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¿Por qué NO ME GUSTA "Alicia en el país de las maravillas"?

 


Leí "Alicia en el país de las maravillas" cuando era muy pequeña. Apenas entendí nada. Pero formaba parte de las lecturas canónicas para los niños de seis a doce años y no había forma de evadirse de la tradición. Aquello era, para mí, una rápida sucesión de gags, con personajes exóticos que entraban y salían de escena, malhumorados, soltando barbaridades y con poquísima educación. Recuerdo que todos ellos tenían prisa, aunque nunca pudieron engañarme al respecto: era una prisa bastante absurda, por cuanto todos estaban condenados a vivir entre las páginas del libro y, salvo que llegara Woody Allen y los librara de esa esclavitud convirtiéndolos en Alicia y la rosa púrpura, no había esperanza de que la situación cambiara. Desde luego, yo no era una Alicia que leía los libros debajo de un árbol, sino más bien una chiquilla de piernas largas y canijas que iba de azotea en azotea, de pretil en pretil, con los libros en precoz equilibrio. Más que árboles, tenía a mi alrededor enormes extensiones de sal brillando en plata y océanos que conducían a la Meca del Cine. 


De modo que, aunque me intrigaba aquel trajín que se contaba, no dejó de ser para mí uno de esos libros fallidos, extraños, que, pensaba yo, nadie era capaz de comprender aunque todos callaran. Por eso mismo y para evitarse el trabajo y el atrevimiento de dar explicaciones, los mayores, sabiamente instruidos, decidieron en su día arrojarlo a la caja de los "libros infantiles y juveniles", de donde nunca más volverá a salir. Y todo porque un conejo blanco parlotea diciendo chalaúras o porque hay una reina engreída en fase de trastorno, y algunos animales más, de aire pavoroso, que a los niños les asustaban más que cualquier otra cosa. No entendí nada de aquella lectura del libro y seguramente me salté algunas páginas, pero estoy segura de que mis amigas tampoco lo entendieron, a decir de las conversaciones que manteníamos al fresco en la casapuerta. Bastaba ver lo soporíferas que se hacían las horas de lectura en voz alta y todavía más las en voz baja, con toda la tropa bostezando sin recato y sin remedio alguno. Ahhhh, bocas abiertas, ojos cerrados, maestra alerta. Riña segura. 

Para intentar devolvernos a la vida civil la maestra hacía preguntas en alto. Nadie levantaba la mano para contestar (no sabíamos qué) excepto dos o tres que hubieran levantado la mano incluso para decir que eran los responsables de la revolución francesa. Eran charlatanes empedernidos y hablaban antes de oír la pregunta, por lo que lo suyo no valía. Un mezcla por igual de pelotas y bocachanclas. 


A todos se nos escapaba, no ya el valor del libro, sino incluso el argumento, y más que respuestas teníamos preguntas y, sobre todo, ganas de salir corriendo y enfilar para el parque o para las salinas, a buscar vinagrillos o escarabajos peloteros para la colección. Yo tenía, además, la obligación de cuidar a los gusanos de seda que vivían en las cajas de cartón cerca de la ventana y a punto estuvieron todos de asaltar la casa en formación en busca de comida cuando se les acabaron las hojas de morera y yo andaba zascandileando por no se sabe dónde. Las preguntas que nos hacíamos eran varias: ¿A qué viene todo esto? (esa era una pregunta general y de desesperación). ¿Qué país de maravillas es ese donde solo viven gentes extrañas y poco amables? (esta pregunta venía a cuento de nuestro chauvinismo de barrio). Y, sobre todo, ¿no tiene esta Alicia nada mejor que hacer que andar en líos con gente poco fiable? (esta era una pregunta muy madura y nos costó formularla). 

Es cierto que intentábamos reírnos durante la lectura, pero se antojaba una empresa inútil. Más bien teníamos escalofríos. Alicia nos causaba pena y preocupación más que otra cosa. No le veíamos porvenir ninguno. Tenía que estar aburrida en extremo para caer en ese laberinto sospechoso, con gente sospechosa de tener poquísimas ganas y muy malas ideas. 

Años más tarde, en una Feria del Libro Antiguo y de Ocasión, buscando novelitas de Marcial Lafuente Estefanía y de Corín Tellado (más que nada por rememorar la casa de mi abuela), creo que en la Plaza Nueva de Sevilla o quizá en el Paseo de Recoletos de Madrid (puede también que fuera en la Plaza del Rey de San Fernando o en el Baluarte de la Candelaria de Cádiz), encontré un ejemplar muy curioso. Llevaba las ilustraciones originales de Tenniel hechas a plumilla, con sombras grises y dibujos en blanco y negro. Las ilustraciones todavía daban más miedo. Compré el librito con intención de regalarlo pero luego me quedé con él (esto me pasa muchas veces, la bibliofilia es un pecado) e intenté leerlo con otros ojos. Todo inútil. La iconoclastia me persigue y me afirma que no logré intimar con la niña, ni entenderla y vive Dios que me importa un pimiento lo que le pase al conejo, si llega tarde o temprano, si pierde el reloj, o si la reina se lo zampa, en medio de un revuelo de cartas de corazones. Todos me seguían produciendo verdadero horror y me escapé del libro en cuanto pude. Por ahí anda, desde luego, pero me reafirmé en que esa historia absurda, por clásica que sea considerada, por buena, genial o magnífica, a mí, no es que me deje fría, es que me lanza lejos como a dos mil kilómetros. 

De ese modo, por no mentir, me gané una merecida fama, que mantengo hasta hoy, de ser una irreverente, irrespetuosa e irreductible lectora. Todo por una niña caprichosa que debió quedarse en su casa haciendo algo de provecho en lugar de montar todo este pollo por sentarse a leer debajo de un árbol. ¿Entendéis ahora por qué no me gusta Alicia?

Como contrapartida a esta situación lamentable, diré como corolario, que mi primera sobrina se llama Alicia y, no solo es una belleza luminosa, sino una chica de impresionante corazón y mejor carácter. A modo de expiación os lo cuento. Qué se le va a hacer...

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