sábado, 15 de diciembre de 2018

El vestido


Tendrías que fijarte mucho y aún así te costaría encontrarlo. Está, o estaba, al final de las perchas, casi escondido, en el fondo del armario, en un lateral de difícil acceso. Nuevo, sin estrenar. Envuelto en una funda de plástico azul, muy tiesa y brillante. Con la etiqueta todavía colgando del cuello y esa tersura de las cosas sin tocar. Ningún piano que no haya sido machacado por las manos del hombre merece la pena, dice Eleanor Parker a un orgulloso Charlon Heston en "Cuando ruge la marabunta". La pureza es un estorbo porque significa, sobre todo, soledad, territorio no amado, no acariciado. El vestido se mantiene perfecto, huele bien, tiene la tela suavemente dispuesta dentro de la funda, el largo elegante, la forma adecuada. Es un vestido que merecería la pena usar si ello fuera posible. 


Un día recibió una carta de él en la que le decía que pronto habría una cita. Una cena romántica junto al río. Él iría vestido de azul, el color que mejor le sienta, un azul plomo que casa muy bien con las luces del río, en esos veranos ansiosos en los que el calor traza una línea entre el bienestar y el desasosiego. Él iría vestido de azul, sería un hombre de azul, como los que caminan entre las arenas del desierto, pero sin cubrirse la cara con la tela áspera y llena de pliegues, más bien, al descubierto. Solo estaría guardado, en un lugar inaccesible, el corazón, si es que lo tiene, si es que es algo más que un órgano para seguir viviendo. 


Después de leer la carta ella se compró el vestido. En la carta no había fechas, ni días, ni horas, ni seguridades, pero ella creyó que así sería y que vendría, de sorpresa, una cita en la noche más especial de ese tiempo. Y compró el vestido y lo colocó, con cuidado, en el armario, esperando que la tela se movería suavemente con la brisa del río y que él la viera hermosa. Qué guapa estás, diría al verla, con su vestido nuevo. Qué bien te sienta, qué bonito es, qué color tan dulce tiene ese vestido. Y la noche se calmaría en su congoja y la serenidad sería el mejor capítulo del libro que un día escribiría al pensar en ese hombre de azul, azul eterno. 


Esta mañana ha cogido el vestido y lo ha sacado de su funda. Lo ha doblado y, después de meterlo en una caja de cartón usada, lo ha depositado sobre un contenedor, no sabe si de vidrio, de plástico o cartón. No estaba la mañana para reciclaje. El vestido se ha quedado ahí y algunas manos tomarán la caja y hallarán el vestido. Manos invisibles, de las que rebuscan cada día en la basura. El vestido ha dejado un hueco en el armario. Pero por poco tiempo. Un viejo jersey de renos amarillos aparece ahora en el lugar exacto. 

(Fotografías de René Groebli, Zurich, 1927) (Música de Norah Jones)

viernes, 14 de diciembre de 2018

Balada de las niñas que sueñan


(A la Paqui)

Las niñas junto al mar, en el brillante corredor de las salinas. La sal volando en piedras de colores. Los fuertes, convertidos en castillos. Los príncipes que llegan sin avisar y se adornan con el tono pardo de la tarde de invierno o el dorado del verano festivo. Las horas en la calle se pasan lentas y tienen todas el mismo movimiento: una historia que contar, una vida que repetir, un cuento que lanzar al aire, sin saber si la noche en el cine volverá a traer a los héroes, los convertirá en seres de carne y hueso, en elegantes caballeros que viajan en limusina. 

Así sueñan las niñas y tienen todas nombres de hadas en espera. Las miras y las reconoces en seguida. Andan a saltos por la calle, tienen las rodillas lastimadas y el vestido lleno de manchas de rotulador. Miran a todos lados en busca de respuestas, alzan los ojos, allá en los balcones, en las casas oscuras, en los atardeceres, en la sorpresa, en la auténtica batalla de la felicidad que se adivina al fondo de las horas. 

Estas niñas, las niñas, me miran desde entonces y no se escapan nunca. Se quedaron allí, en la calle, en la ciudad, el barrio. Solo yo me escapé y no volví y ellas siguen allí y allí sonríen. Cargan con el peso de no haberse movido y tienen la misma luz que entonces pero el pelo más rubio. Y todas, todas, escriben en WhatsApp que se han cansado, que el tiempo parece detenido, que quizá debieron ahondar en la aventura, que yo acerté y ellas se equivocaron. 

Lo repiten a veces pero yo no las creo. 


(Fotografía: Vivian Maier)

miércoles, 12 de diciembre de 2018

Escribir de una misma


Hay escritores que abominan de lo que ahora se llama autoficción. Dicen que eso no es literatura, o que es una literatura menor, porque no hay invención, ni creación de personajes, ni tramas imaginativas. Hay, simple y llanamente, vida en directo, vida en diferido, pero vida al fin y al cabo. Siempre creí que en todos los libros había ramalazos de su autor en mayor o en menor medida pero es cierto, ahí tiene razón Marías, que en la autoficción todo es una misma. Y eso lo distingue de otros géneros. Los psicólogos consideran que la escritura tiene una función terapéutica pero solamente algunas personas logran convertir esa especie de desahogo en literatura. No basta con escribir lo que sientes o te ocurre, sino que has de escribir bien, has de establecer un camino que vaya directo al lector y un puente que te acerque a él. En caso contrario, solo estaríamos ante un prospecto medicinal, una forma de echar fuera lo malo. Escribe tu historia con él y luego quémala, diría un terapeuta a una mujer ante una pena de desamor. Pero no es esto solo. Escribir de una misma es algo más. A veces es hallar la explicación, el hilo conductor de las cosas. En ocasiones, es mostrar esa visión del mundo que te pertenece y que ha de ver la luz de alguna forma. También existen narraciones que parten de lo vivido para llegar a lo imaginado. Y luego están las memorias, la forma más alta de autoficción que existe, sobre todo si tienen el mínimo añadido de perdón, de disculpa y de disimulo.

Escribir sobre uno mismo establece un diálogo interno en el que nada puede obviarse. La explicación de las emociones no es siempre llana, más bien es una sucesión de accidentes geográficos, de cataratas, valles, montañas y depresiones. Es una forma de interrogarse que no siempre encuentra respuesta y es también una asignatura pendiente. Es imposible pasar página si antes no has terminado de escribir la anterior, si antes no la has pasado a limpio, no has comprendido la raíz del problema o, al menos, lo has intentado.

Es, también, una manera de perdonarte. Las personas que dan vueltas a su cabeza buscando explicaciones a los hechos tienen una tendencia muy marcada a pedirse cuentas a ellos mismos, de una manera excesiva, brusca, impertinente. Esa tendencia hace sufrir casi más que los propios hechos que quieres aclarar. El autoengaño es muy común en quienes necesitan alguna disculpa para sus equivocaciones o en quienes han sufrido tanto que no les es posible un sufrimiento mayor y precisan una simple motivación que sea, incluso, la fantasía mayor que imaginarse puedan. Por eso, por todo esto, no puede despreciarse aquello que nace de lo más íntimo que cada uno posee. Por eso, esos libros que nos encontramos por ahí y que nos conmueven porque podían haber sido escritos por nosotros mismos tienen el valor añadido de la fe en que el lector hallará una forma de entendimiento que ni siquiera el autor ha encontrado.

(fotografía: imposible adivinar el autor)

lunes, 10 de diciembre de 2018

Tiembla la noche


La luna en cuarto creciente y esos versos, esas palabras dichas en inglés, la música, las manos volando sobre las teclas blancas, un espacio breve en el silencio, la noche tiembla, espera, nada. No hables, cállate, mejor así. 

Hay flores que se escriben en un beso. Una vez intenté que el carmín se disparara sobre aquella mejilla. Pero huyó, no quiso saber nada. La nada es esa espera, pensé. El rosa de los labios no tiene vocación de posarse en su cara. Pensé, nada es nada. 

Así suenan los versos en la música y está todo en inglés y me pregunto si acaso yo no he visto antes de ahora esta misma y volátil sensación de verano en medio del invierno. La luna crece y crecen las palabras, en un compás que las lleva a posarse en el río. Es el río prometido, me digo, fue la nada. Nada. Una barcaza azul y una camisa. Todo azul. Mentiras en azul. Azul falso, azul nada, los azules. 

Cómo perder el tiempo en trenzar soledades si aquello fue una basura tierna, pero basura al fin y al cabo, un reciclaje del corazón perdido, una voz engañada al fondo de otras voces. Me digo que me miento y así lo hago, porque quiero volver a conquistarme y a no dejar que cruces el umbral, ahora no, ahora es nada, quédate donde estás, no golpees esa puerta, todo es nada. 


(Título tomado de un verso de Eloy Sánchez Rosillo. Fotografías de Nick Knight. Música de Norah Jones)

sábado, 8 de diciembre de 2018

Libros para la navidad de 2018

En navidad nos gusta comprar libros y regalar libros. También tenemos más tiempo para leer. Así que aquí tenéis una  selección de quince libros de narrativa entre los que más me han gustado de todos los que he leído y se han publicado durante el año 2018. Si os sirve para comprar y regalar o para leerlos sería estupendo. 
  • "Ordesa" de Manuel Vilas. Alfaguara. A medio camino entre la autobiografía y la novela. Pura prosa poética. Sentimientos a flor de piel. Preciosas descripciones de vida y de personas que la convirtieron en una existencia llena de subidas y bajadas. Me ha emocionado tanto que me he convertido en una fiel seguidora de Vilas para siempre. Es un escritor exquisito, que canta las cosas más que contarlas. Una belleza inusual. 
  • "Chica de campo. Memorias" de Edna O`Brien. Errata naturae. Para mí, la escritora viva con más inteligencia, más acierto y mejor prosa. Su vida, narrada a modo de aventura, escogiendo cuidadosamente lo que quiere contar y callar, me ha acercadlo mucho más a sus novelas, a sus cuentos y a su trayectoria en general. No puede una dejar de conocer a alguien así. Te entrarán ganas de leer todos sus libros y, si los has leído, entonces la entenderás mucho mejor, sabrás el motivo de muchas cosas. 
  • "Una noche en el paraíso" Cuentos. Lucia Berlin. Alfaguara. Si te gustó su anterior libro "Manual para mujeres de la limpieza", este es mejor. Los cuentos me resultan más encantadores y su estilo, cercano, más limpio. El prólogo de su hijo, esclarecedor al máximo. Y este conjunto de cuentos presenta una faceta más humana, más llena de verdad que la anterior, que era, quizá, más excéntrica. Lucia Berlin es mucho más que una alcohólica que se dedicaba a trabajos inferiores. Era una mujer llena de vida y de ganas de luchar. 
  • "El placer de vivir sola" de Marjorie Hillis. Lince ediciones. Una rareza bonita, una excentricidad elegante, un encanto, un libro que te hará reír, soñar y disfrutar de cosas que ya no existen pero que deberían existir. Te dirá cómo atender a un chico que te gusta, cómo debes arreglarte, cómo no hay que perder la esperanza de ser feliz...aunque todo ello se escribió en 1930 así que tiene un aroma irresistible, como si vieras una película clásica. 
  • "Un alma cándida" de Elizabeth Taylor. Gatopardo Ediciones. Qué preciosidad de historia...qué personaje tan extraño...qué fuera en la narración...qué detalles. No puedes dejar de conocer a esta escritora que tiene un nombre tan conocido aunque es ella misma tan escasamente popular a pesar de merecer todo el éxito. Es la historia de una mujer que no es lo que parece, esas personas que entran en tu vida y lo distorsionan todo bajo una apariencia bondadosa. Muy peligrosas. 
  • "La sociedad literaria del pastel de piel de patata de Guernsey" de Mary Ann Shaffer y Annie Barrows. Salamandra. Este es un libro delicioso, que cuenta una historia de libros y lectores con la que cualquiera que sea amante de la lectura se sentiría identificado. Se ha estrenado hace poco una película basada en el libro. Te ayuda a recordar acontecimientos históricos y a entender como en los conflictos, incluso los más graves, se establece un lazo de unión entre las personas que aman la cultura. No es nada sesudo, al contrario, muy cotidiano e incluso divertido. 
  • "Pensamientos desde mi cabaña" de Kamo No Chomei. Errata naturae. Reflexiones y pensamientos orientales que nos hacen llegar a conclusiones inesperadas. Un relato apasionante de la interioridad del ser humano cuando está desposeído de todo. Un clásico para meditar. Te hace sentarte delante de ti misma y observarte. Entender que la posesión de cosas materiales no es suficiente. Preguntarte acerca de qué haces y por qué. Para las personas que necesitan respuestas o que tienen muchas preguntas dentro de sí. 
  • "El corazón de las nueve estancias" de Janice Pariat. Siruela. Precioso libro, poético, abierto, libre y lleno de misteriosas alusiones a personajes que representan sentimientos y emociones diversos. Muy estimulante para estos tiempos de velocidad y de irreflexión. Está lleno de símbolos, cada uno de los cuales te remite a un estado de ánimo y te ayuda a discurrir por él de una forma sencilla pero cuajada de una poesía natural y plena de naturaleza y de vida. Es un libro tranquilo pero estimulante. 
  • "El asesinato de mi tía" de Richard Hull. Editorial Alba. Descacharrante, gracioso, lleno de ingenio, misterioso, increíble. Un desenlace inesperado y unos personajes inolvidables, tan bien contado y escrito que no puedes dejar de reír todo el tiempo. Nunca pude imaginar que el libro transcurriría así. Si tienes tías no deberías dejar de leerlo por lo que pueda pasar. Y si eres un vividor que no quieres dedicarte nada más que a la vida contemplativa, también. Estupendo para pasar un buen rato. 
  • "Objeto de amor" de Edna O´Brien. Lumen. Los cuentos de Edna son casi mejores que sus novelas. Los temas son diversos pero todos tienen algunos ejes comunes, una clase de visión de la vida, una forma de entender el mundo. Hay amargura, pero también sonrisas; hay decepciones pero también esperanzas. Depurado estilo. Belleza. Algunos cuentos son tan maravillosos que he escrito entradas dedicados a ellos por separado. Y podría seguir escribiendo porque te estimulan, te inspiran. Toda ella es una inspiración. 
  • "Un debut en la vida" de Anita Brookner. Libros del Asteroide. Magistral escritora que desembarca en la realidad de una forma tan sutil que no parece apreciarse, con personajes de carne y hueso, llenos de virtudes, defectos y miedos. Como somos todos. Hay mucho desistimiento, mucho desengaño quizá, también situaciones absurdas pero eso es la vida y hay tanta vida en Brookner...
  • "Quédate conmigo" de Ayóbami Adébayó. Gatopardo Ediciones. La maternidad deseada y que no llega. El hombre que parece quererte y te maltrata. Otra sociedad, otras costumbres, otros sentimientos, pero siempre llegando al corazón. Tuvimos un grupo de lectura en Twitter sobre el libro y le hicimos preguntas a la autora, una muchacha joven y prometedora, con una gran capacidad de comprensión del mundo en que ha nacido y con la plena conciencia de cuánto camino queda por recorrer en algunas latitudes. 
  • "En un lugar sin nombre" de Katherena Vermette. Lumen. Un gran descubrimiento, una joven autora que es capaz de trasladarte a un mundo lleno de aristas y de personajes atormentados. Una novela negra que arrastra desde que empieza, que te engancha y que no eres capaz de soltar. El inicio es excepcional, el ambiente que retrata está magistralmente trazado y todo el desarrollo se ajusta como un reloj, de forma que no quedan cabos sueltos. 
  • "Apegos feroces" de Vivian Gornick. Sexto Piso. Casi unas memorias, casi una autobiografía, la relación difícil de una madre y una hija, las vivencias y las culpabilidades. Una autora de relevancia llena de interés. Sin embargo, es de esas escritoras de extremos, o la adoras o no te gusta nada. No resulta sencillo entrar en un mundo tan complejo y que ella pone delante de nuestros ojos sin pudor. 
  • "Agua verde, cielo verde" de Mavis Gallant. Impedimenta. Una gran escritora tanto en esta historia larga como en sus cuentos. Una prosa personal, un punto de vista único, una forma de escribir que no te dejará indiferente. Si te gusta, siempre puedes seguir leyéndola en sus cuentos, pequeñas y magistrales narraciones que abren puertas que nunca cerrarás. También de ellos hay por aquí reseñas separadas. 

! Felices lecturas con la fotografía de Nick Knight! 

Pensando en ti mientras no fumo


Hoy he cruzado todos los semáforos. A mi llegada, ha desaparecido el rojo y se ha abierto el verde. Yo, de rojo y de verde hoy, he cruzado todos los semáforos y me he adentrado en el gentío que sube y baja la avenida, la calle, la calzada y la acera, el carril bici y la zona reservada a los taxis. Me he adentrado en el gentío, yo, de rojo y verde hoy, al borde de cualquier semáforo, y he recordado unas manos tibias, manos que nunca temblaban y que sabían a lo mismo que el campo, robustos olivos hechos manos, manos de labrador, de campesino, manos tiernas, tus manos. 

Así, en esa imagen de la gente que transita cargada de bolsas de plástico que luego han de reciclar con esfuerzo, colmadas de turrones, llenas de cintas de colores, de pasteles, de enormes cruasanes casi franceses pero sin mantequilla; esa gente, la gente que se mueve de uno a otro lado con presteza, sin miedo, sin pensar que están cruzando un tiempo que ya se les escapa, sin saberlo, sin serlo, sin estar; en esa gente, te he visto como si no te hubieras ido, como si no fueras alguien que no existe, como si fueras alguien todavía y es que quizá lo eres. En las bolsas de plástico que las manos de ahora mueven de un lado a otro, caminando, corriendo, cruzando los semáforos, te he visto. 

(Fotografía de Nick Knight, Londres 1958) 

viernes, 7 de diciembre de 2018

El tercer hijo



Cuando era un niño lloraba mucho. Era un río de lágrimas imparables que desesperaba a la familia y que avergonzaba a su padre. Sus dos hermanos mayores, le decía, eran machotes, chavales fuertes que no tenían tanta pamplina ni eran tan tiquismiquis. Entonces, tras la regañina, él se dirigía a escondidas al regazo de su madre y allí seguía llorando un rato más, hasta que ella le daba una onza de chocolate y él se marchaba a rumiar su pena en otro lugar de la casa. 

Era una casa grande y muy destartalada. Tenía un patio central y era de una sola planta. La fachada estaba encalada y la cubría una azotea espaciosa y abierta al sol. Una de esas casas de pueblo que se construyen sin criterio, poco a poco, según van naciendo los hijos. Por eso las habitaciones cambiaban de uso a cada instante. Cuando él nació hubo que hacer obras. Era el tercer varón en una familia que ansiaba una niña, así que no le hicieron demasiado caso, pero acotaron un tabique en un cuarto de plancha cerca de la habitación de los hermanos y allí lo acomodaron cuando cumplió un año. Era imposible recordarlo, pensaba, pero sentía todavía, a pesar del tiempo transcurrido, el frío de la separación, cuando dejó el cuarto de sus padres y lo pasaron a esta otra habitación, solitaria y llena de sombras. 


Después de él vinieron las hembras. Por fin, decía su madre. Una casa con cuatro hombres es una carga muy pesada. Las dos niñas nacieron casi seguidas y se parecían mucho entre sí: eran alegres, dicharacheras y rubias. Todos los hermanos eran muy rubios, excepto él, que parecía haber salido a una tía por parte de madre, la oveja negra de la familia por lo cetrina que tenía la tez y lo oscuro del pelo. 

Las niñas no eran excesivamente listas pero tampoco lo necesitaban. Compensaban su escasa inteligencia con un carácter muy agradable y una disposición a todo lo que fuera disfrutar de las cosas más sencillas. El hermano mayor era un mal estudiante pero un deportista excelente. Tenía una enorme capacidad física y era muy competitivo, así que su padre estaba orgulloso de él. Era un ganador nato. El segundo, sin embargo, colmó las expectativas más exigentes al conseguir matrículas de honor en todas las asignaturas y en todos los estudios. Era una especie de pitagorín que resultaba simpático con su vocabulario extremadamente adulto y su mirada llena de asombro. 


Así que él, en medio de ese sandwich familiar, se encontró incómodo desde siempre. Era un chaval corriente, normal en los deportes, normal en los estudios, normal en todo. Aunque, a pesar de esa normalidad, todo el mundo lo consideraba “raro”.  Una rareza sencilla, sin alharacas, pero rareza al fin y al cabo. Era un niño tímido, de pocas palabras y mirada huidiza. Se asustaba por todo, no tenía apenas amigos, le daba miedo la oscuridad, se preocupaba por cualquier enfermedad que había a su alrededor, no sabía tratar a las chicas y no le gustaba ir al colegio. Todas las mañanas el mismo drama, decía su padre con tono despectivo. Este chaval no se entera de sus obligaciones, repetía continuamente. Era dejarlo en la puerta del colegio y empezar a llorar como un torrente, con lágrimas amargas y sin pausa. Los maestros ya lo sabían y también los compañeros. Era el niño llorón de la clase, el que no se enteraba de nada porque andaba en el limbo y el que deseaba con fervor la llegada de los días de fiesta para no tener que traspasar la cancela de esa cárcel llamada escuela. 

Así transcurrieron los años de su infancia. A veces los recuerda y siempre siente una sensación de desamparo inevitable. Ahora, al filo de los setenta, todavía sufre al pensar en sus días escolares, malgastados, perdidos, inútiles. Nada de lo que allí sucedió le dejó un buen recuerdo. Esa infancia a la que todos retornan como el paraíso más hermoso de la existencia fue para él una esclavitud, un tiempo sin nostalgia. 


Pero un poco más tarde, en su juventud ocurrió algo que cambió su vida. Un día que estaba poseído de ese aburrimiento mortal que suele darse en las tardes del verano tomó una caja de colores que había por el salón y comenzó a dibujar el paisaje que veía desde la ventana. Un arriate lleno de flores rojas y unas macetas de barro, vacías, que se amontonaban a un lado del patio. Nada del otro mundo. Pero la composición que salió de todo aquello, en el papel áspero del cuaderno de hojas blancas, tenía algo, tenía vida. 

Su madre pensó que quizá por este lado podrían hacer alguna carrera de él. Y lo llevó a dar clases de dibujo con un viejo profesor ya jubilado que cobraba poco porque lo que deseaba era transmitir lo que sabía. En sus propias palabras “tener algún día un discípulo que me supere”. Lo que tampoco suponía un reto excesivo.  De esta forma el tercer hijo derivó sus tardes al taller del viejo profesor y allí se pasaba las horas muertas, copiando, bocetando, midiendo, pensando en la perspectiva. 

En el taller había muchos libros de arte, enciclopedias y monografías, que repasaba una y otra vez buscando alguna solución, algún misterio. No todo le gustaba. Algunos pintores que gozaban de fama y de renombre eran para él anodinos y sin interés, pasaba de largo esas páginas y se recreaba, por el contrario, en otros que le sugerían cosas. Esas cosas pasaban luego al papel y, más tarde, al lienzo. El óleo le llenó de satisfacción y también la acuarela. Hacía unos cuadros pequeñitos, que luego enmarcaba su madre con mucho primor y los colgaba por la casa porque, al fin, tenían algo que decir de ese hijo. 


Su vida amorosa había constituido un desastre. Sin paliativos. Todas las chicas feas del pueblo se fijaban en él. Pero a los veintitantos años tuvo ocasión de hacer una exposición en una de las ciudades cercanas y entonces toda su vida se transformó. A la gente le gustó su pintura. A la crítica, aún más. Lo saludaron como un hallazgo y la ecuación trabajo-éxito fue para él, desde entonces, una evidencia. Cada año que pasaba pintaba mejor y era más conocido, luego fue famoso y luego obtuvo prestigio. A los cuarenta estaba consagrado. 

Algunas decisiones sobre su vida privada comenzó a tomar en cuando pudo. Para empezar, decidió que nunca más saldría con una mujer fea. Las feas dejaron de interesarle, o, mejor dicho, se sintió capaz de desairarlas porque ahora sabía que otras, más favorecidas, estarían pendientes de obtener sus favores. Porque era un artista y los artistas son admirados y seguidos. Además, transformó su aspecto físico por la sencilla formula de dejarse crecer una barba “interesante”, de usar ropa de marca y de modular su forma de hablar y de mover las manos. Cultivaba un misterio de la misma forma que convertía en mujeres misteriosas a todas aquellas que posaban para sus cuadros. 

La segunda decisión que tomó fue la no enamorarse. No pensaba quedarse con una sola chica si había tantas y estaban a su alcance. Enamorarse era una esclavitud que no quería tener. En su propia familia había sido testigo de ello. Su madre, sumisa a las órdenes de su padre. Su padre, aburrido y sin esperanzas, condenado a trabajar para sacar adelante a la prole sin más alicientes. Sabía, estaba seguro, que nunca hallaría una mujer como su madre, con su dulzura, su inteligencia, su calor. Así que no pensaba perder el tiempo en sucedáneos. Pronto le puso un tope de edad a las destinatarias de sus aventuras. Más allá de treinta años le parecía que estaban ajadas, pasadas de rosca, viejas definitivamente. La calidad de la piel, el brillo de los ojos, la textura del pelo, todo se volvía diferente a partir de esa edad y, aunque él cumplía años, sus amantes permanecían en esa franja indecisa de los veinte a los treinta. Un límite insalvable. 


Abominó de todo lo que significara familia y dejó de tener contacto con ellos en cuanto pudo. Se avergonzaba de ellos, ahora que podía relacionarse con personas de más lustre y de superior cultura. Rechazaba su casa, tan inusualmente mal dispuesta, y la grosería de sus hermanos y las pocas luces de sus hermanas. Y una especie de odio retardado lo alejó de su padre, del que solamente era capaz de recordar las risas que sonaban en toda la casa cuando él lloraba porque le obligaba a subir al desván a buscar cualquier objeto, en medio de la oscuridad de la noche. 

Solamente con su madre conservó unos ciertos lazos, pero desvaídos, tibios, porque el amor que ella le había tenido, esa dedicación única en su infancia, le convirtió en un niño inútil, perdido y preocupado. Nada de su familia tenía ya importancia en su nueva vida. 

Perdió, por todo ello, la relación con su pueblo, con las gentes de su infancia, con los compañeros de estudio, con los vecinos. Se creó una vida de nuevo cuño que prometía ser maravillosa. Ningún compromiso, ninguna mujer fija, solo esa discontinuidad precaria que tanto le gustaba y que a nada comprometía. 

Es verdad que sentía a veces una punzada en el corazón, una especie de aviso doloroso, una carencia. No sabía lo que era y no quería saberlo. Por supuesto, nunca verbalizaba su malestar, todo lo más bromeaba con algún amigo íntimo. 

De esta forma devino en triunfador. Y una noche, en la más decidida vejez que se podía hallar a su paso, volvió los ojos a sí mismo. Y el espejo le devolvió una imagen vacía. No había nada. 



(Fotografías de William Eggleston. Memphis, EEUU, 1939)

D. H. Lawrence y Nina Leen: Lo efímero y lo perdurable.


Úrsula y Gudrun son hermanas e infelices. Ninguna de las dos ha alcanzado en la vida aquello que desea. Han nacido en una familia de mineros, pobre y sin cultura, pero eso es algo que a las dos las atormenta. Son diferentes en su interior, se sienten diferentes. Odian lo negro de las minas, el hedor de la tierra cuando cae la noche y los pozos se despueblan, el aire cansado de las mujeres de los mineros, la suciedad, el polvo. Observan con admiración a los otros, los ricos, los que lo poseen casi todo, los que se rodean de un ambiente de música, de luces, de belleza. Ellas son muchachas pobres en un universo que las atrapa. Hubieran querido ir a la universidad y moverse de un lado a otro con indiferencia, como si nada fuera necesario, amar sin compromiso y conocer a la gente que disfruta de todo lo que ellas no tienen. Pero nadie elige dónde nace y elige a sus padres o a su familia. Eso las llena de un sentimiento de injusticia que ocultan al exterior pero que existe. 


Úrsula y Gudrun se han enamorado. El amor para ellas es casi una obligación, el tema de sus charlas cuando se sientan en la casa familiar a compartir alguna confidencia. Son muy distintas pero se conocen y saben que la una en la otra tienen su mayor riqueza, su mejor complemento. Hablan de hombres pero no quieren abrir del todo sus corazones, no porque no se fíen sino porque tienen miedo a pronunciar en voz alta palabras que a ellas las comprometerían. El compromiso con el amor es algo que detestan, mucho mejor, piensan, convivir con el silencio de los mayores secretos. Es así como conciben la existencia, tejiendo y destejiendo cada día las horas y los tiempos. 


Úrsula es maestra y estando un día en el aula contemplando las flores, sus pistilos y estambres, el milagro de la vida en forma de belleza, ha conocido a un inspector de educación, Rupert Birkin, y se ha desposeído entera de su ser y se lo ha entregado en silencio, sin que él lo pida, sin que él lo desee, sin que él lo busque, sin que él lo entienda. Es la tristeza permanente del amor que lanza su flecha en una dirección equivocada. Birkin llegará a quererla, sí, pero no es esa la fuerza que ella busca, no es ese deseo inconmensurable, sino, más bien, un paisaje tranquilo, algo que no moleste su vida cotidiana, algo que no lo posea, que no lo inunde. Birkin, como otros hombres antes que él, como otros hombres después que él, no logra asir la naturaleza del amor tal y como lo entiende Úrsula y se asusta ante su virulencia, porque sabe que puede arrastrarlo y convertirlo al alguien que él no quiere ser o tiene miedo de ser, en todo caso. 


Gudrun es artista. Pinta, y en sus pinceles hay siempre una pregunta. Ha pasado algún tiempo fuera, en un ambiente más sofisticado, y ahora, en su vuelta a casa, siempre se dice a sí misma que debe volver a escapar. Que debe irse. Pero no se atreve o quizás ha intuido un halo de esperanza en ese hombre, un dios griego, un rico que lo tiene todo, un hombre total, Gerald Crich, el heredero de las minas, el tipo perfecto. La blanca casa de la colina de los Crich es lo único que merece observarse en el universo oscuro de la comarca minera. Todo lo demás está barrido por la miseria. Crich pasea a veces a caballo por su heredad, recorre impasible la zona, mientras los ojos de los otros, sin nombres, lo miran con una mezcla de miedo y de veneración. Es el responsable de que la comida llegue a su mesa pero, para Gudrun, es también la única forma de redención de toda esta existencia sin explicaciones. 


Los juegos del amor embellecen a las hermanas y, por algunos instantes, da la impresión de que sus jóvenes vidas tendrán, por fin, la escritura que ellas creen merecer. Los cuatro establecen una relación tan compleja como excitante. Todo es nuevo para ellas, todo parece renovarse para ellos. A veces, los ojos de Birkin contemplan la belleza de Crich como un desafío. La inteligencia del primero, la apostura del segundo, dos hombres fundidos en un crisol que darían lugar a la perfección que todos desean hallar, siquiera por una vez. Las mujeres se mueven de un sentimiento a otro sin entender demasiado bien su papel. Pero siguen estando insatisfechas. Quizá no exista nunca una medida que colme el vaso para ellas. Quizá los ojos de esos hombres nunca van a mirarlas como ellas desean ser miradas. Ternura, sí; complicidad, también; admiración, es posible; entrega, la justa. Generosidad, apenas. Amor ¿qué es eso? 

D. H. Lawrence escribe sobre el amor insatisfecho. Que es la única clase de amor que entiende. Que es, quizá, la única clase de amor que existe. Que es la única condición permanente del amor. Lo único que perdura. La insatisfacción, el deseo no correspondido, los tiempos que no ajustan, los besos que no estallan, el fuego que se convierte en ascua demasiado pronto. Esto es el libro, "Mujeres enamoradas", una novela que escudriña hasta el fondo y que saca a la luz lo que se corrompe en cuanto se expone a la superficie. Porque la otra condición del amor es el silencio. 

Referencias: 

David Herbert Lawrence nació en Eastwood, Reino Unido, el 11 de septiembre de 1885, hijo de un minero alcohólico y analfabeto y de una maestra. Esa dicotomía entre lo que era su padre y lo que era su madre marcaría su evolución como adolescente. Tiene una extensa obra en la que hay novelas, cuentos, traducciones, libros de viaje, obras de teatro y poemas. Tiene, también, una variable consideración entre el público y crítica, pues ha sido mal entendido y poco valorado. Su vida fue un constante viaje, un exilio voluntario, o quizá obligado por la moral de la época, que lo llevó de un lado a otro, sin echar raíces en ningún sitio. En sus novelas más importantes, sus grandes obras, se adentra en el territorio del sentimiento humano, intentando que quede de él la esencia a pesar de que los tiempos que se vivían eran convulsos. Huye de la deshumanización, busca la verdadera sentimentalidad, lo que acerca al hombre a los otros hombres y a la naturaleza. Entre sus obras destaco: Mujeres enamoradas, El arcoiris, La serpiente emplumada, Hijos y amantes, El amante de Lady Chatterley y un gran número de cuentos, algunos de ellos reuniones en el tomo El oficial prusiano y otras historias. 


Las fotografías que acompañan a este texto son de la fotógrafa Nina Leen. Había nacido en Rusia en 1909 y murió en Nueva York en 1995. Sus fotografías para las portadas de Life son una maravillosa muestra del modo de vida americano centrado en las mujeres, en sus actitudes diarias, sin dejar de lado algunas series dedicadas a los animales, a los que retrató como nadie y a la belleza femenina y sus rituales. Los retratos de Nina Leen expresan, a la vez, una cierta alegría superficial y efímera y, por otro lado, una emocionalidad intensa y perdurable. 

miércoles, 5 de diciembre de 2018

Luces en la ciudad o en cualquier parte



El vagabundo, la florista, las violetas, la música. Resulta milagroso cómo consigues entender lo que pasa sin más claves que pensar un buen rato, que dar un paseo a la luz de los soles de invierno o de mirar alrededor y ver el vacío. No te dejas engañar por una ternura aparente que no es perdurable. Colocas sobre la mesa el vaso lleno de momentos amargos y todo se carga de explicaciones íntimas. Puedes moverte alrededor del tiempo pero sabes que acabará y entonces toda esta parafernalia de ruidos tendrá que cesar y tu visión será perfecta. Quizá haya quien crea que puede perpetuar la misma norma, las mismas sensaciones equívocas, pero ellos se equivocan. Por muchas vueltas que le dé al tono de la voz, por muchas gracias que suelte en el aire, por mucho que intente mantener un lazo de seda atado en forma de cuerda gruesa de barcos en el mar, no será posible, no estará en su mano, no sabrá, porque nunca lo ha sabido, que tú saltaste en marcha al agua y que el dolor amortiguó tu caída. Extrañamente. Sin excusas. 


(Charlie Chaplin y Virginia Merrill en "Luces en la ciudad" de 1931) 

"El asiento del conductor" de Muriel Spark

De Muriel Spark se cumplió este 2018 el primer centenario de su nacimiento, efemérides que pasó desapercibida como tantas veces ocurre. Si los lectores desconocen quién era Muriel Spark no podemos esperar homenajes.

Había nacido el 1 de febrero de 1918 en Edimburgo (un siglo después de la muerte de Jane Austen) y murió en Florencia, Italia, en 2006. A este país se fue a vivir en 1954. Antes de eso la vida de Muriel fue apasionante. No solo estudió (en tiempos en los que muy pocas mujeres lo hacían) y tuvo una buena formación, sino que se casó, se separó de su marido (lo cual tampoco era usual, al menos de forma pública porque las desavenencias se guardaban para el interior de los visillos), tuvo un hijo y trabajó para el contraespionaje con el Foreign Office, a partir de 1944. Esta última parte de su biografía daría para una novela de espías, con Tom Hanks en alguna parte, desde luego. Y quizá Scarlett Johansson haciendo de protagonista. 

En este blog hay otras dos referencias a Muriel Spark. La entrada que dedico a "Las señoritas de escasos medios" una de las dos novelas que ha publicado la editorial Impedimenta de esta autora, en este caso con la traducción de Gabriela Bustelo, en 2011 es la primera referencia. Leí ese libro porque el título me pareció impactante y no me defraudó en absoluto. El comienzo es reverenciar: "Hace tiempo, en 1945, toda la buena gente era pobre, salvo contadas excepciones" Y añade "Toda la buena gente era pobre o, en todo caso, eso parecía; pues los mejores de entre los ricos eran pobres de espíritu" El Londres devastado tras la guerra, que ella bien conocía es el escenario en que se inserta la acción. Nunca mejor dicho. 

La otra es el posfacio para el libro de Renata Adler "Oscuridad Total" que Sexto Piso publicó en 2016. "Las novelas son cartas que escribes a una persona" decía Renata Adler, aludiendo a ese sentido de justicia poética que tiene la literatura, de homenaje, de reconocimiento o de entrega generosa. En esta ocasión la traducción la realiza Javier Guerrero. Ya sabéis, quiénes seguís este blog, que me empeño mucho en citar a los traductores, verdaderos intermediarios entre nosotros y los libros escritos en otro idioma, sin los cuales nos sería imposible acceder a la enorme riqueza literaria que hay en cada país. 

En esta ocasión es la Editorial Contraseña, que cuenta con un interesante catálogo que merece la pena conocer, la que publica, con la traducción de Pepa Linares y el prólogo de Eduardo Lago, esta obra de la autora: "El asiento del conductor" que tiene el estilo desenfadado y, al tiempo, misterioso, abrupto, que caracteriza su escritura. La vida apasionante de Muriel Spark y su manera de ofrecer al lector unos caminos complejos para llegar a los desenlaces, se observan aquí sin disfraces.

El argumento es ciertamente inquietante. El viaje de Lisa en busca de no se sabe qué y que parece conducirla de modo inexorable a una tragedia es, al tiempo, descacharrante y de aprendizaje. Una mezcla tan curiosa como la que surge de todos los libros de esta escritora. Cualquier signo de spoiler aquí sería pecado.

El asiento del conductor. Muriel Spark. Contraseña, 2011. Traducción de Pepa Linares, prólogo de Eduardo Lago.

domingo, 2 de diciembre de 2018

Seremos olvido


Quiero que pase el día de hoy y que con él termine este dolor que siento. Si alguien te hace daño debería desaparecer de la faz de tu tierra, caer fulminado del fondo de ti y no tener ningún hueco en tus pensamientos. Pero la vida me enseña a cada instante que eso solo es posible para algunas personas y que otras, sin quererlo, quizá porque somos más inseguras o menos racionales, sufrimos demasiado y demasiado a menudo. 

Cuando caiga la noche estará a punto de empezar una historia nueva. Hay veces en que no se sabe cómo cerrar capítulos de un libro y cómo iniciar otros. Los venideros no llegan a escribirse sin hacer un balance de todo lo anterior. Tienes que reconocer que mentiste, que te engañaste a ti misma y que convertiste tu vida en una incógnita pesada. Entonces, tras ello, se abrirá ante ti una posibilidad, la de estar en paz, la de la serenidad que ansias desde hace tanto tiempo. 

El engaño es el maestro del dolor. La mentira se conjura para hacerte infeliz. La ausencia no es tan mala como el juego. La manipulación es aquello que te deja inerme ante la duda. Y la duda te ahoga, te convierte en alguien que no eres, que no quieres ser y que no quieres ver en el espejo. Así, mirando la naturaleza que se abre ante mí, las hojas tersas de los árboles, el aire que mueve las ramas, así soy capaz de encontrar el fallo, el hueco, el error, la falsedad y mi propia desolación. 

No habrá horas como estas de hoy cuando acierte a poner fin a una mentira que me ha dejado exhausta. La maldad existe y no he podido reconocerla hasta ahora. Han tenido que conjugarse circunstancias y verbos para poder escribirla con todo su sentido. No esperaba que se cumpliera este pronóstico pero, si no queda otra salida, habré de reconocer a pesar mío, que erré, perdí y dejé en el camino tanto bagaje que ahora no sé si tendré fuerzas para llenar de nuevo mis alforjas. 

Media tarde de sol y una sombra que avanza para traer la noche. En el escaparate fluctúan las ventanas como si fuera un cuadro hiperrealista. No estás llegando al sitio donde el amor espera. No hay autobuses que circulan en dirección al odio. Esperas que el tiempo pase con la tranquilidad de que quedan pocas esquirlas que clavar en las manos que extendiste con increíble anhelo. 

Nunca tuvimos nada, la nada fuimos. No fuimos nada que pueda contarse. Por eso no hay llanto que poner sobre la mesa. Nada fuimos. Seremos olvido. 

(Fotografías de Uta Barth) 

sábado, 1 de diciembre de 2018

Las odiadas

Hay un montón de mujeres a las que odio sin conocerlas. Ese odio viene de ti, procede de ti y me lo has inoculado. No tengo ninguna razón objetiva para odiarlas, es más, ni siquiera las conozco. No las he visto nunca, no sé cómo respiran, cómo hablan, qué sienten. No he contemplado nunca sus rostros de cerca, ni sé cómo huelen, qué perfumes usan, cuál es su número de pie. No he compartido con ellas tertulia, charla, encuentro, copas. No sé nada de ellas salvo lo que tú mismo me has contado. Esas confidencias que parecen surgir a regañadientes, que no tienen forma directa, sino que son un subterfugio. Una manera estudiada de dejar caer datos, de convertirte en la víctima de las situaciones, de hacer que yo me sienta perdida, arrollada por unas circunstancias que no puedo controlar. Hablas de ellas y yo intento averiguar en mi interior si te han dejado huella, si sientes algo, si ese algo es bueno o es dañino. Intento averiguar sin hacer preguntas porque las preguntas están prohibidas entre nosotros. De ese modo soy lo que no quiero ser, alguien que escudriña, que investiga, que busca. Una persona que no se corresponde conmigo, que no tiene nada que ver con lo que soy. 


Odio a esas mujeres. Las hay hermosas y feas, llamativas y tristes, aseadas y sucias, circunstanciales y duraderas. A todas las odio por igual, porque tienen nombre y apellidos (a veces desconocidos), porque existieron, porque existen, porque tienen un sitio en tu vida. Porque las miras. Porque las deseas. Porque las buscas. Porque les mientes. Porque las hundes. Todas esas mujeres son la prueba exacta de lo que eres y el testigo innombrable de todas las cosas que haces cada día, que has hecho a lo largo de los años, con esa sutileza que, al final, he descubierto. Habrás engañado a algunas de ellas, habrás amado a algunas y perseguido a otras. A todas las odio y a ti mucho más que a todas ellas.


Por eso, cuando desapareces y te quedas en silencio, cuando las señales se apagan, pienso en cómo se llamará ella, quién será, qué palabras usará para dirigirse a ti, cómo la mirarás. Pienso en todo esto y entonces te borro de mi mente, te entierro en un lugar al que no vuelvo la vista en mucho tiempo. Cuando este pasa, cuando utilizas alguna de tus redes para convertirme en un pez fuera del agua, entonces esas mujeres caen en el olvido, se difuminan, se pierden. Pero las odio de igual modo. 

(Fotografías de Alfred Stieglitz. 1864-1946. Su principal modelo fue su esposa Georgia O´Keeffe. Las fotos de Stieglitz tienen el propósito de convertir este arte en una forma de expresión tan valorada como la escultura o la pintura) 

viernes, 30 de noviembre de 2018

Dave Heath: Obviamente en silencio


El día es tan engañoso como tú, piensa ella, mientras el chasquido de la cámara la sorprende entre papeles, en un otoño indisimulado que pretende ser primavera. Se han desgajado naranjas de los árboles y las farolas aún lucen, será porque la luz es cosa del dinero y no de la geografía o las estaciones. Aprendimos que el cambio de las horas era una suerte de mensajes al infinito y ahora ella sabe, aunque nadie se lo ha explicado claramente, que debe alejarse de ese foco, que cerca su rostro con una huella infame y que la cubre de sal en soledad. Así no. Así no debe hacerse, piensa a veces. Pero no puede esperar ya de ti que hagas otra cosa que mentirte a ti mismo. 


Hubo un tiempo con una luz dorada que sembraba las tardes y las convertía en la antesala de los cuentos, esos que tienen una princesa y muchos faunos, que se recitan a la hora del sueño y que te convierten en una fantasía irrealizable. Ella lo supo entonces y lo recuerda ahora, por eso ha olvidado la poesía, por eso los versos son solo un recuerdo vago, por eso ningún libro se abre por la página en que viene tu nombre, por eso tu nombre se ha convertido en el anuncio de un desastre cualquiera. No quiero que vuelvas a engañarme, susurra, así como antes, en los tiempos dorados, pedía que la creyeran. 


Os lo podría contar con detalle si tuviéramos los ojos bien abiertos, dice. Las otras se figuran que es sencillo, pero las sumas no siempre acuerdan con las restas y contar no siempre va con cuentas o con cuentos, sino que en ese gesto de los dedos se contiene la frase decisiva y esa tú no la escuchas. Hay una palabra que abre y cierra la tarde, que anticipa la noche y que desvela el curso de los días. Esa palabra tiene la misma fuerza que un vendaval que no quieres oír porque el ruido del viento te produce pavor. Como escucharte a veces. El viento la destruye igual que tú. Ella no quiere oírte. Solo tiene en su oído la palabra del día: obviamente. Es obviamente. Es obvio. Obviamente venir. Obviamente su casa. Obviamente. Obviamente ella lo ha entendido todo. Pero no tiene forma de decirlo, obviamente. Por eso no se escapa de las fotografías. 


(Fotografías de Dave Heath. Fotógrafo y fotoperiodista autodidacta. Nació el 27 de junio de 1931, Filadelfia, Pensilvania, EEUU. Murió el 27 de junio de 2016 en Toronto, Canadá)

jueves, 29 de noviembre de 2018

El tiempo de los abrazos


Miradla, está en el centro de la foto. La niña quiere ser buena pero no consigue que su mirada se centre en el libro que está leyendo. No consigue que se detenga ahí, que se convierta en el motivo principal de su interés. No. Mira más allá, se despliega, se lanza a un universo desconocido, se zambulle en un mar de olas peligrosas y sin fin. Ella, la niña de la foto, se pregunta por algo más que los libros no enseñan. Y esa pregunta es el motivo principal de sus dudas. Y será así siempre, toda la vida, todos los años venideros, toda la gente que va a conocer, representará esa pregunta sin respuesta. 

La niña de la foto no sonríe. No tiene el gesto concentrado de la compañera del jersey geométrico, que parece buscar en el libro de al lado algo que en el suyo no existe. Esos ojos fruncidos indican un sentimiento de malestar porque ese otro libro es más interesante que el suyo, más grande, con menos hojas. Tampoco se parece a la niña rubia del vestido bordeado de piquillos. Esta niña se sonríe y detiene su sonrisa sobre el libro que hojea y todo está en orden, dispuesto, terminado. 

La niña del centro de la foto es una niña sin abrazos. Parece enfadada pero está a punto de llorar. La niña del centro de la foto siempre estará a punto de llorar, incluso cuando sea una adolescente, una muchacha o una mujer. Será una niña al borde de un ataque de llanto. Y pasará por encima del libro y no se detendrá, siempre habrá algo que la impulse hacia delante. Hará tonterías y perderá el tiempo. Dejará pasar oportunidades y no sabrá expresar los afectos de la forma debida. Sufrirá inútilmente y será engañada mil veces. No entenderá el modo de expresar los enfados y, un día, quizá lejano pero cierto, sabrá que los abrazos que no existieron ya nunca van a regresar del país perdido. Y que todos los minutos de las horas tendrá esa misma mirada errante, esa búsqueda del hogar inexistente, ese exilio, esa perdida oportunidad de dejarse llevar entre las paredes cálidas de la emoción más pura. 

lunes, 26 de noviembre de 2018

Edith Wharton y "El Marne"

La editorial "La isla de Siltolá" en su colección Narrativa publica en 2018 un volumen con tres cuentos, el primero de los cuales da título al libro, "El Marne". Los otros dos son "El ajuste de cuentas" y "La campanilla de la doncella". De tamaño irregular, cada uno de esos relatos hablan de la Edith Wharton que sus lectores conocemos: observadora, incisiva, ingeniosa, caleidoscópica, conocedora de los entresijos del alma humana y de los comportamientos de la clase social en la que vivió y de la que formó parte, aunque con una mirada crítica, nunca dominada por las convenciones.

Lo más destacado de su forma de narrar es siempre el acierto al diseccionar el interior del alma humana, sus emociones, sentimientos, deseos, odios y venganzas. Y las relaciones humanas están marcadas por el signo de la realidad, sin alteraciones románticas ni pensamientos elevados. La gente es así y así la muestra ella.

"Resultaba una peculiar crueldad del destino que Troy sintiera la indiferencia de la señorita Wicks más que el entusiasmo de todas las demás jovencitas reunidas en la pista de tenis de los Belknap. A pesar de todo, la encontraba más interesante, más inagotable, más "a su altura" (como decían en el colegio) que ninguna de las joviales diosas de la guerra que lanzaban sus pelotas de tenis en la pista de los Belknap" (El Marne)

"El Marne" transcurre en tiempo de guerra. El estallido de la Gran Guerra, en agosto de 1914, estropea la vida idílica de Troy y de su familia, que suelen pasar los veranos en Francia. Como todos sabemos, la guerra europea parecía muy lejana para los estadounidenses y solo después de algunos acontecimientos cruciales los Estados Unidos entraron en la guerra y Troy querrá volver a Francia para luchar por el país al que adora. Dos cuestiones subyacentes en el libro forman parte de la biografía de Edith Wharton: su amor por Francia y su apoyo a la causa aliada. Este libro, pequeño y rápido, escrito en 1918, lo demuestra.

Los otros dos cuentos son más breves. En "El ajuste de cuentas" se pone en solfa la institución matrimonial, algo que ella había hecho directamente con su vida. El descreimiento de lo que suponían esos lazos tan difíciles de desatar, tan interesados y tan llenos de dificultades, lejos de las emociones y los sentimientos, cercanos al interés, es su tema principal. La otra historia se llama "La campanilla de la doncella" y es un cuentecito de fantasmas, de los muchos que escribió Wharton y que se recogen ampliamente en algunos volúmenes.

El Marne. Edith Wharton. La isla de Siltolá. Narrativa. Traducción de José Luis Piquero. Sevilla, 2018. Correcciones de Rodrigo Verano. Diseño de la cubierta: Salvartes. 

Edith Wharton es un personaje central de la literatura. Había nacido en Nueva York, en 1862 y pertenecía a una familia de linaje, de esas que formaban el núcleo social principal de esta ciudad y que tan bien reflejó en "La edad de la inocencia". Su visión crítica acerca de la ciudad en la que nació y de la sociedad de la que formaba parte la llevó, no solo a escribir novelas que ponían el acento en esa crítica acerada, sino también a marcharse a vivir a Francia, donde encontró la libertad que buscaba. Cuando recibió el Pulitzer de Literatura, en 1921, ya estaba divorciada de su marido, aunque conservó su apellido y llevaba años viviendo en Francia. Fue una mujer conciencia con la lucha por la libertad y obtuvo la Legión de Honor en recompensa por ello. Su obra es muy amplia y valiente, sin concesiones a lo establecido, más bien, viendo las cosas con una mirada propia que es reconocible en cuanto se leen sus libros. Y que resulta confortable, hay que decirlo.

domingo, 25 de noviembre de 2018

Suelos de barro, perdón sin lágrimas


Las niñas soñadoras, que viven con los libros y bosquejan en su cabeza aventuras en las que hay siempre un tanto por ciento de alegría y otro de nostalgia, siempre terminan siendo mujeres equivocadas, mujeres que miran hacia donde no deben, que son presa fácil para cualquiera que sepa decir dos palabras seguidas con suave acento. No deberías olvidarlo. Quizá a ti te ha ocurrido algunas veces y puede que esta sea la primera. Pero el corazón se gasta de esperar la nada y las manos se curvan y entonces llega el último tramo de la vida y abres el grifo de la desilusión, que nadie puede cerrar. No importa la música que suene, ni siquiera que a través de la ventana una lluvia fina te traiga el hueco de un paraíso perdido. Lo que vale es sentir. Sientes que te han engañado una vez más, que cada una de las veces el engaño es mayor y que nadie, nadie, puede entenderlo sino tú misma, porque te ha ocurrido algunas veces o puede que esta sea la primera. 

Tampoco entiendes, lo sé, qué ganan con eso los que nunca se entregan. Qué placer oculto y desconocido e incomprensible se encuentra en atar con lazos de seda a quienes nunca terminaremos por abrazar si la noche es oscura. No lo entiendes, tampoco yo, porque ninguna de nosotros haría eso por mucho que la vanidad nos empujara. Cerramos las puertas cuando ya no hay calor. Abrimos las ventanas cuando tiene que amanecer. Pero no nos escondemos ni creamos falsas ilusiones en otros ojos que puedan, algún día, desfallecer de lágrimas. Eres como yo, tan firme en tus creencias, como dudosa en tus afectos. Sabes cosas pero aún no entendiste que existe fuera, ahí en la intemperie, quien juega con fuego con tal de convertirse en el rey de la creación. Lo has visto algunas veces y algunas veces te ha herido a ti misma con sable de cristal, una punta afilada en el centro del corazón, sin dudarlo, sin hacerse preguntas. Eres la víctima y ahora ya no puedes volver la vista atrás.


Creíste en su palabra. Sus ojos parecían sinceros, parecían tener un aire lejano a héroe del oeste. Parecía un hombre tranquilo, un hombre asequible, un hombre que guardaba ciertos secretos que te hacían feliz. Pero un día su voz se elevó demasiado alto. Y otro día su mirada se desvió hacia el suelo. Y otro, el suelo se llenó de barro. Y entonces lo viste desde esa perspectiva, abajo del todo, abajo en el suelo de barro tú, arriba no sabías dónde, él. Y tus lágrimas se mezclaron con el rímel, y luego llegaron las suyas, puro perdón sin lágrimas, pura oscuridad. Esa primera vez, esa única vez, esa vez, debió bastar para darte cuenta de que te equivocaste. De que tenías que tomar el primer camino a la derecha, bajar las escaleras, cerrar la puerta con un sonido seco, llevarte contigo solo a ti misma, desandar la felicidad que creíste tener y entenderlo todo por fin. No buscarle explicaciones. Eras tú y no había nadie más que mereciera salvarse. No puedes salvarlo. ¿Lo comprendes? 

(Fotografías de Uta Barth, Música de fondo de Katie Melua) 

sábado, 24 de noviembre de 2018

La tarde estaba llena de un mar de tonterías


Todas las estaciones tenían las mismas letras. Escribíamos renglones casi sin darnos cuenta. Y la vida seguía su ritmo sin cansarse, tardes, las madrugadas, los otoños, los fríos. El gris ámbar del cielo en los amaneceres. El tibio sol que entraba por la ventana a secas. Y el jardín que se abría como un mar de amapolas. Escribíamos la dicha y yo no lo sabía. 

Una vez estuvimos al borde del abrazo. En las tristes noticias contábamos a solas que los sueños se sueñan pero nunca se cumplen. Y aún así era glorioso pasear las alamedas, confiar en que las horas tenían sabor a instantes y que todo se estaba formando sin quererlo, porque éramos tan difíciles de ubicar por la suerte, que la suerte llegó y no supimos verla. 

Si pudiera contarte cómo el sol se estremece cuando cruza el umbral de la ventana abierta...Si pudiera enseñarte cómo el engaño vibra y nos hace más pobres, nos encuentra más fríos...Si pudieras mirar con esos ojos tuyos cómo se desenvuelve al borde de las lágrimas y me cuenta que tiene siempre sabor a ausencia...Si no te hubieras ido todo sería más claro, todo sería más limpio, todos seríamos nuevos. 


Me parece mentira haber sido tan torpe. No haber reconocido el sabor de la brisa, que se escribe tan dulce que nadie la oscurece. Y esos ojos opacos nunca hubieran tenido ningún efecto en mí si contigo las tardes siguieran siendo horas. Ese cascabeleo tan falso de los sueños que nunca se escribieron, que nunca se inventaron y tú mismo enseñando que es más digno dejar de ser sin miedo, que asustarse por todo, que fingir que se quiere, que mostrar la desdicha, que levantar el alma estando abajo, tan triste como nunca diré porque es inútil. 

Mira como se mueve por la ciudad colmada de grúas y escaparates. Cómo escribe su vida, tan solo como está, tan sola como estoy. Dos soledades juntas que nunca se confían y que no serían tales si no te hubieras ido. Si no te hubieras ido la tarde cantaría, escribiría los versos, un mar de tonterías, películas antiguas, en sillones gastados, en rellanos de escalera que flotan al olor del agua que trepa sin descanso, sin ver, sin saber nada, en ti, no sé, si no te hubieras ido, si yo no fuera solo una presencia vaga, un temor, un deseo, el miedo, todo junto, sin ti, si tú estuvieras. 


(Imágenes de Uta Barth)