domingo, 17 de febrero de 2019

"Querida señora Bird" de A. J. Pearce


¿Quién es A. J. Pearce? La explicación que aparece en la solapa del libro es muy escasa. Se trata de alguien que creció en Hampshire, Inglaterra, y que estudió en las universidades de Sussex y de Northwesthern. Esta es su primera novela. Tiene una cuenta de Twitter en la que sigue muy activamente la repercusión de su libro. También usa Facebook e Instagram. Es, pues, una mujer de hoy. Cuando coloqué la portada del libro en Twitter, ella misma me respondió muy agradecida por la lectura. Eso es lo bueno de las redes sociales. Me imagino a Jane Austen en esta tesitura. Seguro que ella y sus mujeres las usarían con ingenio y elegancia. Aunque la historia que se narra aquí no se desarrolla en nuestros días sino en los convulsos tiempos de la Segunda Guerra Mundial, cuando toda Europa se retorcía en medio de la contienda. Es decir, en torno a 1940, malos momentos para la democracia y origen de muchos textos literarios, películas y heroísmos.

Todo comienza con un anuncio en el periódico. Las historias que se inician con un anuncio en el periódico siempre prometen. Eso sucede con "Se anuncia un asesinato" de Agatha Christie o con "Levadura de malicia" de Robertson Davies. En el primer caso la gente acudirá a la cita simplemente por ver quien muere. Y, en el segundo, lo que se pone en conocimiento del respetable es  un matrimonio. Tanto Christie como Davies tiran de ironía. Aquí es el The Evening Chronicle, o eso parece, el periódico que recoge una oferta de empleo que llamará la atención de una joven secretaria del despacho de abogados Strawman´s. El anuncio remite a un trabajo en una editorial para el que se requiere una muchacha "trabajadora capacitada, entusiasta y responsable". Resulta que la joven secretaria siempre había querido ser periodista y esto le parece como caído del cielo, tanto como las bombas que cada día azotan Londres, el escenario de la historia. En el Londres de los bombardeos alemanes Emmy vive con su querida amiga Bunty en un apartamento de la última planta de la casa de su abuela en Braybon Street. Además, como la mayoría de las chicas de ese tiempo, tiene un hermano en el frente y es voluntaria en el Servicio de Bomberos, en el que entró poco antes de que los alemanes comenzaran a atacar Londres.

De ese modo, Emmy (cuyo nombres completo es Emmeline Lake) se dirige a una entrevista de trabajo vestida con su "elegante traje recto de sarga azul, mis mejores zapatos y un sombrerito negro ladeado que le había pedido prestado a Bunty". Es su oportunidad. Puede llegar a ser corresponsal de guerra, periodista de fama, entrevistadora, quién sabe. ¿O no? Porque al llegar allí se encuentra con cosas bastante extrañas. ¿Quién es la señora Bird? ¿Qué es La Amiga de la Mujer? Y, sobre todo ¿por qué tiene que firmar Emmy un contrato de confidencialidad para poder trabajar allí?

Lo que va a suceder, sin embargo, es poco previsible. Porque el trabajo que va a desempeñar Emmeline es mucho más importante de lo que puede parecer a simple vista y, lejos de ser una simple mecanógrafa, la bondad de su corazón la convertirá en un consuelo para las almas atormentadas e incluso y poco descarriadas, algo que está muy mal visto por la consejera infalible señora Bird, que prefiere los problemas corrientes y nada vulgares.

Este es el planteamiento de una historia encantadora que te gustará leer. Va de sueños, de esperanzas, de deseos cumplidos y de otros insatisfechos. Va de cartas. Y los libros que contienen cartas son libros especiales, llenos de emociones y de anécdotas, que son los dos elementos que siempre aparecen en las cartas. Esta historia va también de amistad verdadera, de sacrificio y arrojo, compasión y empatía. De gente que sobrevive en las peores circunstancias sin dejar de mirar con optimismo el futuro. De situaciones divertidas, de personajes curiosos. De inocencia y perplejidad. De bocadillos de queso y pepinillos. De mujeres y de dudas. Va de la vida, en suma, por eso es agradable leerlo y hallar algunos paralelismos con la realidad. Tal y como hacía la señorita Marple cuando un crimen aparecía a su paso en Saint Mary Mead.

Querida señora Bird. De A. J. Pearce. Traducción de María Enguix Tercero. Roca Editorial. Escrito por la autora en 2018. Publicado en enero de 2019. 

Invierno en Nueva York



Si no has pasado un invierno en Nueva York hay un invierno que no conoces. Nueva York es una ciudad especial, en realidad, un mundo en sí misma. Un lugar en el que las cosas encajan de forma milagrosa. En el que es posible que ocurran cosas inimaginables. Puede pasar de todo y encontrar gente de todo tipo. Gente que, en otros lugares, quizá no existieran o no tendrías ocasión de conocer. Por eso surgen historias distintas, cuentos de hadas, relatos que solo se explican en ese contexto de nieve y extremos. Esas botas son para caminar. 

El calor de los restaurantes, de las cafeterías, de los bares, es la mejor forma de pulsar la vida de la ciudad. Allí estaba él, Edward, con un jersey de cuello cisne, una cazadora amplia y forrada de lana y unas enormes botas. Era muy guapo. Tenía los ojos verdosos que parecían azules con el reflejo de la nieve y miel en el interior. Unos ojos cambiantes, pero no extraños, sino certeros y confiados. Daba la impresión de que no podían engañar y eso es mucho decir para unos ojos. Ella lo conocía en el tercer día de su estancia en el ciudad y eso cambio el signo de las horas. Edward trabajaba en una editorial y siempre llegaba al café cargado de papeles. Así lo vio ella al tercer día de llegar a Nueva York y así se le quedó mirándole porque le gustó. Esa insistente mirada lo puso en alerta pero, cuando la vio, comenzó a sonreír de inmediato y le devolvió la suya, limpia y verdosa. No tardaron mucho en compartir un café muy fuerte y unos donuts recién hechos. Ella le contó que iba a estar allí unos seis meses, que eran los que duraría un trabajo que le habían encargado en su universidad. Él pensó que seis meses podían ser mucho tiempo o muy poco. 


Madison Square se convirtió en lugar de sus encuentros. En el sitio levítico en el que era posible una confianza mutua que fue surgiendo como un cohete espacial. No hizo falta demasiado tiempo. La intuición no les falló. Eran dos seres destinados a entenderse. Y ambos se aplicaron a la tarea sabiendo que quedaba poco tiempo, que las horas serían escasas, que el reloj avanzaría imparable. En los libros que ambos habían leído existían historias parecidas, cuentos cortos, relatos, imaginaciones anteriores, encuentros que podían compararse con el suyo. Pero aquello era la vida y la vida siempre te asalta por sorpresa y las cosas que pensaste no hacer o no decir de pronto se convierten en verdad y así todo es hallarse a uno mismo y al otro. Un invierno con luces que nunca imaginaste.

sábado, 16 de febrero de 2019

Ámame de cualquier modo



Apretadísimos corsés, enaguas de seda roja, sombrillas y sombreros, abrigos de terciopelo, vestidos blancos para coquetear, vestidos rojo sangre para la luna de miel, vestidos verdes para pedir dinero, vestidos negros para mover los pies al ritmo de la música, guantes de finísima gamuza, combinaciones de encaje, mañanitas de suave lana, chalecos bordados…

Una chica de rostro angelical, mirada violeta, boca traviesa, sonrisa cautivadora, manos delicadas, cuerpo tibio…Una chica nacida en la India, una chica que emerge, de sorpresa, en el momento en que arde Atlanta. La chica no sabe lo que quiere, no sabe a quién ama de verdad, la chica busca un imposible y, al fin, se da cuenta de que se ha equivocado, de que siempre ha mirado en la dirección errónea. Es una chica díscola, atrevida, coqueta. Es, por siempre, Escarlata, Escarlata O´Hara. Mueve con sensualidad su 1,61 de estatura y tropieza, allá abajo, en la escalera, con un hombre muy alto, de 1,85, vestido elegantemente, con la mano cruzada sobre el chaleco, los ojos reidores y un gesto que parece besarla a lo lejos. 

Un hombre de verdad. Cínico, vividor, interesado, escéptico, lejos de casi todos, sin creencias, capaz de cualquier cosa por ganar dinero. Atractivo. Osado. Sin escrúpulos. Firme. Un hombre que, en la vida real, estuvo cinco años sin poder rodar un plano porque la mujer de su vida se había ido estúpidamente en un accidente de automóvil. Rhett Butler. Desde el primer momento sabe lo que quiere, sabe que la quiere. Sabe que no puede decirlo, que tiene que callarse, sabe que el silencio es su mejor aliado, que tiene que llegar otro tiempo en el que los sentimientos afloren…Sabe todo eso, pero no que los silencios engañan y que el engaño no tiene vuelta atrás. Por eso ha tirado por la borda la única posibilidad de ser feliz. “Francamente, querida, me importa un bledo“. Vuelven el descreimiento y la soledad. 


Los cuatro protagonistas de esta película tan famosa, que batió todos los récords de recaudación en taquilla y que los volvería a batir ahora, ahora mismo, en este mundo, “Lo que el viento se llevó“, sienten equivocadamente, aman sin abrir su corazón del todo, miran a un lado incierto, buscan lo que no podrán encontrar. Un cruce de palabras sin sentido, un fuego en el alma que no se apaga, la resignación que es lo contrario de la pasión, la pasión llena de recelo, que es un dolor que abrasa. No existen los abrazos, no existen las manos que se tocan, no existe la ligereza de los pies en el baile…es la guerra. 

Scarlett, Melanie, Rhett, Ashley, los cuatro sumidos en la irrefrenable euforia de la guerra que Margaret Mitchell retrata en su novela llevada al cine en 1939. Una superproducción que tuvo en David O´Selznick su verdadero hacedor, con ese baile de directores que todos conocemos, Víctor Fleming, George Cukor, Sam Wood…Esa música esplendorosa de Max Steiner. Estamos en Georgia, en 1861. Tara reluce y en ella la belleza y la picardía de Scarlett, que viste un maravilloso vestido y lleva un sombrero amplísimo para evitar que el sol manche su rostro, de piel blanca y nacarada. La diletancia de los hombres del sur, su elegancia, compiten con su ingenuidad y su deseo de querer salvar a la patria a través de la guerra contra los temidos y aborrecidos yanquis. 

La Guerra de Secesión americana es el marco para que los sentimientos estallen. Pero “Gone with the wind“ no es una historia bélica, más bien la contienda es el marco para que los personajes saquen al exterior lo más complejo de ellos mismos, lo bueno y también lo malo. El technicolor, en sus inicios, mostró el atroz paisaje de los muertos sureños y también la agonía de Atlanta. La extraordinaria labor de William Cameron Menzies en el diseño de producción logró que el espectador se sintiera partícipe de ese ambiente de desolación lleno de toques de ternura, incluso de humor, siempre de gestos. Personajes que no dicen lo que sienten. Te quiero pero no tanto. Sí pero no. 


jueves, 14 de febrero de 2019

Recuerdo a cada hombre que me quiso


He olvidado a todos aquellos que no me quisieron. Ahora, en mi memoria, solo está cada uno de los hombres que me quiso. El muchacho de la motocicleta que traía a lomos una gigantesca muñeca vestida de color rosa. El chico del autobús, que se quedó esperando, con los ojos azules. El estudiante listo, perspicaz, versado en Económicas, que lloraba a la puerta de mi casa. El hombre de mirada verdosa, boca de los mil besos que creyó que podía jugar a tiempos pasados. El novio alto y delgado que se quedó en la orilla. 

Hubo también quien me llenó de versos y en las noches de agosto y de Baeza escribía para guardarlos luego en un cajón desierto todas sus peticiones. Los de fuera, los del extranjero, la gente dulce, los tiernos e inseguros. Los tipos de las aventuras, los que no podían ser y lo intentaron y dejaron un reguero de luces que todavía iluminan sin que ellos siquiera lo adivinen. Algunos fueron buenos y por eso los tengo en el recuerdo. Los guapos del verano que iban y venían, sin que hubiera invierno ni otoño ni esperanzas. 

Solo a ellos los recuerdo, solo a ellos les escribo. Si hubo desamor, de eso no tengo idea. Es un fuego apagado. 

(foto: Nina Leen)

"Todo lo que perdí: por lo que muero"

Otro tiempo vendrá
Otro tiempo vendrá distinto a éste.
Y alguien dirá:
«Hablaste mal. Debiste haber contado
otras historias:
violines estirándose indolentes
en una noche densa de perfumes,
bellas palabras calificativas
para expresar amor ilimitado,
amor al fin sobre las cosas
todas».
Pero hoy,
cuando es la luz del alba
como la espuma sucia
de un día anticipadamente inútil,
estoy aquí,
insomne, fatigado, velando
mis armas derrotadas,
y canto
todo lo que perdí: por lo que muero.
(Ángel González)

(Douglas Aagard)
Así que pase el tiempo, la vida, todo, en honda soledad, en verso eterno. Así, lo que perdí, contigo, lo que fuiste, cuando el adiós sustituyó a la vida, en silencios que claman, viejas huellas, dándolo todo, tú, en la tierra, amor desamparado, nada queda. 

martes, 12 de febrero de 2019

"Una historia de la luz" de Jan Nêmec


Los amantes del arte sabemos el papel de la luz en las formas, los espacios y las imágenes. Néstor Almendros decía que la luz era el camino, el señalador único que delimitaba los lugares y los conducía al objetivo. En “Kramer contra Kramer” los interiores blancos y casi desnudos solo revivían cuando la luz los atravesaba, dejando al descubierto el diálogo imposible entre dos personas que habían dejado de quererse. También Velázquez descubrió la luz y, a partir de ahí, transformó la historia de la pintura para convertirla en un nuevo relato, con transformaciones y atrevimientos que siguieron al pie de la letra todos los demás. Así, hasta el infinito. Incluso en un concierto de Lady Gaga son los focos de luz multicolor los que, artificialmente, delimitan a la artista, glosan sus canciones, elevan su voz. La luz del sol hace crecer las plantas, alimenta a los seres vivos, baña las ciudades y valles, convierte en vida lo inerte y levanta los corazones. La luz es el secreto de la vida.

El escritor checo JAN NĚMEC ha escrito “Una historia de la luz” que no es un ensayo, sino una novela, a medio camino entra la biografía y la ficción pues su protagonista es un personaje que existió realmente, el fotógrafo de la primera mitad del siglo XX František Drti­kol. Un gran artista que tuvo en los desnudos su mayor fuente de inspiración y en la luz su gran argumento, no solo artístico, sino vital.
El libro se inicia con una dedicatoria emblemática “A mis profesores” y dos citas, una de Angelus Silesius (“Amo una sola cosa, y no sé lo que es, y la he elegido porque no sé lo que es”) y otra de Samuel Beckett (“Al diablo con la primera persona”). La primera cita habla de su insatisfacción personal, que casa muy bien con la búsqueda permanente del fotógrafo en su periplo vital y profesional. La segunda incide en su carácter de permanecer oculto para dejar paso a la obra, la gran respuesta de todo artista ante los demás.

No falta la reivindicación de la fotografía como un arte, condición que, en tiempos de Drtikol se le negaba por su carácter técnico, como si la mirada del fotógrafo no fuera en sí misma un elemento de originalidad y una elección propia. La lucha pionera de los fotógrafos de estos tiempos posteriores a la primera guerra mundial y anteriores al reconocimiento del papel del fotógrafo, primero como testimonio y luego como arte, tiene mucho que ver con esta historia, que reúne elementos de historia del arte, que recrea las vanguardias, los momentos únicos en los que revitaliza el arte por medio de concepciones nuevas, incluso en los tiempos de mayor confusión política y filosófica.

El papel del arte, en este caso de la fotografía, como modelo de salvación personal, como forma de vida y como comunicación entre el artista y la gente es crucial en el relato y por ello mismo tiene mucho interés para todos aquellos que se interesen en el detalle de cómo fue posible que el papel del artista adquiriera un papel referente partiendo de una escasa consideración inicial.

Como arte nuevo, la fotografía busca su papel entre las artes y lo hace no solo con aportaciones técnicas indudables sino con nuevas exploraciones personales y visuales que conforman el estilo en la fotografía.

Lejos de adoptar una fórmula magistral o un tono elevado y distante, el libro está escrito en primera persona con lo que es muy sencillo identificarse con las peripecias vitales de Drtikol y apreciar la galería de personajes que saltan al aire en sus páginas, casi a modo de diario y desde un punto de vista muy original y propio, sin alharacas y sin juzgar los acontecimientos.

La política, la vida social, las guerras, los desencuentros personales, el amor, la muerte, la pasión, el desengaño, sentimientos humanos y grandes acontecimientos, todos hallan acogida en esta novela, que es considerada una obra maestra de las letras checas.
Sinopsis sobre el autor (editorial Errata Naturae):

Jan Němec (Brno, 1981) estudió Teología y Sociología en la Universidad de Masaryk y Dramaturgia en la Academia de Música y Artes Escénicas de Janáček. Tras publicar poemas y relatos, en 2013 se convirtió en una de las figuras literarias más destacadas de su país gracias a su primera novela, Una historia de la luz, con la que obtuvo el Premio al Mejor Libro Checo y el European Union Prize for Literature en 2014. En la actualidad, colabora con sus textos en importantes revistas checas, como Respekt y Host, y dirige un programa cultural de televisión.

Una historia de la luz. JAN NĚMEC.

Traducción de Elena Buixaderas. Errata naturae. Primera edición enero 2019

lunes, 11 de febrero de 2019

Microrrelato de la casa recobrada


(William McGregor Paxton, 1914)

Vuelves desconcertada y hallas casi en su sitio (alguien ha pasado el paño del polvo y ha movido las cosas) eso que, sin dudarlo, forma parte de ti como si fuera gente: tus libros del momento, tu música, tu sitio de escribir. Encuentras el abrazo, su abrazo, el que ahora tienes y que te hace temblar porque no reconoces otro calor que el suyo. Te guardas unas lágrimas en un rincón oculto y hablas de política para disimular. Tocas levemente tus libros y los colocas exactamente así, como te gusta, de manera que arropen el sitio en el que, cada día, escribes, como si este fuera un oficio y tú una trabajadora de las letras. 

Luego, mientras el día se abre cada vez diferente, más o menos calor es la ecuación de ahora, despliegas la música que te emociona, abril se ha equivocado, la lluvia, el hielo abrasador, lo que te llega sin poder evitarlo. Donde tengo el amor toco la herida. Te preguntas alguna cosa sin querer detenerte mientras sacas de la maleta los vestidos, mientras colocas los zapatos, mientras metes en la lavadora un montón de braguitas y unos sujetadores, mientras ordenas las cremas en su estante y los lápices de labios en su recipiente transparente. 

Paseas la mirada por tu casa, esas flores, una muñeca con vestido verde, un cuadro de Alejandro Aizpuru, una lámpara de color rosa palo, el visillo que se ondula con esa decepcionante brisa del mes de julio…lo reconoces todo pero quizá no a ti misma. No sabes lo que sientes, solo que hay algo que no se escribe, ni se explica, ni se habla, pero existir, existe. 

domingo, 10 de febrero de 2019

Quédate conmigo


La última vez que Rupert Everett apareció guapo en el cine fue en esta película. Había declarado ya públicamente su condición de homosexual, lo que le trajo no pocos problemas en la industria y un encasillamiento inmerecido, pero aquí ofrece todavía un rostro fresco, limpio de cirugía (de la que luego abusaría sin que sepamos la causa) y un aire frívolo que le sienta muy bien. Hizo un Shakespeare en el cine en el que todavía estaba reconocible, pero era un papel de fauno y ese no cuenta. En cambio en esta película es el perfecto amigo gay que todas quisiéramos tener. Y esto no es un artificio literario. Algunas de mis amigas lo saben muy bien. 

La última vez que Julia Roberts resultó una chica apetecible y ¿pacífica? es, precisamente, aquí. Antes dio la campanada con “Pretty woman” pero eso es jamón de pata negra comparado con el resto de su filmografía. Luego se teñiría el pelo y se trastocaría en la combativa Erin Broncovich, sin glamour y sin ropa de marca. Dicen las malas lenguas que en Pretty su cuerpo no es suyo, sino de una modelo que a saber cómo se llamaba. Cotilleos de las comadres de Hollywood, prestas a despellejar a todas las parejas de Gere. Julia gastaba un aire profesoral en “La sonrisa de la Gioconda” y se cabreó mucho cuando la dejaron compuesta y sin novio. Pero es sabido que las profesoras atraen poco. 

Por su parte, otro tanto podríamos decir de Cameron Díaz, que, con el paso del tiempo ha tenido un desigual y, a veces, deplorable curriculum. Sin hablar, claro, de sus retoques estéticos que han dado al traste con su fisonomía juvenil. Esta chica de risa fresca y liviana, con unos andares rítmicos producto de su buena educación y de su afición al ballet; esta chica que desbanca a la mismísima Julia Roberts en las preferencia del chico de sus sueños, dejó de ser tal cual cuando decidió que el tiempo no pasaría. Lo dijo Sam al volante de su piano, el tiempo pasará. Y no hay que darle más vueltas. 

Seguramente haya sido, entre el cuarteto protagonista, Dermott Mulroney el que mejor ha sobrevivido el paso del tiempo, aunque eso no ha significado, por otra parte, que su filmografía haya ido más allá de telefimes de sobremesa, de esos que uno se pone en la tele para dormirse o películas muy, muy, caramelísticas. Pero conserva un atractivo físico especial con esa media sonrisa y una cicatriz justo en el labio. En otra de sus interpretaciones va de gigoló, no en plan bestia como el mentado Gere, sino más suavecito. Apetecible y con un cierto aire familiar. Como si quisiera, en realidad, formar una familia y aquí paz y después gloria. 

Pues bien. Julia Roberts es Julianne, una crítica gastronómica. Prueba las comidas a cuenta de la casa, las observa, las huele, las medio mastica y emite un veredicto. Por supuesto, comidas de menú long et droite, con permiso de Paul Beaucuse, servidas en platos cuadrados por chefs histéricos que gestionan (que no cocinan) recetas de nombre impronunciable. Aunque ella no lo sabe, está, desde su adolescencia, enamorada de un tipo. Él es periodista deportivo (el escalón más bajo del periodismo, incluso por debajo del periodista de sucesos). Ningún periodista deportivo se llevaría un Pulitzer, pero a qué periodista deportivo le importaría eso…Siempre que San Antonio elimine a Sacramento…ya se sabe. 


El periodista deportivo, es decir, Michael O´Neal, le cuenta a Julia o sea Julianne Potter, que va a casarse con una jovencísima y rica heredera con nombre de bombón de recibir visitas, Kimmy, Kimberley Wallace. ¿Crees que Julianne se queda de brazos cruzados? ¿Crees que la toma con algún restaurante al que rebaja la calificación del tournedó? No. Directamente intenta separarlos. Liarla, vamos. Coge un avión y se dispone a destrozar la boda. Me imagino a mí misma, en la vida real, intentando destrozar algo, una boda, un noviazgo, un no sé qué….En fin, sigamos. 

La cuarta pata del banco es Everett. George Downes es el íntimo amigo de Julianne y su confidente en esta locura interestelar. Quiere ayudar, aunque no tiene claro cómo y aparecerá y desaparecerá con la firme convicción de que su amiga está equivocada pero que no puede detenerla a menos de que ella se convenza por sí sola de que a veces el “chico de tu vida” tiene otra chica en su vida. 

Las mejores escenas de la película son corales. La del karaoke, por ejemplo. Esa refinada trampa que Julianne le tiende a Kimmy reconocida por sus cualidades no precisamente canoras. Esos estruendosos desafinamientos de la rubia que no solamente no espantan, sino que enternecen a su novio, causando la desesperación de Julianne. O la escena del restaurante, insuperable, toda la familia y el agregado, cantando por Dionne Warwick “la tía de Whitney Houston”. 

El final es inevitable. Zorras envidiosas aparte, estatuas de hielo que se deshacen en la boca, invitados al borde del desconcierto, persecuciones que conducen a un lavabo de señoras, confesiones inoportunas (ay, esa sinceridad que llega a destiempo), todo concluye como empezó dejando en el aire la sensación agridulce de la pérdida que todos hemos sentido alguna vez. 

Y el consuelo. La sonrisa forzada. Como si Escarlata O´Hara hubiera dejado su receta sobre la mesa de la fiesta nupcial: “Mañana será otro día”. Una música que invita a bailar, un vestido color lavanda que te favorece y un chico. Qué más da que sea gay. Es tu nuevo mejor amigo. 

sábado, 9 de febrero de 2019

La última vez que pronunció mi nombre



(Dorothea Lange. Mother and Child. San Francisco, 1952) 

Yo subía la escalera. Ella estaba allá arriba, en el descansillo, delante de la puerta del piso, un quinto, en el que se iban cerrando habitaciones porque cada vez vivía menos gente. Los hijos que se van, el marido que muere. Ella allí, en lo alto, asomada apenas, y yo subiendo despacio, uno tras otro, los escalones, con miedo, cómo no, el miedo de saber que, quién quiera que fuese, ya no era lo que era. 

Entonces me miró solo un instante. Un momento fugaz. Un aire, una huella, el pequeño fulgor de un resplandor sin llama. Me miró y sus ojos parecieron hablar aunque callaron. Me miró y pronunció mi nombre con la total certeza de otros días. Dijo mi nombre en voz muy baja, pero era su voz y mi nombre era. Lo dijo y me miró. Reconoció la figura expectante que subía la escalera y cruzamos miradas hacía tiempo imposibles. 

Después de aquello, nada. 


(Dorothea Lange. May Day Listener at Rally. 1934) 


Bradley, Schopenhauer y tú misma


La canción podía llamarse "Hacia dentro" o "Desde dentro". Hacia, desde, casi lo mismo. No exactamente. Más o menos igual. Todo lo que soy está en mí. Nada de lo ajeno soy yo, salvo si lo interpreto, lo respondo, lo cuento, lo adquiero, lo amo. De esa manera, con otras palabras, lo contaba el filósofo y era consciente de que estaba enhebrando una aguja para la costura de ideas que antes no se habían expresado. Al fin, a eso se reduce todo. A contar las cosas de otra forma. A verlas de un modo diferente. A ser originales, no como una moda pasajera, sino como una actitud. Criterio. Pensar. Demasiadas veces el cartón de la copia se superpone a la originalidad de las mentes libres. Ser libres pero estar juntos. Ser libres, en todo caso. 

La canción tiene muchos nombres pero la imagen de ese hombre con pelo largo y barba descuidada está sobre el escenario sugiriendo que no han pasado para ti los días gloriosos del abrazo más cierto. A pesar de todo. A pesar de los silencios convertidos en excusas, de las pausas programadas del afecto, del frío de los inviernos de tardes interminables, de las mentiras piadosas y de los no-besos. La canción tiene muchos nombres y la imagen permanece inmutable, los ojos grises, acerados y brillantes, también tiernos; las manos, firmes y prietas, no esas manos escuálidas, blancas y translúcidas que te asustan. Manos rotundas, sin efemérides. La canción es tuya desde que comenzaste a oírla. Da igual el idioma, está aquí. 

Hubo quien escribió una historia en la que una mujer se diluía en un espantapájaros. La mujer no tenía nombre, lo había perdido incluso, ni tenía sentimientos, más allá de un hola convencional, de un adiós obligado. Ese "quien" no lo sabe, pero intentó borrar la huella de lo más íntimo para hacer de la mujer un robot que esperara sin esperanza, que quisiera sin emoción. No lo ha logrado. Bradley y el viejo filósofo, la guitarra lastimando el alma, la canción, las miradas que se cruzan y que van más allá del pequeño horizonte. Todo se conjura para que "dentro" sea un lugar con sentido, una oración con sujeto y predicado. Lo dijo hace doscientos años: "dentro está todo". El mundo está en ti. Tú eres el mundo que conoces. Explícate ese mundo a ti misma y luego sal fuera, pero no al revés. Quien intentó manchar ese descubrimiento ha perdido la partida. La perdió hace tiempo y ha querido vengarse. Pero no hay venganza si oyes la canción, miras los ojos gris-verdoso del hombre de la guitarra y lees la historia del filósofo que anunció este tiempo de ahora. 

(Pintura: David Hockney)

viernes, 8 de febrero de 2019

Microrrelato del amor olvidado



Así que eso era todo: decir adiós sin más, sin otra explicación que el cansancio del tiempo. Nada de aquella chica rubia, nada de aquellos ojos verdes, nada de mi mirada triste, nada de mi cansancio, nada de mí...No tuviste piedad y tuve que marcharme, oírte era un imposible sufrimiento. Dejar atrás el mar, dejar la infancia, dejar la casa, dejar el corazón, dejarlo todo…

Ahora sé que mi cura no vino únicamente por las voces amigas o por la edad (tan sólo veinte años). Fue la quietud del campo, las luces de neón abandonadas, el suelo, tenso y tibio, el calor, las noches bañadas por un silencio fijo. Baeza me recibió como si yo misma fuera Machado, como si hubiera perdido a Leonor, como si tuviera que marcharme al exilio, como si mi madre preguntara entrando en la ciudad: "¿Llegaremos pronto a Sevilla?". Baeza abrió los brazos y entendió que llorara una semana entera, los siete días primeros de mi estancia, porque el amor se iba y yo no lo entendía. 

Luego, vino la música, la música se expande en la ciudad sin que nadie detenga su sonido. Sale de la gran plaza, se adentra en Jabalquinto, sube a los miradores, vigila las iglesias...La música en Baeza se oye con otro ritmo, con otra circunstancia, tiene una partitura que nadie ha conocido. Pero nunca está sola, se mezcla con palabras. Palabras de poeta, lo recuerdo, en los muros anclados en el tiempo perdido de aquellas aulas que pisó Machado. Palabras de poeta, Luis García Montero y otros cuántos, místicos, vividores, nuevos realizadores de los sueños. Escribo sentimientos, conozco sentimientos, espero sentimientos…

Baeza lo entendió, supo que era el momento, supo que yo tenía que dejarte perdido en una de sus calles y regresar, al fin, limpia de tu recuerdo, únicamente dueña de mí misma, para ya nunca más sufrir de amores, sino gozar de amores, ni una mentira más. Baeza, el mes de Agosto, el corazón partido y calles viejas. Deambular silencioso, soledad, una búsqueda que nunca terminó y que empezó al perderte. Baeza, la ciudad de los perros, sinfonía de ladridos en el amanecer, mientras Machado cruza lento el patio de la casa perdida en una esquina recordando a Leonor.


(Fotografías de Uta Barth) 

martes, 5 de febrero de 2019

Ensalada de sesos sobre un lecho de azúcar glass


Quentin Tarantino decidió un día reírse de los espectadores. Así concibió y realizó esta película, “Pulp Fiction” que apareció en las pantallas en el año 1994. El casting tuvo que ser un ejercicio de heroica memoria histórica. 

John Travolta, recuperado de sus bailoteos adolescentes y convertido en un matón que se interroga acerca de las cosas y al que le surgen “necesidades perentorias” en medio de las matanzas. Samuel L. Jackson, pasado por la peluquería para una permanente floja y armado con citas filosóficas y bíblicas. Ambos anticipan la estética “men black”, pero en paleto. Tim Roth, desquiciado ante la imposibilidad de robar en una cafetería llena de gente. Rosanna Arquette, preocupada por la calidad de sus diecisiete piercings, algunos de los cuales no podrías nombrar dónde se encuentran y para qué sirven. Bruce Willis, dejando atrás sus camisetas llenas de descosidos y de sangre fresca para convertirse en un boxeador sentimental, anclado en un reloj y en una amante francesa, dulce pero algo despistada, que es María de Medeiros. Uma Thurman, aspira (nunca mejor dicho) todos los olores y sabores de la vida, se deja acompañar y, aunque es la novia del gánster más poderoso, recibe masajes en los pies de un pobre diablo. Christopher Walken, por su parte, narra con voz sacerdotal una truculenta anécdota al Willis niño. Harvey Keitel es el señor Lobo, una especie de McGyver que resuelve problemas al tiempo que te larga un sermón. Su obsesión por la limpieza es encomiable y bien podría adobar algún anuncio de detergente en polvo. Ving Rames, es el poderoso gánster negro que encarga la búsqueda del McGuffin, del maletín quiero decir. 

Con estos mimbres humanos, el bueno de Quentin enhebra una historia, o mejor dicho, tres, con un prólogo-epílogo. Historias que se escriben y reescriben, que dan la vuelta, vuelven, te saludan, y otra vez desaparecen. A modo de sinfonía fílmica, la historia podría ser cualquier cosa, pues, como en las películas clásicas de espías, lo de menos es quien mata o quien muere, quien habla o quien se calla, quien canta o quien baila. 

¿He dicho bailar? Esto es otro asunto. 


Así que en una especie de restaurante pop en horas bajas rediseñado por Hopper, aparecen Travolta, que es Vincent Vega, el matón del que ya hemos hablado, y Uma Thurman, la novia del gángster tenebroso, para pasar un rato. Y he aquí que se plantea por el tórrido presentador un !!! concurso de baile !!!! Como lo oyes. Travolta y un concurso de baile. Nada de fiebre gris del sábado noche, sino una autoparodia en toda regla. Bien. Esto podría bastar para ir a ver la película. Porque así es todo. 

Violencia hay mucha, desde luego. Tripas, trocitos de cerebro esparcidos, estómagos sueltos, brazos, piernas, traseros ametrallados (con toda clase de ametralladoras, por supuesto), bofetadas, empujones, persecuciones, escondrijos, escondites. También hay mucha parla. Estos tíos, algunos de ellos al menos, tienen un pico de oro. Te recitan versos, te desgranan secretos de los padres de la filosofía, te lanzan sofismas, en fin, te convencen. O lo intentan al menos. Si van a matarte y te preguntan ¿qué desayunas? el futuro asesinado siempre pensará que es un detalle. Si te están apuñalando y te sueltan un versículo que habla del más allá, lo lógico es que la víctima sienta en su interior que el verdugo no es tan malo como parece. 

¿Qué hace el espectador mientras esto sucede en la pantalla? Aguarda atónito la siguiente escena. Se tira al suelo de risa en algunas. Se extraña en otras. Se acuerda de los ascendientes de Tarantino la mayoría de las veces. Se cabrea con el guionista y sus colaboradores. Se pregunta por qué está viendo esta película en lugar de leer “Meditación del pueblo joven”, por ejemplo. Y, por supuesto, la visión termina de dos formas opuestas. Unos dicen: Qué cabrón este tío, es un genio. Y otros: Esta película es una puta mierda. Filosofía embutida en una tripa de salchichón barato. 

lunes, 4 de febrero de 2019

Hombres difíciles, chicas soñadoras



Los hombres atormentados atraen a las buenas chicas. Esa es una realidad que el cine reafirma en un sinfín de ocasiones. Son hombres con un perfil muy variado pero con un denominador común: son seres adustos, que guardan secretos del pasado, que necesitan imperiosamente la redención por el amor. Sus biografías son convulsas. A veces aparecen como altos ejecutivos de trajes impecables y ganancias estrepitosas; en otros momentos son militares que se lanzan a regenerar su vida por la vía de la disciplina; por fin, también los hay artistas que han tenido una infancia difícil y no soportan lo de estar a la sombra de los mediocres. Gente poco asertiva. Gente que no ha pasado por las manos de un buen coaching que les haya enseñado eso de hay que ser feliz, hay que mostrarse encantador, hay que mejorar la personalidad en seis cómodas lecciones. 

Tres tipos complicados que, en el cine, bien podrían llevar los nombres de Edward Lewis (Pretty woman, 1990), Johnny Castle (Dirty Dancing, 1987) y Zack Mayo (Oficial y caballero, 1982). Tres películas que tienen en común, aparte de poseer una banda sonora muy estimable y de gran éxito, el hecho de presentar un proceso de enamoramiento entre personas que, salvo en el cine, nunca se encontrarían. Como decía Proust, en realidad enamorarse es un mérito del sujeto y no del objeto, cuestión de miradas. Por eso son comedias románticas y no thrillers psicológicos. Por eso trata de sexo, ligues, sensualidad y atracción y no de matrimonios desencantados ni brujas despechadas. Por eso no las dirige Ingmar Bergman, sino, Garry Marshall (Pretty woman); Taylor Hackford (Oficial y caballero) y Emile Ardolino (Dirty Dancing). 

Edward Lewis (Richard Gere) vive para el trabajo, perdió a su padre sin que se dirigieran la palabra, tiene un montón de relaciones superficiales y no disfruta de la vida. Siempre colgado del teléfono, con ropa de marca y áticos lujosos en hoteles de cuya vista no disfruta, porque sufre de vértigo. Su trabajo es destrozar empresas, trocearlas y venderlas a cachitos. Se relaciona con tipos de cuello blanco que resultan ser individuos sin corazón. Y nunca, nunca, han pisado descalzos un césped. Así es imposible encontrar un hueco para un amor verdadero. 

Lo mismo le ocurre a Johnny Castle (Patrick Swayze). Trabaja en un complejo de descanso veraniego en el que tiene que ejecutar números de baile que no responden a su talento, lleva una doble vida casi oculta, sus ansias de libertad nunca se ven confirmadas por la realidad y está destinado a seguir siendo un tipo mediocre que hace cosas mediocres. Tiene que soportar los malos modos de los jefes y las insinuaciones molestas de las señoras de los ricos. Y todo para subsistir sin mayor gloria. Es un perdedor, para qué engañarnos. 

El caso de Zack Mayo (Richard Gere, de nuevo), ese tipo taciturno, lleno de problemas psicológicos, que solo puede remediar luchando contra sí mismo, lo llevará a desembocar en un ejército feroz en el que Louis Gossett Jr. lo va a acribillar a flexiones y a insultos. Señor, sí señor. La escena en la que el sargento intenta desanimarlo a base de gritos es la primera de este tipo que se desarrolla en el cine contemporáneo. Pero habrá dos posteriores que darán que hablar. Una tiene lugar en El sargento de hierro, película de 1987 producida, dirigida e interpretado por Clint Eastwood en la que Tom Highway, veterano de Vietnam y Corea, tiene que instruir a un grupo de desmotivados muchachos para que se conviertan en auténticos marines. 

Esa misma obsesión aparece en La chaqueta metálica, de Stanley Kubrick, estrenada en el mismo año y en la que el sargento de artillería Harmand, interpretado por el sargento de artillería Ronald Lee Ermey, protagonizaba escenas de una crudeza verbal inusitada en su tarea de instruir a los marines. 


Luego están ellas. Las chicas. Las tres tienen trazos en común, el principal de ellos es que sueñan. No han renunciado a sus esperanzas a pesar de que Vivian Ward (Julia Roberts) es prostituta y vive en un miserable piso compartido con una amiga que, ella sí, ha dejado de soñar. A pesar de que el trabajo en la fábrica y los fines de semana intentando ligar a un marine son tareas bastante humillantes, en el caso de Paula (Debra Winger). Y a pesar de que Baby Houseman (Jennifer Gray), aunque de buena familia, choca contra la realidad continuamente y empieza a darse cuenta de que no es oro todo lo que reluce y que ella no conoce del mundo nada más que el envoltorio. La vida no es un juego, le dice su hermana. 

Los hombres difíciles, atormentados, llenos de complejos y de dudas, duros, fuertes en apariencia, inseguros en el fondo, quizá tiernos (aunque eso no lo sabemos), tropiezan con las chicas que quieren seguir soñando, que se imaginan la existencia como un cuento de hadas, que han leído La Cenicienta y que, cada una a su estilo, ven en ellos al príncipe que puede sacarlas del letargo. Las calles de Hollywood Boulevard, la fábrica o la sobreprotección familiar, no son suficientes para ellas, sobran en realidad. 

Como ninguna de las tres películas continúa explicándonos qué pasa después del final feliz no tenemos constancia de lo que ocurre en el día después. Pero lo podemos imaginar. Zack Mayo asciende en el ejército y se marcha a un destino lejos de Paula, porque esta prefiere quedarse en su pueblo de origen para cuidar a su madre y tener a sus hijos en un entorno seguro. Entonces Zack, que no puede evitarlo, tropezará con una especie de bruja que no da tregua a los hombres y engañará a la pobre Paula, que acabará enterándose con el consiguiente disgusto. 

Edward Lewis se regenera al casarse con Vivian. Ella llega a estudiar en la Universidad y empieza a aburrirse al comprobar que hay muchos hombres inteligentes, interesantes y buenos, más allá de Ed, que se ha convertido en un tipo muy predecible porque ya no es malo ni nada, sino que ha desarrollado virtudes propias de un conservador cansado de la vida. 


En cuanto a Johnny, ¿cuánto puede uno durar siendo bailarín? Está claro que termina como coreógrafo en un teatro de mala muerte, lo que lo pone de un humor de perros. Y la chica, tan joven, se marcha a Europa a completar estudios y en París conoce a un chef francés, con el peligro que estos tienen, y se dedica a hacerse una buena cocinera cordon bleu, de esas de menú long et droite y ahí termina todo. 

Los directores de comedia romántica saben bien que no pueden rodar secuelas. Porque se descubre el pastel y se rompe todo. Ese es el motivo por el que nunca se ha rodado la segunda parte de Lo que el viento se llevó. 

domingo, 3 de febrero de 2019

"Independencia" otro cuento de Edith Pearlman

Cornelia Fitch ha trabajo de médico especialista en digestivo hasta su jubilación. Cuando esta llegó se compró una casa en New Hampshire, junto a un lago que recibe su agua de un manantial. La casa, el lago y el manantial son los tres elementos de la vida de Cornelia en ese retiro deseado en el que, sin embargo, no está sola. Hay vecinos, hay otros jubilados, hay gente que vende en la tienda que tiene de todo. Cornelia Fitch es viuda y tiene una pierna más larga que la otra. También tiene hijas que no entienden muy bien por qué esa marcha de la ciudad, aunque Cornelia ha sido precavida y conserva su piso urbano, pequeño pero bien situado, tres habitaciones, para entrar a vivir. 

Cornelia sabe lo suficiente de medicina como para estar casi segura que esa casa del lago será su última casa. Nada tranquilamente, se imagina que es más grácil y ligera que nunca. Sueña sin dormirse en que es joven, es torpe y comete inutilidades. Eso que tanto rejuvenece llegado el momento. Su viudez invisible es aquí menos notoria porque hay otras mujeres solas, porque mujeres solas y casa en el lago son elementos que van muy unidos. Así que Cornelia no necesita que le pregunten continuamente si está bien, si está cómoda o si está feliz. No sabría contestarles tampoco. 

La casa de Cornelia en el lago es de granito gris, de ese que brilla con el sol, apareciendo en él motas doradas. Tiene postigos verdes en las ventanas. Está rodeada de un húmedo jardín y puede observarse a la hiedra tratando de trepar por las paredes exteriores. También hay algún bicho en el agua estancada del jardín, por ejemplo alguna rana o alguna salamandra. En el lago hay verdaderamente algunos peces interesantes y muchas tortugas que se pasan el día moviéndose de un lado a otro en un mar de dudas que no parecen despejar casi nunca. 

Al principio iba allí de visita pero esas visitas fueron cada vez más frecuentes, sobre todo desde que su médico de siempre le dijo lo mal que iba la cosa y sus hijas le aconsejaron que se comprara una bonita peluca. Cornelia pasa mucho tiempo en la casa del lago y hace lo que los demás: leer, contemplar la naturaleza, pensar en la vida de las tortugas y visitear. Las visitas son simples y sin protocolo. No hay playa en la zona así que no existen turistas, solo habitantes que tienen que cuidar su casa, sus hiedras y sus bichos de mar en los jardines. 

No sé si la idea se le ocurrió a Cornelia de tanto mirar el mar fijamente. Fue así, de todos modos. Y nadie lo habría adivinado. Quizá ni siquiera ella lo hubiera pensado de vivir en la ciudad, en ese piso cómodo. Pero aquí, el balanceo inmenso de las tortugas hacia el fondo del lago, hacia la zona profunda de la corriente de agua, era una invitación que Cornelia no pudo rechazar. 


("Independencia" es un cuento escrito por Edith Pearlman que forma parte del volumen "Visión binocular", editado por Anagrama en 2018, con la traducción de Amado Diéguez Rodríguez. Este es uno de sus cuentos más celebrados y el que toma como referencia la introductora del libro, Ann Patchett, para explicar por qué hay que leer, sin duda, a Edith Pearlman)

(La fotografía es de Uta Bahr) 

sábado, 2 de febrero de 2019

"Dirección norte" un cuento de Edith Pearlman


(Fotografía: Amy Stein, EEUU, 1970)

Desde Minnesota, la familia vuela a Cambridge, Massachussets, para visitar, entre otros lugares apreciados, la universidad de Harvard. La antigua universidad fundada por el clérigo John Harvard y que tiene una extraordinaria biblioteca. Las bibliotecas atraen a la familia. La niña mayor, Sophie, es una consumada visitante de bibliotecas y una amante de los libros, como su padre, Ken. La madre, Joanna, avanza sorteando los obstáculos con la sillita en la que se sienta la niña pequeña, de dos años, Lily, con síndrome de Down. Sencillamente. 

Los viajes con niños están llenos de mochilas de colores, de pañales de recambio, de ropa de repuesto. También, de un cuidado extremo para que ninguna de las niñas se pierda y para que, cada una de ellas, pueda aprender algo del entorno, de esos maravillosos lugares que sus padres recuerdan afanosamente. Cruzar la calle, por ejemplo, es un momento delicado. Hay que tener una exquisita prudencia y hay que enseñarla, para el día en que las niñas vuelen solas. A Sophie esto le parece un imposible porque ahora están sellados los cuatro, atornillados entre sí desde que nació Lily y todos entendieron que algo había cambiado para siempre. 

Sophie es una niña curiosa, sensata y llena de emociones que quiere controlar siguiendo los consejos de sus padres. Por eso la tragedia, que se inicia, no concluye aunque asoma su cabeza a lo largo del relato. Una visita sin mayor riesgo, una forma de contemplar de cerca las bellezas de los libros de la biblioteca de Harvard, su majestuoso sentido de la tradición. De cualquier modo no parece fácil recorrerse un país tan grande con dos niñas pequeñas y tirando de una sillita. Hay gente que no lo haría. Ken y Joanna sí. Son tres para cuidar a Lily. 

"Dirección norte" es uno de los cuentos que ha escrito durante su vida la escritora estadounidense, prácticamente desconocida hasta hace unos pocos años, Edith Pearlman. Narra una mañana en la vida de una familia que está de viaje. Nada de importancia. O quizá entre sus líneas se deslizan cuestiones que son mucho más complejas de lo que suponemos. Y, desde luego, posee la virtud de que camines sin dudarlo, sin merodeos, de la primera a la última palabra del cuento. Y que veas, con toda claridad, las imágenes de los cuatro, de Sophie, de Lily, de Joanna y de Ken, subiendo y bajando las rampas de la estación de Harvard Square, junto al quiosco de prensa o cruzando un semáforo que, ay, se pondrá en rojo antes de tiempo. 

lunes, 28 de enero de 2019

Sedas e intrigas


Edith Newbold Jones (de los Newbold Jones de toda la vida), o, lo que es lo mismo, Edith Wharton (Nueva York, 1862- Saint-Brie-sous-Fôret, 1937), reaparece cada vez que vuelvo a buscar en la estantería de los libros amados. Allí está La edad de la inocencia. Están La solterona, Santuario, La renuncia, Estío, Las hermanas Bunner y algunos más, incluidas sus memorias. Está también una rareza, La soñada aventura, en una publicación de la editorial Juventud de 1925, aunque el ejemplar que manejo, de la Colección Universal, es de 1994.

Sin Edith Wharton no hubiéramos podido conocer las interioridades de las familias ricas del Nueva York de finales del XIX y principios del siglo XX. Ella, que era considerada en su círculo una excéntrica por dedicarse a escribir, tuvo la suerte de tener abiertas las puertas de los salones y, a través de una observación minuciosa y una descripción detallada, mostrarnos una sociedad que, aunque estaba decayendo a ojos vista, todavía quería conservar su esplendor por un lado y su exclusividad por otro.

Tenía una inteligencia superior que se vio favorecida, no solo por la esmerada educación de sus preceptores a domicilio (nada de escuelas), sino por la frecuencia de sus viajes por Europa con sus padres. Viajar por Europa era el mejor aprendizaje de la alta sociedad neoyorkina. Pasaban meses recorriendo Italia, Francia, Inglaterra y absorbiendo el color local, el arte y las costumbres refinadas que luego trasladaban a sus mesas de comedor y a sus recepciones. De no ser por su dedicación, extravagante, a la escritura, Edith hubiera sido una mujer más en el conjunto de mujeres que dominaban, con mano izquierda y sin que se notara demasiado, ese mundo de sedas e intrigas, donde el dinero era un pasaporte pero donde hacía falta algo más, el pedigrí de las primeras familias o el seguro de un buen matrimonio.

En las ediciones que hace la editorial Impedimenta de dos de sus libros Santuario y La solterona tenemos la suerte de contar con una introducción y un post-facio verdaderamente útiles a la hora de entender a Edith, su mundo y su literatura. La primera es obra de Marta Sanz y el segundo (así como la traducción) de Lale González-Cotta. Es hora de reconocer cuánto bien hacen estos estudios breves pero bien hilvanados a la comprensión de los libros y a ampliar nuestros horizontes lectores. Un buen prólogo es capaz de ponerte en situación y de hacerte navegar con brújula segura por el mar del escritor, aunque este acostumbre a utilizar arenas movedizas.

Las convenciones sociales, las mujeres y su papel en la sociedad, la maternidad, las relaciones amorosas y la búsqueda de la felicidad, son los temas que nos interesan en Edith Wharton. Y son los ejes centrales en los libros que hemos citado. Constituyen la forma en la que ella contribuye a un movimiento soterrado que tiene en la literatura algunas representantes notables y que pretendía dar a conocer, con cierta crítica y mucha rebeldía, el agotamiento femenino ante roles que no le proporcionaban ni una pizca de felicidad. Y, por otro lado, también denunciar que no eran únicamente los hombres, ni todos los hombres desde luego, los responsables de esa estabulación de las mujeres, de ese dirigirlas hacia un camino estrecho y sin vericuetos, sino también las propias mujeres, lo que Lale González-Cotta llama “sanedrines femeninos atávicamente educados para ejercer de madres, complacientes esposas y exuberantes floreros”.

Los enemigos de la mujer libre, viene a decirnos Wharton, no son solamente los hombres, ni siquiera son siempre los hombres, sino también las mujeres, las otras y ellas mismas. Quizá solo alguien como ella podía aclararnos esto. Porque era sofisticada, culta, elegante, inteligente y talentosa. En ese talento cabía el don de observar, ese privilegio que, aunque parece común, solo lo poseen unos pocos. De la verdadera observación se deduce el conocimiento y una selección exquisita de qué es lo que se puede contar, qué hay que ocultar y qué hay que dejar entrever. De ahí sus maravillosas elipsis narrativas, esos hechos que no están, pero han sucedido ya o suceden entre bastidores.

Algunos mitos caen por medio de la actitud de sus heroínas. En La edad de la inocencia no es solo Ellen Olenska la que transgrede las normas, sino también la inocente May Welland, cuando se deja ver con ella o la anciana señora Mingott. En Santuario es Kate Orme, luego Kate Peyton, la que tiene que actuar ante hombres pusilánimes y mujeres que se mueven sin que nadie lo note. De Kate “una mujer profundamente empática y, que, en consecuencia, sufre” parte la reflexión crítica sobre lo que significa la maternidad. Quizá en esto Wharton tuvo la influencia de una madre poco afectuosa y del hecho de no haber tenido hijos. Esa figura de la madre inexistente, extrañamente lejana, sobreprotectora pero sin empatía o centrada en un mundo en el que los hijos apenas son un número más, la vemos en otras escritoras: Jane Austen, las Brontë, Edna O ́Brien, por ejemplo. En La solterona las primas Delia Lovell Ralston y Charlotte Lovell han de enfrentarse a un dilema moral para el cual no hay una solución satisfactoria. Y precisamente el formar parte esas opulentas familias neoyorkinas es una absoluta desventaja: nada debe parecer inadecuado, todo lo oscuro ha de ocultarse, la familia está para solucionar esos problemas que son propios de otras clases sociales.

Lo que nos cuenta Wharton, esa lucha soterrada y a veces abierta, de muchas mujeres, contra otras mujeres y contra algunos hombres, para mostrar su inteligencia sin cortapisas, para elegir casarse por amor o por conveniencia y para ser madres o no serlo, todo eso lo conocemos desde dentro y no hubiéramos podido acceder a ese interior si ella no fuera de la clase. Escribir es la negación de usar la inteligencia a escondidas. Es lo contrario del arma de la manipulación que usan hombres y mujeres para dominarse sin perder la compostura. Escribir es mostrarse al exterior y sacar fuera lo que en el espíritu es una certeza o una duda imposible de resolver si no se abre a la luz. 

Los circunloquios que tanto se achacan a su forma de narrar tienen mucho que ver con la forma cuidadosa y entre cursivas que caracterizaba las conversaciones de su sociedad. Todo había de ser tratado con pinzas y con guantes para que nada manchara la blancura de las rosas de otoño. Sin embargo, ella, en su vida personal, dejó varias manchas en el mantel de la familia. Se divorció, para empezar, en 1913, de su marido, doce años mayor que ella Teddy Robbins Wharton, que la había cansado con continuas infidelidades públicas, algo que era casi una obligación de los hombres de las clases altas, tener amantes y exhibirlas. En segundo lugar, se asentó en París y allí alternó con un número importante de artistas y escritores, manteniendo unas relaciones especiales tanto con el periodista americano William Morton Fullerton (deliciosa la correspondencia entre ambos) y un par de mujeres, Mercedes de Acosta y Camilla Chabbert. No sabemos si ella lo reconoció abiertamente, pero era, ya lo vemos, bisexual.

Su gran amigo y del que se consideró siempre discípula, fue Henry James, que a cualquier otra con menos talento la hubiera oscurecido. Sin embargo, Edith Wharton, que, como afirma con acierto Marta Sanz se dirigía a “un lector inteligente al que se trata con respeto” siempre tuvo claro que “el pensamiento y la escritura son formas de acción”. Por muy privilegiada que fuera su existencia, su cuna y su crianza, ella no iba a dejar pasar la oportunidad de convertirse en una mujer dueña de su destino, libre, por mucho que los modos imperantes pudieran llegar a considerarla una mujer “horrible”, en contraposición con las mujeres “perfectas”. Seguramente, como Kate, la protagonista de Santuario, Edith era una mujer más inteligente que los hombres que la rodeaban. Por eso y otros méritos fue la primera mujer nombrada Doctor Honoris Causa en 1921, por la Universidad de Yale. Ella se negó, claramente, a guardarse para sí su inteligencia y decidió que escribir era la mejor forma de salir de su cárcel dorada, aunque eso sí, con elegancia, buenas maneras y sin pisar ningún charco al descender del landó para ir a la ópera.

(Las ilustraciones de esta entrada corresponden a la película que Martin Scorsese dirigió, en 1994, con el mismo título del libro "La edad de la inocencia". Interpretan los principales papeles Michelle Pfeiffer como la condesa Ellen Olenska, Daniel Day-Lewis, como Newland Archer y Winona Ryder como May Welland. El juego de colores del vestuario (la condesa de rojo intenso y May de blanco virginal, no es un recurso del director sino que aparece expresamente reflejado en el libro, queriendo dar a entender lo diferentes que eran ambas) 

Mi tía, Jane Austen



James Edward Austen-Leigh (1798-1874) era hijo de James Austen, el hermano mayor de Jane, ambos pastores de la iglesia anglicana como lo fue George Austen, el padre de James y Jane. George se había quedado huérfano a los nueve años y procedía de una familia de Kent relacionada con los textiles. Lo acogió su tío, el abogado Francis Austen, de Tunbridge. Llegó a ser rector de dos parroquias colindantes, las de Deane y Steventon, distantes entre sí 2 kms y situadas en Hampshire. George Austen se casó con Cassandra Leigh, hija menor del reverendo Thomas Leigh, de los Leigh de Warwickshire. Una característica familiar de los Leigh era el sentido del humor, algo que heredó Jane Austen

El matrimonio Austen vivió cerca de treinta años en Steventon, adonde se desplazaron después de una corta estancia en Deane. La rectoría de Steventon es la casa familiar de Jane, el lugar de sus recuerdos. Veinticinco años de su vida los pasó allí. La zona estaba llena de pequeños terratenientes y propietarios rurales. Era una sociedad en la que un clérigo rural con buena formación tenía un papel importante. El señor Austen, a juicio de su sobrino “era extraordinariamente guapo, tanto de joven como a una edad avanzada”. Era, también, muy erudito y poseía una buena biblioteca que ponía a disposición de sus hijos e hijas. La señora Austen tenía “gran sentido común con una imaginación muy viva”. Se expresaba muy bien, tanto por escrito como oralmente y esto parece ser una característica común a la familia, algunos de cuyos miembros escribían y usaban la correspondencia epistolar como un medio importante de comunicación entre ellos. 


(Recreación de la rectoría de Steventon)

La casa de Steventon ya no existe. Estaba situada “al final de un pequeño pueblo de casas ajardinadas”. “Steventon es un pequeño pueblo rural sobre las calizas del norte de Hampshire situado en un valle ondulante a unos once kms de Basingstoke” La casa estaba rodeada de setos, que delimitaban cada uno de ellos un camino, el camino del bosque y el camino de la iglesia. Los Austen pertenecían a la pseudo-gentry, clase media rural y tenían un carruaje y dos caballos. 

La afición principal de la Jane jovencita era el baile. También lo es de sus heroínas. Un baile era un acontecimiento social de primer orden, ya fuera en un lugar público (una posada) o privado (el salón de una casa). Era una buena bailarina que ejecutaba con gracia el minué, las danzas escocesas o la popular contradanza. Jane Austen tuvo que dominar tanto la motricidad gruesa como la fina, pues era hábil con la aguja y con los juegos que requerían pericia de manos. Tenía, además y por ello, una preciosa letra, que era algo muy ensalzado en ese tiempo. 

Pero su más importante ocupación, la que más satisfacciones le proporcionaba desde siempre, era inventar historias y escribirlas. Escribía desde siempre, eso es seguro, y se han conservado muchas pruebas de ellos. Asombra leer sus textos a los catorce o quince años. El dominio del lenguaje no es su principal cualidad, también su ironía finísima, su inteligente observación, todo ello sinónimo de ingenuo y de una capacidad intelectual por encima de la media. Además era muy precoz. Por mucho que el rango de edades tuviera entonces un significado distinto al actual, no es usual que se complete una novela de tanta categoría como “Orgullo y prejuicio” con solo veintidós años. 


(Jennifer Ehle fue Elizabeth Bennet en la serie de la BBC "Orgullo y prejuicio")

Reunía dos cualidades que son esenciales para la escritura. Primero, la capacidad para volcar en historias lo que su propia imaginación le iba sugiriendo. Segundo, la revisión constante de sus escritos, con la conciencia exacta de que debía perfeccionarlos. Eso es respetarse a sí mismo y tener adquirido un sentido de la responsabilidad en cuanto a aquello que otros iban a leer. Además de lo anterior, queda claro que disfrutaba del acto de escribir, incluso cuando lo hacía a hurtadillas, en pequeñas hojas de papel y robando tiempo a los quehaceres normales de una chica de su clase. 

La referencia más antigua sobre ella procede de Sir Egerton Brydges, que, en su autobiografía, dice que era “atractiva, delgada y elegante”. Esto mismo debían pensar de ella los jóvenes con los que trataba. Aunque James Edward no relata todos los incidentes “amorosos” que vivió Jane y solo se refiere a dos de ellos, está claro que su presencia era muy agradable y su encanto sobrepasaba al de la mayoría. Ese encanto lo recordaba cuando ya era muy anciano uno de los jóvenes que se relacionaron con ella, Thomas Lefroy, que llegó a ser Presidente del Tribunal Supremo de Irlanda. Como ocurre con sus heroínas, también a Jane le pasó factura el no tener fortuna propia y depender de hacer un buen matrimonio. Las descripciones de su sobrino la califican, además, como de apariencia saludable, muy animada, morena de tez blanca y sonrosada, con mejillas redondas, nariz y boca pequeñas y ojos expresivos de color avellana. Tenía el pelo oscuro y caía formando rizos naturales alrededor de su cara. Vestía sencillamente y, en sus últimos años, siempre llevaba cofia. Además de la escritura practicaba otros dones, como la música, pues tocaba el pianoforte y cantaba; leía francés con facilidad y sabía algo de italiano. Leía libros de Historia y era una ardiente defensora de Carlos I y de María Estuardo. 

En 1801 la familia se trasladó a vivir a Bath, a instancias del padre, que tuvo esta idea de pronto y que no la consultó con nadie. A Jane no le gustó en absoluto el traslado. No solo porque se despidió para siempre de su casa de toda la vida sino porque Bath no le gustaba. Ya entonces era un centro turístico, de vida frívola y relacionas sociales superficiales. La vida rural era su medio y la ciudad no la convencía. “La novela inacabada, publicada con el título de “Los Watson” debió ser escrita mientras la autora residía en Bath”. Aunque esto fuera así está claro la poca fecundidad literaria que tuvieron esos cinco años y medio que vivió en Bath, antes de trasladarse a Southampton tras la muerte de su padre. Aquí estuvo dos años y medio y entonces sucedió una de esas circunstancias excepcionales que influyen poderosamente en la vida: su hermano Edward, que tomaría en 1812 el apellido Knigth al convertirse en heredero de una fortuna importante, les ofreció cederles una casita. Podían quedarse junto a su residencia habitual en Godmersham Park en Kent o en Chawton Cottage, en Hampshire. 


(Dibujo que representa Chawton Cottage, la última casa de Jane Austen)

De este modo, en la primavera de 1809, su madre, su hermana Cassandra y su amiga Martha Lloyd se unieron a Jane para vivir en esa casita de Chawton, que se convertiría en su último hogar y en el sitio que hoy representa mejor que ningún otro su memoria. El pueblo de Chawton está a un kilómetro y medio de Alton, y la casita se encontraba en un cruce de carreteras, las que conducían a Winchester y a a Gosport. La casa pervivió en el estado de entonces hasta que murió Cassandra Austen en 1945. 

Aquí revisó sus novelas, las reescribió definitivamente y creó otras nuevas. Chawton fue el lugar en el que las palabras volvieron a ella y su actividad literaria fue mucho más intensa. Por desgracia, la enfermedad la cercó siendo todavía joven e impidió mayores frutos que hoy podríamos disfrutar. 


Recuerdos de Jane Austen
Autor: James Edward Austen-Leigh

Editorial: Alba Clásica 

Fecha de publicación: febrero de 2012

domingo, 27 de enero de 2019

"Feliz final" de Isaac Rosa


"Nos merecemos otro amor" Esta podría ser la conclusión del libro. Cuando un amor no sirve y se empantana, hay que hacer limpieza, expurgo de sentimientos, lavar la ropa sucia y a la calle. El diálogo que imagina Isaac Rosa termina en empate. Pues no hay vencedores ni vencidos en esto del corazón y, si acaso, pierde el amor, que se ha desgastado y se ha convertido en una pieza de reciclaje emocional. 

Él y ella tienen muchas cosas que decirse y la mayoría sirven para echarse a la cara todas las pequeñas cuestiones cotidianas que no han ido encajando a través del tiempo. Parece mentira, piensan ambos, cómo el día a día construye un mundo en el que uno puede ser un extraño sin notarlo. El centro del dolor es el engaño. Porque cuando pone el pie en la casa común de una relación de pareja, el engaño empieza a levantar un muro que no cesa, un rayo que termina abatiendo. Medias verdades, falsas sonrisas, escapadas sin explicación, mensajes incoherentes, ocultaciones, un poco de manipulación de vez en cuando, una búsqueda hacia dentro que termina chocando con la realidad incompleta...

En el principio fueron ellos dos, pero al final se han visto rodeados de tanta gente que son ellos dos los que sobran. Esta podría ser otra de las conclusiones. El amor de pareja se transforma al tiempo en que se vive. Otras personas penetran y horadan la pesada piedra construida y esta es cada vez más volátil, ligera e inverosímil. Nada puede durar si no se preserva de las otras miradas pero es muy difícil, casi imposible, que no tengamos la tentación de volver los ojos. La mujer de Lot somos todos los que, a veces, nos dejamos arrastrar por lo exterior y destruimos con toda convicción aquello que parecía inamovible. 

Cuando llega el final de una relación, de un matrimonio, aparece una invitada no prevista: la sospecha. Se vuelven a vivir en la cabeza los días pasados, incluso los felices, y a todos ellos se les coloca una enorme interrogante. Aquello fue o no verdad, pero no es momento de averiguarlo, si acaso de usarlo, de tenerlo en la guantera, de echarlo encima del otro para que no tenga ninguna capacidad de hacernos daño. La sospecha inunda los espacios que antes estaban llenos de pequeños detalles, de encuentros, de risas, de escenas que estaban recogidas en el lugar de los recuerdos mejores y sustituye lo que sentimos por lo que ahora intuimos sin pruebas o con ellas. Sospechar es comenzar a usar la piqueta para taladrar las paredes de la casa, y la casa son ellos, la pareja que responde con rabia, desconcierto, preguntas y el asentimiento final porque nada puede hacerse, sino esperar que pase. 


El libro comienza y termina con versos de Eugénio de Andrade, el poeta y narrador portugués, también traductor, que vivió entre 1923 y 2005. Son versos que inciden en la pérdida de la ilusión cuando la casa se convierte en pavesas. El epílogo está al principio de la historia, anunciando una estrategia del escritor que no oculta el desenlace. Lo inicia una hermosa frase desolada "Nosotros íbamos a envejecer juntos". La técnica de alternar la cursiva para distinguir las voces de los dos narradores alternativos también aparece aquí porque, quizá, seguramente, el epílogo también es cosa de dos. Al contrario de otros libros que se escriben desde dentro y que abundan en las emociones para explicar los pensamientos, esta es una voz dual, porque se aprecia un esfuerzo de ecuanimidad que dota a la escritura de cierto aire de experimento y, sobre todo, de una transversalidad escénica. Como si el autor, en realidad, recogiera, cual reportero objetivo, las noticias que le dan, cada uno a su modo, los dos protagonistas.

En ellos dos late durante todo el texto la sensación de que debieron hacer algo más. De que no estuvieron a la altura. Por acción, omisión o por ocultación. Ninguno de los dos defendió lo suficiente aquello que tenían. Y esta evidencia los desarma, por eso los reproches se disfrazan con una veta de autoinculpación. Si tú no hubieras actuado así, si yo hubiera hablado en su tiempo, si los dos hubiéramos entendido que estábamos jugando con fuego...Lo que pudo ser se superpone a lo que fue. Lo que debió ser se convierte en una entelequia al lado de lo que cada uno alcanzó a entender y a llevar a cabo. La vida como acción-reacción. La certeza del error.

En algunos momentos notas que se produce el efecto de la identificación. El lector reconoce gestos, ideas, problemas y malas soluciones. Se reconoce en uno o en otra, se reencuentra con alguna sensación conocida. Esto es así porque lo que narra depende más de lo que se ha creído vivir que de lo que se ha vivido en realidad. Las vidas son irrepetibles una a una, pero las emociones que las sustentan, aún más que los pensamientos, se  convierten en una melodía colectiva que genera una comprensión global mucho más amplia cuanto más cercano a ti es lo que escuchas.


Por último, en el libro hay ramalazos de crueldad. Cerrar un capítulo y abrir otro, requiere tiempo y costura cuidadosa. Abrir un capítulo en medio de otra historia no terminada, requiere cierto nivel de crueldad. Justificarlo todo implica que esa crueldad tiene un refinamiento que aún nos resulta más llamativo, aunque lo conocemos. Nadie está libre de ser, a la vez, víctima y verdugo.


Feliz final. Isaac Rosa (Sevilla, 1974). Seix Barral, 2018. 

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