agradable que aportó tres hijos al matrimonio, a los que había que sumar los seis del caballero. 

Había nacido el 13 de junio de 1752 en King`s Lynn, Inglaterra, aunque la familia se trasladó a Londres. Su padre era un hombre instruido, compositor e historiador de la música, pero ella no tuvo una buena educación porque consideraron que tenía poca inteligencia. De modo que fue autodidacta al máximo. Incluso aprendió a leer sola cuando ya había cumplido los diez años. En 1768 comenzó a redactar su Diario, que escribió durante 72 años y que se ha convertido en una fuente indispensable para conocer la sociedad y los modos de la época. En 1778, sin contar con la ayuda de su padre, publicó su primera novela, "Evelina o historia de una joven dama en su entrada en sociedad", cuyo título adelanta el contenido. La publicó de forma anónima y obtuvo por ello una ganancia de veinte guineas. La guinea era una moneda de oro que se utilizó en el Reino Unido antes de que adoptase el sistema decimal en 1971. Equivalía a 21 chelines. 

En 1785 pasó a formar parte de la corte del rey Jorge III y su esposa, la reina Carlota, como segunda vestidora. Este trabajo funcionarial le restaba mucho tiempo para escribir y terminó por dejarlo. En esos momentos (1789) estalló la Revolución Francesa y fue de los ingleses que la apoyaron fervientemente. 

Un emigrado francés, el general Alexandre D`Arblay, llegó a Inglaterra y conoció a la escritora, casándose en 1793. El único hijo de ambos nació un año después. 

En 1796 publicó "Camilla", otra de sus grandes novelas, también dirigidas a mostrar la sociedad de la época sobre todo en relación con la situación de las jóvenes. Antes había publicado, en la misma línea, "Cecilia" (1782). En 1801 su marido obtuvo un puesto cerca de Napoleón Bonaparte y se marchó a Francia. Ella le siguió el año siguiente pensando que era una cosa provisional pero la guerra anglo-francesa la retuvo diez años en Francia, pues hasta 1812 no pueden volver a Inglaterra, instalándose en Bath, ciudad en la que murió en 1840. Las novelas de Fanny Burney denuncian la hipocresía social patente en la sociedad del momento y la frivolidad y crueldad que se gastaban en determinados contextos debido a la ambición o a la maldad. Esto se ve con toda claridad en "Evelina", novela epistolar que coloca en su centro a una joven bella, ingenua y bondadosa, rodeada de "hombres que la pretenden y mujeres que la envidian". 

Tienen razón los que sitúan a Fanny Burney como una de las escritoras que Jane Austen conocía bien y que le inspiró en su obra. Pero la excepcional originalidad de Austen hizo que su forma de enfocar los temas y de resolverlos fuera radicalmente distinta. De esa forma se constituye en una isla literaria que no tiene parecido ni antes ni después. La inteligencia de sus planteamientos y la forma en la que mira con perspectiva todo aquello que rodeaba a la vida de las mujeres en su época constituyen un universo aparte. No obstante, como en cualquier escritor, el poso de las lecturas siempre es una cuestión de interés. Ella se consideraba una gran lectora y dejó a la posteridad el analizar si también era una gran escritora.

domingo, 18 de agosto de 2019

Austen y sus editores


Grabado realizado por E. Finden y publicado por A. Fullerton en Londres en el que se representa al editor escocés John Murray II (1778-1843)

Las seis novelas mayores de Jane Austen sufrieron una suerte diversa a la hora de ser publicadas. Las diferencias esenciales están en los años transcurridos entre el momento de escribirse y el de ver la luz. Algunas tuvieron una larguísima travesía a este respecto. La primera novela que escribió fue también la primera en publicarse. Se trata de Sense and Sensibility (Sentido y Sensibilidad) que tuvo primero el título de Elinor and Marianne. El borrador completo estaba ya escrito en 1795, cuando la autora tenía veinte años, pero no se llegó a publicar hasta 1811. En la portada de la primera edición puede observarse claramente en qué condiciones se realizó esta publicación:


La portada se encabeza con el título: Sense and Sensibility y, a continuación, una aclaración que parecía necesaria: A novel (una novela). Después la indicación clásica de que se editaba en tres volúmenes y luego la firma: By a Lady (Por una dama). Austen no pone su nombre, pero no se inventa un pseudónimo ni se lo endosa a ningún hombre como habían hecho otras autoras y seguirán haciendo en otras épocas. Debajo, los datos de la impresión (ojo, a cargo de la autora: Printed for the Author), que tuvo que asumir los gastos y, a continuación, el nombre del editor (que tan poca confianza demostraba en el valor del texto, ya que no aportó ningún dinero), el señor Thomas Egerton, de Whitehall. El año, 1811, indica que se publicó dieciséis años después de ese primer borrador. 

Thomas Egerton fue un librero y editor, con sede en Londres, que vivió entre 1784 y 1830. Publicó una amplia colección de obras, 167, que dieron lugar en total a 263 ediciones. Los temas eran variados: Historia, Historia militar, Ficción doméstica, Ficción romántica, Ficción a secas, Diccionarios, Biografías o Fuentes. La empresa la había creado John Millan y entre sus dueños aparece John Egerton que fue socio de Thomas, aunque falleció y dejó la empresa a este. 

Así que es Thomas Egerton el editor de Pride and Prejudice, de la que hizo tres ediciones entre 1813 y 1817. 

Algunas cuestiones interesantes pueden observarse en esta otra portada de la primera edición de Pride and Prejudice. Los primeros borradores datan de 1796, inmediatamente posteriores al de Sense and Sensibility y escrita en el mismo entorno, Steventon. El título original de la obra había sido First Impressions. En cuanto a las diferencias con la anterior, para empezar, hay que señalar lo que se refiere a la autoría, en este caso indicando que la novela era del autor de Sense and Sensibility, lo que significaba claramente que había tenido éxito. La otra diferencia está en la edición, esta vez a cargo del editor y no de la autora, como puede observarse en la parte final de la página. 

De Sense and Sensibility Egerton sacó tres ediciones que se publicaron entre 1811 y 1813. Esto avala lo que decimos del éxito de la novela y del porqué de la referencia en la portada. Pride and Prejudice, Sense and Sensibility y Northanger Abbey forman la trilogía de Steventon, novelas que se escribieron todas en la rectoría de Hampshire donde había nacido y vivido la autora hasta que se marchó con su familia a Bath. 

Hubo un tercer libro publicado por Thomas Egerton. Se trata de la primera novela que Jane Austen escribió en Chawton, Mansfield Park. Su primera publicación, de 1814, es la última que la autora hace con Egerton. Tanto es así que hay una segunda edición de esta obra que se publica por John Murray II que será el segundo editor de Jane Austen. Las otras dos novelas de la trilogía de Chawton son Emma y Persuasión y se editan, asimismo, por Murray, que se convierte en el editor de Austen. 


La edición de Mansfield Park a cargo de Egerton, que es de 1814, se refiere al autor como el de Sense and Sensibility y Pride and Prejudice, sin embargo, la publicación de John Murray II, de 1816 alude únicamente al autor de Pride and Prejudice, seguramente porque, al fin y al cabo, era la obra más popular y vendida de la escritora. El texto de Murray lleva impreso con toda claridad el letrero Second Edition, lo que dejaba claro el cambio de editor, producido porque no había demasiado interés en Egerton a la hora de promocionar las novelas de Jane Austen que, seguramente, no constituyeron para él ningún evento especial. 

Cuando John Murray publica Mansfield Park todavía su negocio estaba situado en Albemarle Street, antes de que se trasladara a la zona de Mayfair, mucho más elegante y llena de posibilidades a la hora de las tiendas, las actividades comerciales y artísticas. 

La editorial inglesa John Murray sigue existiendo. Desde el año 2004 pertenece al grupo Lagardère bajo la marca Hachette UK. Fue fundada en 1768 por John Murray (1745-1793), un oficial de la marina con inquietudes culturales. Su hijo, John Murray II (1778-1843) fue el editor de Jane Austen, de Sir Walter Scott y de Washington Irving, entre otros. Este Murray cuidaba especialmente sus catálogos y fue el artífice del cambio de sede, dándole mayor proyección a la empresa que pasó de ser solo una librería que editaba a un lugar de encuentro de escritores y editores. 

El tercer Murray se llamaba también John y vivió entre 1808-1892, continuando con el trabajo familiar en la editorial. La nueva publicación de Mansfield Park (que se había escrito entre 1812 y 1814) en 1816 es un claro ejemplo de sacarle réditos a una obra ya publicada y que solo había tenido una edición dos años antes. En la nochevieja de 1815 Murray publicó un nuevo libro de Jane Austen. Se trata de la segunda novela de la trilogía de Chawton, Emma. Y de la primera heroína que no tiene problemas de dinero, o de belleza o de familia. El libro iba dedicado al Príncipe Regente, en una especie de carambola del destino que a Austen no le hizo mucha gracia.


Emma, escrita entre 1814 y 1815, publicitada como del autor de Pride and Prejudice, salió en tres volúmenes como era lo tradicional y lleva el consabido subtítulo A novel (Una novela). Esta fue la última obra que vio publicada en vida Jane Austen. Las otras dos no verán la luz hasta que haya fallecido. Se trata de Northanger Abbey y Persuasion. La primera de ellas fue escrita en Steventon y la segunda en Chawton. Northanger Abbey sufrió una serie de peripecias muy curiosas. El libro estaba listo para ser publicado entre los años 1798 y 1799 y pertenece a la trilogía de Steventon. En 1803 se revisó y se vendió a un personaje bastante oscuro que la tuvo guardada hasta que la revendió de nuevo a Henry Austen, el hermano de la escritora. Tampoco salió a la luz hasta finales de 1817, cuando Jane Austen ya había muerto, aunque en la portada del libro figura la fecha de 1818. Es una obra satírica, la más cómica y mordaz de las que escribió Austen, una especie de crítica a la locura que en las jóvenes producía la lectura sin criterio de las novelas góticas con fantasmas, castillos encantados, príncipes caprichosos y toda la suerte de tópicos de ese tipo de libros que hacían furor en la época.

Esta edición doble, que se presentaba en cuatro volúmenes, fue publicada asimismo por John Murray II, tras la muerte de la escritora. En la indicación pertinente sobre la autoría señala que pertenece al autor de "Pride and Prejudice", "Mansfield-Park" etc. Además, añade una nota biográfica sobre el autor (With a Biographical notice of The Author).

Persuasion pertenece a la trilogía de Chawton y, aunque es radicalmente distinta, se escribió inmediatamente después de Emma entre 1815 y 1816. Es una historia muy dramática, en la que se trata el tema de las segundas oportunidades. Se trata de una novela de madurez, con cierto aire melancólico y sin la ligereza y la comicidad que eran frecuentes en sus otros libros.

Dos editores, dos hogares en dos ciudades, seis grandes novelas, este es el balance más importante de una escritora cuya relevancia se acrecienta con el paso del tiempo y con el conocimiento de su obra.


sábado, 17 de agosto de 2019

La Provenza y unas violetas


Si algún día fuera posible que tú y yo recorriéramos el mundo, la primera parada sería Uzés, el pueblo de la Provenza en el que viví algunas de esas horas que se guardan en un arca secreta de la memoria. El olor a violetas cruzaba sus calles y los campos de lavanda las rodeaban imprecisos. En las horas tórridas de la primavera, todo se convertía en una sinfonía de lilas imposibles de apartar de la imaginación. Y en septiembre, la uva y sus tonos dorados eran un reclamo seguro para la vista. Todos los aromas se concitan en la Provenza para acuciar nuestros sentidos. El pueblo se estiraba como si fuera un viejo animal ronroneante que buscara el amparo de alguien que le pusiera suavemente la mano sobre el lomo. Las gigantescas puertas que cercaban algunos de los arcos de sus murallas eran como enormes manos que quisieran proteger el interior. En los soportales de la plaza cuadrada estaban los artesanos con sus madejas de hilo de colores, sus lanas teñidas manualmente y un sinfín de cachivaches que no servían para nada. 

Toda la Provenza se convirtió en el escenario de una de mis mejores películas. Los actores fueron cambiando, pero los sentimientos se mantienen en la distancia. Los pintores impresionistas me esperaban en cada esquina y no hubo ninguno que no pusiera su punto diferencial en el guiso. Todos ellos tenían algo que ofrecer. En las calles de Avignon entreví un pasado lejano de esplendores, después convertidos en un sencillo tiovivo al que los niños se asomaban con avaricia. Un vestido de muselina azul celeste produjo una foto antigua, como si los años no hubieran pasado y algún caballero tuviera que venir enarbolando banderas de ducados inexistentes. 

En la cercana Arlés, la casa de Van Gogh tenía echadas las persianas y una semioscuridad casi siniestra me convertía en una figura de atrezzo en ese decorado de la vida que el pintor no supo completar con tino. Nos sentamos en un pequeño café que tenía las persianas de un extraño color púrpura y una camarera muy joven nos atendió con una espectacular sonrisa. Ella debía saber también que estábamos rodando una película. El pequeño trozo de quiche que nos comimos tuvo que tener un sabor parecido al de la gloria pero entonces nuestras vidas eran siempre un vaivén de emociones que no permitía detenerse en ninguna. 


También en Montpellier había historias. Ese chico mexicano que me miraba con ganas de morderme. Un mordisco amoroso, hecho con el ansia de quien es joven y lo sabe. De quien es hermoso y lo presiente. La universidad tenía un trajín constante y las clases se abrían con generosidad a gente de todos los países. El chico mexicano con nombre de telenovela estaba con una perpetua nostalgia de su hacienda y de sus hermanitos, a los que nombraba uno a uno cada día, como si esa mención pudiera obrar el milagro del reencuentro. 

Allí, en Nîmes, las paredes de los edificios romanos se levantaban sin pedir permiso y te convertían en una minúscula porción de todo ese conglomerado gris tomado por el sol de media tarde. El profesor Fesquet abatía con desgana las cucharillas de plata sobre el recipiente helado en el que se posaba una espesa bola de vainilla cuajada de canela. Su casa era un edificio campestre del siglo XVI hecho de piedras grises y rodeados de campos cubiertos de parras suculentas. En cada esquina de la casa había una hornacina, adornada con flores silvestres y en la que aparecían imágenes de vírgenes que el profesor Fesquet tenía como suyas. En uno de los patios, el más sombreado, las palabras del viejo profesor resonaban al tiempo que mi estómago: siempre tenía hambre a esas horas mediadas de la tarde durante el rito del helado. 

Las carreteras de la Provenza se desgajan en árboles y macizos de flores que anticipan el aire único de la Costa Azul. El mar Mediterráneo no tiene ese color verdoso de mi Atlántico, sino que es azul, como el cielo de Michaux al que aludo tantas veces. Los caminos provenzales tienen un destino ya trazado y el visitante entiende que es el mar y que no se ha escrito siquiera su nombre pero existe. Como Emma Woodhouse, yo también era capaz de adivinar que el mar estaba cerca, que llegando a Marseille ya todo era coser y cantar. Pero la conjunción de campo y de naturaleza salvaje es tan potente que llegas a demorar el camino. Una lucha entre los sentidos y el corazón. 

Si algún día tú y yo, por un milagro de la vida, recorriéramos el mundo, en estas soledades encontraríamos un hueco para guardar nuestro silencio y las voces se aposentarían en un espacio sideral sin nada más que besos. Los besos, que tendrían sabor a fresa ácida, serían rojos y el fondo de los ojos de un violeta oscuro, inveterado, un color que ahora, todavía, no se ha dibujado entre nosotros. 

Las noches de fantasmas tienen escrito siempre el mismo itinerario. Has de saber, no obstante, que si alguna vez vuelvo, ha de ser contigo. 


viernes, 16 de agosto de 2019

No todos son iguales en Connecticut


"Lejos del cielo" es un melodrama de los buenos. De esos que te hacen llorar al final. No le sobra nada y no le falta nada. Douglas Sirk lo rodó antes, pero esta versión no se queda atrás en belleza y en fortaleza. La música de Elmer Bernstein acompaña cada escena y eso son palabras mayores. Y los intérpretes están geniales. Dennis Quaid, con un gesto torcido y culpable, es Frank Witaker, el marido perfecto, el ejecutivo envidiado; Julianne Moore, es Cathy Whitaker, la esposa de Frank y madre de sus dos hijos, niño y niña, la parejita, un ama de casa modélica, que lo mismo lleva la casa, que organiza un cóctel o ayuda a la comunidad en sus necesidades; Dennis Haysbert es Raymond Deagan, un hombre de raza negra hecho a sí mismo, titulado universitario, viudo y padre de una niña de once años; Viola Davis, es Sybil, la sirvienta que sostiene la casa y la vida doméstica y Patricia Clarkson es la amiga íntima de Cathy, Eleanor Fine, una mujer casi perfecta. 


Todd Haynes dirigió la película y logró convertirla en una obra maestra en su género. Dos asuntos golpean la pequeña sociedad en la que viven los protagonistas y cambia su existencia para siempre. Frank, el marido, tiene que terminar aceptando que es homosexual y que su lucha por ser alguien "normal" (esa es la expresión que usa) ha acabado en fracaso. Esa lucha tambalea su vida y la de su esposa, pero permanece oculta al resto de sus amigos y de sus vecinos. Cuando se divorcien, él seguirá siendo el hombre perfecto porque la superficie está limpia y en el fondo se concentra lo oscuro. Por el contrario, la amistad sincera, natural y llena de química entre Cathy y Raymond no pasará el examen colectivo. Los negros en la sociedad de los años cincuenta todavía sufrían una atroz discriminación. En el pueblo donde viven los dos grupos étnicos viven sin cruzarse. No hay entre ellos relaciones de igualdad y la forma afable en la que estas dos personas se tratan no es entendida ni por blancos ni por negros. Este salto sin red se volverá contra los dos. 


Enorme delicadeza es lo que usa el director para poner sobre la mesa la absurda lucha de un hombre contra sus inclinaciones sexuales y lo terrible y también absurdo que es la segregación racial. A nuestros ojos actuales ambas discriminaciones nos parecen incompatibles con la libertad y los derechos de las personas pero entonces suponía un claro reto al que todos se plegaban si querían seguir existiendo. La película muestra de forma extraordinaria todo esto y lo hace con los mejores recursos posibles, una ambientación increíble, unos intérpretes fuera de serie, una música maravillosa y un argumento narrado con maestría. No deberíamos pensar, al verla, que todo esto que denuncia de forma sencilla y directa está ya superado. Si fuera así el mundo sería diferente. 


En realidad, todos sufren. Los deseos no satisfechos, el amoldarse a las convenciones sociales, la necesidad de mantener un estatus en el que uno no cree, los sentimientos sofocados...Todo se conjura para propiciar el sufrimiento. Y es un sufrimiento bastante inútil, nada purificador, más bien absurdo. Porque no tiene razón de ser. El marido ha vivido una ficción obligándose a sí mismo a actuar como se debe. La esposa no ha tenido un marido tal y como ella hubiera deseado. Esa insatisfacción se le trasluce en todo. El jardinero tiene que luchar contra su raza y su situación social que le impide querer en todo su sentido a una mujer que le ha producido los mejores sentimientos de su vida. La amiga no lo es tanto, solo hasta que puede soportar la transgresión. Y los niños son también víctimas. Niños que no comparten cosas con sus padres, niños atados a las normas y a los prejuicios, niñas que son apedreadas...Toda la película expresa a cada fotograma cómo vivir de acuerdo con normas que no tienen sentido le quita todo el sentido a la vida.


Julianne Moore es una actriz encantadora. No solo por su belleza física, su precioso pelo y su sonrisa única, sino por los matices que siempre aporta a su personaje. Por su parte Dennis Haysbert es un extraordinario actor. En la serie "24" incorporó el papel del presidente Palmer, el primer presidente negro de EEUU, mucho antes de Obama y ya puso de manifiesto su estilo, elegancia, gesto delicado y todo ello sin estridencia alguna. "Lejos del cielo" es un magnífico melodrama. Y un buen melodrama siempre nos hace disfrutar. Esto es cine, cine clásico hecho en los dos mil.

miércoles, 14 de agosto de 2019

Vuelven las mujercitas


Las hermanas March en la versión de "Mujercitas" de 2019

Louisa May Alcott (1832-1888) vivió toda su vida en Nueva Inglaterra. La época victoriana se desarrolla entonces en el Reino Unido y en Estados Unidos se viven los movimientos en pro del sufragio femenino y el abolicionismo. Ambas cosas las defendió Alcott que fue educada en la filosofía trascendentalista. La escritura fue para ella un don que empleó en obtener beneficios para poder vivir y para llevar adelante a su familia. Para conseguir esto último había trabajado en oficios diferentes antes de dedicarse a publicar. Fue maestra, costurera e institutriz. Fue enfermera durante la Guerra de Secesión. Su facilidad para escribir le sirvió para publicar y vender cuentos infantiles, así como novelas para adultos que tratan temas de gran dureza y su tetralogía que se hizo muy famosa y que todavía sigue formando parte de los libros juveniles de referencia. Mujercitas, Aquellas Mujercitas, Hombrecitos y Los chicos de Jo. 

El fenómeno de aceptación de Mujercitas no ha terminado nunca. Sigue siendo uno de esos libros que se regalan a las chicas a partir de los nueve o diez años. En todas las casas lectoras hay un ejemplar del libro. Y no solo eso. Se han inmortalizado imágenes de las muchachas a través del cine y de las series. Es una de esas historias que el celuloide inmortaliza y que las series hacen pervivir a lo largo del tiempo. Seguramente muchas chicas conozcan la historia a través de las imágenes aunque nunca hayan leído el libro. 

Mujercitas se publicó por primera vez en 1868. Es una novela de crecimiento y de aprendizaje. No es nada conformista, al contrario. Se había escrito por encargo de su editor que quería un libro dedicado a las muchachas. Las cuatro hermanas, Meg, Jo, Beth y Amy, se constituyeron en personajes muy cercanos y queridos de las lectoras de la época y de las siguientes generaciones lectoras. A pesar de que una lectura superficial puede calificarla simplemente de una historia dramática, el análisis detallado del argumento pone de manifiesto que Alcott quiso entreverar sus propias teorías sobre la vida. No en vano se inspiró en muchos pasajes de su propia existencia y de la de sus hermanas. 

De Mujercitas (cuyo título original es Little Women or Meg, Jo, Beth and Amy), se han hecho obras de teatro, musicales, mangas japoneses, series de televisión de distintos formatos y hasta trece adaptaciones cinematográficas, la última de las cuales se podrá ver en la navidad de 2019. La prueba de su vigencia es esta precisamente. 

Si alguien leyó el libro en clave convencional, pensando que se trata de una acomodaticia historia, se equivoca de punto de vista. Resulta ser todo lo contrario, precisamente por la ideología y la educación que había recibido la autora, mucho más adelantada que las mujeres de su época. Las propias aficiones artísticas de las hermanas March indican que se trata de chicas con voluntad de ser independientes, de vivir una vida propia. Sus decisiones sentimentales corroboran esta percepción. En realidad, las hermanas March sobrevuelan la época victoriana y a sus representantes literarias por excelencia, las Brontë, con sus angustiosas existencias plagadas de conflictos internos, para enlazar con las muchachas Austen, con esas mujeres que querían casarse sí, pero por amor, y que no estaban dispuestas a condicionar su vida a la tristeza ni a perder el sentido del humor. 


En la versión de 2019 las hermanas March están interpretadas por Saoirse Ronan (Jo), Emma Watson (Meg), Eliza Scanlen (Beth) y Florence Pugh (Amy)


Jo March (Saoirse Ronan) con Laurie (Timothy Chamalet), en la versión de 2019


Emma Watson es Meg March


La versión de 2019 tiene ya dispuesto su primer tráiler.  Los papeles de la madre (Laura Dern) y de la tía March (Meryl Streep) son elementos fundamentales de la historia. Está dirigida por Greta Gerwig. 

lunes, 12 de agosto de 2019

Tesoros escondidos


En la calle, bulliciosa de por sí, se formó un jaleo de campeonato. La puerta del número 39 se había abierto estrepitosamente y dos de los hijos de la familia aparecieron en ella, con cara de pocos amigos, portando a rastras unas cajas de gastada madera que no tenían cubierta. Nadie podía ver lo que contenían porque los espectadores espontáneos que llegaban atraídos por el ruido, no tenían suficiente ángulo de visión. Pero la niña de la casa de enfrente saltó por encima de los pies de los otros y se plantó delante y asomó la cabeza y metió la nariz y descubrió los libros. 

¡Son libros, son libros! gritó. Y el grupo de mirones se fue dispersando. A buenas horas iban a pararse en libros a la hora de la siesta porque a aquellos imberbes se les hubiera ocurrido hacer limpieza de buhardillas….Pero la niña entonces se sentó en medio de la calzada, que era de piedra, dura, gris y a veces transparente cuando la lluvia la regaba, y empezó a rebuscar con cierto gesto compulsivo, sacando de la caja los libros y esparciéndolos a su alrededor mientras leía los títulos y manoseaba las portadas. 

Así estuvo un buen rato, tanto que llegó el atardecer, esa hora indecisa en la que no se sabe si comienza o acaba el día y que, por eso mismo, a ella no le gustaba. Pero, en esta ocasión, absorta en la caza de los libros, no pudo evitar que las sombras de la noche golpearan de pronto su cabeza y le recordaran que ya debía estar en casa. Mientras tanto, los hermanos porteadores se habían marchado y no quedaba ni un alma en la calle salvo los libros, si es que tienen alma, la niña y las cajas de vieja madera. 


Una vez hubo terminado la inspección convino en que casi todos los libros le interesaban. Dos o tres muy pesados de jardinería y alguno de cocina estaban fuera de su gusto. Pero tirar libros o dejarlos en el suelo le parecía un pecado. Quiso asegurarse de que podía disponer del hallazgo y llamó a la puerta del 39. Asomó la cabeza la madre, rectilínea y con gesto de pájaro, y le afirmó con monosílabos que sí, que no quería los libros, que hiciera con ellos lo que le diera en gana. 

Entonces la niña volvió a su propia casa, rápidamente para que nadie pudiera adueñarse de aquel tesoro, y llamó a su legión de hermanas. Salieron todas: Beatriz, Úrsula, Irene, Inés, Violeta…se asomaron a la puerta y le dijeron que si estaba loca. Jajajajajajaja. Sí, contestó ella, pero ayudadme que tenemos que trasladar todo esto a casa. ¿Todo? ¿Ese montón de libracos y esas cajas vencidas? Sí, todo, afirmó resuelta la niña. Venga, ea, vamos palante.

Se formó allí mismo una extraña procesión que movía los libros de unas manos a otras, llegaban a la casa, los dejaban encima de una mesa, volvían a salir, cruzaban la calle, cogían otros libros y así mucho rato. Y luego las cajas, que amontonaron en la casapuerta en un sitio que no estorbara el paso. Las niñas se reían mientras hacían el trabajo y se empujaban a veces unas a otras, llenas de bromas y de dichos alegres. La noche las sorprendió a casi todas aprisionando un libro entre las manos y leyendo con ansia las palabras impresas. Así ocurrió también los días sucesivos. Algunos de esos libros existen todavía. Podrías verlos si te asomas sin ser visto por aquellas ventanas. En todo caso, leyeron, ya lo creo que leyeron. 


(Fotografías: Uta Barth) 

domingo, 11 de agosto de 2019

Úrsula y Gudrun


Las hermanas Brangwen, Úrsula y Gudrun, son cultas, hermosas, inteligentes y vitales. Pero tienen una mancha de fábrica que en la sociedad de entreguerras no es fácil de solucionar. Son hijas de minero, nietas de minero. Si fueran hombres, serían mineros. Úrsula es maestra y ha dado el salto sobre los de su clase a base de ocupar una plaza en la escuela del lugar donde nació. Eso la obliga a vivir en la casa familiar, a pesar de que no es la casa de sus sueños, de que es una casa en la que no querría haber nacido. Gudrun, que tiene unas alas más amplias y unos sueños más extravagantes, es artista, porque los artistas no son de ningún sitio y tienen patente de corso para codearse con unos y con otros. Pero ambas saben, sobre todo cuando están en su tierra, que todo el mundo conoce a su padre, oscuro del color de la mina, y a su madre, sencilla y sin abalorios, y su casa, una casa corriente con la única diferencia de que en ella hay libros y acuarelas. 

Es muy difícil remontar el vuelo cuando una tiene los pies atados al origen de una manera tan sólida. Cuando eres prisionera de algo que no has buscado ni entendido. En las fiestas de la sociedad a la que Gudrun quiere pertenecer hay mujeres atractivas que se mueven con insólita frescura, que están seguras de sí mismas, que llevan el aire de poseerlo casi todo. Son mujeres que acaparan las conversaciones, que llevan extraños pañuelos al cuello de colores cerúleos y que se mueven al compás de una música invisible. Úrsula, que es más consciente de lo que les sucede a las dos, sabe que la cultura o el arte no va a rescatarlas del olor a carbón y que siempre llevarán las huellas del hollín en las manos, por mucho que usen jabones perfumados traídos de no sé dónde. Su manera de escapar no es sino entrar en la naturaleza de los libros, apresar lo que dicen, transportarse y creerse otra persona diferente, alguien que nació en otra época y en otro ambiente. Vivir hacia dentro, hacia las palabras. 

En "Mujeres enamoradas", la mejor novela de las escritas por D. H. Lawrence, hay una lucha sorda entre las hermanas y sus ataduras, entre las hermanas y la sociedad que les ha tocado vivir. Ellas no han elegido ser lo que son, pero sí sentir lo que sienten. Es la opción del sentimiento la que consideran suya y no esa otra que clasifica a las personas por la familia a la que pertenecen o por la cuenta corriente. En estos años de posguerra y de anticipo de otra, cuando se vive una extraña quietud que preludia el futuro desastre, nadie es lo que parece pero ellas tienen la exacta conciencia de que todos en las Middlands saben que, por mucho que lean y escriban, por mucho que se adornen con perlas, por mucho que tracen espléndidos dibujos de paisajes agrestes, su vida pertenece a este lugar donde lo único blanco es la blanca y alargada casa de los Crich, los dueños. Están condenadas. 

Lawrence podía haber encontrado otra forma de señalar la opresión de los mineros ante unos acontecimientos que los obligaba a ser parte de la cadena de producción. Podía haber buscado otros personajes para indicar su apego a la naturaleza y su desacuerdo con una industrialización que convertía en negro los paisajes. Pero eligió a estas dos mujeres y sus emociones como una fórmula universal de expresar el desarraigo, la mirada extranjera de quienes están excluidos. Ambas se enamoran de hombres que están fuera de su órbita y ese amor es, por tanto, una transgresión, una manera de afirmarse y de negar lo que son, de traspasar esa frontera impuesta de las clases sociales. El inspector de educación del que se enamora Úrsula es, además, un hombre lleno de miedos, de reservas y de compartimentos estancos. En realidad no quiere enamorarse. En realidad no sabe lo que quiere. Añade Lawrence al personaje las dudas propias de quien está más cómodo relacionándose con su mejor amigo que con la mujer que lo ama. Gudrun pone sus ojos en Gerald Crich, una especie de semidiós para todos los habitantes de la zona, porque es el hijo del dueño de las minas y porque representa la belleza en todos los sentidos, la nobleza, la elegancia, el ser. Pero tanta perfección despertará en ella cierto rechazo que no entiende, cierta incomprensión que hace daño a todos. Porque los lazos del amor son difíciles de desatar. 

Las hermanas quisieran confiar la una en la otra y contarse las cosas pero no es así como funcionan  entre ellas. Cierta oscuridad contagiosa las rodea. Expresarse y perderse es todo uno. Y los amigos, Crich y Birkin, esos hombres fuertes y, a la vez, vulnerables, tienen la extraña complicidad de quienes, quizá, se aman por encima de todas las cosas. Esos sentimientos ambiguos que dan vueltas y vueltas en el libro se entrelazan con algunas escenas magistrales, preciosas escenas de acontecimientos y también con conversaciones largas y demoradas, en las que podemos reconocer, quizá, algunas inquietudes ya vividas. El momento de la boda de la hermana de Gerald, con su cortejo de personas lujosamente ataviadas, sus ritos de la gente bien y, por contra, la imagen de las hermanas sin mezclarse con el conjunto de curiosos, es quizá, el símbolo más claro de lo que significa estar sin terminar de entrar en un espacio que te ha sido negado desde el inicio. 

Pocas veces los sentimientos se desmenuzan tan bien y con tanta delicadeza y, al tiempo, realismo, como en esta novela que tanta gente ha malentendido, incluidos los que han hecho cine de ella convirtiendo su razón de ser en una especie de erotismo salvaje. Pobre Lawrence, tan maltratado, tan mal leído, tan despreciado e ignorado a menudo. Solo la charla que mantienen Birkin y Úrsula en la escuela, mientras contemplan los pétalos de la flor, merecería la pena.

(Foto: autor desconocido)

miércoles, 7 de agosto de 2019

Berenice Abbot: tiempo de Nueva York



Berenice Abbot es una de las fotógrafas de la modernidad. En su obra hay tres etapas que se corresponden con las temáticas que más le interesaron. La primera, París en los años veinte, el centro del arte y la cultura, las vanguardias y el cambio de mentalidad. La segunda, la transformación de la ciudad de Nueva York en los años treinta, con toda su variable de edificios nuevos, estaciones de tren, puentes y rascacielos. La última de estas temáticas fue la ciencia, y de ahí su trabajo en el MIT de Massachussetts, fotografiando experimentos físicos. 

Sobre todo ello destaca su pasión por el arte, su especial visión del mundo que representa con su fotografía y su ansia de libertad, de no depender de nadie, como ella misma comentaba cada vez que tenía ocasión. Desde su nacimiento en el Estado de Ohio en 1898, recorrió casi todo el siglo XX cambiando de actitud conforme cambiaban los tiempos, salvo en el caso de su insobornable ambición por vivir su vida y no dejar que nada la condicionara. Murió en Maine en 1991 y su obra ocupa ahora un lugar de honor en la historia de la fotografía, tanto por los temas elegidos como por la perseverancia en su tarea. Cada fotografía le suponía miles de tomas, con el fin de lograr la perfección y la imagen perfecta. 



martes, 6 de agosto de 2019

Una mirada atrás (III)


Despedirse sin despedidas es muy difícil. Toda mi vida ha sido así. Así me despedí de algunos amores. Así me despedí de mis padres. Así me despedí de ti. Así me despedí de mi casa. Despedirse de una casa sin el rito de la despedida te condena a no olvidarla. En tus sueños siempre estará esa casa. La verás con toda clase de detalles y no distinguirás si es realidad o fantasía. Cuando despiertes, buscarás en algún lado de la habitación un detalle familiar, pero no lograrás encontrarlo. Será el vacío lo que encuentres y entonces habrá alguna lágrima. 

Ahí está el portón de entrada pintado de rojo inglés. Es muy grande y tiene a su lado la puerta del garaje, del mismo color. Ella eligió el color porque leía mucho a Agatha Christie y le parecía que el rojo inglés merecía la pena tenerlo cerca. Entre las dos puertas hay un buzón hecho de cerámica amarilla y azul. La casa está encalada en la parte superior y la inferior lleva un zócalo de piedra ostiones y un remate arriba en color albero. El contraste del blanco, el albero y el rojo inglés resulta extraño. Es una casa muy reconocible. 

Dos cierros ampliaos están a la izquierda de la puerta. Ves los visillos blancos y corridos, las contraventanas de madera y, apenas, el mármol blanco de los alféizares. La casa tiene una entrada de azulejos y detrás de ella una puerta de hierro y cristal. Cuando se abre, el frescor del patio te inunda sin dudas. La fuente central suena con un hilillo de agua, las macetas de alrededor tienen un jugoso verdor y las velas están desplazadas porque es la hora de la tarde y mi madre se sienta en una silla baja con su cesto de costura a un lado y un libro sobre el regazo. Alternativamente cose y lee. Los niños están en un rincón jugando a adivinar palabras y las habitaciones se abren y se cierran cuando se mueven por ellas como si fuera una obra de teatro. 

La puerta del fondo da a la cocina. No es una cocina de esas americanas de las películas de Doris Day  sino una cocina francesa: un gran aparador para el cristal y la vajilla, una despensa, una enorme mesa ovalada en el centro, rodeada de sillas, unos estantes de madera con objetos de cerámica, y, en un lateral, lo más moderno de los electrodomésticos, un gigantesco frigorífico, una cocina y una lavadora que no hace ruido. Como si fuera un laberinto, desde la esquina de la lavadora se accede a otro patio, este más grande y más soleado, un verdadero patio exterior con arriates, macetas colgadas, un banco de hierro y un cielo inmenso. Geranios, gitanillas, buganvillas, la flor del dinero, claveles y rosales, todas las flores se mezclan en color y en olor. Es el paraíso de las tardes y las noches de invierno. 

El tercer tramo es el de mi casa, el de las casas de mis amigas. La enorme casa de las viudas, en las que la viuda solo es la madre y las hijas unas monísimas muchachas que van en moto todo el tiempo. Está la casa de Isabel, estrecha y con un pequeño patio donde ella se sienta a dormitar cuando ya es mayor. La casa de Trinidad, la de Manuela, todas las casas de los amigos están en esa zona y nosotras, las niñas, saltamos de una a otra probando almuerzos o buscando un momento de charla. La conversación es nuestro reino y nosotras somos las sacerdotisas de una religión del encuentro que no se puede dejar de realizar por mucho que tengamos que estudiar o que obedecer. 

Todas las casas de este tramo se abren por la mañana y se cierran por la noche. Hay un solidaridad íntima que impide cerrarle la puerta a nadie. La cafetera está dispuesta y, en verano, los niños se reúnen en uno o en otro patio para contarse historias o leer tebeos. Todas las casas son una sola casa y todas las madres parecen actuar de igual manera. Esperan que crezcamos pero tienen miedo a que muy pronto dejemos de ser el motivo de su entretenimiento y su preocupación. Por eso saben que estas casas perdurarán como ahora solo hasta que todas y cada una de nosotras levantemos el vuelo. 

(continuará) (Foto: Nina Leen)

Una mirada atrás (II)


El segundo tramo de la calle estaba plagado de tiendas. Si tuviera que enumerarlas todas no podría pero tengo clara la imagen de algunas de ellas. La más pequeña era una tienda de juguetes. El centro de atracción de todos los niños, porque estaba pintada de azul y tenía una puerta con móviles de colores que se ponían a bailar al abrirla. También sonaba una música de algo clásico que yo no sabía reconocer. La tienda de Celestino era la de los ultramarinos y allí se vendía de todo lo que hacía falta en una casa para alimentar una familia. A ella solo acudían las mujeres y estaba siempre muy concurrida. Había luego un refino con una señora muy compuesta sentada en una mesa de camilla que era muy lenta en despachar y que desesperaba a todo el mundo. Ibas a por seis botones de camisa y te pasabas allí la mañana. A veces te ibas sin el encargo, porque la señora miraba a los niños con bastante desprecio y atendía siempre primero a los mayores. Casi al lado, un bar pequeñito en el que desayunaban los maestros del colegio que estaba en la calle de atrás antes de entrar en clase. Eran una tropa simpática de diez o doce personas muy ruidosas, por lo que nadie diría que mandaban a callar en clase. Cuando llegaban las vacaciones se quedaba prácticamente vacío y los dueños, que eran una pareja joven y muy graciosa, se lamentaban de que los maestros descansaran tanto.

En una de las esquinas que se abrían a otra calle estaba la librería. Formaba aquello una especie de pequeña plaza y delante había un banco de piedra y una papelera. Yo tenía el encargo de pasarme por la librería los viernes para recoger las revistas de mi madre y el seminario de mi padre. Pero aparecía muchos otros días por ver las novedades en los libros y pedir que me reservaran alguno. Era muy fácil convencer a mi madre de que ese libro era imprescindible, ella nunca te discutía con eso. Decía que el dinero estaba bien gastado en libros y en comida, que esos gastos eran los imprescindibles. Y en nuestra casa los libros ocupaban tanto sitio como los niños.

Berta tenía un taller de costura con la puerta al exterior y María Dolores una pastelería, de donde salían unos olores imposibles de olvidar. La madre de María Dolores era una virtuosa de los croissants porque estuvo en Francia una temporada y siempre hablaba de que los había probado allí y conocía su secreto. Era muy guapa y siempre iba bien vestida y peinada, lo contrario de María Dolores, que no salía de su pantalón de pana en invierno y su vaquero en verano. Al lado estaba la peluquería de Rosa y enfrente el quiosco de Pepe Juan, que ofrecía novelas, tebeos y todas las chucherías. Me falta por mencionar la tintorería de Miguel, al final de un recodo. Todo eso era el comercio del tramo de en medio, el que más tiempo tardabas en pasar, porque ibas parándote con unos y otros y viendo escaparates o preguntando cosas. En la peluquería echaba muchos ratos, charlando con las hijas de Rosa, pintándome las uñas y probándome peinados y mi madre me enviaba a Berta a probarme vestidos, aunque yo prefería pantalones vaqueros y camisetas negras, porque quería ser francesa y cantar temas de amor. Era demasiado pequeña para eso, repetía ella siempre. Y tenía razón. No se puede ser existencialista con ocho años.

La hija de Celestino tuvo una historia muy extraña y dio que hablar en toda la calle durante muchísimo tiempo. Se casó con un señor que vino de fuera, al que nadie conocía y del que nadie se fiaba. Más que nada porque no saludaba al pasar por las casapuertas donde la gente hacía tertulia y en un año que estuvo de pretendiente apenas se supo nada de él. Eso era imperdonable y lo que menos se aceptaba en la calle. No nos gustaban los misterios. Pero la hija de Celestino, que se llamaba Inés, tuvo que enamorarse locamente, si no, no se explica. Celestino estaba forrado, al menos así lo decían las madres, porque vendía muchísimo y la tienda era muy grande, de esquina, con una clientela segura y diaria. No parecía que le gustara mucho el novio de la niña pero ella impuso su voluntad, a pesar de que era bastante callada y tampoco se relacionaba con la gente. Quizá por eso vio que aquel hombre era el de su vida porque daba la impresión de que iba para soltera. Eso no era un problema en mi calle, un paraíso liberal muy educado y donde el respeto era lo primero.

La hija de Celestino se casó y no invitó a nadie a la boda. La boda fue muy temprano en la iglesia del barrio, que era preciosa, pequeña y muy coqueta. Vimos pasar una nube blanca de tul y raso y era ella. Nunca entendimos por qué se ocultó, ni qué sentido tenía hacerse un vestido de novia que nadie iba a contemplar. El caso es que se fue de viaje de bodas y la gente decía que sería un viaje muy largo y al extranjero, que era lo que se llevaba entonces. Pero a los diez días supimos que había vuelto, sola, sin el marido, y que se había puesto a trabajar en la tienda como si nada. Por supuesto que nadie le preguntó qué había pasado y eso disparó todos los rumores. Fuera lo que fuera, el marido no aparecía por ningún lado y no volvió. Se decía que ella lo había dejado porque descubrió algo que no le gustaba y también al revés. Nunca supimos la verdad pero a su debido tiempo nació un niño, al que llamaron como al abuelo y que era precioso. Tenía los mismos ojos verdes que el padre y siempre pensé que esos ojos eran un recuerdo perpetuo para aquella mujer. Un recuerdo bueno o malo, quién sabe.

(continuará) (Foto de Nina Leen)

lunes, 5 de agosto de 2019

Una mirada atrás


La calle era un muestrario de seres humanos. Un enorme escaparate con caracteres, apariencias y sentimientos distintos. El paso del tiempo ha enturbiado los recuerdos pero, si hago un esfuerzo de memoria, puedo volver a revivir mucho más de lo que creía. Anoche soñé que volvía a Manderley...El universo era la calle. El barrio existía levemente y la ciudad era invisible. Hasta los diez años no hubo más espacio vital que ese y luego siguió siendo la reserva de los afectos. Cuando dejé atrás la calle para no regresar, el pueblo se desdibujó. Perder la casa de la infancia es un camino sin retorno. Un hueco mortal.

Era una calle muy larga y ancha. Al menos así es como permanece en mi memoria. Si hoy volviera, quizá me llevaba la gran sorpresa: ni era demasiado ancha, ni demasiado larga. Por contra, yo era demasiado pequeña. Entonces tenía tres tramos diferentes que comenzaban en una plazoleta y terminaban en un cruce de caminos. Los caminos conducían a lugares que yo apenas pisaba, que eran una aventura inusual. La plazoleta me asustaba, porque de ella surgían al menos siete calles, quizá ocho, distintas y enigmáticas. Imaginaba que las calles estaban llenas de peligros y los peligros dependían del libro que estuviera leyendo. A veces había Romeos que buscaban a su Julieta, pero esto era menos frecuente. Una vez de una de esas calles salió y me persiguió una niña, a la que yo no conocía, para robarme un polo de limón y me perdí por allí hasta que divisé la espadaña de la iglesia y pude así orientarme. 

La plazoleta no tenía monumentos ni jardines, tampoco árboles. En realidad no había ni un solo árbol a lo largo de la calle. Esa total ausencia hacía que yo me entusiasmara cuando recorría una calle en la que los naranjos florecían. El viento movía las hojas y deshacía el azahar y luego lanzaba las naranjas al suelo y los niños corríamos para cogerlas y jugar con ellas sin que nadie lo impidiera. No logro recordar que nadie protestara porque no hubiera sombra ni verdor en nuestra calle, pero quizá es que nadie allí se enfadaba por nada en aquel tiempo. La calle estaba desnuda de árboles y por eso la luz era tan asombrosa y lo cubría todo. El sol caía a plomo y el viento racheado de levante la azotaba con frecuencia. Tenías que resguardarte en las casapuertas y sujetarte la falda para que no volara. 

Desde la plazoleta al cruce de caminos los tres tramos eran muy parecidos en tamaño, quizá el central algo más corto. El primer tramo estaba delimitado por una transversal que conducía a la plaza. La plaza era el mercado. Un edificio nuevo, blanco y cuadrado, que daba la impresión de estar vacío y que te sorprendía cuando cruzabas las enormes verjas que lo rodeaban y oías entonces el pregón de los pescaderos o los gritos risueños de las vendedoras de fruta. Olía a mar y también a hierbas, porque en la entrada estaba el puesto de las especias y las plantas aromáticas. El laurel colgaba del techo y se movía con tranquilidad. Nada parecía importarle. 

En este tramo existían casas amplias, con portones oscuros, escalones de mármol y azoteas revestidas de un zócalo azul índigo. Todas miraban al Atlántico, aunque no pudieran verlo. Una de esas casas era enorme, rara y muy curiosa: un patio de vecinos. El portón era gigantesco y siempre estaba abierto. Las habitaciones se abrían a ambos lados de un largo y rectangular pasillo, con colgaduras de macetas de colores y unos poyetes de piedra. Desde fuera parecía un territorio mágico. Al fondo se vislumbraba una escalera que debía conducir a la azotea y en ambos lados del pasillo se alternaban puertas y ventanas pintadas de verde. No conocí a ningún habitante de aquel patio, ni entré siquiera, pero pasar por allí despertaba mi imaginación y me preguntaba quiénes serían y qué historias se contarían en los corrillos de la tarde. 

El mayor contraste con aquel espacio colectivo, en el que sobresalían las macetas colgantes pintadas de rojo intenso, era la casa italiana que estaba enfrente. Lo único que compartían era la proximidad física pero significaban cosas distintas y sus moradores nunca llegarían a cruzar la mirada ni las conversaciones. La casa italiana era preciosa. Podía ser una casa de cine. Tenía una sola planta pero ocupaba un rectángulo con muchos metros de fachada. En realidad contenía tres viviendas alineadas una al lado de la otra, exactamente iguales en todo. Una verja exterior las aislaba de la calle y de ahí se pasaba a un jardín lleno de macetas, arriates y caminitos con agua. El jardín podía contemplarse a través de la verja y la gente se paraba a veces. Algunas mujeres introducían la mano entre los barrotes y arrancaban algún brote, alguna flor, unos jazmines. Las tres puertas eran iguales, de madera oscura, cada una con su bonito llamador de latón en forma de mano. Toda la fachada se remataba por una azotea almenada como si fuera un castillo y, en cada esquina, por dos pequeñas torres muy lustrosas, de color amarillo. 

Las tres casas pertenecían a una misma familia. En la del centro vivía la madre, con un hijo soltero y mucha amargura. En las laterales, las hijas, cada una de ellas con su propia familia. Conocí muy bien a una de ellas porque la niña era compañera de mi colegio y solíamos pasar algunos ratos juntas. No tenía hermanos ni era muy agraciada ni muy lista, así que agradecía la compañía y la ayuda en los deberes. Hacer una redacción para ella era un suplicio, decía que las palabras se le escapaban y que no era capaz de pillarlas en ningún sitio. Y así era. La niña se llamaba Lucy y su madre Lucía. Lucía era una mujer oscura, hosca, que nunca te miraba a los ojos y que siempre parecía agobiada por algo. Tenía muy mala relación con su madre y con su hermana, Julia, que era muy bajita y gorda, pero con buen humor y bastante mala leche. Julia le ponía motes a todo el mundo y tenía gracia para hacerlo. A su propia hermana la llamaba "la avispa" porque según comentaba siempre estaba picando a unos y a otros y era muy venenosa. 

Julia tenía dos hijos varones, bastante vagos y desagradables. Eran mayores que nosotras y preferían molestarnos todo lo posible a entablar conversación. En realidad eran incapaces de hablar dos frases seguidas, todo lo solucionaban a empellones. Usaban interjecciones continuamente y tenían un gesto temible cada vez que nos miraban. Las malas relaciones entre las madres se trasladaban a los hijos. Los padres eran seres invisibles que estaban todo el día trabajando y no tenían nada que decir. Y la madre se pasaba el día sentada en una mecedora sin querer oír ni ver. No estaba loca pero lo parecía. La casa italiana era muy bonita pero eso era todo. Entre sus paredes nadie era feliz. Había muy mal rollo y un ambiente enrarecido, de tal modo que llegó un momento en que convencí a Lucy para que se viniera a jugar y a estudiar a mi casa. Era más divertida, más segura y siempre había una madre acogedora. La mía. 

A mi madre no le importaba nada tener la casa llena de niños. Siempre decía que daba igual uno más que otro. La merienda era muy abundante y daba para todos. Hacía rosquillas de azúcar, bizcochos de yogur en el horno, pasteles de zanahoria, brazos de gitano y tortitas. Nunca estaba de mal humor si llegabas acompañada sin avisar. Era muy eficaz improvisando bocadillos, cocacola, tazones de chocolate caliente y mediasnoches rellenas de paté o de jamón de york. Todas las amigas envidiaban que yo tuviera esa madre que les inspiraba confianza y seguridad. Incluso alguna le consultaba algún problema de amores cuando fuimos adolescentes. Mi madre sabía mucho de eso porque había visto todas las películas y leído todos los poemas. 

(continuará aquí) (Fotos: Nina Leen)

Ruth Orkin: Viajando sola


Ruth Orkin (1921-1985) recorrió América en bicicleta para obtener fotos del modo de vida americano. Además, fotografió a Marlon Brando, Doris Day, Lauren Bacall o Ava Gardner. El mundo del cine le era cercano: su madre fue actriz del cine mudo y la niña se crió en Hollywood. Fue fotoperiodista, fotógrafa y realizadora de cine. Además de espacios cotidianos también fotografió la vida nocturna en los clubes que estaban entonces de moda. Sus fotos se publicaron en el New York Times, en Look, Ladies`Home Journal o Life. 

Su boda con el también fotógrafo y cineasta Morris Engel, en 1952, la acercó a la realización de cine independiente, destacando dos películas conjuntas: "Little fugitive" de 1953; "Los amantes y Lollipops" de 1955. Fue una gran viajera en la primera parte de su carrera. En Italia obtuvo fotos memorables como la que le dio la mayor fama: "An American Girl", de 1951. La chica de la foto pasea tranquila entre un grupo de hombres italianos, haciendo bueno el lema que defendía la fotógrafa: las ventajas de viajar sola. 

Sin embargo, el final de su carrera vino dado por otra vertiente de trabajo. Desde la tranquilidad de su apartamento junto a Central Park realizó numerosas fotos que se publicaron en dos libros: "Un mundo a través de mi ventana" de 1978, "Más fotos de mi ventana" de 1983. Fue también profesora de fotografía en las décadas de los setenta y ochenta. 



"An American Girl" Italia, 1951, su foto más famosa


Una de las visiones desde su ventana en Central Park 

domingo, 4 de agosto de 2019

Eve Arnold, la fotógrafa del alma



Eve Arnold (1912-2012) es una de esas artistas cuya obra no pasa desapercibida, abren nuevos caminos y generan modelos no superados. Nacida en Filadelfia de padres judíos que emigraron desde Europa estudió fotografía y cine y colaboró, a lo largo de su vida, con revistas de categoría, como Life, París Match, Stern, Sunday Times y Vogue. Sin duda su principal logro laboral fue formar parte como miembro de pleno derecho de la agencia Magnum Photos, la más importante empresa gráfica del mundo. Su obra tiene tres principales temáticas: los retratos (muchos de ellos de actores y personajes relevantes), la fotografía social y el documento de viajes. Fue autora de nada menos que 11 libros de fotografía y viajó por todo el mundo para obtener sus fotos. Su trayectoria le valió varios doctorados honores causa y muchas otras distinciones. Llegó a pertenecer a las asociaciones fotográficas más importantes del mundo. 

Su método de trabajo ha sido ponderado por los expertos. Generaba una corriente inusual de confianza entre los retratados y ella misma, haciendo que dejaran de lado su impostura social para presentarse de modo íntimo, natural y sin reservas. Son muy destacados sus trabajos tomando fotos del desarrollo de los rodajes cinematográficos, en los que sorprendía a los actores en poses inusuales, pero sin ánimo de invadir su intimidad, sino dejando que se mostraran libremente, en una pose humanizada y sin impostura. Así, posaron para ella artistas tan relevantes como Marlene Dietrich, Clark Gable o Paul Newman. Sin duda, su actriz más fotografiada y a la que dotó de una cercanía nunca igualada fue Marilyn Monroe. 





Su serie de fotos sobre Marilyn contiene instantáneas prodigiosas. Eve Arnold consideraba que Marilyn era una mujer de enorme inteligencia e intuición y, al mismo tiempo, muy vulnerable emocionalmente. Esa vulnerabilidad emocional que al final acabaría con su vida, se muestra en las fotografías que le hace Arnold. "Todo lo que ocurre es emocionante y tiene un alto contenido humano. La labor del fotógrafo es descubrirlo". En este sentido, Eve Arnold es una fotógrafa del alma humana. Descubrió con su objetivo lo que había detrás de la artista, de su belleza y de su fama. La fragilidad, como signo de que no es oro todo lo que reluce; el miedo y la necesidad de ser amada. Hizo más porque conociéramos a Marilyn que sus biógrafos, porque supo captar a la actriz íntegramente, en su intimidad. 


sábado, 3 de agosto de 2019

Aquella mar de Cádiz...



Había una terraza tendida al mar y en ella se abrían todos los amaneceres. Te levantabas temprano y te sentabas allí, hermosamente absorto en el agua que brillaba a lo lejos, o en las flores del suelo o en las nubes. Si llovía, por muy raro que parezca, caía sobre ti esa humedad a modo de recuerdo, porque en tu infancia fuiste niño de lluvia, de olivos y de rumores del campo y el pueblo. Todos los veranos que estuvimos juntos, demasiado pocos, ahora lo sé, seguías el mismo rito y la misma certeza. El mar era la mar por adopción y quisiste que te recibiera como si hubieras nacido allí aunque eras de tierra extraña, de tierra adentro, de otra tierra. 

No debiste marcharte. Aquella casa se perdió ese mismo verano en que, sin avisar a pesar de todo, nos dejaste atrás sin que pudiéramos asir tus manos para retenerte. No debiste marcharte y cerrar el capítulo de todos los abrazos, de todas las verdades. Eras tan de verdad que resulta imposible añadir tonterías de esas que cuenta la gente cuando se van sus muertos. Eras tan de verdad que, después de ti, es imposible hallar alguien tan hondo. La mar, tan como tú, lo sabe y lo recuerda a través de las fotos, porque ha resultado inútil abrir otro capítulo sin ti. Ahora la echo de menos pero allí lloraría. Y no existe quien pueda enseñarme con ella que hay flores más allá del ocaso y del frío. 

De Agatha a Jane


Los libros son como los amores y como los lugares. Aparecen en tu vida en el momento adecuado, un momento único, indiscutible, exacto. No podría ser de otro modo. Ahora recuerdo a Bartleby: Preferiría no hacerlo. Pero no es de Melville de quien quiero escribir, sino que se ha colado por alguna razón que desconozco. Sigo. Los libros son como los amores y como los lugares. Testigos de tu aprendizaje y de tus errores. Puedes hacer la línea de tu vida a través de los libros que leíste, la gente a la que amaste y los lugares que pisaste. Es un itinerario que a veces se entrecruza, pero, en la mayoría de las ocasiones, ni siquiera lo notas cuando ocurre. 

A los diez años llegó a mis manos Agatha Christie. A los catorce, Miguel Hernández. A los quince, D. H. Lawrence. A los diecinueve, Jane Austen. Antes incluso conocí a Platero, al marinero en tierra, a Mark Twain (la tía Polly es el personaje más influyente de mi infancia y la pintura de la valla el momento cumbre), al Principito. Al pequeño príncipe lo leía toda la chiquillería de la familia a los ocho años y todavía estamos pagando las consecuencias de los chantajes emocionales que el libro convierte en bondad. Somos unas víctimas de la rosa y de sus espinas ocultas. Nos sentimos culpables de todo y ni siquiera sabemos por qué.

Cuando apareció en mis manos el primer libro de Agatha Christie (curiosamente, el primero que escribió con este nombre, "El misterioso caso de Styles") todo cambió. Cambiaron los viajes en tren, cambiaron las visitas a los quioscos, cambiaron las tardes de azotea, cambió la conversación familiar, cambió la relación con nuestro librero al que preguntábamos mil veces si había algo nuevo de "ella"... Desde mi conversión al agathismo toda la familia se hizo de la secta y las sobremesas de los desayunos del verano, sin prisas y con risas, estaban llenas de puntos suspensivos, de cursivas y suspenses. Dejaré de lado la curiosa historia que trajo a mis manos ese libro, aunque creo que fue la Providencia la que se apiadó de mi condición de lectora incorregible. Mi madre me decía, con razón: "Lo tuyo ya es vicio". Luego he aprendido que si algo no alcanza la categoría de vicio se acaba diluyendo como un azucarillo en una taza de té con un poco de limón. Merecería que ese té, bien fuerte, lo tomara la querida Josephine Tey, por ejemplo. 

Después de los versos de Miguel Hernández, aprendidos, recitados, declamados, pensados, dibujados, releídos, por las hermanas, a modo de cónclave poético improvisado (todas hallábamos alguna estrofa que expresaba nuestros sufrimientos por amor a los que éramos tan dadas), llegó Lawrence para poner los puntos sobre las íes. Esto ya no podía ser tratado en forma colectiva y creo que cada una leía los libros y hacía como que no los leía o, al menos, no lo comentaba. El caso es que él era nuestro gran secreto porque no se comentaba en voz alta y se guardaba en ese lugar de la imaginación en la que residen los chicos de ojos verdes y el poema de un día de atroz levante con los ojos encarnados de tierra y llanto. 


En Agatha solo hay crímenes. Algunos de los amores que narra parecen de cartón piedra y no nos los creemos. Además, da igual. Pero también hay pasiones fuertes, caracteres insoportables, destinos manifiestos, luchas intestinas, familias que se odian o que se adoran, injusticias, maldades y una naturaleza humana que, ya lo dice Miss Marple, "es la misma en todas partes". Lo que nos importa es saber quién mató al señor Ackroyd, por ejemplo. O a la señora McGinty. O quién era esa mujer de pelo pajizo a quien un hombre desconocido asesina en un tren en marcha, mientras lo observa la atenta mirada de Elspeth Mcgillicuddy. Los libros de Jane Austen tratan de bodas. Lo cual puede parecer poco, sencillo o escaso, pero no es así. Todo está en ella. Y las dos coincidieron en elegir el escenario: una casa de campo inglesa, una sólida y bien construida casa de campo inglesa, una rectoría, un paisaje verde, verde inglés, una vida tranquila y con apuros económicos que han de disimularse como sea. La sencillez de Agatha Christie abre las puertas y la complejidad (sí, la complejidad) de Jane Austen convierte la lectura en un rompecabezas de emociones. Es un vicio, desde luego, qué si no.