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La mirada insistente de May Sarton


Así suceden las cosas: una editora de una pequeña editorial descubre a una escritora que le gusta y que no ha sido traducida al español. La editorial se embarca en una primera traducción. Y funciona. El boca a boca de las redes ayuda a esa difusión y el nombre de la autora comienza a ser conocido en la élite de lectores avanzados, sobre todo mujeres, que están atentos a las novedades y que consume literatura no comercial. 

De este modo, May Sarton llega a nuestras estanterías y a nuestras vidas de lectores en las que el libro y todo lo que trae consigo es un elemento fundamental. Comenzamos a leerla y estamos pendientes a las novedades que se van publicando. Y así descubrimos algo que todo autor posee y que es el punto de arranque de cualquier obra literaria: el estilo. Dado que lo que se está publicando es todo memorialístico, podemos afirmar que su manera de mirar el mundo y de trasladarlo a la escritura tiene sus especiales características. Yo no lo llamaría autoficción, sino, más bien, diarística de dentro-fuera. 




De resultas de lo anterior, May Sarton ya no es una desconocida y queremos saber más. Y así llegamos a su ciudad de nacimiento, a Gante, la ciudad imperial, un lugar precioso y estimulante. Un sitio en el que no resulta raro que surja el talento. En realidad, su origen está en Wondelgem, un municipio que pertenece a Gante y que tiene hoy unos 17.000 habitantes. Allí consideran a May Sarton uno de sus personajes más célebres, seguramente el único que merece esta consideración. En 1914, cuando tenía dos años pues había nacido en 1912, su familia huyó de aquel lugar y se marchó a vivir con la abuela materna, ya que su madre era inglesa. El nuevo lugar de residencia fue Ipswich, Inglaterra y el motivo de la marcha la invasión alemana de Bélgica tras el asesinato del archiduque Francisco-Fernando. May Sarton vivió así indirectamente las consecuencias de la conflagración que se llamaría en su momento la Gran Guerra. 

En Inglaterra estuvo poco tiempo porque su padre, que era un eminente científico, empezó a dar clases en Harvard y la familia se instaló en Boston. George Sarton, químico y matemático, fue el iniciador y, en realidad, creador, de la historia de la ciencia como disciplina, a la que dedicó libros y estudios que aún se utilizan en esta materia. En las referencias a su labor y a su vida apenas aparece la mención de su hija. En realidad, su padre era mucho más conocido y reconocido que ella misma. 

Y si su padre era científico, su madre era una artista, hija de ingleses, que estudió en Bélgica miniaturas, pintura, bordados y otras artes suntuarias y que cultivaba un círculo de mujeres avanzadas, de ideas nuevas y que preconizaba que las mujeres debían buscarse su propio objetivo al margen de la vida familiar y de los hombres. Era Mabel Elwes Sarton, que se casó en 1911 con el científico y de cuya unión nació May, cuyo nombre completo era Eleonore Marie. 



Así, la vida de May Sarton transcurrió en un ambiente rico en cultura, con unos padres muy reconocidos cada cual en su ámbito y con cierto aire cosmopolita, a vivir en lugares y países diferentes. Es cierto que la guerra estuvo muy presente en ese itinerario vital, o, podíamos decir, las guerras, porque nació justo antes de que estallara la primera guerra mundial y también vivió la segunda. Existe una biografía sobre su vida pero no está traducida al español, algo que sería de enorme utilidad para conocerla mejor. 



Entre unas cosas y otras, May Sarton publicó muchísimo. Novelas, cuentos, poemas y, sobre todo, literatura de memorias y diarios. Estaba dotada especialmente para la escritura en todas sus manifestaciones y tengo para mí que este talento fue el motor de su vida, que siguió tirando de ella cuando faltaban otras muchas cosas. Presumía de tener muchos amigos, sobre todo amigas, porque entendía la solidaridad entre mujeres como algo mágico, y también de estar muy cerca de la naturaleza y sus milagros. 

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