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"Las arenas cantarinas" de Josephine Tey


No he logrado encontrar el dato de cuándo escribió este libro Josephine Tey. En realidad, de ella se saben pocas cosas. Toda una vida se concentran en unos datos escasos. Su tardía publicación en español, gracias a la labor de la editorial Hoja de Lata, la han relegado a un conocimiento mínimo entre los lectores. No obstante, merece la pena indagar en su vida y en su obra, aunque a ella lo primero no le gustaría nada, pues era una persona muy celosa de su privacidad y lo era hasta el extremo. Hablemos de este libro. 

Publicado el original en 1952, lo fue a título póstumo porque en ese mismo año murió la escritora. Tenía cincuenta y cinco años y llevaba algún tiempo enferma, tiempo en el que decidió apartarse de todas sus amistades y vivir sola sus últimos días. Por lo tanto, los detalles de la publicación de la obra no son fáciles de conocer. Lo mismo sucede con su escritura. ¿Cuándo escribió esta novela? ¿Sabía ya que estaba enferma, es una novela anterior que se quedó en un cajón? En ella aparece y sobrevive a la autora, su máxima creación, el detective inspector de Scotland Yard Alan Grant, uno de los personajes más interesantes del universo policíaco. La figura de Alan Grant merece atención porque creó aquí la escritora un personaje que nada tiene que ver con los detectives al uso. Ni rarezas, ni extravagancias, ni ridiculeces, ni nada parecido. Grant es un tipo normal, inteligente, educado, atractivo, con un bagaje personal importante, veterano de guerra, experto en caligrafías y en estudiar las caras de los seres humanos, facetas que les serán muy útiles en su momento. Tiene una relación de ida y vuelta con una actriz de teatro, Martha Hallard, una mujer guapa, inteligente e independiente, con la que no llegará a casarse. El gran amor de su juventud fue su prima Laura Grant, que acabó casándose con un buen amigo de él, Tommy, con el que tiene dos hijos. Y Grant es tan normal que, en esta novela, lo vamos a encontrar reponiéndose de una depresión, de una crisis mental que lo lleva a marcharse a descansar a las tierras altas de Escocia. Yo diría que ese tipo de lugar, con vientos constantes, frío, humedad, lluvia y pocas distracciones, más bien añadiría más gravedad a las depresiones, pero quién soy yo para enmendar la plana a Josephine y a Grant. 

Por supuesto, el viaje desde Londres a Escocia, en concreto a Clune, lo hace el inspector en tren, medio de comunicación favorito de los británicos y que demuestra una enorme confianza en la red de ferrocarriles, algo que nosotros, los españoles, vamos perdiendo poco a poco. El interventor de coche cama del tren en ese viaje es Murdo Gallacher, apodado Yogur, un individuo peculiar, bastante vago y poco profesional, que intenta escaquearse lo más posible de su trabajo. No acabará siendo un viaje tranquilo porque, en un momento dado, Grant ve en un compartimento, al pasar por delante de la puerta abierta que da al pasillo, al interventor zarandeando a un viajero, que resulta ser un muchacho muerto. Después de dar parte del hallazgo al perezoso revisor, Grant se baja del tren para dirigirse a casa de su prima. Pero el hecho no se apartará de su mente y comprobará al día siguiente que la noticia del muerto aparece en un suelto de un periódico y que el fallecido es un mecánico francés, oriundo de Marsella, llamado Charles Martin. El fallecido ocupaba el compartimento B7 y el misterio del B7 ocupará desde entonces todos los pensamientos del inspector Grant. 

A partir de aquí empieza una absorbente trama en la que, al tiempo que convive con sus fantasmas, su claustrofobia, su miedo, sus ataques de pánico y su insomnio, al tiempo que disfruta del ambiente familiar con su prima Laura, su esposo y sus dos hijos, sobre todo Pat, que tiene nueve años y es muy espabilado, el inspector Grant se ocupa de investigar lo que sucedido porque no ve nada claro lo de muerte por accidente que dictamina la investigación. El lector acompaña al elegante Grant en sus pesquisas, en sus visitas a la biblioteca, en sus charlas con personas interesantes, en sus momentos de ocio y gastronomía e, incluso, en un vuelo en avioneta a las islas Hébridas, que para él constituye un hito en su recuperación mental. Los lectores nos alegramos de los pequeños éxitos de Grant y agradecemos a Josephine Tey la claridad de los diálogos, el sentido del humor fino y discreto que emanan, la personalidad del detective, sin histrionismos, y todo aquello que salpimenta el libro y lo hace atractivo y adictivo. 

No haré spoiler del final pero sí resumiré exponiendo que estamos ante un caso de suplantación de identidad, un caso de dualidad y un caso de vanidad y ambición. De una manera eficaz y sin resultar ortopédica la narración nos va conduciendo a un terreno que no esperábamos. Estábamos tan tranquilos en las tierras altas de Escocia, disfrutando del paisaje, del mal tiempo y de la pesca, ayudando a que Grant se mejorara y a que, quizá, conociera a una dama de la aristocracia que le sirviera para aliviar su soltería, cuando, poco a poco, nos vamos situando en un terreno exótico, en el campo de la arqueología, en el terreno de los grandes hallazgos históricos. Es verdad que también Agatha Christie sitúa muchas de sus obras en los campos de excavación y en las ciudades del oriente, pero, en este caso, el uso del tema es puramente instrumental, porque lo que le interesa a Josephine Tey es el componente psicológico. Cómo la maldad humana aparece mezclada con vanidad, venganza, falta de escrúpulos, deseo de poder y, sobre todo, cómo la identidad de un hombre puede llegar a ser una convención administrativa y no una realidad palpable. Una mentira íntima termina siendo el vehículo de un acontecimiento público. 

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