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¡Qué verde era mi valle! (1941, John Ford)

 


Para mi madre

En un intercambio de mensajes con mi amigo Ángel Vela sale a colación esta película. Entonces me expresa su admiración por la misma y yo le confío que no la he visto aunque mi madre la ponderaba como su película favorita. Suena raro esto, ya lo sé. Y el mismo Ángel Vela dice, con toda razón, que no se entiende que no la haya visto. De modo que aprovecho un rato antes de cenar, bueno, en realidad es más que un rato, y la busco en las redes. Aparece en YouTube muy aceptablemente y es importante esa calidad porque la película tiene una fotografía magnífica, donde los blancos son blancos, que es algo fundamental en el uso del blanco y negro. 

Empiezo por el principio. El niño, ya un hombre mayor, recuerda a su padre y, al mismo tiempo, su vida de la infancia, su tierra, su valle. Estamos en Gales, en las zonas mineras que tan poco gustaban a D. H. Lawrence, hijo de minero y de maestra, que abominaba de esa oscuridad de las minas. Los mineros de Ford están orgullosos de serlo, cantan cuando terminan el trabajo, se dirigen a cobrar su paga y luego van a casa, no a la taberna, allí se dan un buen baño e intentan liberarse del polvillo del carbón. Pero no lo consiguen. Porque no se va nunca. Esa es la primera gran enseñanza. El minero lo es para siempre. La casa de los Morgan está bien arreglada, es limpia y acogedora, pero el valle está rodeado de imponentes chimeneas desde la que sale un humo oscuro y muy desagradable. Sin embargo, en los recuerdos del niño aquel valle es solo verde, verde tierra y verde pradera, y parece que el paso del tiempo ha modificado para bien la memoria del niño, que solo tiene nostalgia por su padre, su familia, su casa, su tierra, esos años. 

Hombres oscuros y delantales blancos, los de las mujeres que recogen la paga y luego la distribuyen. Hombres disciplinados que se lavan las manos antes de sentarse a la mesa, gente educada y elegante, como lo son los obreros cuando están en los ritos familiares de la comida conjunta, un tiempo en el que no se habla, solo se come, algo que es suficientemente importante. Al lado de la mesa está la madre, que no descansa nunca, que come de pie, que es la última que se sienta si es que lo hace. Así son las madres. Así somos. El niño, a través de cuyos ojos vemos la historia, se ve recompensado con un poco de dinero para comprar caramelos. Y conserva, al pasar de los años, el sabor de los caramelos en la boca. 

Un día hay una boda y entonces hay alegría y un flechazo. No se puede llamar de otra forma la mirada que se dirigen el párroco y la chica. Walter Pidgeon, que es uno de esos fenomenales actores que todo lo hacen bien, y la pelirroja Maureen O'Hara, un prodigio irlandés, se miran y se enamoran. Pero me da, en ese momento, que será un amor imposible. Y ya lo comprobaremos un rato más tarde. Uno de esos amores basados en la renuncia, qué tontería, me digo, qué ganas de desperdiciar la vida. Pero hay cosas que no podemos entender de esos hombres recios, de esa tierra. Ella tampoco lo entenderá, seguro. Porque las mujeres no entendemos esas cosas. 

Entonces comienzan los problemas. Todo este marco que al niño se le antoja idílico en la distancia de los recuerdos (a pesar de los bajos sueldos, el frío, la nieve, la suciedad, el trabajo duro), se empieza a venir abajo por algo tan propio de la vida laboral como la competencia de los trabajadores. Gente que se conforma en cobrar menos y que tira los salarios. El John Ford más social aparece aquí y lo hace sin apartarse del melodrama porque quizá esa tirantez, esa lucha, esa falta de entendimiento entre el padre y los hijos a causa de la pérdida de las condiciones de trabajo, a causa de la pobreza anunciada, no puede sobreponerse a la argamasa que une a la familia pese a todo. Los hijos son hombres con criterio y no quieren aceptar la situación, pero el padre mantiene una especie de lealtad a la empresa y piensa que los jefes no van a dejar de respetar a aquellos que, durante años, han trabajado juntos. El eterno dilema entre ricos y pobres que Ford convierte en un drama social. 

Cuando aparecen las palabras nuevas, las palabras que se antojan parte de una revolución, sindicatos y huelga, las cosas cambian. No solo por las disputas con los hijos, que ni siquiera logra aplacar la contundente mediación de la madre, sino porque se produce la ruptura entre aquellos que solamente unidos podrían defender su causa: los propios mineros. Algunas frases magistrales evidencian que la película ha entrado en el terreno del conflicto, que lo idílico ha terminado y estamos a punto de que suceda la tragedia, o mejor dicho, las tragedias. Huelgas, divisiones, enemistades, piquetes, accidentes, renuncias al verdadero amor, castigos corporales en el colegio, trabajo infantil y esos niños oscuros que bajan a la mina. La vida no es un valle verde, sino un infernal negocio. El remate de la situación conflictiva llega con las habladurías y los rumores contra la muchacha y el clérigo, enamorados pero lejanos a causa de un sacrificio que se antoja inútil. Y luego el accidente en la mina, que es la forma en que una película de mineros debe concluir. Y la muerte. 

En este instante entendí por qué a mi madre le gustaba tanto esta película, por qué la tenía guardada dentro de sí pasara el tiempo que pasara. Entendí dónde estaba el secreto de esa identificación y entonces la comprendí a ella. Debió ver la película en esos años finales de los cuarenta, en los que ocurrió todo lo que la obligó a dejar de ser una niña para ser una huérfana. Su familia, con una casa bonita, con balcones, lámparas blancas, butacas tapizadas y unos padres enamorados. La guerra, la ruptura de la convivencia, las denuncias, las acusaciones. Pienso en su padre, en mi abuelo, Manuel Benítez Ariza, un hombre bueno, cuyas historias de generosidad y entrega ella nos contaba una y otra vez. Como aquella vez que le compró al alfarero de Medina todos los cántaros que traía para que volviera volver a su casa con algún dinero. Los cacharros duraron toda la vida, decía mi madre. Su padre, al que perdió con pocos años a manos malvadas. He ahí el secreto de la película para mi madre. Su valle era su pueblo, con un largo río que a veces se anegaba, una casa con balcones a la calle, mucho sol y un padre que perdió demasiado pronto porque estaba demasiado lleno de sus principios inmutables y no quiso rendirse, ni consentir la pérdida de sus valores. Ella veía la película y lo veía a él. Y yo ahora la veo a ella.

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