/Fotografía de Gonzalo Juanes, 1923-2014/ Había un paraíso en el encuentro. Las calles con sus miles de colores, sus atributos, la forma especial en que se presentaba a nuestros ojos, tenían toda clase de sorpresas y nosotros bullíamos en ellas, sin sospechar que un día no lejano iban a convertirse en enemigas, en cotos cerrados, en alambrada de espinos. Un tiempo hubo en que la calle era nuestro refugio, el que te hacía huir de la monotonía diaria, el que te aliviaba del trabajo, el que reseteaba tus sentidos y el que te traía el hallazgo de los encuentros. Todos unidos en ese momento del saludo, en ese adiós de las despedidas. Hace tiempo de esto y aún se recuerda esa fibra brillante de la vida enlazada. Hace unos años todo cambió y, para muchos, terminó. Nunca más recuperar la agilidad de las miradas, el abrazo, el beso, la bulla ingenua, el temblor de los escaparates. Nunca más sentirse libre y a salvo de todo en ese espacio irrecuperable que ya no es nuestro, no es nues...
/David Hockney, in memoriam/ Un hombre vestido de blanco descendió el avión y entonces se elevaron al cielo muchas voces blancas, niños y niñas, jóvenes, adolescentes, que cantaron canciones, cantos, cánticos y también hubo cantes en el aire y esto fue una especie de aviso de que todo el mundo se había dado por enterado de la visita del hombre de blanco al viejo país, gastado, cansado y sin esperanzas, que quiso convertir las voces de los niños en telegrama, carta, correo electrónico o mensaje de móvil para decir a ese hombre que querían que las cosas fueran distintas y la gente tuviera un poco más de ilusión, no solo los que llegaron de fuera sino la gran mayoría de todos, hoy dispersos, perdidos, agotados, envueltos en noticias alarmantes, angustiados porque faltan muchas cosas. Madres que velan por sus hijos, hijos que tienen que ayudar a los padres, muchachos que no saben dónde estará su futuro, árboles sin vida, luces apagadas, historias sin escribir. Todo eso se elevó al cie...