miércoles, 16 de octubre de 2019

Neurótico pero genial


Nunca sabremos si las neurosis de Allen hicieron salir a la luz las de los demás o si las crearon directamente. En los años setenta, en los tiempos en los que se rodó esta película y años posteriores, se puso de moda ir al psiquiatra y se convirtió en un pasatiempo de los grupos de amigos el darle vueltas y vueltas a los argumentos de las películas o los libros. La discusión, la charla, la conversación, estaba en su punto más alto. Era lo más cool. Pero no la insustancial, nada de hablar de trapitos o de amoríos, sino todo con mucho más altura. Si hablabas de amor lo hacías de la incompatiblidad de las parejas, de lo imposible que es durar y otras cuestiones que hacían devanarse los sesos a los jóvenes de antaño. Si salía el tema de la política comenzaba a cundir el pesimismo, o, al menos, el escepticismo. Así era también Woody Allen, cuyo tema de conversación favorito versaba sobre esto: Woody Allen. El narcisismo cinematográfico alcanzó aquí las cotas más altas y, como consecuencia, se extendió a las capas ilustradas, sobre todo europeas, que eran las que seguían al creador americano. 


Por supuesto, para que todo ello fuera posible, había que recurrir al humor. Ya sé que muchos directores de cine que también andaban preocupados por nuestra psique no lo hicieron así y nos endilgaron unos rollos infumables que pretendían hacernos pensar a toda costa, poniendo nuestra cabeza al rojo vivo y quitándonos las ganas de vivir. Sé que hay quien considera obras maestras a esas películas que te obligan a tomar antidepresivos por una temporada; incluso conozco a críticos y gente informada que consideraría esto un sacrilegio, pero, por mi parte, no voy a dejarme seducir por lo que se supone es políticamente correcto hablando de determinadas películas de culto: hora es de decir que algunas eran infumables y no tenían un pasar. Te dormías en el cine o, directamente, te dormías en la tertulia posterior donde siempre había un amigo iluminado que tomaba sobre sí la dura tarea de catequizarte al efecto. 

Woody Allen nos retuerce el pescuezo pero lo hace mientras se ríe de sí mismo (esto es muy importante) y nos deja a nosotros que nos riamos también. Vale que esto produce el efecto posterior de que la risa se vuelve contra nosotros pero eso no importa porque ya hemos dedicado una porción de tiempo al saludable deporte de no darnos demasiada importancia. No he entendido nunca por qué se considera a Allen el más europeo de todos los directores americanos si, en realidad, los directores europeos antes y después de él han demostrado una sospechosa tendencia al harakiri emocional y a hacérnoslas pasar canutas. Por supuesto, no diré nombres. Yo no soy una kamikaze. 
La historia de Alvy Singer contada de manera atrabiliaria, dirigiéndose a la cámara, con pantalla partida en la que se increpan dos personajes, a veces con subtítulos que develan el pensamiento de los actores, con un humor sutil y reflexivo no exento de la pedantería de las citas cultas (Balzac, Joyce, Henry James o Beckett) y las referencias a determinadas películas (Vidas robadas, Satiricón, Cara a cara o El Padrino), engancha al público y a la crítica de una manera extraordinaria. Quizá porque Alvy Singer es un tipo bajito, casi calvo, feo y con gafotas. El que la maravillosa y hermosísima, aunque muy insegura, Annie Hall (Diane Keaton) se enamore de él y abandone a su guapo novio, pasando a vivir una relación esquizofrénica que la conduce al terapeuta es algo que todavía nos extraña. Y mucho más cuando sabíamos entonces que la señorita Keaton vivía, en la realidad, una historia de amor con el señor Allen. 


El confesado gran amor de este, sin embargo, es ya desde entonces la espléndida ciudad de Nueva York, contrapuesta aquí en su refinamiento a la vulgar Los Ángeles, donde la gente va con patines por la calle y come helados sin parar. La luz de Nueva York inundó a Allen hasta que descubrió la luz de París. 

El final no puede ser otro que la ruptura y como ha pasado mucho tiempo desde el estreno esto ya no es un spoiler. Más bien un aviso: si te dedicas a torturar a tu pareja hablando de lo complicado que es descubrir la séptima estrella de Plutón…entonces te llevarás la desagradable sorpresa de que ella prefiere leer Harper´s Bazaar. Ya lo hizo Grace Kelly. 

Sinopsis:

Alvy Singer, un humorista cuarentón y maniático, ha roto con su última pareja, Annie Hall. Sus neurosis han culminado con la ruptura de la pareja y esto le dará ocasión a Alvy para repasar su vida amorosa y ofrecernos algunas memorables escenas que ilustran esa relación y otras anteriores. 

Algunos detalles de interés: 

El crítico de cine del New Yorker, Richard Brody, escribió “Woody Allen creó en 1977 una obra notable de modernismo cinematográfico en primera persona “

La música es muy escasa en la película. Hay dos canciones que destacan: “Seems Like old Times” y “It Had To Be You”

Sobre el vestuario: Ralph Lauren celebró el 40 cumpleaños de Annie Hall por adelantado. El diseñador norteamericano tiró de sus recuerdos para recuperar los ‘looks’ que la protagonista de una de las películas más emblemáticas de Woody Allen y los subió a la pasarela de Nueva York en febrero de 2016, un año antes del redondo aniversario del filme.

La relación no es casual. Lauren firmó gran parte del vestuario de Annie y Alvy (interpretados por Diane Keaton y Woody Allen) y la convirtió a ella en un icono de estilo que ha perdurado durante las cuatro décadas que han pasado desde su estreno, el 20 de abril de 1977. Su influencia no solo ha calado en las personas de a pie sino que famosas como Alexa Chung o Emma Stone la han señalado como uno de sus referentes vitales.

La escena de la cola del cine es paradigmática del tono de la película. El tipo de atrás está hablando con su pareja en un tono pedante que crispa a Alvy. Menciona a Fellini y sus películas, Satiricón, La Strada y Giulietta de los espíritus. Luego a Marshall McLuhan, que, oh sorpresa, aparece junto a la cola y se enzarza en una discusión con los dos. 

Probablemente Annie Hall sea la comedia romántica más extraordinaria de la historia del cine. Y, desde luego, la que más gusta a los neuróticos. 

lunes, 14 de octubre de 2019

Suite Irene



Hace algún tiempo llegó a mis manos un pequeño librito, de título “El baile”. Un librito delicioso, aunque con un fondo amargo, sin duda, un fondo de infelicidad. Crueldad, venganza, pero de guante blanco, en el seno de una familia refinada, algo que duele, como una fina daga que nos traspasara. Su prosa era tan brillante, tan ajustados sus adjetivos, tan limpiamente resuelta la historia, que me sedujo y, como suele ocurrirme, quise saber quién era la persona que lo había escrito y, también, quise leer otros libros de esa misma autora. En esa búsqueda di con Irène Némirovsky (1903/1942), de la que ahora escribo, con emoción sí, porque su hallazgo, el encuentro con su voz, ha supuesto quizá uno de esos raros momentos de felicidad que suceden cuando, entre tus lecturas, hallas un eco esplendoroso, una voz única, un estilo inconfundible y alguien en quien encuentras mucho de lo que consideras tuyo. 

La lectura de sus libros me llevó a su persona. ¿Quién estaba detrás de esas historias, de esos argumentos, de esa manera de escribir tan llena de madurez, de elegancia? Encontré una biografía llena de dificultades, de problemas, enmarcada en uno de los períodos históricos más duros que ha vivido nuestra Europa y aun el mundo que conocemos como nuestro. 

Me resultó doloroso conocer que su destino estuvo marcado por la huida y por la ocultación. La primera huida fue la de su familia, cuando escapó de su lugar de origen, Ucrania, para dejar atrás la revolución bolchevique y asentarse en París. Eso fue el desgarro, la separación, porque ella ya tenía 16 años y había florecido como una niña tímida, solitaria e infeliz, con una infancia sin cariño, con una madre que no la amaba, según la misma Irène recoge en sus libros, a modo autobiográfico. La segunda huida fue de sí misma, de su condición de judía que la obligaba a estar encerrada, a no publicar, a no tener garantizada su subsistencia y su misma vida o la de su familia. La Francia que la acogió como estudiante y luego la vio licenciarse en la Sorbona, la Francia que publicó sus primeras obras y que la aclamó como una promesa, fue la Francia que le denegó una y otra vez el pasaporte francés, la misma que la condenó, por ello, a ser deportada a Auschwitz en el año de 1942, para ser luego asesinada en ese escenario de la miseria humana. ¿Qué ganaba el mundo con la muerte de Irène? ¿Cuál fue su pecado? No mayor, desde luego, que el de otros millones de personas que murieron de la misma trágica forma. 

La memoria de Irène, dejadme que así la nombre, como si fuera una vieja amiga que volviera de vez en cuando a contarme las cosas de la forma que mejor se entienden, reapareció sesenta años después de su muerte y fue debido a otro hallazgo, el de un manuscrito inacabado de la obra que  al publicarse se convirtió en un suceso literario de primera magnitud. Su título “Suite Francesa”. 

¿Qué es “Suite Francesa”? Básicamente el contenido de un manuscrito escondido en una vieja maleta que el marido de Irène, el ingeniero judío Michel Epstein, entrega a sus hijas antes de ser conducido a un campo de concentración. Las hijas, Denise y Elizabeth, arrastran la maleta por media Europa buscando un refugio y, andando el tiempo, copiarán con cuidado el manuscrito y saldrá a la luz ese retrato vívido, ajustado y lleno de detalles de la Francia ocupada justo antes de su muerte. De la gente, de la vida, del miedo, del sentimiento, de la huída, de la ocultación, de los silencios rotundos ante el gran aullido. En realidad, el libro cuenta la intrahistoria de la ocupación, lejos de posturas triunfalistas o de propagandas de uno u otro signo. Es la vida cotidiana, el miedo diario, los sentimientos escondidos, lo que allí se retrata, y por eso su valor excede de un simple diario o de una crónica. Es la literatura de la emoción, la que se escribe con talento y se extrae de la observación minuciosa e inteligente del mundo que te rodea. 

Después de leer “El baile” y “Suite francesa”, comenzaron a llegar a mis manos otros libros, en España editados por Salamandra, y se me apareció con claridad la imagen literaria fastuosa de una mujer que, incluso, se vio obligada a firmar con un pseudónimo cuando no podía hacerlo con su nombre. De una mujer que vio negada su posibilidad de desarrollar su talento en el ambiente de tranquilidad que las almas necesitan. De una mujer que vio segada su vida y su obra por la sinrazón, odiosa sinrazón de ese tiempo lleno de crímenes que llenaron Europa del virus más mortal que podamos pensar. 

“Los perros y los lobos”, “El vino de la soledad”, “El niño prodigio”, “David Golder”, “Jezabel”, “El malentendido”, “Nieve en otoño”, “El caso Kurilov”, “El maestro de almas”, “Los bienes de este mundo” y la que para mí es su obra más sentida, la que más me llega, la que más me emociona, “El ardor de la sangre”. 

El fantasma de la guerra cruza su prosa. Abate sus palabras y las mueve como hace el viento con las hojas de los árboles. La guerra es un hecho absurdo, que no tiene sentido y que se opone a la razón del arte, a la razón creadora de la literatura. Las palabras de Irène se escriben desde la claridad del talento y se diferencian así de la cerrazón de quienes no entienden sino de fanatismo. Las novelas de Irène surgen como pétalos de rosa que se fueran uniendo entre sí hasta formar una flor, una gran y olorosa flor que se construyera sin que nos diéramos cuenta. Irène reverdece en cada novela que aparece publicada. Su voz se afirma, se construye, se crea cada vez. Irène nos llena. 

En ocasiones, al leer sus libros, me la imagino desesperada, intentando que Francia,  el país en el que vivía, la acogiera como alguien suyo, esperando huir del acoso del nazismo que la iba cercando, teniendo que disimular, teniendo que evitar salir a la luz, publicando por entregas para no despertar al dragón que estaba a punto de tragarla. Todos sabemos que con el nazismo no había modo de ocultarse. Podías mirar para otro lado, de hecho tanta gente miró para otro lado. Podías estar en silencio, intentando que tu voz no resonara. Podías, incluso, sonreír al monstruo. Pero nada de esto tenía ningún sentido. Llegado tu momento ibas a estar indefenso, iban a ir a por ti. Lo dejó dicho Brecht y no hay motivos para no creerlo. 

Imagino a la escritora llena de ideas, a la madre asustada, a la esposa abrazada a su marido, a la mujer culta, a la niña solitaria, a la adolescente resentida contra su madre, imagino todos y cada uno de sus perfiles, de sus momentos vitales…y vuelvo a sentir la misma intensa emoción, por su vida inconclusa, por su destino absurdo, por su necesidad de escribir que tan bien entiendo. Irène nos cuenta tantas cosas…Y todas ellas, como si cada una de sus obras fuera una de las teclas de un enorme piano de cola, componen una sinfonía incompleta, pero, a la vez, extrañamente llena de eso que llamamos talento, de eso que llamamos expresión de vida. 

Desde que conocí su azarosa biografía, su existencia plagada de circunstancias adversas, di en pensar que leer sus libros era una forma de afirmar su memoria, de reivindicar la palabra, la libertad de escribir, como la única receta posible, si no ante la muerte, al menos ante el olvido, esa terrible amenaza de destrucción de lo que existió y tuvo sentido. 

sábado, 12 de octubre de 2019

Hacerse un "tennessee"


Blanche Dubois es una mujer madura que pertenece a una rancia familia del sur venida a menos. Las circunstancias de su vida la llevan a tener que vivir en Nueva Orleáns con su hermana pequeña, Stella, y su cuñado, Stanley. Stella es dulce y voluntariosa, con esa clase de belleza sencilla que no arrebata pero que permanece. Stanley es rudo, algo violento, muy sensual y está enamorado de Stella. La ama verdaderamente. La vida de ambos se reduce a pequeñas cosas. Su casa de los suburbios es pequeña, su entorno pequeño, todo tiene la pátina de la sencillez y aun de la humildad. Por eso Blanche se siente fuera de lugar y he aquí que su lujoso equipaje, al menos en apariencia, parece estar ansiando un hotel de lujo o una mansión en la avenida principal. 

El círculo de amistades de la pareja es escaso, salvando la excepción de algunos amigotes con los que se reúne Stanley a jugar a las cartas una vez por semana. A jugar, a beber, a blasfemar y a reírse sin control y sin modales. Los modales de Stanley dejan mucho que desear, piensa Blanche. Su hermana hubiera merecido otra cosa. Pero toda la familia quedó sorprendida cuando la pequeña de la casa decidió seguir a este hombre tan varonil pero tan fuera de lugar en su expresión, en su gesto, en su porte. Un hombre que usa camisetas y que muestra su torso sin pudor. Un hombre que mira de arriba a abajo a las mujeres y que parece desnudarlas. Aunque él sepa que, en realidad, solamente tiene ojos para Stella, con la que mantiene, como no puede ser de otro modo, cíclicas peleas con fervorosas reconciliaciones. 


La ocultación es un ejercicio doloroso que construye un laberinto en torno a las personas. Blanche debe parecer algo que no ha sido y tiene que actuar en consecuencia. Pero, aunque su pasado no es lo que parece; aunque no hay brillo ni oropeles, su corazón está intacto, y el deseo de hallar un amor verdadero, que la libere de la podredumbre y de la infelicidad, es cierto, está ahí, existe. Solo por eso debería redimirse de la mentira. Aunque, quizá no mienta. Quizá ella vive en su interior y en sus gestos suaves y medidos esa farsa que la convierte en una dama a la espera de un caballero andante. Y ese caballero no será otro que Karl Malden, un bruto, desmañado y falto de gracia, amigote de Stanley que se convertirá, a su pesar, en el elemento gentil de la trama. Un hombre que debe creerse una mentira para no desentonar con el fondo. 

Sinopsis:

La película narra, en clave de drama sureño (con las connotaciones que ello tiene), la difícil convivencia entre Blanche y su hermana Stella, en la casa que esta comparte con Stanley, su marido. No solamente chocarán los caracteres sino las personalidades y la forma de actuar de dos antagonistas. Un tenso y apasionante pugilato entre un hombre vital que se mueve por instinto y una mujer desequilibrada con una espiritualidad destructiva. 

Algunos detalles de interés: 

“Un tranvía llamado Deseo”, de título original “A Streetcar Named Desire” fue estrenada en 1951. Su director, Elia Kazan, la construye sobre un guión de Tennessee Williams, que, a su vez, era el autor de la obra de teatro original. 

La música de Alex North y la fotografía de Harry Stradling son absolutamente adecuadas al clima tan especial que crean, al alimón, Kazan y Williams. 

En el reparto, la estrella de “Lo que el viento se llevó”, la británica Vivien Leigh, en un papel premonitorio de los problemas psicólogicos que sufriría en su propia persona; Marlon Brando, en un rol de camiseta y sensualidad, que le iba como anillo al dedo, en los principales papeles. 

Otros intérpretes son Kim Hunter, como Stella, la dulce esposa y hermanita, solvente y ajustada; Karl Malden (que repite trabajo con Brando, al que ayudó en “La Ley del Silencio”, también de Kazan) y los secundarios Rudy Bond, Nick Dennis, Peg Hillias, Richard Garrick y Ann Dere. 

Este drama sureño coleccionó algunos premios de interés: 4 Oscars, 1 Globo de Oro, 2 premios en Venecia, 1 del exigente Círculo de Críticos de Nueva York y el BAFTA de 1952 para Vivian Leigh como mejor actriz británica. 

Ninguno de los premios reconoció el trabajo de Brando, tan admirado profesionalmente como temido y criticado a nivel personal, por su talante autosuficiente y su endemoniado genio. Claro que con él no había garantías de que no enviara a buscar su galardón, por ejemplo, a una bella india cherokee. Porque él no toca el clarinete en el Club 54. 

Nota aclaratoria: “Hacerse un tennessee” es, en mi argot, montar un pollo dramático por un quítame allá esas pajas. 

jueves, 10 de octubre de 2019

Del Nobel y otros premios


     Las maravillosas fotografías de las chicas estudiantes de Nina Leen ilustran esta entrada escrita el mismo día en que se anuncian los dos últimos Nobel de Literatura. Aguzo el oído y me pregunto si conozco a alguno. Él me suena de algo, de ella no sé nada. Apuesto dos piruletas de fresa a que es lo mismo que piensa la mayoría, incluso, yo diría, que eso de sonar es también algo exótico. Los Nobel de Literatura son esos premios que el año pasado no se dieron y que ahora aparecen por partida doble. No se dieron porque la cosa estaba turbia, muy turbia, y el tinglado, como el de la antigua farsa, se hundió. De cómo lo hayan reconstruido no tengo noticia, pero resulta muy sospechoso todo y el tufo que antes tenía, de amiguismo y de enchufismo por la cara, no se ha desvanecido. 


Por desgracia, esa misma desconfianza abarca a la gran mayoría de los premios. Los que empiezan, porque necesitan nombres de prestigio para asentarse. Los que tienen larga tradición, porque no pueden perder ese mismo prestigio a manos de desconocidos. Los que llevan aparejada una alta dotación económica, porque hay que recuperar lo invertido y tirar a seguro. Los que no llevan apenas dotación pero son de culto, porque necesitan el pelotazo que los encumbre. Así, en la Literatura, que es el terreno del que hablo, todos los premios están bajo sospecha. Y todos lo aceptamos y lo sabemos. Nuestra desconfianza es común y nuestro recelo también.

Ese modus operandi se basa, no cabe duda, en una eficaz desconfianza hacia el lector. Se considera que hay lecturas más apropiadas que otras y que los lectores no somos mayores de edad en el sentido de saber discernir qué queremos leer y qué nos gusta. Nos dirigen la venta, con esas grandes promociones parecidas a la de los mantecados de Estepa, y hay un sospechoso olor a tongo en algunas designaciones, un tongo que avergüenza a los honrados y cabrea a los más temperamentales. Confieso que siento un malestar poco disimulado cuando leo las entrevistas ad hoc que determinados comentaristas hacen en determinados suplementos culturales a sus determinados autores-amigos del alma. Cada cual intenta sacar provecho de algún modo. Hoy por ti, mañana por mí. 

Me pregunto cómo hay escritores que, sin estar a sueldo de editoriales, sin hacerlo por encargo, o sin tener amigos en los jurados, todavía conservan la esperanza de que su manuscrito sea premiado. Me los imagino escribiendo día tras día, corrigiendo y volviendo a escribir. Me imagino preparando el envío, en un paquete certificado, a través del mail, o llevándolo en mano al lugar de recepción. Me imagino esperando que suene el teléfono o que salte el mensaje. Me imagino todo eso, en los puros no en los contaminados, y me causa una enorme tristeza. Pienso en Kennedy O`Toole y, sobre todo, en su madre. La madre recorriendo las editoriales para buscar al editor que, él sí, sea capaz de leerse el texto y de decidir que hay que publicarlo. A veces, en las redes, algunos de esos escritores escriben directamente su decepción. Deciden dejar de escribir, se sienten menospreciados, dudan de sí mismos y se preguntan qué hacer con su vocación en un mundo en el que no publicas si no tienes amigos en alguna editorial, si no eres presentador de televisión, famoso, ex de alguien, periodista con influencias o si no ganas un premio de aquella manera. 


Cuando sale el Nobel de Literatura, con sus extraños e irreconocibles autores, con esa rápida actuación de algunas editoriales que enseguida aprovechan el caso para decir que ellos sí, que ellos fueron los primeros, con esos reflejos de las librerías que buscan en el cielo y la tierra los ejemplares y los colocan en la puerta, a modo de reclamo, cuando veo todo eso, pienso en esos escritores sin premio y sin libro. Y pienso también en algunos otros, ellos sí, venturosamente activos, que no han tenido Nobel y, me temo, no lo tendrán nunca. Antonio Muñoz Molina o Javier Marías. Edna O`Brien o Elizabeth Strout. Algunos más que no me vienen ahora a la memoria. Poetas, sobre todo, grandes olvidados. La cosa parece haber empeorado desde los años noventa hasta ahora. Basta ver la nómina de premiados desde 1901. La mayoría de los lectores confesarán haber leído algo de, al menos, cuarenta de ellos. A partir de los noventa decae y comienza el exotismo, con ligeras excepciones. Es entonces cuando surge la broma de quién ese tipo al que han dado el Nobel. Cualquier tiempo pasado parece haber sido mejor, también en esto.

Solo el lector independiente, el insobornable, el bloguero sin ataduras, la persona libre, que escoge sin imposiciones, puede dar al libro el valor que tiene realmente, puede hacer visible lo que se oculta. El problema está en que muchísimos libros se quedan sin publicarse. Quién sabe cuántas maravillas hay en los cajones o en los discos duros de los ordenadores. 

martes, 8 de octubre de 2019

El hombre que quería ser cantaor


Desde hace mucho tiempo me vengo encontrando con Ignacio Sánchez Mejías. Acercarse al flamenco sin llegar a su figura es difícil, por no decir imposible. Porque es una de esas personalidades que están a la vera del arte, en ese territorio que ocupan los que han sentido el flamenco hasta el fondo, los que son hondos sin que podamos atribuirle ocupación flamenca alguna. El flamenco concita rechazos y unanimidades. El rechazo suele producirse entre aquellos que no lo conocen, que se dejan llevar por ideas preconcebidas o que no han profundizado en su esencia. Es imposible acceder a ella y no amar este arte. Entre las unanimidades un gran número de personas destacadas en campos diversos que llegan al flamenco arribando desde puertos difíciles y se quedan ahí, anclados, ya para siempre, en sus orillas. 

No sé por qué llegó a mis manos una edición de los Artículos periodísticos de Ignacio Sánchez Mejías, buceando en alguna librería, seguramente con ocasión de uno de mis paseos literarios en mañanas de sol del otoño o del invierno. Un fragmento de ellos lo incluí en mi libro sobre Manolo Caracol (Manolo Caracol. Cante y pasión) porque hablaba de Joselito el Gallo, pariente, como sabemos, del cantaor. Sánchez Mejías es alguien apasionante. Me resulta atrayente su figura, sus múltiples facetas, su poliédrica personalidad, tan difícil, imposible, de encasillar, tan independiente, tan rara (en el sentido de poco corriente) en la España que le tocó vivir. Cuando estuve trabajando sobre el libro que he citado y también al investigar y escribir sobre el flamenco y las artes plásticas (sobre todo, en su relación con las vanguardias históricas), volvía a aparecer la figura de Ignacio, siempre con un telón de fondo complejo y difícil de definir. Su relación con La Argentinita, la excelente artista del baile y del cante que ha dejado para la historia del flamenco algunos hitos indudables; su parentesco con los Gallos (de la casa de los Ortega) por su matrimonio con Lola Gómez Ortega, la hija de Gabriela; su presencia en las jornadas fundacionales de la Generación del 27 en el Ateneo de Sevilla, todo ello se me ha antojado siempre revelador, interesante, digno de profundizar y de conocer. 


Hay un libro que responde a muchas de las interrogantes que yo me había planteado y que dibuja, de una forma certera, plena, total, la personalidad de Ignacio Sánchez Mejías. Se trata del libro de Andrés Amorós y Antonio Fernández Torres, editado por Almuzara y que se titula Ignacio Sánchez Mejías, el hombre de la Edad de Plata. Hay libros que se degustan poco a poco, buscando huecos en el tiempo y en la tarea diaria. Pero hay otros que han de liquidarse de un trago, porque es imposible dejar de leerlos, y porque, hasta que no se terminan, no desaparece en nosotros el desasosiego del descubrimiento. Este último caso es el de este libro que me ha hecho profundizar en este personaje tan difícil de encasillar y, al tiempo, tan poderoso. 

Aunque solamente fuera porque su muerte inspiró la más elevada obra poética laudatoria y necrológica (ya sabéis: Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, de Federico García Lorca), habría que detenerse en la figura de este andaluz que tuvo la extraña virtud de concitar apasionados amores y odios hasta la muerte. Odios que no tenían que ver con militancias y con posiciones, sino con el resquemor que, a los que no lo son, les provoca el hombre libre. Un hombre libre es un peligro para todos, porque tiene valor, pero no tiene precio. Un hombre libre está siempre a la intemperie, fuera de los unos y de los otros. No tiene techo y ni los unos ni los otros lo sentirán nunca como suyo, lo ampararán si hiciera falta. Un hombre libre está solo. 


(La Argentinita, por Julio Romero de Torres)

Porque eso era Ignacio Sánchez Mejías, un hombre libre que, por ello mismo, transitó por todos los campos que su inteligencia, su ansia de conocer y de volar, quería: hijo de burgueses acomodados, fue banderillero, torero, empresario, piloto, presidente del Betis, presidente de la Cruz Roja, presidente de la Unión de Matadores, emprendedor de nuevas ideas todavía no arraigadas, diletante, amigo de sus amigos, hombre enamorado, escritor, articulista, dramaturgo, mecenas…

En el libro que os cito nos cuentan sus autores que había únicamente dos cosas que Ignacio quería saber hacer y que no dominaba: el arte de escribir poesía y el de cantar flamenco. Este hombre del Renacimiento, que vivió la Edad de Plata, ese período esplendoroso de la historia de la cultura y la ciencia de España en el que se concitaron los astros para alumbrar lo mejor en todos los terrenos, era, según algunos en grado máximo, un hombre generoso, ecuánime y valiente. Valiente porque defendía sus argumentos con la palabra, aún en contra de los poderosos, sean cuales fueran éstos. Y tenía el deseo ferviente de aprender a cantar flamenco. Su garganta no llegó a evocar el quejío de un cante, una buena salía, un quiebro…pero, seguramente, y por lo que sabemos, el hecho de que formara parte de quienes entendieron el flamenco desde un ejercicio de sabiduría plagado de luces, ya es suficiente para que, cuando hablemos de este arte, tengamos un momento de dedicación hacia su figura. 

Ya lo advirtió Federico: “tardará mucho tiempo en nacer/ si es que nace/ un andaluz tan claro/ tan rico de aventura”. 


lunes, 7 de octubre de 2019

Se ha escrito un crimen


Eran las seis de la tarde de un verano especialmente caluroso. Una ciudad costera. A esa hora todavía la brisa atlántica no refrescaba la calle. En el número 46 alguien abre el portón, gris oscuro y con una mano de brillante latón como llamador, y arrastra pesadamente una enorme caja de cartón hacia fuera. La caja está desvencijada, rota en sus laterales y de ella emanan, como si fueran un caudal interminable, libros, libros, libros. La caja se coloca en la acera y una niña de doce años, a punto de entrar en la adolescencia, se sienta en el suelo, allí, en la solitaria calle y recorre uno a uno los títulos de los libros que va sacando con cuidado y colocando en un montón junto al escalón de la casa. De entre esos títulos hay uno que le llama la atención. “El misterioso caso de Styles” reza la portada y en ella se ve un puñal ensangrentado que se clava en el cuello de una mujer anciana. No se ve el rostro de la mujer, ni la mano asesina, solamente el puñal y el fondo de una tela de mezclilla de lana inglesa. 

Después de este libro, la niña, que iba cumpliendo años, empezó a leer uno tras otro los títulos de esa colección, de la Editorial Molino, de esa autora, Agatha Christie. Todos esos libros que empezaron con “El misterioso caso de Styles” y que terminaron, precisamente, con “Telón”, forman el universo de la dama del crimen, de la mujer que, desde la tranquilidad de Torquay, fue capaz de trazar con pulso firme, casi hasta el final de su larga vida, los perfiles de unas historias que fueron capaces de crear, en esa niña, el hábito de leer. Quién no agradecería un regalo así…quién no recordaría la caja de cartón en la que el libro iba mezclado con otros…

En un carrusel que no se paró nunca llegaron a sus manos “El misterio de Listerdale”, “Los elefantes pueden recordar” o “El caso de los anónimos”. En un momento dado surgió “La casa torcida”. Más adelante “Pleamares de la vida” y “Sangre en la piscina”. La querencia de la autora por los paisajes exóticos, producto sin duda de su matrimonio con un arqueólogo (que, según ella, tenía la ventaja de verla cada vez más apetecible según iba envejeciendo), la llevó a “Intriga en Bagdad”, “La venganza de Nofret”, “Cita con la muerte” o “Asesinato en Mesopotamia”. Pero es el verdor de la campiña inglesa el paisaje protagonista de las historias, con sus mansiones, sus casas rurales, sus clubs de caballeros, sus rectorías, sus bibliotecas públicas, sus sinuosos caminos, sus veredas, sus exploradoras, sus doncellas pizpiretas, sus cocineras respondonas, sus ama de llaves rígidas, sus enamorados y sus asesinos. ¿Quién diría que hablamos de matar? 

En lo más alto, “El asesinato de Rogelio Ackroyd”, del que tantas veces he comentado su extraordinario recurso narrativo, imposible de repetir por lo original y único. Pero está también “Se anuncia un asesinato” inquietante y explosivamente distinto. Está “La señora McGinty ha muerto” en la que Christie utiliza como leit-motiv una cancioncilla infantil, tal y como hará en otras ocasiones, generando así la sensación de que la muerte es un juego. Pero no lo es. “Inocencia trágica” es, quizá, la más envolvente de sus historias. “El tren de las 4,50” la que aporta un personaje nuevo, fresco y poderoso, Florencia, la matemática que trabaja de chica para todo. “Un gato en el palomar” sitúa la acción en un internado, entre alumnas y profesoras. “Los relojes” gira en torno a una extraña urbanización en la que los números de las calles generarán la confusión y el conflicto. “Testigo de cargo” originó la mejor adaptación de una de sus novelas al cine. “El misterio de la guía de ferrocarriles” aborda el tema de los asesinos en serie. “Las manzanas” pone en acción al alter ego de la autora, otra escritora de misterio a la que pone de nombre Ariadna Oliver. “Maldad bajo el sol” describe el eterno triángulo amoroso, en el que nada es lo que parece. “La muerte visita al dentista” indaga en las relaciones del poder con las intrigas económicas. “Después del funeral” ofrece una visión casi humorística a través de uno de esos personajes que todo lo dicen sin pensar en las consecuencias. 

Todas las novelas de Agatha Christie, con sus diferencias de trama, de personajes, de desenlaces, me han hecho feliz. Nos han hecho felices, diría, para ser exacta. Toda mi familia, mi vida de la infancia, mis conversaciones al aire de la noche de verano, tienen en esos libros una referencia constante. Leíamos los libros y los comentábamos como si fuera un libro-fórum de esos. Niños y mayores al unísono disfrutábamos de su ironía, su ingenio, su vivacidad, su sencilla forma de contar las cosas. Sencilla, que no simple. Diáfana, pero no vulgar. 

sábado, 5 de octubre de 2019

Granada, año 22


(Pintura de Ignacio Zuloaga)

Hablar del Concurso de Granada en el mundo flamenco es referirse a un acontecimiento astral, a un momento cenital del desarrollo de este arte. Es volver los ojos a una manifestación que estuvo plagada de incidencias, curiosidades, consecuencias, novedades…Granada, en el ámbito flamenco, es una letra mayúscula, un código, un legado que preservar. Históricamente, el año 1922 en el que tiene lugar el Concurso, se encuentra emparedado entre el Desastre de Annual, de 1921 y el pronunciamiento de Miguel Primo de Rivera, Capitán General de Cataluña, en 1923, dando paso a la dictadura primorriverista. 

A partir de 1920 se encuentran en Granada, de forma más o menos casual, más o menos coordinada, una serie de intelectuales, artistas y músicos que tendrán una participación directa o indirecta en el acontecimiento. Allí están Manuel de Falla (en su casa de la Antequeruela Alta), por supuesto Federico García Lorca, Ramón Menéndez Pidal, que estaba ocupado en transcribir romances populares, así como Manuel Ángeles Ortiz, el gran pintor o Fernando de los Ríos, pedagogo de la Institución Libre de Enseñanza y político. El entusiasmo de los iniciales impulsores del evento contagió pronto y sin demasiado esfuerzo a otra serie de personalidades que pensaban en la importancia que tenía sacar a la luz lo que ellos consideraban un arte del pueblo y para el pueblo. 

Ignacio Zuloaga (que hizo los decorados del Concurso), José María Rodríguez Acosta, Santiago Rusiñol, Andrés Segovia, Felipe Pedrell, Miguel Jofré, Ángel Barrios, Joaquín Turina, Edgar Neville, Juan Ramón Jiménez, Tomás Borrás, Manuel Chaves Nogales, Ramón Gómez de la Serna, Ramón Pérez de Ayala, Francisco Giner de los Ríos, Georges Bataille, son nombres que debemos incluir entre aquellos que vivieron de cerca el Concurso, lo apoyaron e incluso tuvieron un papel destacado en su puesta en marcha. Como se ve, una nómina plagada de nombres ilustres que supuso la primera apuesta de la intelectualidad por el flamenco y quizá, todo hay que decirlo, la última, al menos con esta envergadura. 

No menos prestigioso fue el Jurado que habría de decidir los premios y arbitrar el desarrollo del Concurso. Presidido por Don Antonio Chacón, siete años antes de morir y considerado entonces la máxima autoridad del flamenco, estaban Andrés Segovia, Antonio Ortega Molina, Antonio Gallego Burín, Amalio Cuenca, Gregorio Abril y José López Rubio. 

Como en tantas ocasiones, el pueblo permaneció ajeno a los intentos de devolverle su sitio como autor y depositario de las creaciones que a él mismo se atribuían. El Concurso podía así considerarse una actuación elitista, de aquellos que eran los más favorecidos social y culturalmente. La apuesta de estos intelectuales y artistas por el flamenco significaba, no obstante, una reacción a la hostilidad con la que el flamenco era percibido por otros élites cultas, que despreciaban todo lo que para ellos representaba: actitudes reaccionarias, folklorismo trasnochado, provincialismo…todo al servicio de una clase dirigente que utilizaba estas manifestaciones artísticas con el fin de enmascarar los problemas que latían en la sociedad española. Las posturas antiflamencas tenían, por lo tanto, una gran base ideológica, pues se trataba de una actitud que no iba en contra de la música o de la poesía flamenca, sino de su utilización política en aquellos y otros momentos. En este estado de cosas, el intento de los promotores del Concurso fue muy estimable, pues nadaban contra corriente y, a pesar de lo que pueda parecer, sus logros en este cambio de opinión fueron muchos. 

La prohibición expresa que contenían las bases contra la participación en el Concurso de los profesionales del flamenco puede ser entendida en distintas claves, una de ellas la que habla de la conservación de la pureza del cante que debía residir en el pueblo llano, a juicio de los promotores. Pero también se ha leído en otras claves, como la voluntad de que no fuera Sevilla la que copara los premios, habida cuenta de que el profesionalismo estaba firmemente asentado en la capital andaluza, como lugar de acogida de todos aquellos que querían dedicarse al flamenco. En todo caso, viendo el balance de los premios y los nombres de los premiados, está claro que Falla, Lorca y sus compañeros, no fueron capaces de darse cuenta de por dónde andaba el flamenco, en realidad. 


(Cartel del Concurso de Granada, con la ilustración de Manuel Ángeles Ortiz)

Mil pesetas y un diploma fue lo que obtuvieron ex-aequo El Niño Caracol y El Tenazas, un chaval de trece años y un anciano de más de setenta, ninguno de los cuales era profesional en el sentido estricto de la palabra. Otros premios fueron para Frasquito Yerbabuena, Niño de Linares, Carmelita Salinas, La Gazpacha, Concha Sierra, La Goyita,  y los guitarristas José Cuéllar y Niño de Huelva. Como se ve, un balance casi paritario en cuestión de género, seis hombres y cuatro mujeres. Solamente la trayectoria posterior del Niño Caracol, convertido en Manolo Caracol, logrará salvar al concurso en lo que se refiere a los premiados. De no haber sido así, quizá el rescoldo del recuerdo de Granada se hubiera apagado mucho antes y mucho más. 

Las consecuencias del concurso en las posteriores trayectorias de sus promotores también pueden darnos algunas claves. Manuel de Falla acabó harto de tener que lidiar con temas tan prosaicos como financiación, patrocinios, apoyos, intendencia…Desde ese momento la influencia de lo andaluz en su obra fue disminuyendo, a lo que contribuye, desde luego, el auge de la música objetiva y del neoclasicismo en el ámbito de la vanguardia, que logró cambiar el rumbo de los nacionalismos musicales. Joaquín Turina, por su parte, mostró su escepticismo acerca del fruto de todo aquello y de las pretendidas raíces populares que se atribuían al flamenco. 

No obstante, el concurso de Granada tuvo notables epígonos. Se celebraron reuniones, conciertos y competiciones de flamenco en diversas ciudades, todas ellas aprovechando la onda expansiva. En Madrid, por ejemplo, se realizaron algunos concursos en el circo Price, el Teatro Pavón o los cines Olimpia, Goya y Frutos. Los concursos de flamenco daban dinero y los empresarios, privados y que se jugaban el dinero, se arrimaron a ese calor pues, además, en las competiciones se establecían pujas entre quién cantaba mejor o quién tenía mejores cualidades. En Cádiz hubo un intento de imitación del Concurso de Granada, años después, ya en la década de los cincuenta, con el patrocinio del mecenas y humanista Álvaro Picardo y la participación de destacados aficionados locales, empeñados en revalorizar el cante por alegrías. Pero sería Córdoba, en 1956, con La Llave del Cante, quien lograría poner de nuevo en circulación un concepto del flamenco asociado a determinada ideología artística, la que dice que es el pueblo el depositario de un legado que, curiosamente, el pueblo no sabe cantar. 


(Pintura de Ignacio Zuloaga)

viernes, 4 de octubre de 2019

"Churchill. La biografía" de Andrew Roberts


Una portada tan poco fotogénica como el personaje encierra un libro tan voluminoso que ha de leerse despacio, rodeada de notas y mapas, y, sobre todo, con el sosiego de las ideas no preconcebidas. Te reconcilia con la Historia, esa que estudiaste en la Facultad y que te convirtió en una adicta a las fuentes de la verdad. La que, por el contrario, te impide disfrutar con novelas supuestamente históricas que son cualquier cosa menos verdaderas. La Historia no necesita novelarse, piensas. En sí misma es, si se cuenta bien, una lectura espléndida. 

Hay personajes muy biografiados. Ejercen una atracción especial y guardan tantas aristas que los historiadores no pueden resistirse a investigar sobre ellos y a escribir. En el caso de Churchill su vida, o al menos alguna parte de ellas, ha sido también objeto de múltiples artículos de prensa, de referencias e, incluso, de películas, las últimas muy recientes. Colateralmente aparece en diferentes formatos a la hora de recordar los episodios históricos de los que fue protagonista de excepción. Por eso nos da la impresión de que lo conocemos mucho, de que es alguien casi cotidiano. Pero seguramente nos quedarán más interrogantes que certezas si reflexionamos sobre este gigante del siglo XX. 

El título original del libro, recién aparecido en español, con la traducción de Tomás Fernández Aúz y publicado por primera vez en 2018, es muy explicativo: "Churchill. Walking with Destiny". Parece ya indicar que el personaje del que se escribe tiene un aire épico que bien podría asemejarlo a una invención literaria, uno de esos héroes que tapizan las novelas y que parecen tan reales, si no fuera porque los defectos se ocultan o no existen. En el caso de Churchill el juicio de la historia se lleva produciendo desde hace algunos años. Para unos es un referente universal del hombre político de ideas claras y perfil noble y para otros es un ventajista inteligente que tiene mucho de lo que arrepentirse. La historia, cuando es tal, no designa buenos y malos per se, sino que muestra, explica, describe y ayuda a que el lector saque sus propias conclusiones, ninguna de las cuales tiene que ver con juzgar o santificar. 

El libro comienza con dos citas. Una es de Rudyard Kipling y la otra del propio Churchill. Una de ellas es escéptica y la otra podíamos asumirla en su totalidad: "La historia atesora todos los secretos de la gobernación del estado" Ese Estado con mayúsculas era el objetivo último en el que se pudieron experimentar todas las ideas y todo el aprendizaje que Churchill fue atesorando durante su vida. Su biografía es, por lo tanto, la biografía de Europa, al menos de una parte de ella. 

La espléndida edición, un esfuerzo editorial encomiable de la editorial Crítica, en su colección Serie Mayor, incluye hasta 78 ilustraciones procedentes, por cesión, del Centro de Archivos Winston Churchill. Fotos, cartas, boletines escolares, lugares, pinturas, notas manuscritas...todo ello contribuye a dibujar con más exactitud el paisaje vital y la trayectoria de un personaje tan complejo. Se añade también un árbol genealógico, completísimo y, a la vez, exhaustivo, que llega hasta la actualidad. Churchill no era solo un hombre, era también una familia y esto es un elemento que ha de tenerse en cuenta. Asimismo, una colección de mapas y planos, imprescindible para fijar las coordenadas de espacio de la historia que se cuenta. La selección bibliográfica que cierra el libro es inmensa, como no puede ser de otra manera, dada la extensión del trabajo y su profundidad. Y resulta muy interesante el índice analítico final, exigido como complementario en un estudio biográfico riguroso y detallista. 

Pero una biografía es, al fin, una obra literaria, y además de que se fundamente en datos exactos y en aportaciones variadas, tiene que estar bien escrita. En este caso, Andrew Roberts no es solo un extraordinario historiador, a la cabeza de los historiadores actuales, sino también un excelente escritor, condiciones ambas que no siempre van de la mano. Por eso la lectura es sencilla, aunque obligadamente lenta, porque no podría ser de otra forma. El capítulo 1 comienza donde comienza una vida, en el nacimiento, y eso nos muestra la intención de seguir una línea cronológica que ayude a la comprensión del personaje y de los hechos. Ese acercamiento al Churchill bebé o al Churchill niño, no deja de ser anecdótica y tierna, "una verdadera monada", de "ojos y cabellos oscuros, perfectamente sano". Aunque cuando uno se llama Winston Leonard Spencer-Churchill y es hijo de lord Randolph Churchill, benjamín del séptimo duque de Marlborough, no tiene fácil pasar desapercibido.

Entre las ilustraciones hay una obra pictórica muy notable que el propio Churchill consideraba que era el retrato que mostraba mayor parecido. Se trata de un cuadro de sir William Orpen, realizado en 1916, después de haber tenido que dejar su cargo en el gobierno a causa de la derrota de los Dardanelos. El cuadro es verdaderamente apabullante. No puede pasar desapercibido el porte de Churchill y sobre todo, su mirada, penetrante, profunda, pensativa y con cierto aire de dureza. Churchill debió ser mal enemigo. Hay que decir que una de las facetas de este hombre tan polifacético, de amplísima formación cultural y de inteligencia preclara, era la pintura, que cultivó con asiduidad. A lo largo de su vida le hicieron muchos retratos. Pero, aunque el paso de los años modifica su apostura inicial y lo va envejeciendo, la mirada sigue siendo la misma, con la misma fuerza y la misma determinación. Define al hombre. 

En algunas de las magníficas fotografías que acompañan el libro puede verse a su esposa, Clementine Ogilvy Hozier (1885-1977), de casada baronesa Spencer Churchill, una mujer algo excéntrica, de gran personalidad y empuje, que tuvo también una larga vida, como el propio Churchill. Con ella tuvo cinco hijos, Sarah, Randolph, Diana, Marigold y Mary. Su peripecia familiar forma parte del telón de fondo de su vida y, por tanto, de esta biografía. Una biografía que está llamada a ser el estudio por excelencia sobre Churchill, la biografía canónica, el no va más de los estudios churchillianos. Su lectura es un ejercicio de comprensión de nuestra propia historia, una forma de entender los fenómenos que han configurado el mundo actual y por eso mismo merece la pena adentrarse en ella. El hombre, el político, el intelectual, el marido, el padre de familia, el hijo, el aristócrata, el inglés, el europeo, el estratega, el militar, el escritor, el observador de la vida, el hombre depresivo, el enfermo, todo está aquí y todo está dispuesto para ser leído. 

miércoles, 2 de octubre de 2019

"Casa de muñecas" de Henrik Ibsen


Diré algo que mucha gente no entenderá: me gusta leer el teatro pero no me gusta verlo representado. No me creo lo que pasa en el escenario pero sí lo que leo en el papel. En cambio, el cine es el lenguaje que más fácilmente me hace conectar con una historia y, en los malos tiempos, el antídoto y la medicina. Creo en el cine pero no en el teatro. Una aberración. No sé qué hubiera pasado de poder contemplar en The Globe Theatre la obra de Shakespeare interpretada por él mismo. 

"Casa de muñecas" es una obra espléndida, inquietante, que leí demasiado pronto y que demasiado pronto me hizo revolverme contra determinados egoísmos matrimoniales. Recuerdo que alguien me regaló un tomo con las obras de Ibsen y que leí esta con la facilidad con la que se transita por un terreno hermosamente abonado. El personaje de Nora es uno de esos que siempre recuerdas y que te inspiran cosas y casos. En mi calle de la infancia había alguna Nora reconocible y otras que estaban ocultas en Dios sabe qué oscuridades. Eso mismo pasa con otras mujeres literarias, con Emma Bovary o con Anna Karenina o con la misma Ana Ozores. Sin embargo, Nora Helmer me pareció siempre más real que las otras, aunque fuera de latitudes lejanas y frías. 

La historia del chantaje y de la desconfianza se termina convirtiendo en la crónica de una traición. Una traición del marido a la esposa hecha de la forma más equívoca, esto es, usando estrategias emocionales que derrumban a cualquiera. Esa reacción de Nora, que termina por romper los lazos que la unían después de darse cuenta de la mentira, es la de una mariposa cuyas alas estaban rotas y se recomponen a fuerza de intentarlo. Me recuerda mucho el personaje principal de "Washington Square", la maravillosa novela de Henry James que llegó al cine como "La heredera", esa muchacha fea que primero está dominada por su padre y luego por su pretendiente. Nora desata los lazos y en esa acción hay una actitud ineludible de libertad y de dignidad. La primera, la libertad, está siempre de moda, pero la segunda, la dignidad, se queda antigua cada cierto tiempo, como si fuera una rémora o una atadura del pasado. Pero no se entienden la una sin la otra y a su vez se complementan. 

lunes, 30 de septiembre de 2019

Mis flamencos. José Mercé.


La imagen

Un salón atestado. Primavera incipiente. El patio en derredor huele a dama de noche y a jazmines. Buganvillas trepando por una de las paredes, la que llega a la calle. Un salón noble, con techos de madera, ventanales hermosos, grandes cortinajes, sillones tapizados de rojo sangre. Gente ensimismada, que no pestañea, que oye y escucha, que observa, que absorbe, mucha gente. En torno al salón, pequeños despachos que se han quedado vacíos, pues todos los que allí deberían estar han salido despacio hasta el pasillo que antecede al salón y se han parado, justo en ese sitio, como figuras de cera, inmóviles, atentos, sin respirar siquiera. 

Un hombre elegante, vestido de negro, rubio, de ojos azules, muy alto, sentado en una silla pintada de verde, una silla que podría encontrarse en cualquier patio de vecinos de La Isla, para tomar el fresco o para charlar, o quizá para que una mujer con el pelo recogido y la sonrisa presta, cosa y remiende. Una silla que desentona de aquel ambiente pulcro y burocrático. Junto al hombre de negro, otro más menudo, desliza las manos por una guitarra, rasguea, apunta falsetas, mira intermitentemente al que canta y sonríe. Esa es la complicidad exacta del flamenco, la sonrisa que sirve de lazo entre el que canta y el que toca. La sonrisa que baja del escenario a modo de paloma invisible y cruza las estancias y llega a todos los rostros. Todos sonríen escuchando al hombre que va de negro, por dentro y por fuera, de negro por el luto más riguroso que imaginarse pueda. 

El sonido

Principia el cante por Tangos de Triana, con ese compás que recuerda la esquina de San Jacinto con Alfarería, la calle Pureza o el Altozano. Tangos medidos y acompasados, plenos de un sabor propio que todos reconocen. El viejo arrabal se aparece como en un holograma. Se huele el río. La distancia exacta desde la dársena al Aljarafe, el camino de Coria, el de La Puebla. Después, cómo no, llega la brisa de Cádiz y toda la Caleta sube al improvisado escenario, La Isla y Puertatierra y todos los Puertos. También Chiclana y Rancapino. Camarón, desde luego, en el recuerdo. Y los grandes. El Chaqueta, La Perla, Aurelio, Pericón, mi tío Chano. Por Cantiñas. Aires de la bahía en una voz jerezana. Suena la Malagueña del Mellizo, brutal arquitectura. Y luego el Cante de Alcalá, el del Paula y Antonio. Después, cómo no, recordando a su tierra, la Bulería perfecta de Jerez, el compás de amalgama, las palmas al tiempo, el delirio. Suena casi todo el cante y, al final, transida, garganta firme, manos extendidas, la voz se encamina al Gólgota y desgrana la Seguiriya, hecha desde dentro y hacia fuera, como se hacen los cantes más grandes. Y es entonces, en esa Seguiriya, cuando los ojos se humedecen y las sonrisas cómplices envuelven de nuevo a todos y cada uno de los que allí escuchan el milagro. 


La emoción

Algunos viejos del pueblo, atentos a la llamada de lo hondo, han arribado al salón y se han sentado juntos, en una esquina, sin querer estorbar, un poco cabizbajos, un poco expectantes, fuera de lugar al principio. Esto no es una peña, no es un encuentro en la barra de un bar, ni un reservado, no es un cuartito. Esto es el sueño de un visionario que se ha ido. El flamenco del pasado está en sus rostros y aquí están un algo perdidos, náufragos, como si extrañaran el lugar, igual que extrañas tu almohada cuando cambias de cama. Extrañar, esa palabra única, dulce, que tu madre tantas veces usaba…Te extraño. Os extraño.Tanto. 

Es un salón de plenos de un ayuntamiento y los doscientos asistentes son profesores, gente que quiere aprender el secreto del flamenco y que todavía no tiene en sus manos ni en sus gargantas el justo punto del ole que debe surgir en su tiempo preciso. Eso también se logra con el tiempo. Los viejos, seis o siete, observan todo con la curiosidad del entomólogo, como si estuvieran asistiendo a un rito en el que hay algo que no les cuadra, que no les encaja. Pero la voz y la guitarra han ejercido de manto que todo lo cubre, de suave gasa transparente y amiga, y así, a los pocos minutos, poco se distingue salvo la fuerza de esa voz y esa guitarra. Mediada la Seguiriya, hechos ya los cuerpos a casi todo, uno de los viejos, con los ojos húmedos, eleva su voz sin darse apenas cuenta. Viva Jerez. Viva el cante de ley. Qué grande es esto, Dios mío, qué grande. 

Mercé. José. Con Moraíto. Aire. Tú. 

¿Quién dijo que Emma no tenía corazón?


"Y aquí estoy yo-se dijo-, después de haber hecho que Harriet se enamorase de semejante individuo. No habría pensado nunca en él de no ser por mí y, por supuesto, nunca habría concebido esperanzas si yo no la hubiera convencido de su afecto, porque Harriet es tan modesta y tan humilde como yo pensaba que lo era él. !Ah! !Si me hubiera limitado a convencerla de que no aceptara al joven Martin! En eso sí estuve acertada; hice lo que debía, pero tenía que haberme parado ahí y dejar lo demás al tiempo y a la suerte. Bastaba con permitirle que conociera a personas de la buena sociedad y darle ocasión para llamar la atención de alguien que mereciese la pena; no tenía que haber pretendido más. Ahora, en cambio, perderá la paz durante una temporada. No he sabido ser buena amiga y, aunque este desengaño le afecte menos de lo que temo, no se me ocurre otra persona que pudiera ser un buen partido para Harriet..."

Estas palabras, que recogen el pensamiento de Emma Woodhouse, contradicen su fama de frívola y caprichosa, de muchacha rica sin corazón que utiliza a la gente. Después de comprobar que el señor Elton, el joven y presumido vicario, no tiene ninguna intención seria (ni en broma) de emparentar con su querida y nueva mejor amiga Harriet Smith, ella se da cuenta de que ha hecho daño a su amiga con su actitud insistente de presentarle a Elton como un hombre extraordinario que puede quererla. No es eso todo. La declaración de amor del clérigo la ha puesto sumamente nerviosa y su negativa a aceptarlo está llena de reproches a alguien a quien ve ahora como un oportunista. Es el segundo rechazo sonado de una protagonista a un clérigo en los libros de Austen. El otro es el que experimentó el señor Collins de mano de Elizabeth Bennet. Curiosamente, ambos reaccionaron de forma diferente. Mientras que Elton fue a buscar consuelo a Bath (y lo encontró de parte de una señorita de familia, la estirada Augusta Hawkins), Collins se emparejará, de forma sorpresiva, con una íntima amiga de Elizabeth, nada menos que la tímida, sensata y poco agraciada Charlotte Lucas. En todo caso, los dos presentarán en sociedad un matrimonio para hacerle frente a la negativa y quedar mejor ante los ojos de los otros, algo que era muy importante para todos. En el caso de Emma, nadie más que ellas dos y el propio Elton conocerán la historia, quedando así lejos de la mirada de los demás, lo que garantiza todavía con mayor eficacia la salvaguarda del vicario. 

Pero, en este caso, Harriet Smith es la damnificada y así lo entiende Emma y por ello mismo se considera culpable. Una muestra inequívoca de que no era clasista es ascender a Harriet a la categoría de amiga íntima y tratarla como tal, siendo una muchacha abandonada en un pensionado de la que no se conoce la familia. Pero no es oro todo lo que reluce porque seguramente su insistencia en que se fije en Elton viene dada por la intención de que olvide al señor Martin, el honrado y joven granjero que le había declarado su amor previamente. Los líos de Emma. 

Pero la juventud y la alegría natural de una persona como Emma, aunque se vean sometidas momentáneamente a la tristeza durante la noche recobran su fuerza con cada nuevo amanecer...Emma se levantó más dispuesta que por la noche a encontrar consuelo, más segura de que podría encontrar paliativos para los problemas que se avecinaban y de que saldría relativamente airosa de todo aquello. 

La alegría es el elemento natural en el que Emma se mueve. Eso es lo que más admira de ella el señor Knightley a quien, según sus propias palabras, no le gustan las mujeres tristes o cerradas en sí mismas. Además de eso Emma es una muchacha muy segura de sí misma. Eso puede deberse a su posición social, pero también a su crianza, llena de amor y de una capa protectora que la ha cubierto. Esa seguridad la lleva a considerar que va a encontrar solución para todo y quizá por ello se mete en demasiados problemas. Sin embargo, la preocupación que siente por Harriet es genuina y la prueba es que le cuesta contarle lo ocurrido y que, después de esas confidencias, considera que debe escuchar sus lamentos y soportar sus lágrimas. Todas sabemos que los desengaños amorosos, en la juventud, tienen necesidad de ser comentados y sufridos, para lo cual nada mejor que una amiga en la que depositar nuestras confidencias. Pero el ansia de pasar página y de evitar que ese sufrimiento se prolongue inútilmente (Emma es una chica muy práctica) se manifiesta en que, incluso, decide ir de visita a casa de las Bates (algo que odia porque las considera unas "pesadas") con tal de que Harriet se distraiga y olvide esos pesares.

Las escenas que transcurren entre la declaración amorosa de Elton a Emma, en el coche de caballos que los lleva de vuelta después de la cena navideña de los Weston, son memorables y nos ofrecen una cabal estampa de una muchacha dividida entre el remordimiento y el deseo de seguir disfrutando de la vida. Algo tan natural que no debería resultarnos extraño ni reprochable. 

No se trata, por tanto, de alguien que pasa por encima de los demás para entretenerse o satisfacer sus ansias de llenar su vida de aventuras a costa de los otros. Ni de una loca absurda que juega con la gente que la rodea. A veces se la ha considerado una persona sin sentimientos, más dispuesta a satisfacerse ella misma que a respetar a los demás. Sin embargo, quienes así opinan se olvidan del cariño inmenso que siente hacia su padre, por ejemplo, al que no quiere abandonar ni siquiera para vivir su gran aventura de amor. El hecho de que confíe demasiado en su intuición y se equivoque quizá sea solo una muestra clara de que, por desgracia, en cuestiones de amores y de sentimientos las cosas no son aritméticas, ni geométricas, más bien terminan convirtiéndose en esplendorosos fuegos artificiales. 

domingo, 29 de septiembre de 2019

"El embalse 13" de Jon McGregor


Las historias de desapariciones son esas en las que los protagonistas son los policías que investigan, los malvados que secuestran o las familias que se deshacen en la búsqueda. En el caso de "El embalse 13" los verdaderos protagonistas son la gente y la vida. La vida que transcurre y la gente que existe. Por eso el verdadero secreto del libro está en la forma de narrar. Ninguna otra estrategia hubiera convenido para el caso y ahí está la elección del autor y el acierto. Jon McGregor (Bermudas, 1976) narra una historia que está llena de historias pero que no se desvía de su curso en ningún momento y que nos mantiene a la espera. Esperamos que el caso se resuelva aunque nada nos indica que eso vaya a producirse. Y mientras, a modo de milagro, pasan "cosas", pasan "todas las cosas" que suelen acontecer en un pueblo o en una ciudad o en cualquier parte. Y esas "cosas" terminan siendo la esencia, el todo, la historia. Una argucia narrativa incontestable. Un logro. Un espectáculo. 

La historia está llena de silencios incómodos y de sombras. Algunas personas son eso, "sombras", como los padres de la niña desaparecida, que se mueven de un lado a otro, ajenos, extraños, extranjeros, hasta cierto punto molestos. El resto continúa su devenir y solo alguien muy concreto lleva el control exacto de los acontecimientos, solo alguien puede contar lo que ha ocurrido, si es que alguna vez lo hace. Pero, mientras tanto, o sobre todo, la vida continúa, a modo de vertiginoso tiovivo, sin puntos y aparte, sin guiones, ni conversaciones explícitas. No hay respiro. Los habitantes del lugar en el que la niña ha desaparecido guardan una distancia mínima con el acontecimiento y se zambullen en su propio guión inseparable de sus vidas. Desgracias, dichas, encuentros, preguntas, operaciones quirúrgicas, amores falsos y verdaderos, hambre, sed, miedo y alegría, todo envuelto en el celofán de las palabras, una tras otra, imparables. No se paran nunca, el relato no se calla, no se detiene, en un continuo y asfixiante ejercicio de acumulación, como la noria de la feria que continuara danzando a pesar de que uno de sus usuarios se hubiera estrellado contra el suelo. 

Los acontecimientos se sentencian con una sola frase. Ejemplo: "Martin y Ruth se separaron, lo cual le sorprendió a él más que a muchos otros". Punto. Sobre la niña se vuelve una y otra vez pero no parece que haya compasión, ni recuerdo, ni desasosiego, simplemente es un hecho que está ahí, que es el telón de fondo de las vidas. La niña se llamaba Rebecca, pero hay quien ni siquiera está seguro de eso. Las estaciones se suceden, el ciclo de los animales y las plantas se renueva, los oficios siguen su lento y académico rito, las familias se unen y desunen, la naturaleza es benévola o dramáticamente funesta según los casos, y mientras tanto, la niña desaparecida sigue siendo un caso de desaparición que la policía investiga suavemente. 

Jon McGregor, al que nunca hasta ahora había leído, ha escrito una obra llena de incertidumbre, desasosiego y fuerza narrativa. Un espléndido mosaico situado en el lugar más inestable y con menos posibilidades de arraigar. Ha colocado un acontecimiento dramático al inicio y ha hecho que la vida lo rodee, lo circunde, lo abrace. El lector no tiene más que seguir las migas de pan que va dejando en las páginas del libro y esperar que esa misma vida traiga alguna respuesta. Si es que existe. 

jueves, 26 de septiembre de 2019

Mis flamencos. Estrella Morente.


El flamenco es un territorio de libertad. Libertad expresiva y compositiva. Aunque haya todavía quien lo niegue, cerrando los oídos a la evidencia. Y es, también, una música de creación. De autor, para entendernos. En sus más de doscientos años de existencia constatada ha tenido que escuchar a menudo que va a terminarse, que está en crisis, que lo puro se ha acabado, que lo nuevo va a terminar con el cuadro. Jeremíadas y lamentos. Ay, qué fue del cante jondo…Ya Lorca y Zuloaga y Falla y Manuel Ángeles Ortiz temían por su desaparición. Tanto, que despreciaron a los profesionales y fueron a buscar la fuente en donde no podía estar. Un milagro, el Niño Caracol, salvó el empeño, que si no…Si esos malos augurios hubieran tenido algo de verdad el arte flamenco habría sucumbido hace tiempo pero, sin embargo, se muestra pleno, renovado y lleno de futuro. A lo largo de su historia, los grandes artistas, los nombres que la jalonan, a modo de testigos de una evolución imparable, entendieron que su capacidad musical es tanta que no puede constreñirse. Entendieron que las estéticas cambiaban, los gustos del público se ampliaban y que el flamenco era siempre la vanguardia, la posibilidad cierta de transformación a partir de su esencia. Legado e innovación van de la mano, en una indisoluble unión. Si esto no lo entiendes es que todavía no has captado su secreto. 


A modo de ejemplo…

Estrella Morente vive el mestizaje en sus raíces familiares, en su vida cotidiana, en la música que hace y con la que vibra. Un aprendizaje musical basado en la libertad de elección y también en el encuentro. Poemas que se hermanan con el cante. Cantes que se unen con otros ritmos, incluso de allende los mares. Recuerdos de la infancia que se escriben con notas del pentagrama. Baile, cante y toque de guitarra. Al aire, el sonido de Nueva Orleáns. Al aire, la ópera. Verónicas, muletazos, quiebros, todas las artes. Estrella Morente es, en sí misma, mestiza. Tiene el corazón partío. Esto es, en realidad, su cualidad esencial. Un crisol. Un filtro a través del cual las luces de colores de todas las músicas del mundo se decantan y dejan un poso, un suave pero intenso eco que se traslada al cante de inmediato, como si el flamenco estuviera presto a recibirlo y lo esperara. Esperanza es el nombre. Aunque se llame Estrella. 


Frondosa melena oscura, ojos grandes, camisas blancas y chalecos, pañuelos al cuello al estilo campero, mantones como las viejas de Granada, perfil atrevido, mirada firme, imagen propia. Mezcla de lo antiguo y lo nuevo. Un polisón de nardos para el cante. Lo antiguo pasado por el tiempo que se vive. Y antecedentes. Abuelos, padres, fuentes de inspiración. Cruce de apellidos y de aficiones. Arte. 

Niño Josele acompasa la guitarra para unirse  a la voz de la cantaora en su último disco, un disco con aires brasileños y voz flamenca, porque nada es imposible, ya lo digo. Disco de afirmación y de compromiso. Estoy aquí, canto así, porque esto es lo que quiero, porque creo en esto. “Amar en paz“ es el título del disco y también el de uno de los temas que contiene. Pero quizá haya que ir más allá y buscar en esa elección de temas y estilos un referente, una explicación al momento vital de la artista. Cerrar capítulos y heridas, abrir puertas, no invadir otros espacios que hagan daño. Creer en el arte como forma de vivir el mundo desde dentro. El flamenco es arte, ya lo decimos, es creación y es amalgama. En este caso, con Brasil nada menos. 


Tiene que ser difícil. Llevar el peso de un apellido de tanto fuste. Heredar el temperamento curioso, la búsqueda. Pero también las críticas. Pero también los cuestionamientos. Tiene que ser difícil y seguramente el secreto está en la convicción. En estar segura de que este es el camino. Aún más. De que no hay otro. De que transitar por esta vereda plagada de encuentros en cada esquina es una forma de honrar las memorias, una forma de abrir baúles cerrados, plagados de sorpresas, de secretos. 

Mi cante, un poema, mujeres, un autorretrato, en la calle del aire, aquí, ahora, amar en paz. Morente. Una estrella. 

lunes, 23 de septiembre de 2019

Mis flamencos. Carmen Linares.



Primer Acto. 

En la Fuente de los Siete Caños de Priego de Córdoba todo está dispuesto. El escenario encara el espacio urbano, alargado y barroco, dejando a ambos lados el trasiego de gente que se mueve por este enclave único de la ciudad. Es verano, es tiempo de fiesta y tiempo, por tanto, de cante. El cante se ha llenado de ecos mairenistas y ahora es el momento en que irrumpe, por qué no decirlo, una voz diferente, con una escuela propia, con un aprendizaje minucioso, con un saber añejo pero renovado. Carmen Linares lleva un vestido rojo y, sobre los hombros, en lugar del mantoncillo de las glorias del pasado, un pañuelo de seda, ese pañuelo, ay, un pañuelo de seda en tonos malva. Y las manos en la cintura, sentada alante, firme. Abrir paso, que hoy tengo que cantar la Taranta de la Gabriela, la del Niño la Isla, Pastora y Escacena. “Corre y dile a mi Grabiela, que voy a las Herrerías, que duerma y no tenga pena…“Tiempo de festivales. Y esos Cantes de Levante casi olvidados, esos cantes que hay que escribir de nuevo porque no los reconoce el oído que está acostumbrado tan solo al compás de la bulería o de la eximia soleá. Cantes con nombres de mujer, olvidadas. El olvido, ese manto que cubre aquello que no conocemos o que despreciamos. Ahí Carmen se parte la camisa. Vamos a sacar del arcón todo el paño, vamos a airearlo, a descubrirlo, vamos a ponerlo a respirar.


Segundo Acto.

Es ya noche cerrada, febrero quizás. Un pueblo de la campiña sevillana, una peña flamenca de las de antes, un sitio pequeño y mal dispuesto, una barra, unas sillas apenas, un diminuto escenario y la televisión pregonando los goles en un partido de máxima rivalidad. ¿Quién puede tener ganas de cante? Carmen va vestida de verde, el color de la hierba. Tiempo de peñas. Atadas a una nomenclatura, a un estilo. En la Baja Andalucía reina Mairena. Todo el cante se escribe con su nombre, perdidos, arrumbados los ecos de Caracol, de Marchena o de Pastora, incluso. Con armoniosa paciencia, sin descomponer el gesto, en una sonrisa cómplice, Carmen engancha a los viejos que remolonean antes de sentarse, porque no la conocen, porque no tienen claro qué es eso que va a cantarles, porque viene de Madrid y quién sabe…Carmen principia y Cortés apura las falsetas, Falla de por medio, y el más viejo del lugar se seca una lágrima, ya rendido, “aquí hay arte“, dice. Y sentencia. Carmen recuerda a Pastora y pone los puntos sobre las íes y se acaban las dudas, porque las dudas duran solamente el tiempo exacto en que la voz se coloca arriba. “Conchita la Peñaranda, la que canta en el café, ha perdido la vergüenza, siendo tan mujer de bien“. Y así. 


Tercer Acto. 

La orquesta permanece dispuesta ya en el foso. El director se ajusta el frac y acaricia la batuta. Faltan apenas unos minutos para que empiece todo. Los grandes cortinajes de color grana están corridos. El público se remueve aún en sus asientos. Expectación. Misterio. Un engranaje único para un encuentro que se produce al fin, porque no podía ser de otro modo. Tiempo de grandes escenarios. El gran maestro de la guitarra, la bailarina internacional, la gran maestra del cante, los músicos, violines, el piano, el viento, la percusión, ya todo está dispuesto. Carmen lleva un vestido negro. El brillo del escote a base de perlas parece repetirse con la luz, como si fuera un traje sideral. Un ramo de locura cruzará el escenario y quedarán escritas para siempre sus notas. No hay vuelta atrás. El amor es brujo y el viento lleva enhebrada una locura de brisa y trino. Los poetas están en Nueva York. “La aurora de Nueva York gime, por las inmensas escaleras, buscando entre las aristas, nardos de angustia dibujada“ Desde las raíces, las alas terminan posándose en un oasis abierto. Consagración de la cantaora. Hecho. 


Y un bis.

Primero, los tablaos. El tiempo justo de aprender que el flamenco es medida, es compás, aire, ritmo. Matrona, Varea y Fosforito como telón de fondo. Al alimón, en el meritoriaje, Camarón, los Habichuela, Morente. “En el Café de Chinitas dijo Paquiro a su hermano, soy más valiente que tú, más torero y más gitano“. Subiendo otro peldaño, buscando en otras fuentes, la poesía. Poesía en el cante. Porque reside en ella la música interior precisa para amarrarse a este arte, que se nutre de otros y que, a la vez, convierte cualquier cosa en la razón artística más pura. Pureza de lo hondo en Hernández, Alberti, Valente, Juan Ramón y Lorca, mucho Lorca, canciones populares, al aire de La Argentinita, pero con voz propia. Conciencia de mujer. El cante de mujer, el preterido, el que apenas llegaba a los oídos de quiénes, mucho tiempo, solamente tuvieron una versión del hecho. Y no es eso. Es menester abrir ventanas y Carmen las abre con largura. Voz especial, trayectoria distinta, sentido único de por dónde han de ir las cosas. Flamenco de mujer. Carmen Linares.