Cualquier cosa que me digas

 


La chica de la foto mira a Nina Leen, que es la fotógrafa, y sonríe. Se ha quitado las gafas en un infalible gesto de coquetería. Gesto suena igual que beso. La ventana está tendida hacia los árboles, desconocidos árboles cuya esencia no conocemos, porque a la fotógrafa le interesa más acercarse a la chica, con sus shorts y su camiseta de escote Bardot, aunque quién sabe si Bardot existía en esos años o no. Seguramente no. Brigitte no se quitaba la edad pero Nina Leen nos ocultó el año de su nacimiento y todo lo que ha dejado son elucubraciones. De todos modos, a quién le importa cuándo nació si tenemos sus fotografías, transparentes, inauditas, valientes para la época. Como le sucede a la chica, yo también solía usar poca ropa y mi padre tenía una frase para la situación: ¿no había más tela en la tienda? La tienda era Jisol y estaba en la calle Real y mi madre compraba los retales y me hacía los vestidos en un instante, porque a mis hermanas la moda no les interesaba y la única que estaba llena de auténtica coquetería era yo, que soñaba con pisar la alfombra roja o con pasear por los Campos Elíseos vestida de Dior, como la pobre señora Harris, ya ven, que cruzó el Canal de la Mancha a por un vestido ganado con el sudor de su frente. Mi madre no era Dior ni era Harris, pero pasábamos buenos ratos diseñando con papel y lápiz los vestidos que luego yo me pondría en mis aventuras de juventud, que fueron muchas y todas muy saladas. Muy saladas de océano abierto, de par en par las puertas del paraíso, de azotea, de libros y de muchachos. Algunos eran guapos. A otros los recuerdo todavía. Y hay quien, inocentemente, lanza de vez en cuando un pequeño piropo a mi foto del perfil de WhatsApp. 

Comentarios

Seguir leyendo otras cosas...