martes, 18 de junio de 2019

Cecilia, al otro lado


He soñado con ello muchas veces. Viendo a Brando, por ejemplo, en el memorable tennessee “Un tranvía llamado deseo”. No resultaba extraño, desde luego, que Vivian Leigh lo mirara como se mira a un hombre, aunque este ignore la mirada de alguien a quien no siente sino como un remedo de mujer. O contemplando a Andy García en “Los intocables de Elliot Ness” de Brian de Palma, ropa de diseño, mirada natural, acento cubano perfecto. 

Incluso ese sueño ha surgido con el duro Delon en “Rocco y sus hermanos”, tierno al final, ya sabes, y con Russell Crowe en “Prueba de vida”, pétreo buscador de hombres perdidos y consuelo de mujeres que esperan. 

Soñar que traspasas la pantalla, que cruzas el espacio sideral del cine y que llegas allí, a ese lugar innominado en el que ocurren “cosas”. Esas cosas que cuentan los directores y en las que te sumerges, porque la vida tiene poca poesía y muchos sinsabores. 

Como Cecilia. La pobreza de la Gran Depresión, el desamparo, la soledad de que no te comprenda esa persona, el despotismo de alguien que ha jurado amarte y lo ha olvidado, el alcohol que le niebla la mirada….Cecilia lo soñó y llegó Allen y lo hizo realidad en un segundo. Este tipo maneja con sus manos la posibilidad de hacer posible un sueño como este, un deseo irrefrenable, dejar de ser de ti y ser otro en un sitio en el que no te alcancen ni el miedo ni la furia. 

América años 30, el momento ideal para perderlo todo, incluso la vida, si hay ventanas cerca. El momento crucial para empezar de nuevo, si tienes agallas y suficiente dosis de heroísmo. El momento fatal para sentir que estás viviendo de prestado y que todo es tan leve como el aire que cruza la ciudad de New Jersey tan de tarde en tarde. 

Ocurre que el amor estalla en cualquier parte. Incluso aquí, en este decorado de cartón piedra, la foto en blanco y negro que se abre y que se cierra. Jeff Daniels te ha mirado y la lanzado su mano para que tú te agarres y subas al balcón del escenario, cual Julieta que espera a su Romeo, cual amante que espera que la amen. 

Cine dentro del cine. Tributo a los cinéfilos, esos seres especiales que aman (amamos) el cine como si fuera algo nuestro, personal, una muesca en nuestro revólver. Los cinéfilos, que hablamos con palabras de cine, repetimos diálogos, evocamos personajes y sonreímos cuando nos topamos con otro ejemplar de cinefilia por la vida. 

Ternura irónica, mirada compasiva, hacia unos seres y un momento histórico en el que el día a día se podía convertir en una aventura. Qué comer, qué comprar, con qué guisar, qué vestir, qué pensar….de nuevo, en qué soñar. La huída como forma de redimirse del cansancio. La huída hacia el fondo de la pantalla en la que, vez tras vez, se representa la comedia de lujo y fantasía que te gusta. Allí está todo lo que no eres. Están los vestidos, la comida, las joyas, los coches fastuosos, están la gente que sabe hablar y que no grita, los bebedores sociales y no borrachos. Está él, un héroe, un hombre de verdad. Que te mira a los ojos cuando habla, que lleva ropa diferente a toda la que has visto hasta ahora. He aquí a un hombre que te ama. 

Entre Monk, tu marido, y Gil Shepherd hay una distancia tan grande como la que hay entre el cardo y la rosa. Los exabruptos se trocarán en risas. Los insultos en besos. Los desprecios en palabras bonitas. Todas necesitamos que nos amen y que nos amen bien. Esa es la cosa. No es casual que haya tantos cinéfilos entre los corazones sensibles que han tenido una existencia dura. La sublimación de la felicidad, los escenarios que sirven de telón de fondo a la dicha, se reflejan en la pantalla de una forma brutal. El choque con la vida podría hacernos huir de esos escenarios. Pero es justo lo contrario. Ocurre que, en lugar de abandonar el sueño, abandonamos la vida que vivimos y subimos todos los peldaños que nos acercan al mundo que en el cine es usual. Un mundo en el que no es posible aburrirse nunca. 

Cecilia no es una mujer tan solo. Es todas las mujeres. Y los hombres. A veces olvidamos que el desapego y la ausencia anidan en todos, sin distinguir sexos, edades ni clases sociales. Y, para todos, el cine tiene algo que contarnos, algo que explicarnos con la palabra exacta. 

Y, cuando parezca que está todo perdido, cuando ya la esperanza semeje el hilo liviano de un tejido roto, allí aparecerán ellos, en los lujosos escenarios de “Sombrero de copa”, ellos, la inmortal pareja Fred Astaire y Ginger Rogers cantando y bailando el también eterno “Cheek to cheek”.

Sinopsis: 

Cecilia, una víctima más de la Gran Depresión, con un miserable empleo de camarera en New Jersey y un marido en paro, pasa las tardes en el cine, viendo como en la pantalla desfila un mundo de glamour que no estará nunca a su alcance. “La rosa púrpura de El Cairo” es una de sus películas favoritas y, tras verla muchas veces, ocurrirá algo que cambiará su vida. 


Algunos detalles de interés: 

“La rosa púrpura de El Cairo” es un Allen (Woody) de su mejor cosecha. Estrenada en 1985 tiene un reparto lleno de primeras figuras como suele ocurrir con este creador, a quien se rinden los actores incluso con sueldos de pocos ceros: Mia Farrow, Jeff Daniels, Danny Aiello, Dianne Wiest, Van Johnson, Irving Metzman, Stephanie Farrow, Zoe Caldwell, John Wood, Milo O'Shea, Edward Herrmann. 

Mia Farrow, a la sazón pareja del director, es Cecilia, la protagonista, una pobre chica acosada por la mala vida que le da su marido, Monk, encarnado por el genial Danny Aiello. 

Además de dirigirla, Woody Allen escribe el guión, como es habitual en él, aunque no interviene como actor, algo excepcional en aquellos años. El equipo principal se completa con la música de Dick Hyman y la fotografía de Gordon Willis. 

La película tuvo una gran aceptación entre el público fiel al director, que sigue con expectación cada una de sus entregas. En relación con los premios, como también es habitual, no tuvo demasiada suerte. Ya se sabe que Allen es más amado en Europa que en su EEUU natal. Quizá porque es el más europeo de los directores americanos. Aun así, obtuvo el Premio FIPRESCI en el Festival de Cannes, de 1985: fue nominada al mejor guión Original en los Oscar de ese mismo año y obtuvo cuatro nominaciones en los BAFTA, entre ellos, mejor película y mejor guión original. En los premios César consiguió alzarse con el galardón a la mejor película extranjera y el Círculo de Críticos de Nueva York la premió como el mejor guión. 

Personalmente pienso que, junto con “Annie Hall” y “Hanna y sus hermanas”, forma la trilogía magistral de Woody Allen. 

lunes, 17 de junio de 2019

Hojas caducas


El espacio dorado de la playa, el sol poniente, la sombrilla, la falda airosa, la blusa que se mueve con el viento. Los ojos llorosos que se llenan de un deseo insatisfecho. Un juego prohibido que termina mal. Unas manos que ansían la caricia que no es posible obtener sin perderlo todo. Una traición, quizá. Una búsqueda. Un sentimiento que no cabe en el corazón, que va más allá. El miedo, ese compañero molesto e invisible. El deber. La lucha. La conquista. Todo. 

La hija de Ryan es la historia de una elección. Se colocan en dos recipientes de cristal los ingredientes. En uno de ellos, la tranquila serenidad de un esposo maduro, la protección del hogar, la aquiescencia con las mentes bienpensantes y el respeto a la tradición de tu propio pueblo. En el otro, un recipiente quizá más tumultuoso, más movido, en el que afloran las contradicciones y el asombro, está la pasión no vivida, el fervoroso abrazo de los cuerpos, la vida que se escapa, el amor en su cumbre más alta, la afirmación de uno mismo frente a la multitud. 

Demasiado peso para alguien que tiene veinte años. Que vive una existencia anodina en un mundo convulso. Nadie elige el tiempo en el que nace. Ni la familia, ni los padres, ni el lugar. Nacer es un acto arbitrario y la naturaleza reparte y quita dones de una forma tan caprichosa que debería existir un libro de reclamaciones. 


La película enfrenta dos realidades: la física, con un entorno natural lleno de dureza y hermosura y la emocional, con personajes que viven en una dualidad permanente. El telón de fondo no podía ser otro que la guerra, ese estado convulso donde todo lo malo es posible, donde todo lo bueno tiene cabida. 

Irlanda es un polvorín. En los años de la Primera Guerra Mundial la reacción contra el poder inglés es una constante. En ese mundo cualquiera puede ser un traidor.  A ese mundo de subterfugios y disimulos regresa Charles Shaughnessy, un maestro de escuela viudo, que hace nacer en la joven Rossie el sueño imaginado de una vida mejor, menos mísera. La diferencia de edad entre ambos no debiera ser motivo de fracaso, pero hay otras diferencias más profundas aunque menos evidentes. Charles busca la tranquilidad, donde ella ansía vivir sobre un volcán con lava derramada. 

El fuego de la pasión es el caldo de cultivo de los sueños y su imagen, para Rossie, es la del Mayor Dorian, un inglés que representa la dulzura, la tragedia, la emoción, que a la vida de la hija del tabernero le ha faltado siempre. Dorian conduce a Rossie al borde del abismo, pero es un abismo del que no puede nadie sustraerse, si no quiere reconocer que ha perdido la vida, el tiempo, todo. 

¿Hasta qué punto es posible escapar al destino? ¿A ese destino que te conduce directamente a perderlo todo? El mar, la playa suntuosa, el paisaje, es aquí el trasunto de las vidas. Estas no son de una pieza, sino que tienen aristas, tienen dobleces, tienen interiores que no pueden contarse al exterior, que no pueden abrirse. Visillos velados que cubren las ventanas de las casas en las que todo ocurre sin que nada resuelva el anhelo que solo la arena de la playa o la espesa capa de verdor del bosque logrará convertir en un triunfo. 

Rossie sueña con encontrar en un hombre la respuesta a sus preguntas. Incluso con encontrar preguntas que nunca se había hecho. Preguntas vestidas de cristales ardientes. Todas las mujeres casadas que son como ella buscan al hombre equivocado. Así lo hizo, recuerda, Connie Chatterley en la hermosa mansión que cuida un guardabosques. Los hombres equivocados tienen una gran variedad. Unos son seres suficientes e  incompletos, otros unos perfectos canallas. Dorian es una víctima de la guerra y de su propio atractivo, de su aire de muchacho indefenso, de sus pesadillas, que lo acosan. Es un hombre hecho para el amor que ha sido condenado a hacer la guerra. 

Y Shaughnessy es el hombre tranquilo. Se sienta en el vacío de su existencia como si únicamente tuviera la misión de que las horas pasaran sin alterarse, manteniendo el equilibrio que convierte su corazón en un estanque vacío, sin olas y sin mareas. Es un hombre acabado para todo lo que no sea la compasión distante. Un hombre a quien el cuerpo no responde sino para arropar y proteger. ¿Qué mujer no desea que su marido la inunde de fulgores en lugar de recibir una amable sonrisa llena de un perdón que nadie le ha pedido? 

Los personajes secundarios ofrecen el complemento necesario a la tragedia que ha de consumarse. La traición, la violencia, el engaño, el miedo, la cobardía, la huida, todos las emociones de las que el hombre se avergüenza cuando las siente alguna vez en su vida, se reúnen a la vez para atestiguar que la historia no deja cabida a la esperanza, cuando el sonido de los cañones sobrepasa al latido del corazón. ¿Puede uno vivir una historia de amor en medio de un conflicto? ¿Es lícito querer ser feliz a toda costa? ¿Qué clase de locura es la que acompaña a estos dos seres anclados en un mundo que no les pertenece, al que no pertenecen?

La guerra siempre deja secuelas. Destroza las ciudades, desata las pasiones más viles, esconde los buenos sentimientos, oculta los deseos más razonables, humilla a los más pobres, exalta a los violentos. La guerra desarma a las mujeres, convierte en frívolas sus emociones más hondas, en livianos sus dolores, en fáciles sus dificultades. 

La secuela mayor es la destrucción de la vida. La vida que crece en el interior y que precisa abono, como esas flores silvestres, rojas y amarillas, al borde del camino que Rossie aplasta con su cuerpo cuando Dorian, en un gesto imposible, la abraza queriendo conjurar a los demonios que, por mucho que se empeñe, nunca abandonarán su cuerpo mutilado. 

Sinopsis:

En un pueblo de Irlanda, en los años de la Primera Guerra Mundial, viven un tabernero y su hija Rossie Ryan. Ella sueña con un futuro mejor y por eso seduce y se casa con un maestro viudo que no puede aplacar el ardor de su sangre. Por eso, cuando conoce a un soldado inglés, el Mayor Dorian, se lanza a una pendiente en la que lo que menos importa es perder la fama, el honor e, incluso, la vida. 

Algunos detalles de interés:

El guión original, maravilloso, una historia plena, lo escribió Robert Bolt, a la sazón esposo de Sarah Miles. La película  se estrenó en 1971 y es de nacionalidad británica (Faraday Productions). Su director David Lean, logra conjugar los aspectos intimistas ya entrevistos en “Breve encuentro” y la grandiosidad de otras de sus obras como “Doctor Zhivago” o “Lawrence de Arabia”.

Los principales intérpretes son Robert Mitchum (Charles Shaughnessy), Sarah Miles) (Rossie Ryan), Trevor Howard (Padre Hugh Collins), Christopher Jones (Mayor Randolph Doryan), Leo McKern (Tom Ryan) y John Mills (Michael).

La música, acorde con la poética del filme, es de Maurice Jarre; la fotografía de Freddie Young. Para rodar la película se construyó ex profeso todo un pueblo, a base de decorados, que luego se destruyeron, en la península de Dingle. 

Aunque la crítica fue despiadada con la película, ocasionando una profunda decepción en Lean que llegó a estar retirado unos años de la dirección cinematográfica, obtuvo algunos premios importantes. 

domingo, 16 de junio de 2019

"Secreta luz" de Victoria León. Poesía.

"Secreta luz" tiene treinta poemas, treinta heridas. Miguel Hernández llegó con tres, recuérdalo, la del amor, la de la muerte, la de la vida. Victoria León ha escrito treinta poemas y, de uno de ellos, En la secreta luz, ha tomado el título del libro, hermoso libro, hermoscísimo título, poemas hermosos. 

Es muy difícil leer poesía. Más aún, escribir de poesía. Un verso equivale a cinco páginas en prosa. Lees un verso y tienes que releerlo y luego hablarlo, luego cantarlo y después recobrarlo de nuevo. Así que no te engañes porque haya, sólo, treinta poemas aquí, y de corta extensión la mayoría. Necesitarás multiplicar por cinco y eso serán ciento cincuenta páginas, una novela corta por lo menos. 

Leer poesía requiere entrenamiento y que no suene nada mientras lo haces. Si a lo lejos se oye una guitarra (la del vecino que ensaya para sus clases del conservatorio) equivocarás el tono y el poema puede irse de ritmo y convertirse en otra cosa. No puedes decirle al vecino que se calle así que habrás de encontrar el momento propicio, la estancia silenciosa, el tiempo solemne. Un verso equivale a cinco páginas. 

Repite la palabra "vacío" tantas veces que podría haberlas contado, aunque eso supusiera añadir más números a la lectura. Treinta poemas, un montón de vacíos. Lo dirige a alguien que es, a la vez, una sombra, una ausencia, una entelequia, una inexistencia. No está el interlocutor por ningún lado y los versos se transforman en preguntas. Algunos poemas son preguntas enteramente. Como Retrospectiva apócrifa, con una pregunta constante, repetida, machacona, una pregunta extensa que, a juzgar por lo que sigue, no tiene respuesta. Hay un hilo conductor en toda la escritura y por eso sabemos que todas las preguntas se dirigen al aire, quedan en el vacío. El vacío, la palabra. 

En Despedida: "Este cansancio, ¿no termina nunca?" De nuevo hay que inquirir para solventar una duda que permanece. Arrastras el cansancio por todo el libro y la pequeña, espesa, escasa luz solo aparecerá de soslayo y no siempre. Todo lo contrario, te apabulla la solemnidad de la imposible respuesta: Envejecen también nuestras heridas. Cierto. Algunas seguridades no son complacientes, sino que ahondan en la sima. "Y ya nunca volvemos de tanto desamparo".

Desde el vacío se llega a la soledad. No desaparecen las preguntas pero estas se tornan más desesperadas, más llenas de dolor, porque la vida cuesta y el tiempo va pasando sin que haya más respuestas que un bumerán de preguntas ansiadas: "¿A dónde ir con tanta soledad/ cuando nos huya todo lo que amamos?" La parte por el todo. Ese todo convertido en la nada. Del vacío se llega a la soledad. De la soledad al desamparo. De ahí al reconocimiento de la ausencia. De la ausencia a la nada. Nada es, al final, el resultado. De ausencia sin remedio habla La mitad del alma. Ese recorrido por el mundo total sin que podamos entender su sentido porque todo lo que vemos habría tenido que ser visto en compañía. Ese verlo hacia dentro, hacia nosotros, le quita el sentido a la belleza, cambia sus proporciones y convierte la exploración en llanto. Pero no hay lágrimas en estos versos así que deben haberse escondido en algún sitio. 

Para que no te olvides de quien soy te hago una promesa. Te lo prometo todo y me lo prometo a mí misma, que es la mejor manera de cumplirla sin que nada ni nadie pueda convertirse en muralla, en roca, muro o desecho. Es aquí, En la secreta luz, donde esa promesa se sustancia para que sirva de propósito y de guía. Con ella por delante, continúo, dice el verso. 

(Los libros te persiguen, te buscan y aparecen siempre en el momento oportuno. Que aparezca un libro de poemas es un peligro. Porque no puedes esconderte en ningún argumento. Porque no puedes ocultarte como haces siempre en ese toque de humor casi tierno que practicas. Aparecen los versos y estás ya perdida. Deambulas pero sabes que, al fin y al cabo, tienes que terminar viendo delante lo que quieres tener siempre escondido. Los libros de poesía son peligrosos. Este es uno de ellos. Si lo lees, que sepas que habrá cosas que no querrás saber, aunque las sepas) 

Secreta luz. Victoria León. IX Premio de Poesía Iberoamericana Hermanos Machado. 2019. Publicado por la Fundación José Manuel Lara en su colección Vandalia. Dedicatoria: "A mis padres". Citas iniciales de G. A. Bécquer y R. L. Stevenson. 

Releyendo: "Emma" de Jane Austen


"Emma" es una novela perfecta. Contiene todos los ingredientes necesarios para que esa perfección sea disfrutada a tope por el lector. Personajes interesantes, un argumento convincente, una sociedad llena de aristas, una observación psicológica profunda, muchísimo humor, algunos enredos, una intriga por resolver...

Además de eso, su protagonista es un caso único en la literatura de la época y en los libros de Jane Austen. Si Elizabeth Bennet, la de "Orgullo y prejuicio", te pareció moderna, sincera y atrevida, libre de prejuicios y llena de ingenio, Emma Woodhouse une a todo eso su papel de rica heredera, lo que le permite no depender de nadie, ni siquiera de ningún hombre que le proporcione un buen matrimonio y un carácter muy especial que nos va a hacer pasar buenos ratos, aunque quizá haya momentos en los que queramos estrangularlas.

Cuando la presentó a su auditorio favorito, amigas, hermana, madre, Jane Austen ya dejó claro que estaba muy convencida de que Emma no sería santo de la devoción de muchas mujeres, que la verían caprichosa, exigente, malcriada y llena de tonterías. Los pájaros en la cabeza de Emma, sin embargo, no son dañinos ni generan mal rollo sino todo lo contrario, abren y cierran la puerta de la historia de modo que te hacen transitar por enigmas no resueltos y por conversaciones llenas de cursivas. 

La conversación es el gran aliado de Austen en sus libros. Las personas se reúnen, se encuentran e intercambian sus ideas y sus pensamientos de una manera única. Dado que ella misma no es proclive a esas pesadas descripciones que hacen otros escritores, es la conversación el recurso que utiliza para que conozcamos la historia, a los personajes, incluso a los paisajes y lugares. Jane Austen no se detiene en las exposiciones prolijas de ambientes y paisajes que ralentizan tanto la literatura sino que prefiere que seamos nosotros mismos los que veamos con los ojos de la gente que aparece en el libro todo aquello que debe ser mostrado. La conversación es un medio de comunicación que ha tenido siempre muchos detractores. Todavía se considera una excelente virtud la prudencia asociada al silencio. Sin embargo, no se repara en que conversar no es parlotear sin sentido, no es contar lo que no se debe ni tampoco hablar sin pensar. La conversación requiere de interlocutores que se escuchan y que empatizan con la narración ajena, lo que ilustra los actos con diversos puntos de vista. Es una forma tan humana de relacionarse que, últimamente, la recomiendan los psicólogos por su valor terapéutico. Jane Austen eleva al conversación al grado máximo, porque requiere de inteligencia y significa tanto introspección como extroversión.

Hay un segundo recurso muy interesante que aquí también aparece: las cartas. Las cartas son una conversación en diferido, el modo en que los personajes se sinceran y abren sus corazones. También es la manera en que los enredos se solucionan. En todas las novelas de Austen las cartas tienen un peso excepcional, incluso ahí está "Lady Susan" totalmente epistolar, para demostrarlo. Esto es así porque Jane Austen era una excelente escritora de cartas. Narraba cualquier acontecimiento con una mezcla de talento y gracia.

El tercer recurso de los libros Austen y, sobre todo, de algunos de ellos (vamos a exceptuar "Mansfield Park" que más parece una novela gótica y es lo menos Austen que se despacha), es el sentido del humor. El humor convierte una tragedia en algo llevadero. En este libro hay varios niños que se han criado sin madre, aunque el destino de cada uno de ellos ha sido diferente: Emma, Isabella, Jane, Harriet, Frank, todos ellos perdieron a sus madres en edades muy tempranas y a cada uno de ellos la suerte los ha tratado de forma diferente. Pero Jane Austen no se regodea en ese dolor sino que lanza una mirada tan compasiva como realista, tan llena de ironía como de ternura. Es un sentido del humor que no hace daño y, cuando algún personaje se pasa, caso de Emma con la señorita Bates, recibe su castigo. 

La galería de personajes es uno de sus mayores méritos: Emma Woodhouse, la protagonista, guapa, joven, rica e inteligente; su padre, hipocondríaco y maniático; su hermana Isabella, una madre de familia sin más pretensiones que curar los resfriados de sus hijos; el señor Knithgley, seguramente el caballero más encantador e inteligente de todos los que creó la autora; las Bates, madre e hija, súper divertidas, pobres, tiernas; Jane Fairfax, misteriosa y elegante; Harriet Smith, hija de no se sabe quién, ingenua y corta de miras; los Martin, esos honrados granjeros; el señor Elton, presuntuoso y detestable clérigo, con su nueva esposa, Augusta, un horror venido de Bath; la señorita Taylor, primero juiciosa institutriz y luego esposa del señor Weston; el joven y prepotente Frank Churchill, a quien todos quieren conocer y amar...

Quizá el hecho de que haya muchas bodas en la historia pueda hacernos pensar que se trata de una novelita tonta y romántica. Pero ahí erraríamos. Nada de eso. Es más bien una excepcional visión sobre una sociedad que se basaba en convenciones que la propia autora critica, aunque lo hace con la inteligente ternura que ella era capaz de poner en sus textos. Es, sobre todo, un mosaico lleno de pequeñas sorpresas, una historia caleidoscópica con tantas idas y venidas que te sorprende en cada recodo.

El personaje principal, Emma, experimenta la transformación que la conducirá a comprender el lado bueno de las cosas, a usar bien su inteligencia y a ponerse en el lugar de los otros. En este sentido, es una novela de aprendizaje. Y el amor, como sentimiento que mueve las acciones (y su contrario, el desamor) es el hilo conductor que aparece escondido casi todo el relato hasta que reluce. Se esconde en las cabezas de Frank Churchill y Jane Fairfax; se esconde en el granjero Martin y Harriet; se esconde, sobre todo, en el señor Knightley que, siendo como es un hombre tan cabal, necesita más tiempo del que sería menester en entenderse a sí mismo.

sábado, 15 de junio de 2019

A la hora exacta


Hay besos y besos. Un beso casi fraternal, de buenos días, con un Ray Milland algo tenso y una Grace Kelly muy puesta en su sitio. Un beso apasionado, con Robert Cummings soñoliento, quizá producto del jet lag, y ella vestida de rojo, alfombrada de rojo se diría, con un vestido de gasa palabra de honor, de escote corazón y ese bolero de encaje con las mangas al codo…Puedes besar sin duda, pero….

Lo más difícil de todo es imaginar que ella ama a alguno de estos hombres. En realidad, no parece que logre sentir pasión por ninguno de sus partenaires. Ni siquiera por aquel que, en la vida real, la sacó de los escenarios elegantes de la pantalla grande, para llevarla a pisar, con zapato de marca y vestido de alta costura, los escenarios de los grandes en el paraíso de las celebridades. Un galimatías que tú entiendes muy bien. Lo que va de las alfombras rojas a los adorables rincones de la Costa Azul. Isadora Duncan parece transitar por ellos, con su foulard al viento, en un descapotable. 

La película es la radiografía de un crimen. La ecuación planteada es perfecta: Tenista retirado y falto de recursos y de escrúpulos. Frío, calculador, un punto maniático. Coleccionista de trofeos, bont vivant. Cínico. Embaucador. Su verdadero pensamiento se trasluce únicamente en cierto gesto de los ojos, una especie de luz previsora que sale a colación sin que él se dé cuenta. El resto es manipulación y mentira. 

El otro vértice es el de la esposa rica. Tan sumamente rica que está diciendo “mátame”. En las películas de cine clásico ser millonaria es un pasaporte seguro para el asesinato. Heredas una sustanciosa suma de dinero y van a por ti. Eres rica de cuna, y alguien pensará en que estás de más. Se casan contigo y nunca sabes si es por tu agraciado físico, tu indudable talento o tu cuenta corriente. Las heroínas sin fortuna tienen más fácil el enamoramiento. 


Luego está el amante. Escritor, no podría ser otra cosa. Los escritores son ideales para hacer este papel. Al fin, siempre pueden utilizar la historia en algún libro. Y son reacios al compromiso. Los escritores no saben amar. Se quieren demasiado a sí mismos. Se buscan a sí mismos en todo lo que escriben y las mujeres son solo un decorado. Los decorados estorban a veces, cuando la vida cambia de sentido. Mejor ser amante que esposo para ellos.  

Falta, quizá, un cuarto elemento, el que logra la catarsis, el que incide en que todo se funda: el asesino, un pobre diablo, ladrón de poca monta, engañador de mujeres, un seductor sin gracia, nada que ver con Joseph Cotten y su colección de viudas ricas y faltas de pudor. Swan no tiene atractivos, ni siquiera sabemos por qué extraña razón pasó de la universidad al crimen aunque ya entonces apuntaba maneras. Es un medio, una víctima anticipada. Un pícaro de libro. Un instrumento. 

¿Alguien más? Ah, sí. El policía. A medio camino entre Doyle y Poirot. Muy inglés, pero atento a su acicalado bigote como si fuera belga. Aficionado al aire libre pero temeroso de que su apostura de Beau Brummel se resienta por el duro trabajo de encontrar pistas falsas en una habitación sobrecargada de ellas. No teme a las corrientes de aire, ni ordena con cuidado los elementos de la chimenea, pero guarda en su cabeza una caja registradora y cierta compasión por las mujeres incautas pero bellas. 

El escenario más sencillo que imaginarse pueda. Un piso en el que todos los cuartos quedan a la vista. Una puerta-ventana por la que puede entrar cualquiera que no posea la llave de la casa. Ah, las puerta-ventanas, qué gran servicio hacen al crimen y al misterio en todas las novelas y las películas. Un salón de paso, abigarrado de muebles y de puertas, con fotos, chimenea, trofeos, sofás, mesas de despacho….y un teléfono. Un sencillo, práctico y elegante teléfono negro de horquilla.

Cinco personajes en torno a una llamada

Tony Wendice es un hombre frío. Esa frialdad, que pudo ayudar a su triunfo en las canchas, no le deja ver el esplendor de la mujer con la que se ha casado, precisamente la belleza más elegante del cine. Con su poquito de hieratismo, sin duda. Una cariátide vestida de alta costura. Si tu mujer es rica y tiene un amante del que recibe apasionadas cartas, estás en peligro. Puedes perder tu modo de vida. Así que, huelga decir que hay que hacer algo. Eso mismo es lo que piensa Wendice. 

El marido y el amante discursean sobre el crimen perfecto. Exactamente igual que lo hacían el padre y el vecino de Charlie en “La sombra de una duda”. ¿Es posible? Tamaña elucubración debe estar en la mente de todos los criminales. Y de su anverso, todos los policías. Como si se tratara de un edificio, a modo de ensamblaje arquitectónico, Wendice superpone todos los detalles, los estudia, analiza y pone en práctica. El asesino, el medio, el lugar, el momento. 

El puzzle parece muy sencillo. Pocas piezas tienen que encajar. No se trata de uno de esos de miles de trocitos con imágenes confusas en los que uno se hunde y, en lugar de servirte de relajo, te pones más y más nervioso. Cuando surge el contratiempo, Wendice no pierde la calma y escucha, impertérrito, cómo su mujer es asesinada en directo. A través del teléfono. Un teléfono negro en una cabina de un exclusivo club londinense. 

La culpa fue del reloj, sin duda. Nunca antes un pequeño retraso había supuesto cambiar el destino de tanta gente. Al final va a ser cierto que la puntualidad británica es una virtud. Recuerda: si quieres cometer el crimen perfecto, asegúrate de que todos los relojes marquen la hora exacta. 

Sinopsis:  

Tony Wendice, tenista retirado y casado con una mujer rica, Margot, decide planear su asesinato para lograr quedarse con su herencia, ante la sospecha de que ella tiene un amante y podría abandonarlo. Confía el trabajito en un antiguo compañero de la universidad. Lo demás, mejor verlo por ti mismo. Los spoilers son muy molestos. 

Algunos detalles de interés: 

El equipo técnico de la película es de primera división: Guión de Frederick Knott basado en una obra de teatro escrita por él mismo, que se estrenó en la BBC en 1952. La música, increíblemente perfecta, es de Dimitri Tiomkin. La fotografía, saturada, intensa, es de Robert Burks. El director, ya lo sabéis, Alfred Hitchcock, quizá la mente más retorcidamente ingeniosa de la historia del cine. 

La película, “Crimen perfecto”, una producción de la Warner, se rodó en 1954. Sus principales actores forman el quinteto de personajes de la obra: Grace Kelly, como Margot; Ray Milland como Tony Wendice; Robert Cummings como Mark Halliday, el amante escritor; John Williams como el inspector jefe Hubbard; Anthony Dawson como Swan Lesgate. 

Hitchcock aparece, en esta ocasión, como uno de los comensales de la cena de universidad que se recoge en un retrato colgado en la pared. El vestuario, nada desdeñable por su belleza y su ajuste a la época, es de Moss Marbry. Maravilloso vestido rojo con transparencias de encaje que ha pasado a la historia de la moda junto con ese otro, también lucido por Kelly, blanco con flores negras de "La ventana indiscreta". 

Grace Kelly, fue, junto con Tipi Heddren, Doris Day o Kim Novak una de las rubias frías del director. Había nacido en Filadelfia en 1929 y realizado ya algunas películas de interés, como “Solo ante el peligro” de 1952 con Gary Cooper y la espectacular “Mogambo”, compitiendo, es un decir, con Ava Gadner. Con el maestro Hitchcock rodó otras dos películas: “La ventana indiscreta” y “Atrapa a un ladrón”, en la Costa Azul, con Cary Grant. Murió en un accidente de coche en Mónaco, siendo Princesa, en 1982. Por su parte, Ray Milland era galés, versátil, elegante, y lo mismo hacía teatro, que cine, que luego mucha televisión, en sus años finales. Por “Días sin huella” de Billy Wilder obtuvo un Óscar. Fue el padre de Ryan O´Neal en la famosísima y lacrimógena “Love Story” de 1970. Murió en 1986 en California. 

viernes, 14 de junio de 2019

Canta Yeats la olvidada belleza


"La vida es una larga preparación para algo que nunca sucede" dice Yeats y yo tomo la frase y la traduzco a la vida: tanto tiempo esperando el mañana y cuando llega, es un hoy irremediable, que nada modifica. Los trece años fueron muy largos. Yo quería que llegara el catorce a toda costa. Los trece eran inmensos, aburridos y no tenían emociones, nada que contar ni que decir. No recuerdo el motivo solo que siempre eran trece y los trece no se marchaban para dar paso a un número sensato, el catorce, que tantas puertas debería haber abierto. No sé si las abrió. Ahora lo dudo todo. Pero esa sensación de esperar algo que no está en sazón, de desear que pasen los días para que ocurra algo, buenísimo por cierto, algo espectacular, algo que cambie todo, que lime la monotonía, que agite los pensamientos, que avente las razones, algo nuevo, esa sensación, digo, es exactamente la misma en todos los años, en todas las cosas. Por eso la frase de Yeats te consuela. Nadie mejor que alguien que escribe versos para explicar lo que no es posible entender desde la prosa.  Nunca ocurre aquello para lo que nos hemos preparado, te dices a ti misma. Y, al contrario, la vida se empeña en presentarnos lo que no estaba previsto, lo que no deseamos, lo que no nos importa, lo que no se ha estudiado ni previsto. La vida nos obliga a ser actores que improvisan de manera constante. No vale aprenderse un papel, ni saberse de memoria las entradas y salidas, los mutis o las apariciones, los saludos, no vale porque el guión se cambiará sin previo aviso y tendrás que inventarte un personaje, una frase o un texto completo. Ese largo, larguísimo preludio, ese prólogo constante que es la vida, puede llevarte al epílogo sin que el argumento se haya desarrollado como tú pretendías. 


Hay gente que vive de puntillas las ausencias. Espera (esperar, siempre es el verbo) que terminen, que se aplaquen, que desciendan, incluso que sean leves, ligeras, matizadas por la voz en el teléfono, por el mensaje y los emoticonos. Las ausencias que pueden paliarse con un gesto sencillo, con un movimiento frágil y sin importancia, son esas que cultivas saltando de una a otra. Estar lejos es ahora lo más fácil, la mayoría está lejos, todos estamos lejos, la lejanía es la forma en que tenemos de no olvidar lo difícil que es todo. Hay gente que pasa las horas deseando que terminen, que avistan el horizonte de una fecha y a ella se dirigen sin pararse a pensar que el transcurso también es esencia, etapa, momento o circunstancia. Tantas veces quise que llegara lo nuevo, lo verdadero, lo esencial, lo cambiante, lo firme...Tantas veces y tantas se quedó en el camino todo lo que podía convertir esa espera en un exacto fuego de artificio que terminara prendiendo las ramas en la hoguera...Así que Yeats tenía razón y lo escribió porque todos lo somos: seres con esperanza pero sin realidades, viviendo más en lo que puede ser que en lo que existe. Al fin y al cabo, nada sumándose a otra nada que termina pasando las páginas del libro.

(Fotografías de Nina Leen) 

jueves, 13 de junio de 2019

Seis días de junio


(Fotografía Vivian Maier. Nueva York, 1957)

Cada trece de junio se marchita una rosa. La rosa de tu nombre, tu presencia. Rosas rojas, rosas amarillas, las rosas rosas, rosas. No las rosas del último día, no las rosas gastadas, no las rosas azules ni los lirios, las rosas. Las rosas de los parques junto al río, las rosas de las fervientes orillas. Las rosas del jardín de la casa, las rosas del camino y los bosques. Se marchita una rosa cada trece de junio desde que ya no estás ni puedes levantarte entre felicidades y regalos que tienen, todos, un secreto escondido. Son seis junios pasados y resultan tan largos, tan demasiado largos, tan absurdos, tan llenos de vacío, tan parcos de silencio, tan oscuros y hambrientos, tan tibiamente ausentes. Son seis y estoy buscando en el aire un recuerdo que permanezca firme, que permanezca claro, que permanezca entero, que permanezca todo. Ahí están. Las risas en las cenas. Las huellas de las manos. Los besos en la orilla. Las esperanzas llenas. Todo se ha convertido en una lucha única en la que nadie vence, en la que todos pierden. Mientras tanto, en la noche, perdidos desde entonces, tus junios se lamentan de no tenerte cerca. Como yo, en la hueca esperanza, en el sol despejado, en la simiente viva de los amaneceres sorprendentes.

Cualquier día es un aniversario. 

"Olga" de Bernhard Schlink

Bernhard Schlink saltó a la fama literaria, es un decir, con su novela "El lector", que publicó en español esta misma editorial. Su trabajo como juez no le impide continuar con la escritura de relatos y novelas que Anagrama va publicando periódicamente. El trasfondo de la historia de Alemania desde finales del siglo XIX y, sobre todo, durante el convulso siglo XX, está muy presente en sus obras y en sus preocupaciones. La literatura es la manera en que solventa algunos ajustes de cuentas con el pasado y también en la que se explica acontecimientos que traumatizaron y todavía traumatizan a sus paisanos. Alemania ha tenido una historia difícil y asumirla quizá requiera de tanta reflexión como imaginación. 

En esta ocasión la protagonista del libro es una mujer pobre. Esto limita sus posibilidades y la sitúa dentro de un mar de zarandeos que contribuirán a la desgracia, porque la pobreza es un plus añadido en un mundo convulso y desmembrado. Olga es huérfana y vive con su abuela, aunque su máxima referencia sentimental es el joven del que está enamorada, Herbert, que, por pertenecer a una familia de clase superior no parece destinado a ser su pareja. Al menos eso es lo que tiene claro su propia familia. El amor es caprichoso, no obstante, y desde Shakespeare, voluble y lleno de peligros, así que la vida de Olga está marcada tanto por la subsistencia como por la presencia interior de un sentimiento que no se verá compensado en la vida real. En este sentido el libro es, a la vez, íntimo y global. Lo grande y lo pequeño. Lo que afecta a los ciudadanos en general y la vida de Olga, una vida única, sencilla y sin relevancia exterior. Ese doble juego, la emoción y los hechos históricos, conjugan una doble esencia que preside todo el libro. 

También son múltiples los narradores: un narrador en tercera persona que nos cuenta la vida de Olga; un testigo directo que la conoció en una determinada época de su vida; las cartas, el torrente epistolar que Olga dirige a Herbert y que nunca obtendrán respuesta. Estas cartas frustradas, esta comunicación de una sola dirección, esta escasa reciprocidad, serán otro elemento pendular de la obra. Nada hay peor que hablarle al viento. Todavía más difícil resulta escribir a un muchacho que se ha marchado a la guerra, que se mueve por el mundo en una u otra misión y cuyo paradero, incluso su propia existencia cierta, se desconoce. Es la tela de araña que envolverá a Olga porque nunca podrá cortar los lazos. 

El estilo de Schlink acusa esta doble vertiente narrativa y juega con las voces diferentes y también con los puntos de vista complementarios que terminan por completar el mosaico final del relato. Cada tesela tiene su misión y todas ellas dibujan un paisaje a la vez interior y exterior, manteniendo un equilibrio justo entre lo que es objetivamente cierto e, incluso, tiene una base histórica conocida, con lo que se construye a partir de la invención literaria del escritor. Verdad e Imaginación, las dos bases de la novela, son aquí también los ejes del argumento y el sostén del espacio vital de la obra. 

Olga. Bernhard Schlink. Editorial Anagrama. Colección Panorama de Narrativas. Junio de 2019. Traducción de Carles Andreu. 

martes, 11 de junio de 2019

Los nervios de la señora Bennet


(Alison Stedman fue la señora Bennet en la mejor versión de "Orgullo y Prejuicio", BBC, 1995) 

Las crisis en la casa de la familia Bennet son casi cotidianas. Cuando hay que casar a cinco hijas y asegurar que, al menos una, haga un buen matrimonio para así tirar del resto de la prole (chicas sin fortuna y con la herencia familiar vinculada a un pariente varón), todo se convierte en una carrera de fondo. El padre, consciente de la situación pero de carácter flemático y casi despreocupado (salvo de su biblioteca, sus libros y su soledad), está a verlas venir pero la madre, ay la madre, la madre Bennet tiene un recurso irresistible y que es usado comúnmente por un gran número de personas cuando las circunstancias lo requieren. 

Los nervios. Los nervios de la señora Bennet son viejos conocidos del señor Bennet, pues lleva lidiando con ellos desde que se casaron. Y son también un elemento oportuno que aparece en las crisis y que conduce a la señora Bennet a la tranquilidad de su habitación, para que su criada la atienda con primor y, de ese modo, ella pueda zafarse de cualquier preocupación añadida. Qué oportunos son esos nervios y qué agradable resulta quejarse de todo, ponerse un gorro de dormir, batir la campanilla para pedir remedios y dedicarse a pontificar sobre lo que habría que hacer y no se ha hecho...

La indolencia del señor Bennet y los nervios de la señora Bennet son dos elementos sustanciales de la personalidad de ambos y de la trama de "Orgullo y prejuicio". La indolencia llevó al señor Bennet a no sumar los gastos y a no preocuparse de qué pasaría a su muerte si no había sido capaz de ahorrar ni un chelín para la dote de sus hijas. Su indolencia le lleva a postergar la respuesta a las cartas o a dejar a sus hijas actuar a su libre albedrío, simplemente para no oírlas protestar. Su indolencia ocasiona que Lidia Bennet se marche a Brighton y allí se líe la manta a la cabeza escapándose con el pillo de Whickham. 


(Imagen de la originaria edición del libro, publicado, como era habitual, en tres volúmenes, y firmado por A Lady) 

Por su parte, la señora Bennet comienza a alterarse al principio del libro, cuando su marido le dice que no piensa presentarse al señor Bingley, el joven atractivo y con dinero que ha llegado a la vecindad. Su estado de nervios, pañuelo en la mano y llanto casi fingido, se aplaca al conocer que, al final, esto no se ha cumplido, de modo que su alegría se manifiesta de forma exagerada con el regocijo de sus hijas más pequeñas, Lidia y Kitty. La segunda gran escena "nerviosa" también se relaciona con Bingley pero, en este caso, con la marcha de este a Londres, dejando sin esperanzas a la pobre Jane. Tal parece que su madre sufrió más que ella por la situación, habida cuenta de como se lo tomó. Seguramente el momento crucial de este carácter alocado que la conduce a pasar de la euforia a la desesperación tiene lugar cuando estalla el problema con Lidia y su escapada con Whickam. Entonces vemos a la señora Bennet semienclaustrada en su habitación, asistida por su doncella y llena de temores, temblores y escalofríos, acusando a todos de ser los culpables (menos ella), temiéndose lo peor y, cuando se entera de que, al fin, han hallado a los prófugos y van a casarse, quejándose de que no vayan a hacerlo por todo lo alto y luciendo las mejores sedas, rasos y tules. Porque ella conoce las mejores tiendas. Un prodigio de sensatez, nuestra señora Bennet. 

La inteligencia práctica de Jane Austen se demuestra en cada uno de sus personajes, pero esta pareja representa una de sus cimas. No se pueden describir mejor dos caracteres que vemos en la vida real con harta frecuencia. Dos caracteres intemporales. Como hacía Shakespeare, Jane Austen retrata la psicología de los personajes de sus novelas con una visión implacable, certera, ajustada y, a veces, terriblemente dura. Esa dureza tiene sus matices aunque no perdona determinados defectos que ella considera los más execrables. Sin embargo, hace bien en revestirlos con el humor necesario para no parecer una moralista insoportable. Por eso su visión es tan moderna que aún no ha sido superada. Por eso, las escritoras de la época victoriana dieron un evidente paso atrás al desechar el humor y sustituirlo por la tragedia y el drama. Los personajes cómicos de Jane Austen o el lado cómico de sus personajes, que es lo mismo, son la mejor galería de defectos de la historia de la literatura, a la par de los de Shakespeare. Esa nerviosa, irritable, irresponsable, casi adolescente, madre Bennet, conjuga a la perfección con su marido, el diletante, exageradamente tranquilo, casi pasota, que, aunque más sensato que su esposa, no consigue encarrilar la vida familiar, simplemente porque no se ocupa de ello en el momento oportuno. Es un claro caso de procrastinación que hoy entendemos mucho mejor que en otras épocas. 

Conozco a alguna señora Bennet: gente que se esconde en sus ayes para evitar la responsabilidad de sus actos, para esconder el bulto o para cargarle a otros su trabajo. Nervios oportunos. Nervios que son el pasaporte para quitarse de en medio. Conozco a algún señor Bennet, indeciso, vago de actuación e irónico hasta el extremo, siempre esperando que haya quien le saque las castañas del fuego. Jane Austen da en el clavo. No se puede decir mejor ni más bonito.

lunes, 10 de junio de 2019

"Rialto, 11" de Belén Rubiano

"Anoche soñé que volvía a Manderley"...comienza narrando Daphne Du Maurier cuando la muchacha sin nombre rememora, en su apartamento de la Costa Azul, el tiempo en el que junto a su flamante marido, Maxim de Winter, vivía en la mansión inglesa que trajo a la vez desgracia y asombro. 

Algo parecido parece querer contar Belén Rubiano (Sevilla, 1970) en este "Rialto, 11" que publica la editorial Libros del Asteroide y que ha tenido notable éxito entre los lectores. La peripecia cotidiana de una mujer que encuentra trabajo, primero, en una librería bastante comercial y dirigida al modo stajanovista y que después, en un atrevimiento casi suicida, decide que es el momento de abrir su propio negocio, nada menos que una librería. "La librería", de Penelope Fitzgerald, se ha convertido en la más famosa del mundo después de que Isabel Coixet llevara a las pantallas la aventura de Florence Green, esa librera que libera de los fantasmas a un viejo edificio de la costa inglesa y que pretende que los habitantes del pueblo, incluidos los que medran con el poder, lean a Nabokov y conozcan a "Lolita". 

Una librería es una aventura, salvo que quieras compatibilizar la venta de libros con carpetas, bolígrafos, rotuladores, material de oficina, fotocopias y mochilas escolares. En Sevilla, la ciudad en la que se sitúa la librería de Belén Rubiano, estos establecimientos aparecen y desaparecen sin demasiado orden ni concierto, salvo el desastre económico. Una librería parece ser un negocio ruinoso. En la Ronda de Triana estuvo varios años la librería Novalis, a la que yo acudía casi a diario porque pensaba, y tenía razón, que estaba en mi obligación contribuir a que no se cerrara. Se terminó cerrando y Triana se ha quedado huérfana prácticamente de estos establecimientos. En Los Remedios, donde estaba la primera librería en la que Belén Rubiano trabajó, existe ahora una cadena que sustituye a otra anterior, y una antigua librería que es la única que mantiene un fondo decente y una voluntad férrea de continuar. 

El libro comienza cuando Belén Rubiano consigue, por casualidad y perseverancia, un empleo de dependienta o quizá de chica para todo, en una cadena de librerías con varios establecimientos en Sevilla. Sé bien de qué cadena se trata pero, como ya ha desaparecido, no voy a mencionarla ya que ella no lo hace tampoco. A la dueña de la librería, que regenta en concreto la de la calle Asunción, una de las arterias principales de Los Remedios, la denomina como "la señora de Burgos". Su carácter áspero, desconfiado, extraño y hasta antipático, está en toda esa primera parte mientras trabaja por cuenta ajena. Eso y el horror que le supuso a la dependiente novata vender continuamente "Los pilares de la tierra", el libro de Ken Follet del que afirma que "en poco tiempo aborrecí con toda mi alma". La contrapartida es esa clienta que se muestra encantada con la recomendación de que lea "Orgullo y prejuicio" de Jane Austen, en una edición llena de citas de la editorial Cátedra (la de las portadas blancas), que a la lectora la deja encantadísima, lo que se traduce en su expresión jubilosa: "Ay, ese Darcy, ese Darcy..."

La segunda parte del libro es, propiamente, el que relata sus peripecias en la librería que logra montar en una esquina de la plaza de Rialto (realmente llamada Padre Jerónimo de Córdoba) con la calle Jáuregui. Es un local pequeño, cuyas paredes están cubiertas de azulejos de Mensaque, que el dueño quiere preservar a toda costa y con unas ventanas a la calle que van a funcionar a modo de escaparate. Los préstamos familiares ayudan a crearla y ahí comienza la gran aventura, la que tiene que ver con apuros a fin de mes, con búsqueda de libros, con errores a la hora de configurar el fondo, con notar la diferencia fundamental entre esta librería y aquella en la calle Asunción en la que había trabajado. Todo es cuestión de palabras y de textos pero nada es lo mismo. 

Cuando las cosas van tan mal que no es posible mantener el establecimiento y tiene que cerrarlo hay una escena muy triste y paradójica porque entonces los vecinos de la plaza reparan en el hecho y se acercan a decirle que eso es una pena, que ellos pensaban comprarle libros que ya nunca podrán comprarle. Haberlo pensado antes, dice ella para sí misma. Y así es. Llegaron demasiado tarde. No cometieron dos errores pero sí uno muy importante: el de creer que los libros se venden solos.

Hermosa aventura esta la de jugárselo todo a la carta de un negocio que depende de que haya personas que quieran leer y otras que escriban cosas tan sustanciosos que merezcan ser leídas. El librero, la librera en este caso, es un glorioso intermediario entre dos personas que no se conocen y que no se conocerán nunca. Es una especie de adelantado en las colonias por explorar, un guía en la oscuridad y un publicista que debe compaginar los buenos libros con los libros que la gente quiere leer. Siempre que entro en una librería le hago la prueba del nueve a los vendedores. Distingo con total nitidez el que sabe qué se trae entre manos y el que vende libros como podría vender detergente para lavadoras. Los que superan el examen tienen mi aprecio y, aunque no me deje llevar por sus recomendaciones (esto sería demasiado en una lectora tan insurrecta como yo) sí respeto sus opiniones y las confronto con las mías. Estoy segura de que Belén Rubiano era una de esas libreras que aman los libros y que los consideran la mercancía más frágil de todas las que se pueden vender. Quizá por eso colgó el cartel de Cerrado. Quizá por eso ha escrito este libro. 

Rialto, 11. Belén Rubiano. Libros del Asteroide. 2019. 

domingo, 9 de junio de 2019

"Fruitlands" de Louisa May Alcott


Siempre pensé que detrás del tono edulcorado y cursi de "Mujercitas" había algo que se escapaba a mi comprensión inmediata. Sobre porque me resultaba tan pesada toda esa maraña de hermanas que terminaban mal o regular que tenía la impresión de que en la cabeza de la autora pululaba un pensamiento difícil de asimilar por mí. Y era cierto. Ahora lo sé. La publicación de este "Fruitlands" que ha realizado recientemente la editorial Impedimenta, abunda en la infancia de Louisa May Alcott y en la filosofía trascendentalista, que es la que inspira tanto este libro como la propia infancia de la familia Alcott.

Esa idea ingenua de que la pobreza digna da la felicidad y de que alejarse de lo mundano garantiza la paz interior, ronda todo el tiempo por las novelas de esta escritora, al menos las que firmó con su nombre, porque luego están las de su heterónima A. M. Barnard y eso es harina de otro costal. Lo que me faltaba en "Mujercitas" era el sentido del humor. Y aunque las niñas de todo el mundo se declaraban y se declaran devotas de las chicas March (la prueba es que no cesan de aparecer adaptaciones cinematográficas y televisivas del libro, así como mangas, animes y merchandising de todo tipo) yo siempre he andado por otro lado. No soy una de esas mujercitas, está claro. Y no es un libro que, digamos esto de manera muy cursi, ha influido en mi educación sentimental. 

No obstante, otra cosa es "Fruitlands". Porque la fina ironía que se desprende del relato desde las primeras líneas hace que resulte una lectura entrañable, tierna, curiosa y animada. Todo para lograr entender que alguien pueda tomarse en serio eso de vivir de la tierra sin que nuestras manos humanas perturben el lento razonar de la naturaleza. Maravilloso el inicio del libro, con esa carreta que avanza "serenamente", cargada de enseres serenos y de niños serenos y de mayores que quieren ser puros, buenos y gozosos. La práctica mentalidad de la madre, Hope, choca con el idealismo absoluto y yo diría absurdo, del padre, Abel Lamb. Y con ellos un personaje que representa ese tipo de personas que predican tanto que no les da tiempo a hacer. Son "seres" que no "hacen". Ese es Timon Lion, a quien la señora Lamb tiene perfectamente calado. Las niñitas tranquilas y los niños serenos (la palabra expresa más de lo que parece) y hasta el burro estoico, todo es signo de la llegada de un grupo que se dirige a vivir una experiencia única, lejos del mundanal ruido, en plena naturaleza, pero que, me temo, se encuentra pronto con la cruda realidad de la vida.

La frugal comida con la que los habitantes de la casa roja agasajan a los Lamb a su llegada (consistente en patatas asadas, pan negro y agua, servido todo en cuencos de peltre) es un eficaz símbolo del estilo de vida que se preconiza en la obra y que tuvo que formar parte directa de la vida de la autora. Sin embargo, la crítica ácida que se trasluce de las observaciones de la lúcida señora Lamb, la actitud farisea y casi hipócrita de Timon Lion, representante vivo de aquellos que predican sin dar trigo, y las vicisitudes que acechan al grupo cuando se presentan las cuestiones de la cotidianeidad a las que no saben dar respuesta: cómo comer, de dónde sacar agua potable, qué tipo de material usar para los zapatos, cómo protegerse de las tormentas, etc., no dejan de resultar una visión satírica e incluso desesperada de esta especie de pre-ecologismo que, impregnado de ideas y de verduras míticas, de huertos floridos sobre terrenos pedregosos y de frutas sobre paisajes ganaderos, significó la ideología que se trasluce en sus obras y que fue una parte importante de su vida. Massachussets, 1940, he ahí el escenario de esos intelectuales bienintencionados que buscan una existencia armónica, lejos de la sociedad real.

Hay que vivir, hay que comer, hay que sobrevivir y hay que hacer. Y si uno no sabe labrar la tierra, no quiere perturbar el ciclo natural de los animales, no tiene artes aprendidas para lograr el sustento, no sabe, en fin, nada más que pensar, rezar y mirar al cielo, las cosas se ponen muy, muy difíciles. Aunque los ingenuos monjes del grupo (se llaman, así mismos, "hermanos") no se den cuenta o no quieran darse cuenta. Siempre habrá, no obstante, una mujer que lo vislumbre de inmediato y que los mire a todos con gesto de resignación y de picardía. 

La experiencia de la familia Lamb en esa especie de comuna es muy parecida a la que vivió la propia Alcott en su infancia, pues su padre era el filósofo Amos Bronson Alcott, amigo de otros trascendentalistas muy conocidos como Ralph Waldo Emerson, Nathaniel Hawthorne, Henry David Thoreau. Eran una familia muy pobre, con una pobreza asumida como forma de vida y, por ello, tuvo que trabajar desde muy joven, dando clases, cosiendo o publicando pequeñas colecciones de cuentos. Sus tres hermanas, Anna, Lizzie y Abba May, así como su madre, Abigail May, llevaban el mismo tipo de vida, aunque solo ella, Louisa May, tuvo dotes para la literatura. El paralelismo con las hermanas March es evidente.

Louisa May Alcott (Germantown, Pensilvania, 1832- Boston, 1888) fue una mujer muy concienciada con determinados problemas de la época, como el abolicionismo y el sufragismo. Participó incluso en la Guerra de Secesión como enfermera y defendió siempre el voto femenino y la emancipación de la mujer. Su educación y la de sus hermanas corrió a cargo de su padre y no acudió a ningún centro educativo ni se casó.

Aunque había publicado diversas colecciones de cuentos con anterioridad, incluso la historia que da origen a este libro "Trascendental Wild Oats", no fue hasta 1868 que su éxito la colocó de lleno en el universo literario, aunque siempre ligado a los libros para jóvenes y a determinados modelos de conducta que son los que representan tanto "Mujercitas", como "Aquellas mujercitas" y "Hombrecitos". El último libro de la saga March "Los muchachos de Jo" se publicó en 1886, dos años antes de morir la autora.

Después de una infancia presidida por las teorías filosóficas y existenciales de su padre, viviendo en esa pobreza digna que todas asumían, tuvo que resultar curioso saber cómo asumió su papel como escritora reconocida, aunque da la impresión de que la literatura fue para ella, además de una forma de transmitir esas ideas que defendía, una manera de subsistir económicamente. La trascendencia de esos libros dedicados a contar la historia de las cuatro chicas March continúa hasta nuestros días. No menos de diez versiones se han hecho en imágenes del libro.

La última saldrá el próximo diciembre, en forma de película interpretada por Meryl Streep, Saoirse Rona, Florence Pugh, Eliza Scanlen y Emma Watson. Las versiones mudas de 1917 y 1918 fueron seguidas de otra a cargo de George Cukor y de la clásica de Mervin LeRoy de 1949, con un elenco formado por June Allyson, Margaret O´Brien, Janet Leigh y Elizabeth Taylor. En 1995 se realizó otra con Susan Sarandon y Winona Ryder entre otras.

Desde que el libro se publicó por primera vez, las sucesivas reediciones y las películas han acercado a Beth, Meg, Jo y Amy March a las niñas y jovencitas de todas las generaciones, convirtiéndose en un clásico y asociando de forma definitiva a su autora con este libro. Sin embargo, pocos lectores conocen la vertiente victoriana de las historias escritas con el pseudónima de A. M. Barnard, las colecciones de cuentos o los poemas escritos por Louisa May Alcott, mucho menos su vertiente de activista y su vinculación con los trascendentalistas.

Fruitlands. Una experiencia trascendental. Una aventura utópica de Louisa May Alcott. Editado por Impedimenta, 2019. Traducción de Consuelo Rubio Alcover. Postfacio de Pilar Adón. 

sábado, 8 de junio de 2019

"La edad de la luz" de Whitney Scharer

Apasionante la historia de Lee Miller, la hermosísima mujer que fue modelo, fotógrafa y fotoperiodista. Su vida personal estuvo llena de situaciones límite. Su vida familiar tampoco fue fácil. Demasiadas personas se sintieron con derecho sobre ella y demasiadas veces Lee Miller distrajo su talento con peripecias que no hacían sino traerle dolor. En este libro, la primera novela de su autora Whitney Scharer, la persona es personaje y al revés. Su lectura debe correr paralela a la necesaria indagación que todo lector experto hace para poder entender, contextualizar y profundizar en aquello que lee.

No se puede explicar su figura sin el arte y sin lo que la naturaleza había depositado en ella en forma de dones: belleza y talento. La primera hizo que fuera objeto de fotografías, algunas de las cuales invaden su intimidad de una forma decisiva. El segundo afloró cuando fue posible y cuando las circunstancias de la vida hacen que ella asuma la determinación de ser lo que quería ser y no lo que otros pretendían.

Los nombres con los que se relacionó de alguna forma están en los libros de arte: Maruja Mallo, Dora Maar, Max Ernst, Leonora Carrington, Eileen Agar, Roland Penrose, Salvador Dalí, Giorgio di Chirico, Joan Miró, Pablo Picasso. Sobre todo, Man Ray, el artista americano afincado en París que fue, a la vez, su protector, su amante y quizá, alguien a quien Lee Miller le dio mucho más de lo predecible: su propio talento, escondido detrás de la obra de Ray, que la convirtió en trozos de fotografía, en manifiesto de tendencias y, al final, en un objeto más de los que usaba en su trabajo. Se dice que Lee Miller hacía las fotografías de moda que firmaba Man Ray para que este se dedicara a su talento. Actitud que no es la primera ni la última vez que veremos en mujeres que entienden su papel como subsidiario con respecto a algunos hombres mágicos. Se equivocaba en eso, como se equivocó durante tanto tiempo María Lejárraga, o como se equivocó Camille Claudel, o Frida Kahlo, o la propia Dora Maar, víctimas todas ellas de pasiones que no serían correspondidas en la misma medida.

(Man Ray fotografía a Lee Miller)

La novela de Scharer parte de la última etapa de la vida de Miller y, a modo de retrospectiva, esta relatará, por encargo de la editora de Vogue, la revista a la que dio sus mejores portadas, lo que supuso el encuentro con Man Ray, su turbulenta relación, el papel de las vanguardias en la vida de París en los años treinta, así como toda una red de amistades confusas y de situaciones límite que la alumna de fotografía primero y sagaz fotoperiodista después, vivió en primera persona. Su paso de delante a detrás de la cámara es, quizá, el ejemplo más claro de su voluntad de anonimato y también de ocultamiento, defensa y autoprotección.

La cita que encabeza el libro adelanta en gran medida su intención: De hecho, las obras de arte son siempre el resultado de haber estado en peligro, de haber vivido una experiencia hasta el final, donde ya no cabe ir más allá.

Rainer Maria Rilke

Es ese "ir más allá" el que a la vez genera la luz y atrae la sombra en la vida de Miller. Su esplendorosa belleza logró que, desde niña, fuera objeto de deseo de aquellos que la rodeaban. Esto no es siempre una buena noticia, sino un potencial peligro. Su entrada por la puerta grande en el mundo de las modelos de fotografía no se corresponde con sus contradicciones, sus temores y las secuelas de determinadas cosas que la asaltaron desde la infancia. Cuando se marcha a París, a raíz de un escándalo surgido por el uso de una fotografía que le realiza su descubridor, Edward Steichen, para un anuncio de compresas, parece la puerta de la libertad y el modo en que ella puede desprenderse de ataduras. Sin embargo, el destino la sigue y también su propia capacidad de destruir y construir, ambas mezcladas y dirigidas contra sí misma. El encuentro con los artistas le abrió las puertas de una nueva vocación. La segunda guerra mundial fue el acicate para acercarse a las imágenes más terribles, lejos de la bondad de las anteriores. Pero su vida personal se continuó zarandeando y haciendo insostenible el equilibrio, ese que seguramente buscó toda su existencia.

La edad de la luz. Whitney Scharer. Narrativa Salamandra. Año de publicación 2019. Traducción de María Cristina Martín Sanz. 


(Lee Miller, modelo de Vogue)

jueves, 6 de junio de 2019

"Una mujer inoportuna" de Dominick Dunne

De Dominick Dunne he escrito ya en este blog a propósito de su libro "Las dos señoras Grenville" que publicó en 1985 con sesenta años cumplidos, después de una divertida carrera como periodista y comentarista de sociedad. 

En "Las dos señoras Grenville" se explota el antagonismo entre suegra y nuera, personas de origen desigual, de educación distinta y que tienen, por fuerza, que terminar mal. En el libro se narra cómo Billy Grenville (William Grenville Junior) conoce a una corista, llamada Ann Arden (antes Urse Mertens) y se enamora perdidamente de ella. La madre de Billy, Alice Grenville, no aceptará esta situación. Ellos pertenecen a una de las familias más importantes de Nueva York y no es de recibo que su querido hijo ande en tratos con gente de tan poca clase. Ann Arden es para Alice Grenville una arribista sin escrúpulos que quiere introducirse con malas artes en el mundo de la alta sociedad a la que, de ninguna manera, podría aspirar. Cualquier madre de cuatro hijas y un hijo hubiera reaccionado igual. Sobre todo si el hijo es un joven encantador, alférez de Marina, a quien le pierde el romanticismo. 

La opinión de su madre no impedirá ese desigual matrimonio y, desde ese momento, Ann Arden luchará consigo misma y con el entorno, para ser una mujer elegante, aceptada por los conocidos de su marido. Esa ambición preside su comportamiento. Sin embargo, cuando Billy Arden muere de una forma poco explicada, las sospechas recaerán sobre su mujer. Nadie sabrá nunca qué pasó y el velo de la incertidumbre rodeará para siempre a su viuda. 

La temática de este libro me recordó en su momento a dos obras de teatro de Noel Coward llevadas felizmente al cine. Diré sus nombres en la versión española: Una familia con clase y Gente con clase. En la primera tenemos a Colin Firth y a su esposa Kristin Scott Thomas, recibiendo en su mansión de campo inglesa a una extravagante rubia que viene de la mano de su único hijo varón. En la segunda, es Julie Andrews, en una interpretación sublime de la lady inglesa, la que tiene que soportar, con argucias incluidas, la sospechosa intención de su hijo de contraer matrimonio con una actriz de Hollywood. En los dos casos, por supuesto, dichas uniones no llegan a realizarse, pero el desenlace de la primera es harto curioso y, desde luego, lleno de atrevimiento y nada convencional. 

"Una mujer inoportuna" se desarrolla en Los Ángeles. Allí residen los Mendelson, Pauline y Jules. Estamos a finales del siglo XX y su vida idílica es envidiada por todos. Allá, en su magnífica mansión, organizan fiestas y encuentros sociales llenos de éxito y de, cómo no, sucesos extraordinarios. Como que Jules se encapriche de una camarera, Flo, con lo que se abre la espita del enredo, de las dificultades y también de las consecuencias. Una aspirante a actriz dijo una vez que, para triunfar en la Meca del Cine, tienes que trabajar de camarera en cualquier antro. Añado que eso mismo puede aplicarse a multitud de jovencitas que encuentran sirviendo copas a los astros más rutilantes, con los que llegan a casarse y a divorciarse en un plazo tan breve de tiempo que solo les alcanza para poder quedarse con un pellizco de sus inmensas fortunas. "Es casi una asignatura de Arte Dramático", afirmó Alicia Sanz en una serie. 

No es oro todo lo que reluce. Podríamos concluir. Y la vida de los ricos tiene sus aristas, aunque no se vean a simple vista. En todo caso, la mirada incisiva de Dunne asegura una animosa observación de todos los hechos, por pequeños que sean. Nada se escapa a su facultad de reproducirnos, con el mayor detalle, no solo lo que sucede sino también lo que podía haber pasado o lo que, a modo de tsunami emocional, genera cualquier situación nueva que haga tambalearse los edificios que parecen sólidos y que, en realidad, tienen los cimientos de barro. Esa crítica social, hecha con gracia, talento y un estilo inconfundible, es la marca de la casa en los libros de Dunne. Y, de ese modo, somos más conscientes de que eso de "pobre gente rica" no es, en absoluto, una exageración. 

Una mujer inoportuna. Dominick Dunne. Editorial Libros del Asteroide, 2019. Traducción de Pablo Mediavilla. 

martes, 4 de junio de 2019

Nos vemos en la disco


El Tony Manero de mi calle se llamaba Enrique, trabajaba en los astilleros y caminaba por la acera dorada por el sol con un aire entre chulesco y desvalido. Cuando llegaban los fines de semana dejaba atrás el mono azul y la bicicleta para subirse a la pista del club y contonearse de uno a otro lado mirando a las chicas que estaban en edad de ser conquistadas.

La música de Fiebre del sábado noche se colaba por los muros de las casas y se expandía por todo el territorio que recorrían los grupos de jóvenes que pretendían emular al Travolta de ese tiempo: un tipo con el pelo cardado, pantalón de campana, camisa de grandes cuellos y cazadora de cuero. Las cazadoras de cuero eran prendas muy cotizadas. Sin ellas, olvídate de ligar por muy bien que bailes. 

Tony Manero era el sueño del proletario que acudía a una fiesta y triunfaba. Los bailes, destinados antaño a la clase alta que hacía de ellos el reinado de la conquista, pasaron a ser por obra y gracia de las discotecas el ámbito en el que todos tenían las mismas oportunidades pues todo se dilucidaba en torno al baile. Si eras un buen bailarín, la cosa estaba hecha. 

Enrique se apostaba en un rincón de la sala y miraba con ojo experto a las chicas que se movían de un lugar a otro esperando ser abordadas por él y otros como él que salían a la caza las noches de los fines de semana. Si había suerte, el baile traería alguna promesa, ingenua las más de las veces. En ocasiones, nada se movía por mucho contoneo de cintura que hubiera. 

El éxito de Fiebre del sábado noche fue tal que a John Travolta, el Tony Manero del que hablo, le costó años y sudores sacudirse el estereotipo. Y quizá no lo logró hasta que el genio de Tarantino lo filmó bailando con Uma Thurman en Pulp Fiction el tema de Chuck Berry que homenajea a Los Aristogatos. Un bucle maravilloso. Al final resultó que el remedio era más de lo mismo. 

La pasión por Fiebre del sábado noche se extendió por todo el planeta. Las discotecas se convirtieron en los santuarios de los fines de semana. Las luces bailaban al mismo tiempo que los jóvenes que se reunían allí atraídos por la selección musical de los Djs y luchando por ser los mejores en los muchísimos concursos de baile que se organizaban. Los movimientos de John Travolta en la película fueron imitados una y mil veces.  La mayoría no sabía inglés pero se repetían las canciones una y otra vez hasta que se aprendía. Se ensayaban coreografías y la banda sonora llegó a ser el fondo musical de las vidas de los jóvenes desencantados, que nada tenían que perder, que nada poseían, salvo su capacidad de seguir el ritmo de las canciones. 

Ese aire triste, abatido, de perdedor, lo tenía Tony Manero en toda la película. Lo mismo daba el resultado del concurso de baile que actúa como hilo conductor de la acción. Todos los espectadores sabían que, aunque ganara, la vida para Manero era muy difícil, su propio carácter era bastante conflictivo y no había esperanzas. Esta es la forma en la que los desesperanzados jóvenes de los setenta querían redimirse a sí mismos y fortalecer su ánimo. La revolución hippie arrollada por los bailones de barrio. 

De ese modo, Fiebre del sábado noche no fue solamente una película, sino un espejo donde mirarse y la muestra tangible de un cambio en las costumbres del ocio, en las mentalidades de los jóvenes, que se alejan de la trascendencia del pensamiento anterior, mantenido por ideales sublimes, para asentarse en el cotidiano día a día de quienes tienen poco que esperar. Fue una llamada de atención de los que no estaban bajo los focos: trabajadores manuales, jóvenes con escaso futuro, gente incomprendida, seguidores compulsivos de canciones que solo hablaban de momentos hermosos con chicas despampanantes. 
Sinopsis:

Tony Manero trabaja en una tienda de pinturas de Brooklyn. Su vida tiene escasos alicientes: unos padres convencionales y poco cariñosos, un hermano sacerdote sin vocación, un futuro inexistente. Solo su afición por el baile le dará algún sentido a su existencia, disciplina a su carácter y una meta por la que luchar. 

Algunos detalles de interés: 

La música de la película es uno de los elementos básicos de su éxito. Los Bee Gees, entonces en la cumbre de su carrera, vendieron 30 millones de copias y colocaron en la prestigiosa lista top ten de Billboard, hasta cinco discos sencillos. 

La ascensión fulgurante de Travolta, después de estar intentándolo en otras producciones, coincidió con la muerte por cáncer de su pareja, la actriz Diana Hyland, que había sido su coprotagonista en El chico de la burbuja de plástico. 

John Travolta fue nominado a un Oscar al mejor actor. La misma nominación se repitió años después por Pulp Fiction, la película de Quentin Tarantino que lo devolvió al primer plano de la actualidad artística y le otorgó un reconocimiento más allá de sus aptitudes para el baile. El papel de Vincent Vega fue definitivo en su carrera. 

Al año siguiente de estrenar Fiebre del sábado noche, en 1978, y como parte del contrato de producción, Travolta protagonizó otra película mítica en el cine musical, Grease, junto a la estrella de entonces Olivia Newton-Jones

En verano de 2017 salió a subasta la pista de baile de la película, que había sido construida en un pequeño club de Brooklyn y se convirtió en todo un icono de las noches del sábado. 

Los Bee Gees habían escrito y grabado los cinco temas originales de la película, "Stayin' Alive", "Night Fever" and "How Deep Is Your Love" (todas interpretadas por The Bee Gees), "More Than A Woman" (interpretada en la película por Tavares, y otra versión por the Bee Gees), y "If I Can't Have You" (interpretada en la película por Yvonne Elliman). El resto de la música fue compuesta y adaptada por David Shire.