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Yo estuve en esa fiesta, era verano

 


Era la Toscana y era un vestido rojo. Era el amor correspondido y la esperanza entera. Era verano, era calor y era tanta la vida...

El cielo refulgía. Pasada la hora del crepúsculo parecía crepitar con estrellas que lanzaban la intensa llamarada del universo entero. Y la luna. Había luna, tanta que no precisábamos ni farolas ni faros, solo ella, la luna, la inmensa luna, la luna del pueblito acostado en el valle. 

La plaza del pueblo se había llenado, de pronto y sin aviso de voces nuevas, inesperadas, únicas. Yo no esperaba nada diferente aquella tarde-noche, más allá de seguir viviendo el amor en toda la extensión de la palabra, pero la fiesta se aposentó cerca de nosotros y, a través de las ventanas del hotel, percibimos la bulla, el ambiente presuroso y colmado de risas, la gente que se movía al compás de una orquesta que apareció de pronto. Un botón y la orquesta. Un botón y la música. Un botón y nosotros. Y bajamos del limbo para mover los pies. 

Era un vestido rojo de esos que nunca olvidas, de esos que guardas en un cajón aunque haya pasado de moda, aunque la talla no te sirva, aunque no tengas ocasión de volver a ponértelo. Lo guardas en el cajón de los sueños, donde se guardan tantas cosas vividas, y, a veces, lo acaricias. La tela es tan suave como siempre, no ha perdido ni un ápice de esa tersa cualidad inagotable que lo convertía en un vestido especial. Era un vestido rojo y en el baile brillaba. Y tus hombros brillaban. Y brillaba la piel, y brillaban los labios, y las uñas tan rojas, y brillaba el cabello y brillaba tu risa. 

Te miraron mil ojos, todos los que entonces y al unísono contemplaron la llegada de la chica con el vestido rojo y del hombre con un traje de lino y una camisa que comprasteis en Roma. Parecía haber salido de un set de rodaje, con el pelo hacia atrás, la tez morena y los ojos tan verdes y tan tiernos...

Qué hermosura de noche y de sonidos, qué belleza de rostros y de manos, qué esperanzas tan nuevas, qué felices, qué nuevos, qué distintos, qué fugaces a la vista de todos y de todo. 

Alguien había dispuesto los farolillos que colgaban apenas de los árboles, a modo de frutos brillantes y como si fueran esos adornos japoneses que hay en los cuentos orientales. Los farolillos se encendieron al unísono y la música calló. Todos los presentes estallaron en aplausos y todos rieron después, con esa risa íntima, y, a la vez, colectiva, un encuentro implícito de corazones que latían sin congoja. 

Qué brisa tan suave producían los campos alrededor del pueblo, qué bonito el hotel, tan escaso de lujos como de veleidades, convertido en hogar por unos días. Qué bonitas las alegres ventanas de madera, y runrún de las voces, y el trajín de la gente, y el esplendor de una noche más en tantas noches. 

Así todo. Yo miraba tus ojos, como siempre; miraba tu sonrisa y la bebía; miraba tu expresión; miraba todo lo que ibas derramando en cada gesto. Pocos hombres miraban como tú. Pocos hombres tenían ese aire, tan dispuesto a entregarse queriendo a cada paso. 


(Imagen: Jack Vettriano)

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