Henriette Browne Albert Edelfelt Durante los años de la pandemia me dediqué a repasar, reescribir y revisar libros que tenía ya prácticamente acabados y que no había tenido ni tiempo ni ocasión de publicar. Recurrí después al conocido sistema de enviar los textos a editoriales y tengo un repertorio gigantesco de respuestas y actitudes que bien podrían engrosar un libro que sería hasta sabroso. Los hay que te piden que compres no sé cuántos libros de entrada; otros, que lo disfrazan pero llega a ser lo mismo; los más nunca te contestan; algunos tienen un mensaje que envían a todos, una cosa estándar. Pero hay dos casos llamativos por su propia naturaleza. Una editorial me aceptó y ponderó un manuscrito que le había gustado mucho al editor. Me tuvo entretenida unos cuantos meses, cambió el editor, llegó otro que se extrañó de que no se hubiera publicado ya el libro, porque les encantaba, blablabla, no se llegó a firmar el contrato, aunque el segundo editor volvió a ...
Tenía flores y pájaros, franjas de color, recortables, como si alguien hubiera cogido unas tijeras y trazado los límites. Estaban también sus mujeres, algunas con cintas en el pelo, con rayas verdes en el pelo, con blusas de odaliscas, con extrañas flores en las mesas y en las estanterías. Todo era color en ese libro, que lleva una dedicatoria y que evoca otros tiempos, otros años, la mesa de al lado, el libro de Francés, las hojas sueltas en la mochila, las tardes en la biblioteca, las paradas del autobús que nunca llegaba, las frondosas ramas de la alameda, del parque, la blancura de la pared del aula, el patio rodeado de naranjos, el tono amarillo de las puertas, el salón de actos tan incómodo, el profesor de música y sus carillones. Todo. Lo evoca todo y todo está reflejado en las palabras de la dedicatoria y era un tiempo en el que el recuerdo tenía aún mucho sentido. Después de la vivencia tiene la memoria su sitio. Y cuando ya esa memoria no interesa, entonces podemos preg...