Elizabeth Jane Howard es una de mis escritoras favoritas. Tiene un dominio excelso del lenguaje y una capacidad de inventiva fabulosa. Además, crea universos reconocibles en los que la familia suele ser el centro. Un concepto de familia muy atípico en el que hay muchos miembros, muchas relaciones y también problemas y frialdad. Su telón de fondo favorito es ese, el complejo mundo de la vida familiar. Por eso me gusta la forma en que incide en esas cuestiones con su bisturí que no deja títere con cabeza. Aquí los protagonistas son una pareja bien avenida, la formada por Anne y Edmund Cornhill, que lleva una buena vida en su bonita casa, con sus ocupaciones diarias y un entendimiento razonable entre ellos. No es fácil mantener ese grado de relación después de años pero parece que ellos lo han logrado. Al menos en apariencia porque un acontecimiento desestabilizará la ecuación. La cosa es que llega a vivir con ellos una chica, esa clase de chica, Arabella, poco usual y al...
Deberíamos empezar a escribir las historias por los momentos felices. Esos días dorados en los que el corazón se arrebata y solo existe una palabra: tú. Él es ese tú que te convierte en la persona que soñaste ser. Él está ahí para hacer que todo encaje. Los antiguos dolores se matizan, como si un niño pasara sus dedos por la mancha roja que deja la cera en un papel. Eso sería lo lógico. Escribir los instantes únicos que no deberíamos olvidar. Ese latir del cuerpo al compás de la dicha. O las miradas. Un repertorio de miradas que nadie más que él sabrá interpretar. Y luego, las señales. En el nivel más alto de la complicidad te encierras en un mundo que los dos habéis diseñado a medida. Cuando te despides, por enésima vez y sin querer dejarlo, le susurras: Amor mío. Y ese es el comienzo de todo. Pero no es así. No es la algarabía del amor correspondido, del bienestar, lo que te hace sentarte en tarde festiva, cuando todos disfrutan de una emoción que a ti te ...