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La cita


/Andy Wharhol/

Había dudado en aceptar pero quiso pensar que no sería un problema, que las cosas irían razonablemente bien, como las últimas veces. Dudó también porque el final, las despedidas, siempre le costaban, siempre pensaba que el tiempo transcurría demasiado de prisa y que debería dejar de verlo, a saber hasta cuándo. 

No encontró argumentos para decir que no a pesar de todo. Y se aplicó a su arreglo para estar lo mejor posible. No para él, que no se solía fijar en ella nunca salvo para verle defectos, sino para ella misma, para sentirse segura y digna en la cita. Que no era una cita, que era solo un rato de compartir un plato de comida, en el lugar que él siempre frecuentaba, junto a su propia casa para que le fuera más cómodo y que no suponía buscar un restaurante, acordar una hora, recogerla en un taxi…Nada de eso. Tomaría el autobús como hacía siempre y luego volvería andando. Él ni siquiera caería en la cuenta de que las cosas podrían hacerse de otra forma. 

Estrenó una camisa roja y una cazadora de piel azul marino. La cazadora tenía la piel muy suave y la camisa le venía perfecta, porque daba sensación de frescor, con su escote de pico y un pequeño lazo en el cuello que caía justamente para que no se viera demasiado. A ella no le gustaba llevar escotes y menos con él y menos ahora. En una ocasión recuerda que vestía de rosa y el botón de arriba iba desabrochado y él le dijo con gesto desabrido, ciérrate ese botón, como si le molestara verla, como si se avergonzara de ella, de que fuera así vestida. Esa sensación la tiene siempre: él se avergüenza de ella, de ir a su lado, por eso no pasean nunca por la calle, por eso no conoce a ninguno de sus amigos, por eso la ve siempre un rato mínimo, en el mismo sitio y haciendo lo mismo cada vez. Porque se avergüenza de ella, piensa que es muy mayor, que es fea, desagradable, poco vistosa, no como esas rubias despampanantes que le gusta llevar de paseo, esas rubias que tienen los enormes dientes blanqueados, los vestidos ajustados y los escotes, los brazos desnudos llenos de pulseras, el pelo fieramente amarillo, las gafas de sol ostentosas y algún sombrero, dependiendo de la estación del año. Ella no es como esas mujeres de pelo largo y pelirrojo que se fotografían a cada momento en Instagram recorriendo lugares exóticos y luciendo piernas, convirtiendo en un espectáculo ir a un restaurante o presentar un libro. Ella no es como esas. Es arisca, recia, seria, no sabe nada de hombres ni sabe nada del amor, ni sabe gustar, ni sabe reír con coquetería, es una pobre mujer rodeada de libros, que lo único que sabe es leer y leer, pero que no tiene vida más allá de esos papeles. Y que, quizá por eso, llora muy a menudo pero no despierta su compasión ni su pena, sino su desprecio. Él desprecia a esa mujer porque es inteligente, lee libros y no sabe hacer el amor. La desprecia porque no le gusta, porque ella le resulta repelente, quizá repulsiva, quizá la odia. 

En la cita todo salió mal. No hubo bienvenida cariñosa, ni gesto agradable, ni un cumplido siquiera. La miró como si mirara a una vaca que pastara en un prado, con indiferencia y desagrado. Él no quería estar allí y se le notaba mucho antes de decirlo. Me hubiera venido mejor no salir, fue su frase. O algo similar. Desde el primer momento una nube negra la fue cubriendo. Las palabras de él iban todas a dar en el mismo lado, a clavarse en el estómago, a un lado del corazón, a machacar su cabeza. No sabía qué decir, ni qué hacer, quería levantarse y no podía. No era la primera vez que se sentía así con él. No. Había ocurrido en más ocasiones. La llama, la invita y, cuando se ven, hace esto, como si ella fuera un muñeco de feria y él un muchacho alocado que tirara a dar con pelotas de goma. Ella quisiera llorar sentada en esa mesa, sin poder comer, con el estómago hecho un guiñapo. Pero no puede. Quiere desaparecer, quiere que se calle, que no siga diciendo esas cosas que le hacen tanto daño, quiere, sobre todo, que deje de mirarla así, con esa cara de asco, de aversión, de antipatía, como si ella fuera un bicho, un animal, cualquier cosa menos lo que es, una persona que se siente indefensa y perdida. 

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