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Mavis Gallant: de nada ni de nadie


     Mi último descubrimiento se llama Mavis Gallant. De vez en cuando me encuentro con un autor que me deslumbra, que me pregunta y responde, que me interesa. En este caso la publicación de la primera novela que escribió (de solo dos) en castellano, "Agua verde, cielo verde" (Impedimenta, mayo de 2018, con traducción de Miguel Ros González), ha sido el detonante. A partir de ahí he buceado en su obra y hallado una magnífica edición de sus historias cortas, "Los cuentos", que Lumen editó en 2009 traducidos por Sergio Lledó. Desde la literatura se llega a la vida y al revés. La existencia de Mavis Gallant (1922-2014) es tan esclarecedora como sus historias, la forma en la que ella denominaba al numerosísimo arsenal de cuentos que escribió, cien de ellos en  The New Yorker. 

     Su triste infancia es el primer escalón de una vida llena de desarraigo e inseguridades. Nació en Montreal aunque su madre era estadounidense y su padre británico. Él murió cuando era una niña y su madre volvió a casarse y prescindió de ella. Mavis decía que su madre era de esas mujeres que nunca debió tener hijos. Tampoco hubo hermanos y fue de internado en internado, de colegio en colegio, un total de diecisiete, durante años, hasta que decidió que lo que quería era ganarse la vida de algún modo para poder escribir, que era lo que deseaba más que nada. 

    Su trabajo alimenticio fue el periodismo y comenzó en el Montreal Standard. La mala suerte en relación con las personas la persiguió durante toda su existencia: su agente literario la engañó y su matrimonio duró apenas unos pocos años. La soledad parecía ser su destino, su santo y seña. Y todo eso lo volcó en los libros, como suele ocurrir con la mayoría de los escritores, porque escribir no es solo una ocupación, sino una forma de estar en el mundo. 

     Mavis Gallant siempre usó el inglés para escribir, uno de los dos idiomas que dominaba a la perfección porque siempre fue bilingüe. Consideraba al inglés el "idioma de la imaginación". Su lema de vida podía traducirse en esta frase "nada es seguro". La pérdida de su padre, de la que ni siquiera tuvo noticia en su momento para poder llorarla y hacer un duelo que la hubiera reconfortado; el abandono de su madre, que la dejó en manos de terceros; todo eso generó una carencia íntima, una falta de apego, que la acompañó toda la vida. Si no hubiera tenido talento literario, si no hubiera estado tocada por la varita mágica de las palabras, quizá la existencia de Mavis Gallant se perdiera por derroteros poco recomendables. Pero fue el talento el que la salvó, fue esa compensación de la naturaleza la que permitió que la creación la redimiera y, sobre todo, que vertiera en sus escritos, esas historias de las que ella hablaba en sus escasas entrevistas, toda la amargura, la decepción, el escepticismo. Un exilio interior que se convirtió en exilio físico. No era de ningún sitio. 

     Los ambientes literarios no eran lo suyo. Prefería, con mucho, escribir. Ella lo repetía continuamente. Escribir, escribir, escribir. Tampoco parecía interesada por los reconocimientos o premios. Fue tardíamente recompensada en Canadá, porque era una especie de exiliada. Tampoco era francesa, aunque vivió en París muchos años y allí eligió morir. En realidad, Mavis no era de nada ni de nadie y esta independencia se paga siempre muy cara, en soledad y en desarraigo. 

   Sin embargo, siguió escribiendo. Dos novelas, decenas de cuentos, alguna obra teatral, ensayos. Amén de sus artículos en periódicos y revistas. Todo ello constituye una obra de enorme interés, hecha con pasión y, a la vez, con el descreimiento de quien espera poco de la vida. Su disección de los personajes lleva consigo un bisturí implacable, una visión descarnada. No se hace ilusiones con respecto al mundo, ni se permite falsas esperanzas, pero todo ello lo transforma al estilo de los grandes autores: ver cualquier cosa y convertirla en palabras mayores. La creación literaria es eso: una manera distinta de mirar, una forma única de expresar lo que se ve y se siente. Eso hace Mavis Gallant, en sus novelas, en sus cuentos. Estos, como ella misma decía, no son partes de novelas, no son intentos fallidos, no son espejismos que se han quedado a medio camino. Cada cual tiene sentido en sí mismo. Siempre recomendaba que se leyeran tranquilamente. Nada de empezar con uno y seguir adelante como si nada hubiera ocurrido. No. Ella aconsejaba que se leyera uno y se cerrara el libro. Para que el cuento surtiera su efecto, para que, como alguien ha dicho, se saliera de esa lectura convertido en alguien distinto. 


        Mavis Gallant es el prototipo de escritora que, a pesar de todas las circunstancias adversas, termina saliendo a la luz. Nunca tuvo una buena relación con las editoriales, que escamotearon su producción, ni tampoco frecuentaba los cenáculos de donde salen los contratos y los premios. Daba a su independencia un valor inusual y su reivindicación tiene que ver con otros escritores que, después de ella, fueron a sus fuentes y bebieron de su calidad. En este caso fue Alice Munro la que se consideró su discípula y la que la reivindicó. No siempre ocurre pero, en muchos casos, la buena literatura emerge a pesar de todo. No obstante, el caso de Mavis Gallant me hace pensar, como otras veces, cuántos buenos libros se están perdiendo y cuántos buenos autores están en la oscuridad, simplemente porque publicar es tanto un negocio como un servicio a la sociedad. Cuando el equilibrio entre ambas situaciones se desvía peligrosamente hacia lo primero, entonces ocurren cosas que ningún buen lector desearía que pasaran: el olvido o la pérdida del talento. 

(Entrada publicada el 6 de julio de 2021 y recuperada con motivo del día del libro de 2022)

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