El club era un lugar feliz, un sitio en el que todo el tiempo hablabas, hablabas, jugabas al ping-pong, te reías con los amigos, te tomabas un refresco y te fijabas, con todo detalle, en el chico que te gustaba, el chico de turno, el chico de ese verano, el chico de ese curso. El club era un lugar feliz y ella hizo muy bien en apuntarse muy pronto, con solo catorce años, la más pequeña de todos porque había gente con veintitantos. Era un grupo muy heterogéneo. Estudiantes de bachillerato, chicas que hacían peluquería o estética, universitarios, hombres que ya trabajaban y tenían coche. Los universitarios se cotizaban más si estudiaban en Madrid porque de allí traían historias fantásticas, leyendas que se contaban en voz alta y las chicas reían y reían al oírlas. Ella fue la única hija de la casa que se apuntó al club, como se apuntaba a todo, a todo, todo, con tal de vivir, con tal de cruzar la casapuerta y salir a la calle, el paraíso de las...
Una isla de papel
El blog de Caty León