Cómo sería el vicio de la lectura en esa niña que se escondía en algún recodo de la azotea para leer. La azotea era el marco ideal para cualquier aventura. Desde allí se veía la pantalla del cine de verano, porque solo una huerta lo separaba de la casa. Desde allí se oían los avisos de los barcos que circulaban por la bahía y también la algarabía de los niños volando barriletes. Leer en la azotea te convertía en invisible para el resto de la casa. Nadie podía adivinar que estabas sentada, al resguardo del viento, en una de las esquinas que la azotea formaba en su diseño. Una azotea tan grande, tan llena de pequeñas escaramuzas, tan difícil de limpiar a fondo, tan fácil de disfrutar a tope. Una azotea para soñar en que algún príncipe de cuento trepaba por las almenas imaginadas de la tapia y llegaba hasta allí, armado de sonrisas y de buenos presagios. Una azotea para guardar confidencias, para tomarte un bocadillo, para estirar las piernas, para tender la ropa sin prisa y sin agobios, ...
Era muy joven y muy entusiasta de la amistad. Tenía amigos de todas las edades y, a veces, los anteponía a la familia. Quería que fueran felices, compartía lecturas, hacia regalos, creía en ellos. Un amigo de la época, al que he dejado de ver aunque no de querer hace años, me dijo un día que me equivocaba. Que amigos se contaban con los dedos de una mano y que pensar de otra forma llevaba directa al precipicio de la decepción. No le creí entonces pero ahora sé que tiene razón. Hablamos con demasiada ligereza de la amistad y pensamos que todos ven la cosa como nosotros. Todos los regalos que he hecho, la escucha a tantos problemas, la preocupación por las vidas de los otros, la entrega ... todo eso está en la papelera, en la basura y ahí seguirá. Puede ser que haya algunos amigos de verdad, o que esa verdad sea una simpleza y no algo grandioso. En todo caso, como en tantas cosas, me equivoqué también en esto. Y ya no hay marcha atrás. Las horas que no pasé con mis padres por estar ...