El patio se ha levantado con un sol de siempre que hacía días se ocultaba. La sombra planea sobre la mitad del espacio, la otra mitad hace su fiel ceremonia de saludar al sol. En los huecos de la pared se han colocado, a modo de espejos, los jazmines trepadores que nunca se niegan a salir. Y las rosas vibran. Solo los cacharros que, de tanto en tanto, rodean el perímetro, se mantienen inconmovibles a una primavera que, de todas formas, aún no se hace presente. Es el juego de las luces y las sombras. Es la belleza de lo que perdura.
Sutil y mordaz, Mollie Panter-Downes se sitúa en el verano de 1946, en un pueblo del sur de Inglaterra. Es la postguerra de la Segunda Guerra Mundial, un tiempo de racionamiento en el Reino Unido, un tiempo en que las viejas casas se desmoronan y la gente tiene que buscarse la vida. La historia capta unas horas en la vida de la protagonista, Laura, mientras su marido va a trabajar a Londres y su hija va a la escuela. Todo parece tranquilo, limpio y sin problemas, pero es solo la apariencia, porque las guerras no pasan en balde y a veces se siguen librando en tiempos de paz. Mollie Panter-Downes (1906-1997), fue una escritora precoz y tuvo mucha suerte, pudo publicar lo que quiso durante años. Además fue una articulista fija en The New Yorker. No solo escribió novelas, también reseñas literarias, relatos y no ficción. Su vida profesional fue muy completa y su vida personal también. Tuvo mucha suerte, lo repito. En 1929 se casó, viajó por todo el mundo y vivió muchos año...
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