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Epistolario táctil


Cuando leí este libro me divertí mucho. Ahora lo he releído y sigue divirtiéndome. Lo mejor de todo es el tira y afloja entre Leo y Emmi, que se relacionan por correo electrónico. Cuando las redes sociales eclosionaron hubo quien pensó que eso era la muerte del email, pero no es cierto. Las redes sociales propician una relación de uno con todos y, aunque existen los privados, la intimidad no es posible. Por su parte, lo mismo sucede con WhatsApp o Telegram o cualquiera de esos sistemas de mensajería en los que uno aparece en línea a poco que entra y ya te saturan de mensajes. Por no decir nada de los grupos que nunca dejan de sonar. 

El correo electrónico es otra cosa. Un invento magnífico. Una manera de escribir cartas, de llevar un epistolario, con las condiciones de tranquilidad, intimidad y confianza que las cartas exigen. No hay inmediatez en la respuesta y puede uno conservar los que quiera y destruir los otros. Largos, cortos, mejor o peor escritos, un correo electrónico es una carta a la que le falta el sobre y el sello, pero una carta al fin y al cabo. Por eso son mi forma de comunicación favorita en la actualidad. 

Es curiosa la intimidad que se establece entre Leo y Emmi a partir de un simple equívoco, de un error en una letra. Ella quiere borrar su suscripción a la revista Like y le manda los mensajes a Leo que se apellida Leike. Y bonita la manera en la que crece su conocimiento, en la que se produce ese bombardeo de mensajes, más o menos rápidos o pensados, pero que los pone en contacto permanente de forma que se echan de menos, se interrogan el uno al otro, se comprenden y llegan a quererse. Es más fácil llegar a querer a alguien a través del correo electrónico que si lo encuentras por la calle. Porque la palabra es la mejor embajadora de la personalidad. Quizá por eso los ligones prefieren las redes con fotos. Y una foto te puede engañar. Pero nunca un texto. En el texto está la verdad de lo que eres, incluso aunque mientas. La foto es falsa aunque sea exacta, porque la realidad nunca puede resumirse en una imagen. La ventaja es que los ligones profesionales se reducen a las redes y han abandonado el mail, donde tenían poco que decir. 

A mí me gusta como a Emmi escribir correos. Lo hago con rapidez, sin reflexionarlos y con total espontaneidad. Como ella. Son trozos de mi en un momento dado. Pueden testar mi estado de ánimo, mis emociones y cómo transcurre mi día. El problema es que hay pocos receptores de mensajes que estén a la altura, que sean capaces de entender tu ironía, de seguir tus pistas, de calcular tu estrategia, de descubrir tus trucos y de animar las conversaciones. Hay alguna gente que lo hace, pero muy poca. Y esa poca está bastante ocupada: son animadores profesionales. También es difícil hallar a alguien que cuente cosas que no sean las típicas parrafadas supuestamente graciosas. Huyo de esos en cuanto los detesto. 

Cuando escribo siento que doy parte de mí a esa persona, que hago una ofrenda de confianza, que entrego mis emociones más profundas. Recibo confidencias de la forma más encantadora posible y las atesoro siempre discretamente. Este medio es, para mí, el lazo de unión con aquellos con los que me siento cómplice y cercana. Porque es la palabra el hilo conductor. Los significados, la semántica, las figuras, las tildes, las expresiones, las referencias....todo el conglomerado que forma el pensamiento a través de la palabra, ofrecido con generosidad y respeto. 

Es verdad que Emmi y Leo llegan a enamorarse profundamente. Pero esto también es lógico. Si alguien es capaz de mantener conversaciones casi diarias con otra persona, de forma que llega a conocerla en lo más profundo, de sentirse entendido y comprendido, de apostar por esa confianza...es muy difícil, si tiene corazón, que no termine enamorándose. Y entonces puede darse el caso de completar el círculo de las relaciones humanas: la piel contra la piel. El abrazo, el beso, el amor en suma. Palabras convertidas en caricias. Estas solo pueden darse directamente y florecen con la antesala de una voz en tu oído que te dice cosas tan dulces como tú esperas oír. 

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