Asombro y soledad

 


/Richard Burlet/

Aprendí sola el arte de la observación. Tenía un extenso muestrario delante de mí: mi calle era un paraíso de personalidades, tipos y caracteres. Me acostumbré a mirarlo todo y a enterarme de todo, aunque había temas vedados a los niños. En realidad, no creo que a los niños les interesara nada de lo que allí sucedía, ni a la mayoría de las niñas. Pero yo era una niña distinta, una niña rara, porque escribía y escribir significa observar. Desarrollé de este modo el arte de la observación y lo practiqué a conciencia de tal modo que aún hoy, pasados los años, sigo teniendo una absoluta claridad sobre aquella gente, sobre sus acciones y su forma de ser, sus relaciones, sus amistades, sus encuentros, sus problemas. Era un laboratorio y en mi cabeza sigue siéndolo. Aunque soy consciente de que yo también formaba parte del muestrario. También era observada por los demás. 


/Raphael del Orme/

Mi principal interés estaba en las mujeres y los hombres. Los niños no me interesaban. Al fin y al cabo, eran como yo, gente por hacer. Pero las mujeres ofrecían la oportunidad de ver en directo mucho de lo que era la vida. Eran ancianas, jóvenes, maduras, madres, abuelas, solteras, viudas, bien o mal casadas. Había mujeres que sufrían maltrato, había una mujer que tenía un amante, había mujeres ignoradas por sus maridos, había mujeres a las que sus maridos engañaban con otras mujeres, había mujeres líderes, mujeres asustadas, mujeres primorosas, mujeres afortunadas, mujeres distintas, mujeres que lloraban a escondidas, mujeres que cargaban con problemas de hijos desde siempre, mujeres sacrificadas, mujeres sin autoestima, mujeres guapas, mujeres esperpénticas, mujeres cojas, mujeres altas, gordas, canijas y con pelo teñido. Mujeres que aguardaban, mujeres tristes, mujeres en soledad. No eran felices. La mayoría no era feliz. 


/Robert Koehler/

Los hombres eran trabajadores manuales la mayoría, algunos querían progresar y estudiaban de noche. Los había que estaban fijos en los astilleros, también chóferes, camioneros, tenderos, encargados, gente humilde en su mayor parte y con alguna excepción. Un par de ricos vivían en la calle pero eran un mundo aparte, poseían cosas que los demás no tenían y no formaban parte del microcosmos que yo solía estudiar, eran gente rara y diferente a mis ojos, no me interesaban. Los hombres eran un mundo aparte, pasaban poco tiempo en casa, trabajaban todos los días, apenas tenían asueto, tenían que cargar con tareas duras y no charlaban con los hijos ni participaban en las comidas comunes, más bien comían solos y más tarde, dormían a deshora y casi todos habían perdido toda esperanza. En estos tiempos ya los hijos eran más una carga que un alivio y muchos de esos hombres sabían que hasta el final ellos serían los responsables de llevar la casa adelante. Ninguna mujer trabajaba fuera de casa y los chavales ya querían huir de la calle y el barrio. Ese tiempo de transición convirtió a los hombres en gente asombrada, que no conocían bien a sus mujeres y llevaban una vida insatisfecha. Ellas y ellos desconocían el valor y el sabor de la pasión. 

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