He recorrido la senda de los árboles rosas sin cansarme nunca. Los he visto todos, los he hallado y sentido. De esa manera, he logrado conquistar la paz del corazón y perdonar los empujones, las traiciones y la ira. Una vez encontré un paisaje tranquilo y diferente, una ciudad con una almohada blanca, que era capaz de acariciarte al dormir. Así, de esa manera, estuve varios días pensando en que la dicha era posible. Pese a todo, pese a la muerte, pese a la ausencia y el abandono, pese al vacío. Recorrí la ciudad, sus senderos, sus árboles rosas, sus avenidas, sus edificios oscuros, sus calles blanquecinas, sus tiendas, sus bares, sus restaurantes, sus cines y teatros, lo recorrí todo de tu mano, y no te conocía antes de eso, eras el desconocido de la historia, el hombre abstracto, el que nunca se enfadaba y el que siempre sonreía. Así fue todo, la historia que tuvimos, lo rosa, los rosales del Retiro, nosotros, un amanecer claro en rosas convertido.
Illustration by Lily Qian. Magazine The Nation. ********** Estoy sentada en mi butaca azul celeste, mi butaca favorita ahora, desde la que puedo ver sin molestarme la plaza, los naranjos, los bancos y los soportales. Poca gente cruza por aquí, de vez en cuando una señora que arrastra un carro de la compra, o los empleados del ayuntamiento que insisten en venir a podar los setos, o algunos niños que corren en sus triciclos o detrás de las pelotas. Hay un silencio cómodo, un otoño sin hojas sueltas, un tiempo moderado y extraño en estas latitudes. El calor se agazapa y volverá un rato en cualquier momento, pero ahora parece que ha decidido anclar su velero en otro río. De este modo, en silencio, espero que el canal de Youtube que tengo abierto en mi ordenador portátil se decida a comenzar la emisión y que la gente de la academia sueca lance ya el nombre del ganador del Nobel de Literatura. Ningún año me he preocupado tanto de este asunto, así que esta vez me parece de justici...
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