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Hombre de blanco, mujer de azul

(Ignacio Zuloaga. Retrato del vizconde de Villamarciel) Al entrar en la gran sala azul y blanca pienso cuán distinta es la realidad de lo que aparece en los libros. Aquí están los cuadros con toda su presencia, con todas sus imperfecciones y sus secretos; los libros, en cambio, muestran una imagen apagada, ocultando la fuerza que el pintor les puso y que viene hacia nosotros cuando nos acercamos a ellos. Por eso solo abriré las páginas del recién comprado catálogo cuando pasen unos días y el frescor de la pintura se apague en mi retina. La sala se mueve a uno y otro lado. Dos grupos se balancean como si fueran olas del mar. Uno tiene por guía a un muchacho italiano, que se disculpa por hablar mal el idioma y que, de vez en cuando, comete un error gramatical que todos perdonamos y que él rubrica con una sonrisa. El otro grupo se mueve en torno a una chica española que dice, en voz muy alta, acercaos que no me como a nadie. En los grupos hay de todo: mayores, jóvenes con sho...
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Bridgerton contra Austen

 Al patio nada particular de los seguidores de Netfix les gustan más los Bridgerton que Jane Austen. Los ven más modernos, atrevidos y disfrutones. Más cercanos, menos temibles. En los Bridgerton se baila demasiado y en Austen se lee en exceso. Entre pasear lánguidamente con una churri por las solemnes veredas de la campiña inglesa y mover el esqueleto en un sarao VIP en una marmórea mansión de la alta sociedad no hay color. Los Bridgerton se gastan, además, una especie de red social propia en forma de periodiquito de cotilleo que no se sabe quién escribe pero sí quiénes (muchísimos) lo leen. Ahí está todo. Ríete tú de la prensa del corazón que ahora cuelga de los quioscos o rebosa en los canales de YouTube o de televisión. Eso no es nada comparado con aquello, más quisiéramos. Fue un precedente insuperable. Cuando empezaron a emitirse las temporadas de los Bridgerton hubo quien enseguida pensó en Jane Austen. Un lugar común eso de acordarse de ella cada vez que aparece un momento ...

Cuentos para Francine van Hove: ¿Dónde estás?

Una vez recorría yo la calle de un punto a otro de una ciudad desierta. Era un verano abrasador, en la hora más tórrida del día. Mi corazón saltaba. Llevaba un vestido de gasa azul celeste, suave al tacto, con un encaje muy tierno en el escote que tenía forma de pico, pronunciado, hondo. El vestido flotaba sobre el aire caliente del mediodía y yo andaba sobre unas sandalias blancas que me hacían un poco de daño. Eran nuevas, solo para ocasiones especiales. Llevaba un sombrero del color del vestido.  En ese momento sonreía sola. Miraba al frente, con los ojos cubiertos por mis gafas de sol, oscuras, impenetrables, pero la sonrisa se traslucía de inmediato, a pesar de que era una sonrisa interior. La sonrisa de la plenitud, quizá. La sonrisa de la nostalgia anticipada. La de la sorpresa o la duda. Venía de hacer el amor con un hombre que me amaba profundamente y al que yo abandonaría sin remedio unos días después. Nos separaban quince años, una esposa, dos hijos y mucha ince...

La amargura es un pájaro con las alas quebradas

Si comparto contigo lo que siento hallaré sin duda un tiempo de descanso en el estío. Me mirarás con gesto de entenderme y sabré que tú sola has llegado a la misma conclusión: de nada sirve asomarse a una puerta cerrada. Nos sentaremos al abrigo del sol, de frente hacia la brisa que inunda lo que somos y así las dos firmaremos la paz con nuestras vidas. Somos esto y ya nadie tendrá capacidad de hacernos otras. La belleza no es nada, no hace falta ser listas, tan solo conocer el efecto que causa el agua cuando transcurre lenta y cuando es un torrente.  Me contarás historias. Algunas tendrán el tibio sabor de la derrota. No aprobaré nunca esa asignatura, me dirás con gesto distendido. Porque ya no te duele saber que has suspendido aquello que buscaste y que nunca fue tuyo. Por mucho que golpee con ese llamador de estilo antiguo una puerta entornada, no habrá paso, ni hueco, no podré asomarme a contemplar el resto, solo vislumbraré una luz y esa luz será otoño casi siem...

Llanto

Lo único que recuerdo de aquellos días es el llanto. Fueron muchos meses, todos ellos cargados de una penetrante ausencia que se manifestaba en cada cosa. Pero es el llanto lo único que recuerdo. Una sensación de desamparo y las constantes lágrimas que acudían sin permiso. Recorría despacio el camino que me separaba del trabajo y lloraba. Volvía a casa después de intentar hacer algo, casi sin conseguirlo, y lloraba. Me sentaba delante de la televisión y lloraba. Cogía un libro y lloraba. Tomaba mi bolígrafo y mi cuaderno, para acabar llorando. Así, no recuerdo otra sensación ni otro sentimiento. Solo el llanto firme, fluido, capaz, poderoso, se ha mantenido en mí como una memoria infinita. No puedo saber qué comía ni cuándo, ni qué hablaba ni con quién, ni qué pensaba ni adónde miraba, ni cómo me sentía. Solo el llanto es el reflejo de la presencia ausente. Solo el llanto era un compañero eficaz y diario. Solo podía llorar a cada instante. Es el llanto el recuerdo más nítido, el ú...

Ni en rosas las huidas

Deberíamos empezar a escribir las historias por los momentos felices. Esos días dorados en los que el corazón se arrebata y solo existe una palabra: tú. Él es ese tú que te convierte en la persona que soñaste ser. Él está ahí para hacer que todo encaje. Los antiguos dolores se matizan, como si un niño pasara sus dedos por la mancha roja que deja la cera en un papel.  Eso sería lo lógico. Escribir los instantes únicos que no deberíamos olvidar. Ese latir del cuerpo al compás de la dicha. O las miradas. Un repertorio de miradas que nadie más que él sabrá interpretar. Y luego, las señales. En el nivel más alto de la complicidad te encierras en un mundo que los dos habéis diseñado a medida. Cuando te despides, por enésima vez y sin querer dejarlo, le susurras: Amor mío. Y ese es el comienzo de todo.  Pero no es así. No es la algarabía del amor correspondido, del bienestar, lo que te hace sentarte en tarde festiva, cuando todos disfrutan de una emoción que a ti te ...

Jane Austen y el maestro Ford

  Una de las grandezas del considerado maestro del cine John Ford es la épica, la potencia emocional y ética que imprime a sus películas. Sus héroes luchan por el bien común y por el progreso personal y tienen claro que en ese empeño deben poner todas sus fuerzas y que no deben echarse atrás bajo ningún concepto. Por eso son héroes sacrificados, responsables y que conocen cuál es su deber. Ese deber se antepone incluso a su satisfacción personal. La familia, la patria, la amistad, el deber otra vez.  En estas dos películas se ejemplifica muy bien esta característica de su cine. Una de ellas tiene como fondo histórico la guerra de la independencia contra el inglés y la otra se desarrolla en otra guerra, la de Secesión, la llamada civil war. En la primera queda claro quiénes son los héroes y, en la segunda, como todo queda en casa, hay una ligera predilección por los vencedores pero los confederados tienen también su corazoncito. La chica, por ejemplo, es una aguerrida confeder...

William Holden: cuestión de genio

  (William Holden y Audrey Hepburn) Admiro a William Holden mucho más de lo que pueda expresar y desconozco el motivo, porque hay personas que tienen para ti un carisma especial y te atraen. Es una especie de enamoramiento, una fascinación absoluta que no tiene explicación racional. Pura química. No solo es un gran actor, sino que tiene todas las cualidades para desatar la emoción. Su físico es extraordinario: guapo, elegante, arrollador y con un aire de sinceridad impresionante. Los hombres que levantan pasiones, como Holden, no deberían desaparecer nunca. Pero el cine tiene la virtud de mantenerlos vivos y de mantenerlos jóvenes, de forma que es fácil su evocación. Así que he estado recordando algunas de sus películas, al hilo de ver, por primera vez, una que se me había pasado. Se trata de "Grupo salvaje" un extraordinario western de 1969, dirigido por Sam Peckinpah, que me ha entusiasmado. Los westerns suelen ser películas líricas, en las que bajo una capa de violencia ...

Ford, Glenn Ford

Que Glenn Ford no ganara nunca un Oscar es una señal evidente de lo que son los premios. Dependen de tantas cosas y de tantas circunstancias que son fiables a medias. Hay por lo menos tres películas por las que Ford merecía un Oscar (y no cuento entre ellas a Gilda ): Los sobornados , de Fritz Lang , en 1953; Deseos humanos , del mismo director y un año después; Chantaje contra una mujer , de Blake Edwards , 1962. Las tres se pueden encuadrar en lo que llamamos "cine negro" y lo mismo le ocurre a Gilda . En realidad, en esta famosísima película, el papel de Ford es mucho más interesante que el de ella, pero la fama tiene esas cosas. Los sobornados , es una de las mejores películas negras que se han rodado nunca. Su violencia expresada y elíptica la convierte en un film oscuro, en una muestra de la maldad humana y de cómo las personas llegan a ser capaces de lo peor. Por su parte, en Deseos humanos (donde vuelve a encontrarse con la gran Gloria Grahame , quizá su pareja ci...

"Amar para siempre" de David Cerdá

  Como este es un humilde blog personal no necesitaré utilizar los recursos propios de una reseña bibliográfica y quizá este libro sea el que menos precise de artilugios. Sobre su autor diré que es una persona fiable, alguien a quien le comprarías sin dudarlo un coche usado y es también un pensador polifacético, amante de muchas cosas, que ofrece una mirada original sobre el mundo, al tiempo que participa abiertamente en la conversación pública sin importarle ir a contracorriente. Así lo dice en el subtitulo del libro. A David Cerdá llevar la contraria no le preocupa, sabe lo que quiere transmitir y lo hace con valentía, por usar una palabra que él mismo ya ha empleado en otro de sus libros, "Ética para valientes".  Armado de convicciones y de buenas maneras, David Cerdá cree en sí mismo y defiende sus posturas con ánimo de construir pero de una forma férrea. Es un duro contrincante dialéctico. La suavidad del trato no debe confundirnos. Resulta difícil mantener esas formas e...

En una esquina de la azotea

Cómo sería el vicio de la lectura en esa niña que se escondía en algún recodo de la azotea para leer. La azotea era el marco ideal para cualquier aventura. Desde allí se veía la pantalla del cine de verano, porque solo una huerta lo separaba de la casa. Desde allí se oían los avisos de los barcos que circulaban por la bahía y también la algarabía de los niños volando barriletes. Leer en la azotea te convertía en invisible para el resto de la casa. Nadie podía adivinar que estabas sentada, al resguardo del viento, en una de las esquinas que la azotea formaba en su diseño. Una azotea tan grande, tan llena de pequeñas escaramuzas, tan difícil de limpiar a fondo, tan fácil de disfrutar a tope. Una azotea para soñar en que algún príncipe de cuento trepaba por las almenas imaginadas de la tapia y llegaba hasta allí, armado de sonrisas y de buenos presagios. Una azotea para guardar confidencias, para tomarte un bocadillo, para estirar las piernas, para tender la ropa sin prisa y sin agobios, ...

Amistades peligrosas

 Era muy joven y muy entusiasta de la amistad. Tenía amigos de todas las edades y, a veces, los anteponía a la familia. Quería que fueran felices, compartía lecturas, hacia regalos, creía en ellos. Un amigo de la época, al que he dejado de ver aunque no de querer hace años, me dijo un día que me equivocaba. Que amigos se contaban con los dedos de una mano y que pensar de otra forma llevaba directa al precipicio de la decepción. No le creí entonces pero ahora sé que tiene razón. Hablamos con demasiada ligereza de la amistad y pensamos que todos ven la cosa como nosotros. Todos los regalos que he hecho, la escucha a tantos problemas, la preocupación por las vidas de los otros, la entrega ... todo eso está en la papelera, en la basura y ahí seguirá. Puede ser que haya algunos amigos de verdad, o que esa verdad sea una simpleza y no algo grandioso. En todo caso, como en tantas cosas, me equivoqué también en esto. Y ya no hay marcha atrás. Las horas que no pasé con mis padres por estar ...

Una música que llega al corazón

  Adoro la música de Rachel Portman y, entre sus trabajos, "Emma", la película de 1996 protagonizada por Gwyneth Paltrow y Jeremy Northam. A ella le viene bien el papel de chica rubia, guapa, rica y despistada en el corazón. Y él, que fue el brillante abogado sir Robert Morton en la preciosa "El caso Winslow" es un señor Knightley tierno y enamorado. Pero la música, ay la música, qué misterio tendrán esos sonidos que te hacen volar sobre la vida. Que te acompañan y te convierten en otra cosa. La música siempre me hace llorar, quizá porque trae de vuelta lo mejor, lo que se ha perdido, lo que ya no existe y fue en un tiempo la belleza de la vida.  A Rachel Portman le dieron un Oscar por la música de "Emma" y bien merecido estuvo. Estos fotogramas son de esa película.