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Me regaló un libro de Matisse

  Tenía flores y pájaros, franjas de color, recortables, como si alguien hubiera cogido unas tijeras y trazado los límites. Estaban también sus mujeres, algunas con cintas en el pelo, con rayas verdes en el pelo, con blusas de odaliscas, con extrañas flores en las mesas y en las estanterías. Todo era color en ese libro, que lleva una dedicatoria y que evoca otros tiempos, otros años, la mesa de al lado, el libro de Francés, las hojas sueltas en la mochila, las tardes en la biblioteca, las paradas del autobús que nunca llegaba, las frondosas ramas de la alameda, del parque, la blancura de la pared del aula, el patio rodeado de naranjos, el tono amarillo de las puertas, el salón de actos tan incómodo, el profesor de música y sus carillones. Todo. Lo evoca todo y todo está reflejado en las palabras de la dedicatoria y era un tiempo en el que el recuerdo tenía aún mucho sentido. Después de la vivencia tiene la memoria su sitio. Y cuando ya esa memoria no interesa, entonces podemos preg...
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Pizzarelli y una casa

  Si estás escuchando a John Pizzarelli en cualquiera de sus conciertos y has tenido la suerte de verlo en directo, como yo en el Lope de Vega de Sevilla, entonces alumbrará tu escritura como casi nada puede hacerlo. Y para acompañar su sonido nada mejor que las imágenes de John Baeder , el fotorrealista más mágico de los que todavía cuelgan sus cuadros en las galerías y los museos. Es así, en esa conjunción de sonido e imagen, como se puede escribir sobre las casas, sobre la casa, sobre tu casa.  El otro día visité en Google la vieja casa de mi abuela, aquella en la que nacimos algunos de los primos, una casa mágica para los recuerdos, una casa encantada. Tenía, tiene, dos plantas y una enorme azotea, de esas llenas de pequeños muros fáciles de saltar que te llevan de un lado a otro. En la planta baja estaba el pozo que nos surtía de agua, un patio gigantesco y dos viviendas ocupadas por dos vecinas de esas de toda la vida, Juana y Dolores, los nombres míticos, dos mujeres q...

Un recipiente con una cinta azul

(Fotografía de Lillian Bassman para Harper`s Bazaar, 1951) Había un pequeño mueble lacado en rojo inglés. Parecía de anticuario pero no lo era, sino caro y muy moderno. Se encaprichó de él y quiso tenerlo porque tener cosas es fácil y él siempre la complacía. Le regaló el escritorio y lo colocó cerca de la ventana, un ventanal inmenso, por el que entraba una luz cómplice que nunca quería marcharse y que se filtraba desde que amanecía. El escritorio rojo tenía algunos cajones, a modo de secretos. Entonces recordó que también se le llama secreter y no es nada extraño. En ellos colocó algunos recuerdos, pequeñas tonterías. Servilletas de bares, en las que escribía el inicio de historias que nunca se completaban. También objetos adquiridos en sitios inverosímiles. Una sortija con una piedra verde, una pulsera que tenía una rosa incrustada, un lazo amarillo con la palabra amor que rodeaba una caja de perfume...Del mismo modo que los niños coleccionan estampas, piedras, muñecos, ella...

Libros para leer junto a la ventana

  Esta muchacha lee plácidamente junto a una ventana entreabierta. El suelo, la pared, las cortinas, todas en tonos dorados, le da un aire cálido a la escena. También su falda, larga, es de los mismos tonos. Reposa la espalda sobre un cojín. Una mancha de azul es su jersey y esos mismos tonos azules parecen querer entrar por la ventana, desde la naturaleza. En el alféizar, un sencillo jarrón de cristal alberga unas flores rosadas. Los pies, desnudos, reposan sobre una peana, y bajo ella, hay una alfombra suave y bien dispuesta. Toda la escena respira ternura, sencillez, belleza, tranquilidad. Es una mujer serena, absorta en la vida que el libro le narra, abierta a las sensaciones de las palabras. Una perfecta muestra de la felicidad. Clara luz dorada del silencio. He aquí el detalle de la lectura de siete libros sobresalientes. Alguno más se ha quedado en el camino pero hablaremos solo de estos, porque cada uno de ellos ha aportado ratos de placer, entretenimiento, felicidad, intri...

"Chesil Beach" de Ian McEwan

  IAN McEWAN forma parte de la gran generación de escritores ingleses, nacidos a mediados del siglo XX, que suele denominarse coloquialmente como "los Amis", tomando el nombre de uno de ellos, Martin Amis, el hijo de Kingsley Amis. Ahí están también Kanif Kureishi, Kazuo Ishiguro,  Graham Swift,  Christopher Hitchens  y Julian Barnes.  Se trata de una novela corta, no llega a las doscientas páginas, pero con toda la intensidad propia de este autor y del argumento que desarrolla. Se centra en una joven pareja, en un lugar extraño para ellos, y en las vivencias de  ambos cuando se ponen en contacto con gente que no conocían y con actitudes que les son extrañas. Una difícil resolución de gestos y palabras, una conmovida mirada a la pequeñez del ser humano, sujeto de vendavales y a cambios. "Eran jóvenes, instruidos y vírgenes" comienza diciendo el libro aludiendo a la pareja protagonista. Parece haber una contradicción en esas palabras. Instruidos en qué, vírg...

Hombre de blanco, mujer de azul

(Ignacio Zuloaga. Retrato del vizconde de Villamarciel) Al entrar en la gran sala azul y blanca pienso cuán distinta es la realidad de lo que aparece en los libros. Aquí están los cuadros con toda su presencia, con todas sus imperfecciones y sus secretos; los libros, en cambio, muestran una imagen apagada, ocultando la fuerza que el pintor les puso y que viene hacia nosotros cuando nos acercamos a ellos. Por eso solo abriré las páginas del recién comprado catálogo cuando pasen unos días y el frescor de la pintura se apague en mi retina. La sala se mueve a uno y otro lado. Dos grupos se balancean como si fueran olas del mar. Uno tiene por guía a un muchacho italiano, que se disculpa por hablar mal el idioma y que, de vez en cuando, comete un error gramatical que todos perdonamos y que él rubrica con una sonrisa. El otro grupo se mueve en torno a una chica española que dice, en voz muy alta, acercaos que no me como a nadie. En los grupos hay de todo: mayores, jóvenes con sho...

Bridgerton contra Austen

 Al patio nada particular de los seguidores de Netfix les gustan más los Bridgerton que Jane Austen. Los ven más modernos, atrevidos y disfrutones. Más cercanos, menos temibles. En los Bridgerton se baila demasiado y en Austen se lee en exceso. Entre pasear lánguidamente con una churri por las solemnes veredas de la campiña inglesa y mover el esqueleto en un sarao VIP en una marmórea mansión de la alta sociedad no hay color. Los Bridgerton se gastan, además, una especie de red social propia en forma de periodiquito de cotilleo que no se sabe quién escribe pero sí quiénes (muchísimos) lo leen. Ahí está todo. Ríete tú de la prensa del corazón que ahora cuelga de los quioscos o rebosa en los canales de YouTube o de televisión. Eso no es nada comparado con aquello, más quisiéramos. Fue un precedente insuperable. Cuando empezaron a emitirse las temporadas de los Bridgerton hubo quien enseguida pensó en Jane Austen. Un lugar común eso de acordarse de ella cada vez que aparece un momento ...

Cuentos para Francine van Hove: ¿Dónde estás?

Una vez recorría yo la calle de un punto a otro de una ciudad desierta. Era un verano abrasador, en la hora más tórrida del día. Mi corazón saltaba. Llevaba un vestido de gasa azul celeste, suave al tacto, con un encaje muy tierno en el escote que tenía forma de pico, pronunciado, hondo. El vestido flotaba sobre el aire caliente del mediodía y yo andaba sobre unas sandalias blancas que me hacían un poco de daño. Eran nuevas, solo para ocasiones especiales. Llevaba un sombrero del color del vestido.  En ese momento sonreía sola. Miraba al frente, con los ojos cubiertos por mis gafas de sol, oscuras, impenetrables, pero la sonrisa se traslucía de inmediato, a pesar de que era una sonrisa interior. La sonrisa de la plenitud, quizá. La sonrisa de la nostalgia anticipada. La de la sorpresa o la duda. Venía de hacer el amor con un hombre que me amaba profundamente y al que yo abandonaría sin remedio unos días después. Nos separaban quince años, una esposa, dos hijos y mucha ince...

La amargura es un pájaro con las alas quebradas

Si comparto contigo lo que siento hallaré sin duda un tiempo de descanso en el estío. Me mirarás con gesto de entenderme y sabré que tú sola has llegado a la misma conclusión: de nada sirve asomarse a una puerta cerrada. Nos sentaremos al abrigo del sol, de frente hacia la brisa que inunda lo que somos y así las dos firmaremos la paz con nuestras vidas. Somos esto y ya nadie tendrá capacidad de hacernos otras. La belleza no es nada, no hace falta ser listas, tan solo conocer el efecto que causa el agua cuando transcurre lenta y cuando es un torrente.  Me contarás historias. Algunas tendrán el tibio sabor de la derrota. No aprobaré nunca esa asignatura, me dirás con gesto distendido. Porque ya no te duele saber que has suspendido aquello que buscaste y que nunca fue tuyo. Por mucho que golpee con ese llamador de estilo antiguo una puerta entornada, no habrá paso, ni hueco, no podré asomarme a contemplar el resto, solo vislumbraré una luz y esa luz será otoño casi siem...

Llanto

Lo único que recuerdo de aquellos días es el llanto. Fueron muchos meses, todos ellos cargados de una penetrante ausencia que se manifestaba en cada cosa. Pero es el llanto lo único que recuerdo. Una sensación de desamparo y las constantes lágrimas que acudían sin permiso. Recorría despacio el camino que me separaba del trabajo y lloraba. Volvía a casa después de intentar hacer algo, casi sin conseguirlo, y lloraba. Me sentaba delante de la televisión y lloraba. Cogía un libro y lloraba. Tomaba mi bolígrafo y mi cuaderno, para acabar llorando. Así, no recuerdo otra sensación ni otro sentimiento. Solo el llanto firme, fluido, capaz, poderoso, se ha mantenido en mí como una memoria infinita. No puedo saber qué comía ni cuándo, ni qué hablaba ni con quién, ni qué pensaba ni adónde miraba, ni cómo me sentía. Solo el llanto es el reflejo de la presencia ausente. Solo el llanto era un compañero eficaz y diario. Solo podía llorar a cada instante. Es el llanto el recuerdo más nítido, el ú...

Ni en rosas las huidas

Deberíamos empezar a escribir las historias por los momentos felices. Esos días dorados en los que el corazón se arrebata y solo existe una palabra: tú. Él es ese tú que te convierte en la persona que soñaste ser. Él está ahí para hacer que todo encaje. Los antiguos dolores se matizan, como si un niño pasara sus dedos por la mancha roja que deja la cera en un papel.  Eso sería lo lógico. Escribir los instantes únicos que no deberíamos olvidar. Ese latir del cuerpo al compás de la dicha. O las miradas. Un repertorio de miradas que nadie más que él sabrá interpretar. Y luego, las señales. En el nivel más alto de la complicidad te encierras en un mundo que los dos habéis diseñado a medida. Cuando te despides, por enésima vez y sin querer dejarlo, le susurras: Amor mío. Y ese es el comienzo de todo.  Pero no es así. No es la algarabía del amor correspondido, del bienestar, lo que te hace sentarte en tarde festiva, cuando todos disfrutan de una emoción que a ti te ...

Jane Austen y el maestro Ford

  Una de las grandezas del considerado maestro del cine John Ford es la épica, la potencia emocional y ética que imprime a sus películas. Sus héroes luchan por el bien común y por el progreso personal y tienen claro que en ese empeño deben poner todas sus fuerzas y que no deben echarse atrás bajo ningún concepto. Por eso son héroes sacrificados, responsables y que conocen cuál es su deber. Ese deber se antepone incluso a su satisfacción personal. La familia, la patria, la amistad, el deber otra vez.  En estas dos películas se ejemplifica muy bien esta característica de su cine. Una de ellas tiene como fondo histórico la guerra de la independencia contra el inglés y la otra se desarrolla en otra guerra, la de Secesión, la llamada civil war. En la primera queda claro quiénes son los héroes y, en la segunda, como todo queda en casa, hay una ligera predilección por los vencedores pero los confederados tienen también su corazoncito. La chica, por ejemplo, es una aguerrida confeder...

William Holden: cuestión de genio

  (William Holden y Audrey Hepburn) Admiro a William Holden mucho más de lo que pueda expresar y desconozco el motivo, porque hay personas que tienen para ti un carisma especial y te atraen. Es una especie de enamoramiento, una fascinación absoluta que no tiene explicación racional. Pura química. No solo es un gran actor, sino que tiene todas las cualidades para desatar la emoción. Su físico es extraordinario: guapo, elegante, arrollador y con un aire de sinceridad impresionante. Los hombres que levantan pasiones, como Holden, no deberían desaparecer nunca. Pero el cine tiene la virtud de mantenerlos vivos y de mantenerlos jóvenes, de forma que es fácil su evocación. Así que he estado recordando algunas de sus películas, al hilo de ver, por primera vez, una que se me había pasado. Se trata de "Grupo salvaje" un extraordinario western de 1969, dirigido por Sam Peckinpah, que me ha entusiasmado. Los westerns suelen ser películas líricas, en las que bajo una capa de violencia ...