/Foto: Jean-Claude Deutsch/ Desconozco el momento en que ocurrió, el momento en que el libro dejó de ser objeto y se convirtió en vida. Fue muy pronto, lo sé, pero no hallo razones, no respondo a preguntas, no alcanzo las respuestas. Ni siquiera recuerdo aquellos libros, los primeros, los que me alejaron del juego del elástico, los que me acercaron a la esquina de la azotea, o al hueco mínimo de la casapuerta, o al rincón del sofá, tan codiciado. De una forma o de otra esos primeros libros se adueñaron de casi todo el espacio, se adueñaron de ti y, quién lo sabe, no se han marchado nunca. Aparecen sus rostros en todos los recodos del tiempo que se fue, en los aspavientos de la memoria, en la risa de las fotos, en la actitud callada delante de las fuentes. Son los libros, eran ellos los que, como si un hada los hubiera convertido en secreto, deambulaban a tu lado por la calle empedrada, se sentaban contigo, nunca te abandonaron. Como si fuera el mar, que siempre deja huella al albu...
La niña tiene la sonrisa que llevará toda la vida. No solo se ríe con la boca, también con los ojos. Es una sonrisa completa, única, indiscutible. El día que desaparezca esa sonrisa, el día en que no haya motivos para sonreír, entonces dejará de ser ella. Cambió sin darse cuenta de lo importante que era eso, el agua del océano por la del río y el ritmo del levante por el viento sur que golpea los cristales de la terraza. Dejó su casa vieja por un piso de alquiler, por varios pisos de alquiler hasta que, por fin, apareció otra casa que ya es su casa. El exilio fue menos en esa casa, siempre presidida por cierta clase de alegría, sin dolores ni muertos. Vino de un tiempo vacío de compromisos y lleno de preguntas. Se asomó a una vida que quizá no era para ella y no supo darle la vuelta a la situación, se acomodó sin preguntarse nada. Lo suyo es que pase un día y luego que pase otro y otro sin más. Mientras, el exilio de la sonrisa sigue siendo un milagro.