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Elizabeth Jenkins



Elizabeth Jenkins nació en 1905 en Hitchin (Hertfordshire); su padre fundó la Cardicott School, cerca de Londres, aún hoy en funcionamiento. Estudió en Cambridge y fue profesora en la King Alfred School de Hamsptead. Se relacionó con el Grupo de Bloomsbury, aunque parece que no se llevaba muy bien con Virginia Woolf. Durante la Segunda Guerra Mundial tuvo un papel muy activo ayudando a refugiados judíos y a víctimas de los bombardeos de Londres.

Fue una de las fundadoras de la Jane Austen Society. Escribió biografías de Jane Austen, lady Caroline Lamb, Henry Fielding e Isabel I de Inglaterra, entre otras.

Su primera novela fue Virginia Water (1929); la segunda, Harriet, recibió en 1934 el premio Femina Vie Heureuse (imponiéndose a Evelyn Waugh y Un puñado de polvo) y fue un gran éxito de ventas. Otras novelas suyas son Robert and Helen (1944), The Tortoise and the Hare (1954), Brightness (1964) y Dr Gully’s Story (1971).

Cuando murió en Londres en 2010, a la edad de ciento cuatro años, el obituario de The Telegraph dijo: «El talento especial de Elizabeth Jenkins en sus novelas fue la descripción de la victimización de frágiles personajes que inspiran simpatía, a manos de gente que lo único que tiene de memorable es su crueldad. Como a Agatha Christie, le fascinaban los crímenes en las zonas residenciales». 

La tortuga y la liebre es la última novela publicada en España. Editorial Alba ya ha publicado otras obras de la autora, como Harriet, La historia del doctor Gully y Seis mujeres criminales. Sus libros salen en la colección Rara Avis de la editorial y les viene muy bien estar ahí, porque son verdaderas rarezas llenas de calidad e intriga.


Intenso, demoledor, desasosegante, duro, frío, terrorífico. El libro de Elizabeth Jenkins te ofrece un comienzo engañoso. Parece que todo se reduce a una muchacha mal dotada intelectualmente, pero con dinero, y a un tipo egoísta y necesitado de pasta. Pero no es verdad. Nada es tan sencillo. El juego de personalidades enfrentadas en esta novela exigiría un estudio psicológico y mucho tiento para discernir a qué se debe la extraña relación entre los hermanos Oman, Lewis y Patrick; o la soterrada envidia plagada de angustia que vive Alice en relación con Harriet; o el papel de Clara, obtusa, sumisa pero, al fin, liberada del peso de un enorme secreto.

Harriet es una chica acomodada por la herencia de su padre. Su madre está casada en segundas nupcias y trata cariñosamente a su hija, comprende sus limitaciones, acepta sus caprichos y sabe que, en el fondo de su cerebro opaco, hay bondad y deseos de ser feliz. Quién no quiere casarse de blanco y con sedas...

La madre de la muchacha sospecha, sin embargo, que nadie se acercará a su hija con buenas intenciones. Y teme que, si aparece en el horizonte uno de esos tipos relamidos y manipuladores, ella caiga sin remedio, porque sueña, esa facultad que no ha perdido y que la va a abocar a la desgracia. Permitirse soñar es un lujo si una no es suficientemente avispada.

Por eso su madre luchará con todas sus fuerzas para evitar que caiga en manos de un atractivo caza fortunas sin escrúpulos. No logrará nada. Esto no es Washington Square y lo que allí se desliza con lentitud segura al melodrama casi feminista, con esa sutil venganza de la heredera, aquí es suciedad, miseria, canallada en estado puro. Lo que Lewis y su hermano Patrick hacen con Harriet, con la ayuda de Alice y de Elizabeth es, sencillamente, un crimen.

La novela se escribió en 1934 y constituyó un enorme éxito. Recreaba un hecho real, eso que tanto gusta a los públicos e incita a los escritores. El misterio de Penge, así llamado, asombró a la sociedad victoriana allá por 1877. Pero las historias de seducción y engaño son el pan nuestro de cada día y la búsqueda de una buena posición económica por parte de los desaprensivos no deja de ser un lugar común que pervive hasta nuestros días. Un hombre guapo y sin dinero siempre tiene la tentación, sobre todo en esos tiempos en los que el beneficio era poco y el oficio ninguno, de lanzar la red para que caiga en ella alguna mujer inocente, crédula y, por supuesto, con una buena dote económica. Lo que no es tan usual es el encarnizamiento con que Harriet es tratada, la forma cruel y devastadora en la que ella y su hijo sucumben a la maldad de los otros.

Comienza siendo una historia de casamientos y amoríos para terminar en un drama judicial, condenas incluidas. El mal sabor de boca que nos deja a los lectores las acciones llevadas a cabo por esa banda sin principios, que en ningún momento es capaz de sentir culpabilidad por lo que han cometido, es mérito de la autora, que conduce la narración de la forma más verídica posible. No hace falta, no obstante, añadir demasiado. Este es uno de esos casos en que lo hechos hablan por sí solos. 


En "La historia del doctor Gully" publicada en 1972, se reconstruye un sonado caso criminal que interesó a la sociedad victoriana. La trama es compleja y llena de giros, pero la autora tiene un especial ingenio a la hora de plantear los interrogantes y resolverlos. Es una historia de amor llena de elementos sociales, traiciones, emociones de todo tipo. La protagonista es Florence Ricardo, la esposa de un capitán bebedor y violento que acude a la consulta del doctor Gully en Malvern (Worcestershire) para buscar un remedio a sus nervios. El médico y su paciente inician un relación amorosa llena de altibajos y amenazas de escándalo. 

Resulta paradójico lo que ocurre con toda estas "damas escritoras". Personas de vida apacible en su mayoría, procedentes de tranquilas familias de clase media, sin aparentes emociones que llevarse a la boca, se convierten en astutas observadoras de la realidad, en trasmutadoras de la misma y en ágiles diseccionadoras de la naturaleza humana. Nada hay en ellas que permita considerar su especialísimo punto de vista. Todo parece desarrollarse según cánones establecidos, pero no es cierto. Ellas cruzan la frontera, utilizan las normas a su antojo y dan un toque de atención a la sociedad, sus convencionalismos y su hipocresía. 


Cuando los tratamientos cosméticos eran tabú y se llevaban en secreto, Madame Rachel abrió un salón de belleza en el Londres victoriano y aprovechó esta circunstancia para chantajear y estafar a sus clientas con una desfachatez increíble. Ella es la primera de las Seis mujeres criminales (1949) de las que Elizabeth Jenkins ofrece una documentada semblanza biográfica en esta recopilación aguda y sorprendente que abarca casos desde el siglo XIV hasta el XIX. Sus protagonistas llevaron al límite, siempre transgrediéndolo, las condiciones que se atribuían a una mujer en su época: Alice Perrers, amante de Eduardo III, rapaz usurpadora de tierras y hasta de joyas de la Corona; lady Ivie, falsificadora y pleiteadora incansable, «en el ámbito de la ley, más astuta que nadie», que llegó a legar en su testamento bienes que no le pertenecían; la condesa de Somerset, que consiguió con malas artes volver impotente a su marido para obtener la anulación de su matrimonio y casarse con el favorito del rey Jacobo I de Inglaterra; Jane Webb, líder ya en su adolescencia de una banda de ladrones callejeros que vaciaba los bolsillos de todo Londres en el siglo XVIII; y Florence Bravo y su dama de compañía, la señora Cox, envueltas en un caso de envenenamiento que escandalizó a la sociedad victoriana. Elizabeth Jenkins, aun señalando la codicia y el «olfato para las debilidades, los miedos y los deseos de una gran parte de la humanidad» de estas criminales, no puede dejar de sentir cierta simpatía por ellas: las sitúa adecuadamente en su contexto histórico, que compara frecuentemente con nuestra época, y revela su psicología en un intento de comprenderlas y explicar sus anomalías.

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