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Algo me ha señalado la salida


   

(Foto: Nina Leen. 1946)

     Apenas te conozco. Si conocer puede llamarse a ese acto íntimo de oír tu voz entre los instrumentos. O la sonrisa esquiva y tímida en un vídeo de Youtube. Apenas te conozco pero esta es la mañana gris y lluviosa en que coloco de fondo tu voz para que acune las palabras que escribo. No hay nada más perro que el amor, dices mientras tecleo con decisión en este ordenador, después de haber dejado a un lado un libro que me ha hecho atrapar las palabras en el aire. Los dos, el libro y tu música, sois los magos de un día que ha empezado lleno de convicción. Sí, debo hacerlo, lo haré, porque merezco hacerlo, porque no quiero ser cobarde. Porque odio el victimismo y la autocompasión. Esas dos palabras las usa ella, la mujer del libro. Me resuenan en la cabeza y me salen a las manos. Los ojos me lagrimean porque la alergia primaveral está haciendo de las suyas y quizá porque abuso de la lectura en estos días. Qué podía hacer, si no. Dónde podía encontrar consuelo, si no es en las palabras que otros escribieron o en la música que canta gente como tú.

      Mi dulce flor de enero, dices, y con esa expresión lo dices todo. Rebusco en mis recuerdos algunas palabras amables, algunos adjetivos bellos, por ver si los encuentro, pero se escapan, se escapan con demasiada rapidez y lo que veo en su lugar es una imagen que no me pertenece: veo a un hombre ataviado con un abrigo oscuro, tocado con sombrero, del brazo de una mujer a la que protege en medio de la lluvia, una mujer rubia que camina ostensiblemente orgullosa de ser ella la elegida esta vez. Entre los dos no estoy, ni se me espera, ni nunca tendré sitio. Es esa imagen la que permanece hoy, la que se ha levantado conmigo esta mañana, porque estaba ahí escondida y la lectura de ese libro la ha destapado, como si fuera un espíritu que apareciera cuando le viene en gana. No arrojo esa imagen a las tinieblas del olvido porque quiero recordar que, estos días pasados, cuando la ciudad en la que vivo hervía de fiesta, un hombre de abrigo oscuro, tocado con sombrero, la recorría agarrado al brazo de una mujer rubia, mientras mis ojos leían frases, buscaban líneas, abrían libros, que contuvieran algún antídoto al dolor. Sin hallarlo.

           Algo me ha señalado la salida. 

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