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La mujer del carrito


Ella tiene treinta y tantos años. Su piel morena, con ese tono dorado de los países del Caribe, luce esplendorosa. Lleva siempre los labios pintados de rojo, el pelo muy largo y de color caoba, los ojos grandes y reidores. Se alza sobre sus altos tacones, con sus vaqueros ajustados, camisetas con letreros y cazadoras rockeras. Cualquiera que la vea puede pensar que es una persona feliz, con una vida holgada y sin preocupaciones. 

Pero la mujer no va sola cuando pasea por las calles del pueblo, de este pueblo cercano a la capital, lleno de nuevas urbanizaciones, de edificios nuevos, de amplias carreteras por donde la gente hace footing. La mujer nunca va sola. Lleva, con movimiento airoso y decidido, un carrito. No un carrito de bebé. Un carrito de niño. Un carrito diferente, rojo intenso. En el carrito va su hijo. Tiene ocho años y la piel más oscura, rizos, una cara risueña casi siempre. Tiene parálisis cerebral. No anda, seguramente nunca andará. Apenas habla. Oye mal. 

La madre y el hijo pasean todas las tardes. Recorren el pueblo sin descanso, una tarde y otra. Se asoman a los parques, donde hay otros niños jugando. Recorren las aceras, siempre con ese movimiento acompasado del carrito, la madre llevando en bandolera su gran bolso, con el móvil, la agenda y otros artilugios. Pasean en el buen tiempo y también cuando hace frío, aprovechando los rescoldos del sol y la ausencia de lluvia. La madre dice que su hijo tiene que salir a la calle, recibir la luz del día, conocer el bullicio. Dice que se extraña que haya tan pocos niños como el suyo en la calle. Se pregunta donde están, si es que la gente no los guarda allá en su casa, para evitar que sufran o para evitar sufrir.

Siempre va con su hijo. No hay marido. El marido está en otro país, en otro continente, seguramente acompañado. El marido es una presencia lejana, que a veces llega y trae muchos regalos, algunos de ellos poco prácticos, pero que al niño le entusiasman. Por ejemplo, instrumentos musicales, cosas que hacen ruido, aparatos para oír música. 

Ella suele sonreír cuando habla de su hijo. Dice que es un niño feliz, que se levanta riendo, que disfruta de las cosas que la vida ha puesto a su alcance. Cuenta que se levanta contento, que sale del colegio contento y que ella le cuenta muchas cosas, como si todas las entendiera, como si hacerlo partícipe de todo aliviara su soledad trasatlántica, porque su familia entera está al otro lado del océano y aquí son dos emigrantes con regular fortuna. Ella misma parece optimista, cuenta con agrado los pequeños logros que el niño consigue y que, quizás, están solamente en su imaginación de madre, en su deseo de madre, en su amor de madre que lucha no sólo por su hijo, sino por otras personas que tienen problemas, situaciones difíciles, desde una asociación que ocupa parte de su tiempo. 

Los veo a lo lejos, paseando, y me inspiran ternura. Es una lucha sorda y permanente. Ella, con su pelo rojizo con reflejos dorados, sus labios rojos, sus ojos reidores. El niño, en su carrito. Todas las tardes de todos los días. Todos los días de todo el  tiempo. Siempre. 

(foto: Vivian Maier)

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