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La Provenza y unas violetas


Si algún día fuera posible que tú y yo recorriéramos el mundo, la primera parada sería Uzés, el pueblo de la Provenza en el que viví algunas de esas horas que se guardan en un arca secreta de la memoria. El olor a violetas cruzaba sus calles y los campos de lavanda las rodeaban imprecisos. En las horas tórridas de la primavera, todo se convertía en una sinfonía de lilas imposibles de apartar de la imaginación. Y en septiembre, la uva y sus tonos dorados eran un reclamo seguro para la vista. Todos los aromas se concitan en la Provenza para acuciar nuestros sentidos. El pueblo se estiraba como si fuera un viejo animal ronroneante que buscara el amparo de alguien que le pusiera suavemente la mano sobre el lomo. Las gigantescas puertas que cercaban algunos de los arcos de sus murallas eran como enormes manos que quisieran proteger el interior. En los soportales de la plaza cuadrada estaban los artesanos con sus madejas de hilo de colores, sus lanas teñidas manualmente y un sinfín de cachivaches que no servían para nada. 

Toda la Provenza se convirtió en el escenario de una de mis mejores películas. Los actores fueron cambiando, pero los sentimientos se mantienen en la distancia. Los pintores impresionistas me esperaban en cada esquina y no hubo ninguno que no pusiera su punto diferencial en el guiso. Todos ellos tenían algo que ofrecer. En las calles de Avignon entreví un pasado lejano de esplendores, después convertidos en un sencillo tiovivo al que los niños se asomaban con avaricia. Un vestido de muselina azul celeste produjo una foto antigua, como si los años no hubieran pasado y algún caballero tuviera que venir enarbolando banderas de ducados inexistentes. 

En la cercana Arlés, la casa de Van Gogh tenía echadas las persianas y una semioscuridad casi siniestra me convertía en una figura de atrezzo en ese decorado de la vida que el pintor no supo completar con tino. Nos sentamos en un pequeño café que tenía las persianas de un extraño color púrpura y una camarera muy joven nos atendió con una espectacular sonrisa. Ella debía saber también que estábamos rodando una película. El pequeño trozo de quiche que nos comimos tuvo que tener un sabor parecido al de la gloria pero entonces nuestras vidas eran siempre un vaivén de emociones que no permitía detenerse en ninguna. 


También en Montpellier había historias. Ese chico mexicano que me miraba con ganas de morderme. Un mordisco amoroso, hecho con el ansia de quien es joven y lo sabe. De quien es hermoso y lo presiente. La universidad tenía un trajín constante y las clases se abrían con generosidad a gente de todos los países. El chico mexicano con nombre de telenovela estaba con una perpetua nostalgia de su hacienda y de sus hermanitos, a los que nombraba uno a uno cada día, como si esa mención pudiera obrar el milagro del reencuentro. 

Allí, en Nîmes, las paredes de los edificios romanos se levantaban sin pedir permiso y te convertían en una minúscula porción de todo ese conglomerado gris tomado por el sol de media tarde. El profesor Fesquet abatía con desgana las cucharillas de plata sobre el recipiente helado en el que se posaba una espesa bola de vainilla cuajada de canela. Su casa era un edificio campestre del siglo XVI hecho de piedras grises y rodeados de campos cubiertos de parras suculentas. En cada esquina de la casa había una hornacina, adornada con flores silvestres y en la que aparecían imágenes de vírgenes que el profesor Fesquet tenía como suyas. En uno de los patios, el más sombreado, las palabras del viejo profesor resonaban al tiempo que mi estómago: siempre tenía hambre a esas horas mediadas de la tarde durante el rito del helado. 

Las carreteras de la Provenza se desgajan en árboles y macizos de flores que anticipan el aire único de la Costa Azul. El mar Mediterráneo no tiene ese color verdoso de mi Atlántico, sino que es azul, como el cielo de Michaux al que aludo tantas veces. Los caminos provenzales tienen un destino ya trazado y el visitante entiende que es el mar y que no se ha escrito siquiera su nombre pero existe. Como Emma Woodhouse, yo también era capaz de adivinar que el mar estaba cerca, que llegando a Marseille ya todo era coser y cantar. Pero la conjunción de campo y de naturaleza salvaje es tan potente que llegas a demorar el camino. Una lucha entre los sentidos y el corazón. 

Si algún día tú y yo, por un milagro de la vida, recorriéramos el mundo, en estas soledades encontraríamos un hueco para guardar nuestro silencio y las voces se aposentarían en un espacio sideral sin nada más que besos. Los besos, que tendrían sabor a fresa ácida, serían rojos y el fondo de los ojos de un violeta oscuro, inveterado, un color que ahora, todavía, no se ha dibujado entre nosotros. 

Las noches de fantasmas tienen escrito siempre el mismo itinerario. Has de saber, no obstante, que si alguna vez vuelvo, ha de ser contigo. 


Comentarios

elcoronelnotiene ha dicho que…
los milagros existen y en todas las estaciones: poda, purga, floración y vendimia, septiembre está a la vuelta de la esquina, compañero de viaje con silencios y palabras, aunque haya que desviarse algo del itinerario que marcan los fantasmas me gustaría pasar por el viaducto de Millau, en Aveyron, forma parte de la A-75, me han dicho que cuando estás a la mitad parece que vuelas hacia el cielo, sería un milagro....

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