/Kaoru Yamada/
La familia había llegado a la gran ciudad portuaria desde un pueblo agrícola del interior. Eran un padre, una madre y un hijo mocito. Buena gente. Muy trabajadora y muy dispuestas a todo. El padre y el hijo llevaban la tienda de ultramarinos. El hijo era muy simpático y el padre muy callado. De modo que las vecinas quedaban encantadas con la charla y los chistes. Imitaba a José Luis López Vázquez y no había forma de dejar de reír. Las señoras se acodaban en la esquina del mostrador mientras esperaban que la atendieran. Algunas impacientes, aunque en realidad no tenían nada mejor que hacer, gritaban en voz alta "despachar, despachar". Las había que compraban muy poco, al granel, lo justo para el día. Otras pagaban al fiado. Y todas sabían de qué pie cojeaban las demás. Pero se querían en realidad, se ayudaban en los partos, y atendían a los niños de las otras. Si un chaval hacía una trastada, cualquiera era bueno para reñirle. Eso era una buena señal. Los niños respetaban a todas las vecinas por igual, lo mismo que a sus madres. Y las madres se sentían acompañadas, se consolaban unas a otras de una vida sin apenas compensaciones, salvo los hijos y sus cosas.
La madre se llamaba Isabel. Siempre vestía de flores. Como la reina madre de Inglaterra. Como la reina de Inglaterra. Con las dos compartía nombre. Era una mujer callada, pero muy amable. Tenía un aire rural diferente al de las mujeres de la calle, pero todas la acogieron como una más. Vivían al principio en la trastienda y no tenían televisión ni radio. Por eso acudía por la noche a la casa de enfrente a ver las películas o lo que echaran en la tele. Pronto progresaron y se convirtieron en algunas de las familias mejor situadas de la calle. Mientras tanto, ella siguió con su imperturbable sonrisa rural y sus vestidos de flores alegres, muchas flores, mucha alegría sencilla.
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