Cómo sería el vicio de la lectura en esa niña que se escondía en algún recodo de la azotea para leer. La azotea era el marco ideal para cualquier aventura. Desde allí se veía la pantalla del cine de verano, porque solo una huerta lo separaba de la casa. Desde allí se oían los avisos de los barcos que circulaban por la bahía y también la algarabía de los niños volando barriletes. Leer en la azotea te convertía en invisible para el resto de la casa. Nadie podía adivinar que estabas sentada, al resguardo del viento, en una de las esquinas que la azotea formaba en su diseño. Una azotea tan grande, tan llena de pequeñas escaramuzas, tan difícil de limpiar a fondo, tan fácil de disfrutar a tope. Una azotea para soñar en que algún príncipe de cuento trepaba por las almenas imaginadas de la tapia y llegaba hasta allí, armado de sonrisas y de buenos presagios. Una azotea para guardar confidencias, para tomarte un bocadillo, para estirar las piernas, para tender la ropa sin prisa y sin agobios, una azotea para leer cualquier novela atrapada en cualquier sitio, a cualquier hora del día y más aún cuando el colegio te dejaba tiempo libre para soñar despierta.
Pinturas de Cecilio Chaves.
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