Eran las horas de la siesta las que se aprovechaban para hacer aquello que nunca parecía bastante. Como leer, como escribir en el diario de pastas verdes con una llavecita y un pequeño candado, como coser vestidos a las muñecas, como probarse peinados ante el espejo del pasillo. Éramos mudas en las horas de las siestas, porque no se podía hacer ruido. Los niños pequeños dormían. Eran los únicos. La madre no tenía tiempo de descanso, nunca se sabía cuando dormía. Las niñas mayores odiaban tener que parar en su actividad del día. Las siestas en vacaciones eran fuente de inspiración. El tiempo del colegio, que era casi todo el año, no permitía nada más que comer rápidamente y volverse a marchar. Pero el verano traía estos momentos vacíos que se llenaban con aquello que mejor convenía. Era una vida emocionante pues cada vez traía una ilusión nueva, incluida el nacimiento del amor temprano. El suelo fresco, ese mosaico de color estropeado de tanto fregarse, era el paraíso de las horas...
Adoro la música de Rachel Portman y, entre sus trabajos, "Emma", la película de 1996 protagonizada por Gwyneth Paltrow y Jeremy Northam. A ella le viene bien el papel de chica rubia, guapa, rica y despistada en el corazón. Y él, que fue el brillante abogado sir Robert Morton en la preciosa "El caso Winslow" es un señor Knightley tierno y enamorado. Pero la música, ay la música, qué misterio tendrán esos sonidos que te hacen volar sobre la vida. Que te acompañan y te convierten en otra cosa. La música siempre me hace llorar, quizá porque trae de vuelta lo mejor, lo que se ha perdido, lo que ya no existe y fue en un tiempo la belleza de la vida. A Rachel Portman le dieron un Oscar por la música de "Emma" y bien merecido estuvo. Estos fotogramas son de esa película.