/Fotografía de Gonzalo Juanes, 1923-2014/ Había un paraíso en el encuentro. Las calles con sus miles de colores, sus atributos, la forma especial en que se presentaba a nuestros ojos, tenían toda clase de sorpresas y nosotros bullíamos en ellas, sin sospechar que un día no lejano iban a convertirse en enemigas, en cotos cerrados, en alambrada de espinos. Un tiempo hubo en que la calle era nuestro refugio, el que te hacía huir de la monotonía diaria, el que te aliviaba del trabajo, el que reseteaba tus sentidos y el que te traía el hallazgo de los encuentros. Todos unidos en ese momento del saludo, en ese adiós de las despedidas. Hace tiempo de esto y aún se recuerda esa fibra brillante de la vida enlazada. Hace unos años todo cambió y, para muchos, terminó. Nunca más recuperar la agilidad de las miradas, el abrazo, el beso, la bulla ingenua, el temblor de los escaparates. Nunca más sentirse libre y a salvo de todo en ese espacio irrecuperable que ya no es nuestro, no es nues...
En una ocasión viajé a Oviedo. Era un tiempo en el que solía ir a conocer las ciudades de España. Oviedo me encantó. Paramos en un hotel barato, que estaba cerca de la plaza Fontán, donde se pone el mercado típico. Estuvimos en día de mercado y era fastuoso, lleno de gente y de productos fantásticos. No tengo ni una sola foto de allí pero ya sé el motivo: mi marido de entonces era fotógrafo y todo lo hacía en diapositivas, pero se las quedó todas tras el divorcio. De modo que tengo que tirar de memoria solamente y no de imágenes de aquel entonces, que seguro que hubo muchísimas. Recuerdo que el cielo estaba siempre nublado. La señora de uno de los colmados me dijo que ese cielo gris era el que le gustaba a ellos y se enfadó mucho cuando uno de los días salió un sol muy fuerte. Yo prefería el sol, claro está, aunque noté que siempre había una temperatura agradable porque las nubes actuaban a modo de gran toldo sobre la ciudad. Claro que fuimos en verano. Conocí la catedral y...