/Niza. Costa Azul. Francia/
El verano es el tiempo del amor. Francia es el país del amor. El sur de Francia es el sitio del verano. El verano es amor, es Francia, es el sur. Hace años de aquello, pero conserva el olor de lo nuevo, el de las manzanas en el armario de buena madera; el del perfume en los albornoces blancos como si fueran de hotel de lujo; el de la mesa brillante y roja de la cocina; el de la quiche y el croque monsieur. No hubo nada preparado, todo surgió sin más, como sucede con las cosas auténticas llamadas a perdurar. La memoria distingue muy bien, con el paso de los años, lo que existió y lo que se inventó. Y aquí no hubo invención, aunque era un paraíso de artistas, un lugar en el que lo más fácil era tener un caballete bien dispuesto, pintura, pinceles e ideas para pintar. Era el pueblo en el que se habían inspirado otros antes que él, pero en ese verano él, Pierre, estaba allí, y tenía el cabello precioso atado en una coleta, una camisa blanca grande y abierta y unos pantalones de lino que nunca se planchaban. Daba la impresión de ser inmaculado, puro, de conservar un aire antiguo y suyo, proveniente quizá de su pueblo de origen, allá en el norte, frontera con Alemania. De hecho su madre era alemana y, como él, tenía ojos grises y cabello rubio oscuro. Pierre era pintor y algo más. Era un muchacho que creía en la gente. Desde que nos conocimos, el primer día de julio, hasta que nos despedimos, el último de agosto, transcurrieron algo más de sesenta días. No fueron suficientes, pero fueron bastantes. El amor es un cupido curioso, travieso, lanza sus flechas sin avisar, las reparte a su modo, te convierte en alguien nuevo, en alguien vivo, en alguien mejor. Pierre fue mejor cuando se enamoró y yo también. Son buenos los amores de verano, son insuperables los amores correspondidos.
Vivíamos en su casa. Dejé el hotel pequeño y acogedor y me trasladé a su casa en una semana. Los amigos estaban extasiados. Nos decían que éramos unos locos y acertaban. Su casa tenía tanta vida como él. Las flores, las ventanas, las paredes, la cocina, el baño antiguo, el enorme sofá que ocupaba la mitad de la planta baja, las estanterías con libros desordenados y el estudio. El estudio era el lugar en que pasaba las horas antes de conocernos. Nuestro encuentro fue un paréntesis. En esos más de sesenta días dejó de lado los pinceles, dejó de lado los lienzos, y solo nos dedicamos a fabricar amor y a convertir en una vorágine de vida buena todas las horas del día. Amarnos sin tasa fue la regla. Reconocernos fue la norma. Todo el tiempo, tanto que me da la impresión de que no ha terminado todavía. No hubo adiós sino la promesa de conservar en la memoria todo aquello que el amor construye aunque no quieras.
/Mougins. Francia/
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