/Retrato. Thomas Lawrence/ La primera carta que se conserva de las casi tres mil escritas por Jane Austen está fechada en 1796, en concreto los días 9 y 10 de enero, sábado y domingo de la semana. Jane dirige la carta a su hermana Cassandra que está pasando unos días en Berkshire, en la residencia de sus suegros, los señores Fowle, en Kintbury. Tom Fowle, su prometido, ya está embarcado en lo que será su última travesía. En ese momento Jane tiene veinte años recién cumplidos (su cumpleaños es el 16 de diciembre) y narra a su hermana los pormenores de un baile en la casa de la familia Bigg, de cuyas hijas eran íntimas amigas, Manydown House. No se conserva el manuscrito de la carta. La galería de personas que desfilan por el texto es muy amplia y eso que solo nombre a algunos. Por supuesto, Tom Lefroy, el muchacho de sus sueños; los Grant, los St. John, lady Rivers y sus tres hijas y su hijo (muestra de que la aristocracia alternaba con la gentry), la señorita Deanes, las dos...
Elegante y extrañísima novela que Rebecca West añade a su lista de buenos libros, entre otros la saga de los Aubrey, la trilogía que merece la pena leer. Dos primas están esperando que vuelva el marido de una de ellas, alguien a quien las dos aman, un hombre que está luchando en la Primera Guerra Mundial como tantos otros hicieron. Fue la última guerra romántica y hay que decir que, después de ella, nada fue igual. A veces me recuerda la guerra de Secesión americana, donde los caballeros del sur iban a la guerra llenos de alegría para terminar exhaustos o muertos. Chris, un hombre especial a la que aman las dos, ha sido herido y está en un hospital con una amnesia galopante. Una amnesia selectiva que solo le permite recordar a la mujer que fue su amor de juventud. He ahí el argumento. La vuelta de Chris, la presencia de esa mujer, todo concita el misterio y la lírica. Así lo muestra Rebecca West en un texto absolutamente poético y diferente.