/David Hockney, in memoriam/
Un hombre vestido de blanco descendió el avión y entonces se elevaron al cielo muchas voces blancas, niños y niñas, jóvenes, adolescentes, que cantaron canciones, cantos, cánticos y también hubo cantes en el aire y esto fue una especie de aviso de que todo el mundo se había dado por enterado de la visita del hombre de blanco al viejo país, gastado, cansado y sin esperanzas, que quiso convertir las voces de los niños en telegrama, carta, correo electrónico o mensaje de móvil para decir a ese hombre que querían que las cosas fueran distintas y la gente tuviera un poco más de ilusión, no solo los que llegaron de fuera sino la gran mayoría de todos, hoy dispersos, perdidos, agotados, envueltos en noticias alarmantes, angustiados porque faltan muchas cosas. Madres que velan por sus hijos, hijos que tienen que ayudar a los padres, muchachos que no saben dónde estará su futuro, árboles sin vida, luces apagadas, historias sin escribir. Todo eso se elevó al cielo por unos instantes, el hombre de blanco levantó las manos y los niños hicieron sonar sus voces blancas. Blancura de una paz que sosiegue y que convierta en esperanza el temor.
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