/Cuadro de Gustav Klimt fotografiado por Inge Prader/
Desaparecieron las lágrimas. Todas se unieron entre sí y formaron una nube oscura, que se elevó y se confundió entre otras nubes, allá en el más lejano horizonte de la galaxia. Habían estado rondando durante días, semanas y meses pero, llegado el momento de estallar, se confundieron con el aire, con el humo y con la distancia, y desaparecieron las lágrimas para siempre. De ese modo, el sentimiento era un poderoso arcón donde las palabras se mezclaban unas con otras y donde no había manera alguna de entenderse. Una torre de Babel infinita, que días se escondía y días se mostraba sin llegar a construir ningún pensamiento. Una inmensa nube oscura plagada de imposibles. Las imágenes dejaron de tener sentido, los abrazos desaparecieron, las venganzas eran solo un punto del pasado, los amigos huyeron y los miedos se aposentaron. Ni una sola lágrima aliviaba esos momentos, ni una sola aparecía en el horizonte y el horizonte no tenía espacio para crecer sino para achicarse cada vez más. Así, las horas y los días escribieron ausencias, imposibilidades, los libros se marcharon, los lápices dejaron de tener color, las gentes se desdibujaron y nada parecía que iba a levantarse del suelo, por una vez tan solo, solo por una vez. Hasta que sonó la música sin que supiera de donde venía, hasta que la música quebró el sueño, hasta que la música se elevó doblando la voluntad y animando la conciencia. Solo música, solo la música, la música tan solo convirtió en lágrimas la noche y en lágrimas convirtió el árido desierto.
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