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Jane Austen y la gentry inglesa


 /Retrato de David Lyon. Thomas Lawrence, 1825. Museo Nacional Thyssen-Bornemisza. Madrid/


Una de las muchas cuestiones a las que se suele aludir al hablar de Jane Austen es la de su pertenencia a determinada clase social, la gentry inglesa. Desde 1540 se denomina así a un grupo social en el que se incluían caballeros, hombres libres, escuderos y baronets, todos ellos al frente de una hacienda como terratenientes, teniendo la obligación de transmitirla en su integridad a sus herederos. Sabemos por las novelas de Jane que no siempre ese heredero era de la familia directa, porque no heredaban las hijas y porque faltaban herederos varones en muchos casos. 

La vida social de la gentry en esos años que ella describe estaba orientada a crear buenos contactos para que, llegado el momento, se pudiera asegurar a los jóvenes un futuro acomodado a través de un buen matrimonio. Las familias se implicaban activamente en ello. Y lo hacían de forma directa, aprobando o desaprobando las posibles elecciones de esposo o esposa. Hombres y mujeres tenían un papel diferente a la hora de abordar su matrimonio. Se trataba de una multiplicidad de factores que había que barajar. La situación familiar de los futuros cónyuges tenía gran influencia en su toma de decisiones. No era lo mismo ser el hijo primogénito que alguno de los segundones. No era lo mismo que la herencia estuviera vinculada o fuera libre. También importaba el hecho de que fueran primeros, segundos o terceros matrimonios. Todos estos condicionantes y alguno más (posibles parentescos, diferencia de edad, hijos previos, etcétera) formaban una espesa trama en torno al hecho, aparentemente personal, de contraer matrimonio. 

Se atribuye a Jane Austen una cierta y pertinaz insistencia para que los personajes de sus novelas se casen por amor. En realidad parece referirse más a las chicas que a los hombres, dando a veces la impresión de que son ellas las únicas obligadas a casarse por conveniencia. Y, por añadidura, también puede que parezca que los sentimientos están siempre del lado de las mujeres y el interés económico o social del lado de los hombres. Las mujeres mantenían un relativo papel pasivo en todo este entramado. Esperaban la propuesta de casorio y contestaban a la misma. La aceptación no dependía solamente de sus gustos, sino que podían intervenir otros factores. Se desconoce qué porcentaje de negativas se sucedían a estas peticiones. Pero lo que se deja entrever en la  literatura de la época es que más bien tenía que ver con factores extrasentimentales. 

Ahora bien, dado el sistema social de relaciones ¿quién podría decir que los jóvenes tenían el conocimiento y el tiempo suficiente como para enamorarse el uno del otro?. Más bien se sugiere que el enamoramiento llegaría después con la convivencia, con el tiempo. "El roce hace el cariño" parecen pregonar. No obstante, esto tiene varios problemas añadidos. El contexto habitual para conocerse eran los bailes. Por eso un baile no es solo un baile, sino un obligado requerimiento para los jóvenes en edad de casarse. Desde luego no era la única fórmula de contacto o conocimiento pero sí la más habitual. Las excepciones son las uniones que se fraguaban entre las familias amigas o entre las propias familias, por ejemplo era frecuente que se hicieran segundas uniones con hermanos del cónyuge fallecido. Los hombres morían en la guerra y las mujeres en los partos. 

La guerra fue una constante en la vida inglesa durante larguísimos años. La propia Jane vivió en guerra toda su vida, excepto los últimos dos años, entre 1815 y 1817. Guerra contra el francés, contra los españoles, contra las colonias americanas, guerra en la India. La formación del imperio británico significó la guerra permanente. Y las ansias expansionistas de Napoleón también forman parte de este telón de fondo. En un mundo tan convulso ya puede considerarse un mérito que hubiera tiempo y ganas de bailar. 

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