Parque Genovés
Salíamos de la escuela de Magisterio que estaba en Duque de Nájera y dejábamos atrás el hotel Atlántico y el colegio mayor Beato Diego de Cádiz. Allí cerca, a un lado, nos esperaba majestuoso el Parque Genovés. Hay que tener mucha suerte para estudiar en sus entornos, para disfrutar cada día de sus paseos, sus bancos, sus fuentes, sus estatuas, su silencio y su aclamada soledad. Ibamos allí después de los exámenes, tras las aventuras amorosas y cuando nos metíamos en un lío, algunos de ellos importantes, como cuando asaltamos la oficina donde se preparaban determinados exámenes. Dejemos eso, que ahora somos gente respetable. Lo mejor de aquellos días eran las horas mediadas, cuando no había clase, o las tardes en las que se prolongaba el día, y nosotros dos, inseparables, nos sentábamos a la sombra para reírnos sin tasa, abrazarnos sin recato y besarnos frente a los árboles, frente al mundo, frente a la vida. Oh, cuánto de belleza tenía aquello, qué crepúsculos vivimos, qué atardeceres, qué sol de mediodía tan cálido y tan lleno de deseo, de fuerza juvenil, de afinidad, de encuentro. Nos quisimos hasta el final y nuestra memoria lo guarda en un lugar inaccesible para los otros.




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