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Azules lirios

 /Ilustración de Carl Erickson, 1891-1958/ La casa de Pedro y Marie estaba en medio del campo. Veías flores por todas partes, lilas, lavandas, aloe, y también unas inopinadas margaritas y algunas amapolas. Era una casa muy francesa, pero Pedro quería convertirla en algo más suyo, de su lejano país al otro lado del océano y a veces lo lograba con la música y con algún cuadro que colgaba en el pasillo. Marie era maestra de parvulitos y Pedro tenía una tienda de casi todo en la ciudad. Ambos iban a trabajar todos los días y volvían al atardecer, recorriendo esa incesante carretera sombreada de árboles que a mí me llamaba la atención. El sur de Francia es siempre un hallazgo, aunque lleves ya algunos años allí. Siempre sorprende. Pedro y Marie nos acogieron en su casa durante unos días en aquel viaje de bodas que hicimos por el país donde nos habíamos conocido. Teníamos muchos amigos que visitar, tantos que no hubo ocasión de hoteles, salvo en la Costa Azul, Allí paramos en un hotel bl...
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Un desamor salado

Portadas de Christian Bérard para Vogue El verano lo revolucionaba todo. Los amores bullían. Había bailes, verbenas, reuniones en las casas de los amigos, excursiones a los pueblos cercanos y días de playa sin límite. Mi madre me hizo aquel verano cuatro vestidos. Estuve persiguiéndola varios meses hasta que los dejó terminados, colgados en mi armario, listos para ese brillo de los ojos en los quince años. Uno era malva y tenía una falda amplia, un escote amplio y unos tirantes a modo de trencitas. Había otro de rayas blancas y celestes, con un cuello halter de piqué blanco, parecía francés. Luego estaba uno de fondo blanco con unos cuadritos azules y un escote redondo. Y estaba el estampado en tonos naranja, con la manga japonesa y una tela que crujía al bailar. Mi madre y yo diseñábamos los vestidos, íbamos a por la tela y ella se sentaba a la máquina y yo la ayudaba haciendo dobladillos o sobrehilado. La única tarea que me gustaba de todas las de la casa era ir a la compra, pero ali...

Si hay prisa, no hay literatura

*Lucia Berlin, escritora, 1936-2004 *********** Lo contaba en una entrevista grabada el escritor recién fallecido Paul Auster. Tras ocho horas de trabajo diario, como si fuera un obrero de la literatura, se daba por satisfecho si alguna vez de forma extraordinaria conseguía tener tres páginas terminadas. Lo normal es acabar una sola página y en circunstancias buenas quizás dos. Y nos cuenta su método. Un párrafo que se escribe y se reforma una y otra vez, continuamente, se escribe, se reescribe, se corrige, se vuelve a escribir. Hasta que, nos dice, quede suave, limpio, armónico, como si de ese fragmento surgiera música, rítmo, a compás diríamos nosotros.  Ese cuidado en la escritura, esa placidez a la hora de escoger las palabras, es una de las grandes cimas de la creación y cuando se logra, cuando una es capaz de olvidarse la prisa, la inmediatez, la necesidad urgente de decir algo, cuando puedes sentir el sosiego de escribir despacio, de buscar despacio en tu mente las palabras ...

La desconfianza

 Lo decía Agatha Christie en la primera novela policiaca que publicó, El misterioso caso de Styles. Fue también la primera que leí y de una forma curiosa: una vecina tiró una caja de libros y la dejó en una esquina en la calle para que se la llevaran los basureros. Yo lo vi, me senté en el suelo al lado de la caja y me puso a escoger libros, me llevé un montón. Tenía doce años. Ya era lectora. A partir de aquí, más. Un verano plagado de libros. No sé de dónde sacó la vecina todo ese material, en su casa nadie leía nada. Un misterio. Lo decía Agatha Christie en ese libro: ya nadie sabe quién es nadie, nadie conoce a su vecino, ha llegado tanta gente después de la guerra que los nombres y apellidos no significan veracidad. La guerra era la Gran Guerra. Europa se convirtió en un árido lugar lleno de desconfianza, miedo, rencillas e impotencia. La mayoría de la gente no sabía a qué había venido la guerra. No sabía por qué luchaban en ella, ellos, sus hijos o sus padres. La pérdida de v...

La conferencia

/William Eggleston, fotografía/  Él estaba al otro lado del atril, en alto, como si fuera un predicador. Pero no lo era. La conferencia tenía un tema encantador: Aves y flores en la literatura medieval. ¿A quién podría habérsele ocurrido algo así? Seguramente a algún afanoso organizador, una de esas personas originales e insensatas que pueblan los círculos culturales. Algún amante de la Edad Media o quizá un novelero sin remedio. Él estaba allí arriba, vestido de una forma muy peculiar, colocando los folios, mientras el público esperaba.  Era el despertar del verano, casi las nueve de la noche y él parecía haber salido de “Muerte en Venecia”. Iba vestido de beige y marrón, un marrón espeso, demasiado para la hora y la temperatura. Pero le quedaba bien. Conjugaba con cierta forma ceremoniosa de mover las manos y, sobre todo, con los ojos, de un grisáceo muy raro. En realidad, no podía asegurar que tuviera los ojos grises, solo lo parecía con la iluminación del atril, pero, en t...

Vestir la tristeza

  /Pintura. Jack Vettriano/ En las tardes largas del invierno ella me contaba historias que inventaba sobre la marcha. Casi todas hablaban de mujeres tristes. Ella misma era una mujer triste, que ocultaba la tristeza con una capa poderosa de risa y de ingenio. Todas las personas tristes intentan convertirse en lo que no son porque la tristeza cansa. Agota. En esas tardes, conversábamos sobre la vida de las mujeres que conocíamos y de otras cuya existencia solo había llegado hasta mí a través de sus relatos. Eran cuentos que nada tenían que ver con finales felices. Eran realidades que se tamizaban con su baño de ironía, su sonrisa complaciente y esa forma generosa de mover las manos. Parecía una representación teatral con su telón y todo. El telón tenía dibujadas unas rosas. Eran rosas de Francia, esas pequeñitas, de intenso olor, como las que cruzaban nuestros arriates, cuando todavía la casa conservaba su jardín. El día en que ese jardín se perdió, cuando amanecimos sin la fresca ...

Gomas de borrar

 Tenía una jirafa azul hecha de una tela gruesa con lunares y había que meterle por dentro un palito para que la jirafa no doblara el cuello. Eso fue hace muchos años pero el recuerdo de aquella jirafa permanece, como suele pasar con la memoria, que siempre busca lo significativo, lo bueno, lo magnífico. En los trabajos manuales se hacían cosas absurdas pero la jirafa tuvo su encanto, desde luego. Y ahora esta jirafa que contiene las gomas y el sacapuntas tiene un aire a la jirafita aquella y su aire despampanante, como si viviera de verdad en la selva o donde sea. Y las gomas, de colores, verdes, beiges, azules, las Milan y el sacapuntas con depósito, qué gran invento. Todo lo que se usa para escribir a mano, mucho más bonito que teclear, tac, tac, tac. Así que ha quedado a salvo el recuerdo, la memoria, la nostalgia, casi todo. 

Trapos al sol

 En la azotea había dos tendederos hechos de cordel de plástico y, en una esquina, la cesta de los alfileres de la ropa. Era una cesta de color rojo con un asa flotante, un poco estropeada del uso. Pero en esa casa todo se aprovechaba al máximo de resultas que se encariñaban hasta de los más nimios objetos. Las hijas debían turnarse para tender la ropa, pero al final era la madre la que siempre se encargaba de esta tarea y de todas las demás. Cómo era posible que pudiera atenderlo todo era un milagro. Esa cosa de las madres de querer hacer la vida agradable a la familia a costa de su propio esfuerzo. Ella tenía que sacar minutos al día y a la noche para poder leer, que era algo que tanto le gustaba, algo que necesitaba hacer aunque no lo sabía. Esas historias compensaban su vida de trabajo continuo y su imposibilidad de hacer las cosas sencillas que otras mujeres hacían: ir al cine con su marido, estrenar un vestido, dar un paseo con amigas, presumir. Así que todo era un torbellino...

Asombrosa primavera

  /Foto de Nick Knight, Londres 1958/ La ventana muestra un jardín cansado. El calor convierte las macetas en un oasis dentro del desierto. Hay margaritas que se esconden detrás de un arriate donde las cintas ocupan el espacio y se niegan a compartirlo. Las plantas tienen su propio lenguaje y el agua las convierte en guerreras de una batalla sin fin. Esta primavera hay un hastío que se traduce en ese reguero de pétalos que cubre el suelo, sin que haya un verso que los anime, sin que haya una razón para elevarse por encima del polvo. Tenemos una asombrosa primavera, un estallido imposible que no admite pausas y nos paseamos por entre los jardincillos, con las corrientes de agua a flor de piel, con el jazminero que se asoma por la verja exterior y con un olor cargado de esencias en el huerto donde el arrayán, el aloe vera, la hierbabuena y el romero se han aliado, sin permiso, para convertir en desatada armonía todo el paisaje. 

Paseo con Jane Austen por Greenwich Village

A Jane Austen le gustaría Greenwich Village. Como a mí. Las dos somos contraculturales. Aunque quizá a simple vista no lo parezca en su caso. En el mío es evidente. Sobre todo ahora, cuando la cultura dominante es un auténtico mamarracho, una pelmada de aúpa. Pero también antes, cualquiera se daría cuenta si se fijara. Jane y yo paseamos por el Village, como nos gusta llamarlo. Y allí nos paramos delante de las casas de colores con escaleras, jardincitos, ventanas en buhardilla y árboles torcidos. En un montón de sitios alguien ha dejado una bicicleta y permanece a la espera sin que ningún caco venga a llevársela. Eso es una gran suerte. La pizarra en algunas tejados nos lleva hasta Francia y las ramas de los árboles se balancean con el viento de verano o el de invierno. Da lo mismo. Me gusta el Village y a Jane también.  Es un sueño esa avenida con árboles, árboles que se encuentran entre sí de un lado a otro de la calle y que parecen saludarte. Alguien bajará rápidamente de la ca...

"Poeta flamenco. Cómo hacer letras para el cante" de José Cenizo Jiménez

 Estamos ante un libro completo. Teórico y práctico. Lo que no es fácil de encontrar. Y en un tema como este que interesa a muchísima gente. Abundan los concursos de letras para el cante por toda la geografía española. Hay verdaderos expertos en letras que están llenando de nueva estructura literaria lo que significa el flamenco. Es una buena noticia por lo que implica de renovación, de novedad. De esas letras seguramente muchas se decantarán con el paso del tiempo y perdurarán en la historia. Y, además, el tema tiene otras vertientes educativas que son muy de considerar. Los estudiantes pueden ejercitarse en la composición de letras de una forma sencilla y que les proporcionará un entrenamiento de mucho interés para la escritura. Todo son ventajas, pues, en un texto como este, completísimo, que trae de todo. Vaya por delante, pues, mi felicitación al autor del libro y también a la editorial. El objetivo de la obra está bien enmarcado ya desde el prólogo, desde las palabras previas...

El problema de las herencias en Jane Austen

  /El entonces vicealmirante Francis Austen en Halifax/ La cuestión de las herencias vinculadas es uno de los más recurrentes en la narrativa de Jane Austen. Aunque no aparece en todas las novelas por igual, sí tiene presencia en algunas y de forma destacada lo que nos sirve para conocer cómo era el estado de cosas si consideramos dos aspectos: el mayorazgo y la vinculación a la rama masculina. Eran tan frecuentes los matrimonios en segundas nupcias que no pocas veces los hijos del segundo matrimonio se veían desprotegidos cuando, a la muerte del progenitor, el heredero se desentendía de ellos, cosa que sucedía con mucha asiduidad. Algo no exactamente así había ocurrido con el padre de la escritora, George Austen. Su padre se casó con una viuda con un hijo, con la que, a su vez, tuvo otro hijo más y dos hijas. A la muerte de ella, volvió a casarse, dejando viuda a la madrastra y dueña de todo lo que poseía. Después de la muerte de William Austen, la madrastra echó literalmente...

Literatura sin corsé: Jane Austen

  Mesa redonda martes día 14 de abril a las cinco y media de la tarde en la sede de la Fundación Valentín de Madariaga de Sevilla, junto al Costurero de la Reina, Parque de María Luisa. 

Austen y Dickens

/Fotografías de Hampshire, Reino Unido, ciudades y playas/ Jane Austen y Charles Dickens comparten lugar de nacimiento, pues ambos nacieron en Hampshire, Reino Unido. Sin embargo, no es lo mismo una rectoría rural que una ciudad portuaria. Ambos tienen notables diferencias entre ellos. Y en su literatura. Dickens tenía cinco años cuando Jane Austen murió con 41. Ella había nacido en 1775 y él en 1812. Dickens es un ejemplo máximo de escritor victoriano y ella es una isla literaria, que vivió y escribió en la época georgiana de la historia del Reino Unido. Dickens fue muy popular en vida por sus novelas que se publicaban por entregas y contaban la vida de las clases humildes de su país. Fue un autodidacta que aprendió a base de leer y llevó una existencia miserable, abandonado en su infancia, con un padre en la cárcel que no le aportó nada y luego una familia numerosa a la que le costaba atender. En cambio Jane Austen nació en un honorable familia anglicana, cuyo padre era honesto y ent...

"Antes del porvenir" de José Cenizo Jiménez

  Como sucede con tantos de nosotros, José Cenizo dejó un día su pueblo natal para llegar a una gran ciudad y enfrentarse a otro modo de vida. Seguramente tiene lazos irrompibles con esa ciudad, con su gente y con su paisaje, porque, no en vano, la existencia se escribe con historias y esas historias tienen lugar allá donde el hombre se aposenta. Pero, como sucede con tantos de nosotros, hay un resplandor interior que lo une a su lugar de origen, de forma que nunca desaparece del todo esa imagen de la retina y que, cuando vuelve la mirada atrás, se torna halo resplandeciente, motivo y causa de todo lo que es bueno, lo que es bello, lo que existe. Los pueblos son esos lugares a los que se vuelve para reencontrarse con la tierra y con el hombre, con el pasado y la esencia, con los padres, los amigos, los lugares levíticos. Y en un momento dado se transforman en motivo de creación. La literatura memorialística bebe de estas impresiones, de estas estampas que surgen al calor del recuer...