El hombre de la camisa blanca
Siempre que llega el verano pienso en los días de playa en que mi padre nos llevaba en el coche a pasar unas horas paseando por las orillas. Nunca nos sentábamos, salvo el día señalado del verano en que toda la familia arribaba a cabo Roche, cargados con cestas de comida, sombrillas, juegos de palas y toda clase de artilugios de entretenimiento. Fueron años repitiendo ese rito y ahora quisiera guardar en un rincón seguro de la memoria esa sensación del mar compitiendo con la brisa, los pies en el agua y las seguras instrucciones de mi padre, dirigiendo siempre el cotarro. Su camisa blanca de manga larga, eterna, lo acompañaba también en estas aventuras, era su santo y seña. Pero los días entre semana íbamos a Cortadura y más tarde a Camposoto, dos playas únicas que no las hay en otras latitudes, limpias de construcciones, saturadas de blanquísima arena, sin estruendos ni bullas, un verdadero paraíso ambas. Ese rato de playa te dejaba el cuerpo saturado de sal y de sol para todo el día, aunque suavemente, sin exagerar, y por la tarde, cuando salías a la calle Real a dar una vuelta, tenías una belleza nueva, única, intransferible belleza salina que no se apagaba nunca.






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