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Aburridas e insatisfechas


🎨Aurelia Navarro (1887-1968)


En 2025 se han cumplido cien años de la publicación de "La señora Dalloway", la novela de Virginia Wolf que mejor retrata el sentimiento esencial de las mujeres de su época: la insatisfacción. Clarissa Dalloway, que va a celebrar una fiesta en su casa, nos va a conducir, con el pretexto de ir a buscar ella misma las flores para adornar el evento, por la vida cotidiana de una mujer casada, acomodada y muy aburrida, o muy deseosa de que algo suceda. Esa insatisfacción era el signo de los tiempos en esos años veinte del siglo XX en los que las personas literalmente no sabían a qué atenerse. La Gran Guerra (1914-1918) había generado tantas pérdidas y tantas heridas en los supervivientes, que pocos años después la huella de ese miedo colectivo seguía latente. Esa misma sensación de impotencia, de saberse inerme y sin recursos ante algo superior en fuerza a los seres humanos, puede compararse a la que sentimos nosotros durante la pandemia del Covid-19. De repente, casi de un día para otro, vivir se transformó en algo extraordinario, en una cruzada diaria. Las pequeñas cosas que componen los ritos cotidianos pasan a tener tal dificultad que se van abandonando de uno en uno. Algo tan sencillo como comprar se antojaba un imposible. En tiempos de guerra hay racionamiento y faltan los alimentos, en tiempos de pandemia no te fías de la bolsa de plástico que envuelve los productos ni de los estantes de los supermercados. Todo huele a sangre en la guerra, todo huele a alcohol en la epidemia. 

De resultas de esos cambios sensibles o imperceptibles, las personas llegan a transformarse en otras. No volveremos a ser los mismos, pensaban ellos y pensamos nosotros. La antigua rutina, con su impronta de familiaridad y de certeza, se rompe y emerge otra, más agazapada, más asustadiza, menos inmune al peligro. Vivimos en la cuerda floja. Lo que parecía que nunca iba a ocurrir, ha ocurrido. Y nos ha arrasado a todos. Así se sentían los europeos después de la primera guerra mundial. Cuando vuelve en apariencia lo anterior, porque la crisis ha sido superada, entonces se dieron cuenta, igual que nosotros, que nos han marcado a fuego por una invisible señal y una llamarada externa y poderosa nos va a conducir por un camino más estrecho, más duro y difícil, que ha de recorrerse sin entusiasmo y sin alternativas. No salieron más fuertes, sino más asustados. Como nosotros. 

Después de la primera guerra mundial la euforia del final de la contienda estuvo plagada de avisos problemáticos, porque algo en el aire daba a entender lo precario de aquella paz, donde se enfundaron las armas solo de forma momentánea. Pero, sobre todo, una herida había marcado de algún modo a todos los habitantes del territorio. Somos gente marcada también ahora. Entonces los países se miraron con desconfianza y tardó poco para que comenzaran a moverse en una danza desacostumbrada y peligrosa. Todo estaba en el aire. 

"La señora Dalloway" se escribe y se publica en ese interregno de veinte años entre una guerra y otra. Virginia Woolf se quitó la vida en 1941 en plena segunda guerra mundial. El mundo había reanudado las hostilidades con mayor fiereza, con máquinas más perfectas y técnicas bélicas más evolucionadas. El avance del nazismo era una apisonadora que terminaría engullendo entre sus víctimas a millones de personas normales, irrelevantes, anónimas y a otras muy significadas, como la propia Irène Némirovsky, que acabó muriendo en un campo de concentración dejando atrás una maleta cargada de manuscritos. 

Entretanto, Virginia Woolf luchaba con sus propios enemigos interiores, batallaba sus propias guerras. Sería interesante saber qué circunstancias concretas se vivieron en aquellos años en su familia, teniendo en cuenta que ella alude de forma muy somera y aislada a los bombardeos de Londres en 1940. De qué forma lo externo recaía también sobre sus hombros, teniendo en cuenta el sufrimiento interior que acarreaba y que la llevaría a suicidarse en 1941, cuando el conflicto bélico estaba en su peor momento, es algo que no sabemos. Jane Austen vivió en tiempos de revolución y guerra constante, pero no hablaba de ello. De igual modo, solo en sus diarios de escritura, Virginia alude a esos bombardeos sobre Londres que llegó a conocer y a vivir. Virginia parecía cansada, inerme ante el entusiasmo, rendida a la desilusión. El mundo estaba en una convulsión inenarrable y ella, sus elegantes amigos, la juventud que moría en el campo de batalla, todo es una mezcla imposible. Europa era un continuo experimento y entretanto, ¿qué pensaba ella?

Años antes, en 1925, había publicado "La señora Dalloway". El trauma de la guerra no se había marchitado, antes bien, reverdecería continuamente en todos, pero ahí está Clarissa, su pequeña esperanza, su esfuerzo por encontrar algo distinto. Es la mujer insatisfecha, la mujer aburrida, que quizá tuviera mucho que ver con la propia escritora. La mirada de Clarissa intenta llenarse de algo o de alguien, de una razón suficiente como para aclarar sus dudas. Por eso se ocupa personalmente de las cosas y hace recados, pasea, saluda a la gente, busca  la forma de conjurar la perfecta doctrina del aburrimiento. Clarissa está insatisfecha y está aburrida, pero también sabe que eso puede ser considerado una frivolidad en esos años y que quizá tampoco sea para tanto. Porque siempre quedaran flores que comprar y conversaciones que mantener con alguien que vuelva del pasado. 

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